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jueves, 22 de febrero de 2007

Sonetos:Garcilaso de la Vega


Sonetos


Garcilaso de la Vega



Ramón García González (ed. lit.)





Datos biográficos


Nace en Toledo, en el seno de una familia de nobles descendientes de los Mendozas y Guzmanes, en el año 1501. Hijo de García Suárez de Figueroa, importante noble que en la época de los Reyes Católicos adoptó el nombre de Lasso de la Vega, usado por una de sus abuelas. De aquí el nombre de su hijo Garcilaso de la Vega.

Recibe su primera educación en la Corte. Al entrar Carlos I como rey es nombrado su paje, siendo apreciado por éste y todos los acompañantes que por entonces rodeaban al monarca.

Bien pronto empieza su actividad militar y en compañía de Boscán acude a la defensa de la isla de Rodas. Desde este momento ambos poetas siempre estarán juntos, tanto en la paz como en la guerra.

Pronto empieza a escribir versos en castellano, italiano o latín, su idioma nativo.

En 1523 tras la campaña de Navarra contra los franceses es nombrado Caballero de Santiago.

En 1525 se casa con Elena de Zúñiga, sin otro relieve en la vida del poeta que el de proporcionarle hijos, ya que indudablemente fue una boda amañada. Prueba es de ello lo poco que aparece en su obra. Tampoco hay noticias de sus hijos.

En 1526, con motivo de la boda de Carlos I con la princesa Isabel de Portugal, Garcilaso conoce al gran amor de su vida: la portuguesa Isabel Freyre. Aunque su amor nunca fue correspondido por dicha dama.

Boscán le pone en conocimiento del endecasílabo. A partir de ese momento Garcilaso compone al estilo de Petrarca, con el que se siente muy identificado.

En 1529 su gran amor, Isabel, se casa con Antonio de Fonseca. Para olvidar su desengaño amoroso Garcilaso vuelve a la Corte y acompaña al emperador Carlos I, asistiendo en Bolonia, Italia, a su coronación. Se instala en Mantua y en 1530 regresa a Toledo. Más tarde es enviado a Francia en misión especial ante la hostilidad del monarca galo para con Carlos I.

Por entonces empieza a componer sus mejores sonetos, como aquel que empieza diciendo: «Cuando me paro a contemplar mi estado...», y reflejando en muchos de estos sonetos sus amores y desamores.

Al contravenir una orden de su emperador por asistir en 1531 en Ávila a la boda de uno de sus sobrinos, es enviado al destierro. En compañía del Duque de Alba intenta llegar a Viena, pero antes de pasar la frontera es detenido y enviado a una isla del Danubio.

En 1532 gracias a la intervención de numerosos amigos pidiendo gracia ante el Emperador para el poeta, se le autoriza a vivir en Nápoles. Por aquel tiempo convertida en una de las ciudades más agradables para vivir. En esta ciudad acude a la Academia Pontaniana, donde conoce y alterna con los más grandes poetas de la época. Por entonces recibe la noticia de la muerte de su adorada Isabel, dejando honda huella en su lírica amorosa.

En 1535, participando en el asedio a la Goleta y Cartago, es herido y regresa a Nápoles.

En 1536 Garcilaso intervine nuevamente en campañas guerreras a consecuencia de las cuales en tierras italianas, concretamente en el castillo de Muy, en Provenza, recibe una herida de piedra siendo trasladado a Niza, donde muere en brazos del marqué de Bombay, más tarde conocido como San Francisco de Borja.

En 1543 se publican sus obras recogidas todas ellas por su amigo Boscán. En su obra se dice que hay 40 sonetos, en algunos otros autores 38, por lo general de contenido amoroso.

Como poeta además de contar con la admiración de sus amigos y contemporáneos fue alabado más tarde por Cervantes y Lope de Vega, entre otros, como el dios mayor del Parnaso español. Llamado también por su inspiración italianista el Petrarca español. Fue sin duda uno de los poetas más líricos del idioma castellano del Siglo de Oro.









- I -



Cuando me paro a contemplar mi estado,
y a ver los pasos por do me ha traído,
hallo, según por do anduve perdido,
que a mayor mal pudiera haber llegado;


mas cuando del camino esto olvidado, 5
a tanto mal no sé por do he venido;
sé que me acabo, y más he yo sentido
ver acabar conmigo mi cuidado.


Yo acabaré, que me entregué sin arte
a quien sabrá perderme y acabarme 10
si ella quisiere, y aun sabrá querello;


que, pues, mi voluntad puede matarme,
la suya, que no es tanto de mi parte,
pudiendo, ¿qué hará sino hacello?






- II -



En fin, a vuestras manos he venido
do sé que he de morir tan apretado,
que aun aliviar con quejas mi cuidado,
como remedio, me es ya defendido.


Mi vida no sé en que se ha sostenido, 5
si nos es en haber sido yo guardado
para que sólo en mí fuese probado
cuánto corta una espada en un rendido.


Mis lágrimas han sido derramadas
donde la sequedad y la aspereza 10
dieron mal fruto de ellas y mi suerte.


Basten las que por vos tengo lloradas.
No os venguéis más de mi con mi flaqueza;
allá os vengad, señora, con mi muerte.






- III -



La mar en medio y tierras he dejado
de cuanto bien, cuitado, yo tenía;
yéndome alejando cada día,
gentes, costumbres, lenguas he pasado.


Ya de volver estoy desconfiado; 5
pienso remedios en mi fantasía,
y el que más cierto espero es aquel día
que acabará la vida y el cuidado.


De cualquier mal pudiera socorrerme
con veros yo, señora, o esperallo, 10
si esperallo pudiera sin perdello.


Mas de no veros ya para valerme,
si no es morir, ningún remedio hallo;
y si esto lo es, tampoco podré habello.






- IV -



Un rato se levanta mi esperanza.
Tan cansada de haberse levantado
torna a caer, que deja, mal mi grado,
libre el lugar a la desconfianza.


¿Quién sufrirá tan áspera mudanza 5
del bien al mal? ¡Oh, corazón cansado!
esfuerza en la miseria de tu estado,
que tras fortuna suele haber bonanza.


Yo mismo emprenderé a fuerza de brazos
romper un monte, que otro no rompiera, 10
de mil inconvenientes muy espeso.


Muerte, prisión no pueden, ni embarazos,
quitarme de ir a veros, como quiera,
desnudo espíritu o hombre en carne y hueso.






- V -



Escrito está en mi alma vuestro gesto,
y cuanto yo escribir de vos deseo;
vos sola lo escribiste, yo lo leo
tan solo, que aun de vos me guardo de esto.


En esto estoy y estaré siempre puesto, 5
que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,
de tanto bien lo que no entiendo creo,
tomando ya la fe por presupuesto.


Yo no nací sino para quereros;
mi alma os ha cortado a su medida: 10
por hábito del alma misma os quiero.


Cuanto tengo confieso yo deberos;
por vos nací, por vos tengo la vida,
por vos he de morir y por vos muero.






- VI -



Por ásperos caminos he llegado
a parte de que miedo no me muevo;
y si ha mudarme o dar un paso pruebo,
allí por los cabellos soy tornado.


Mas tal estoy, que con la muerte al lado 5
busco de mi vivir consejo nuevo;
y conozco el mejor y el peor apruebo,
o por costumbre mala o por mi hado.


Por otra parte, el breve tiempo mío,
y el errado proceso de mis años, 10
en su primer principio y en su medio,


mi inclinación, con quien ya no porfío,
la cierta muerte, fin de tantos daños,
me hacen descuidar de mi remedio.






- VII -



No pierda más quien ha tanto perdido;
básteme, amor, lo que ha por mi pasado;
válgame agora haber jamás probado
a defenderme de lo que has querido.


Tu templo y sus paredes he vestido 5
de mis mojadas ropas, y adornado,
como acontece a quien ha ya escapado
libre de la tormenta en que se vido.


Yo había jurado nunca más meterme,
a poder mío y a mi consentimiento, 10
en otro tal peligro, como vano.


Mas del que viene no podré valerme;
y en esto no voy contra el juramento;
que ni es como los otros ni en mi mano.






- VIII -



De aquella vista pura y excelente
salen espíritus vivos y encendidos,
y siendo por mis ojos recibidos,
me pasan hasta donde el mal se siente.


Encuéntranse al camino fácilmente, 5
con los míos, que de tal calor movidos
salen fuera de mi como perdidos,
llamados de aquel bien que está presente.


Ausente, en la memoria la imagino;
mis espíritus, pensando que la vian, 10
se mueven y se encienden sin medida;


mas no hallando fácil el camino,
que los suyos entrando derretían,
revientan por salir do no hay salida.






- IX -



Señora mía, si de vos yo ausente
en esta vida duro y no me muero,
paréceme que ofendo a lo que os quiero,
y al bien de que gozaba en ser presente.


Tras éste, luego siendo otro accidente, 5
que es ver que si de vida desespero,
yo pierdo cuanto bien de vos espero,
y así ando en lo que siento diferente.


En esta diferencia mis sentidos
están en vuestra ausencia y en porfía. 10
No sé ya qué hacerme en mal tamaño.


Nunca entre sí los veo sino reñidos.
De tal arte pelean noche y día,
que sólo se conciertan en mi daño.






- X -



¡Oh dulces prendas por mí mal halladas,
dulces y alegres, cuando Dios quería!
Juntas estáis en la memoria mía,
y con ella en mi muerte conjuradas.


¿Quién me dijera, cuando en las pasadas 5
horas en tanto bien por vos me vía,
que me habíades de ser en algún día
con tan grave dolor representadas?


Pues en un hora junto me llevaste
todo el bien que por términos me distes, 10
llevadme junto al mal que dejaste.


Si no, sospecharé que me pusiste
en tantos bienes, porque deseaste
verme morir entre memorias tristes.






- XI -



Hermosas ninfas, que en el río metidas
contentas habitáis en las moradas
de relucientes piedras fabricadas
y en columnas de vidrio sostenidas;


agora estéis labrando embebecidas 5
o tejiendo las telas delicadas;
agota unas con otras apartadas,
contándoos los amores y las vidas;


dejad un rato la labor, alzando
vuestras rubias cabeza a mirarme, 10
y no os detendréis mucho según ando;


que o no podréis de lástima escucharme,
o convertido en agua aquí llorando,
podréis allá de espacio consolarme.






- XII -



Si para refrenar este deseo
loco, imposible, vano, temeroso,
y guarecer de un mal tan peligroso,
que es darme a entender yo lo que no creo,


no me aprovecha verme cual me veo, 5
o muy aventurado o muy medroso,
en tanta confusión, que nunca oso
fiar el mal de mí que lo poseo,


¿qué me ha de aprovechar ver la pintura
de aquel que con las alas derretidas 10
cayendo, fama y nombre al mar ha dado,


y la del que su fuego y su locura
llora entre aquellas plantas conocidas,
apenas en el agua resfriado?






- XIII -



A Dafne ya los brazos le crecían,
y en luengos ramos vueltos se mostraban;
en verdes hojas vi que se tornaban
los cabellos que al oro oscurecían.


De áspera corteza se cubría 5
los tiernos miembros, que aún balbuciendo estaban;
los blancos pies en tierra se hincaban
y en torcidas raíces se volvían.


Aquel que fue la causa de tal daño,
a fuerza de llorar, crecer hacía 10
el árbol que con lágrimas regaba.


¡Oh miserable estado, oh mal tamaño!
Que con llorarla crezca cada día
la causa y la razón por que lloraba!






- XIV -



Como la tierna madre que el doliente
hijo le está con lágrimas pidiendo
alguna cosa, de la cual comiendo,
sabe que ha de doblarse el mal que siente,


y aquel piadoso amor no le consiente 5
que considere el daño que haciendo
lo que le pide hace, va corriendo,
y dobla el mal y aplaca el accidente,


así a mi enfermo y loco pensamiento,
que en su daño os me pide, yo querría 10
quitar este mortal mantenimiento.


Mas pídemelo, y llora cada día
tanto, que cuanto quiere le consiento,
olvidando su muerte y aun la mía.






- XV -



Si quejas y lamentos pueden tanto,
que el curso refrenaron de los ríos,
y en los diversos montes y sombríos
los árboles movieron con su canto;


si convirtieron a escuchar su llanto 5
las fieras tigres y peñascos fríos;
si, en fin, con menos casos que los míos
bajaron a los reinos del espanto,


¿por qué no ablandará mi trabajosa
vida, en miseria y lágrimas pasada, 10
un corazón conmigo endurecido?


Con más piedad debía ser escuchada
la voz del que se llora por perdido
que la del que perdió y llora otra cosa.






- XVI -



No las francesas armas odiosas,
en contra puestas del airado pecho,
ni en los guardados muros con pertrecho
los tiros y saetas ponzoñosas;


no las escaramuzas peligrosas, 5
ni aquel fiero ruido contrahecho
de aquel para Júpiter fue hecho
por manos de Vulcano artificiosas,


pudieron, aunque más yo me ofrecía
a los peligros de la dura guerra, 10
quitar una hora sola de mi hado.


Más infición de aire en solo un día
me quitó al mundo, y me ha en ti sepultado,
estoy aquí tan lejos de mi tierra.






- XVII -



Pensando que el camino iba derecho,
vine a parar en tanta desventura,
que imaginar no puedo, aun con locura,
algo de que esté un rato satisfecho.


El ancho campo me parece estrecho; 5
la noche clara para mi es oscura;
la dulce compañía, amarga y dura,
y duro campo de batalla el lecho.


Del sueño, si hay alguno, aquella parte
sola que es ser imagen de la muerte 10
se aviene con el alma fatigada.


En fin, que como quiera, estoy de arte,
que juzgo ya por hora menos fuerte,
aunque en ella me vi la que es espada.






- XVIII -



Si a vuestra voluntad yo soy de cera,
y por sol tengo sólo vuestra vista,
la cual a quien no inflama o no conquista
con su mirar, es de sentido fuera;


de do viene una cosa, que si fuera 5
menos veces de mi probada y vista,
según parece que a razón resista,
a mi sentido mismo no creyera;


y es, que yo soy de lejos inflamado
de vuestra ardiente vista, y encendido 10
tanto, que en vida me sostengo apenas.


Mas si de cera soy acometido
de vuestros ojos, luego siento, helado,
cuajárseme la sangre por las venas.






- XIX -



Julio, después que me partí llorando
de quien jamás mi pensamiento parte,
y dejé de mi alma aquella parte
que al cuerpo vida y fuerza estaba dando,


de mi bien a mi mismo voy tomando 5
estrecha cuenta, y siendo de tal arte
faltarme todo el bien, que temo en parte
que ha de faltarme el aire suspirando;


y con este temor, mi lengua prueba
a razonar con vos, ¡oh dulce amigo!, 10
del amarga memoria de aquel día


en que yo comencé como testigo
a poder dar del alma vuestra nueva,
y a saberla de vos del alma mía.






- XX -



Con tal fuerza y vigor son concertados
para mi perdición los duros vientos,
que cortaron mis tiernos pensamientos
luego que sobre mí fueron mostrados.


El mal es que me quedan los cuidados 5
en salvo de estos acontecimientos,
que son duros, y tienen fundamentos
en todos mis sentidos bien echados.


Aunque por otra parte no me duelo,
ya que el bien me dejó con su partida, 10
del grave mal que en mí está de contino;


antes con él me abrazo y me consuelo;
porque en proceso de tan dura vida
atajaré la guerra del camino.






- XXI -



Clarísimo Marqués, en quien derrama
el cielo cuanto bien conoce el mundo;
si al gran valor en que el sujeto fundo,
y al claro resplandor de vuestra llama


arribaré mi pluma y do la llama 5
la voz de vuestro nombre alto y profundo,
seréis vos solo eterno y sin segundo,
y por vos inmortal quien tanto os ama.


Cuanto del largo cielo se desea,
cuanto sobre la tierra se procura, 10
todo se halla en vos de parte a parte;


y, en fin, de sólo vos formó natura
una extraña y no vista al mundo idea,
y hizo igual al pensamiento el arte.






- XXII -



Con ansia extrema de mirar qué tiene
vuestro pecho escondido allá en su centro,
y ver si a lo de fuera lo de dentro
en apariencia y ser igual conviene,


en él puse la vista; mas detiene 5
de vuestra hermosura el duro encuentro
mis ojos, y no pasan tan adentro,
que miren lo que el alma en si contiene.


Y así, se quedan tristes en la puerta
hecha por mi dolor, con esa mano, 10
que aun a su mismo pecho no perdona;


donde vi claro mi esperanza muerta,
y el golpe que os hizo amor en vano
non esservi passato oltra gonna.






- XXIII -



En tanto que de rosa y azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
enciende al corazón y lo refrena;


y en tanto que el cabello, que en la vena 5
del oro se escogió, con vuelo presto,
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena;


coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto, antes que el tiempo airado 10
cubra de nieve la hermosa cumbre.


Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera,
por no hacer mudanza en su costumbre.






- XXIV -



Ilustre honor del nombre de Cardona
décima moradora de Parnaso,
a Tansilo, a Minturno, al culto Taso
sujeto noble de inmortal corona;


si en medio del camino no abandona 5
la fuerza y el espíritu a vuestro Laso,
por vos me llevará mi osado paso
a la cumbre difícil de Helicona.


Podré llevar entonces sin trabajo
con dulce son que el curso al agua enfrena, 10
por un camino hasta agota enjuto,


el patrio celebrado y rico Tajo,
que del valor de su luciente arena
a vuestro nombre pague el gran tributo.






- XXV -



¡Oh hado ejecutivo en mis dolores,
cómo sentí tus leyes rigurosas!
Cortaste el árbol con manos dañosas,
y esparciste por tierra fruta y flores.


En poco espacio yacen mis amores 5
y toda la esperanza de mis cosas,
tornadas en cenizas desdeñosas,
y sordas a mis quejas y clamores.


Las lágrimas que en esta sepultura
se vierten hoy en día y se vertieron 10
reciben, aunque sin fruto allá te sean,


hasta que aquella eterna noche oscura
me cierren apuestos ojos que te vieron,
dejándome con otros que te vean.






- XXVI -



Echado está por tierra el fundamento
que mi vivir cansado sostenía.
¡Oh cuánto bien se acaba en solo un día!
¡Oh cuántas esperanzas lleva el viento!


¡Oh cuán ocioso está mi pensamiento 5
cuando se ocupa en bien de cosa mía!
A mi esperanza, así como a baldía,
mil veces la castiga mi tormento.


Las más veces me entrego, otras resisto
con tal furor, con una fuerza nueva, 10
que un monte puesto encima rompería.


Aqueste es el deseo que me lleva
a que desee tornar a ver un día
a quien fuera mejor nunca haber visto.






- XXVII -



Amor, amor, un hábito vestí,
el cual de vuestro paño fue cortado;
al vestir ancho fue, más apretado
y estrecho cuando estuvo sobre mí.


Después acá de lo que consentí, 5
tal arrepentimiento me ha tomado,
que pruebo alguna vez, de congojado,
a romper esto en que yo me metí.


Mas, ¿quién podrá de este hábito librarse,
teniendo tan contraria su natura, 10
que con él ha venido a conformarse?


Si alguna parte queda por ventura
de mi razón, por mí no osa mostrarse,
que en tal contradicción no está segura.






- XXVIII -



Boscán, vengado estáis, con mengua mía,
de mi rigor pasado y mi aspereza,
con que reprehenderos la terneza
de vuestro blando corazón solía.


Agota me castigo cada día 5
de tal salvatiquez y tal torpeza;
mas es a tiempo que de mi bajeza
correrme y castigarme bien podría.


Sabed que en mi perfecta edad y armado
con mis ojos abiertos me he rendido 10
al niño que sabéis, ciego y desnudo.


De tan hermoso fuego consumido
nunca fue corazón. Si preguntado
soy lo demás, en lo demás soy mudo.






- XXIX -



Pasando el mar Leandro el animoso,
en amoroso fuego todo ardiendo,
esforzó el viento, y fuese embraveciendo
el agua con un ímpetu furioso.


Vencido del trabajo presuroso, 5
contrastar a los ondas no pudiendo,
y más del bien que allí perdía muriendo,
que de su propia vida congojoso,


como pudo esforzó su voz cansada,
y a las ondas habló de esta manera, 10
mas nunca fue la voz de ellas oída:


-Ondas, pues no os excusa que yo muera,
dejadme allá llegar, y a la tornada
vuestro furor ejecuta en mi vida-.






- XXX -



Sospechas que, en mis triste fantasía
puestas, hacéis la guerra a mi sentido,
volviendo y revolviendo el afligido
pecho, con dura mano, noche y día;


ya se acabó la resistencia mía 5
y la fuerza del alma; ya rendido
vencer de vos me dejo, arrepentido
de haberos contrastado en tal porfía.


Llevadme a aquel lugar tan espantable,
do por no ver mi muerte allí esculpida 10
cerrados hasta aquí tuve los ojos.


Las armas pongo ya, que concedida
no es tan larga defensa al miserable;
colgad en vuestro carro mis despojos.






- XXXI -



Dentro de mi alma fue de mí engendrado
un dulce amor, y de mi sentimiento
tan aprobado fue su nacimiento
como de un solo hijo deseado;


mas luego del nació quien ha estragado 5
del todo el amoroso pensamiento;
que en áspero rigor y en gran tormento
los primeros deleites ha trocado.


¡Oh crudo nieto, que das vida al padre
y matas al abuelo! ¿por qué creces 10
tan disconforme a aquel de que has nacido?


¡Oh celoso temor!, ¿a quién pareces?
¡Qué la envidia, tu propia y fiera madre,
se espanta en ver el monstruo que ha parido!






- XXXII -



Estoy continuo en lágrimas bañado,
rompiendo el aire siempre con suspiros;
y más me duele nunca osar deciros
que he llegado por vos a tal estado,


que viéndome do estoy y lo que he andado 5
por el camino estrecho de seguiros,
si me quiero tornar para huiros,
desmayo viendo atrás lo que he dejado;


si a subir pruebo en la difícil cumbre,
a cada paso espántame en la vida 10
ejemplos tristes de los que han caído.


Y sobre todo, fáltame la lumbre
de la esperanza con que andar solía
por la oscura región de vuestro olvido.






- XXXIII -



Mario, el ingrato amor como testigo
de mi fe pura y de mi gran firmeza,
mostrando en mí su vil naturaleza,
que es hacer más ofensa al más amigo;


teniendo miedo que si escribo o digo 5
su condición, abajo su grandeza,
no bastando su fuerza a mi crudeza
ha esforzado la mano a mi enemigo.


Y así, en la parte que la diestra mano
gobierna, y en aquella que declara 10
el concepto del alma, fui herido.


Mas yo haré que aquesta ofensa, cara
le cueste al ofensor, que ya estoy sano,
libre, desesperado y ofendido.






- XXXIV -



Gracias al cielo doy que ya del cuello
del todo grave yugo he sacudido,
y que del viento el mar embravecido
veré desde la tierra sin temello.


Veré colgada de un sutil cabello 5
la vida del amante embebecido
en su error, y en su engaño adormecido,
sordo a las voces que le avisan de ello.


Alegrárame el mal de los mortales;
mas no es mi corazón tan inhumano 10
en aqueste mi error como parece,


porque yo luego, como huelga el sano,
no de ver a los otros en los males,
sino de ver que de ellos él carece.






- XXXV -



Boscán, las armas y el furor de Marte,
que con su propia sangre el africano
suelo regando, hacen que el romano
imperio reverdezca en esta parte,


han reducido a la memoria el arte 5
y el antiguo valor italiano,
por cuya fuerza y valerosa mano
África se aterró de parte a parte.


Aquí donde el romano encendimiento,
donde el fuego y la llama licenciosa 10
sólo el nombre dejaron a Cartago,


vuelve y revuelve amor mi pensamiento,
hiere y enciende el alma temerosa,
y en llanto y en ceniza me deshago.






- XXXVI -



A la entrada de un valle, en un desierto,
do nadie atravesaba ni se vía,
vi que con extrañeza un can hacía
extremos de dolor con desconcierto;


ahora suelta el llanto al cielo abierto, 5
ora va rastreando por la vía;
camina, vuelve, para y todavía
quedaba desmayado como muerto.


Y fue que se apartó de su presencia
su amo, y no le hallaba, y esto siente; 10
mirad hasta do llega el mal de ausencia.


Me movió a compasión ver su accidente;
díjele lastimado: «Ten paciencia,
que yo alcanzó razón, y estoy ausente».






- XXXVII -



Mi lengua va por do el dolor la guía;
ya yo con mi dolor sin guía camino;
entrambos hemos de ir con puro tino;
cada uno va a parar do no querría;


yo, porque voy sin otra compañía, 5
sino la que me hace el desatino;
ella, porque la lleve aquel que vino
a hacerla decir más que querría.


Y es para mí la ley tan desigual,
que aunque inocencia siempre en mí conoce, 10
siempre yo pago el yerro ajeno mía.


¿Qué culpa tengo yo del desvarío
de mi lengua si estoy en tanto mal,
que el sufrimiento ya me desconoce?






- XXXVIII -



Siento el dolor menguarme poco a poco,
no porque ser le sienta más sencillo,
mas fallece el sentir para sentillo,
después que de sentillo estoy tan loco.


Ni en sello pienso que en locura toco, 5
antes voy tan ufano con oíllo,
que no dejaré el sello, y el sufrillo,
que si dejo de sello el seso apoco.


Todo me empece, el seso y la locura;
prívame éste de sí por ser tan mío; 10
mátame estotra por ser yo tan suyo.


Parecerá a la gente desvarío
preciarme de este mal, do me destruyo;
yo lo tengo por única ventura.






FIN DE LOS SONETOS DE GARCILASO DE LA VEGA