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sábado, 24 de febrero de 2007

Ricardo E. Molinari:Algunso poemas


El esplendor de su narrativa hace perder de vista que Argentina es también un país de grandes poetas. Uno de ellos, Ricardo E. Molinari, acaba de morir el 2 de agosto, a los 98 años que había cumplido el 20 de mayo. Molinari proporciona un sólido argumento a la hipótesis de que la gran generación poética del siglo XX es la que abarca las dos orillas del idioma e incluye a los nacidos de 1891 a 1906: los poetas españoles del 27 lo mismo que Vallejo, Neruda y Borges y el grupo mexicano de "Contemporáneos".

El imaginero, primer libro de Molinari, es simbólicamente de 1927. Aquel mismo año, Rafael Cansinos Assens lo elogió en su Panorama de la nueva literatura. Participó en las publicaciones ultraístas animadas por Borges y con Alfonso Reyes hizo los Cuadernos del plata. A la muerte de Reyes en 1959 publicó una "Elegía". El otro poema mexicano en la obra de Molinari es "Acolman", de 1967, dedicado a Pellicer. En 1933 viajó a España y conoció a Alberti, Altolaguirre, Diego y Moreno Villa. Con casi todos ellos Molinari comparte el gusto por las formas que generalizó la vanguardia y el dominio de la versificación del Siglo de Oro y la lírica de los Cancioneros medievales. Molinari se apropió de la tradición peninsular y la convirtió en habla argentina. Acaso sus mejores poemas son aquellos escritos en los versículos inventados por San Jerónimo para dar en latín la amplia respiración del verso hebreo. En ellos Molinari parece muy próximo a libros como Sermones y moradas de Alberti, La destrucción o el amor de Aleixandre y Poeta en Nueva York de García Lorca.

Molinari no tiene biografía. Se empeñó en no ser conocido más que como una voz poética, como un hombre que escribió sólo para su dicha y su placer. Empleado hasta su jubilación en la Biblioteca del Congreso argentino, publicó más de cincuenta cuadernos o plaquettes, parcialmente difundidas gracias a selecciones como Mundos de la madrugada (1963), El cielo de las alondras y las gaviotas (1963) y Las sombras del pájaro tostado (1973). Todas las antologías importantes lo incluyen, de Laurel a la de José Olivio Jiménez. J. M. Cohen habla de él en Poesía de nuestro tiempo. Sin embargo, Molinari sigue siendo un gran poeta aún por descubrir. Los dos poemas aquí reproducidos son apenas una invitación a su lectura.





SOLEDADES
De ayer estoy hablando, de las flores,
de la fuerte agua, transparente y fría,
del alma, de la luna abierta, ¡oh mía!,
de un ángel dulce y solo en los albores.

De tantas noches secas y menores,
del perseguido bien sin alegría;
del aire, de la sombra y la agonía,
de lumbres, cielos y arduos pasadores.

De ti, tiempo llegado y desprendido,
que vas en mí y me dejas en velada:
solitario, desierto y sin sentido.

Y encima de ti, vida delicada,
cabello suave, quieto y advertido,
la muerte sueña y mueve su morada.



SONETO
Si yo pudiera verte rama ardida,
prometida de espejos -flor de celo-
quebrando el aire dulce sin consuelo,
en ámbitos de lumbre despedida.

Espacio estéril, cielo sin salida,
¡Ay, que gozosa muerte que es tu anhelo
de agua y tierra apretada, de tu cielo
sin ángeles! Tu cielo sin huida,

allí, donde mi voz está callada,
con el borde deshecho, con la frente
sin tarde: ¡Clavel!, rosa desolada.

Sueño de sueño, luna de gemido,
-claridad despoblada- impaciente;
si, campo, mar, estío, aire querido.



UNA ROSA PARA STEFAN GEORGE
Il va parmi ses fleurs;
et les souffles de l’air
Hölderlin
(Similis factus sum pellicano solitudinis)
No es la paciencia de la sangre la que llega a morir,
ni el sueño ni el mármol de Delfos, sino el polvo
que se calienta entre las uñas.
Qué importa morir, que se borren las paredes como un río seco;
que no quede una flor en la calle con su borde de luto en la frente,
ni el viento sobre las piedras podridas.

Qué haces allí, tronchado sin humedad,
con tu dicha sin aliento, con tu muerte tendida a los pies.
Con tu espuma llena de ceniza. Desdeñoso.

Ya vendrán los hombres con el ruido, con los gestos;
pero el odio seguirá intacto.

Todos te habrán estrechado la mano alguna vez,
y tú habrás bebido la cicuta en la soledad,
como un vaso de leche.

Adiós, país de nieve, de ventisca agria, sin gentes que digan mal
de ti. Eterno. Desnudo.
La sangre metida en su canal de hielo
—fuego sin aire— Jordán perdido. Si el tiempo
tuviera sentido
como el Sol y la Luna presos;
si fuera útil vivir,
si fuera necesario,
qué hermoso espanto: tengo la voluntad avergonzada.

Yo soy menos feliz que tú. Me quedo combatiendo
sin honor,
con un haz de ramas en las manos.
Duerme. Dormir para siempre es bueno, junto al mar;
los ríos secos debajo de la tierra con su rosa de sangre muerta.

Duerme, lujo triste, en tu desierto solo.

¡Esta palabra inútil!




POEMA DE LA NIÑA VELAZQUEÑA
Ah, si el pueblo fuera tan pequeño
que todas sus calles pasaran por mi puerta.

Yo deseo tener una ventana
que sea el. centro del mundo,
y una pena
como la de la flor de la magnolia,
que si la tocan se obscurece.

Por qué no tendrá el pueblo una cintura
amurallada
hasta el día de su muerte,
o un río turbulento que lo rodee
para guardar a la niña velazqueña.

Ah, sus pasos son como los de la paloma,
remansados;
para la amistad yo siempre la pinto sin pareja;
en una de sus manos lleva un globo
de agua,
en el que se ve lo frágil del destino
y lo continuado del vivir.
Su voz
es tan suave, que en su atmósfera convalece
la pena desgraciada,
y como en las coplas:
de su cabellera
nace la noche
y de sus manos el alba.

En qué piedad o dulzura se irán aclimatando
las cosas que ella mira
o le son familiares,
como el incienso,
la goma de limón
y la tardanza
con que siempre la miro.

Por qué no tendrá el pueblo allá
en su fondo,
un acueducto,
para que el paisaje que ven sus ojos
esté húmedo,
y nunca se fatigue de mirarlo.

Yo sé que su bondad
tiene más horas que el día,
y que todos sus pensamientos
y el atardecer
conmoviéndola.
Los días que se van la agrandan.

van entre el alba

Qué horizonte estará más cercano
de su corazón,
para encaminar todos mis pasos
hacia él,
aunque se quede descalza la esperanza.

Quién la rescatará de la castidad,
mientras yo sólo anhelo
que en su voz,
algún día, llegue a oírme...









CANCIONERO DEL PRÍNCIPE DE VERGARA
1
Dormir. ¡Todos duermen solos,
madre! Penas trae el día,
pero ¡ay! ninguna,
ninguna como la mía.
2
No tengo cielo prestado
ni ojos que vuelvan a mí
por un descanso de flores,
sin dormir.
3
Amigo, qué mal me sienta
el aire solo,
el aire solo, perdido,
de Extremadura. Aire solo.
Piedra muda.
4
Qué bien te pega la sombra
sobre el cabello. La sombra
obscura. Oh, el verde pino
que mira el cielo. El pino,
señora hermosa, en la orilla
del mar portugués. Orilla
de prado, de flor lejana.
5
Nunca más la he de ver.
Aguas llevará el río.
¡ Aguas lleva el río Tajo!
Pero mi sed no la consuela el río.
6
Déjame dormir esta noche
sobre tu mano. Dormir,
si pudiera. La adelfa
crece de noche,
como la pena.
7
Envidia le tengo al viento
porque baila entre las hojas,
envidia de prisionero
que se ahoga.
Mándame un brazo de viento
con una siempreviva entre los dedos.
8
Mi dolor tiene los ojos
castigados. Si pudiera
hablarte. Sí, si pudiera
hablar contigo río alto,
paloma fría! Qué triste
anda el aire! Dime, triste
pensamiento, qué sueño
muere a tu lado, perdido.
¡Paloma fría, río alto!
Luna de piedra entre lirios.




HOSTERÍA DE LA ROSA Y EL CLAVEL
II
Déjame esta tarde solo para mí, que tengo la voluntad
perdida en el frío. En olvido inmenso
crecen y mueren los pájaros. Hace un siglo
que no duermo y tengo las uñas quebradas
de peinarme.
En el mes de marzo empieza el Otoño en mi tierra;
yo nací en el Otoño. De noche, cuando el alma
se queda sola con su cuerpo. Alguna vez...
Y el viento herido se queja como un ramo de flores
en un vaso de vino.

Si cada alma
tiene su cuerpo, sus amistades y negocios;
si hasta la de los hombres sucios
tiene su lugar en este mundo y una sonrisa
parecida a sus pensamientos, un cuerpo idéntico
y compañías que viven sin ruborizarse: igual
a los ojos de ellos, a los pies, a las manos,
a la boca y dientes de ellos, tú, entonces,
tienes un deseo
semejante al mío. Yo quiero mezclar un día entre otros,
huir de la tierra muerta,
hacer un día espléndido sin separación, donde tu perfil
me esté mirando, mientras guardo amores perfectos
dentro de un sombrero.






EL ANSIOSO
III
Tristes memorias
bajan los ríos.
Dejadme a mí
con mi destino;
la flor del aire,
de aire cautivo.

Adónde irá
por el vacío,
su cara sola,
—siempre perdido.
Adónde irás,
ay, tiempo mío.

La voz crecida
en los pesares
buscará el amparo
en salitrales.

Tristes memorias
los ríos llamen.

Dónde andará
todo el olvido,
la flor que sufre
lejos de amigo.
Viejas memorias,
busquen los ríos.








POEMA COMO EL DESIERTO
El aire desdeñoso.
Ay el aire desnudo —distraído,
abierto, amoroso
desvelado, crecido—,
en su desierto transparente.

Amor de luna sola
perdida. Amor, amor; ya todo el mundo,
la llama, el viento, la ola,
el tránsito profundo;
la soledad del aire vagabundo.

Hoja, espina, amaranto,
mar sin partida. ¡Espacio! El mar, el mar
con su cuerpo de llanto
inmóvil, de otro mar
sin vida, ya encerrado en mí. El mar.

Sí, jazmín retraído,
mano triste, caballos, todo el viento.
Ay mi viento perdido;
en su flor de lamento,
oprimido; en su gozo, desaliento.

(Mi cuerpo derramado
junto a otros días, solitario; muro
de piel, de aire tornado.
Sueño de río puro
asomado a su centro, siempre oscuro)

Eternidad de sombra,
rosa de luz desierta, alta en su día
negro. Quien te nombra,
quién buscará un día
entre flores, el viento de otro día.








PANEGÍRICO
Cantar. Cante al dichoso día el viento
y a la mañana, el sol llene de luces;
la pintada ala cante acompañando.
La flor repose sobre la hoja. Atento
quedará el jardín. Solo. —Tú conduces,
hermoso viento, un crespo mar, cantando.—
A la luz clara empiece el hilo sordo
a tejer su ordenado mundo. Agua
ausente. —El laurel a su favor
vuelva. Si olvidos tuvo, hoy el tordo
sobre sus ramos canta. Volador
obscuro. Manso pico. (En la fragua
del día luce alegre. La callada
infancia del clavel lo mira.) Nada
lo distrae. Cantar, dichoso día.

Espacio. Cielo nuevo. El derramado
río a la onda encuentre, solo. Huerto
fresco. (Pimpollo dulce. Tú gobiernas
una provincia de agua y un poblado
país. ¡Qué feliz eres! El desierto
duerme en tus ojos. Hojas tiernas.)
Al jubiloso día cante el viento;
la desatada trompa en esperanzas
sueñe: batalla hermosa. Soberano
cielo. De amores siempre esté contento
el pecho; el libre corazón en danzas
goce, inconstante. Soledad. En vano
ya no se muere, en la tierra dura.
Laurel, callado vínculo, cintura
de hojas; riberas. Encendido canto.
5
Ocioso canto. Cantar
al día, que tiene nubes
y soles y el ulular
del aire entero. —Hoy subes
a mí, canto, y soy dichoso
porque me alejas de la muerte
íntima. Sí. Silencioso
y puro. Alegre suerte.
El navío brazo busque
un golfo claro. Ofrecido
sueño, siempre. —No lo ofusque
lo ausente, espere herido.
El mar, el soñado mar
entre ondas, fértil. Esperar
¡Espérame golfo frío!...

Sosegada luz. Ocioso
canto. La hoja sobre la hoja
qué feliz, y el victorioso
clavel, tierno. —El día moja
su sombra en el mar. El mar
que entre ondas y peces nace.
Eterno prado. Mirar
una flor, qué hermoso. Trace
mi soledad una bella
sombra. Sola. Transparente.
Qué importa el día. La estrella
ve el mundo, río luciente,
sin apetecerlo. —Al mío
vuelva yo siempre. Navío
entre piedras. Soledad...

1 comentario:

Anónimo dijo...

excelente página, adecuada al poeta que supo nombrar a los ríos del país como ninguno: Oda al mes de noviembre, nos trae el recuerdo de esas calles de Buenos Aires, vestidas de jacarandaes, reflejando el cielo en sus veredas, iluminándolo todo de azul. Hoy los han serruchado, y sólo nos queda la voz del poeta que los nombró, que los dejó en la memoria colectiva del poema...
>Gracias por este recuerdo...