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viernes, 23 de febrero de 2007

Aniceto el Gallo : gacetero prosista y gauchi-poeta argentino



Las milicias de Rosas Y episodio de Camila Ogorman
Montevideo, octubre de 1843.

Donato Jurao, gaucho hacendado de Buenos Aires, y enrolado en los regimientos de milicias de la campaña, escribe a su mujer que se halla en Montevideo, acompañando a una tía suya, la carta que va a continuación de la siguiente Dedicatoria a Rosas. Si hay algunos lectores tan escrupulosos que duden de la autenticidad de la carta, no habrá empeño en convencerlos; porque los sentimientos expresados en ella son tan verdaderos, y tan fiel la pintura de las vejaciones, crueldades y engaños que allí se sufren, que la mayor parte de los que han sido arrastrados a los campos militares, en que el gobernador Rosas tiene sujeta a la población de la campaña, expresarían los mismos lamentos que Donato Jurao, si tuviesen libertad para hacerlo.


Dedicatoria
Señor don Juan Manuel Rosas.

Aunque parece repecho
muy cuesta arriba en el día,
largarle esta versería,
será la última que le echo;
y quedaré sastisfecho
desde hoy para eternamente
si me aguanta la presente,
en desquite de ¡veinte años!
que me hace en pagos extraños
rodar miserablemente.
Esos son los que he rodao,
juera de dos de un tirón
que me tuvo sin razón
con grillos y encarcelao;
y ocho meses que apretao
en el PONTÓN me sumió:
a más, lo que le escribió
usté al difunto Anchorena...
que me matara, y de pena
ese hombre no me mató.
Luego en la Banda Oriental
por fortuna me anidé,
y de atrás me salió usté
persiguiendo a lo animal;
y allí me tuvo a corral
atrasao y delgadón;
pero así mesmo, patrón,
ya no volveré a escrebirle
para darle ni pedirle
ninguna sastifaición:
Porque con esta versada
en que voy a maltratarlo,
sin volver a molestarlo,
mi cuenta está chancelada.
Pienso no deberle nada,
y en caso que usté me deba,
la media arroba me lleva:
pues, como anda bien montao,
me daré por trajinao
sin pedirle cuenta nueva.
Tan solo, si yo pudiera
del gobierno recularlo,
y de su tierra aventarlo,
le asiguro que lo hiciera;
desiándole que se viera
pobre y fundido algún día;
aunque usté se llevaría
todo lo que ha manotiao, después de haber difuntiao
tanta infeliz gauchería.
También, ojalá mudara
con el pellejo su maña,
pero usté es víbora extraña
y eso juera cosa rara.
Ansí no le veo cara
de que se amanse jamás,
cosa que lo hace incapaz
para buen gobernador:
siendo ansí tan matador,
y con lo ajeno voraz.
Si quiere mudar, de cierto,
un consejo le daré:
no mate, ni... pero ¡qué!
si es predicar en disierto,
y como tirarse a muerto,
presumir que usté, paisano,
mientras viva lomo sano...
pueda componerse y mude
de... pero, en fin, ¡Dios lo ayude!
Y ansí, quedamos a mano.


Donato Jurao a su mujer Andrea Silva.

Parte primera
Buenos Aires, agosto 20 de 1848.
Mi más apreciada esposa.

Tan infortunao he sido
ausente de ti, mi cielo,
que no he gozao el consuelo
hasta hoy de haberte escrebido,
a causa de que en tu ausiencia.
enfermo y por desventura
al pie de la sepultura
me he visto con evidencia.
Ahora por felicidá
me siento medio alentao,
favor que me ha dispensao
su Divina Majestá; y al colmo de mi deseo
he sabido, dueña mía,
que acompañando a mi tía
seguís en Montevideo.
Siguro de esto, ya ves,
tomo la pluma y te escribo,
anhelando que al recibo
de esta carta disfrutés
cabal salú, sin que sea
por desdicha interrumpida:
cosa que con alma y vida
mi fino amor te desea.
Luego con todo mi afeto
me es placentero decirte,
que también al escribirte
tengo el amoroso ojeto
de anunciarte mi partida,
y cuando menos pensés
a tu lado me tendrés,
si Dios me presta la vida.
En esta confoirmidá,
si acaso andás por venirte,
paso también a decirte
que te aguantés por allá,
de cualquier modo que sea:
no te meniés, ya te digo;
y si no es junto conmigo,
no te me vengás, Andrea.
Porque esto se va poniendo
otra vez endemoniao,
y asigún he olfatiao la cosa se va frunciendo
Pero, china... ¡por la Virgen!
con naides me platiqués
de esta carta, si querés
no ser vos mesma el origen,
para que don Juan Manuel
me enderece al matadero:
mirá, mi bien, que no quiero
tener más cuentas con él...
Porque cuando está alunao
es diablo y escarbador,
y más atropellador
que toro recién capao:
y hoy más que nunca le tomo
olor a tigre; por esto
más de cuatro, por supuesto,
andamos hinchando el lomo.
Yo al menos he de cabriar,
y creo cosa sigura
que si viene una apretura
a mí no me ha de apretar;
porque apreceo mi vida,
y viendo el lance venir,
no he de aguantar a salir
como a la gala parida.
En fin, me voy alargando...
que ni sé cómo me voy;
mesmamente, porque estoy
atolondrao y cismando, con la última atrocidá
que hemos visto ante de ayer:
¡cosa que ha hecho estremecer
la campaña y la ciudá!
Ya sabés, china, que yo
tengo una alma de reyuno,
y que suceso ninguno
en la vida me espantó;
pero ha pegao un bramido
don Juan Manuel, tan feroz,
y es tan sangriento y atroz
el horror que ha cometido...
Que ha de ser más que insensible
el hombre que no se ensañe,
y luego se desengañe
con este golpe terrible,
¡que solo un don Juan Manuel,
pensando el caso, ha podido
matar a quien no ha nacido
de un modo feroz y cruel!
Y por tener aterrada,
y en costante humillación
a toda la población
de esta tierra desgraciada,
brama Rosas, y «¡aquí estoy!
(le dice a esta gente vil),
¡como en octubre y abril
siempre el mesmo TIGRE soy!»...
¡Ahi-juna!... y se presumía de que ya estaba blandón;
pero con tal manotón,
como el que ha dao en el día,
han ido a dar al infierno
las creencias de la criollada,
que hoy anda más achuchada
que pelaos en el invierno.
Pues, con un par de alharidos
que suelta cuando se enoja,
se limpia a quien se le antoja;
y de ahí todos encogidos
los paisanos se amedrentan
pero ¡cómo!... que los ata
un hombre solo, y los mata
a unos, ¡y a otros los ahuyenta!
¡Cristo! si el diablo me lleva,
cuando veo en casos tales
a porteños federales
temblando ganar la cueva,
sin saberse defender,
ni hacer más que acoquinarse
y en el peligro asustarse,
como animales al ver...
Cuando en el campo voltean
a una res entre el ganao,
que apenas la han degollao
los novillos la olfatean;
y ahi se empacan tiritando,
de la sangre alrededor,
y allí un ruin enlazador
solito los va voltiando.
Y... ¿qué hacen en tales casos
los torunos que igual suerte
deben sufrir, y la muerte1
ven con tamaños ojazos?
Se asusta la novillada,
y el gaucho así la degüella,
porque un toro no atropella
y le atraca una cornada.
Y olvidando, de terror,
su fortaleza en los cuernos
para echar a los infiernos
de un bote al degollador...
toro que logra escapar
con vida en esa voltiada,
muere en la otra, sin que nada
le importe, a fin de engordar.
Velay la comparación
mas perfeta y aparente,
que yo le aplico a esa gente
cuando oigo en la situación
que el porcentaje se queja,
y no hace más que entregarse
al cuchillo y agacharse,
sin mezquinar ni la oreja.
Y mientras no los asusta
don Juan Manuel y los mata,
si les deja ganar plata
y comer, ¡todo les gusta!...
¡Qué vergüenza! En esta tierra, donde nacieron famosos
argentinos valerosos,
que han vencido en tanta guerra...
ver que hoy a los federales,
desde el dieciocho de agosto,
se les hace el campo angosto
de asustaos a lo baguales.
¿Y las hembras?... ¡Virgen mía!
toditas, las más picudas,
hoy las tenés como mudas
suspirando noche y día.
Luego, los curas y beatas,
en particular los flaires,
hoy andan en Buenos Aires
más espantaos que las ratas,
cuando acuden al olfato
de la carne en la ramada,
y ahi mesmo de una emboscada
se les deja caer un gato.
Ahora, entre la soldadesca
y el gauchaje, ¡Cristo mío!
si querés dejarlo frío
al que más terne parezca,
largale estas espantosas
palabras que hacen temblar,
y verás si al pronunciar
¡SANTOS LUGARES DE ROSAS,
hay hombres que a esta expresión
endurezca y no te afloje,
sintiendo que se le encoge
el alma y el corazón!
¡Ay, Andrea!... ¡qué te cuento!
por Dios... no te me asustés
al decirte... que podés,
desde este triste momento,
ir encomendando a Dios
al pobre... ¡Anima bendita!
nuestro padrino el curita,
el que me casó con vos...
No hay mas alivio, llorá,
mi vida, y no le dejés
de rezar, ya que sabés
que pasó a la eternidá,
después que le desollaron
las manos y la cabeza,
¡barbaridá! y atrás de esa
el viernes lo afusilaron,
de orden del Gobernador,
sin-más alcalde ni nada
que el mandato y la humorada
del tigre Restaurador...
Yo me encontré por desgracia
en ese amargo momento
cerquita del campamento
con mi cuñada Damasia,
mujer de ánimo fortacho:
pero se hallaba preñada,
y ese día de asustada
corno muchas largó el guacho
Velay el fin tan funesto
que el pobre cura ha tenido;
y ojalá hubiera querido
Dios que no fuera más que esto;
pero hubieron todavía
una máquina de horrores,
y... escuchá los pormenores
de ese clamoroso día.
Esto es lo que me han contao
y he oído generalmente,
a una voz, entre la gente
con la cual he platicao.
Diz que el curita ¡infeliz!
como hombre, la vez pasada,
en una calaverada
salió haciéndose perdiz,
junto con una mocita
donosa que engatusó;
y que también se largó
en las ancas del curita.
Es de alvertir que la moza
no era una mujer cualquiera:
al contrario, dicen que era
de una familia rumbosa...
muy cantora, muy ladina,
musiquista y vivaracha,
alhajita la muchacha,
y por desgracia argentina...
Sí fue robo o sedución,
sobre eso no hay que dudar:
pues creo, sin vacilar,
que hubo en la niña pasión;
porque a una china cualquiera
no es cosa fácil arriarla,
y mucho menos robarla
lo mesmo que a una ternera.
¿Cuál es la hembra que da treguas
no queriendo cabrestiar,
ni se deja galopiar
más de cuatrocientas leguas,
sin hallar en la cruzada
algún medio de escaparse,
o alguno a quien lamentarse
cuando la llevan forzada!
Pues bien: doña CAMILITA
(velay como se llamaba)
por todas partes cruzaba
a la par con el curita:
cosa que hace presumir
que desde que se largaron
ambos-dos se encamotaron
sin poderlo resistir.
Y juyendo de las gentes,
dejando sus amistades,
ganaron las soledades
de las selvas de Corrientes;
y por allá, de escueleros
pobres, en esa campaña vivían dándose maña
como esposos verdaderos.
No hay duda, se apasionaron;
y, como es cosa terrible
y pasión cuasi invencible
la del amor, se arronjaron
a esa vida tan penosa,
disfrazada, montaraz,
pobre, maldita...y ¿qué más
castigo para la moza?...
¡Infeliz!... en mi concencia
discurro sin ser letrao,
que esa niña en el pecao
llevaba la penitencia,
con solo el remordimiento
que en sus adentros tendría
a cada istante del día,
sin cesar, desde el momento
en que se vio separada
de su familia querida,
y que salió maldecida,
fugitiva y deshonrada.
Por fin, el Poder divino,
que a todo bicho viviente
le señala justamente
su buen o su mal destino,
quiso que un clérigo inglés
que andaba en alguna embrolla
por esos pagos de Goya (sigún dicen) hace un mes,
se topó con la mocita
por una casualidá,
aonde por fatalidá
se hallaba con el curita.
Y en cuanto los conoció...
¡ahi-juna, el hombre soplón!
de puro mal corazón
a un alcalde se lo apió
con el chisme: y ahi no más
dio el soplo, y tuvo el placer
de hacerlos atar y ver
que de allí a San Nicolás...
a la niña la mandaron
atada brazo con brazo,
y al cura en cepo de lazo
también me lo enderezaron.
¡Pobrecita!... ¡hacete cargo,
qué angustias no pasaría
en tan larga atravesía,
y en un lance tan amargo,
viendo que la conducían
enteramente preñada,
y que iba a ser despreciada
de los que la conocían!
Yo creo que en ese istante,
muerta se habría quedao
si le hubiesen presentao
su familia por delante; pero ese triste consuelo,
o tormento, o qué sé yo,
la infeliz no mereció
sigún lo dispuso el cielo...
Porque la desembarcaron
con su amante, y al momento
a los dos al campamento
en carretas los mandaron;
y al ratito de llegar,
de sopetón, sin clemencia,
le leyeron por sentencia
que la iban a fusilar.
¡Barbaridá! los soldaos
cuasi todos se espantaron,
y a tirarle se negaron
algunos muy aterraos:
viendo a la moza preñada,
y en tal lance... ¡Virgen mía,
matarla así!... ¿Quién podría?
solo gente desalmada...
Así, la infeliz les dijo
llorando... «yo moriré:
pero, paisanos, ¿por qué
me quieren matar a mi hijo?
¡Válgame Dios!... ¿es posible
que por causas del amor
me imponga el Gobernador
un castigo tan terrible?,
que será el más inhumano,
porque en mi estado presente
este angelito inocente
ni siquiera está cristiano.» ¡Clamor y quejas al viento!
porque Rosas lo quería,
y ángel y todo debía
morir en aquel momento.
Solamente concedió
el que, antes que la mataran,
al hijo lo bautizaran;
y para esto se riyó,
mandando que a la mocita
le hiciese algún oficial
UN BAUTISMO FEDERAL,
echándole agua bendita.
Y por la boca ¡zas-tras!...
un hisopo le embocaron;
y en cuanto se lo vaciaron,
cuasi ahogada, así no mas,
la sacaron al istante
medio muerta de fatiga,
defendiendo su barriga
con las manos por delante.
Y, ni sé si la sentaron;
pero antes que se ladiase,
para que no se golpiase
¡ocho balas le atracaron!
En situación tan amarga,
fue su triste compañía
el curita que sufría
a su lado otra descarga...
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
¡Y... humeando y ensangrentaos
la CAMILA y el amante, cayeron a un mesmo istante
con los sesos destapaos.
Ni una boquiada dio el cura
pero la niña penó,
y en el vientre le saltó
tan fiero la criatura,
que los soldaos dispararon
de aquel lugar aterraos,
y dos o tres desmayaos
sobre los muertos quedaron.
Al rato a los dos difuntos
en un cajón los metieron,
y... ¡quién sabe lo que hicieron,
antes de enterrarlos juntos!
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
¡Mi Dios! en este momento
me da una corazonada
de furia desesperada...
y... yo no sé lo que siento,
déjame pues respirar,
que luego continuaré
y a informarte pasaré
sobre mi particular.


Parte segunda
Pues, como te iba diciendo,
en cuanto a siguridá,
la cosa, china, se va
enteramente frunciendo.
Ansí, no me aguanto más,
y sea como se fuere,
antes de un mes, si Dios quiere,
alzo moño, lo verás.
Ya trece años que he troteao
con tantísimo trabajo,
cuesta arriba y cuesta abajo,
me tienen muy resabiao...
de Rosas y su custión,
que el diablo se lo llevara,
con tal que a mí me dejara
anidarme en un rincón;
aonde pobre y sin camisa,
mi alma, teniéndote a vos, viviría, como hay Dios,
alegre y muerto de risa...,
con tal que no me sonara
ni de lejos la corneta,
y el sable y la camiseta
¡a la gran punta arronjara!
Solo deseo agacharme
a mi antojo a trabajar,
y a la hora de descansar
a tu lado revolcarme.
Y mas que duerma en el suelo,
volviendo a mi libertá,
con la mayor humildá
daría gracias al cielo...
Una vez que me libraba
de esta guerra asoladora,
que más crece y nos devora
cuando dicen que se acaba.
¡Cristo, Andrea!... ¡si ya estoy
hasta el pelo de aburrido,
y caliente, y decidido
a juirme como me voy!
Pues aquí, como animales
el alma echamos sudando,
día y noche trabajando
para jefes y oficiales.
Así se ven de platudos
estos diablos desalmaos,
mientras andan los soldaos
galguiando de hambre y desnudos; que a no ser por lo infeliz
y sin juerzas que he quedao,
hasta hoy no hubiese aguantao
sin hacérmeles perdiz.
Ya del servicio, por junto,
¿qué me resta que esperar,
sino que me haga matar
don Juan Manuel? ¿Y a qué asunto?...
He de aguardar la infinita
que Rosas nos quiere echar,
haciéndome difuntear,
y dejándote viudita?
Ansí me estoy afilando
y poniéndote los puntos,
¡ay-mi-alma! y por vernos juntos
el cuerpo me está hormigueando.
Sólo temo que al disgusto
de verme tan atrasao,
y pobre, y descangallao,
te caigás muerta del susto.
Ansí un par de calzoncillos
allá me trajinarás,
pues los que llevo verás
que apenas tienen fundillos;
y eso, porque el chiripá
medio los ha apadrinao;
al mesmo que lo ha cuarteao
mi tirador de aguará.
¿Y mi camisa? ¡ay, Jesús!
si en el campo me acostara
creo que se me enredara
encima algún avestruz;
porque tiene un enflecao
por faldas, mangas y cuello,
que si a oscuras la atropello
se me entra por cualquier lao.
A mi poncho no le iguala
el cribo más ojalao,
y en ancas de remendao
tiene más ñudos que un tala.
De ahi tengo una camiseta,
¡ah, prenda! ya la verás
y ansí mesmo dudarás
si es de encaje o de bayeta.
Después tengo, y no me pongo
mi bonete colorao,
que como no ha pelechao
está color de mondongo;
por eso a bocha pelada
ando como limosnero;
eso sí, con el letrero
en la cinta colorada...
VIVA LA FEDERACIÓN!
¡y viva don Juan Manuel!
¡ahi-juna! y solo por él
nos roban el corazón.
¡Ay, Andrea! ahora lamento
lo engañado que he vivido,
y que muy tarde he venido
a caer en conocimiento.
Por ese tenor, recién
oigo a muchos lamentarse,
diciendo que el engañarse
es de hombres; y dicen bien.
Pero el error es un daño,
y como en una escritura
se pone la enmendatura
cuando se alvierte un engaño.
También debe en ciertos casos
el hombre que marcha errao,
viendo que va equivocao,
volverse sobre sus pasos...
Sin deber desesperar,
porque la vida es muy larga,
y como se pone amarga
también se sabe endulzar.
Es verdá que hay infinitos
hombres que yo he conocido,
a quienes les han fundido
todos los animalitos;
y hoy andan tan aguiluchos, que da ganas de llorar
verlos que para pitar
andan recogiendo puchos;
y echando el alma en servicios
de este y aquel general,
sin que les larguen un rial
siquiera para los vicios;
Como hace mi coronel
don Prudencio el cueriador,
(yo no sé el Gobernador
cómo no se fija en él)...
Que todito el regimiento
lo ha repartido en pionadas,
y en sus faenas y cueriadas
no les da alce ni un momento,
en las estancias que abarca
con más de ochenta majadas
y un sin fin de caballadas
y esos rodeos que marca;
luego, en los grandes trigales,
que hace sembrar y recoge,
sin que ni en la trilla afloje
para yerba cuatro riales;
Y en ese inmenso cueriar
que en todas partes apura,
pues ya no hoy vaca sigura
que él no mande desollar.
Ansí es que mis ovejitas
se las vendí conociendo que me las iba fundiendo,
lo mesmo que las vaquitas;
que al fin me las manotió,
porque dir a repuntarlas,
ni siquiera señalarlas,
nunca me lo permitió.
Lejos de eso, en mi campito
me hizo echar una invernada
y una tremenda yeguada,
que ahí lo pelaron lueguito.
¿Y qué diablos iba a hacer
mi suegro, un viejo quebrao?
¡Infeliz! ¿ni qué cuidao
de nada pudo tener?
Sólo me mandó decir
con el amigo Fernando,
que aquello se iba atrasando,
que si yo podría dir.
Entonces pensé sacar
una licencia cortita;
y esa mesma tardecita
nos mandaron a ensillar...
A unos cien del escuadrón,
con la orden de prepararnos
para de allí ir a golpiarnos
a Langueyú del tirón.
Tan desaviao me encontraba
que ni tabaco tenía,
y fui a la pulpería
a ver si el mozo me fiaba.
Ahi por desgracia topé
al coronel muy risueño,
que me dijo: «tengo empeño
de hacer trato con usté;
«y si anda muy atrasao
hoy mesmo lo puedo armar,
si usté me quiere largar
su terreno y su ganao.»
¿Qué le iba yo a responder
a semejante propuesta?
Me encogí, y de la respuesta
ya te harás cargo, mujer.
Y, como me vio blandito,
me dijo: «vaya, Donato,
yo quiero que hagamos trato;
apiesé, echará un traguito.»
Y ya también lo mandó
al galope a su ayudante,
a decirle al comendante
que ya no marchaba yo.
De ahi me hizo luego montar
y a las casas me llevó,
en donde me engatusó
sin poderle replicar.
Por el ganao grande y chico
me dijo que se alargaba,
y por todo me pagaba
a siete pesos y pico.
Del rancho no me hizo menta;
pero de ahi por la majada,
el campito y la manada,
allí me ajustó una cuenta,
que me calentó los sesos;
y sin poder retrucarle
todo tuve que aflojarle
por dos mil quinientos pesos...
Que en papelitos de a cien
me contó en una mesita;
y esa mesma nochecita
él me los ganó también;
porque empezaron a entrar
otros hombres al ratito,
y allí el coronel lueguito
se puso al monte a tallar.
Y ansí como por favor
me dijo: «Juegue, Jurao...»
que si hubiese reventao
habría sido mejor;
Porque ahí estiré la geta,
y en cuanto nos descuidamos a todos los que apuntamos
nos hizo el jefe roleta.
Finalmente, en la jugada
largué el mono y me apedé,
y le dije no sé qué
al coronel, de humorada.
Quién sabe qué le diría;
pero él se me retobó,
y al momento se paró
con la mayor fantasía...
Y largándome un escrito,
me dijo: «Fírmelo usté»,
y en cuanto se lo firmé,
replicó: «El trato está listo.
»Lárguese pronto, Donato,
al campamento, no embrome;
si va cortao, velay, tome
treinta pesos de barato.»
A unas palabras tan tiernas
no tuve más que agacharme,
y como cuzco largarme
con el rabo entre las piernas.
Me fui a mi rancho, mamao
de pesadumbre; y al rato que me dormí, hasta el barato
me lo habían soliviao.
Ahí se aumentó mi tristura,
por lo que entré a cavilar
y me comencé a secar
de una fuerte calentura.
Tal me atrasé, que a la cuenta,
como allí en el campamento
todos los del regimiento
me llamaban «la osamenta»...
Decidieron el mandarme
echao sobre una carreta,
antes que a la Recoleta,
a este hospital a curarme;
aonde he tenido la suerte
en diez meses de arribar,
a fuerza de forcejear
tiro a tiro con la muerte.
Y hoy hacen cinco semanas
que en buenas carnes me siento,
aunque a lo zorro aparento
que ando flacón y sin ganas;
y solo estoy esperando
a ño Antonio el portugués,
que dice que antes de un mes
se irá, pues ya está cargando.
Ahi tenés que en su lanchón
meterá el bulto tu esposo;
y aguardo ser muy dichoso
al verte, mi corazón.
Ansí, Andrea, por si acaso,
rogale por mí y por vos,
el que me permita Dios
llegar y darte un abrazo.
Conque, será hasta la vista;
si Dios quiere, antes de un mes
y por las dudas podés
tenerme la cama lista.
Y no me culpés de ingrato,
porque muy firme en quererte
es, y será hasta la muerte,
tu fino esposo...
DONATO.


Brindis que pronunció Paulino Lucero el 23 de junio de 1851, en un banquete que dio el señor general Urquiza a bordo del vapor oriental Uruguay, para obsequiar a los señores Dres. don Manuel Herrera y Obes y don Luis José de la Peña, en los primeros días del arribo de estos caballeros al pueblo de la Concepción del Uruguay, al cual también volvió Paulino Lucero precisamente a los 20 años después de que en aquellos destinos, contra el poder de la tiranía, había combatido en las filas del infortunado y valeroso general don Juan Lavalle.

Costante el gaucho Paulino
a la patria y al amor,
a los veinte años, señor,
vuelve a caer a este destino;
como patriota argentino
sólo cumplo mi deber
viniéndomele a ofrecer
a Vuecelencia, a mi modo;
es decir, con cuerpo y todo
hasta morir o vencer.
Caigo de Montevideo,
ya se hará cargo, señor,
en un apero cantor
sin más prenda que un sobeo con el mesmo que deseo,
a pesar de que ando a gatas,
que nos salga a echar bravatas
el supremo titulao,
para de un pial de volcao
atarle las cuatro patas.

Al fin, del suelo entre-riano
la patria en su ley renace,
contra los esfuerzos que hace
por sucumbirla el tirano:
y a ese gaucho bruto y vano
que en Palermo atemoriza,
por si acaso se precisa
algún día coronarlo,
allá va a redomoniarlo
don Justo José de Urquiza.
Y si piensa Juan Manuel
el pretendiente Corona,
que se encierra en su persona
toda la patria y su aquel,
ya lo verá del tropel
que le vamos a pegar
¡donde pu... untas va a parar
con todo su poderío,
si no se turba en el río
y allí lo hacemos ahugar!


Urquiza en la patria nueva
O dos gauchos orientales platicando en los montes del Queguay, el 24 de julio de 1851
Recibimiento que en el monte le hizo a Morales su amigo y compañero LUCIANO OLIVA.


ADVERTENCIA
Clemente Morales en el poema siguiente es uno de los prisioneros del Salto que, protegido por el señor general Urquiza, permaneció en Entre-Ríos hasta que, teniendo lugar el hecho que relata, concurre a él, y va a buscar a su amigo Luciano Oliva, que ha sabido por algunos pasados se encontraba en los montes del Queguay, huyendo de los malos tratamientos que los tiranos de Plata daban a los amigos de la libertad.


¡Por Cristo!... amigo Clemente,
déjese caer: quiero verlo
y abrazarlo para crerlo.
¿Cómo le va?

MORALES: Lindamente,
aparcero. ¿Cómo está?
Ya me ve, en la soledá
de esta selva, matreriando
tristemente y lamentando
día y noche que en mi tierra,
con esta espantosa guerra,
¡ni taperas van quedando!
Ansí vivo, ya le digo,
en el monte soterrao;
y ansí no sé cómo ha dao
usté, aparcero, conmigo.

MORALES: Me informé, por el deseo
que tenía, paisanazo,
de caer a darle un abrazo
y mostrar que lo apreceo,
en la situación precisa,
pues sabrá que en Paisandú
queda guapo y con salú
el Gobernador URQUIZA...
para que naides se atreva
a decir que se encogió,
y a vanguardia no salió
¡URQUIZA EN LA PATRIA NUEVA!

OLIVA: ¡Amigo del corazón!
por su vida, creamé;
anoche mesmo soñé
recebir este alegrón:
y felizmente el primero
es usté en darme este gusto.
¡Conque ya pasó don Justo!
¡Ah, cosa linda, aparcero!
¡Viva la Patria! ahora sí...
de la humillación saldremos,
y el yugo sacudiremos
que nos han puesto hasta aquí.

MORALES: Sin duda; porque las cosas
demuestran que este verano,
más que a la fija, paisano,
se lo lleva el diablo a Rosas,
en seguida de la zurra
que debe llevar primero
acá cierto mashorquero,
titulado Mama-burra.

OLIVA: ¡Barajo!... Bien la merece;
pues a él solo le debemos
la miseria en que nos vemos...
y ojalá, amigo, cayese
pronto el general Garzón.
¿Por dónde viene, aparcero?

MORALES: Pasó por el Hervidero
con su linda división;
y hoy me dijo Goyo Siris,
que al general, al istante,
con su fuerza el comandante
oriental don Lucas Piris
se le había apresentao;
de lo que me alegro mucho,
porque don Lucas es lucho
y jefe muy alentao.

OLIVA: Cabal que sí: mesmamente;
y... ¿cuándo pasó la gente
que trai el Gobernador?
¿Hace mucho?

MORALES: No, señor:
la madrugada del veinte...
por causa de cierto mocho
que enredando la jugada
hizo atrasar la pasada,
que pudo ser el dieciocho.
No hubo más inconviniente
asigún lo que yo entiendo.
De ahi, como le iba diciendo,
la madrugada del veinte,
la infantería entre-riana
coronaba las cuchillas,
y del pueblo a las orillas,
a el alba, tocando diana,
rompió la musiquería,
y cornetas y tambores,
empezando los primores
de ese venturoso día;
¡y no habían terminao
las dianas, creameló,
cuando ya se devisó
todo el pueblo embanderao!

OLIVA: ¡Ah, cosa! ¡qué madrugón
tan lindo y tan de-una-vez.
¡A que no juyeron tres,
le apuesto! y...

MORALES: Tiene razón.
Solo de la Polecía,
disparando a todo apuro
en un parejero oscuro,
salió un mozo al ser de día; pero de atrás ¡Virgen mía!
nuestros linces lo vicharon,
y cuentan de que dudaron
si era un jinete o venao,
y por las dudas, cuñao,
ahí no más me lo voliaron.
¡Mozo vivo, y con maletas!
(vaya un refrán: sí, señor)
y con caldera al fiador
y pistola en las paletas;
salir haciendo gambetas
al ñudo, a que lo voliaran
y por lindo lo pasiaran
ufano entre la coluna;
y sin ofensa ninguna,
que al ratito lo soltaran
.
OLIVA: ¿Ese no más disparó?

MORALES: Ese y otros dos lulingos,
quizás por lucir los pingos;
luego, naides más juyó.
Al contrario, muy contento
el vecindario enseguida
a darnos la bienvenida se descolgó al campamento,
y así que el sol apuntando
colorió por el oriente,
ya decidido y valiente
el general don Servando,
en esos mesmos istantes,
rumbiando al puerto pasó
y al pasar nos saludó:
lo mesmo sus ayudantes.
Luego, subió a toda prisa
después de que se abrazaron,
y en la playa platicaron
con el general Urquiza.
Al rato, la división
crecida de don Servando
formó en la plaza aclamando:
¡Que viva URQUIZA, GARZÓN,
VIRASORO y los paisanos,
y las leyes, y la paz!,
para lo que yo de atrás
grité: ¡Mueran los Tiranos!
Después de Sacrá en la costa
don Servando se acampó,
y allí se le reunió
criollada como langosta.

OLIVA: Pues, habiéndose resuelto
don Servando el general,
a Oribe le ha echao un pial
de firme y de codo vuelto.
MORALES: ¡Soberbio! y con su divisa
anda desde que llegó,
y mucho que le gustó
eso al general Urquiza;
como que todo su anhelo
de esta ocasión lo ha fijao
en reunir a su lao
divisas de todo pelo,
con tal que quienes las usen
sostengan la libertá,
de modo y conformidá
que de ser libres no abusen...
Pues hoy en la patria nueva
la libertá ha de fundarse
en la ley, sin propasarse;
y ¡pobre del que se atreva
en el día a pretender
manotiar las propiedades,
ni atizar enemistades
por opiniones de ayer!...
Ni andar con celos mezquinos
o distinciones fatales,
nosotros entre orientales, o aquellos entre argentinos;
porque hoy todos vamos a una
en esta lucha, paisano,
que es a voltiar al tirano
Juan Manuel Rosas.

OLIVA: ¡Ahi-Juna,
el tigre!... Dios lo bendiga
al Gobernador Urquiza,
que esas miras garantiza.
Ahora, si gusta, prosiga
relatándome, paisano,
todo lo que vio por ahi
al pasar el Uruguay
el ejército entre-riano.

MORALES: Pues, sí, señor: como he dicho,
con la música y la diana
en Paisandú esa mañana
se entusiasmó todo bicho,
de modo que a rumbo incierto
los vecinos en tropillas,
los unos por las cuchillas,
y los otros por el puerto,
buscaban al General,
que allí a las ocho del día
con valor y bizarría
pisó en la Banda Oriental;
y las barrancas que solas
un momento antes se hallaron, al istante se cuajaron
de armas y de banderolas,
galeras, carpas, ramadas,
pingos, soldaos y fogones,
ruedas, ejes, municiones
y carretas desmontadas.
Tal fue el primer campamento
que el General levantó,
y allí el pueblo se agolpó
a recibirlo contento;
pues, ni bien lo devisaron,
en cuanto lo conocieron,
miles de ¡Vivas! se oyeron
que en el monte resonaron,
y a los cuales respondían
las valientes divisiones
que en numerosos lanchones
cruzando el río venían...
a tiempo que, raudaloso
y de costa a costa lleno,
corriendo limpio y sereno
el Uruguay majestuoso,
en sus aguas como espejos
retrataba vivamente
árboles, barcos y gente,
la costa y los ranchos viejos,
que en el puerto en multitú
se han ido desmoronando,
y allí están atestiguando
las ruinas de Paisandú:
pueblo que fue tan lucido
en un tiempo afortunao,
y hoy, ni cercos le han quedao...
¡tal se encuentra de fundido!
Ya se ve, con esos Moros
que ha traido Oribe a mi tierra,
y con nueve años de guerra
no van dejando ni toros,
ni baguales, sí, señor:
y esta no es ponderación...
Ahí está Maza Violón
y otros por ese tenor,
a cuenta de Federales
y de Rosistas, ¡barajo!,
manotiándose el trabajo
de más de cuatro orientales,
cuando hay familia que vive
¡desnuda, abajo de un cuero!
porque a cualquier mashorquero
le larga una estancia Oribe,
¡voto al diablo!... y...

OLIVA: Deje estar
no se caliente al botón,
que va a llegar la ocasión
de podernos desquitar.
De aquí a unos días, si acaso
se ofreciere un entrevero,
entonces sí, compañero,
le daremos gusto al brazo.
Concluya, hágame favor, el cuento que ha interrumpido.
Conque, ¿estaba muy crecido
el Uruguay?

MORALES: Sí, señor;
fue cosa particular
que la víspera cayó
una avenida, y creció
anchamente como un mar.
Ansí es que tenía el paso
sus doce cuadras de anchor;
y ansí mesmo, era un primor
ver los muchachos que a brazo
al Uruguay se azotaban,
de las islas anegadas
manguiando las caballadas,
que en tropillas se largaban:
las que fogosas bufando
por los remanses venían
y relumbrosas salían
a esta costa relinchando.
Donde vi en cuanto pasó,
a un mozo todo mojao,
que a un redomón requemao
en pelos se le sentó,
y ya también se agachó
el rocín a corcoviar;
y el mozo sin vacilar
lo soltó, y dijo: ¡andá, vete, y decimelé a Alderete
que lo vengo a visitar!

OLIVA: ¡Ah, mozo gaucho, oiganlé!
¿conque, no lo solivió
el pingo, y se le pegó?

MORALES: Lo mesmo que zobaipé
pero lo soltó, porque
quiso moniar el bagual,
y ya en la Banda Oriental
ningún bruto corcovea,
pues bastante bellaquea
el Presidente Legal.

OLIVA: ¡Nueve años!... es evidente,
bellaquiando ha hecho diabluras,
porque con caronas duras
no ha sabido hasta el presente
tironiarlo fuerte un pión
tan guapo y acreditao, y tan bien apadrinao
como el general Garzón.
Velay quien lo ha de amansar
ahora, del primer rigor;
no lo dude... Y por favor
acábeme de contar
lo que usté sabe y yo inoro
del Hervidero adelante.

MORALES: Me olvidaba; ¡voto-alante!
que el coronel Virasoro
también con sus escuadrones
Salto arriba atravesó,
y de esta banda salió
atrás de unos quebrallones
que juyeron campo ajuera
rumbiando para el Cerrito,
donde ha de ser lo angostito
y fiero de la manguera.
No hay alivio, lo estoy viendo;
allá va desesperada,
y ahi muere la Rosinada.
Además: vaya sabiendo
de que el comendante Neira
don no sé cómo se llama,
mozo que tiene la fama de más guapo que Pincheira
decidido en la custión,
dejándole a Oribe el cuento
se nos vino al campamento
con todito su escuadrón.

OLIVA: Quiere decir, aparcero,
con tanto golpe mortal,
que el titulado legal
va por un refaladero.

MORALES: Y en ancas el comendante
don Ventura Coronel.
quiso juir, y de tropel
me lo arriaron por delante,
trayéndolo prisionero
por ser jefe gamonal,
razón por que el general
lo mandó soltar ligero.
De suerte que don Ventura,
que tendría sus temores
allá por ciertos primores...
de verse en una apretura,
no tuvo nada que hacer,
ni siquiera presentarse,
sino venir y largarse
a dormir con su mujer.
Ansí, bien dice, aparcero;
con tanto golpe fatal
la presidencia legal
va por un refaladero;
pues don Costancio Quintero
(un coronel muy querido)
también se nos ha venido
trayendo toda su gente,
desgracia que al presidente
debe tenerlo afligido.

OLIVA: ¿Y Rosas no se vendrá
a cuartiarlo en el Buceo?

MORALES: ¡Ah, malhaya! pero creo
que Juan Manuel lo que hará
únicamente será
cacariar como gallina,
y echar mano a la pretina
a cada rato en Palermo,
donde él dice que está enfermo
y atrasao de mal de orina.
¿Cómo ha de arrejar ansí
enfermo de la vejiga,
mucho más cuando lo hostiga
del Paraná el camuatí?
Pues le asiguro que allí, tan sólo, amigo Luciano,
del ejército entreriano
hay siete mil hombres largos,
que muchos ratos amargos
tienen que darle al tirano.
De yapa el gobernador
don Benjamín Virasoro,
jefe que vale un tesoro,
le ha cantao a Rosas ¡flor!
con un truco apretador,
trayéndose de Corrientes
otros siete mil valientes,
muchachos todos fornidos,
por la causa decididos
y contra Rosas calientes.
Siendo ansí, en esta jugada,
el tal REY de los Rosines
no podrá ni con maquines
escapar de una pelada;
pues le ha soltao la empalmada
el gobernador don Justo,
y lo hará pisar a gusto
por donde se la dirija,
y ahí podremos a la fija
jugar la plata sin susto.

OLIVA: De por juerza: no hay que hablar...
¡Ah, Cristo! gracias a Dios.
Ahora mesmo vamonós,
amigo: voy a ensillar.

MORALES: Aguarde, tome este bayo
que le traigo, ensilleló
con franqueza, y monteló,
siguro que irá a caballo.

OLIVA: Por supuesto: me hago cargo
que será resuperior...

MORALES: Es un pingo de mi flor,
cuando juega en trecho largo.

OLIVA: Ansí ha de ser; bien lo veo...
Velay... monto... y... ya estoy listo.
Pues, sí, paisano, ¡por Cristo!
lo estoy viendo y no lo creo.

MORALES: ¿De veras? pues acá estoy;
no tenga duda, cuñao,
y me tiene a su mandao
para servirle desde hoy.

OLIVA: ¡Oiga el diablo! y se corrió
que allá por el otro lao
me lo habían difuntiao;
y ansí me lo asiguró
Rivas, que usté había muerto,
y...

MORALES: Ya lo ve que no es cierto,
asigún yo lo atestigo.

OLIVA: Me alegro en el alma, amigo,
después de haberle rezao.
Ya se ve, habiendo cuadrao
su ausencia tan dilatada,
más me pareció fundada
la triste noticia; ansí
yo también se la embutí
al sargento Valdivieso.

MORALES: ¡La pu... cha digo en el queso!
¿Me habré muerto sin sentir,
o me andaré por morir
sintiéndome tan buenazo?
Pero ¡qué! yo no hago caso
de dizques ni de visiones,
ni excuso las ocasiones si se ofrece meniar corvo,
porque nada me hace estorbo
en la patriada presente...
a no ser que el presidente
Mama-burra...

OLIVA: Quitesé,
no eche pelos, cubrasé.

MORALES: ¿Que me cubra dice, amigo?
¡La gran pu... nta y truco, digo!
Me almira el ver que se ríe;
pues, paisano, no se fíe
del titulado legal:
mire que es viejo fatal,
y que de puro Rosín
le sirve de comodín
al Restaurador eterno.

OLIVA: ¡Otra liendre para yerno,
el supremo titulao!
¿Cómo se habrán ayuntao
tan de firme esos legales?
¿Ha visto diablos iguales?

MORALES: Siempre a la bruta se ayuntan
calandrias como esos dos,
por la razón de que Dios
los cría y ellos se juntan.
Pero, ansí mesmo pudiera
permitir Dios que don Justo
le atraque a la yunta un susto
y le corte la collera.
Con esa resolución
se ha venido de este lao,
y con la mesma ha cruzao
nuestro general Garzón.
Siendo ansí, por consiguiente,
como dijo usté, amigazo,
le daremos gusto al brazo
cuando un lance se presente,
pues en tal caso, paisano,
justo es buscar el desquite.
¿Diga usté ahora si el envite
con Urquiza es?...

OLIVA: ¡Soberano!
con tal triunfo quiero a punto,
y en su caso un contraflor;
y en cuanto al Restaurador...
ni por sus tantos pregunto.

MORALES: Por supuesto, es excusao
hacer caso de esa maula,
que de Palermo en su jaula
está del todo abollao:
sufriendo de un modo vil
después de tanta bambolla
la gran sumida de bolla
que le ha pegao el Brasil,
metiéndole al Paraná
todos sus barcos de guerra...
a ver sí sale por tierra,
y en una voracidá
se asoma a alguna barranca
el baladrón Juan Manuel,
y el almirante Grenfel
le echa un pial por sobre la anca.

OLIVA: ¡La pu... rísima! ¿Esa más?
¡Que vivan los brasileros!
ahora que a los mashorqueros
me los apuran de atrás.

MORALES: ¿De atrás dice? En pocos días
verá usté que al Miguelete
por encima de Alderete
pasa el conde de Cajías
Y no crea que es balaca,
que el Imperio con don Justo
y Montevideo a gusto
de tres han hecho una baca...
¿de tres, dijo?... Me he turbao;
de cuatro, diré más bien,
porque Corrientes también
tiene parte en el tratao
para voltiar mashorqueros;
y acá en la Banda Oriental
el titulado legal
ha de caer de los primeros.

OLIVA: Entonces pronto, paisano,
la costancia y la vitoria
van a coronar de gloria
al pueblo Montevidiano.
¡Ah, pueblo, amigo Luciano!
¿Ha visto? ¡Ocho años sitiao,
cuerpo a cuerpo ha rechazao
con sus tropas valerosas
a todo el poder de Rosas,
que allí por fin se ha estrellao!
¡Y la Uropa!... Pero... ¿qué
es aquello que negrea
allá en la cuchilla? ¡Vea!

MORALES: Ésa es la juerza... parece;
debe ser, estoy pensando,
sigún lo que vide ayer...
esa gente debe ser
del general don Servando.
Cabal que sí, mesmamente;
él es con su división;
velay, pues, linda ocasión
de que usté se lo apresente...
Pues yo tengo que cortar
acá en esta direción,
porque al general Garzón
me le debo incorporar.
En virtú que con licencia
por seis días me quedé,
y el viejo andará, ya sé,
extrañando mi presencia.

OLIVA: Ahora sí que me apresento
dejando de matreriar;
y ahora sí me haré matar
por la causa muy contento:
lo mesmo que debe hacer
en la presente patriada
peliando la paisanada
hasta morir o vencer.

MORALES : Ésa es la resolución
que en esta lucha he formao;
y soy el más ruin soldao
de la escolta de Garzón.
Pero él sabe que soy suyo
como patriota oriental;
y en no hacerlo quedar mal
fundo mi gala y mi orgullo.
Conque, suélteme un abrazo,
y al largarse, amigo viejo,
oiga; le daré un consejo
en amistá, por si acaso.
«Pórtese bien de esta vez,
como siempre se ha portao,
si quiere ser respetao;
y llegando a la vejez,
presuma con altivez
de patriota a toda prueba;
y al más alto que se atreva
a no atenderlo, cuñao,
dígale: «¡YO FUI SOLDAO
DE URQUIZA EN LA PATRIA NUEVA!

OLIVA: ¡Qué lindo, déme otro abrazo!

MORALES: Al momento: tome dos.

OLIVA: Paisano Clemente, ¡adiós!

MORALES: Hasta la vista, ¡amigazo!

Y al galope, como un rayo,
cuanto le aflojó la mano,
rompió el pingo de Luciano,
porque era un pájaro el bayo.
Clemente también rumbiando
al Hervidero cortó,
y esta letra se le oyó
que iba al galope cantando
«Jefe supremo Avestruz,
un gaucho que anda en sus glorias,
te manda muchas memorias
del general Santa-Cruz.»Allá va cielo, tirano,
yo compadezco tu apuro;
pues en Francia... ¡qué rigor!...
el tratado... Sepeduro »
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .