Archivo del blog

viernes, 23 de febrero de 2007

HILARIO ASCASUBI:PAULINO LUCERO O LOS GAUCHOS DEL RÍO DE LA PLATA...



PAULINO LUCERO
O
LOS GAUCHOS DEL RÍO DE LA PLATA...
de:
HILARIO ASCASUBI (1807 - 1875)





Martín Sayago recibe en el palenque de su casa a su amigo Paulino Lucero.

En la siguiente composición Paulino Lucero es un gaucho correntino, enemigo acérrimo de la tiranía de Rosas, que acompañó constantemente al general Lavalle, en clase de soldado, y fue uno de los bravos que salvaron el cadáver de su general de las impías manos del feroz D. Manuel Oribe, que, cual chacal hambriento y rabioso, escarbaba los sepulcros buscando la cabeza descarnada de aquel valiente infortunado. Después que sus fieles y esforzados compañeros pudieron, en tierra extranjera, darle la cristiana sepultura que les negaron los tiranos de su patria, aquel puñado de héroes escapados del puñal de los verdugos de Rosas se dispersó buscando su salvación en los países limítrofes. Lucero se refugió al fin en los campos del Cuaró, donde vivía a monte, siempre con la esperanza de que amaneciese un día de libertad para su patria. Así que supo que el general Urquiza había levantado su espada contra los tiranos, voló a la Provincia de Entre Ríos a ofrecerle sus servicios. En estas circunstancias es cuando se encuentra con su antiguo amigo Martín Sayago. La primera edición de este diálogo se hizo en Montevideo el año de 1846. En la segunda, publicada en 1851, salió enteramente refundido y aumentado. Y ahora se reproduce así corregido.


--------------------------------------------------------------------------------


Martín

¡Amigo! De aquella loma
que atrás del monte se ve,
apenas lo devisé,
dije: aquel mozo que asoma
se me hace por la presencia
ser el paisano Lucero;
y felizmente, aparcero,
me ha salido...

Lucero

A la evidencia:
porque como nunca juyo
de esta causa en el afán;
y como dice un refrán,
en un pie a tu tierra, grullo,
cuanto el general Urquiza
¡a quien lo conserve Dios!
pegó el grito: "Vamonós
contra Rosas", a la prisa,
como es justa la contienda,
por lo justo, al grito yo,
decidido, del Cuaró
me vine a tirar la rienda
frente de Cualeguaychú
y al Uruguay me azoté
y lueguito me largué,
a saber de su salú.
¿Y mi aparcera?

Martín

Buenaza,
siempre mentándolo a usté.
Vaya, aparcero, apiesé;
ya sabe que está en su casa,
y no precisa...

Lucero

Al momento:
velay refalo el recao
y me pongo a su mandao.

Martín

Adelante: tome asiento.

Lucero

Pues, mire, amigo Sayago,
yo al venir me presumía
que no me conocería
al volver por este pago.
Pero si usté a la fortuna
es igual en la memoria,
ya puede hacer vanagloria
de conocedor: ¡ahijuna!

Martín

Lo que yo estoy conociendo
es que usté viene templao
y, como siempre, alentao.
Conque, váyame diciendo:
¿Diadónde sale?

Lucero

¡Chancita!
De lejas tierras, cuñao,
después de haberme troteao
media América enterita.
De suerte que de mulita
ya nada tengo, ¡qué Cristo!
pues con las cosas que he visto
en tanto como he andao,
de todo estoy enterao
y para todo estoy listo.

Pero, paisano Martín,
yo creiba que su amistá
con mi larga ausiencia ya
hubiese aflojao al fin.
Ya ve que ¡siete años largos
sin vernos hemos pasao!
¡Y cómo estoy de arrugao
por tantos ratos amargos!...
Así, yo hubiera apostao
a que me desconocía,
y que ni mentas haría
de mí.

Martín

Se había equivocao:
y lejos de eso, aparcero,
tan presente lo he tenido
que lo hubiera distinguido
en el mayor entrevero.
Digo esto, en la persuasión
que usté en la otra tremolina
habrá andao de garabina,
por supuesto, y de latón;
sobre el pingo noche y día
peliando al divino ñudo,
medio en pelota o desnudo
y con la panza vacía.

Pero ya por estos pagos,
lo mesmo que por su tierra,
se anda por concluir la guerra
y las matanzas y estragos,
bajo la suposición
de que no corcoviará
Rosas, y se allanará
a organizar la nación
por el orden federal,
que Entre Ríos y Corrientes
han proclamado valientes,
y han de sostener... ¿qué tal?

Lucero

¡Muy lindo!... pero... veremos;
porque ese Rosas, amigo,
¡es tan diablo... pucha, digo!
¡Cuántos males le debemos!
Y aunque usté haiga forcejeao
en otro tiempo por él,
éste no es el tiempo aquél,
y se habrá desengañao...

Martín

¿Forcejeao, dijo? Se engaña:
por un deber he seguido,
siempre medio persuadido
que Rosas es un lagaña.

Lucero

¿Medio no más, aparcero?
¿O se le hace rana el sapo?
¿A que si se lo destapo
se persuade por entero?
¡Es un tigre hasta morir,
con unas garras que asusta!
Y a ese respeuto, si gusta,
le explicaré mi sentir.

Martín

¡Pues no!, amigo: desde luego
prosiga, y déle por ahi:
y arme un cigarro, velay,
también voy a darle fuego.

Lucero

No... deje estar... ¡Voto a bríos!
¡Maldito sea el rosín!
¡Por Cristo! amigo Martín,
he perdido los avios.
¡Ah, bruto! ¡si ha corcoviao
hasta cortarme la cincha,
y todavía relincha;
y mire, se ha revolcao!

Martín

Tiene laya de buenazo
y bellaco...

Lucero

Sin piedá,
pero de conformidá,
que luego es ¡superiorazo!

Hoy cuasi me descompuso,
porque en pelos me dejó,
y ya también se bolió,
pero salí, ¡como un huso!

Martín

¡Ah, gaucho!... Vení, Ramón;
velay, agarrá ese overo,
y acollarálo ligero
al zaino viejo rabón.
¿No será algún pescuecero
su redomón, ño Paulino,
que saque por el camino
a la rastra a mi aguatero?
No le hace: andá y del tirón
traite el mate y la caldera;
vaya, hijito, y de carrera
cebenós un cimarrón.

Lucero

Pues, yo crei que usté viviera
siempre en la otra población,
y hoy al darle el madrugón
me encontré con la tapera.
Luego me pude informar
de su salú y paradero,
y en la cruzada al overo
se le antojó retozar.

Martín

¡Voto alante! En fin ya ve,
después de tanto rodar,
me he conseguido afirmar
siempre en la costa del Clé:
donde en otro tiempo, amigo,
cuanto rancho he levantao,
lueguito me lo han quemao,
como si fuera castigo;
hasta hoy que, como la rosa,
vivo y puedo trabajar
con miras de adelantar,
si Dios no manda otra cosa.

Pues acá de varios modos,
siendo los hombres honraos,
todos viven sosegaos
y ganan su vida todos,
mediante la protección
que el gobernador Urquiza
al pobre que la precisa
le presta de corazón.
Así, el hombre es bendecido,
como bajado del cielo,
después de tanto desvelo
y atraso que hemos sufrido.

Lucero

Que dure es lo menester,
y pronto, amigo, verá
que esta provincia será
feliz como debe ser,
porque la naturaleza
y Dios mesmo se ha esmerao
en darle como le ha dao
en su suelo su riqueza.

Corriendo la agua a raudales
por sus ríos caudalosos,
y de ahi sus montes frondosos,
sus campos y pastizales.
Luego sus puertos y haciendas
su trajín y produciones...
¿No valen más estos dones,
que ejércitos y contiendas
sin término? ¿Y para qué?
Para que al fin el tirano
llegue a ser el soberano
de estos pagos.

Martín

Riasé
del Supremo y de su antojo,
pues, para tal pretender,
Rosas no debía ser
tan ruin, tan malo, y tan flojo;
ni debía ese asesino
apoyarse en el terror,
ni ser tan manotiador
como tacaño y mezquino.

Así condición ninguna
tiene, sino fantasía;
pero, ya se allega el día
de que se le acabe, ¡ahijuna!...
¡Qué distinto proceder
tiene acá el gobernador,
a quien el restaurador
le debe todo su ser!

Usté lo verá, paisano;
por supuesto, lo verá,
y si ha visto ¡me dirá!
hombre más liso y más llano.
Y verá con el empeño
que proteje al hombre honrao,
sin fijarse en lo pasao,
ni en si es de Uropa o porteño.

Porque su único sistema
es perseguir los ladrones,
pero que por opiniones
ya ningún hombre le tema.
También verá el adelanto
de nuestra provincia entera,
y al cruzar por aonde quiera
le parecerá un encanto:

Ver la porción de edificios
que se alzan en todas partes
para proteger las artes
y diferentes oficios.
Luego en los campos verá
las escuelas que sostiene
la Patria, en las cuales tiene
a hombres de capacidá:

Enseñando satisfechos
y con esmeros prolijos
a que aprendan nuestros hijos
a defender sus derechos.
Y últimamente, paisano,
si hay gobiernos bienhechores,
quizá uno de los mejores
es el gobierno entrerriano.

Lucero

¡Qué primor! Así debía
proceder todo gobierno,
veríamos que al infierno
iba a parar la anarquía.
Pero, desgraciadamente,
Rosas es tan envidioso,
y tan diablo y revoltoso,
que ya pretende al presente
largarnos un buscapié
para hacernos chamuscar,
porque no le ha de agradar
esta quietú; creamé.

Pues la Libertá y la paz
son dos cosas que aborrece,
a punto que se estremece
de oírlas nombrar nada más.
A bien que le he prometido
destapárselo enterito,
y voy hacerlo lueguito;
¿quiere atender?...

Martín

Decidido
le prometo mi atención:
que un hombre de su razón
merece ser atendido.

Lucero

Pues bien, amigo Sayago,
debajo de una amistá
oirá con la claridá
y la franqueza que lo hago.

No hablo como lastimao;
menos como correntino:
hablaré como argentino,
patriota y acreditao,
que nunca ha diferenciao
a porteños de entrerrianos,
ni a Vallistas de puntanos,
porque todos para mí,
desde este pago a Jujuí,
son mis queridos paisanos.

Y en el rancho de Paulino
puede con toda franqueza
disponer de la pobreza
cualquier paisano argentino,
pues nunca ha sido mezquino,
y a gala tiene Lucero,
el que cualquier forastero
llegue a golpiarle la puerta,
siguro de hallarla abierta
con agrado verdadero.

Sólo aborrezco a un audaz
que piensa que la Nación
es él solo en conclusión,
y su familia, a lo más:
y ese malevo tenaz,
matador, morao y ruin,
que ha promovido un sinfín
de guerras calamitosas,
no es una rana... ¡ése es Rosas!
mesmito, amigo Martín,

Que grita ¡federación!
y degüello a la unidá,
mientras que a su voluntá
manotea a la Nación;
y en veinte años de tesón
que mata y grita audazmente
¡federación! que nos cuente,
¿que provincia ha prosperao
o al menos se ha gobernao
de por sí federalmente?

Ninguna, amigo: al contrario,
hoy miran su destrución
v que en la Federación
Rosas se ha alzao unitario,
porque. a lo rey albitrario,
desde San José de Flores
fusila gobernadores,
niñas preñadas y curas,
y comete en sus locuras
otra máquina de horrores.

¡Vea qué Federación
tan gaucha! Y yo le respondo
que, aunque soy medio redondo,
conozco su explicación,
que consiste en mi opinión,
en que los pueblos unidos
vivan, y no sometidos
a tal provincia o caudillo
que les atraque cuchillo
y los tenga envilecidos...

Martín

¡Ahijuna!...

Lucero

No se caliente:
deje estar que le relate.

Martín

Siga, amigo: velay mate;
velay también aguardiente.
¡Barajo!... ¡Qué relación!
¡Ah, Rosas, si en este istante
te topara por delante!
Si hasta me da comezón...

Lucero

¡Viera, aparcero Sayago,
por esos pueblos de arriba,
como he visto yo cuando iba,
redotao por esos pagos!
¡Qué mortandades, qué estragos!
¡Cuánta familia inocente
hasta hoy llora amargamente
la miseria y viudedá
que deben a la crueldá
de Rosas únicamente!

Luego, el encarnizamiento
con que a los hombres persigue,
y los rastrea, y los sigue
lo mesmo que tigre hambriento.
Así es que he visto un sin cuento
de infelices desterraos,
y hombres que han sido hacendaos
rodando en tierras ajenas
y viviendo a duras penas
pobres y desesperaos.

¡Y así pretende el tirano
que el país esté sosegao,
habiéndolo desangrao
de un modo tan inhumano!
Ahora, dígame, paisano,
si a usté también lo saquiara,
lo persiguiese y rastriara
así con un odio eterno,
usté, desde el quinto infierno,
¿con Rosas no se estrellara?

Martín

Siguro, hasta el fin del mundo
como a pleito lo seguía,
y hasta lo perseguiría
de la mar en lo profundo.
Y a la prueba me remito
en la presente patriarda,
yendo a darle una sableada
allá en Palermo mesmito.

Y siendo tan revoltoso
el paisano Juan Manuel,
preciso es librarnos de él
lo mesmo que de un rabioso;
y entre todos sin reposo
dejándonos de pelear,
lo debemos corretear,
que dispare a lo ñandú
y se vaya a la gran-pu
y nos deje sosegar.

Lucero

Y que deje de amolarnos
con tanta guerra al botón
que arma allá ese baladrón
con miras de exterminarnos.
Que acá para gobernarnos
federal y lindamente,
sin hacer matar la gente,
pero haciendo prosperar
la patria no han de faltar
gobiernos como el presente.

Martín

¡Ah, gaucho sabio y ladino!
si es la cencia consumada,
y patriota más que nada;
eche un trago, ño Paulino.

Lucero

Vaya, amigo, ¡a la salú
de sus pagos y los míos,
y el gobierno de Entre Ríos
que nos ha de dar quietú!
¡Y por la Federación!

Martín
¿La gaucha?...

Lucero

No: ¡la entrerriana!
la linda, la veterana,
que hará feliz la Nación,
hoy que su proclamación
alza el general Urquiza,
diciendo: "¡Aquí finaliza
todo el poder de un tirano,
que el ejército entrerriano,
va a reducir a ceniza!"

Martín

Amigo, ahi tengo un changango
que pasa de rigular,
y ahora mesmo hemos de armar
para esta noche un fandango.
Aunque ya no me acordaba
que ayer, cuando iba al arroyo,
mi Juana Rosa en un hoyo
medio se sacó una taba;

Y hoy de mañana salió
con la Nicasia en las ancas,
y en aquellas casas blancas
debe estar, presumo yo,
haciéndose acomodar
la pata que se le ha hinchao:
pero así mesino, cunao,
esta noche ha de bailar.
Y usté templando el changango
saquemelé hasta la frisa,
a salú de don Urquiza
federal lindo y de rango!

Lucero

Lo haré por él, lo prometo;
pues, si antes fui su enernigo,
ahora de veras le digo,
me ha cautivao el afeto.
viendo el empeño completo
con que llama a los paisanos
para que se den las manos
y se dejen de matar;
así es que lo han de apreciar
todos los americanos.

Y así, yo de corazón
rendiré la vida a gusto
en las filas de don Justo,
sosteniendo su opinión
de organizar la nación,
hoy que el caso se presenta,
para ajustarle la cuenta
a ese tirano ambicioso,
causal de tanto destrozo
que nuestra patria lamenta.

Y a quien el mesmo Entre Ríos
le debe tantos atrasos,
por las trabas y embarazos
que antes le puso a estos ríos;
creyendo en sus desvaríos
Juan Manuel que el Paraná
era de su propiedá;
y cuando le daba gana
no entraba ni una chalana.
¡Mire qué barbaridá!

Y a todo barco atajaba,
sin más razón ni derecho
que sacarle hasta el afrecho
en tributos que cobraba;
de otro modo no largaba
a ningún barco jamás
y sólo a San Nicolás
cuando más podían dir,
pues si quería subir
los hacía echar atrás.

¡Qué diferencia hoy en día
es recostarse a estos puertos,
y verlos siempre cubiertos
de purita barquería!
con tanta banderería
y tanta gente platuda
que al criollo que Dios lo ayuda
se arma rico redepente;
lo que antes cuasi la gente
andaba medio desnuda.

Luego, en ganar amistades,
¿acaso se pierde nada?...
¿Y con gente bien portada
que nos trae comodidades,
cayendo de esas ciudades
de Uropa tantos naciones,
a levantar poblaciones
en nuestros campos disiertos,
que antes estaban cubiertos
de tigres y cimarrones?

¿O debemos ahuyentar
la gente que habla en la lengua?
No, amigo, porque no hay mengua
en que vengan a poblar;
pues nos pueden enseñar
muchas cosas que inoramos
de toda laya: ¿a qué andamos
con que naides necesita,
si hay tanto y tanto mulita
entre los que más pintamos?

Dicen que "la extranjerada
¡algunos no dicen todos!
nos han de comer los codos".
¿Qué nos han de comer? -¡Nada!
Podrán comer carne asada,
cuando apriendan a enlazar;
y no se puede negar
que son muy aficionaos
a echar un pial, y alentaos
si se ofrece a trabajar.

Allá en mi pago tenemos
un nacioncito bozal,
muchacho muy liberal
con quien nos entretenemos;
y al lazo le conocemos
mucha afición de una vez.
Y, ni sé qué nación es,
pero cuando entre otras cosas
le grito: "Pialáme a Rosas".

Martín

¡Será el diablo! Pues aquí
anda otro carcamancito
que contesta a lo chanchito,
y a todo dice: "güi, güi",
y ayer peló un bisturí
de dos cuartas, afilao,
y yo que estaba a su lao
le dije: "¿Para qué es eso?"
y él señalando el pescuezo
nombró a Rosas, retobao

Lucero

¡Pero, si es temeridá
lo que el hombre es mal querido
y putiao y maldecido
en todo pago y ciudá!
Ya le dije, yo he corrido
muchas tierras, y embarcao
desde la mar del Callao
hasta la Esquina he venido,
y en Bolivia he conocido
a hombres que no morirán
de antojo, y le pegarán
al Supremo una sumida,
si Dios le presta la vida,
al general Ballivián.

Éste anda por Chuquisaca,
y allá en Lima anda un Castilla,
general, que si lo pilla
a Rosas le arrima estaca;
porque es libertal de a placa
ese general limeño;
y a todo gaucho abajeño
que anda infeliz por allá
en cualquier necesidá
lo proteje con empeño.

Así, yo vine prendao
de otro general Torrijo.
¡Ah, mozo! un día me dijo,
viéndome medio atrasao;
"¿Muchacho, sos emigrao?"
"Sí, señor", le respondí;
"Pues tomá", -y le recebí;
y como quien no da nada
ahi me largó una gatiada
que luego la redetí.

Después en Chile, paisano,
también me puse las botas,
con muchos mozos patriotas
que detestan al tirano;
y el gobierno es tan humano,
que a todos nos compadece,
y dice que no merece
Buenos Aires esa suerte,
en que hoy se mira, y de muerte
a Juan Manuel lo aborrece.

¿Y el general Virasoro?
¿Y el ejército que manda?
¡Por Dios! Le asiguro que anda
contra Rosas, como un toro;
y antes en manos de un Moro
caiga ese bruto asesino,
que no en las de un correntino.
Así, que ande Rosas listo,
pues si lo pillan ¡ah, Cristo!
¡Infeliz de su destino!

Luego, en colmo de sus males,
al Presidente su aliao,
ya lo tienen apretao
veintidós mil imperiales,
todos mozos ternejales
que lo han de sacar muriendo,
y todos, estoy creyendo
como una cosa sigura,
que por sacarle una achura
a Rosas se andan lambiendo.

Y en todo el género humano,
no crea, ni le parezca
que hay hombre que no aborrezca
a Juan Manuel por tirano.
¿Y en el Paraguay, paisanos?
¡Viera a los paraguayitos
todavía mamoncitos
que apenas andan gatiando,
y ya se largan gritando:
¡Ah hijitos!

Y además el Presidente
es un quiebra, sigún veo,
pues le ha pedido rodeo
al Héroe del Continente.

Lucero

Sí, amigo, muy suavemente
al principio lo ha palmeao,
y ya lo ha redomoneao,
hasta el verano que viene,
que puede ser que lo enfrene
y lo haga de su recao.

Martín

¡Ah, cosa! Dios lo bendiga,
y le dé su santa gracia.
¡Che! mire: ahi viene Nicasia
con mi china. Pero, diga:
¿se acuerda de Sandoval
el payador?

Lucero

¡Cómo no!

Martín

Un chumbo lo desnucó.

Lucero

¿Dónde?...

Martín

En la Banda Oriental:
donde también por mi mal
andando por esa tierra,
cuando la maldita guerra
en que Rosas nos metió,
cuasi, cuasi, quedé yo
estirao en una sierra.

Lucero

Velay otra guerra, amigo,
que hace Rosas al botón,
de cuya desolación
usté habrá sido testigo.
Y ¿qué oriental enemigo
tiene Entre Ríos? pregunto.
¿A qué cargas, a qué asunto
mandó allá a la paisanada?
¿Sabe a qué, aparcero? A nada;
a peliar por él, por junto.

Cierto es que Frutos Rivero
vino acá la vez pasada,
porque allá la entrerrianada
a él lo atropelló primero
con don Pascual, que altanero
se guasquió a Santa Lucía,
pues de terne presumía,
hasta que en una mañana
y que vuelva, ¡y qué volvía!

Y de ahi, Rosas se ha propuesto
destruir la Banda Oriental
que no le ha hecho ningún mal,
¡mire si es hombre funesto!
Y no alega otro pretexto
que mudarle presidente.
¿Qué le importa que Vicente,
o Pedro, o Juan o Tadeo
gobierne en Montevideo?
¿No digo bien?

Martín

Mesmamente.

Lucero

Pues ya ve a los orientales
matándose con horror,
lo que es, amigo, un dolor,
¡porque son tan liberales!
Y hay mozos tan racionales
entre uno y otro partido,
que si ya no se han unido
no es por rencor, creamé,
es solamente porqué
ahi anda Rosas metido.

Lo que antes, los orientales
se daban cuatro sabliadas,
y al tiro de camaradas
quedaban todos iguales;
mas hoy, con los federales
que Rosas les ha injertao
tan fiero los ha trenzao,
que algunos ya lo coligen,
y Dios permita y la Virgen
que le hagan el cuerpo a un lao.

Dios lo permita, repito,
que se abracen como hermanos;
porque, sin ser mis paisanos
los apreceo infinito;
pues ya sabe, aparcerito,
que yo me crie por allá,
y así es con temeridá
lo que esa gente me agrada,
y esas hembras más que nada,
porque son una deidá.

Martín

¡Oiganle al cantor Lucero
cómo se explica y se amaña!
Pues bien, una media caña
conciérteme, compañero.
Toda de amor enterita,
que se alborote el hembraje
con las coplas, y le faje
hasta la madrugadita.

Lucero

Media caña y cielo junto,
será más lindo, aparcero,
y que yo duerma primero,
porque... ya me siento en punto...

Martín

Echesé, aunque Juana Rosa
venía y se ha entretenido,
y si lo pilla dormido
quizá se muestre quejosa.
Pero ya que está templao,
no hay que hacer caso, echesé,
que yo lo dispertaré
con un buen cordero asao...
Aunque, amigo, la patrona
lo ha querer agradar:
dejemé, voy a carniar
con cuero una vaquillona.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Y ya enderezó Martín
rumbiando para el rodeo
y Paulino a su deseo,
hizo estas coplas por fin.