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viernes, 23 de febrero de 2007

Rafael Obligado:Poesías



Poesías
Rafael Obligado



[129]



La flor del seíbo
Al poeta Calixto Oyuela

Quiero realce su gentil figura
la túnica sencilla y elegante
con que se adorna y viste la hermosura.
C. Oyuela.

Tú «Flor de la caña»,
o Plácido amigo,
no tuvo unos ojos
más negros y lindos, [130]
que cierta morocha 5
del suelo argentino
llamada... Su nombre
jamás lo he sabido;
mas, tiene unos labios
de un rojo tan vivo, 10
difúndese de ella
tal fuego escondido,
que aquí, en la comarca,
la dan los vecinos
por único nombre, 15
la flor del seíbo.

Un día, -una tarde
serena de estío-,
pasó por la puerta
del rancho que habito. 20
Vestía una falda
ligera de lino;
cubríala el seno,
velando el corpiño,
un chal tucumano 25
de mallas tejido;
y el negro cabello,
sin moños ni rizos,
cayendo abundoso,
brillaba ceñido 30
con una guirnalda
de flor de seíbo.

Mirela, y sus ojos
buscaron los míos...
Tal vez un secreto 35
los dos nos dijimos,
porque ella, turbada,
quizá por descuido
su blanco pañuelo
perdió en el camino. 40
Corrí a levantarlo,
y al tiempo de asirlo,
el alma inundome
su olor a tomillo.
Al dárselo, «gracias, 45
mil gracias» -me dijo,
poniéndose roja
cual flor de seíbo.

Ignoro si entonces
pequé de atrevido, 50
pero ello es lo cierto
que juntos seguimos
la senda, cubierta
de sauces dormidos; [132]
y mientras sus ojos, 55
modestos y esquivos,
fijaba en sus breves
zapatos pulidos,
con moños de raso
color de jacinto, 60
mi amor de poeta
la dije al oído;
¡mi amor, más hermoso
fue flor de seíbo!

La frente inclinada 65
y el paso furtivo,
guardó aquel silencio
que vale un suspiro.
Mas, viendo en la arena
la sombra de un nido 70
que al soplo temblaba
del aire tranquilo,
-«Allí se columpian
dos aves, me dijo;
dos aves que se aman 75
y juntas he visto
bebiendo las gotas
de fresco rocío
que absorbe en la noche
la flor del seíbo», 80

Oyendo embriagado
su acento divino,
también, como ella,
quedé pensativo.
Mas, como en un claro 85
del bosque sombrío,
se alzara, ya cerca,
su hogar campesino
detuvo sus pasos,
y, llena de hechizos, 90
en pago y en prenda
de nuestro cariño,
hurtando a las sienes
su adorno sencillo,
me dio, sonrojada, 95
la flor del seíbo.
1876. [135]



Primera lágrima

Has llorado recién. ¿Por qué has llorado?
No me digas que no:
lo estoy viendo en tus ojos, lo estoy viendo
en tu mismo rubor.

Una niña es pimpollo a los quince años. 5
Quince años cumples hoy,
y olvidas que en las flores no hay más lágrimas
que el rocío de Dios.

Empero, no te aflijas; de ese llanto
conozco la razón: 10
una noche de insomnio, una quimera
celeste que pasó; [136]

El alba en el espíritu; las sombras
girando en derredor;
raudales que de súbito despiertan 15
la sed del corazón...

¿Y por eso has llorado? Así es la vida
en su primer albor:
un crepúsculo azul donde batalla
la noche con el sol. 20

No te asuste la lucha. Verás luego,
del cielo en la extensión,
desplegarse en las nubes las banderas
del astro vencedor.

Seca, pues, en tus ojos esas lágrimas 25
que la ansiedad vertió;
para vencer las sombras de la vida
hay un astro: el amor.

Guarda el llanto en tus párpados de rosa,
que es tesoro de Dios, 30
como esconde la gota de rocío
en su seno, la flor. [137]

No lo viertas en vano, porque un día,
¡Ay! Un día sin sol...
Pero ¿a qué entristecerte?... ¡No más penas! 35
¡Quince años cumples hoy!
1877. [139]



Adiós

¡Adiós, hermana, adiós! El alma mía
vela de tu bajel sobre la popa,
como la blanca estrella que te guía
a las distantes playas de la Europa.

Ella, del mar en la rugosa frente, 5
aplacará las iras; y en su anhelo,
disipará las nubes de occidente
para que ría a tu mirada el cielo.

Ella, a la luz de la mañana hermosa,
que en los cristales de la mar se quiebra, 10
te ceñirá a la frente generosa
vivo rayo de sol, hebra por hebra. [140]

Y ella será también la que consuele
las amarguras de tus noches solas,
mientras la nave destrozando vuele 15
el arco móvil de las blandas olas.

¡Adiós, hermana, adiós! Alma sincera
donde la santa caridad se anida,
ese foco de luz que reverbera
en todas las tinieblas de la vida! 20

¡Oh, cuánto debo a tu piedad! Enfermo,
y triste y débil, en mi noche helada,
sobre mi pecho desolado y yermo
derramaste la fe de tu mirada.

Ningún gemido de dolor se escucha 25
desde entonces en él, y aunque enlutado,
tiene el noble valor para la lucha
que tu sencillo corazón le ha dado.

Canción materna, que en el aura inquieta
vuela a cerrar los párpados del niño, 30
tal era, en el insomnio del poeta,
el arrullo infantil de tu cariño. [141]

Hoy no escucho esa voz. Sólo mi alma,
como la espuma con la brisa leda,
en cada ola de la mar en calma 35
bajo tus ojos pensativos rueda.

¿La ves? ¿la sientes? De la mar vecina.
¿No llega a ti su celestial plegaria?
-«¡Protégela, Señor!, ¡es peregrina,
y va enferma y doliente y solitaria!» 40
1878. [143]



El naranjo y el cedro
Leyenda bíblica (6)

Era de la Creación el cuarto día:
la luz primaveral, tibia y rosada,
a torrentes sobre ella descendía
en ondas derramada.

Y era entonces tan puro el firmamento, 5
que, en presencia del sol y tras sus huellas,
agrupadas y en blando movimiento
lucían las estrellas. [144]

Ya, agitando el cristal de sus entrañas,
los mares en su cuenca rebullían, 10
y se alzaban gigantes las montañas,
y los valles se hundían.

Y el Eterno sonrió: trémula y pura,
la tierra su sonrisa trocó en flores;
vistiéronse los montes de hermosura, 15
de selvas y de albores.

Dios entonce abarcó los horizontes
con su inmensa mirada: y se postraron
las hierbas y las selvas y los montes,
y su gloria cantaron. 20

Y al Cedro del Sanir, con voz suave
dijo el Naranjo del Edén: «¡Bendito
el Señor, que elevó tu cima grave
hasta el cielo infinito!

Tendió tus ramas de occidente a oriente, 25
dio a tu savia un espíritu ignorado,
y existencia inmortal. -¡Alza la frente,
o rey de lo creado!» [145]

Y las cándidas flores se entreabrieron,
y las hierbas humildes se inclinaron, 30
y las selvas sonoras se mecieron,
y su gloria cantaron.

Las verdes ramas inclinando entonce,
le dijo el Cedro: «Tu belleza admira;
te dio el Eterno un pedestal de bronce 35
que incólume se mira.

Tus hojas hizo de esmeraldas; de oro,
tus dulces frutos; y en su amor profundo,
le dio su aroma al azahar. ¡Te adoro,
incensario del mundo!» 40

Y las cándidas flores se entreabrieron,
y las hierbas humildes se inclinaron,
y las selvas sonoras se mecieron,
y su gloria cantaron.
1875. [147]



El hogar vacío

¡Ay! ¡Tu hogar está húmedo y sombrío
de tu encanto vacío,
de todos tus reflejos despojado!
¡El aire que agitaba tus cabellos,
como no juega en ellos, 5
circula entre los árboles callado!

Se caen marchitas al abrir las rosas
que, frescas y olorosas,
ayer reían en tus sienes bellas;
y crecen las acacias tan lozanas, 10
que cubren las ventanas
por donde nos miraban las estrellas. [148]

Como uno y otro día no te vieron,
tus tórtolas huyeron,
aquellas que, amorosas y sencillas, 15
sobre tu casto seno se empinaban,
y tus labios besaban
golpeando con sus alas tus mejillas.

¡Quién sabe dónde están, a dónde han ido
a suspender su nido! 20
Extrañas son las que en el bosque moran,
las que se mecen en sus verdes cañas,
y a tu recuerdo extrañas,
las que en tu sauce predilecto lloran

Todavía aquel árbol eminente, 25
sobre el balcón saliente
deja, inclinado, que su copa oscile;
pero ya no entrelazan en los muros
sus vástagos oscuros
la madreselva y el jazmín de Chile. 30

Crece hierba salvaje en las macetas,
colmadas de violetas,
que tú regabas al morir el día; [149]
y ruedan por los patios desbandadas
las hojas arrancadas 35
de aquel naranjo que tu edad tenía.

Las limpias aguas del raudal cercano,
que en tu rosada mano
beber solías con afán sonriente,
cuando del linde de tu hogar se alejan, 40
parece que se quejan,
que van llorando por su dueña ausente.

¡Las olas son que en apacibles horas,
copiaron, seductoras,
de tu frente de niña la azucena! 45
¡Las mismas olas que no bien llegaban,
tendiéndose, buscaban
algún hoyuelo de tu pie en la arena!

Como en los días del ardiente Enero,
la jaula del jilguero 50
aún cuelga del parral, fresco y umbroso;
pero ¡ay!, en vez del que quisiste tanto,
hay otro cuyo canto
es un gemido de dolor medroso. [150]

Así mi lira llorará tu ausencia. 55
Tu cándida existencia
cual blanca nube se elevó del suelo
Y en lo infinito desplegó sus galas...
los que nacen con alas,
¡Qué pronto suben de la tierra al cielo! 60
1880. [151]



El manantial

Aquí, mirando el cristal
de tus aguas sin rumores,
soñaba en días mejores,
solitario manantial.

La luna, triste, vertía 5
su rayo sobre mi frente,
y en tu seno transparente,
deshecha, se difundía.

El aura, tímida y grata,
llena de aromas distintas, 10
alzaba rápidas cintas
en tu círculo de plata. [152]

Y entonces, la ola de armiño,
por tu disco resbalando,
te rodeaba suspirando 15
con el suspiro del niño.

¡Cuántos años han huido!
¡Cuánta pena tiene mi alma!
Y tú siempre, siempre en calma,
como ayer, adormecido. 20

Como antes, las margaritas
en tus orillas verdecen,
y extendiéndose, florecen
sobre tus aguas benditas.

Como antes, cándida y bella, 25
baja en la noche estival,
a bañarse en tu cristal,
la melancólica estrella.

Como antes, oculta aquí,
en el arbusto florido, 30
las dos perlas de su nido
el errante colibrí. [153]

Así, en los años distantes
de la infancia, me reías...
¡Ah! ¡qué tiempos! ¡qué alegrías! 35
¡Sólo yo no estoy como antes!

Deja que bañe mi frente,
ya por el tiempo quemada,
en la linfa regalada
de tu seno transparente. 40

Y que en tus olas de armiño
vea las aves bañarse,
y como antes, reflejarse
mis ilusiones de niño.

Respiro en ti la fragancia 45
que yo aspiré alguna vez:
el aura de la niñez,
los recuerdos de la infancia.

Viene a herir mi fantasía,
a conmoverme un instante, 50
el beso tibio y fragante
de la dulce madre mía. [154]

Y mis primeros amores,
que viven dentro de mi alma
como la savia en la palma 55
y la fragancia en las flores.

Por eso, como el zorzal
expatriado de su nido,
hoy te canto entristecido,
solitario manantial. 60
1873. [155]



América
I

Para cantar de América la bella
la fe profunda y el amor que inspira,
para volcar el alma en vibraciones
como la vuelca en sus torrentes ella,
no hay notas en la lira, 5
ni férvidas canciones [156]
en sus cuerdas, mojadas
con el llanto de cien generaciones.

El trueno del torrente,
del huracán el rápido estallido, 10
la tempestad enérgica y ardiente,
esconden en su entraña
el mágico sonido
que el alma busca, y en el aire siente,
para arrullar de América el oído. 15

Todo es gigante en su fecundo seno
su pasado, que vierte en la memoria
el rojizo esplendor de la centella,
o produce en el ánimo sereno
esa sed de admirar, que apenas sacia, 20
en raudales de luz, su misma gloria.
Todo es gigante en ella:
¡los héroes y la historia
y la sublime eterna democracia!

¡Ah! ¡Miradla pasar! ¡Esa bandera 25
que muestra sobre el polvo del camino
su regia pompa y majestad guerrera,
ondula el soplo del amor divino! [157]
¡El porvenir la llama!
¡El porvenir, que abiertas 30
dejó a su marcha las doradas puertas
que injusto un día le cerró el destino!

Para animar su paso
y templar su valor en la batalla,
en la selva, en el monte, 35
y en el circulo azul del horizonte,
¡el himno inmenso de la vida estalla!

¡Ah! ¡Por eso, en la arena,
como un león en su salvaje lecho,
el Plata tiende su robusto pecho 40
y sacude bramando su melena!

¡Y por eso su espuma,
como rizada pluma,
agita el blando y sonoroso Rímac,
el Niágara convulso se derrama, 45
y en tanto que susurra el Apurímac,
se despeña tronando el Tequendama! [158]

II

Allá, yérguese altivo en su regazo
el viejo audaz de corazón de piedra,
a cuya cima ni la astuta hiedra 50
ha podido trepar, -¡el Chimborazo!
¡Su frente de granito
donde el sol de los trópicos chispea,
por cima de las nubes centellea
y parece horadar el infinito! 55

A solas con el cielo,
mira, a sus plantas dilatarse un mundo;
hervir los pueblos; reposar los mares;
tenderse por el suelo,
alfombra digna de sus pies, las selvas; 60
rodar por las montañas
de los torrentes los raudales fríos;
y desplegarse entre flexibles cañas,
la franja azul de los serenos ríos. [159]

En derredor de la nevada cumbre, 65
fragancias tropicales
volando esparce el aromado viento
en las eternas nieves
refresca ansioso su abrasado aliento,
y las cuestas vecinas 70
bajando con sonoro movimiento,
se derrama por valles y colinas.

Sobre la altiva frente esplendorosa
del augusto titán americano,
viva aureola que en la sien gloriosa 75
de América se enciende,
es fama que del cielo ecuatoriano
el Sol del Inca a reposar desciende.

Un día... sólo un día,
se conmovió en su base sempiterna, 80
echó el manto de nubes a la espalda,
y tendió en la llanura de esmeralda
su mirada sombría.

Rivales de su gloria,
y midiendo su talla por su talla, 85
frente a frente tenía [160]
a Bolívar, de fuego en la victoria,
y a San Martín, de bronce en la batalla.

III

¡Un gigante de pie, y otro caído!...
¡Mensajero eternal de la grandeza 90
con que Dios nuestra América ha vestido,
por las cálidas zonas,
radiante de belleza,
se tiende y se dilata el Amazonas!

Guirnalda de sus húmedas riberas, 95
cargadas de rumores,
los bosques, que los siglos no marchitan,
destrenzando sus verdes cabelleras
lo arrojan al pasar todas sus flores.

En el vasto paisaje 100
por sus rápidas ondas sacudido,
y del ave en el mágico plumaje,
el trópico derrama,
en soberbia explosión de colorido,
los mil cambiantes de su eterna llama. 105

El himno de las aves; de las flores
el beso soñoliento;
la palmera, que tiembla enamorada
bajo el ala del viento;
cuanto encuentra en su marcha dilatada, 110
cuanto guarda el edén de sus delicias,
al gigante enamora;
¡pero él sabe arrancarse a sus caricias,
lanzándose al oriente
como si fuera en busca de la aurora 115
para atarla al cristal de su corriente!

IV

¡Silencio y soledad, misterio y calma!...
lo infinito en la tierra y en el cielo;
la presencia de Dios dentro del alma;
¡la plenitud del vuelo! 120
La extensión y la faz del océano
en inmóviles ondas de verdura...
¡he ahí la llanura,
orgullo de la patria de Belgrano!

¡Amada del pampero, 125
ella guarda para él todas sus galas,
y él arrulla el silencio de sus horas
con la música eterna de sus alas
vibrantes y sonoras!

Al rayo de la luna, 130
sobre la verde y dilatada alfombra,
surgiendo del vapor de la laguna,
cruzar parece la doliente sombra
de Brian y de María...
¡Dulce amor del desierto! 135
¡Infinito del alma en lo infinito
de su imponente majestad sombría!
¡Cómo su vago resplandor incierto,
al corazón revela
que el espíritu aún de Echeverría 140
de loma en loma sollozando vuela!...

Los siglos, en su paso por el mundo,
no vertieron las fuentes de la vida [163]
en el seno fecundo
de la Pampa dormida: 145
la hollaron en silencio... y en silencio,
al amparo de Dios, yace tendida.

¿Qué mano bienhechora
la arrancará al letargo de su sueño?
¿El rayo de qué aurora 150
disipará las sombras quela envuelven
y humillan con su peso?
La mano de sus hijos;
¡la aurora germinante del progreso!

Ella duerme y espera 155
del pueblo de su amor sentir la planta,
que a través del desierto se adelanta
por lomas y ribazos,
¡para abrirse a la luz de la existencia,
para erguirse gigante en su presencia, 160
para alzarlo también entre sus brazos!

V

¡Escuchad! ¡escuchad! ¡Largos rugidos
pasan, del aire sacudiendo el vuelo,
cual si allí se arrastrara por el suelo
extraña catarata de sonidos! 165
¿Por qué tiemblan en torno los pinares?
¿Qué horror sublime los espacios puebla?
¿Por qué el iris de paz, gloria del cielo,
ríe atado al abismo entre la niebla?
¡Es que vuelca sus ondas seculares 170
el Niágara esplendente!
¡El Niágara! ¡la fuente
inexhausta y soberbia de los mares!

Mil ondas encrespadas,
como salvaje tropa de leones 175
al borde del abismo arrebatadas,
exhalan en rugidos
sonoras pulsaciones,
que vibran como un canto en los oídos. [165]
¡Poema sin segundo, 180
en los peñascos del raudal impreso,
que, con solemne entonación homérica,
parece que cantara sobre el mundo
el himno del progreso
en la lira gigante de la América! 185

De Washington el pueblo,
despertando a su voz, honda y valiente,
aprendió el heroísmo
en la lucha tenaz bajo la bruma
¡del raudal y el abismo, 190
de la roca y la espuma!
Y luchando también, hundió las naves
de la adusta Inglaterra;
y a su empuje viril, el Despotismo,
que derriba las frentes a balazos, 195
¡largo trecho rodó sobre la tierra
como rueda un cañón hecho pedazos!

¡Escuchad! ¡escuchad! El torbellino
hierve airado otra vez, airado truena
y es que el nombre de Cuba, 200
la mártir del destino,
¡en el arpa de América resuena! [166]
¡Sí, que otra lira hermana,
amarrada a la sirte procelosa,

rugiendo en las espumas 205
apostrofa a la tierra americana!
¡Ay! ¡La sonante lira
a cuyo acento el corazón se espande
y, heroico en su dolor, estalla en ira,
de Heredia el inmortal, de Heredia el grande! 210

VI

Así, en medio de músicas extrañas,
por inmensas llanuras
y ríos y torrentes y montañas,
Eva de un mundo y del Edén señora,
siguiendo va del porvenir la huella 215
América la bella,
América, la virgen soñadora.

De la pálida luna
no lleva el tibio y misterioso rayo
sobre la sien ardiente, [167] 220
que el dios del Inca calentó su cuna,
se alzó en la tierra al esplendor de Mayo,
y el sol de Julio coronó su frente.

Allá, dos mares a su talle airoso
el tul suspenden de su parda bruma, 225
y el Guaira proceloso
y el Niágara, a su espalda
el manto arrojan de su hirviente espuma
y van rodando a acariciar su falda;
allí, como un trofeo 230
que el viento encima de los Andes bate,
como un girón a la montaña asido
del humo del combate,
dejando el cóndor su riscoso nido,
un punto inmoble la contempla... ¡Y luego, 235
enamorado y ciego,
abriendo su plumaje,
en el azul purísimo resbala
y siente bajo el ala
chispear el rayo del amor salvaje! 240

¡Ah! como él, el poeta americano,
cóndor de los espacios de la idea,
el monte humilla, reconcentra el llano,
y entre ambos polos la extensión pasea; [168]
como él, en medio de la tierra amada, 245
el alma pensativa
suspende en el fulgor de una mirada;
y, desde el foco de su sien altiva,
como él, difunde enamorado, ciego,
la llama convulsiva 250
¡de su Potente inspiración de fuego!
1879. [169]



Canción


¿Por qué estás triste, dulce bien mío?
¿Por qué tu lira no canta más?
¿Por qué estás mudo como el vacío
-Porque estoy lejos del Paraná.

Noches de ensueño, días de calma, 5
allí tan sólo puedo gozar:
opresa siento y herida el alma
por el bullicio de la ciudad.

Si tú quisieras de mi ventura
las breves horas iluminar, 10
las radiaciones de tu hermosura
encantarían mi soledad. [170]

Allí, en los bosques murmuradores,
bajo la sombra de mi seibal,
donde girando los picaflores 15
liban el dulce burucuyá (7),

Muros de tapia, techo quinchado (8)
con todo el lujo del totoral,
forman mi rancho, do no ha faltado
nunca inocente felicidad. 20

Las limpias aguas de un arroyuelo
muestran su imagen en su cristal,
y allá, en el fondo color de cielo,
el pez que viene y el pez que va.

Se mece en ellas una canoa 25
hecha de un tronco de pacará,
con dos filetes de aberemoa
y negra banda de guayacán.

Si tú quisieras, tuya sería
la airosa nave donde al bogar, 30
¡Ay! Muchas veces me parecía
ver tu hermosura meridional.

Y pues ya sabes, dulce bien mío,
porqué mi lira no canta más,
porqué estoy mudo como el vacío, 35
ven a las islas del Paraná.
1876. [173]



Sin ella...

Por entre el bosque, desplegada cinta,
del arroyuelo la corriente va,
y el sol, hiriendo los ramajes, lanza
doradas flechas a su limpia faz.

Se ve en la sombra que desgarra a trechos 5
el haz brillante de la rubia luz,
volar la chispa de la arena de oro
al copo errante de la espuma azul.

Se ve en las aguas reflejarse un nido,
temblar la rama que le da sostén, 10
y sombra de alas bajo redes de hojas
al fondo oscuro del raudal caer. [174]

Se ve, sonriendo, por el abra estrecha,
la faz de un cielo que ilumina el sol,
y allí dos nubes, como blancos sueños, 15
atar sus velos y volar las dos...

Pero ¿ella», ¿el alma? ¿y el amor?... Dios mío,
jamás de tu obra blasfemar podré;
mas, ¿cómo amar y bendecir las ondas
si no reflejan su nevada sien? 20
1879. [175]



Ellos

Cuelga tan sólo del ombú, en la loma,
una postrera ráfaga de luz,
y se entreabre el lucero de la tarde
cual flor de nieve sobre campo azul.

La noche baja a la hondonada; en ella 5
rueda el carruaje donde van los dos;
y cuanto más la oscuridad los cerca,
hay en sus almas claridad mayor.

En vano el día de la tierra inclina
al horizonte la inflamada sien, 10
cuando el amor, crepúsculo divino,
comienza para el alma a amanecer.

A los astros que brillan en el cielo
ni una mirada fugitiva dan,
porque asomados a sus ojos viven, 15
donde hay estrellas que relucen más.

Se alza una nube en el confín lejano,
como presa de súbita inquietud:
a ella vuela el lucero de la tarde,
abierta el ala de serena luz. 20

Inflamado relámpago en su seno
salta y la baña en vívido carmín;
el temeroso enjambre de los seres
fija con ansia la mirada allí.

¡Y ambos siguen inmóviles, absortos, 25
envolviéndose en mutua claridad!
¿Qué importan los relámpagos del cielo,
si el alma de ellos irradiando está? [177]

Yo, solitario, al borde del camino,
los miro melancólico pasar; 30
y contemplo las nubes y los astros...
¡Porque no tengo sobre el mundo más!
1881. [179]



La luz mala
Tradición Argentina

Largo tropa de carretas
atraviesa la llanura
bajo la eterna hermosura
de los radiantes planetas.
Al tardo paso sujetas 5
de los bueyes, enfiladas,
salvan lomas y quebradas,
y en el trébol florecido,
haciendo áspero ruido,
hunden las ruedas pesadas. 10

Vense allí en el claroscuro
de mil vagos resplandores, [180]
oscilar sus conductores
sobre el pértigo inseguro.
De llegar no tiene apuro 15
a su rancho el picador,
pero, músico y cantor,
entretiene su camino
con algún triste argentino
que llora ausencias de amor. 20

La Cruz del Sud, suspendida
sobre los campos desiertos,
tiende los brazos abiertos
hacia la tierra dormida.
Y en la sombra sumergida 25
aquella inmensa región,
llena de mística unción,
por el trébol perfumada,
está a sus plantas postrada
como en perpetua oración. 30

Súbito brilla a lo lejos
una luz... la luz maldita,
cuya historia nunca escrita
saben jóvenes y viejos.
Vedla: lanza mil reflejos; 35
se detiene y humo exhala; [181]
incendia el campo; resbala
retorciéndose maligna;
y cada uno se persigna,
murmurando: -«La luz mala!» 40

-«Es el alma de un hermano,
que, desterrada del cielo,
solitaria y sin consuelo
vaga errante por el llano;
un espíritu cristiano 45
de crueles ansias lleno,
que, de la noche en el seno,
nos ha pedido otras veces
una cruz y algunas preces
que lo tornen justo y bueno». 50

Así dicen, y entre tanto,
esquivando sus destellos,
rezan juntos todos ellos,
olvidados ya del canto;
y ven, trémulos de espanto, 55
cómo la luz resplandece,
y chispea, y desaparece,
y con nueva brillantez
ilumina, y cada vez
más y más grande parece. 60

Ora se hunde en el bajío,
ora corre por la loma,
pero siempre avanza, y toma
por momentos nuevo brío.
Del horizonte sombrío 65
se aproxima a cada instante,
y hacia atrás y hacia adelante
huyen las sombras inquietas,
y se acerca a las carretas
como un ojo centelleante. 70

Y, mientras lleno de horror,
tras esfuerzos sobrehumanos,
se cubre con ambas manos
todo el rostro el picador,
el penacho de vapor 75
suelto al aire, rauda, altiva,
rumorosa y convulsiva
cual un potro desbocado,
pasa hirviendo por su lado
la veloz locomotiva. 80

¡Mal hacéis vuestro camino
paso a paso y lentamente,
al alcance del torrente,
antiguo pueblo argentino! [183]
¡Cantad himnos al destino, 85
y cuando en noche serena
brille una luz, no os dé pena,
no temáis, criollos, por eso,
que en las vías del progreso
la luz mala es la luz buena! 90
1883. [185]



Florencio del mármol

¡Ah! ¡Siempre como término la muerte!
¡Siempre en el pecho una profunda herida!
¡Y estas negras traiciones de la suerte
que así oscurecen sin cesar la vida!

¡Amigos de la infancia, compañeros, 5
comienza ahora nuestra marcha triste
hay abismo sin fondo en los senderos...
Florencio, nuestro hermano, ya no existe!

Él era todo fe, todo hidalguía,
su mente audaz, su corazón cristiano, 10
y como nadie realizar sabía
el supremo ideal del ciudadano. [186]

Creyó en la libertad; le dio su espada;
le dio con ella su primer cariño;
héroe, le vimos defender su amada 15
con la inexperta sencillez de un niño.

Amó en Lavalle las acciones grandes,
los generosos ímpetus guerreros;
al toque del clarín, voló a los Andes...
¡Y no estaban allí los granaderos! 20

La noble frente oscurecida, inerme
tornó a sus lares, soñador caído...
Por eso, amigos, en la tumba duerme
con tantos héroes que en la patria han sido.

¡Y en qué momento! ¡Cuando al sol se abrían 25
los azahares del amor risueños!
¡Cuando dos corazones se mecían
en el columpio de los castos sueños!

¡Ah! ¡Si no hay Dios!... si el alma solamente
es el latir de deleznable arteria; 30
si aquél cielo tan puro y transparente,
es falaz ilusión de la materia; [187]

¡Ante el Destino impávido y rastrero,
que así existencias juveniles trunca,
no me habléis de consuelo!... ¡yo no quiero, 35
no, yo no quiero consolarme nunca!
1881. [189]



Las quintas de mi tiempo

Estos, Fabio ¡ay dolor! Que ves ahora
jardines sabiamente dibujados,
fueron un tiempo rústicos cercados
de enhiesta pita y suculenta mora.

Y aquellas que allí ves altas mansiones 5
de mil primores llenas, antes fueron
modestas granjas donde en paz latieron
mas nobles y sencillos corazones. [190]

Naturaleza entonce a sus anchuras
por estos sus dominios discurría, 10
y como es dada a la labor, tejía
mil suertes de galanas vestiduras.

Aquí, rastreando la humedad del suelo,
las violetas silvestres agrupaba,
y por todas las quintas derramaba 15
un fresco aroma que llegaba al cielo.

Pródiga aquí de sus mejores galas,
prendía a las ventanas de una hermosa,
de mosqueta o jazmín red olorosa
que desflocaba el aire con sus alas. 20

Por cima de los cándidos rebaños
que agrupaba el pastor en los oteros,
derramaban en flor los durazneros
una alegre sonrisa de quince años.

Y no bien tapizaba la pradera 25
y en los verdes naranjos florecía,
de sus maternas manos recibía
su corona nupcial la primavera. [191]

Mas tú dirás, amigo, que al presente,
aquella nuestra madre, de igual modo 30
sustenta, anima y embellece todo,
Y quien dijere lo contrario, miente.

¡Infeliz! ¡cual te engañas! Tú no sabes
lo que eran estos sitios, cuanta escena
de amor y paz y venturanza llena 35
huyó con las violetas y las aves.

Figúrate: es domingo; el aire en calma;
mucho sol, mucha luz, mucha alegría;
una de esas mañanas en que ansía
verse trocada en golondrina el alma. 40

Verás aquí y allá, por los senderos,
confundidos los pobres y los ricos,
la madre, las amigas y los chicos
con sus lucientes trajes domingueros.

Dan al viento los niños infinitas 45
pandorgas, con navaja, y en batalla,
y a cada triunfo un clamoreo estalla
en el hueco inmortal de Cabecitas. [192]

Se oye el rumor del biznagal que abrasa
el adobe en los hornos; el ligero 50
grato sonar de tarros del lechero
que a largo trote por las quintas pasa.

Y allá van, salpicando las veredas,
guiadas por un criollo o un navarro,
las carretas de pasto, que en el barro 55
vuelven crujiendo las pesadas ruedas.

Torna ahora los ojos, Fabio, y mira
aquel grupo de un árbol a la sombra,
que tiene el césped por mullida alfombra,
y la guitarra nacional por lira. 60

¿Qué ves allí? De un asador pendiente,
asándose el cordero apetitoso,
y circular el mate generoso
en vez de la botella de aguardiente.

¡Oh campestres paseos! ¡oh manjares 65
jamás llorados cual se debe ahora!
¡Oh sencillez antigua y bienhechora,
salud un tiempo de los patrios lares!... [193]

Mas calle, amigo, nuestra queja vana,
que si un remedio a nuestras ansias veo, 70
es quedar como Lope ante el Liceo
Llorando la vejez de su sotana.

Juro, Fabio, por todos los poetas,
que no hay porteñas hoy más regaladas
que aquellas que acudían en bandadas 75
a nuestras quintas a juntar violetas.

¡Las vieras, preparándose al asedio,
cuando aquellos piecitos voladores
no podían llegar hasta las flores
porque estaba una zanja de por medio! 80

¡Cuánto ardid para asirse del ramaje
y traspasar el cenagoso abismo,
alzando con angélico heroísmo
la muselina del sencillo traje!

Mas no faltaba un vástago de mora, 85
cual un brazo flexible, que de intento
para ayudarlas inclinaba el viento...
Que tanto puede una mujer que llora. [194]

Las veo aún, con las mejillas rojas
como granadas de Engadí partidas, 90
y las húmedas manos florecidas
mariposeando entre las verdes hojas;

Y correr, y chillar, y ser más bellas
cuando, lanzada como rauda fija (9),
cruzaba una medrosa lagartija 95
con grave susto disparando de ellas;

Y, ya en violetas rebosando el seno,
búcaro ardiente que las flores aman,
como por los senderos se derraman
dejando el aire de perfumes lleno. 100

¡Oh, mi dulce porteña, amada mía!
¡Ya no hay violetas ni silvestres moras;
huyeron ya de la niñez las horas
Dulces y alegres cuando Dios quería!...
Buenos Aires, 1884. [195]



Inspiradora

No es romántica, amigos,
como decís, la niña;
no descolora con vinagre el rostro,
ni en derredor de los sepulcros gira.

Si alguna vez el llanto 5
empaña sus pupilas,
no es por cobarde, es que el dolor la hiere
del corazón en las ocultas fibras.

Ama la luz, la gloria,
la juventud, la vida; 10
viste el blanco y azul de nuestras madres
porque ha nacido, como yo, argentina. [196]

Es joven, es robusta
como la patria mía;
del Paraná y el Uruguay se baña 15
en las sonoras transparentes linfas.

Enamorada eterna
de la virtud sencilla,
canta a la sombra del hogar modesto,
amores puros, infantiles risas. 20

Desata sus cabellos,
en actitud magnífica,
cuando el soplo vital de nuestros campos,
rasgando nubes, el pampero envía.

Aun hierve entre sus venas 25
roja sangre latina,
mas calentada por el sol de fuego
que en la bandera de los Andes brilla.

No pide al extranjero,
con ansias de mendiga, 30
extraño adorno, que a sus trenzas basta
la flor del aire que en redor se cría. [197]

Cuando la Patria evoca,
su rostro se ilumina,
alza orgullosa la serena frente, 35
y absorta lleva al porvenir la vista.

¡Qué grande será, exclama,
nuestra tierra argentina!
¡Feliz de aquel que en el presente sea,
y el lauro excelso del futuro ciña! 40
1884

1 comentario:

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