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viernes, 23 de febrero de 2007

Hilario Ascasubi"Aniceto el Gallo : gacetero prosista y gauchi-poeta argentino"



Aniceto el Gallo
gacetero prosista y
gauchi-poeta argentino
(Obra Completa)



Hilario Ascasubi






HOMENAJE
A la memoria del doctor don FLORENCIO VARELA, el patriota e ilustrado publicista Argentino, víctima sacrificada por el puñal de los tiranos del Río de la Plata, a la libertad de las Repúblicas Argentina y Oriental del Uruguay.


París, 2 de agosto de 1872.



ANICETO EL GALLO
Gaceta joco-tristona y gauchi-patriótica


Hasta que... no quiera Dios,
se aproveche algún cualquiera
de todo nuestro sudor.
CHANO.
Nº 1
Buenos Aires. - Año de 1853.

Esta gaceta saldrá una vez por semana, allá por el jueves o viernes, que es día de los pobres, pues la escribirá un gaucho pobre.

Prosa del trato entre el imprentero y yo

Ahora noches pasadas, con permiso de mi comendante, me amanecí payando en un fandango, donde me compromisé con una mocita muy donosa y seguidora a largar cada semana una gaceta gaucha, con argumentos y compuestos a favor de nuestro aquel, en la justa causa que defiende la Guardia Nacional. ¡Ah, criollos!

Esa mesma noche hubo en el baile una jugada juertaza, como que toda la mozada anda platuda, y yo, que no andaba cortao, les prendí, seguiditas siete suertes morrudas al paro; de manera que amanecí muy enrestao, y medio divertido. Me largué de allí a comprar un poncho lindo y unas botas a la moda, con borlas, que me costaron una barbaridá de plata; y al fin no me costaron nada más que haber echao suerte.

Así fue que sin recatiar largué el mono por el par de botas, y al tiro me las puse y salí a la calle, porque es la moda en esta patriada; y entre la gente de ajuera y de adentro hay muchos jefes y soldaos y paisanos que hoy se ponen las bolas así con borlas; a la cuenta echarán suertes al paro.

En fin, salí de la zapatería y me fui a buscar un imprentero para tratar por la hechura de mi gaceta: y preguntando en la Polecía me dijieron que vivía uno, de allí de la cárcel, calle arriba.
Para allá rumbié hasta que di con la casa del imprentero.

Entré por una puerta grandota, y a la zurda del zaguán estaba un cuarto abierto; y queriendo colarme en él, trompecé fiero en los umbrales de la puerta, y enredao en el poncho salí al medio del cuarto haciendo cabriolas, pero con el sombrero en la mano y dando los buenos días a un hombre de antiojos que allí estaba, y que me pareció carcamán, el cual se retobó al verme, y echando mano a un garrote me dijo a gritos:

-Oiga Vd., animal: ésta no es la pulpería para entrarse cayendo.

-Dispénseme, patrón, yo venía...

-¡Qué patrón ni qué borrico! váyase Vd. a dormirla...

-Señor, yo no vengo mamao, sino por ver si, pagándole su trabajo, me hace el cariño de mandarme aprensar.

-Vaya Vd. a que lo aprense el demonio, y le sacará un barril de aguardiente. -Pronto, salga Vd. fuera.

Bueno, bueno, patroncito, me largaré, ya que ni por plata me quiere aprensar mi gaceta de gaucho.

-¿Cómo? ¿pues qué, Vd. quiere hacer imprimir algo?

-Mesmamente, señor.

-Si se hubiese Vd. explicado...

-Me turbé, patrón.

-Y bien ¿qué quiere Vd. mandar imprimir? ¿Un periódico?

-Cabal: acertó, patroncito.

-Pero, eso demanda gastos; ¿tiene Vd. cómo pagarlos?

-Velay, le dará su trabajo adelantao, y nos acomodaremos, alvirtiéndole que no soy mozo lechero.

Entonces eché mano a mi tirador y saqué un rollo de papeles overos-rosaos, que le largué al hombre sobre una mesa, y el Uropeo viejo abrió tamaño ojo a la mosca.

-Bueno, bueno. Se le imprimirá a Vd. su periódico; pero, para no comprometerme, necesito saber en qué género... escribirá Vd.

-¿En qué género dice? en papel.

-Sin duda: pero, no es eso: de qué materia o asunto tratará Vd. en su gaceta.

-No hablaré de materia, señor, porque me da asco, pero trataré de toda laya de asuntos.

-¿De veras?

-¡Oh! ¿y qué se ha pensao?

-¿Con que Vd. se encuentra capaz de escribir un periódico?

-Valiente, patrón: ¡pues no he de ser capaz! Mire, señor, de balde me ve de facha infeliz; yo soy hombre corrido, sabido, leído y escribido, porque de charabón me agarró un flaire que confesaba a mi hermana, y me llevó al convento de San Francisco, adonde me enseñó hasta la mitá de la Bramática en latín, y el ayudar a misa; y no aprendí la Jergafría, porque le hice una juida al padre, y luego me agarraron de leva para los barcos, cuando la guerra con Portugal; y entonces me soplaron de tambor a bordo de una boleta, que la mandaba un oficial de marina criollo, patriota y guapo, medio parecido a muchos de los de hoy en día... sí, señor.

-Hombre: qué historia tendrá Vd. ¿no?

-Escuche. Pues, señor, como le iba diciendo: en la boleta salimos y anduvimos por esos mares de Cristo trajinando de corsario, hasta que nos pegó un albazo y nos agarró con barco y todo un comendante llamado Yuan das Botas, guapazo el Portugués; y ese mesmo me llevó a Portugal, y me tuvo hasta que me le escapé en otro barco y fui a dar por las tierras de Uropa en la Ingalaterra y la Francia; y por allá me aguanté como cinco años, de manera que hasta soy lenguaraz en esas lenguas. Luego de Uropa, caí a Malparaíso: de allí por la cordillera atravesé y anduve en todas las guerras del dijunto Quiroga, que esté gozando de Dios, y de ahí vine a Entrerríos, y últimamente a Buenos Aires, aonde estoy a su mandao.

-Gracias, señor literato.

-No me llamo Liberato, patrón.

-¿Y cómo se llama usté?

-¿Yo?... Aniceto Gallo.

-¿Gallo?... ¿Entonces será Vd. cantor?

-Sí, señor.

-¿Y músico?

-Rigular.

-¿Toca Vd. algún istrumento?

-Toco.

-¿De cuerda?

-Es verdá.

-¿Qué istrumento toca de cuerda?

-La campana.

-¡Diablo! es Vd. de todo punto muy agudo.

-¿Puntiagudo decía? no, señor, soy medio redondo.

-No, no. ¿Y de viento, qué istrumento toca usté?

-El organito, ese que tocan por la calle los carcamanes.

-¡El organito, eh!... Y... ¿habla Vd. algún idioma, señor Aniceto? porque eso es muy necesario para un periodista.

-El aidomia no entiendo, pero hablo en la lengua de Ingalaterra y de Francia, aunque medio champurreadito.

-Vamos a ver, pues, cómo se explica Vd. en francés.

-Como guste, patrón.

-Oiga Vd.

-Pongo el oído.

-Dites moi, vous parlez français?

-Güi, musiú.

-Vous êtes Sauvage Unitarie.

-Salvaje!... A present, ne pas, musiú.

-Alors; vous êtes Federal?

-¡Zape, diablo! Le dije a un gato colorado, que vino a juguetear arañándome las borlas de las botas, y me las desató.

-Eh bien: vous êtes Federal? Dites moi.

-Non, musiú, rien du-tú.

-Mais, de quel parti êtes vous, monsieur Gallo?

-Musiú: yo soy del partido de las Conchas: ¿entiende?

-Et votre opinion politique?

-Musiú: yo tengo la opinión de buen gaucho argentino; y lo demás rien du-tú.

-Bien: ya veo que habla Vd. en francés como ciertos elegantes que pasean por la calle del Perú.

-Puede ser, patroncito, aunque yo no presumo...

-No, no; en francés se explica Vd.: veamos ahora en inglés.

-Ésa es lengua de los diablos; pero en fin...

-Pregunto, señor Aniceto.

-Respuendo, patrón.

-Do you speak english?

-Yes, Sir.

-Will you take a glass of grog?

-Very well: alcance, patrón.

-Stop. Will you take some roastbeef and plumpudding?

-Yes, very gut, véngase con un bifisquete, señor.

-Sí, sí; bien lo merece Vd., porque es hombre habilísimo y capaz de ser un buen periodista. En esta confianza escriba Vd. su gaceta, y para publicarla disponga Vd. de mi tipografía.

-¡De su tripagofría!... ¡Ahora sí que me ató las bolas, patrón!

-Bueno, bueno; átese Vd. las borlas de las botas, y dele un puntapié a ese gato majadero.

-Déjelo, señor, ya me voy a largar con su licencia, para mandarle lo que escribirá. ¿No le parece?

-Bien: mande Vd. el original del prospecto.

-¿El orejonal?... ¡Barajo, qué terminacho! ¿y el otro?... Bueno, señor, le mandará eso mesmo.

-Corriente, señor Aniceto. Escriba Vd... y tenga pulso, ¿eh?

-¿Pulso?... Al que yo le largue un caracuzazo... ¡a qué le cuento más vale!... Con que, ¿será hasta mañana?

-Hasta mañana, amigo Gallo.

-Hasta mañana, señor.
Después de esta conversación me largué al cuartel; y en la cuadra mi comendante D. Camilo Rodríguez se alegró cuando me pilló escribiendo el primer número de la gaceta... que allá va, caballeros!


Buenos Aires. - Mayo 19 de 1853.

Velay que de gacetero
se presenta un Gaucho neto,
aunque no larga prospeto
sigún dijo el imprentero.
¡Qué prospeto! el delantero
debe llamarse, a mi ver;
pues largarlo viene a ser
como puntiar y decir:
paisanos, voy a escribir
Gacetas para vender.
Para venderlas, repito;
y es bueno que lo prevenga,
para que naides me venga
con «lárgueme un papelito,»
que ando atrasao: y maldito
sea quien causa mis males,
y estas pendencias fatales,
y los revulucionarios,
y los maulas Unitarios,
los brutos Federales...
Que todos como en rodeo
tienen a la paisanada
infeliz y aniquilada
con el sitio y el bocleo:
y siga afuera el cuereo,
la guerra y la destrución,
porque allá cierta faición
pretende que un triste ñato
nos suelte por Liebre un Gato
que nos araño en montón.
Entre tanto, acá a imisiones
nos vamos adelgazando,
y por junto van quedando
unos cuantos barrigones:
y hacer estas reflexiones
es tarea peligrosa,
porque anda tan cosquillosa
la gente de cola alzada,
que a la más leve palmada
cocea por cualquier cosa.
Pero, ¡qué! yo no me asusto,
ni hago en mi opinión gambetas:
así diré en mis gacetas
lo razonable a mi gusto;
y si se enoja el Injusto
¿cómo lo he de remediar?
Ya me han hecho arremangar;
y al diablo, si me relincha,
he de apretarle la cincha
hasta hacerlo corcoviar.
Siendo así, el más bien montao
de esta o de aquella faición,
si espera una adulación
mía, vive equivocao:
porque a mozo bien portao
ningún gaucho me aventaja,
y, si nunca saqué raja,
procediendo así, lo fundo
en que «naides en el mundo
sabe para quién trabaja.»
Luego, a juerza de esperencia
y de tanto desengaño
que he sufrido, no es extraño
que aprecio con preferencia
vivir con independencia
de todo aquel que se eleva,
cuando el mundo me comprueba
la idea que siempre tuve
de que... ¡quien más alto sube,
más fuerte porrazo lleva!
Creo que a ninguno muerdo
con mi modo de decir,
y que dará a colegir
que no soy gaucho muy lerdo;
de balde a veces me pierdo
de poncho entre los tapiales
por trajinar cuatro riales
a la taba, creanló:
que no saben lo que yo
más de cuatro gamonales.
Y si saben, les importa
recordar ¡cuánto han sufrido
los veinte años que han vivido
con bozal y a soga corta!
y no comerse la torta
que el Diretor quiere darnos,
con intención de empacharnos
parejitos a la vez:
y otros veinte años después
a su antojo embozalarnos.

Lamentos a Vuecelencia el diretor provisor

Señor: medio a mi pesar,
Dios y la Virgen lo sabe,
a lo gaucho en tono suave
me le voy a lamentar.
Para eso quiero largar
cada semana un papel
pensando decirle en él
la verdá, y tenga pacencia,
pues no ha de ser Vuecelencia
menos que don Juan Manuel.
No seré desvergonzao,
ni embustero, le prometo:
ya sabe de que Aniceto
es gaucho humilde y bien criao.
De balde estoy agraviao
y flacón por Vuecelencia:
y es de pública evidencia
que me atrasó sin razón;
pues, ni así pienso, patrón,
tratarlo con insolencia.
Con la verdá por delante
de firme le alegaré,
como es justo, y como que
es rigular que me aguante:
pues cuando fue comendante,
aunque ya era temerario,
no fue entonces mi contrario,
sino gaucho de los míos,
y, como yo en Entrerríos,
ñato y Salvaje Unitario.
Por eso de allí apuraos,
juyendo como ñandú
en redota a Paisandú,
nos guasquiamos asustaos:
y llegamos escaldaos
de la corrida tan fiera;
y entonces naides creyera
que Vuecelencia emplumara...
pero, hace punta y dispara,
asustao como cualquiera.
Luego a la Federación
Vuecelencia se pasó
y a los Salvajes dejó
llamándose a narigón
y de ahí principia, patrón,
su carrera relumbrante,
pues pelechó en un istante
favorecido por Rosas, y por otras muchas cosas
que diré más adelante.
Por ahora permitamé
dejarle la punta adentro,
hasta después que al encuentro
nuevamente le saldrá;
y el cargo le formaré
de todas las maravillas
que ha hecho hasta el día a costillas
del pobre Restaurador:
aunque sentiré, señor,
tener que hacerle cosquillas.
(Continuará.)


Nº 2
Buenos Aires. - Mayo 25 de 1853.

Cortesías
AL PROGRESO

Reconociendo, señor,
su cacumen en la cencia,
se le ofrece a la obedencia
Aniceto el Payador, qui ni a gaucho ni a cantor
contrapuntiarle pretiende;
pues veo que usté lo entiende,
y que sin muchas parolas
a quien le suelta las bolas
a la fija se las priende.

AL NACIONAL

Aparcero Nacional:
GALLO el cantor lo saluda,
pues lo aprecea sin duda
con un cariño cabal.
Ansí, usté por el igua
debe apreciarme, en el caso
en que usté y yo, paisanazo,
por nada nos encogemos;
y a la Patria defendemos
pico a pico y brazo a brazo.

A LA LANCETA

Mi señor de la Lanceta:
Dios lo guarde y lo bendiga,
y le permita que siga
apretando como aprieta:
y en cuanto a la Recoleta,
ande, ¡ojo al Cristo! no sea
que cuando Vd. menos crea,
de algún modo el Diretor
le mande hacer el favor
de sacarle una manea

AL ZAPATO

Caballero del Zapato:
para servirle me brindo,
porque usté calza muy lindo
y no es zapatero ñato.
Así deseo su trato,
y mucho favor me hará
almitiendo mi amistá,
que es cuanto puede ofrecer
un gaucho sin más tener
que una güena voluntá.

AL BRITIS-PAKE

En tiempo del Estoraque
que encontró don Juan Manuel,
largaba cierto papel,
titulao el Bristi-Pake,
un Inglés de mal empaque...
y otras diabluras que callo
por respeto a su tocayo
el Bristi-Pake de hoy día,
a quien esta cortesía
le rinde Aniceto el Gallo.

Brindis que pronunció Aniceto en la mesa del Sr. teniente coronel Rodríguez el día 16 del presente.

A salú del escuadrón
y del señor comendante
que se llevó por delante
el día trece un cañón:
y del criollo guapetón
que al tiro le prendió el lazo;
pues debe ser juerte el brazo
que tal armada largó,
como el pingo que arrastró
a la cincha el chimborazo!


Nº 3
Buenos Aires. -Junio 3 de 1853.

El Pagamento

El 28 de mayo me lo madrugue a mi amigo el imprentero, al levantarse de la cama... que la tiene en el mesmo caserón, pero en otro cuarto muy rumboso, todito pintao y con estampas colgadas: y luego unos trastos primorosos y hasta chuces y cueros de tigre tendidos por el suelo... Como que es hombre ricachón.

Es de alvertir que yo iba algo chamuscao, porque esa madrugada estuve en jarana en la Batería nueva de Mester-horno, en donde con los soldaos del coronel Chanagusia y los Guardias Nacionales del coronel Bustillos, y otros mozos del ejército todos mansitos para las moras, y alarifes para arrebatarles vacas a los Urquizanos; y como eso nos es cosa fácil, les recogimos una punta de ellas en la tarde anterior, y luego, por supuesto, nos pusimos las botas: y échele vino superior, que para eso cada soldao de la Patria tiene trescientos cincuenta pesitos todos los meses y buenas cacharpas de abrigo.

En fin, todos, y yo particularmente churrasquié a mi gusto, y luego medio en chaucha me vine a lo del imprentero.

Cuando llegué a la puerta, me topé con un moreno, entrando con una tipa llena de carne, patos y gallinas, y muy peinao; el cual al verme se paró de golpe, y abriendo tamaña boca, dijo:

-¡Ché! ¡Mirá el Gallo! Entre, señor, que en aquel cuarto está el patrón en bata.

-¿En bata? ¡Qué lindo!

-Sí, señor, ya está levantado: vaya usté, asómese a esa puerta que tiene entreabierta, y lo llamará al momento, porque ya es hora en que el señor patrón empieza a recibir a los operarios.

-¡Ah, moreno ladino!

-Bueno, amigo, le dije: y enderecé al cuarto mencionao, que mesmamente tenía entreabierta una puerta, y por la rendija lo estuvo vichando al hombre, que estaba sentao repatigándose en una silla de barbero, toda retobada, y vestido con una leva de pana, de color como yaguané, que le cubría hasta las tabas; una golilla de lana envuelta en el cogote; una gorra negra sumida hasta las orejas, y con un cigarro en la boca del tamaño de una macana; y por último leyendo embelesao en un gacetón de la mesma marca y tamaño de un montón de gacetas fresquitas que tenía al lao. En fin: después de vicharlo y que le tomé la filiación, me resolví a meter la mitá del cuerpo y le pegué el grito:

-¡Que Dios me lo guarde, patroncito!

-¡Oh, famoso don Aniceto! Adelante. ¿Cómo está usté?

-Alentadito, señor: y a usté, ¿cómo le va yendo?

-Perfectamente, amigo Gallo.

-Me alegro mucho.

-Gracias: yo también me alegro de ver a Vd. tan bizarro con ese uniforme de Guardia Nacional, y esa gorra que le sienta a Vd. muy bien en la cabeza.

-Dispense, patroncito, no me la he quitao, porque es contra ordenanza.

-Hace Vd. muy bien, puesto que yo estoy de gorra igualmente: ¿no lo ve usté?... y así me lo paso siempre en este tiempo.

-Ya lo creo, señor: en el día, por acá se usa mucho el vivir de gorra no más.

-Cierto: porque en el invierno la gorra es un mueble muy cómodo, sumamente económico y muy abrigado.

-Debe ser, desde que a todos les acomoda, y desde que me dicen que a muchos les abriga hasta la barriga, mayormente a ciertos nutriales que diariamente reciben gorras en los botes que vienen de Palermo. En fin, Dios los ayude. ¿No sabe a lo que vengo, patroncito?

-Dirá Vd., amigo Gallo.

-Al tiro le diré, señor, que vengo ganoso de pagarle los riales que le debo por las dos gacetas que me ha impresao.

-Como Vd. guste: aunque eso no corre prisa.

-No correrá prisa, señor, pero corre riesgo; en primer lugar, porque yo no me escuendo en la descubierta; y luego porque soy arca llena y arca vacida; y por las dudas, velay tiene la plata en que ajustamos, y cien pesos más de remojo para el mocito aquel que hace de apretador en la imprenta. ¡Ah, mozo vaquiano!

-Corriente, hará que se le entregue el tal remojo al mocito; y gracias por mi parte. Pero, mire usté: aquí me ha dado quinientos pesos de más y a sus pies... se le ha caído otro billete de mil pesos. ¡Canario!

-siempre anda Vd. cargado de billetes; parece que fuera Vd. banquero, ¿eh?

-Eso es porque acostumbro ser banquero entre los míos.

-¡Es posible! ¿y cómo le va a usté?

-Sigo echando güeno. Sí, señor.

-¿Cómo dice usté?

-Digo, que sigo acertando siempre.
-¡Ah! sí, sí: ya he visto el acierto con que usté ha publicado su periódico, que varios le han aplaudido, y que a todos les gusta leer el Gallo.

-De balde... patroncito. ¡Ja, ja!

-¿Cómo de balde, señor Aniceto

-Óigame, señor: digo que de balde me quiere usté ilucinar, porque en mi tierra yo sé con los güeyes que aro.

-Sí sabrá Vd., no lo dudo; como que sabrá darme hoy alguna noticia respecto a la situación.

-¿De cuál sitiación, patroncito?

-De la nuestra, o más claro, de la de Buenos Aires en la presente lucha.

-Yo, señor, lo único que sé de la sitiación, es que estamos sitiaos, y que así mesmo, la patria de la ciudá a la de ajuera le lleva la media arroba en la razón y en el arrempujón; y por eso, en tocándome a caballo, muento en cualquier hora, y me siento bueno para forcejiar por la causa justa en contra de todo tirano. ¿No le parece que hago bien?

-Seguramente: hace Vd. muy bien: y dígame: ¿Qué juicio se ha formado Vd. de la constitución de que se habla ya? ¿La ha leído usté?

-¡La custitución!... ¿de qué?

-La Constitución que ha sancionado ya el Congreso de Santa Fe, que es la que yo estaba leyendo, aunque estoy de purga; y luego voy a mandarla repartir al público, pues aquí se han impreso dos mil ejemplares. ¿No ve usté? todos estos impresos son de la Constitución.

-¡Barbaridá! ¿De veras?

-Sin duda: y ¿qué piensa Vd. de la Constitución?

-¡Ché! eso es velorio, patrón.

-¡Cómo, velorio, señor Gallo! todo lo contrario: a mí me parece un asunto muy serio, desde que ya ha sido aceptada por el Director, quien ha prometido respetarla.

-No eche pelos, patroncito, mire que su Ecelencia creo que no sabe hasta ahora lo que es la Custitución: y además es hombre que promete mucho; pero, como es de muy mala memoria, a veces no cumple nada.

-Pero, hombre: esta vez por lo menos respetará los mandatos del Congreso soberano.

-¿Soberano? recúlele el soberano, y créame por conclusión, que para el general Urquiza no hay nada soberano en el mundo, porque (perdonándome la mala ausiencia) el Diretor es un peine, ¡ahi-juna! capaz de mandar desgarretar por gusto a todos los costitucioneros y a la custitución en ancas. Y últimamente, yo no aguanto más custitución que la de que en mi tierra mande un criollo, sea del pelo que fuere como sea hombre de bien; y no que nos venga a sobajear cualquier forastero diablo, así retaciándonos la provincia, y arriándose las vacas para carniarlas en los saladeros de Santa Fe: y yo no digo que esto sea en los saladeros del Diretor, porque es hombre que no sabe ajeniar, pero sabe afusilar a un pobre gaucho, porque saca un par de botas de potro. En fin, me voy a retirar, patroncito, y me...

-No, no: espere Vd., amigo Aniceto, y...

A este tiempo entró el moreno ladino con una bandeja cargada de copas y tazas, y un calentador aonde venía ya la agua hirviendo; de ahí una chocolatera y una limeta de ron, me pareció al echarle el ojo. Y todo se lo acomodó en una mesita dorada; y ésta la puso frente a las rodillas del imprentero, y atrás de la mesita, como a una vara de distancia, estaba otra silla grandota, barrigona y aforrada en cuero verde muy relumbroso.

Luego que el patrón se acomodó la mesita medio entre las piernas, me dijo con agrado:

-Vamos, amigo D. Aniceto, siéntese Vd. con franqueza en ese sillón, estrénelo usté y me acompañará a tomar una taza de café y una copa de buen coñac, todo lo que puedo ofrecerle a Vd. por ahora.

-¿De coñato, decía?

-Sí, de coñac: ¿qué, no le agrada a Vd. este licor?

-Señor, a mí siendo juerte, me gusta aunque sea lejía.

-¡Bravo! eso es ser buen soldado: vamos, siéntese Vd., que ya la agua está hirviendo y voy a preparar el café que tomaremos a salud de la constitu...

Y el hombre no acabó la palabra, porque en ese istante yo de golpe le asenté las nalgas a la silla a macho: ¡ah, Cristo! y había estao inflada, de suerte que me enterré hasta las aujas, y en la sumida alcé las patas, y con ellas suspendí a los infiernos la mesita con cachibaches y todo: y por desgracia la caldera de agua hirviendo se le derramó al imprentero en el mismísimo cogote: de ahí pegó un alarido y entró a sacudirse.

Y yo me desenredé de la silla y acudí a arrancarle la leva por aliviarlo al hombre; pero un diablo de mastín bayo, parecido al perro del Diretor, se me echó encima furioso, de suerte que tuve que pelar el cuchillo, porque el mastín me acosó tanto que me hizo recular y subirme a la cama del patrón: la mesma que, en cuanto me le trepé, se sumió hasta lo infinito; y abajo, entonces se rompió no sé qué cosa insufrible, porque los mozos que acudieron a los gritos del patrón entraban haciendo gestos con las narices, y así lo hallaron al imprentero desollao desde la nuca hasta la raíz del espinazo; al perro con cuatro mojadas y ocho tajos; y a mí lleno de mordiscones; finalmente el moreno, a la cuenta medio en chicha o asustao, para limpiar el chuce de junto a la cama del imprentero, echó mano de unos papeles que se habían desparramao en la tremolina; y, vea el diablo! habían sido las gacetas de la maldita Custitución, que tuvo la culpa de todo.

Por último, yo me salí apestao y renguiando, dejándole a un mocito mi Gallo nº 3, que quién sabe cómo saldrá.
El amigo del NACIONAL se ha equivocao, y dispense.

Digo bien, aparcero; pues, sin duda, usté andaría, con la vista ñublada como el 25 de Mayo por la mañana, cuando quizá se acercó usté a ver las estautas de la Pirami, y dice de que vio a la libertá mirando al Sur. ¡Ah, mal haya! pero, no, amigo: no estaba así, sino que las figuras estaban... velay cómo

-La Libertá, en figura de Porteña, estaba como sacándole el cuerpo a un Tigre Entrerriano que lo tuvo muy cerca, y hasta ahora lo tiene, me parece: ello es que la Libertá sin duda por eso que está mirando al río, como diciendo: me largaré a lejas tierras, si los defensores de Buenos Aires no me defienden de este animal de Montiel.

Luego: en ancas de la Libertá estaba la Anarquía chuciada, y mirando a San José de Flores, como diciendo: ¡ah, Director mío!

De ahí... la Justicia sí que está frente al Sur, pero con un facón de punta sobre unas balanzas, y mirando de rabo de ojo a la Polecía, como diciéndole: «no te descuides con el peso del pan y los porotos, porque los almaceneros también se están poniendo las botas con borlas.»

Después, en otra esquina de la Pirami está la Esperanza medio tristona y de sabanilla, y arrecostada en una cosa ansí como un anzuelo grande, y como diciendo:

«Me voy a pescar al río para alivio de los pobres enfermos.»

¡Pero, qué necesidá tiene doña Esperanza de irse a pescar al bajo del río, si, con echar su anzuelo ahí no más en la plaza grande, pescará a muchísimos zurubises! porque ahora con la peste de las virgüelas ha salido un cardumen de esos pescados, de suerte que no se ve otra cosa por las calles de Buenos Aires; y ansí con esa pesca se podrá aliviar la hambruna que también hoy es peste en el hospital de la Residencia, pues aun cuando entra a la ciudá muchísima carne diariamente... ¡No te oigo en el hospital!

Al mesmo tiempo la Esperanza estaba mirando a la catedral, como diciéndole: «no te aflijas, que te acabarán en cuanto el Director entre a Buenos Aires y respete la Constitución.

Esto es, aparcero Nacional, lo que yo he comprendío de las figuras del 25 de Mayo, y creo que, si no digo la verdá, raspando le pasaré.

¡Blan!! ¡Blan!! ¡Blan!!
La tarde del campaneo
de alarma, en las ofecinas,
vide a un montón de gallinas
en un puro cacareo.
¿Y el fusil? pregunté yo.
Cocoró... có.
Entre tanto los Naciones,
por la causa entusiasmaos,
iban en puntas armaos
a ofrecerse en los cantones.
¡Ah, cosa! eso me agradó.
Cocoró... có.
Luego en esa noche anduve
allá por los andurriales,
aonde con los nacionales
bien acompañao estuve,
cerquita del pororó.
Cocoró... co.
Y extrañé a unos mocetones
de esos de letra menuda,
que, apenas medio estornuda
un cañón en los cantones,
se largan al arro-ró.
Cocoró... co, cocoró... co.

Salutación del gaucho Jacinto Cielo al 18 de julio de 1830.

El sol de este día vio
jurando al Pueblo Oriental,
ser obediente y leal
a las Leyes que fundó.
Jacinto también juró
respetarlas y cumplir,
lo han de ver, sin desmentir
que es Patriota verdadero,
y que sin ser altanero
GAUCHO libre ha de morir.
¡Ah, malhaya, los paisanos
todos como yo cumplieran,
y qué de abrazos se dieran
este día como hermanos!
Que esos Rosines tiranos
morderían nuestro suelo,
y yo tendría el consuelo
de decir: «ya se acabó
la lucha que lamentó
el gaucho Jacinto Cielo.»

Carta certificada y súplicas De un cordobés de los sitiadores, al cual se le juyó la mujer y se le ha venido al pueblo

¡Viva la confederación!
¡Mueran los salvajes unitarios!
Corrales de Miserere, a 30 de mayo de 1853.

A mi mujer:
Trajiná, ché, Estanislada,
vos que andás por la ciudá,
y haceme la caridá
de mandarme una frezada:
que antenoche con la helada
cuasi me he muerto de frío;
pues, te asiguro, bien mío,
que acá el poncho que me han dao
lo puedo meter holgao
en la vaina del cuchío.
Y si podés avisarme
con toda siguridá
por qué lao de la ciudá
sin riesgo podré colarme,
decime, para largarme
con mi ñañita y Martín,
que está como un chunchulín
de flaco, pues aquí no hay
ni algarroba ni patai,
ni arrope ni piquillín.


SEVERO PUCHETA.

Noticias de pajuera
Dicen de que el Diretor
de la docena del fraile,
el veinticinco dio un baile
de lo lindo lo mejor...
En celebridá de que
el veintitrés a la noche
la Custitución en coche
le llegó de Santa Fe...
Junto con la dotorada
que tuvo la complacencia
de traérsela a Vuecelencia
a su gusto remendada;
Y que la cosa se jura,
luego que los congresales
haigan cobrar unos riales
que les deben por la hechura.

AVISO DE POR SAN JOSÉ DE FLORES

El que quiera en este pago
reírse de una disparada,
no tiene más que nombrar
a la LEGIÓN ITALIANA.
Y si la nombrada fuere,
allá, medio entre dos luces,
verá que los TERUTEROS
empluman como avestruces.

LA RETRETA

Anoche anduve de paseo por la retreta, que tocó muy primorosamente la música de la ¡LEGIÓN VALIENTE! y al pasar yo frente a una moza muy linda, como son todas las Porteñas, sentí que decían: «¡Jesús, qué gaucho tan zonzo y bullicioso.»

Entonces yo les pregunté, receloso, si soltaban esa indireta por mí; y me contestaron: «no, señor Gallo; lo decimos por ese general guarango que todas las noches nos aturde a cañonazos como si con esa brutalidad quisiera asustarnos. ¿No le parece a Vd., señor Aniceto, que todo eso no prueba sino bestialidá? Como igualmente eso de pegarle fuego a una mina, y destruir una casa de un infeliz, aprovechándose de la suspensión de armas del 25 de Mayo.»

-Dejen ustedes no más, paisanitas, les contesté: que en cuanto a prenderles minas, el día que se ofrezca, ya verán los teruteros cómo, desde las trincheras hasta San José de Flores, les ponemos las chacras y las casas, y a ellos adentro todos patas arriba. Y Dios les dé muy buenas noches.

Alvertencia a los aguantadores y renegaos

Si un imposible no fuera
para mí en la situación
ladiarme de la cuestión
y hacerme José de ajuera,
saltaría la tranquera
y ganaría un cardal,
o en cualesquier abrojal
lamentaría el destino
de haber nacido argentino
y no poder ser nutrial.
¡Ah, Cristo! ¡Quién presumiera
que esta tierra desdichada
no quedara sosegada
luego que Rosas cayera!
y hoy vean en qué leonera
la patria se ha convertido.
Así, los que han combatido
a Rosas con tanto afán,
como yo, quizás dirán:
«más vale un mal conocido»...
Porque yo que no aspiraba
nada más que a trabajar,
y para eso sin cesar
contra Rosas forcejeaba,
en lo que menos pensaba
era en verme, trajinao
y en las cuartas enredao
por el hombre del Pograma,
aquel de la larga fama
a quien yo mesmo he cuartiao.
Ese a quien hoy lo rodean
y le fingen atenciones
una punta de adulones
que desollarlo desean;
pero esos ruines no crean,
de balde son tan lagañas...
ablandarle las entrañas,
porque don Justo es mal bicho...
y tengan presente el dicho:
«El que tiene malas mañas...»
Y el día que se amostace
y se le hinchen las narices,
a todos como a perdices puede ser que los enlace:
a la fija ya se me hace
¡que han de chupar de Caracas!
háganse no más petacas...
que redepente don Justo,
si no los cuelga por gusto,
los estira en cuatro estacas.
Vayan no más por la oveja
(como él dice) los Porteños,
lléguense los pedigüeños
y ándenle siempre a la oreja,
lo verán como se deja
bolsiquiar alguna vez;
pero, a lo tigre después,
a Cristo, si se le allega,
del manotón que le pega
le baja la media res.
Ya ven que se los alvierto
a todos los adulones,
renegaos y mogollones,
anden con el ojo abierto;
porque el Diretor, de cierto,
hasta montar es blandito,
pero ya encima, repito,
que por más que les afloje,
el día que se le antoje,
les ha de limpiar el pito.

Nº 4
Buenos Aires. - Junio 13 de 1853.

Vamos hablando formal y para los míos

Desde que comencé a escrebir esta Gaceta, creyendo merecer un agrado de todos, me veo en continuos apuros, pues cada vez que suelto el Gallo me aturden a quejas, a pesar del esmero que pongo para que lo lleven a las casas de todos los alistaos, ecétera, como me decía en un tiempo el comendante Yuan das Botas.
-¿Se acuerdan?

Pues, sí, señor: muchas ocasiones me lamento y hasta reniego a veces de haber tomao el cargo de Gallero que tanto me calienta; pero luego me enfrío, moralizando en mi pecho el que quizás no seré yo sólo el único Gaucho apurao en el día y en esta tierra, aonde contemplo los aprietos en que se encuentra todo un señor Diretor de la docena del flaire, desde que se metió a organicista y custitucionero, pretendiendo solamente agradar a los Porteños, y luego afirmársele nada menos que ¡diez años! de la primera sentada a la silla inflada del Gobierno de la Ciudá:

arrejando a salir patas arriba en un pueblo, que ya está acostumbrao a no aguantar un Gobernador diez años, sino a tener ¡diez Gobernadores por año! gracias a la organizadura que Vuecelencia le dio después de la zapallada de Caseros, ecétera, ecétera.

¡Qué barbaridá, la casaca por aonde le da! ¡y luego el empeño que pone el señor Diretor para hacer estirar la docena del flaire hasta catorce provincias y un pico para él! Pero ¡qué pico! nada menos que la ciudá de Buenos Aires, aonde V. E. parece que ya está aquerenciao, desde que es éste el pueblo que ha separao para venirse a gobernar holgadamente con la Custitutión, por la cual tendrá la facultá de hacer, si quiere, hasta tres provincias de ésta, y en ancas la mamada de disponer de la Aduana lechera, como así mesmo del Banco de la moneda, y últimamente de la obedencia de todo el porteñaje de casaca o de poncho; y al fin también del clubo, ese clubo encantador de las Porteñas lindas, con las cuales sueña Vuecelencia el que ya se les viene a bailarles la contradanza, etc., etc.

Después empezará la organizadura en regla, mandando que gaucho ninguno porteño o provinciano pueda nunca tomar un trago, ni jugar a la brisca, ni comer carne con cuero, porque los gauchos de Entrerríos así le obedecían en un tiempo; que ahora, sigún dicen, le han perdido el respeto a tal punto, que el otro día, ahí mesmo en San José de Flores, como sesenta Entrerrianos de la escolta de S. E. le alzaron el poncho, y lo echaron a la Pu...nta de San Fernando, y... ¡viva la libertá!

Dejuramente: ¿hasta cuándo quiere el señor Diretor que lo aguanten los pobres paisanos, y mucho menos que anden haciéndose matar por él, ni por naides, saliendo a campaña todos los días, trayendo sus caballitos y cangallas? ¿y carniando flaco cada tres días a veces, y sin pitar, ni tomar mate, mientras el Diretor viene en galera y con tres carretas de golosinas para él solo?¿O se presume ser más gaucho ni más hombre que naides? ¡Diaonde! Después que cayó D. Juan Manuel, es zonzo todo el que pretenda gobernarnos como quiere D. Justo; y cada criollo sabe ya que vale tanto como el que más, por la LEY y su derecho.

-Cabalito.

De balde ahora se nos viene haciendo el sarnoso por engatusarnos más con las galantías de la Custitutión Urquizana, y con galantías y todo nos tiene amolaos peliando unos con otros, comiéndonos las vacas y acabándonos los mancarrones, y sin poder acabar la guerra después de tanto crédito de que presumía cuando vino a voltiar a Rosas con los 25 mil hombres prestaos; y ahora salimos con que por junto ha mandao traír a los pobres Cordobeses, diciéndoles que venían solamente para amuchar, y el caso es, que con ellos está amuchando los dijuntos de la Recoleta...

¡qué lindo!

Vamos, el señor Diretor se presumió que porque los Porteños, ya cansaos de las guerras, para que se acabasen, le juyeron en Caseros, acá en el pueblo le han de recular, y ajuera le han de sufrir a la helada, mientras que Su Ecelencia noche por noche se lo pasa en las casas de San José de Flores, calientito bailando con las muchachas, ecétera.

-¡No te oigo! después que sacó las uñas en Palermo, asigún lo que nos cuenta el paisano Ceballos en la conversación de más abajito. Óiganle.

Diálogo
Que tuvieron en el Cuartel del Retiro el día 30 de mayo último, entre el paisano Salvador Ceballos recién pasao del campo enemigo, y Anselino Alarcón, soldao de la guerrilla de caballería del mayor Vila

Al fin, amigo Alarcón,
de golpe me le aparezco:
¡eh, pu...cha, que está gordazo
con los pastos!...

ALARCÓN : ¡En el pueblo
usté, señó Salvador!
¿cuándo ha llegao, aparcero?
adelante, vengasé,
deme un abrazo primero:
y eche un trago.

CEVALLOS: Vaya, amigo,
confortaremos el pecho
a su salú: ¿cómo está?

ALARCÓN : Siempre alentao, aparcero,
y en este instante algo más
con el gustazo de verlo,
pues yo lo hacía en su pago
o en algún montejuyendo,
sigún lo que platicamos
la última vez.

CEVALLOS: ¡Qué canejo!
si ahora como siete meses,
en la playa del rodeo,
un novillo de tres años
me atracó un golpe tan fiero
que me postró enteramente:
y estando en mi rancho enfermo,
vinieron los Urquizanos
que hoy mandan a los Porteños,
y de orden del Diretor,
en una arriada que hicieron
de cuatro viejos quebraos,
yo les serví de siñuelo,
y amarrao codo con codo,
a pesar de hallarme enfermo,
hasta los Santos Lugares
como un Cristo me trujieron,
y al llegar me asiguraron
en la estaca un día entero:
y después que me trataron
como se trata a un malevo,
de soldao de infantería
me echaron al campamento.

ALARCÓN:¡Barbaridá! ¿Y su familia?

CEVALLOS: Hágase cargo, aparcero
mi mujer y la muchacha,
del julepe, al verme preso
lo que nunca, atrás de mí
la grimiando se vinieron
sin más prendas que el rebozo
y la camisa del cuerpo.
Así en la mayor miseria
conmigo en el campamento
han sufrido cuatro meses,
al triste abrigo de un cuero
y en la mayor desnudez,
sin más vicios ni alimento
que caracuses y achuras
de unos toros como perros.

ALARCÓN: ¡Infelices! pues, amigo,
aunque me alegro de verlo,
endeveras le asiguro
que me asiste el sentimiento
de que usté se haiga venido,
dejando en aquel infierno
a su familia...

CEVALLOS: ¿Qué dicé?
mal me reputa, aparcero:
la osamenta, creamé,
hubiese dejao primero
que abandonar mi familia,
no lo dude, acá la tengo.

ALARCÓN: ¡Es posible!
¿se ha venido
mi aparcera?

CEVALLOS: Por supuesto:
y la muchacha también;
las dos están en el pueblo.

ALARCÓN: ¡Qué me cuenta! y diga: ¿cómo
ha conseguido todo eso,
entre las dificultades
que se cruzan, sigún creo?

CEVALLOS: Sin duda, hay inconvinientes;
pero, arresgando el pescuezo
de puro desesperao
la noche del aguacero,
cargué la arma y con mi corvo
enteramente resuelto,
con Petrona y la muchacha,
gatiando del campamento
salimos a media noche
por entre zanjas y cercos,
y al fin por unos barriales,
ya levantando y cayendo,
a eso de la madrugada
nos colamos en el pueblo,
sin tener en la cruzada
novedad, gracias al cielo.

ALARCÓN: ¿Y aonde dejó a la familia?
Vaya, tráigala ligero,
a ver si la acomodamos...
y después platicaremos.

CEVALLOS: Ahora no puedo, en razón
que en el río están en cueros
lavando las pobrecitas
la única ropa del cuerpo;
que la demás en el pago,
cuando atrás de mí salieron,
toda quedó en la petaca,
allá a lo de Dios que es bueno
y además mi cangallaje
y el asador y el mortero,
la olla y otros trastecitos,
que a la fecha, por supuesto,
andarán por lejas tierras,
o colgados a los tientos
de los organizadores
o los custitucioneros,
entre los cuales hay hombres
que oírlos nombrar mete miedo.
¡La pu....janza en los paisanos!
Vaya, vaya, estamos frescos,
con todo el montoneraje
que ha salido en este invierno;
de forma, amigo Alarcón,
que yo que estaba tan lejos
de entrar en guerra ninguna,
hoy de agraviado me siento
con el alma atravesada:
y de veras, le prometo
no recular de la raya,
y morir como Portello
en defensa de mi tierra,
aonde claramente veo
que pretende suyugarnos
un Entrerriano embustero.
Ésta es la pura verdá;
y no me digan por esto
el que a ningún provinciano
lo trate con menosprecio;
no, señor: siendo Argentino
a todos los apreceo;
y mandando por la ley y la razón, yo respeto
a Sanjuanino o Riojano,
o Vallista o Santiagueño;
pero me opongo de firme
a quien le viene fingiendo
cariños al porteñaje
y custitutión y enriedos,
para después a su antojo
pisarnos en el pescuezo.
Contra ése he de forcejiar,
luchando hasta caírme muerto.

ALARCÓN: ¡Ah, criollo lindo! eso sí,
no hay que aflojar, compañero:
acá entre la porteñada
tener custiones podemos
por esta o la otra razón:
al fin nos arreglaremos;
y si, acaso, entre nosotros
no más nos sacudiremos:
pero, eso de que un foráneo,
venga de ajuera a imponernos
y a mandar en nuestra tierra
como quien manda carneros,
y a fomentar las discordias
a retaciar nuestro suelo,
dividiendo la provincia
como está soñando hacerlo
el Diretor... que lo aguanto
el diablo, que yo no puedo sufrirlo, aunque por desdicha
hay más de cuatro Porteños
que, al interés miserable
de que les dé algunos pesos,
al mismo que los humilla
se le agachan hasta el suelo.
¡Qué tristura!

CEVALLOS: Mesmamente:
hay más de cuatro paisanos,
no sólo de aquella banda
sino también de este lado,
a los cuales les debemos
la situación en que estamos:
y no se puede decir
de que todos sean gauchos,
porque hay paisanos entre ellos
que presumen de letrados,
y con toda su experencia,
y luego, viendo tan claro
las pretensiones de Urquiza,
se le recuestan... ¡Barajo!
de ningún modo, a esos hombres
no es posible disculparlos,
porque en cuanto pisó Urquiza
en Palermo, amostró el fallo,
y que lo dejaba atrás
a Rosas en lo tirano:
porque éste tiranizaba
a un pueblo que era contrario
a sus arbitrariedades,
y que lo andaba aguaitando
para darlo contra el suelo hasta que logró voltiarlo.
De balde el tal Diretor
presume de puro vano
que venció a don Juan Manuel
sólo él con los Entrerrianos
¡vea qué balandronada!
Aonde sabemos, paisano,
de que si Rosas cayó
fue porque lo abandonamos
los Porteños en Caseros:
cosa que hicimos pensando
que Urquiza nos cumpliría
las promesas del Programo,
que nos echó de Entre Ríos
cuando el 1º de mayo,
y con el cual por desgracia
logró el hombre engatusarnos,
de suerte y conformidá
que en Caseros le aflojamos,
que, sino, se hubiera vuelto
para su tierra mosquiando
por lo menos: y después
que allí le facilitamos
el triunfo, o la zapallada,
¿cómo se portó ese ñato
con el pueblo y la campaña
que lo recibió en sus brazos
y le hizo tantos cariños?
Oiga, voy a relatarlo.
Tras del humo de Caseros vino a Palermo bufando,
y al otro día no más
entró a matar a lo diablo
a los pobres prisioneros,
sin reparar el grado,
y haciendo tirar los muertos
de carnada a los caranchos:
y para aterrar al pueblo
que acudía voluntario
a ver al libertador,
y aplaudirlo y contemplarlo,
en la entrada de Palermo
ordenó poner colgados
a dos hombres infelices,
que después de afusilados
los suspendió en los ombuses,
hasta que de allí a pedazos
se cayeron de podridos
y los comieron los chanchos.
Luego... empezó a señalar
de salvajes Unitarios
de Porteños damadogos,
de Federales bellacos,
de Cordobeses piojosos,
de Gringos desvergonzados,
y a meter fuego y cizaña
entre todos los paisanos...
que de nombres y partidos
ya se habían olvidao.
Luego... en moneda atrapó trece millones del Banco,
y de a doscientos mil pesos
les largaba a sus ahijados,
como ese tal Tragaldaba
a quien le había aflojao
cincuenta mil antes de eso,
porque le andaba orejiando.
Entre tanto en los barriales
de Palermo, amontonaos
cuasi todos sin camisa,
estaban sus Entrerrianos
(como él dice) miserables,
comiendo terneros flacos,
y vendiendo las cacharpas
para pitar un cigarro:
mientras que su general
comía dulces y pavos;
y que a ciertos adulones,
que sólo iban a enredarlo,
les largaba de a cien mil
por antojo o voraciando.
En seguida a Buenos Aires
(que venía a libertarlo),
desde Palermo no más
ya comenzó a desplumarlo,
llevándose el armamento
de todo el Parque, y los barcos,
las balas y los cañones,
las músicas, los vistuarios,
la pólvora, las monturas,
las carretas, los caballos,
y por fin, como cautivos,
por no decir como esclavos,
setecientos infelices
de los morenos y pardos,
que a Calá fueron a dar
a servirle de soldaos...
Y luego con las Provincias
terminó por enredarnos:
diciendo, «que Buenos Aires
quiere tenerlas abajo,
y que le paguen tributos,
y que la Duana y... el diablo
no podría imaginarse
lo que Urquiza ha maquinao
para poner nuestra tierra
en el miserable estao
en que la vemos... ¡Ah, Cristo!
¡qué hombre tan rudo y tan malo!
cuando tuvo la ocasión
de calzársela en el mando
con el aprecio de todos
los Argentinos honraos,
que lo hubiésemos tenido
en las palmas de las manos,
toda vez que con la ley
nos hubiera gobernao,
no querer mandar así...
sino a su modo, a guascazos:
y ¿cómo hemos de sufrir,
no le parece, amigazo?

ALARCÓN: ¡Qué sufrirlo! que lo aguanten en su tierra o en sus pagos,
que en ésta ya concluyó
el poder de los tiranos.

CEVALLOS: Cabalito: pues, amigo,
voy a ver si voy al bajo
a buscar a la mujer
y trajinar un caballo,
y luego me volveré.

ALARCÓN: Pero no a pie, paisanazo:
velay tiene acá un apero
de los dos que tengo a mano;
tome, y como cosa suya
ensille y muente ese bayo,
y péguele una tantiada:
verá un pingo soberano
para cuando necesite
meniar lata...

CEVALLOS: En ese caso
yo creo que la pereza
no me llegará hasta el brazo
de suerte que su cariño
no puedo menospreciarlo,
de forastero y a pie
como me encuentro, amigazo.

ALARCÓN: ¡Qué cariño! quitesé;
muente pronto y vaya al bajo
a buscar a la familia,
que yo aquí con un asado,
¡cosa linda! y vino duro,
a merendar los aguardo
y luego a la nochecita
con las hembras nos largamos
a bailar en un cantón
del comendante Obligado,
adonde los Nacionales
dan esta noche un fandango,
y allí, si baila el chotiso
su hija, lucirá su garbo;
y usté amanecer pudiera
con un yerno currutaco.
Porque en ese batallón
los mocitos son el diablo
y yo sé que adonde quiera,
desde el comendante abajo,
para el amor y pelear
toditos son como gallos.
En fin, ya va siendo tarde
y yo me siento delgao:
con que, a traír a su familia
lárguese, amigo Ceballos.

CEVALLOS: Muy bien, será hasta lueguito.

ALARCÓN: Hasta lueguito, paisano.


¡ERA EL AYUDANTE FELLONICO!

Sobre una tumba florida,
a hombros de los Nacionales
y sus compañeros leales,
iba en la flor de su edá...
Un ITALIANO sin vida,
que parecía animoso
decir: «¡Así un valeroso
muere por la Libertá!»


AL SEÑOR JEFE DE POLECÍA

Por la Virgen de Dolores,
patrón de la Polecía,
le suplico que algún día
apriete a los pescadores, que están haciendo primores
diariamente en el Mercao,
habiéndolos licenciao
para que puedan pescar,
y no para trajinar
a este pueblo desgraciao.

Envite que recebí para el baile de los Guardias Nacionales del 1er batallón, el día 30 del mes pasao.

A don Aniceto el Gallo
Cantón de los Porteños crudos, a 30 de mayo de 1853.
Amigo y compañerazo:
Hoy hacemos un fandango
algo más de rigular,
pues le vamos a largar
flauta, violín y changango:
para la gente de rango
que cairá entre el porteñaje;
y habrá mate, y beberaje,
y Paro en que divertirse:
con que así, puede venirse
a quejársele al hembraje

Esto no se echar panes al ñudo, porque así fue.



(Diálogo que tuvieron el otro día, después de una guerrilla en las avanzadas, dos garabineros guerrilleros nuestros, de la gente del comendante DON Comosellama: pues como hay tantos comendantes, yo no los conozco a todos: pero es cierto que tuvieron este diálago los soldaos de caballería JOSÉ VERGARA y LUCHO VIÑALES. ¡Qué peines!)

VIÑALES:Vaya, aparcero Vergara,
¿qué hace que no desensilla?
ya lo vide en la guerrilla
floriarse en su malacara: ¡Mire que le han menudiao
esos brutos! ¿No es verdá?
¡si fue con termeridá:
vaya, a que lo han aujeriao!

VERGARA: ¿Diaónde, amigo, se afigura
que me pillaran turbao?
¿No ha visto que les he dao
a tres en la matadura?
Porque un terutero al cuhete
salió y me vino a toriar,
y en cuanto lo hice apartar
le cerré piernas al flete.
Lueguito, él me hizo los puntos,
pero cerquita me erró:
y ahí no más le dije yo,
¡contáte entre los dijuntos!
Ahi-juna! ¡si en la rompida,
cuando quiso disparar,
siete güeltas le hice dar
de una pechada fornida!
Ni fue preciso más que eso
para del todo aplastarlo,
pues conseguí desnucarlo
tronchándole hasta el pescuezo
VIÑALES: Mesmamente, lo hemos visto,
y cuasi, cuasi rompimos; pues en la guardia estuvimos,
hágase cargo, ¡ojo al Cristo!
Pero no quiso el teniente
que ninguno se cortara,
porque dijo: «con Vergara
para tres hay suficiente.»

VERGARA: Pues mire el diablo, así fue:
yo no sé diaonde salieron
otros dos que se vinieron,
y ya me los agaché:
que usté sentiría el ruido,
pues los dos me cerrajaron
y ni el pelo me tocaron,
tan solo sentí el chiflido;
y al que venía puntiando,
de balde me hizo gambetas,
le prendí por las paletas
y lo dejé pataliando.
Luego eché la tercerola
a la espalda en el momento,
y más ligero que el viento
amartillé la pistola,
que el último ya se me iba
pero al tiro lo alcancé,
y en cuanto me le atraqué
lo puse patas arriba.
De ahí agarré los fusiles
y a la avanzada volví,
y al teniente se los di:
¡qué teruteros tan viles!

VIÑALES: Ándese no más ufano,
que yo le he de preguntar
si así piensa retozar
de aquí a unos días, paisano,
cuando con sus doce mil,
que dice que tiene Urquiza,
nos venga a sacar la friza.

VERGARA: ¡Qué mecha para un candil!







Nº 5
Buenos Aires. - Junio 22 de 1853.


CABALLEROS:
Éste es el GALLO nº cinco y tarja: porque al fin, del reñidero aonde me metí he salido tan lucido como un zaino parejero, que pensó lucir su viveza bajo las caronas de un soldao terutero, el cual últimamente lo largó al pobre pingo en el bajo, aonde lo vide el otro día flaco, uñerudo y rabón; porque hasta la cola le habían comido las yeguas de pajuera.

Por esta razón el Gallo, antes de quedarse enteramente desplumao y sin cola, dirá lo que decía un Andaluz:

Abur, Perico,
ahí te mando ese Gallo
que clava el pico.

Ésta no es chanza
Memorias de una audencia de Sancho Panza

Gracias a Dios que me he sacao el lazo del compromiso, en que me puse con el noble auditorio de esta Capital Federal y capada al gusto y satisfaición del señor don Sancho... me equivoqué: del señor don Justo quise decir, pero con el verso de la audencia le atraqué don Sancho a Vuecelencia.

Pues, sí, señores: yo les ofrecí a los puebleros, por empeño de la mocita aquella del fandango, el que les escrebería cinco Gallos al mes, los mesmos que he soltao, desiando agradar a todo bicho, y en la punta a mi amigazo el gacetero del Nacional, que me hizo el cariño de darme una música en su Gaceta para acreditarme con el Porteñaje cuando yo solté mi primer Pollo.

EL SARGENTO ANICETO EL GALLO
En traje de Guardia Nacional de Caballería

Yo no sé si el amigo Nacional se dará por bien correspondido del Gallo, pero se me afigura que los caballeros alistaos a mi gaceta, ni naides podrá quejarse, diciendo que Aniceto anduvo lecheriando para escrebir los cinco Gallos prometidos al mes, desde que en el nº 1 les largué un Pollo de ley, y luego cuatro Jacas hasta la presente: y toda esta fatura por diez pesos que, en el día, de alfalfa se los almuerza cualquier Diputado del Congreso.

¡Ah, hombres tragones! Lo mismo que el Diretor: con sólo la diferencia de que entre todos los congresudos pueden tragárselo a Vuecelencia, pero don Sancho... ¡dale con don Sancho!... el Diretor solo, redepente se ha de tragar a todos los diputaos. ¡Qué buche!

De ahí resulta la grandísima afición que Vuecelencia lo tiene a la Gobernaduría de Buenos Aires, aonde hay tan buenos bocaos, particularmente pichoncitos; y por eso el hombre se lambe por venirse a gobernar en la Capital hasta las Conchas de un lao, y por el otro hasta la Ensenada: con arreglo a la capadura que de nuestra Provincia y por la Custitución de moquillo ha hecho el divino Congreso del Carcarañá para llenar los deseos del organicista.

¡Qué brutos son los que dicen

que la Virgen es la luna!
ansí son los congresudos
que sueñan la capadura.

¿Con que, nada menos que la Capital hasta las Conchas?... ¿Y la Ensenada? ¡Friolera! Y los gauchos porteños que tenemos a gala en ir a pasiar a nuestro Buenos Aires, ¿por qué nos quiere apartar? ¡Han visto! a la cuenta será para que V. E. se venga con su general Crespín y el gobernador Babas a retozar en la tierra de los generales porteños guapazos que peliaron noblemente por la gloria y grandeza de Buenos Aires; y que nunca sembraron choclos ni zapallos en nuestra provincia para venderlos ellos solos, y privarles ese recurso infeliz a los pobres paisanos, como los generales de aquel lao del Paraná. Vaya, vaya pues, no es nada el tamaño de la Capital que quiere para su recreo el señor don Sancho: ¡qué majadería!... el señor don Justo.

Entonces: si el hombre se acomoda en una capital de este trecho, el diablo que le dé palmada ni lo pille a tiro para merecerle una audencia de aquellas que supo dar antes de hacerse Diretor, cuanto redepente se acomodó de Gobierno en las casas y en la mesma silla del viejo Restaurador don Juan Manuel.

¡La pu...janza, el modo de dar audencia que usaba el Diretor de Buenos Aires entre la porteñada! oigan cómo las daba; y esto es la verdad peladita.

Pues, señor: un día, allá por el mes de mayo del año pasao, como a las once de la mañana, desde Palermo, V. E. se largó de poncho, y llegó a la casa principal del Restaurador.

Se apió el hombre en la puerta, y de poncho no más, como por su casa, se coló echando plantas y sin mirarle a la cara a naides.

Al verlo entrar medio atufao, todo el mundo le sacó el cuerpo y el sombrero, y así que pasó el zaguán, atrás de él, pero en puntas de pieses, se largaron como sesenta pretendientes de todo pelo y edá, siguiéndole el rastro hasta el fondo del caserío, aonde trepamos todos por una escalera enroscada: y allí arriba Vuecelencia se entró a una sala con las paredes platiadas, y atrás de una mesa muy linda y muy grande había una silla lucida de pana colorada, en la cual el señor Director se sentó medio como envaretao y dijo que: ENTREN TODOS.

¡Ah, Cristo mío, si esa audencia fue cosa de reírse y de llorar! Yo estaba medio cerca de la puerta, cuando a la voz de «ENTREN todos» atropellaron como unas quince viejas que me llevaron por delante hasta adentro, y entonces vide que Vuecelencia frunció el gesto al ver las veteranas; pero, así que comenzaron a entrar las muchachas, se alegró el señor Director y le bailaban los ojitos. Luego entró el machaje de todo tamaño, y otra güelta Vuecelencia se puso seriancón, y templando el pecho dijo: «siéntense.»

A la voz de siéntense, las mujeres, por ganar las sillas que estaban junto al señor Diretor, se amontonaron y se sentaron como jugando a la gata parida, siempre a vanguardia las más veteranas: entretanto las mozas se quedaron más atrasito, cosa que le desagradó al Diretudo. Luego los hombres nos quedamos en pie y formaos hasta de a cuatro de fondo, esperando que nos llegara la audencia y sin resollar naides. Y yo atrás de todos sin pestañar.
Al fin me llamó la atención el oír que Vuecelencia le dijo a una señora de las más allegadas a la mesa:

-¿Qué quiero usté, señora? vamos a ver.

-Señor. Yo soy la infeliz viuda del coronel...

-Bueno: si es viuda, déjese de lástimas. ¿Qué se le ofrece?

-Señor: permítame Vuecelencia explicar...

-Está bueno: diga de una vez.

-Señor general: solicito algún socorro por cuenta de mi viudedá y en consideración a los servicios de mi finado... esposo, en la guerra de la Independencia.

-¡Umb!... ya salimos con la independencia: y ¿a quién le sirvió su marido?

-Señor general, mi esposo sirvió a la patria con los generales Belgrano y San Martín.

-¡Umb!... y, ¿aónde murió su marido?

-Señor: desgraciadamente en Montevideo.

-Y ¿a qué se fue a Montevideo?

-Emigró, señor, porque lo perseguía el general Rosas.

-¡Ésa es mentira, señora! El general Rosas no ha perseguido a naides. Y si su marido se fue a los Salvajes de Montevideo, para unirse a los Gringos, vaya usté a que la socorran en Montevideo...

Entonces la pobre señora, tragándose la saliva, dio un suspiro, y se salió al tiempo que Vuecelencia le preguntó a un oficial porteño:

-Y usté, ¿qué anda queriendo? ¿ya viene por la oveja?

-Señor, vengo de necesidá a pedirle...

-¡Para tomar caña! ¿eh? lárguese, no embrome.

El oficial dio media güelta, y alzó moño con la cara larga, cuando otra señora con dos niñitas se acercó a Su Ecelencia, porque éste la llamó y le dijo:


-¿Qué busca usté con estas muchachitas?

-Excmo. Señor: vengo con ellas a implorar la clemencia de Vuecelencia, porque son güérfanas y desamparadas.

-¿Güérfanas? ¡hay tantas! y ¿cómo son güérfanas?

-Señor: porque el infeliz padre de estas niñas fue degollao en el año cuarenta, junto con el coronel Linche y otros desgraciaos...

-Bien hecho: por salvajes unitarios. Vaya con Dios, señora, no me venga con cuentos atrasaos.

Y la pobre señora se largó asustada, como sacando a la rastra a las muchachitas, que salieron abriendo tamaños ojos y chupándose el dedo.


-¿Y usté? (dirigiéndose a otra señora bizarrota): ¿qué quiere, señora?

-Señor: desearía hablar a Vuecelencia reservadamente, porque aquí hay tanta gente...

-Déjese de reserva; en mi audencia no acostumbro tapujos, hable claro y pronto, ¿qué quiere?

-Pero, señor general; por lo menos permítame Vuecelencia hablarle despacio.

-¡Umb!... ¡qué misterio! bueno, hable como quiera.

-Señor (le dijo despacito), yo soy la viuda de fulano a quien Vuecelencia ha conocido.

-¡Ché! ¿usté es la mujer del salvaje unitario fulano, que se pasó a los Franceses de Montevideo para venir con los extranjeros y peliar a don Juan Manuel Rosas? Váyase, señora, y dé gracias a Dios de ser viuda, porque su marido en eso fue un pícaro traidor.

-¡Pero, señor! Mi marido entonces creyó justo hacer lo mismo que Vuecelencia ha hecho ahora, trayendo a los Brasileros para pelear con los Argentinos, y para voltiar a don Juan Ma...

-¡Cállese la boca, la salvajona!... ¡Venga uno y eche a la calle a esta desvergonzada! ¡habrase visto grandísima...!

Y la señora se salió muy fresca dejándolo a Vuecelencia caliente, a punto que con los ojos cuajaos de sangre le soltó una mirada a un mocito pueblero que estaba por delante de mí, al cual le preguntó el Diretor muy retobao:

-¿Y usté, mocito, qué quiere?

-Vengo, Exmo. Señor, en representación de las señoras propietarias de los terrenos en que Vuecelencia ha mandao establecer el campo de inválidos, y...

-¡Ah, grandísimo pícaro! ¡Tinterillo! mándese mudar a escrebir artículos demagogos en el Nacional. ¡Miren qué traza!- Y el mocito salió al trote con el rabo entre las piernas y riyéndose de miedo o de la audencia. ¡Qué barbaridá!

-¿Y usté? (a una federala): vamos a ver: ¿qué quiere?
-Señor: vengo por la razón de que yo hice una presentación para Vuecelencia, pidiéndole que por los atrasaos de mi dijunto, que murió en la banda del señor don Juan Manuel, peliando contra los salvajes en el sitio de Montevideo, el que se me pagaran esos atrasaos; pero como Vuecelencia le ha puesto a mi presentación: «Archívese», los escrebientes de abajo no me quieren largar ni la plata ni el papel.

-¿Y yo, qué tengo que hacer con lo que don Juan Manuel le debe a su marido, ni qué darle a usté por los atrasaos?

-¿Cómo no, señor? Si Vuecelencia mesmo le ha puesto la cosa de Archívese.

-Pues bien: si yo le he puesto esa cosa, mejor para usté. ¡Vaya con Dios!

-Pero, señor ¿y cómo he de hacer, si no me largan ni la plata ni el papel?

-Amuélese. ¿Ya sabe?

-Pero, señor: y ¿quién me paga entonces?

-Vaya a que le pague su agüela la tuerta.

Y la pobre federala salió mirándolo de medio lao a Vuecelencia y con la boca cerrada, pero inflando los cachetes como cuisito; a la cuenta lo iba pu...ti...ando al Diretor: que no se fijó en ella porque se dirigió a un jefe que allí estaba, con traza de veterano, y le dijo:

-¿Y usté quién es, y qué busca?

-Señor general, soy el comendante Tal que tengo 25 años de servicios a la patria, y que últimamente hice la campaña de Caseros en el ejército a las órdenes de Vuecelencia, y hasta ahora no he sido socorrido.

-¡Umb! fundillos caídos, ¿eh? Siempre pedigüeños: aguante, amigo, como aguantan los buenos federales servidores de la patria.

-Sí, señor: pero Vuecelencia no sufre lo que yo a la par de mi pobre familia.

-Cállese: no sea atrevido. Mándese mudar. ¿Oye? y, ¡cuidao! Al momento se salió el hombre con tres cuartas de narices y sin más replicar.

Luego el Diretor le preguntó a otra señora de ojos azules, pero madura:

-Vamos a ver a usté: ¿qué se le ofrece, señora? -Y ésta le habló bajito al Diretor, quien le atajó luego la palabra diciéndole:

-Eso no es verdad, señora: su marido, cuando fue gobernador, fue un traidor a la causa de la federación, y vendió su provincia a los Porteños; y los hijos de usté fueron unos malevos, que el uno anduvo haciendo diabluras con Lavalle y el manco Paz, hasta que el general Rosas lo agarró y lo mandó afusilar... en lo que hizo muy bien; porque así manda la ordenanza, que a los oficiales resertores los afusilen. Y a su otro hijo lo mató Fulano, en tal parte: bien empleao, por barullero; y últimamente toda su familia era y será salvaje unitaria. Con que así, vaya con Dios, que yo no puedo atender sino a los federales; y... vení, arrimate vos: (le dijo a un soldao militar), ¿qué querés?

-¿Quién? ¿yo, mi general?

-Sí, vos. Ya te conozco: sos de los pedigüeños de Gualeguaichú, ladrones de caballos: y, ¿qué andás haciendo en el pueblo?

-Señor: esta mañana he salido recién del hospital, aonde he estao enfermo; y, como me veo tan atrasao de ropa, venía...

-¿Y dónde has echao la ropa que trajiste de Entre Ríos? o ¿no trabajaste allá para vestirte hacer la campaña?

-Sí, señor: allá vendí una yuntita de güeyes que tenía, y con eso me acangallé; pero, como me lastimaron en la aición de Caseros, se me perdieron las maletas con ropa y todo.

-¡Umb! y ¿cómo no has robao otras maletas?

-¿Cómo podía, pues, señor, estando lastimao? y luego en el ejército naides puede trajinar: si no, Vuecelencia los dijuntea a los vivos.

-Está bueno: andate no más; después platicaremos. Alléguese usté, paisana, le dijo en seguida a una medio moza que se le puso al frente y...

-¿qué trai? vamos a ver.

-Yo vengo, señor general, a pedirle justicia contra un barquero uropeo, que hizo un trato conmigo de unas carretas, que a nombre de Vuecelencia me llevó para Entre Ríos, y ahora recién ha vuelto el barquero y no me quiere pagar, y por eso venía...

-¿No le paga? está bien empleao, para que no se meta a tratar otra vez con los gringos, habiendo tantos criollos con quien ajustarse.

-Pero, señor. ¿Cómo es eso de con los gringos? porque mi marido era gringo, y muy hombre de bien, y muy servidor en esta patria, sin hacerle trampas a naides; de suerte que yo...

-De suerte que, mándese mudar: ya le dije.

-¡Josús! ¡Josús de mi alma! ¡qué gente tan majadera! dijo luego una vieja de antiojos y traza de hurón que se vino arrimando a la mesa, y a la cual el señor Diretor le dijo:

-¿Diaónde sale? ¿Cómo está?

-Para servir a Vuecelencia, Exmo. Señor general.

-¿Qué anda haciendo?

-Ando, Exmo. Señor, en muchísimos trabajos: ¡sea todo por Dios! Esta mañana me vine a oír misa a San Francisco, para de allí cruzar a la botica del Inglés a comprar este frasco de espíritu de Léter, que es santa cosa para los acidentes; y luego vine al Mercao a tomar esta docena de güevos para hacerle remedios a la niña menorcita.

-¡Umb! ¿A cuál niña?

-A la de quince años, señor general, ¿no se acuerda Vuecelencia que le dio un ramito? Pues desde esa ocasión está la niña muy enfermita de una especie de pocondría, tan triste, que dicen los médicos que no se le quitará sino sacándola a pasiar, continuamente, y en coche, por esos recreos de Palermo.

-Pues bueno: cúrela y sáquela a pasiar por allá.

-¡Pues no la he de curar... madre mía y señora del Carmen! para asistirla estoy haciendo unos sacrificios...

-Hace bien, cuídela, cosa que sane pronto... y ya le digo, llévela a pasiar.

-¿Por Palermo, señor? y ¿cuándo?

-Cuando le dé la gana.

-Muy bien, Vuecelencia, la llevaré, así que se amejore, aunque tengo miedo que me la muerda, señor...

-Si ya no muerde Purvis: (97) gruñe no más; vaya sin miedo.

-¡Josús! yo le tiemblo al Purvis; pero con la siguranza que Vuecelencia me da, iré más animada.

-Está bueno: vaya con este hombre. -¡Venga, coronel!

-Señor.

-Vaya con esta señora; diga que le den una orden para que la remedien con quinientos pesos por lo pronto.

-¡Josús de mi alma! ¡qué ángel del cielo es este libertador! Dios lo conserve eternamente; dijo la santulona, rumbiando atrás del adecán para un rincón, aonde estaba la ofecina de los quinientos... Y fue el caso que después que entró el adecán, cuando iba a colarse la vieja, la atropelló un ternero (me pareció), y era el perro Purvis que venía al trote, arrastrando una guasca con una lazada en la punta. El mastín, apenas olfatió a Vuecelencia, cerca de la vieja no más, pegó un gruñido, y abriendo tamañas quijadas espantó fieramente a la veterana: la cual, queriendo juirle, metió una pata en la lazada del cabresto de Purvis que, al sentirse sujetao, en primer lugar, del tirón despatarró a la vieja y sobre el lazo se dio güelta, y le pegó una sacudida de mordiscones, revolcándola sobre el frasco y los güevos rotos que habían estao podridos.
Por último: mientras Vuecelencia se reía y mandó sacar a Purvis de encima de la vieja, el resto del auditorio salió despavorido, echando diablos, y yo en la punta: concluyendo la audencia de un modo espantoso por la aparición del famoso Purvis, rastreador y mordedor como el señor presidente NONATO de la Capital hasta las Conchas.


Cuatro preguntas
Que le hace al Director un granadero del 1er batallón de línea de Buenos Aires

Pero, dígame, señor:
¿qué hace en San José pintando,
después que echó la balaca
de que venía a tragarnos?
¿Cómo es eso, Diretudo?
¡qué! ¿trata de andar gauchando
por las orillas no más?
¡Vean qué andarse empacando!
entonces, ¿cómo presume
venir a diretoriarnos?
y si nos reímos al fin,
se ha de salir enojando.
Endurezca y atropelle,
mire que si anda lerdiando
puede que le rezonguemos
el día menos pensado,
y también que lo saquemos
hasta su tierra mosquiando.
¡Vaya, vaya! Y... digamé:
¿de miñoca, cómo andamos?
ya sabe que el porteñaje
está todo acostumbrao a tener mucha moneda,
y a gastarla voraciando;
y asigún lo que me cuentan
los que se vienen pasaos,
Vuecelencia anda flacón,
o fingiéndose atrasao:
y siempre haciendo promesas
pero, yerba, ni tabaco...
no les da a esos infelices.
No sea, pues, tan ingrato;
lárguele a esa pobre gente
siquiera para cigarros,
que, a costa de ellos, bastante
Vuecelencia ha manotiao;
o al menos denos licencia
para medio remediarlos:
cosa que haremos a gusto,
porque al fin somos paisanos,
y «entre güeyes no hay cornadas;»
y luego por este lao,
a decirle la verdá,
no estamos tan desaviaos.
Pero, allá, sus teruteros
da compasión el mirarlos,
y en prueba de la evidencia,
atienda el siguiente caso:
A la Casa de Gobierno
fui el otro día buscando
cierta cosa, y al entrar
vi que estaba tiritando
el centinela en la puerta; y eso que estaba abrigao
con dos ponchos ¡superiores!
buena casaca de paño,
una gorra, ¡cosa linda!
pantalones y zapatos.
-Con que, yo le pregunté,
¿por qué tirita, paisano?
y el mozo me contestó:
-Quite, amigo; si me ha dao
chucho de ver a ese pobre:
y me señaló un pasao
que acababa de llegar,
y allí estaba acurrucao
en un rincón del zaguán,
temblando como un pelao:
y esa mesma tardecita
lo vi al pobre acangallao.
Infeliz! -Y ¿digamé,
señor Diretor. ¿Qué diablo
le ha hecho el coronel Pinedo
viniéndose con los barcos?
¿Cómo es eso que la escuadra
también se le ha resertao?
¿ya empieza el resfaladero?
Pues, señor, eso está MALO!
no se deje trajinar.
¡Qué! ¿no puede sujetarlos
ni con la Custitución?
¡Ah, criollos! ¡si son el diablo para eso de someterse
a un presidente guarango!
De balde por allá ajuera
lo andan algunos palmiando:
créame lo que le digo:
eso es para embozalarlo.
Ya le alvierto que lo engañan
los Porteños, y que al cabo
los de afuera y los de adentro
se han de unir para aventarlo
a la loma del Infierno;
pues todos, desengañados,
vemos ya que Vuecelencia
es también ¡FUNDILLOS CAÍDOS!
desde que no se nos viene
y nos larga un ¡VALE CUATRO!
¡juerte! a ver si nos asusta;
y estamos viendo, al contrario,
que allá en San José de Flores
se lo pasa cabuliando
con su recua de dotores
que lo siguen enredando:
que yo, en su lugar, patrón,
a todos esos bellacos
se los mandaba a Videla
o a Benítez amarraos,
para que estos los foguiasen
a la par de sus soldaos,
a costillas de los cuales
echan plantas esos diablos
congresudos enredistas.
Véalos si se han turbao
eligiendo a Buenos Aires
de capital, calculiando
venirse a la chupandina,
sin más riesgo ni trabajo
que estar tragando y bebiendo
y en las casas paroliando,
mientras pelean para ellas,
y se matan los paisanos
unos con otros. ¡Ahi-juna!
Nada, señor, de soldaos,
échelos a las guerrillas
a todos los diputaos,
como hacen acá en el Pueblo
con los más encopetaos.
Ahora, tocante a guerrillas,
creo que estará informao
que el otro día arronjó
el viento a la playa un barco,
al cual la Teruterada
se descolgó a trajinarlo
y que de acá el mayor Vila
con unos cuantos soldaos
salió de curiosidá,
pero como son tan guapos
los Teruteros, lueguito
a meter bulla empezaron;
y el comendante Villar,
al verlos alborotaos,
salió con los Correntinos
que siempre andan desganaos,
y al decirles... vamonós,
hasta en pelos se largaron, y del primer rempujón
¡a la gran... punta se arriaron
a todo el Teruteraje
que hacía bulla en el bajo.
Luego, por la Recoleta,
en la barranca asomaron
los infantes tamangudos,
de Vuecelencia, y ganaron
las quintas y las zoteas,
y a balazos se trenzaron
con los Guardias Nacionales
del comendante OBLIGADO,
sin que éstos les recularan
la pisada de un chimango.
Y por fin, mi batallón,
cuesta arriba al trote largo,
a bala y a bayoneta
a las casas nos trepamos,
y de allí hasta los corrales
como a burros los arriamos,
y nos reímos largamente
del ruido de los tamangos
que por los calcagüesales
iban los pobres largando.
Antes de eso la trepada
cuasi nos costó muy caro,
porque al cruzar un portillo
por aonde salió puntiando
mi comendante CONESA,
que va siempre adelantao,
allí, por el mesmo medio
de las orejas del blanco,
un Terutero alarife
le descargó un trabucazo,
que estornudó el comendante
con el humo del tabaco;
pero en seguida no más
le cerró piernas al blanco
y atropelló al Terutero...
¡que disparó echando diablos!
De ahí subimos a la torre,
y estuvimos repicando
a salú de Vuecelencia:
y por fin, al abajarnos,
un flaire de San Francisco
de gusto me soltó un pavo,
y yo al cura del Socorro
se lo largué de regalo,
por verlo tan guapetón,
que nos vino acompañando
junto con el sota cura,
que también de aficionao
se vino a la Recoleta,
y anduvo allí entreverao
dando vivas a la Patria
y alentando a los soldaos,
y sin llevar ni un facón
para algún lance apurao.
Con que, señor Diretor,
creo dejarlo informao de todo lo sucedido,
y también aconsejao
de que... ¡abra el ojo! no sea
que algún mal intencionao
lo traiga un día a la Plaza
con Purvis acollarao.


Al señor comendante de los españoles

Pero, dígame, señor:
¿Diaónde diablos ha sacao
esa gente tan guapaza?
¡la pujanza en el ganao
que es bravo hasta lo infinito!
y no van a punto errao,
porque es: ¡Tum! ¡y muerto al suelo!
¡Vayan a matar venaos,
que eso es ya barbaridá!
antiyer se han dijuntiao
como ochenta Teruteros;
y con ganas se han quedao,
pues se venían lambiendo
al retirarse embarraos:
así el Diretor con ellos
está tan incomodao,
que ayer dijo en San José,
fieramente retobao,
que todos los Españoles
han de ser desgarretaos.
Con que, ya se lo prevengo
para que anden con cuidao.
EL ZURDO.