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viernes, 23 de febrero de 2007

Aniceto el Gallo : gacetero prosista y gauchi-poeta argentino

PARTE
Del general don Pascual Echagüe al restaurador de las Leyes, dándole cuenta de la derrota y disparada de Caaguazú, en donde fue completamente batido y hecho prisionero todo el poderoso ejército Rosista a las órdenes del restaurador del Sosiego público

Al Exmo. Señor brigadier general don Juan Manuel Rosas - Ilustre Restaurador de las Leyes - Héroe del Desierto - Defensor del Continente americano - Miembro de la Sociedad Numismática de las cinco partes del Mundo - Conde de Poblaciones - General en jefe de los ejércitos federales, y gobernador y capitán general de la Confederación Argentina con Mashorca y todo, etc., etc., etc.
Paso del Infiernillo a 1º de diciembre de 1841.

Juan Manuel: no extrañarás
que hasta ahora te haiga escrebido,
porque a corral me ha tenido
cerca de tres meses Paz.
¡Ah, diablo! pero sabrás
que me escapé a lo ñandú,
el día que en Caaguazú
me echó la correntinada
con la marca recaldeada
a quemarme el caracú.
A sujetar a Alegrete
vine a dar con el jabón,
y pensaba del tirón
juir hasta Portugalete:
pero ya el número siete,
lo creo en siguridá:
y en esta conformidá
te escribo la relación
del cómo perdí la aición
por una fatalidá.
El 26 del pasado,
frente a Capitaminí,
caliente me resolví
a guasquiarme al otro lado
pero el río estaba a nado,
y el diablo que atravesara:
así, tomé una tacuara
esa noche, y redepente
se azotó Paz con su gente,
que son como capiguara.
Y allá al rayar el lucero,
estando yo en el fogón,
al tragar un chicharrón
recién sentí el avispero:
salté a caballo ligero,
y ya mandé a tirotiarlos,
y conseguí el sujetarlos;
y así hasta de noche oscuro les hice arrimar del duro,
con intención de tantiarlos.
La noche del veintisiete
toda los hice pelear,
y luego empecé a tratar
de asigurar el rosquete.
Le hice una pregunta al flete,
y, al sentirlo tan liviano,
dije entre mí muy ufano;
«no hay miedo que aquí se ofrezca:
¡ya verán cuanto amanezca
lo que es un amor tirano!»
Así fue que al aclarar
del veintiocho, me trepé
a una carreta, y logré
desde la tolda vichar.
Después entré a meditar
cómo saldría de allí;
cuando, en esto, colegí
que Paz se me iba atracando
muy suavemente, y largando
avispas del camuatí.
Al punto a mis escuadrones
de punta a punta aclamé;
y después que les mandé
que pelaran los latones,
yo me saqué los calzones
y me puse medio atrás, pues como soy ¡tan voraz!
no quise compromisarme,
y creí mejor apartarme
por no calentarme más.
Núñez se vino adelante
y me comenzó a toriar,
y cuando empieza a chanciar
¡el demonio que lo aguante!
Yo me enojé, y al istante
mandé que doce cañones
y veinticinco escuadrones
salieran a escarmentarlo;
¡que a ese tape el sujetarlo
no es cosa de dos tirones!
Así al amigo Servando
le dije: «vaya adelante,
y atropelle, que al istante
van a salir apagando;»
dio vuelta Núñez chanciando,
porque ahí no mas se empacó;
Gómez de eso se asustó
y ya me lo atropellaron.
¡Cristo! lo que le aflojaron:
¡y que aguantaban! ¡pues no!
Disparando en pelotones,
cayeron a una cañada,
donde estaba de emboscada López con sus batallones,
que salieron como leones
del pajonal ¡a la carga!
y en la primera descarga
el tendal allí quedó,
y Gómez nunca se vio
en situación más amarga.
Mi izquierda y centro que vieron
disparar a mis dragones
y que otros dos batallones
de los bañados salieron,-
«¡para los pavos! dijieron,»
tratando de disparar;
pero no les dio lugar
Ramírez el salvajón,
que a bala, chuza y latón
nos hizo pericantar.
Entonces yo rebenquié
juyendo a los malezales, y entre unos tacurusales
cuasi me descogoté.
Hasta las botas largué,
chaqueta, poncho y justillo:
y de ahí le metí cuchillo
a la cincha, porque al fin
se me aplasta allí el rocín,
si no salgo en calzoncillos.
¡Pu...cha la correntinada,
que se ha explicao esta vez,
cuando a lo gato montés
me sacó de disparada!
¡maldita sea la espada
y el cargo de general!
pues temo ¡a fe de Pascual!
que el día menos pensao
me han de dejar estirao
en algún calcagüesal.
¡Si vieras el aguacero
de bolas que hemos sufrido!
la fortuna mía ha sido
que yo puntiaba el primero,
pues si no ando tan ligero
me prienden las tres marías,
y a esta fecha lo tenías
al Restaurador Badana
boleao y con la picana
al sol para muchos días.
Al amigo Algañarás,
el más terne que yo traíba,
se le atravesó un tal Paíba
y se las prendió de atrás.
Boliaron a otros mil más,
que mataron a lo perro;
y hasta le sonó el cencerro
a mi pobre cirujano,
que como andaba orejano
también le atracaron yerro.
Galán y su infantería,
sin escaparse un soldao,
a discreción se ha entregao
junto con la artillería.
Luego en la musiquería
que nos dieron hasta el fin,
por supuesto, hubo violín,
y también hubo violón,
contrabajo, serpentón,
fagote, trompa y clarín.
Prisioneros, ¡Virgen mía!
raro será el que ha escapao,
pues todo bicho ha quedao
en el pantano ese día.
Pueden tener fantasía
del triunfo los Correntinos,
que se han hecho tan ladinos
para eso de menear hacha, que le limpian la caracha
al diablo en esos destinos.
La caballada todita
la dejé a Paz a invernar,
porque él los ha de cuidar
para hacerte una visita.
¡Ya verás la gentecita
que te larga el Cordobés!
Conmigo ya no contés,
porque si vuelve a la cancha
Pascual Cristóbal Cagancha,
la embarra, bien lo sabés.
En fin, yo para otra empresa
me siento muy incapaz:
puede que te sirva más
Oribe, el Corta Cabeza:
pero, si se le atraviesa
López el de Santa Fe,
tendrá que hacer hincapié,
o que dejar de mojón
el mate en algún horcón,
ahí no más por Melincué.
Con que, será hasta la vista
pronto iré a darte un abrazo,
si Dios quiere, y por si acaso,
tené la jeringa lista.
Me alegraré que te asista conformidá, compañero;
ya ves que no es el primero
Badana en darte disgustos,
aunque puedan estos sustos
apretarte el tragadero.
Pascual Cristóbal de Banada y Cagancha.


Noticias de un retazo de cierto mensaje monstruo del Ilustre restaurador de las leyes, a cuya lectura concurrió un gaucho bruto, enemigo del tirano; quien de lo poco que comprendió de tal mensaje lo informó a Brígida Gauna su esposa, residente en Montevideo.

Buenos Aires, febrero 28 de 1846.

MI QUERIDÍSIMA BRÍGIDA.
Me alegraré que al recibo de ésta te halles gozando de la más cabal salú que yo para mí deseo.
Como te creo ganosa de saber algo de lo que pasa en tu tierra, te diré, china, que la semana pasada me encontré por casualidá en la Sala de los LIONES deputiaos de Rosas; y se ofreció que un ministro de Juan Manuel les echó una relación diciéndoles más o menos las coplas siguientes.

¡Hacete cargo de la esperanza que les queda a los salvajes! a pesar de que acá mesmo entre los deputiaos de Rosas hay muchos salvajones que se hacen no más los sarnosos, pero que aborrecen mortalmente a los federales netos como yo, tu marido...

Mamerto Reventosa.

Posdata...

Velay cómo se explicó el hombre al platicarle a la junta de los deputiaos.

I.
Señores: hoy que repunta
Juan Manuel su carnerada,
y sabe que ya encerrada
se halla esta Majada-Junta,
a mí me manda en la punta
de madrino cencerrero,
para que, a cuanto carnero
se encuentra aquí en el machaje,
la largue un Gauchi-mensaje
por el MASTÍN OVEJERO.

II.
No puede serles extraño
que Ancafilú (hablando en plata)
acá les mande a Batata,
como acostumbra a fin de año; pues ÉL sabe que me amaño
y que me sabré explicar
muy lindamente al echar
la relación que me ha dao:
con que así, ¡pongan cuidao!
que ya me voy a largar.
III.
¡Rico, gordazo y potente,
se conserva con salú
el Ilustre Ancafilú,
defensor del continente!
y antes que le meta el diente,
otro que aspire a mandar,
la osamenta han de dejar
los gauchos de Sur a Norte,
sin que al Ilustre le importe
hacerlos exterminar.

IV.
Dice, «que la Salvajada
en su último manoteo
está ya en Montevideo
hambrienta y acorralada,
esperando a la Gringada
que vendrá en este verano
a sacarla del pantano;
y que vengan de una vez, entonces sabrán quién es
el Ilustre Americano!»

V.
Que, «como a cueriar baguales
mandará cueriar Ingleses
y más inmundos Franceses
que bosta hay en los corrales:
y que ya los federales
saben que Rosas ha sido
gaucho que siempre ha sabido
sacando el cuerpo peliar,
y que, sin desenvainar
su sable, siempre ha vencido!»

VI.
«Que así no más se ha tirao
a todos los unitarios,
como a los Cipotenciarios
que los han apadrinao;
que siente el haber dejao
que se escaparan de aquí
ese Osley y Dofodí,
sin que los mandara inflar
y en seguida refrescar
con lavativas de ají.»

VII.
«Que ésos eran dos bribones
como Lané y como Inglifes,
otra yunta de alarifes,
y los cuatro salvajones
que tuvieron intenciones
de cogerlo a Juan Manuel
y divertirse con él
a bordo de la Africana,
préndiendole en la picana
trescientos con un cordel.»

VIII.
«Que ya no se hará la paz
sino cuando a él se le antoje,
y que no esperen que afloje
ni trate con naides más.
Pues, ni un ministro capaz
hasta el día ha recebido:
porque cuantos han venido
han sido unos salvajones,
razón por que las custiones
hasta ahora no se han concluido.

IX.
Últimamente, señores,
dice Ancafilú (chanciando)
que «el aguantarse en el mando
le cuesta muchos sudores
y tan crueles sinsabores,
que pide con sumisión
le permitan que a un rincón
se retire a descansar,
y tiernamente llorar
a su amada Encarnación.»
. . . . . . . . . . . . . . . . .

A este tiempo, dos chiflidos
un mashorquero pegó,
y la majada empezó
a espantarse y dar balidos;
luego, al ver despavoridos
los carneros, me asusté
y a la calle disparé
atrás del campanillero, que salió como carnero
juyendo y gritando me... e.. e.. e!»

Con que, Brígida; lo que te informés de esta corresponden cia a respeuto del mensaje, echala al fuego carta por las dudas, ¿eh?...

Hasta la vista, chinita,
Tuyo siempre

REVENTOSA.


Al pronunciamiento
De las provincias de Entre Ríos y Corrientes contra la tiranía de Rosas
En 1º de Mayo de 1850.

Cielito patriótico compuesto, y publicado en el COMERCIO del PLATA de Montevideo el 25 de mayo del mismo año, y con el remitido siguiente.

Señor imprentero del Comercio del Plata.

Patroncito: he concertado
esas coplas, y no temo
que al titulado Supremo
le causen un desagrado:
porque como está atrasado
con la peste y el calor,
la pérdida y el dolor
de su Encarnación amada,
puede con esta versada
ponerse de buen humor.
Soy su pión y servidor.
PAULINO LUCERO.


Cielito gauchi-patriótico
Para que lo canten en las trincheras de Montevideo sus valientes defensores.

Por prima alta cantaré
un cielito de a caballo;
¡y viva la Patria vieja
y el VEINTICINCO DE MAYO!
Cielito celeste y blanco,
cielo de Gualeguaichú:
¿qué me cuentan del Supremo?
¿cómo le va de salú?
Porque el general Urquiza
lo cre del todo apestao;
así es que se ha dado prisa
y el voto le ha reculao. Allá va cielo, tirano,
cielito del estribillo:
¿dígame, restaurador;
le gusta el contramoquillo?
¿Qué mas quiere Juan Manuel,
si, al tenor de su renuncia,
le canta don Justo el cielo
y en su lindo se pronuncia?
Cielito, y... considerando,
lo vuelve a considerar,
y al fin le dice: «recule...
¡Voto al diablo, qué amolar!»
¡Ay, Juan Manuel! ¡qué calor
sentirás del Uruguay,
del Paraná, de Corrientes,
del Brasil y el Paraguay!
¡Ay, cielo de la apretura,
cielito de la aflición!
andá, preguntale a Urquiza
quién ha hecho la quemazón.
Luego, en el Salto Oriental,
Tacuarembó y Cerro-Largo,
la Colonia y Paisandú;
Juan Manuel... ¿no te haces cargo?
¡Ay, cielo de la amargura
y de tu gloria final,
cuando te suelten de rastra
a la cola de un bagual!
A un tal Felipe Batata
dos tirones del buceto
le ha de dar un Entrerriano
con simpatía y respeto.
Cielo del campanillero
que anda enredando las notas,
hasta que de un redepente
de un susto largue las botas.
Desde el año treinta y tres
hasta ahora nos acordamos
de aquel refrán, que decía...
y del lomo, ¿cómo andamos?
Cielo de la Refalosa,
cielito de la Bajada,
donde preguntan: ¿y Rosas,
cómo está de la quijada?
Porque se corre la voz
que las provincias de adentro
también lo hallan al Ilustre...
viejo y manco del encuentro.
Cielito, y por consecuencia
seguirá la reculada, antes que dé el mancarrón
de Palermo una rodada.
Fiebre y confusión de niervos
tiene ya el restaurador,
pues las lechuzas y cuervos
le andan tomando el olor.
Cielito: chupá, tirano,
si te vienen disvaríos,
lechiguana de Corrientes
y camuatí de Entre Ríos.
Tal desprecio en esos pagos
del Supremo hacen las mozas,
que, al dar flores, una dijo:
«Siento de que sean rosas.»
Allá va cielo divino,
cielito de la beldá;
si así se explica una dama,
un Argentino ¿qué hará?...
¡Cristo! por pillarlo a tiro
y al Supremo Vuecelencia
prenderle un chaleco fresco
¡cuántos harán diligencia!
Cielo del alma: ¡ah, malhaya,
a pie... permitiera Dios
que el Supremo y yo en el monte
nos topásemos los dos!
¡Óiganle al loco soberbio!
¡Óiganle al bruto fatal!
Allá va Urquiza a montarlo
sólo con medio bozal.
Cielito de la fijeza,
cielito del Veinticinco,
cuanto le cace la oreja
se le acomoda de un brinco...
Ahora que está el gaucho a pie,
en continuo clamoreo,
porque con fiador y lazo
se le va Montevideo.
Cielo del restaurador,
supremo jefe mostrenco,
tirano degollador,
ñato, morao y flamenco
¡Velay! el nombre argentino
por un tirano ultrajao
hoy Urquiza y Virasoro...
¡velay... lo han revindicao!
¡Ay, cielo! La patria vieja
con su ley renacerá,
y entonces quien mereciere...
lo que merezca será.
Nuestras pasadas custiones
olvide todo paisano; y no haiga más ambición
que desnucar al tirano...
Cielito, a ese Juan Manuel
que nos trata como a potros,
cuando hay mozo entre nosotros
capaz de montar sobre él.
¡Ea, paisanos, unión!
Corvo al cinto y a caballo,
a bailar en Buenos Aires
el tabacuí paraguayo.
Cielito, y ¡viva la patria
paraguaya independiente,
y su ejército tremendo,
y su guapo presidente!
Con una Porteña linda
al libertador Urquiza
le he de hacer dar un abrazo
y bordarle una divisa.
Cielito, y en la Pirami
del general Virasoro
he de pedir que su nombre
se escriba con letras de oro.
¡Que vivan los correntinos
y el ejército entrerriano!
¡viva Urquiza y Virasoro,
y Garzón!... ¡Muera el tirano!
Otra vez: ¡viva Garzón!
pues dice que, en la voltiada,
al que se recueste a Rosas
no le ha de suceder nada.
En fin, termina el cielito
¡Viva la Banda Oriental,
su ejército, su gobierno
y la guardia nacional!
Cielito, y por conclusión
deseo a la despedida
que un Argentino al tirano
lo tumbe de una sumida.


Rasgos biográficos de D. J. M. Rosas

EXPLICACIÓN
Se supone que en una fría mañana del mes de julio del año de 1850, en el campamento ejército de Oribe conversaban, como dicen, mano a mano, inspirados por el cansancio y aburrimiento consiguientes a sus prolongados trabajos, y por la influencia natural que en ánimos así dispuestos debieron producir los primeros rumores de la magnánima resolución de los pueblos Entrerriano y Correntino, llevados hasta allí por las brisas del Uruguay.

El protagonista, Ramón Contreras, viene de visita y platica con su amigo Salvador Barragán. Viejos soldados desde 1815, ambos han participado activamente de las diversas eventualidades que han agitado este largo periodo de nuestra historia. Conocedores contemporáneos de los antecedentes de Rosas, hablan de la triste situación a que éste los tenía reducidos; narran diversos hechos de la vida de aquel Tirano, y concluyen manifestándose adictos a la causa de la Regeneración, proclamada entonces por el general Urquiza.


Diálogo

Contreras llegando al fogón de su aparcero
Por un barrial que da miedo
y una helada de mi flor,
a pie vengo a visitarlo,
aparcero Salvador,
y apenas llego...

BARRAGÁN Lo he visto
renguiando, amigo Ramón.
A la cuenta andará manco
del encuentro...

CONTRERAS: No, señor.
Vengo sí medio despiao,
porque en aquel callejón,
como el viento se encajona,
está el barro secarrón,
y al pisar sobre la escarcha
un clavo es cada terrón
¿Qué me dice del pampero?

BARRAGÁN: Que de nuevo roncador
se está dejando sentir;
y anoche, cuando limpió
y empezaron las estrellas
a chispear, medio calmó:
pero, al dentrarse la luna,
vuelta el viento refrescó,
trayendo como acostumbra
un frío penetrador
que taladra hasta los güesos;
y tanto lo siento yo
que desde la madrugada
del todo me acoquinó.

CONTRERAS:De veras? ¿y cómo afloja, aparcero Salvador,
con tan buen poncho que tiene?

BARRAGÁN: ¿Poncho dijo, o cernidor?
porque éste no es otra cosa
de tan ralo, mireló.

CONTRERAS: Ya lo veo: es de las prendas
que nos da el restaurador
a los federales viejos.
Mire, amigo, rifeló
y meta en ancas el mío.
¿Con que, hace fresco?

BARRAGÁN: ¡Pues no!
Por eso me dejo estar
morronguiando en el fogón,
y aguardo, mientras se quema
hasta el último tizón,
que la helada se levante
y medio caliente el sol.

CONTRERAS: ¡Ah, hombre vil! y yo al contrario,
en un día frescachón,
no hay cosa que me sujete;
pues cuanto amanece Dios,
si no me ataja el servicio,
salgo meniando talón a yerbatiar donde encuentre
buen agrado y proporción.

BARRAGÁN: ¡Voto-alante! por desgracia,
ayer se me desfondó
la caldera, que allí está
arrumbada en el rincón:
y ayer también cabalmente
la yerba se me acabó.
Y como hacen tres semanas
a que no dan la ración,
hasta ahora estoy en ayunas,
sin tener, creameló,
a pesar de mis deseos
cómo darle un cimarrón.

CONTRERAS: Hubiese excusao, amigo,
todita esa relación,
para decirme que está
sin tomar mate; pues yo,
cuanto le vide la cara,
le conocí...

BARRAGÁN: ¡Cómo no!
Eso nunca se le oculta
a un gaucho conocedor.
En fin, pitará un cigarro;
velay tabaco, armeló
a su gusto: y digamé,
¿cómo le va?
CONTRERAS: ¡Qué sé yo!
De abandonado que vivo
hasta eso inoro, en razón
que los ocho años y medio
de campaña, o de prisión,
que en este sitio funesto
hemos sufrido los dos,
las miserias, las fatigas,
y la triste privación
de mi mujer y mis hijos,
y además otra porción
de penas que me acongojan
y devoro en mi interior...
me han abatido tan fiero
y puesto en tal situación,
que he resuelto finalmente
entregármele al dolor,
y de mi propia existencia
no acordarme, crealó.
Sólo tengo una esperanza
fundada en cierto rumor,
y que pronto se realice
es cuanto le pido a Dios.
Ansí, deseo explicarme
con usté en sastifación, y bajo de una amistá
abrirle mi corazón.
Para eso hablaré despacio,
no sea que algún soplón
escuche lo que platico
y nos cueste un sinsabor.

BARRAGÁN: No hay cuidao: estamos solos;
y del ranchito al redor
por la quincha vicharemos
si se arrima algún mirón.
De mi parte, ya usté sabe
la completa estimación
que siempre le profesé;
así, puede sin temor
soltar sus quejas del pecho,
bien siguro de que yo
lo apreceo enteramente
y venero su razón.

CONTRERAS: Pues en esa inteligencia,
con la franqueza mayor
me explicaré, y le suplico
me permita su atención,
y si llego a equivocarme
también perdonemeló,
porque puedo padecer
alguna equivocación.

BARRAGÁN: Me parece razonable,
amigo, su prevención:
y alvierta que yo tampoco
presumo de acertador;
pero nunca en mis errores
procedo con intención,
mientras que algunos sabiendo
yerran más fiero que yo,
de puro diablos... Prosiga,
amigazo...

CONTRERAS: Pues, señor:
al paso que van las cosas
se aumenta mi desazón;
y por tanto padecer
de la desesperación
al borde estoy, le asiguro:
y deseo ¡como hay Dios!
el caírme muerto o trocar
de suerte...

BARRAGÁN: ¡Amigo Ramón!
No diga barbaridades,
que le hacen poco favor:
ni ande queriendo aflojar
al concluirse el pericón,
y cuando puede aguantar
a ver si el restaurador
algún día cumple...

CONTRERAS: ¡Ahi-juna!
que lo aguante un redomón;
pues hacen veinte años largos
que encima del mancarrón,
cuesta arriba y cuesta abajo,
andamos por su ambición
matándonos los paisanos
unos a otros... al botón.
Y Rosas, en Buenos Aires,
¿qué ha hecho, amigo Salvador,
en los veinte años terribles
que ha sido gobernador,
con facultá entreordinaria
como naides gobernó?
¿y con las leyes mentadas
que dice él que restauró,
para darle a la Provincia
la paz que nos prometió?
¿Sabe lo que ha hecho? Velay:
en primer lugar, logró
calzarse de gobernante,
cargo que no mereció
de ningún modo, porque
todos saben como yo,
de que Rosas siempre fue
y hasta el día es un collón, que de su bulto a diez cuadras
en la vida le chifló
una bala. ¿No es así?
Así es no más, y si no,
que lo diga, el año veinte,
del modo que se portó,
cuando don Martín Rodríguez
a fuego y sangre avanzó
el día cinco de otubre
y a Buenos Aires entró.
Rosas ¿qué hizo cuando entonces
el general le ordenó
cargar con los coloraos?
¡Y que cargaba! ¡pues no!
apenas le dieron la orden
y oyó tronar el cañón,
se le ablandó la barriga,
y pretextando un dolor
de muelas o de quijadas,
cerca de la Conceción,
el héroe del Continente
en un güeco se empacó:
y de allí a la Recoleta
rebenquiando disparó
a meterse entre los flaires,
donde escondido aguardó
a que el general RODRÍGUEZ
triunfara... como triunfó; y Rosas al otro día
sano y bueno amaneció.
¡Velay la primer hazaña
del heroico defensor
de todito el Continente
y de la Federación!
Luego, hasta el año veintiocho,
allá en el sur se llevó
apadrinando malevos
para ganarse opinión,
y sin hacer más campaña
que salir de valentón
hasta el Salao una vez:
y.. vea cómo salió.
En el año veintisiete,
cuando la guerra que armó
con el Brasil Buenos Aires,
cierto día sucedió
que el comendante de allí
estando medio alegrón,
con la mañana ñublada,
en la descubierta vio
una punta de avestruces,
o yeguas, o qué sé yo;
y que se desembarcaban
los Imperiales pensó,
porque al Salao unos barcos
estaban bocleándolo.
El comendante asustao
pidiendo auxilio escribió
a Raucho, y don Juan Manuel
se vino de valentón
a impedir el desembarco...
que, por cierto, no creyó.
En fin: llegó balaquiando,
y, como nada encontró,
se fue esa noche a un fandango,
de albitrario se arrió
a todos los marineros
que en el camino topó,
y por su cuenta no más
en el cepo los metió,
porque andaban divertidos.
De balde le reclamó
por los suyos un Francés,
capitán (presumo yo)
de una boleta grandota
El hombre allí le alegó
con razones; pero Rosas,
altanero y fanfarrón,
le hizo un desprecio al Francés
y en encas lo amenazó.
Éste era un Musiú Carrué
que echando futris salió,
y al otro día en el río
a Rosas lo devisó,
cruzando en una canoa
a tomar un cimarrón.
al barco de don Gallino,
que allí estaba a la sazón
y con Rosas diariamente
cimarroniaban los dos.
Ahora sí, dijo el Francés:
y ya también se largó
en su bote atrás de Rosas
y allí no más lo apretó,
en vano fueron clamores,
al bordo se lo llevó,
y al momento de subirlo
la velería soltó.
Aquí fueron las angustias
de nuestro Restaurador;
¡eh, pu...nta! si del julepe
amarillo se quedó,
y viendo de que el Francés
demostraba la intención
de llevarlo a Portugal...
a venderlo, le lloró,
y soltar los marineros
mansito le prometió.
Así fue: don Juan Manuel
de la boleta escribió,
y los presos al ratito
al capitán le largó.
Entonces ¿qué hizo el Francés?
en cuanto los recibió,
al Presidente Supremo, al heroico defensor
de todito el Continente
y de la Confederación,
el Francés Musiú Carrué
de la boleta lo echó
con un puntapié en la cola,
después que lo zamarrió!

BARRAGÁN: ¡Qué vergüenza para un criollo?
¡Barajo! amigo Ramón:
si a mí tal me sucediera,
¡por ésta ! creameló,
que en la boleta al musiú
más tajos le prendo yo
que besos le dio su madre...

CONTRERAS: La del Francés...

BARRAGÁN: Sí, señor
ni el diablo me sujetaba
en semejante ocasión.
¿Y que haiga hombre tan morao
como Rosas se mostró
en el barco? ¡Voto a cristas!
se me hace conversación,
por ciertos antecedentes
que del hombre tengo yo.

CONTRERAS: ¿Qué dice? pues, no se le haga,
así mesmo sucedió:
y por las dudas, si acaso,
puede preguntarseló
cuando entre en Montevideo...

BARRAGÁN: ¡Ahora sí me trajinó
con la entrada que me suelta
al cuhete y de refilón!

CONTRERAS: Mire: no se haga el sarnoso,

BARRAGÁN: Es que me da comezón
el envite de la entrada.

CONTRERAS: Pues haga resolución
de cabrestiarme, y verá
si dentra alguna ocasión...
a la fija.

BARRAGÁN: Maliceo
el rumbo, amigo Ramón, de balde me hago el potrillo,
¿no ve que soy mancarrón?
Paisano, cuando usté va,
ya vengo de vuelta yo;
siendo así, también deseo
que se realice el rumor
en que funda su esperanza,
o la fundamos los dos...
alvirtiendo que de usté
sólo espero un ¡vamonós!
y también que soy de Urquiza
todo entero, sepaló.
¿Qué tal le parece el quiero?

CONTRERAS: ¡Cosa linda, superior!
deme esos cinco, supuesto
que colige mi intención.

BARRAGÁN: Velay, tome, y dele guasca:
no corte la relación
de la vida primorosa
de nuestro Gobernador:
a ver si la sabe a fondo.

CONTRERAS: La sé, aparcero, ¡pues no!
y a relatarla completa
lo desafío al mejor.

BARRAGÁN: Entonces, puede afirmar
con fundamento y razón,
que tiene malas entrañas
y es diablo el Restaurador;
y hace una máquina de años
a que lo conozco yo,
y en algún tiempo confieso
que le tuve estimación:
y voy también a contarle
cómo le tomé afición
en cierta gauchada. -Escuche.

CONTRERAS: Vamos a ver.

BARRAGÁN: Pues, señor:
en mil ochocientos trece,
(¿Qué le parece el tirón?)
en la plaza del Retiro,
me acuerdo que se jugó
una corrida de toros,
que toriaron de afición
don Lezica, don Somalo,
Dorrego y otra porción
de puebleros ricachones,
y todos de buen humor.
Entre ellos don Juan Manuel
de gaucho se comidió
sin arrejar el pellejo a salir de enlazador,
y como era vaquianazo
la oferta se le almitió.
Para lucir en la plaza
a prepararse empezó,
y en el momento preciso
don Juan Manuel ensilló
un zaino como una niña,
y cinchero superior.
A los toros esa tarde
el pueblo se descolgó,
pues como eran por la patria
todo bicho se coló:
a extremos de que la plaza
por dentro era un borbollón
de tanta gente que hacía
crujir toda la armazón.
A eso de las tres y media
la corrida principió,
con un toro yaguané
que soltaron y salió
zapatiando cola-alzada,
y, así como cegatón,
del brete; pero al instante
que se desencadiló
y allí cerca del toril
vido gente, ya embistió...
¡la pu...janza! y de un bufido
al quinto infierno aventó
a todos los capiadores;
pero antes se revolcó,
ahí no más, junto a la valla
al pingo y al picador.
¡Ah, toro aquel! yo no he visto
animal más superior
en su laya, ni tampoco
más liviano y cargador.
Escuche el lance siguiente,
a ver si tengo razón.
Queriendo banderillarlo,
cuando el caso se ofreció,
creo que fue don Somalo
quien a la suerte salió:
pero asustao, a la cuenta,
antes de juir le prendió
la banderilla en las aujas;
¡Cristo! y, apenas sintió
la punta del clavo el toro,
dando un bramido saltó
como un gato, y en el aire
todo el cuerpo culebrió,
arquiándose de manera,
que al caer vino y lo ganó
la vuelta al banderillero...
que en vez de correr voló.
Así fue que a la barrera
como balazo llegó;
pero, al entrar, justamente
en la puerta lo cazó
el toro, de la culata,
y allí lo desfundilló;
y la plaza una algazara
de chiflidos se volvió.
Don Juan Manuel, entretanto,
riyéndose y de mirón
asomaba la cabeza
por encima de un portón,
donde los enlazadores
estaban en reunión.
En esto, dando dos golpes
sobre la caja el tambor,
sin duda hizo la señal
de salir el matador;
porque luego don Lezica
medio ladiado salió
a matar... con una espada
del largo de un maniador:
y aparentando coraje
para ocultar el jabón,
y haciendo el hombre un esfuerzo
y de tripas corazón,
a gambetas y chuzazos
con el toro se agarró,
y sin poderlo matar
las paletas le charquió.
Al ver eso, la pueblada
otra algazara formó,
¡y fuera, fuera! gritaban cuando la caja tocó
a enlazar; y en el momento
entreabrieron el portón,
por donde Rosas puntiando
el primerito salió...
me acuerdo, de poncho pampa,
bota-juerte y pantalón,
un clavel tras de la oreja
y un sombrerito gachón.
Con esa facha a caballo
Rosas se nos presentó
en la plaza de los toros
por la primera ocasión:
y el pueblo de Buenos Aires
entonces lo conoció...
Ahora, amigo, se me ocurre,
hacerle una reflexión,
para mostrarle que el mundo
es diablo y engañador.
En aquel tiempo dichoso,
en sus glorias y esplendor
se ostentaba Buenos Aires;
y en aquella reunión
no vido en Rosas, tal vez,
más que un buen enlazador
y Rosas también quizás
no tuvo más pretensión,
esa tarde, que lucirse
de gaucho, como lució;
y hoy en día a Buenos Aires...
¡qué mudanza! vealó
a las plantas de ese gaucho
rindiéndole humillación!

CONTRERAS:¡Eso sí es una vergüenza,
aparcero Salvador!
y a ese sí le atracaría
de filo y de punta yo:
no al francés Musiú Carrué
que tuvo mucha razón
cuando a ese loco altanero
en el barco lo patió.

BARRAGÁN: ¿Es decir, que la pelota
me vuelve usté en la ocasión,
por aquellas expresiones
que le solté calentón?
¡Si será diablo! No le hace:
seguiré con su perdón,
y oiga al fin, cómo en los toros
don Juan Manuel se portó.
Al salir garboso, el lazo
de los tientos desprendió;
y, haciendo una armada grande,
las espuelas le atracó
al zaino, que de un balance
a media plaza salió,
en donde Rosas de golpe
de una rienda lo sentó,
y allí el pingo media luna
con los garrones rayó.
Pero, al dar esa sentada,
don Juan Manuel calculó
dejar el toro a la zurda,
y en cierta disposición
para asigurarlo al tiro
y así mismo sucedió,
pues, cuando el toro rompía
atrás de otro enlazador
y ya con las aspas iba
peinándole el mancarrón,
Rosas alzando la armada
al revés la revolió,
y, cuando se le hizo bueno,
al toro se la soltó
por encima de las riendas;
¡ah, gaucho! y se la prendió
de las dos aspas limpitas,
y en cuanto el lazo cimbró...
al toro patas arriba
lo dio vuelta del tirón.
Desde esa vez, le confieso, don Juan Manuel me prendó,
y a muchísimos paisanos
lo mismo les sucedió;
pues al istante que el toro
del golpe se enderezó,
y que Rosas de galope
a la cincha lo arrastró,
en la plaza un palmoteo
estruendoso resonó
en prueba de que a los criollos
el lance nos agradó.

CONTRERAS: Muy lindo: pero confiese,
aparcero Salvador,
que Rosas, así, a gauchadas
la trampa nos preparó,
pues, si en la plaza esa vez
a enlazar se presentó,
no fue por costiarle a naides
la risa o la diversión,
sino porque en sus adentros
llevaba hecha la intención
de engatusar a los gauchos,
como nos engatusó
al principio, para traernos
a esta triste situación
de abandono, de miseria,
y de completa opresión;
en la que, si yo me encuentro
no es por lerdo, no, señor;
que, a respeto de gauchadas,
le contaré la mejor
de todas las que yo sé
de ese mismo enlazador:
para que usté se convenza
de la ruin inclinación,
la perfidia y mala fe,
la codicia y la ambición
que desde tiempos de atrás
ese gaucho alimentó
en sus entrañas de tigre,
y su invariable tesón
hasta salir con la suya
en la iniquidá mayor.
¡Mire, no se queme el poncho!
y présteme su atención.
Cuando el finado Dorrego
(que esté gozando de Dios)
era en el año veintiocho
supremo Gobernador,
se acordará usté, paisano,
de aquella revolución
que, el primero de diciembre,
del mando lo solivió
al finado, y que en Navarro
el infeliz sucumbió.
Se acordará usté también,
supuesto que allí se halló,
que Rosas desde Navarro,
aquel día de la aición,
como era su maña vieja, fue el primero que surquió
disparando a Santa Fe
en donde López lo armó;
porque Rosas de asustao
hasta las botas perdió;
y finalmente, usté sabe
todo lo que sucedió
desde aquella disparada
hasta que Rosas volvió,
y en el mando al fin y al cabo
por desgracia se afirmó
Después de eso, todos saben
que él mismo se tituló
Restaurador de las leyes,
y también que aparentó
por el difunto Dorrego
el sentimiento mayor;
pues hasta el día maldice
aquella revolución,
cómo asigura que siente
todavía un gran dolor
por la muerte de su tierna
y adorada Encarnación:
cuando sabe todo el mundo
que la vieja se murió
suplicando agonizante
que viniese un confesor,
a lo que Rosas furioso
totalmente se negó,
y en el cuarto de la enferma
se estuvo y no se movió
hasta que su amada prenda
sin confesarse expiró!

BARRAGÁN: ¡Ahi-juna-gran...pa el judío!
¡si tendrá perdón de Dios!

CONTRERAS: Lo dudo: pero, dispense,
no me ataje a lo mejor.
Pues, oiga: el año veintiocho,
en esa revolución,
los unitarios tan sólo
le ganaron el tirón
a Rosas, quien a Dorrego
ya andaba rastriandoló
para apretarlo de firme
hasta arrancarle el bastón.
Y el finado lo sabía
conforme lo supe yo
que fue del modo siguiente.
Oiga, amigo Salvador.
Un tal don Manuel Moreno,
viejo, ricacho y dotor,
y hombre de letra menuda,
era del Gobernador
ministro en aquel entonces, hasta que al fin se largó,
en el mismo año o después,
con el cargo y comisión
de Plenocipotenciario
a la ciudá de London.
Pues ese dotor Moreno
sin duda se descuidó,
una tarde que yo fui
a llevarle un mancarrón
a su quinta, y le escuché
todo lo que platicó
con otro hombre de casaca
abajo de un corredor;
y todo con referencia
no más que al día anterior,
en el cual, diz que en el Fuerte
había estado el dotor
en su propia escribanía
y con el Gobernador,
cuando Rosas redepente
allí también se coló;
y, como era Comendante
general, luego alegó
que, «por falta de armamento
lema mucho temor
de que cayese la Indiada
y arrasara de un malón
a todita la Provincia:
pues, amenazandoló andaban los Pampas ya
por tanto, que a precaución
se le dieran seis cañones
y al menos un batallón;
de ahí sables y garabinas,
pólvora y otra porción
de cachibaches de guerra,
y plata por conclusión.»
Sin levantar la cabeza
el finado lo escuchó
con bastante indiferencia:
y por fin se le negó
a cuanto solicitaba
Rosas, el cual no cejó;
al contrario, machacando
de nuevo le replicó,
diciéndole que «sentía
que el señor Gobernador
expusiera la campaña
a sufrir una invasión
de los Indios, por no darle
las cosas de precisión
en los apuros» ...Entonces
le dijo el Gobernador:
«¡Sé muy bien, don Juan Manuel,
cuáles sus apuros son...!
y nada más me replique
habiéndole dicho no!»
Y Rosas cerrando el pico
dio vuelta, y ya se salió de allí, mordiendo el rebenque
y el poncho arrastrandoló.
Tenga presente, aparcero,
para informarse mejor,
que todo aquel alegato
Moreno lo presenció:
así, al momento que Rosas
puerta afuera se largó,
en la misma escribanía
templando el pecho el dotor
después de tomar polvillo
le dijo al Gobernador,
que «encontraba razonable
de Rosas la pretensión,
por los riesgos» y... ahí no más,
el resuello le atajó
Dorrego, que redepente
como un tigre se enojó,
y al pararse, en el impulso,
cuarta y media se estiró;
y, como tenía un genio
como huracán, le afirmó
un puñetazo a la mesa
que toda entera crujió;
y abriendo tamaños ojos
al ministro le gritó:
«¡Barajo, señor Moreno!
¡qué riesgos, ni qué invasión:
todas esas son embrollas
de ese hipócrita bribón!
ahora mismo, sepa usté, que tiene ese salteador
dispuesto contra el Gobierno
un plan de revolución;
el cual a un amigo nuestro,
que antes de anoche durmió
en el paso del Venao,
incauto se lo confió
Pedro Burgos, a quien Rosas
le ha dado la comisión
de andar recogiendo firmas
para cierta petición
anárquica, mientras ÉL
ya tiene una reunión
o montonera en el Sur,
formada de una porción
de vagamundos que abriga,
y para esa chusma son
las armas que solicita.
Y, finalmente, señor,
sepa usté, que ese bandido,
por envidia o ambición,
detesta entrañablemente
a los hombres como yo
y como usté, y como todos
los que en la revolución
DEL 25 DE MAYO
con patriotismo y honor
combatieron y triunfaron
contra el poder español.
«Sepa usté más: ese GAUCHO,
a no sofrenarlo yo, en desprecio de los hombres
de bien y de educación,
y de todos los gobiernos
y la civilización,
¡ese Rosas! si pudiera,
aquí vendría, señor,
a carnear dentro del Fuerte
y en medio de este salón,
y sobre todas las leyes
¡clavaría el asador!»
Pues, amigo Barragán,
Dorrego se pronunció
como un profeta ese día;
y el tiempo lo acreditó
a los doce años después,
cuando en el Fuerte se dio
un convite federal
y allí mismo se carnió.
Y para esa comilona
don Juan Manuel convidó
a los hombres más rumbosos,
poniendo por condición
asistir precisamente:
y también se le ocurrió
que todos se presentaran
con bigotes, y si no,
que allí se los pintarían;
y a su gusto se burló
Rosas de los generales,
y alcaldes y otra porción de personas de copete,
a quienes enmascaró
tiznándoles los bigotes
él mismo, y de ahí los llevó
a bailar la Refalosa,
que esa noche se bailó
al gusto de la Mashorca,
y en aquel mismo salón
donde Rosas y Dorrego
tuvieron la alegación.
Y doña Manuela Rosas
también allí fandanguió;
y, en osequio de las damas,
por gusto el Restaurador
dispuso que revolcaran
a una moza en el salón,
para verle si las ligas
eran punzones o no:
y concluida esa jarana,
conforme pronosticó
Dorrego el año veintiocho,
así mismo sucedió.
Después de esa trasnochada,
sintiéndose delgadón,
Rosas quiso churrasquiar
allí en medio del salón,
donde por hacerle el gusto
un ladrillo se arrancó y allí con un costillar
plantaron el asador!
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

En este punto Contreras
el diálogo suspendió,
porque tocaron llamada
en el cuartel de Violón,
y tenía que largarse
por ser de aquel batallón.

Mesmamente, de su amigo
Barragán se despidió,
ofréciendole volver
a concluir la relación
de las mentas y ruindades
del liendre Restaurador.

Así fue, al día siguiente,
antes de nacer el sol,
Contreras se vino al trote
al rancho de Salvador,
y atrás de los buenos días
le dijo de sopetón:
«Vaya, amigo, dese prisa,
y también deme un abrazo,
ahora que ha llegado el caso
de rumbiar aonde está Urquiza,
que anda de este lao, ¡ah, Cristo!,
¡con Virasoro y Garzón!...»

BARRAGÁN: Pues, bien, amigo Ramón,
cuando guste, ya estoy listo.
Vámonos, no hay más que hablar,
esta noche rumbiaremos:
y después que nos larguemos...
que nos vengan a rastriar.

CONTRERAS: Con que, será hasta lueguito
entonces, dijo Ramón.

BARRAGÁN: Después de dar la oración...
sin falta, compañerito.