Archivo del blog

viernes, 23 de febrero de 2007

Pedro Calderón de la Barca;Selección de poemas


Selección de poemas


Pedro Calderón de la Barca



Edición de Evangelina Rodríguez Cuadros



Procedencia de los poemas
Delicias / de Apolo, / recreaciones / del Parnaso, / por las / tres Musas / Urania, Euterpe, y Calíope. / Hechas de varias poesías, / de los Mejores Ingenios de España / Dedicadas / al Ilustrísimo Señor Don / Fernando Álvarez de Toledo, & / Con licencia. / En Zaragoza, / Por Juan de Ibar, 1670. 6 hs.+199 págs. [Págs. 89-90 y pág. 121]. Texto idéntico editado en Madrid, en la misma fecha por Melchor Alegre, recopilado por D. Francisco de la Torre Sevil.

Vega, Lope de, Justa poética, y alabanzas justas que hizo la insigne villa de Madrid al bienaventurado San Isidro en las fiestas de su beatificación, recopiladas por Lope de Vega. Dirigidas a la misma insigne villa, Madrid, Viuda de Alonso Martín, 1620.

Vega, Lope de, Colección de las obras sueltas así en prosa, como en verso, (ed. de F. Cerdá y Rico), Madrid, Sancha, 1776-79. Tomo XI [1777].

Relación de las fiestas que la insigne villa de Madrid hizo en la canonización de su bienaventurado hijo y patrón San Isidro, con las Comedias que se representaron y los Versos que en la justa poética se escribieron. Dirigida a la misma insigne villa por Lope de Vega y Carpio, Madrid, Viuda de Alonso Martín, 1622. 22 hs.+156 fols. [Fols. 53v-55v; fols. 131v-132r].

Avisos para la muerte, escritos por algunos ingenios de España, recogidos y publicados por Don Luís Ramírez de Arellano, y añadidos en esta séptima impresión, Madrid, Viuda de Melchor, 1672.

Cancionero de 1628, (edición y estudio de José M. Blecua), Madrid, CSIC, 1945 (Anejo XXXII RFE), págs. 618-21.

Calderón de la Barca, Pedro, Poesía inéditas, (ed. de Felipe Picatoste), Madrid, Imprenta de la Biblioteca Universal, 1881.

Elegía / en la muerte / del Señor Infante / Don Carlos. / Al Señor Infante / Cardenal. / Por Don Pedro Calderón/ de la Barca. (s.l., s.a. [ca. 1632]), 6 fols.

Monforte y Herrera, Fernando de, Relación de las fiestas que ha hecho el Colegio Imperial de la Compañía de Jesús de Madrid en la canonización de San Ignacio de Loyola, y S. Francisco Javier, Madrid, Luis Sánchez, 1622. 4 hs.+74+105 fols. [Fols. 47v-45v].

Panegírico / al / Excelentísimo / Señor Don Ivan Alfonso / Enríquez de Cabrera y Colona, Almi / rante de Castilla, Duque de Medina de / Rioseco, Conde de Melgar, y de Módi- / ca, Comendador de Piedrabuena, Orden / de Alcántara, Gentilhombre de la Cá- / mara de su Majestad, y su Capitán / General de los ejércitos de / Castilla la Vieja. / Compuesto / por / D. Pedro Calderón de la Barca Cava- / llero del hábito de Santiago. / Encomendado a la protección / del Excelentísimo Señor / D. Francisco Fernández de la Cueva, Duque de Alburquerque, / Marqués de Cuéllar, Conde de Ledesma y Guelma, Señor / de las villas de Monbeltrán, y la Codosera, Gentilhom- / bre de la Cámara de su Majestad. (s.l., s.a. [ca. 1638]), 7 hs. 4º.

Habiendo preguntado una dama quien era Don Pedro Calderón y qué galanteos tenía escribiole este romance, mss. 3797 Biblioteca Nacional de Madrid, fols. 217r.-222r.

Varias centellas de amor divino, compuestas por los mejores ingenios de España. Recogidas por la devota curiosidad de don Juan Núñez de Velasco, Madrid, María de Quiñones, 1656.

Exhortación / panegírica al / silencio./ Motivada de su apóstrofe / «Psalle et Sile». / A la protección del / Eminentísimo Reverendísimo / Señor Don Baltasar de Moscoso y Sandoval, Carde- / nal Presbítero de la Santa Iglesia de Roma, del Tí- / tulo de la Cruz en Jerusalén, del Consejo de / Estado de su Majestad, Arzobispo de Toledo, / Primado de las Españas, y Gran Canciller / Mayor de Castilla, &c. / Por / Don Pedro Calderón de la Barca / Caballero de la Orden de Santiago, y Capellán / de su Majestad en su Real Capilla de los / Señores Reyes Nuevos, (s.l., s.a. [1661]), 6 hs.+12 fols.







Poemas




A un río helado

Salid, ¡oh Clori divina!
al Tormes, que ofrece hoy
fija puente a vuestra planta
su inquieto cristal veloz.
Esta vez pudo el diciembre 5
lo que mil pudisteis vos,
que tienen fuerza de escarcha
poderes de admiración.
No su nieve a vuestra vista
quieto el cristal se paró, 10
que si aquí suspende el hielo,
hiela aquí la suspensión.
Salid, que el río os espera,
que juzga discreto hoy
la suela del chapín vuestro 15
corona ya de favor.
Y pues su honor os aclama,
restituireisle su honor,
si cuando le huellan tantos
vos corona suya sois. 20
Sobre la cama de campo
solícito el aquilón
tiende sábanas de nieve,
do se acuesta enfermo el sol.
Desmayos pues de sus luces 25
mejóranse en vuestras dos,
que mayores rayos visten
en eclíptica menor.
Bien que en tantos cielos puestos
como deidad superior, 30
los que son rayos de luz,
de fuego fulmináis vos.
Si el mundo ardiendo callara,
diré, pues ardiendo estoy,
que son incendios sus luces 35
y que es fuego su esplendor.
Que le holléis el campo aguarda,
porque vuestras huellas son
las que previenen abriles,
las que producen verdor. 40
Y en Pascua de Nacimiento,
cuando en la muerte se vio,
tendrá en vuestro pie florido
Pascuas de Resurrección.
Yo mis glorias solicito, 45
pues a quien ha dado soy
a vos vista las libranzas
de sus glorias el amor.
Salid, pues, ¡oh Clori bella!
no os neguéis, ingrata, no 50
a las voces de los ojos,
al llanto del corazón.
Y tendremos esta vez,
si lo merece esta voz,
honor Tormes, luz el día, 55
vida el campo, gloria yo.





Romance amoroso a una dama

¿No me conocéis, serranos?
Yo soy el pastor de Filis,
cera a su pecho de acero,
esclavo a sus ojos libres.
Huésped en vuestras riberas, 5
oponer de amor me visteis
a las armas vencedoras
resistencias invencibles.
Mas ¡ay! yo muerto, serranos;
¡ay, amor, ya me venciste!; 10
los incendios de mis hielos
tus poderes acrediten.
Para matarme tus ojos,
Filis, el amor elige;
que a mayores vencimientos 15
bastan los rayos que viste.
A cuyo imperio süave,
a cuya fuerza apacible
no hay libertad que se exente,
no hay exención que se libre. 20
A tu beldad las beldades
desconocidas se rinden,
desde las que el Tetis beben,
hasta las que el Ganges viven.
Cuyo nombre el Gata ufano 25
gloria le da más felice
que sus arenas al Tajo,
que sus imperios al Tíber.
En tu alabanza mi efecto,
entre efectos imposibles 30
epiciclos fatigara;
mas temo que espumas pise.
Retírase, pues, cobarde,
y tanta empresa remite,
o de un águila a los vuelos 35
o a los acentos de un cisne;
que una voz ronca no puede
ni puede una pluma humilde
ultrajarte; que te ignora
quien se atreve a describrirte. 40
Mis deseos igualmente
que por divina te admiten,
como a deidad te veneran
y como a deidad te piden,
así, pues, el tiempo nunca 45
en ti con mudanza triste
las rosas aje del rostro
ni del cuello los jazmines;
a la primavera hermosa
que en tus mejillas asiste, 50
en siempre floridos mayos
goce perpetuos abriles;
que admitas unos deseos,
que una voluntad estimes,
como atrevida en quererte, 55
acordada en elegirte.
Si tienes dueño, a tu dueño
te hurta: mi mal te obligue,
para que mi ardor aplaques,
nieve a que a mi cuello apliques. 60
Yo vi que hurtados a un muro
a que pudieran asirse,
le repartieron abrazos
a un árbol unos jazmines.
Tú verás que a mis deseos 65
solicitan persuadirte
yedra que dos olmos trepa,
vid que dos álamos ciñe.
Prisiones rompe el capullo
avaramente sutiles 70
el clavel, y fuera dellas
con púrpura el aire tiñe
pues te incitan sus ejemplos,
Filis, sus ejemplos sigue;
que si tú mi amor retornas, 75
cierto estoy que Amor me envidie.





A San Isidro


Soneto



Los campos de Madrid, Isidro santo,
emulación divina son del cielo,
pues humildes los ángeles su suelo
tanto celebran y veneran tanto.


Celestes labradores, en cuanto 5
son amorosa voz, con santo celo
vos enviáis en angélico consuelo
dulce oración, que fertiliza el llanto.


Dichoso agricultor, en quien se encierra
cosecha de tan fértiles despojos, 10
que divino y humano os da tributo,


no receléis el fruto de la tierra,
pues cogerán del cielo vuestros ojos,
sembrando aquí sus lágrimas, el fruto.






A San Isidro


Octavas



Túrbase el sol, su luz se eclipsa cuanta
medroso esparce hasta el segundo oriente.
El viento con suspiros se levanta;
présaga España su desdicha siente:
y en tanta confusión, en pena tanta 5
Filipo al fatal golpe está obediente:
¡Oh justo llanto, oh justo sentimiento!
Tema España, el sol llore, gima el viento.


Mas cese el sentimiento, cese el llanto,
y en vez, España, de funesto luto, 10
fiestas publica, que te ensalce cuanto
te oprimió de los ojos el tributo;
pues ya Madrid piadosa a Isidro santo
vuelve a sus campos a coger el fruto
que sembró de piedad y desengaños 15
al fin dichoso de quinientos años.


Ya más gloriosa con humilde celo
vuelve, piadosa al Labrador divino,
a ver el prado, el río, fuente y suelo,
donde a la tierra y cielo abrió camino, 20
porque de nuevo en ella olbligue al cielo,
en tanto que su Rey sujeto es dino
a su piedad, volviendo a su porfía
Sol a España, al sol luz, a la luz día.


Dichosa, insigne villa, y más dichosa 25
cuanto por más piadosa te señalas,
vuele tu fama al viento licenciosa;
sirviendo a tu piedad de amor las alas,
vive, ¡oh! más que la muerte poderosa,
pues no sólo el arado al cetro igualas, 30
pero aun exceden por divinas leyes
tus pobres labradores a tus reyes.






A Lope de Vega Carpio


Décima


Aunque la persecución
de la envidia tema el sabio,
no reciba della agravio,
que es de serlo aprobación.
Los que más presumen son, 5
Lope, a los que envidia das,
y en su presunción verás
lo que tus glorias merecen;
pues los que más te engrandecen
son los que te envidian más. 10





A Madrid, por la dicha de ser su Patrono San Isidro Labrador


Glosa



Madrid, aunque tu valor
Reyes le están aumentando,
nunca fue mayor que cuando
tuviste tu labrador.


Aunque de gloria se viste,
Madrid, tu dichoso suelo,
nunca más gloria tuviste
que cuando, imitando al cielo,
pisado de ángeles fuiste. 5
No igualará aquel favor
el que hoy ostenta tu honor,
aunque opongas tu trofeo,
aunque aumente tu deseo,
Madrid, aunque tu valor. 10


No tendrás glorias mayores,
que cuando en las manos bellas
de angélicos labradores,
eran tus flores estrellas,
los rayos del sol tus flores. 15
En vano están laureando,
en vano están coronando
tu frente, en vano el honor
que te ha dado un labrador,
Reyes le están aumentando. 20


Dirán que cuándo tuviste
más gloria que en ti se encierra.
Di que cuando ángeles viste
labrar humildes tu tierra;
di que cuando cielo fuiste; 25
que cuando al cielo imitando
el sol te estaba envidiando,
pues su luz tu luz prefiere;
y así sabrá quien dijere
Nunca fue mayor que cuando. 30


Mayores triunfos, mayores
lauros tu poder advierte,
pues con divinos favores
respetas, como la muerte,
mas que reyes, labradores. 35
Hagan inmortal tu honor
jaspes, mármoles y bronces;
pues para gloria mayor
hoy tienes tal rey, y entonces
Tuviste tu labrador. 40






Descripción del Carmelo, y alabanzas de Santa Teresa


Romance



En la apacible Samaria,
hacia donde el sol se pone,
en túmulo de esmeraldas
yace un gigante de flores.


Verde Atlante de los cielos, 5
tanto su beldad se opone,
que, siendo cielo en la tierra,
parece en el cielo monte.


Cerrándole al viento el paso,
sube hasta la esfera, donde 10
pedazo del cielo fuera,
a ser unas las colores.


Sin que el sol se albergue en ondas
se le niega el horizonte,
y hace anochecer el día 15
cuando amanecer la noche.


Aqueste pues cuyas plantas,
aun en variedad conformes,
son cultura celestial
de aquel jardinero noble, 20


de aquel venerable sol,
que en más luminoso coche,
por eclíptica de viento
planeta de fuego corre,


de aquel que rigiendo rayos 25
quemó los vientos veloces,
cuando abrasado el Carmelo,
eclipse vio de dos soles,


éste en las más eminente
punta que en su luz se esconde, 30
virgen rosa planta bella
porque del sol se corone.


Casta azucena o jazmín
süave, cuyos colores
en viva aroma los cielos 35
piadosamente recogen.


Santo Carmelo, tu planta
es Teresa, porque logres
su hermosura, sin que el viento
o la marchite o la borre. 40






A San Isidro


Décimas



Ya el trono de luz regía
el luminoso farol,
el fénix del cielo, el sol,
cuya edad es sólo un día.
Ya desde la tumba fría 5
en su fuego vuelve a ser
hoy lo mismo que era ayer;
que, si en todo es de sentir
que nace para morir,
él muere para nacer. 10


Veloz la vida se quita,
con que más gloria se adquiere,
pues cuando en el agua muere,
en el fuego resucita.
Las aves, a quien incita 15
la luz de sus resplandores,
cantando dulces amores,
eran, con belleza suma,
al campo flores de pluma
cuando al viento aves de flores. 20


Entre las rosas cantaban
y el aura que las movía
solamente conocía
por aves las que las volaban.
Todas a Isidro esperaban, 25
cuando el labrador dichoso
se quedaba perezoso
de su trabajo olvidado:
¿quién vio vicioso al cuidado
y al descuido virtuoso? 30


Antes de labrar el suelo
(¡oh tardanza de amor llena!)
en la Virgen de Almudena
labraba piadoso el cielo;
y como su santo celo 35
en el sol le suspendía
de la celestial María,
divertido, no pensaba;
como siempre, al sol miraba,
que pudo pasarse el día. 40






A San Isidro


Canción



Coronadas de luz las sienes bellas,
conduce el sol su luminoso coche
a la estación donde madruga el día;
quitó el prestado honor a las estrellas,
y en campañas de luz venció a la noche 5
con los ardientes rayos que regía;
castigo a su osadía
la tierra fue, que nuevo sol le opuso,
esfera de verdor, campo de fuego.
Cuando en sus rayos ciego, 10
querúbicas deidades vio confuso
sembrar por rubios granos esmeraldas,
por espigas coger verdes guirnaldas.


Los campos de Madrid ya cielos bellos
y los cielos del sol campos hermosos 15
eran con los opuestos resplandores;
porque asistiendo o cultivando en ellos,
ya labrador, ya espíritus dichosos,
campos de estrellas son, cielo de flores:
vestida de esplendores 20
acredita la tierra al sol desmayos,
que paga el sol en rayos a la tierra;
y en luminosa guerra,
espigas compitieron a sus rayos,
porque el cielo y la tierra en sus fatigas 25
mieses de rayos son, globos de espigas.


El viento, entre los varios arreboles
del resplandor, Madrid, que a ti reduces
cielo humano te vio, divino suelo:
dudó dos cielos y creyó dos soles, 30
admirando, confuso entre dos luces,
brillando el campo y cultivando el cielo;
que con santo desvelo
Isidro le labraba con el llanto,
ángeles con su gloria le ilustraban, 35
y el viento, que abrasaban
mansos eclipses, en abismo tanto
ignora a quién incline su destino,
a ángel cultor o a labrador divino.


Este pues en su espíritu dichoso, 40
arrebatado hasta los cielos sube
(que bien la tierra por el cielo olvida)
y espíritus del trono luminoso,
rayos de luz en abrasada nube,
bajan al suelo a darle nueva vida. 45
La tierra, agradecida
al favor de los cielos soberano,
sin esperanzas del abril florece:
tanto, tanto agradece
el beneficio de la culta mano; 50
y estrellas produjera entonces bellas,
si nacieran sembradas las estrellas.


Rompe la tierra el paraninfo alado
y el rústico instrumento que la oprime,
nunca más dulce, nunca más süave 55
a la mano obediente, no al arado,
el surco estima que en su centro imprime
celeste autor de su esperanza grave.
¿Quién habrá que te alabe,
ángel o labrador, si ofrece el suelo 60
a celestial cultor humano fruto,
y celestial tributo
a humano agricultor ofrece el cielo?
Y aunque use el hombre angélico ejercicio,
¿quién vio al ángel usar rústico oficio? 65


¿Quién más dichoso está, quién más ufano?
¿Con ángeles el suelo en este día
o con un labrador, no más, el cielo?
Más gloria tiene el cielo soberano,
pues humildes dos ángeles envía 70
que próvidos por él labren el suelo:
tanto pudo tu celo,
tanto, Isidro, tu amor maravilloso,
tanto tus oraciones celestiales.
Por dos ángeles vales: 75
dos suplen tu descuido virtuoso;
y pues de flores ver los campos llenos,
porque se aumenten más trabaja menos.


Deje de mi pluma el vuelo,
mi torpe acento el canto, 80
mi voz aliento tanto;
que aunque alaba a Madrid, Madrid es cielo;
y es bien que a tanto empleo se presuma
suave voz, dulce acento y veloz pluma.






A un altar donde estaba una imagen de Santa Teresa en una nave


Soneto



La que ves en piedad, en llama, en vuelo,
ara en el suelo, al sol pira, al viento ave,
Argos de estrellas, imitada nave,
nubes vence, aire rompe y toca al cielo.


Esta pues que la cumbre del Carmelo 5
mira fiel, mansa ocupa y sulca grave,
con muda admiración muestra süave
casto amor, justa fe, piadoso celo.


¡Oh militante iglesia, más segura
pisa tierra, aire enciende, mar navega, 10
y a más pilotos tu gobierno fía!


Triunfa eterna, está firme, vive pura;
que ya en el golfo que te ves se anega
culpa infiel, torpe error, ciega herejía.






A Felipe IV


Tercetos



¡Oh tú, temprano sol que en el oriente
de tus primeros años has nacido
coronado de luz resplandeciente,


salve! Y en tanto que a tu grato oído
de mi voz, por cantarte, los acentos 5
labios son de metal contra el olvido,


con presagios de ilustres vencimientos
escucha el fin que a tu principio encierra,
rendidos a tus pies los elementos.


La tierra te consagra el que a la tierra 10
sujetó, cuando, próvida en su celo,
los líquidos tesoros desencierra,


y, lloviendo al revés, salpicó el cielo,
desangrando a Neptuno en rica fuente
por venas de cristal sangre de hielo. 15


El mar te rinde aquel cuyo tridente
tantas veces venció su orgullo fiero,
segunda vez a límite obediente,


aquel del mar Neptuno verdadero,
que en varias partes no se distinguía 20
cuándo segundo fue, cuándo primero.


Del dulce viento la región vacía
favorable te ofrece aquella ave
que en éxtasis de amor vientos bebía.


Ave amorosa, pues, que con süave 25
pluma llegó hasta el sol, en su sosiego
volando dulce y suspendiendo grave.


El fuego te asegura el que del fuego
nombre tomó, y el luminoso espacio
arrebatado vio, turbado y ciego. 30


Vive, ¡oh Felipe! en celestial palacio,
pues a tu admiración el cielo atento,
la tierra te da Isidro, el fuego Ignacio,
Francisco el mar, cuando Teresa el viento.






Lágrimas que vierte un alma arrepentida

Ahora, señor, ahora
que ya este humano edificio
en el polvo de su fin
se reduce a su principio;
ahora que descompuesto 5
este vital artificio
que un suspiro gobernó,
le va faltando un suspiro;
ahora que a mis alientos
está el número cumplido, 10
pues sin esperanza de otro,
respiro este que respiro;
ahora que rebelados
mis potencias y sentidos,
son, parciales de mi muerte, 15
mis mayores enemigos;
ahora que el corazón,
por alegar que él ha sido
quien quiso vivir primero,
morir el postrero quiso; 20
ahora que al desatarse
esta lazada que hizo
la naturaleza, el alma
está pendiente de un hilo;
ahora que al despedirse 25
del cuerpo donde ha vivido,
en vez de darle los brazos,
le lucha a brazos partidos;
ahora, en efecto, ahora
que ya el pecho helado y frío, 30
descompasado el aliento,
los miembros estremecidos,
el pulso desnivelado,
torpe la voz, yerto el brío,
en parasismos se emboza 35
el último parasismo,
es tiempo, Señor, es tiempo
de conocer los amigos,
pues el amigo mayor
se ve en la mayor peligro. 40
¡Oh dulce Jesús mío!
No entréis, Señor, con vuestro siervo en juicio.
¡Oh, cuánto el nacer, oh cuánto
al morir es parecido,
pues si nacimos llorando, 45
llorando también morimos!
Un gemido la primera
salva fue que al mundo hicimos,
y el último vale que
le hacemos, es un gemido. 50
Entre cuna y ataúd
sola esta distancia ha habido
hacia la tierra o el cielo
arrojarnos o admitirnos.
¡Qué bien en sus confesiones 55
lo significó Agustino,
cuando a esta proposición
no le averiguó el sentido!
¿Vive el hombre o muere el hombre?
Pues que ninguno ha sabido 60
si vive o muere, porque
todo se hace de un camino.
¿Qué más ejemplo que yo,
a este letargo rendido,
pues vivo al tiempo que muero 65
y muero al tiempo que vivo?
Y si al fin para morir
no ha menester más deliquio
ni más crítico accidente
el hombre, que haber nacido, 70
¡oh felice yo, oh felice
que morir he merecido
en vuestra fe, conociendo
tantos mortales avisos!
Y aunque es preciso el morir, 75
con lo que os pago os obligo,
pues resignado en vos, hago
voluntario lo preciso.
Y así, aunque vivir pudiera
mi vida estando a mi arbitrio, 80
hoy os hiciera en mi muerte
de mi vida sacrificio.
¡Oh dulce Jesús mío!
No entréis, Señor, con vuestro siervo en juicio.
No justiciero cerréis 85
a mis voces los oídos,
sino misericordioso
atended al llanto mío.
Justicia y misericordia,
dos atributos son dignos, 90
que un y otro en vos están
igualados, no excedidos.
Pues ¿por qué habéis de mostraros
riguroso y no benigno,
siendo rigor y piedad 95
en vos, Señor, uno mismo?
El castigo y el perdón
una costa os han tenido:
pues echad antes la mano
al perdón, que no al castigo. 100
¿Job no dijo que era el hombre
en pecado concebido?
¿Qué maravilla que amase
maldad que nació conmigo?
Mas ¡ay de mi! que también 105
David a este intento dijo
que siempre contra mí está
mi pecado por testigo.
Yo lo confieso, y confieso
que mis culpas y delitos 110
son infinitos, por ser
obrados y cometidos
contra un infinito Dios;
confieso que no he podido
satisfacer por mi solo 115
el número de mis vicios.
Pero por esto, Señor,
de la Iglesia en los archivos
también infinitos son
vuestros méritos divinos. 120
Ellos por mi satisfagan,
pues mi fiador habéis sido,
y en vuestros méritos pague
lo infinito a lo infinito.
¡Oh dulce Jesús mío! 125
No entréis, Señor, con vuestro siervo en juicio.
¡Qué dignamente, qué bien
en vuestra piedad confío,
si cuando llego a rogaros
clavado en la cruz os miro! 130
No me diera confianza
el veros en el impíreo
glorioso más que en la cruz
veros humano y pasivo.
Que esa derramada sangre 135
que en arroyos fugitivos
tiñe en púrpura la nieve,
deshoja el jazmín el lirios,
a lavar mis culpas corre,
cuyo segundo bautismo 140
hará que esta piel manchada
venza el candor del armiño.
Y puesto que vos morís
para que yo viva, indigno
será, Señor, que un Dios muerto 145
no salve un pecador vivo.
¿Indigno dije? ¡Ah Señor!
No supe cómo decirlo,
al verlo en vos intentado
sin verlo en mi conseguido. 150
Mas ¡ay de mi!, que vos siempre
salvarme habéis pretendido;
pero aunque sin mi me hicisteis,
me habéis de salvar conmigo.
Salvadme en vuestra virtud; 155
que yo a vuestros pies resigno
este cuerpo sin acción
y este alma sin albedrío.
Y si es vuestra voluntad
condenarme a los abismos, 160
para que en mí se ejecute
este espíritu os envío.
Y padeciendo diré,
por los siglos de los siglos:
¡Quién siempre os hubiera amado! 165
¡Quién no os hubiera ofendido!
¡Oh dulce Jesús mío!
No entréis, Señor, con vuestro siervo en juicio.



Penitencia de San Ignacio


Romance


Con el cabello erizado,
pálido el color del rostro,
bañado en un sudor frío,
vueltos al cielo los ojos,
más muerto que vivo, haciendo 5
de gemidos y sollozos
los suspiros una esfera,
las lágrimas dos arroyos,
a Ignacio su mismo cuerpo,
helado, sangriento y roto, 10
desta manera le dice
con voz baja y pecho ronco:
-No te espantes si te trato,
como ajeno de ti propio,
que es bien que como otro hable, 15
pues ya contigo soy otro,
no es mucho ignore quién eres,
si el mismo que soy ignoro;
que tal tu rigor me ha puesto,
que aún a mi no me conozco. 20
Siete días ha que muero,
pues vivo sin saber cómo,
y a mi torpe natural
forzosas leyes le rompo.
Negando lo que te pido, 25
siete días ha que sólo
agua de lágrimas bebo
y pan de dolores como.
Duros abrojos tres veces
castigan mis perezosos 30
miembros: tan estéril tierra
¿qué ha de tener sino abrojos?
Gastadas tengo las piedras
donde las rodillas pongo,
y porque cabales vivan 35
cubro de sangre los hoyos.
Vivo cadáver me dejas,
y en tu espíritu dichoso
vas a gozar dulces gustos,
a gustar süaves gozos. 40
Todo en amor te transformas,
porque vivas en Dios todo,
con una gloria amorosa,
y con un amor glorioso.
Al alma sólo regalas: 45
quejas justamente formo,
pues a tus gustos mis penas
son manjar dulce y sabroso.
Dueño soy de los sentidos:
¿qué importa si no los gozo? 50
Pues sin alma ¿qué me sirven
boca, manos, oídos ni ojos?
Yo sus contentos no gusto,
yo sus gustos no los toco,
sus regalos no los veo, 55
sus dulzuras no las oigo.
Mira no se ofenda Dios,
que cargues sobre mis hombros
murallas de penitencia,
siendo el cimiento tan poco. 60
Una llama soy que vivo
obediente a un fácil soplo,
humilde barro, y al fin
fuego y humo, tierra y polvo.





Resucita San Francisco veinticinco muertos


Quintillas



Tirana la idolatría
a su imperio mal regido,
ignorante presidía
en cuyo engaño el olvido
muertas las almas tenía. 5


Y entre ciegos pensamientos
de adoraciones inciertas,
los cuerpos como violentos,
trayendo las almas muertas,
eran vivos monumentos. 10


Nuevo sol resplandeciente
en oriente amaneció
a su sueño dignamente;
que como a dar luz salió
empezó por el oriente. 15


Y como del cielo dueño
vertiese rayos de fe,
en tan luminoso empeño
forzoso a las almas fue
despertar de largo sueño. 20


Mucha fue la luz que dio;
mas de la muerte jüez,
mayor gloria mereció
con alma que ya una vez
helado el cuerpo dejó. 25


Más luz le debe advertir
quien llega a considerar
que puede, a tanto dormir,
el que duerme despertar
y no el que muere vivir. 30


Allí la piedra se ve
que guía con pasos ciertos;
pero aquí obrando la fe,
para veinticinco muertos
trompeta del cielo fue. 35


Suena, y a su voz rendida
la muerte su imperio siente
y vuelve el alma ofendida:
¿quién vio a la muerte obediente?
¿quién vio a la muerte dar vida? 40


¡Oh piadoso error del suelo!
¡Oh no merecida palma!
Que es más con piadoso celo
quitarle a la muerte un alma
que darle tantas al cielo. 45


Vencedor divino y fuerte,
¿quién habrá que no se asombre
si vuestras glorias advierte,
pues a Dios, en cuanto hombre,
se pudo atrever la muerte 50


y en desafío los dos
victorioso habéis salido?
¿Quién podrá atreverse a vos,
pues os habéis atrevido
a la que se atreve a Dios? 55


¿Quién podrá miraros, quién
aunque al sol sus rayos pida,
si dais para eterno bien,
no sólo a las almas vida
pero a los cuerpos también? 60






En la muerte de la señora doña Inés Zapata


Dedicada a doña María Zapata



Sola esta vez quisiera,
bellísima Amarili, me escucharas,
no por ser la postrera
que he de cantar afectos suspendidos,
sino porque mi voz de ti confía 5
que esta vez se merezca a tus oídos
por lastimosa, ya que no por mía.


No tanto liras hoy, endechas canto;
no celebro hermosuras,
porque hermosuras lloro; 10
quien tanto siente que se atreva a tanto,
si hay alas mal seguras
que deban a su vuelo esferas de oro
sin pagar a su vuelo ondas de llanto.


¡Ay, Amarili!, a cuánto 15
se dispuso el afecto enternecido,
mas si el afecto ha sido
dueño de tanto efecto,
enmudezca el dolor, hable el afecto;
si pudo enmudecer o si hablar pudo 20
retórico dolor y afecto mudo.


¿Diré que el cierzo airado,
verde ladrón del prado,
robó el clavel y mal logró la rosa?
Mas no, porque era Nise más hermosa. 25
¿Diré que obscura nube,
nocturna garza que a los cielos sube,
borró el lucero, deslució la estrella?
No, porque era más bella.


¿Diré que niebla parda 30
la vanidad del sol tanto acobarda
que muere al primer paso
y el oriente tropieza en el ocaso
mintiéndonos el día?
No, porque Nise más que sol ardía. 35


¿Diré que el mar violento
hidrópico bebió, bebió sediento,
la fuentecilla fría
que en su orilla nacía,
siendo cuna y sepulcro, vida y muerte? 40
Mas no, que en Nise más beldad se advierte.


¿Diré que rayo libre,
ya fleche sierpes, ya culebras vibre,
en cenizas desate el edificio
que en los brazos del viento nos da indicio 45
de que en sus hombros el zafir estriba?
Mas no, que aún era Nise más altiva.


¿Pues qué diré que mi dolor avise?
Diré que murió Nise.
Sí, pues murió con ella 50
deshecha flor, desvanecida estrella,
día abortado, mal lograda fuente,
y torre antes caduca que eminente,
fingiéndose la muerte en un desmayo
el cierzo, niebla, nube, mar y rayo. 55


Nise murió. Dura pensión del hado
que no tenga en el mundo la belleza,
por belleza siquiera, algún sagrado.
Nise murió. ¡Qué asombro! ¡Qué tristeza!
¡Oh ley del hado dura, 60
decretado rigor, fatal violencia,
que no tenga en el mundo la hermosura,
por hermosura, alguna preeminencia!


Nise murió. ¡Qué extraña desventura
que no goce el ingenio por divino 65
privilegio en las cortes del destino!
Todos a su despecho,
a mayor majestad rindan el pecho;
el pecho, en esta ley determinado,
tercera vez dura pensión del hado. 70


A tres Gracias tres Parcas combatieron,
y las Gracias vencieron,
que su rigor a profanar no atreve
tanta luz, tanta rosa, tanta nieve.
Y aunque Nise quedó muerta y rendida, 75
dejó despierta en su beldad la vida;
y así las Parcas lágrimas lloraron,
las Parcas su sepulcro acompañaron,
esfera breve donde
la luz se eclipsa, el esplendor se esconde. 80


A cuya sepultura
un mármol consagraron que dijera:
«Aquí debajo de esta losa dura
la hermosura naciera,
si naciera sembrada la hermosura». 85


Pero siga el consuelo
al llanto, a la tristeza, a la alegría;
corra la niebla el velo
y a la noche suceda alegre el día.
La noche muestre ya la estrella hermosa, 90
llama el Aura el clavel, bebe la rosa,
pues Nise coronada
de nueva luz, la Nise laureada,
la adama el sol, y en trono de diamante
está pisando estrellas, 95
imagen ya de aquellas luces bellas,
carácter ya de aquellos otros puros
que bordan paralelos y coluros.


Y tú, hermosa Amarili, el sentimiento
trueca en gusto, en invidia el escarmiento, 100
pues la tierra sabiendo que tenía
dos soles, y uno apenas merecía,
liberal con el cielo
quiso partir y te dejó en el suelo
a ti, porque más bella 105
fénix ya del amor, venzas aquella
competencia dichosa,
pues ya sola en el mundo eres hermosa.






Elegía en la muerte del Príncipe Don Carlos


Al Señor Infante Cardenal



¡Oh! rompa ya el silencio el dolor mío,
y en lágrimas y quejas desatado,
al mar corra y al viento, que bien fío


del mar hoy y del viento mi cuidado,
pues patrimonio son del mar y el viento, 5
a un tiempo, lo gemido y lo llorado.


¡Oh! rompa ya mi pena el sufrimiento
y en lágrimas y quejas dividido,
dignísimo Fernando, mi lamento


llegue (o bien de las ondas repetido 10
o mal restituido de las peñas)
piadosamente a merecer tu oído.


Lisonjas, y lisonjas no pequeñas,
hace al dolor el que al dolor engaña
con voces, con suspiros o con señas. 15


Tú, de la gran metrópoli de España
que con arenas y átomos de oro
pródigo dora el Tajo y el sol baña,


purpúreo Atlante; tú, cuyo decoro
desde lejos saludan dulcemente 20
dos cisnes, éste mudo, aquél canoro.


Ya que al Cuarto Planeta en otro oriente
sustituyes la luz, suples el día,
lucero habilitado dignamente,


bien como en la celeste monarquía 25
virrey del sol es el mejor lucero
de quien el alma de sus rayos fía,


engaña tu dolor (no porque espero
que rústica mi voz te obligue a tanto)
sino porque mi llanto lisonjero, 30


las lágrimas mezclando con el canto
en destempladas cláusulas, ignora
aun él mismo si fue música o llanto.


No por vencer tu sentimiento agora
mi acento sulca ni mi pluma vuela 35
(si bien harto le vence quien le llora).


Con inútil retórica consuela
al triste el que su mal le facilita;
pues al son que le aduerme, le desvela.


Llore el que de su llanto necesita, 40
que en su principio a un accidente extraño
fuerzas le da quien lágrimas le quita.


Una pena dorada de un engaño
o cobra la razón o pierde el brío
y aquél es sólo repetirle el daño. 45


Así quejas y lágrimas te envío,
¡Oh, rompa ya mi pena el sufrimiento!
¡Oh, rompa ya el silencio el dolor mío!


Aunque mejor la fuerza de un tormento
sabe sentirse que decirse sabe, 50
porque en la voz no cabe el sentimiento,


que en el silencio solamente cabe.
Mas ya que a tanto la pasión me obliga,
quejas escucha (o con acento grave


la voz las calle o el callar las diga). 55
De aquella son, y con razón de aquella
dos veces, y de todos enemiga


fatal deidad, cuya triunfante huella,
sin que el respeto ni el temor la impida,
alcáceres supremos atropella. 60


A cuyo carro la ambición asida
arrastra las coronas que antes fueron
los ídolos humanos de la vida.


Aquella a quien en vano previnieron
defensa, ni la pluma ni la espada, 65
que el valor y el ingenio se rindieron.


Alcaide de la vida, que a su entrada
registro es nuestro el libro de la muerte,
partida por partida señalada.


Con condición que ha de morir advierte, 70
que entra a vivir el que nacer procura
echado a los umbrales de la suerte.


No el poder la venció, no la hermosura;
que ésta ni aquél pasó sin que primero
con llanto no firmase la escritura. 75


Luego, ¡oh rigor! (iba a decir) severo,
por cuenta le da el aire con que vive,
que aun no es suyo este soplo más ligero.


¿Quién vive, pues, sabiendo que recibe
tan contado el vivir, que siempre atenta 80
la muerte por los márgenes escribe


una vez que respira, otra que alienta,
y vez ninguna alienta ni respira
que no adelgace el número a la cuenta?


¿Quién no se pasma aquí, quién no se admira 85
y quién sin miedo en desventura tanta
de que se cumple el número suspira?


¡Oh, cuánta es hoy nuestra miseria, cuánta!
Que aunque siempre lo fue, considerando
que hoy la muerte los plazos adelanta, 90


parece que es mayor porque antes, cuando
bozal y torpe en su principio estaba
de sí misma ella misma hería temblando.


Un siglo entonces en poner tardaba
la flecha; un siglo entonces prevenía 95
el golpe; y tras dos siglos aún le erraba.


Mas hoy, que diestra la hizo la porfía,
ni un instante el vivir deja seguro,
que el día menos cierto es cualquier día.


No el sagrado dosel, no el fuerte muro, 100
la edad florida, ingenio el más perfecto,
la generosa sangre, el lustre puro,


la heroica majestad, el real sujeto,
todo adornado de gallardo brío,
temor la causan ni la dan respeto. 105


Todo lo postra, todo a su albedrío,
Carlos lo diga (y cuando a Carlos nombra
¡oh, rompa ya el silencio el dolor mío!).


Dígalo pues su voz, que muda asombra,
y débale suspiros a la muerte 110
ver tanta luz desvanecida en sombra.


¿Si sagrado dosel?, ¿si muro fuerte?
¿Qué muro fuerte, qué dosel sagrado
el sol ciñe, el mar cerca, el cielo advierte


ya luciente, ya nuboso, ya estrellado, 115
aquél vuele, aquél corra y éste ande,
que mirarse merezca reservado


como el Alcázar de Felipe el Grande,
cuando piadoso el hado un edificio
privilegiar de sus rigores mande? 120


Si lustre puro ¿qué mayor indicio
de esplendor y de lustre que ser rayo
de tanto sol? (No aquí delire el juicio


porque un rayo de sol sienta un desmayo,
que no deja de ser rey de las flores 125
porque una flor se le malogre al mayo.)


¿Si majestad heroica? Sus mayores
triunfan hoy en las lides del olvido,
nunca vencidos, siempre vencedores.


El águila alemana les dio nido, 130
el león de España albergue, que absoluto
término fue a su vuelo y su bramido.


Todo el orbe pagándoles tributo,
de una cuna del sol hasta otra cuna,
Emperatriz el ave y Rey el bruto. 135


¿Si real sujeto? Aun siendo siempre una,
su fama se excedió tal vez, pues sella
ésta con más aplausos la fortuna.


Felipe santo y Margarita bella
sus padres fueron de tan alta planta, 140
que humana flor no es hoy divina estrella.


¿Si claro ingenio? Manzanares canta
conceptos suyos y conceptos llora:
tanta en la fuerza de un afecto, tanta,


que con la voz que al gusto hoy se enamora, 145
quizá el pesar se llorará mañana,
que aun una voz a lo que nace ignora.


¿Si edad florida y juventud lozana?
Apenas cinco veces, cinco, era
cumplido el curso en que veloz devana 150


con hilos de oro el sol nuestra carrera,
cuando por medio enmarañando el hilo,
le cortó inexorable la tijera.


No llegó al fin su fin; con nuevo estilo
hoy se acabó y hoy se quedó pendiente. 155
¡Oh!, ¿para cuándo era embotarse el filo?


¿Si brío gallardo y ánimo valiente?
Dígalo el mar que le rindió oportuno
en pequeño bajel más diligente.


Por Príncipe los reinos de Neptuno 160
y en cortes de agua Príncipe jurado
votaron todos y faltó ninguno.


De esperanzas entonces coronado
le vio la paz y le aclamó la guerra;
sólo a la tierra le costó cuidado, 165


pues celosa de ver que se destierra
del centro natural al centro frío,
en sus entrañas le escondió la tierra.


¡Oh sacrílego amor! ¡Oh amor impío,
que a tu costa tus celos has vengado! 170
¡Oh, rompa ya el silencio el dolor mío!


Y ya que tanto mérito postrado,
humano al fin reparo no previno
a la infalible indignación del hado,


al enojo infalible del destino, 175
vamos a ver si le previene el celo
en la piedad del mérito divino.


Iba pues de la noche el negro velo
borrando los matices con que había
al temple bosquejado tierra y cielo 180


el doctísimo artífice del día,
y el sol, depositado en luces bellas
espejo hecho pedazos parecía,


que pedazos del sol son las estrellas;
y así, cuando su luz se quiebra hermosa, 185
es un pequeño sol cada una dellas.


Declarose la noche temerosa,
y tropezando perezoso el sueño
en la que iba arrastrando falda umbrosa,


salió mostrando el arrugado ceño, 190
que más horrores que cabellos vierte
de ciprés coronado y de beleño.


Y como medio hermano de la muerte
al mundo medio muerto sepultaba
cuando aun al sueño hicieron que despierte. 195


Voces que sólo el eco articulaba,
porque todas a un ¡ay! las reducía
y errando el pueblo (si por dicha erraba,


aunque confusamente discurría)
al Monte de piedad llegó, al Erario 200
en uno y otro templo de María.


No perdonó devoto santuario
que no solicitase a aquella hora,
uno en la fe y en el efecto vario;


pues aunque dos imágenes adora, 205
es sola una deidad: y así, en lo oculto,
de noche en dos orientes vio una aurora.


Con poca pompa, el venerado bulto
(si ya no fueran pompas las querellas,
que querellas de fe también son culto) 210


llegó a palacio; y mudas las estrellas,
con muestras de dolor extraordinarias
(quizá por ser de Carlos una dellas)


acompañaron, aunque en luz contrarias,
las antorchas conformes en belleza, 215
unas y otras nocturnas luminarias.


Madrid, viendo que plebe y que nobleza
igualmente se inclina, igual se mueve
al llanto, a la piedad y a la tristeza,


quiere que suyos dos mensajes lleve: 220
por la nobleza un Duque de Gandía
y un labrador humilde por la plebe.


Francisco, pues, y Isidro ante María,
a un tiempo en cielo y tierra están postrados
alma y cuerpo gloriosos aquel día. 225


¡Oh! ¿No parece aquí que con candados
están los cielos? Pues abridlos, cielos:
mirad qué implican cielos y cerrados.


¿Tantos suspiros? ¿Tantos desconsuelos?
¿Tan sincero clamor? ¿Llanto tan pío? 230
¿Tantas penas, Señor, tantos desvelos,


solamente os merecen un desvío?
¿Cuándo la voz no fue del cielo llave?
¡Oh! rompa ya el silencio el dolor mío.


Mas ¡ay! que en la mayor, en la más grave 235
pena, aunque sabe el que afligido llega
que ha de pedir, qué ha de pedir no sabe,


que el hombre es liberal con quien le ruega,
por lo que a quién le ruega le concede,
y Dios es liberal por lo que niega. 240


Tanto con él la voz o el llanto puede,
que por agradecer la voz o el llanto,
tal vez negando su poder excede.


Luego tanto retiro, enojo tanto,
pareciendo rigor, será clemencia, 245
pues siempre es liberal el cielo santo.


¡Oh, quién de parte de la providencia
hoy estos dos extremos careara,
aquí el dolor y allí la conveniencia!


Porque al mundo el examen consolara 250
cuando en sombras y lejos percibiera
el daño que otro daño le repara.


Qué alegre entonces, si la piedad viera
disfrazada en rigor del mismo cielo,
otra vez sus desdichas le pidiera. 255


Pues si ignorante pide nuestro celo,
y docto él nos mejora la fortuna,
sírvanos el castigo de consuelo.


Y pues del ataúd y de la cuna,
líneas en que nacemos y morimos, 260
una es la forma y la materia es una,


y de un sepulcro a otro sepulcro fuimos
(polos en que el pequeño mundo estriba),
muriendo desde el punto en que nacimos,


dichoso aquél que de vivir se priva; 265
pues si a morir viviendo el hombre nace,
muriendo bien no hay más para qué viva.


Ninguna acción al dueño satisface
tanto, que la atención escrupulosa
no la enmiende después, con que se hace 270


más perfecta, más noble o más hermosa:
sólo el morir esta elección no tiene,
siendo el morir la más dificultosa.


Luego a aquél que la muerte le previene
con avisos de un día y otro día, 275
no llorarle, envidiarle nos conviene.


Suceda, pues, al llanto la alegría,
pues para que al morir perficionase,
murió Carlos sabiendo que moría.


Y ya que el cielo quiere que hoy abrase 280
las plumas, siendo pira el monumento
de quien su luz entre cenizas pase


a otro centro, a otra esfera y a otro asiento,
y dejando a la tierra sus despojos
es ya estrella añadida al firmamento, 285


pasen también nuestros turbados ojos
de un objeto a otro objeto su sentido,
que dichas podrán ver quien pudo enojos.


Vean que en prendas hoy de un bien perdido
dos los cielos eternos aperciben 290
que aun mal está el consuelo repetido.


Felipe y Baltasar felices viven,
cuyo nombre los hados respetando,
con letras de oro en láminas escriben.


Que nunca el tiempo alcanzará volando, 295
porque aun el tiempo parará primero.
¡Oh! vivan pues; y tú, noble Fernando,


ya Marte religioso, ya guerrero
Apolo, con la espada y con la pluma,
de tantas esperanzas heredero, 300


al mar sujeta la rizada espuma,
postra a la tierra la cerviz altiva
y haz que el mar y la tierra te presuma


luz que del Sol Felipe se deriva;
y pues de ti tantos aplausos fío, 305
mientras tu nombre, ¡oh gran Fernando!, viva,
no rompa ya el silencio el dolor mío.