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viernes, 23 de febrero de 2007

Sonetos de Luis de Góngora


Sonetos de Luis de Góngora







I -

Tres veces de Aquilón...


Abajo Tres veces de Aquilón el soplo airado
del verde honor privó a las verdes plantas,
y al animal de Colcos otra tantas
ilustró Febo su vellón dorado,

después que sigo (el pecho traspasado 5
de aguda flecha) con humildes plantas
(oh, bella Clori!) tus pisadas santas
por las floridas señas que da el prado.

A vista voy (tiñendo los alcores
en roja sangre) de tu dulce vuelo 10
que el cielo pinta de cien mil colores,

tanto, que ya nos siguen los pastores
por los extraños rastros que en el suelo
dejamos, yo de sangre, tú de flores.




- II -

A las damas de la corte, pidiéndoles favor para los galanes andaluces


Hermosas damas si la pasión ciega
que os arma de desdén, no os arma de ira,
¿quién con piedad al andaluz no mira
y quién al andaluz su favor niega?

¿En el terreno, quién humilde ruega, 5
fiel adora, idólatra suspira?
¿Quién en la plaza los bohordos tira,
mata los toros y las cañas juega?

¿En los saraos quién lleva las más veces
los dulcísimos ojos de la sala, 10
sino galanes del Andalucía?

A ellos les dan siempre los jueces
en la sortija el premio de la gala,
en el torneo, de la valentía.




- III -

Clori


Al sol peinaba Clori sus cabellos
con peine de marfil, con mano bella;
mas no se parecía el peine en ella
como se oscurecía el sol en ellos.

Cogió sus lazos de oro, y al cogerlos, 5
segunda mayor luz descubrió aquella
delante quien el sol es una estrella
y esfera España de sus rayos bellos.

Divinos ojos, que en su dulce oriente
dan luz al mundo, quitan luz al cielo, 10
y espera idolatrarlos occidente.

Esto amor solicita con su vuelo,
que en tanto mar será un arpón luciente,
de la cerda inmortal mortal anzuelo.




- IV -

Al Escorial


Sacros, altos, dorados capiteles,
que a las nubes robáis los arreboles,
Febo os teme por más lucientes soles,
y el cielo por gigantes más crueles.

Depón tus rayos, Júpiter; no celes 5
los tuyos, sol; de un templo son faroles,
que al mayor mártir de los españoles
erigió el mayor rey de los más fieles.

Religiosa grandeza del monarca
cuya diestra real al Nuevo Mundo 10
abrevia y el Oriente se le humilla,

perdone el tiempo, lisonjee la Parca
la verdad de esta octava maravilla,
los años de este Salomón segundo.




- V -

Al Santísimo Sacramento


-Rebelde y pertinaz entendimiento,
sed preso. -¿Quién lo manda? -Dios glorioso.
-¿Por qué? -Porque con ánimo dudoso
negaste la obediencia al Sacramento.

-¿Quién ha de ejecutar el prendimiento? 5
-La voluntad y afecto piadoso.
-¿Quién es el carcelero riguroso?
-La fe que enseña el conocimiento.

Y la cárcel ¿cuál es? -La iglesia santa.
¡Oh cárcel! clara luz de este hemisferio, 10
dulce prisión, que tal tesoro encierra;

do el fruto de este altísimo misterio
se goza con dulzura y gloria santa,
que excede cuanto bien hay en la tierra.




- VI -

Pálida restituye


Pálida restituye a su elemento
su ya esplendor purpúreo casta rosa,
que en planta dulce un tiempo, si espinosa,
gloria del sol, lisonja fue del viento.

El mismo que aspiró suave aliento 5
fresca, expira marchita, y siempre hermosa,
no yace, no, en la tierra, mas reposa
negándole aun el hado lo violento.

Sus hojas sí, no su fragancia, llora
en polvo el patrio Betis, hojas bellas, 10
que aun en polvo el materno Tajo dora.

Ya en nuevos campos una es hoy de aquellas
flores que ilustra otra mejor aurora,
cuyo caduco aljófar son estrellas.




- VII -

Duélete de esa puente


Duélete de esa puente, Manzanares,
mira que dice por ahí la gente,
que no eres río para media puente,
y que ella es puente para treinta mares.

Hoy arrogante te ha brotado a pares 5
humildes crestas tu soberbia frente,
y ayer me dijo humilde tu corriente,
que eran en Marzo los caniculares.

Por el alma de aquel, que ha pretendido
con cuatro dagmas de agua de achicoria 10
purgar la villa y darle lo purgado.

Me di, ¿cómo has menguado y has crecido?
¿Cómo ayer te vi en pena, y hoy en gloria?
-Me bebió un asno ayer y hoy me ha ensuciado.




- VIII -

En el sepulcro de la Duquesa de Lerma


¡Ayer deidad humana, hoy poca tierra;
aras ayer, hoy túmulo, ¡oh mortales!
Plumas, aunque de águilas reales
plumas son, quien lo ignora mucho hierra.

Los hueso que hoy este sepulcro encierra, 5
a no estar entre aromas orientales
mortales señas dieran de mortales;
la razón abra lo que el mármol cierra.

La Fénix que ayer Lerma, fue su Arabia
es hoy entre cenizas un gusano 10
y de conciencia a la persona sabia.

Si una urca se traga el Océano,
¿qué espera un bajel luces en la gabia?
Tome tierra, que es tierra el ser humano.




- IX -

En la muerte de don Rodrigo Calderón


Sella el tronco sangriento, no le oprime
de aquel dichosamente desdichado
que de las inconstancias de su hado
esta pizarra apenas le redime:

piedad común en vez de la sublime 5
urna que el escarmiento le ha negado,
padrón le erige en bronce imaginado
que en vano el tiempo las memorias lime.

Risueño con él tanto como falso
el tiempo, cuatro lustros en la risa, 10
el cuchillo quizá envainaba agudo.

De tal sitial después al mal cadalso
precipitado, ¡oh cuánto nos avisa!
¡Oh cuánta trompa es su ejemplo mudo!




- X -

Al Marqués de Ayamonte que, pasando por Córdoba, le mostró un retrato de la Marquesa


Clarísimo Marqués, dos veces claro
por vuestra sangre y vuestro entendimiento
claro dos veces otras, y otras ciento
por la luz, de que no me sois avaro,

de los dos Soles que el pincel más raro 5
dio de su luminoso firmamento
a vuestro seno ilustre, atrevimiento
que aun en cenizas no saliera caro:

¿Qué águila, señor, dichosamente
la región penetró de su hermosura 10
por copiaros los rayos de su frente?

Cebado vos los ojos de pintura,
en noche camináis, noche luciente
que mal será con dos soles oscura.




- XI -

En la partida del Conde de Lemos y del Duque de Feria a Nápoles y Francia


El conde, mi señor, se fue a Nápoles;
el duque, mi señor, se fue a Francia;
príncipes, buen viaje, que este día
pesadumbre daré a unos caracoles.

Como sobran tan doctos españoles 5
a ninguno ofrecí la Musa mía;
a un pobre albergue, sí, de Andalucía
que ha resistido a grandes, digo Soles.

Con pocos libros libres (libres digo
de expurgaciones) paso y me paseo, 10
ya que el tiempo me pasa como higo.

No espero en mi verdad lo que no creo;
espero en mi conciencia lo que digo,
mi salvación, que es lo que más deseo.




- XII -

A Guadalquivir, río de Andalucía


Rey de los otros ríos caudaloso,
que en fama claro, en ondas cristalino,
tosca guirnalda de robusto pino,
ciñe tu frente y tu cabello undoso.

Pues dejando tu nido cavernoso 5
de Segura en el monte más vecino,
por el suelo andaluz tu real camino
tuerces soberbio, raudo y espumoso.

A mí, que de tus fértiles orillas
piso, aunque ilustremente enamorado, 10
la noble arena con humilde planta,

dime si entre las rubias pastorcillas
has visto que en tus aguas se han mirado
beldad cual la de Clori, o gracia tanta.




- XIII -

De unas fiestas en Valladolid


La plaza, un jardín fresco; los tablados,
un encañado de diversas flores;
los toros, doce tigres matadores
a lanza y a rejón despedazados;

la jineta, dos puestos coronados 5
de príncipes, de grandes, de señores;
las libreas, bellísimos colores,
arcos del cielo, o propios o imitados;

los caballos, Favonios andaluces
gastándole al Perú oro en los frenos 10
y los rayos al sol en los jaeces;

al trasponer de Febo ya las luces
en mejores adargas, aunque menos,
Pisuerga vio lo que Genil mil veces.




- XIV -

Al Marqués de Velada, herido de un toro que mató luego a cuchilladas


Con razón, gloria excelsa de Velada,
te admira Europa, y tanto que, celoso
su robador mentido, pisa el coso,
fiel este día, forma no alterada.

Buscó tu fresno, y extinguió tu espada 5
en su sangre su espíritu fogoso,
si de tus venas ya lo generoso
poca arena dejó calificada.

Lloró su muerte el sol, y del segundo
lunado signo su esplendor vistiendo 10
a la satisfacción se disponía;

cuando el monarca de este y de aquel mundo
dejar te mando el circo, previniendo
no acaben dos planetas en un día.




- XV -

¡Oh claro honor del líquido elemento,
dulce arroyuelo de corriente plata,
cuya agua entre la hierba se dilata
con regalado son, con paso lento!;

pues la por quien helar y arder me siento 5
(mientras en ti se mira), Amor retrata
de su rostro la nieve y la escarlata
en su tranquilo y blando movimiento,

vete como te vas; no dejes floja
la undosa rienda al cristalino freno 10
con que gobiernas tu veloz corriente;

que no es bien que confusamente acoja
tanta belleza en su profundo seno
el gran Señor del húmido tridente.




- XVI -

Llegué a Valladolid; registré luego
desde el bonete al clavo de la mula;
guardo el registro, que será mi bula
contra el cuidado de el señor don Diego.

Busqué la corte en él y yo estoy ciego, 5
o en la ciudad no está o se disimula.
Celebrando dietas vi a la gula,
que Platón para todos está en griego.

La lisonja hallé y la ceremonia
con luto, idolatrados los caciques, 10
amor sin fe, interés con sus virotes.

Todo se halla en esta Babilonia,
como en botica grandes alambiques,
y más en ella títulos que botes.




- XVII -

En el cristal de tu divina mano
de Amor bebí el dulcísimo veneno,
néctar ardiente que me abrasa el seno,
y templar con la ausencia pensé en vano;

tal, Claudia bella, del rapaz tirano 5
es arpón de oro tu mirar sereno,
que cuanto más ausente del, más peno
de sus golpes el pecho menos sano.

Tus cadenas al pie, lloro al ruido
de un eslabón y otro mi destierro, 10
más desviado, pero más perdido.

¿Cuándo será aquel día que por yerro,
oh serafín, desates, bien nacido,
con manos de cristal nudos de hierro?




- XVIII -

En la capilla estoy y condenado
a partir sin remedio de esta vida:
siendo la causa aún más que la partida,
por hambre expulso como sitiado.

Culpa sin duda es ser un desdichado 5
mayor de condición ser encogida;
de ellas me acuso en esta despedida,
y partiré a lo menos confesado.

Examiné mi suerte al hierro agudo,
que a pesar de sus filos me prometo 10
alta piedad de vuestra excelsa mano.

Ya que el encogimiento ha sido mudo,
los números, Señor, de este soneto
lenguas sean, y lágrimas no en vano.




- XIX -

A don Francisco de Quevedo


Anacreonte español, no hay quien os tope,
que no diga con mucha cortesía,
que ya que vuestros pies son de elegía,
que vuestras suavidades son de arrope.

¿No imitaréis al terenciano Lope, 5
que al de Beleforonte cada día
sobre zuecos de cómica poesía
se calza espuelas, y le da un galope?

Con cuidado especial vuestros antojos
dicen que quieren traducir al griego, 10
no habiéndolo mirado vuestros ojos.

Prestádselos un rato a mi ojo ciego,
porque a luz saque ciertos versos flojos,
y entenderéis cualquier greguesco luego.




- XX -

A una dama muy blanca, vestida de verde


Cisne gentil, después que crespo el vado
dejó, y de espuma a la agua encanecida,
que al rubio sol la pluma humedecida
sacude de las juncias abrigado:

copos de blanca nieve en verde prado, 5
azucena entre murtas escondida,
cuajada leche en juncos exprimida,
diamante entre esmeraldas engastado,

no tienen que preciarse de blancura
después que nos mostró su airoso brío 10
la blanca Leda en verde vestidura.

Fue tal, que templó su aire el fuego mío,
y dio, con su vestido y su hermosura,
verdor al campo, claridad al río.




- XXI -

Hermoso dueño de la vida mía


Hermoso dueño de la vida mía,
mientras se dejan ver a cualquier hora
en tus mejillas la rosada aurora,
Febo en tus ojos y en tu frente el día,

y mientras que con gentil descortesía 5
mueve el viento la hebra voladora
que la Arabia en sus venas atesora
y el rico Tajo en sus arenas cría;

antes que de la edad Febo eclipsado
y el claro día vuelto en noche oscura, 10
huya la aurora del mortal nublado;

antes que lo que es hoy rubio tesoro
venza la blanca nieve su blancura,
goza, goza el color, la luz, el oro.




- XXII -

Al Duque de Feria de la señora doña Catalina de Acuña


Oh marinero, tú que, cortesano,
al Palacio le fías tus entenas,
al Palacio Real, que de Sirenas
es un segundo mar napolitano,

los remos deja, y una y otra mano 5
de las orejas las desvía apenas;
que escollo es, no sirte de sirenas,
la dulce voz de un serafín humano.

Cual su acento, tu muerte será clara,
si espira suavidad, si gloria espira 10
su armonía mortal, su beldad rara.

Huye de la que, armada de una lira,
si rocas mueve, si bajeles para,
cantando mata al que matando mira.




- XXIII -

El sepulcro de Dominico Greco, excelente pintor


Esta en forma elegante, o peregrino,
de pórfido luciente dura llave,
el pincel niega el mundo mas suave
que dio espíritu a leño, vida o lino.

Su nombre, aun de mayor aliento dino 5
que en los clarines de la fama cabe,
el campo ilustra de esa mármol grave,
Venéralo, y prosigue tu camino.

Yace el Griego, heredó naturaleza
Arte, y el Arte estudio, Iris colores, 10
Febo luces, sino sombras Morfeo.

Tanta urna, a pesar de su dureza,
lágrimas beba, y cuantos suda olores,
corteza funeral de árbol sabeo.




- XXIV -

Al tramontar del sol, la ninfa mía,
de flores despojando el verde llano,
cuantas trocaba la hermosa mano,
tantas el blanco pie crecer hacía.

Ondeábale el viento que corría 5
el oro fino con error galano,
cual verde hoja del álamo lozano
se mueve al rojo despuntar del día;

mas luego que ciñó sus sienes bellas
de los varios despojos de su falda 10
(término puesto al oro y a la nieve),

juraré que lució más su guirnalda
con ser de flores, la otra ser de estrellas,
que la que ilustra el cielo en luces nueve.




- XXV -

No destrozada nave en roca dura
tocó la playa más arrepentida,
ni pajarillo de la red tendida
voló más temeroso a la espesura,

bella ninfa, la planta mal segura, 5
no tan alborotada ni afligida,
hurto de verde prado, que escondida
víbora regalaba en su verdura,

como yo, amor, la condición airada,
las rubias trenzas y la vista bella 10
huyendo voy, con pie ya desatado,

de mi enemiga en vano celebrada.
Adiós, ninfa cruel; quedaos con ella,
dura roca, red de oro, alegre prado.




- XXVI -

De la ambición humana


Mariposa, no sólo no cobarde,
mas temeraria, fatalmente ciega,
lo que la llama el Fénix aún le niega,
quiere obstinada que a sus alas guarde:

pues en su daño arrepentida tarde, 5
del esplendor solicitada, llega
a lo que luce, y ambiciosa entrega
su mal vestida pluma a lo que arde.

¡Yace gloriosa en la que dulcemente
huesa le ha prevenido abeja breve, 10
suma felicidad a yerro sumo!

No a mi ambición contrario tan luciente,
menos activo, si cuanto más leve,
cenizas la hará, si abrasa el humo.




- XXVII -

A la Purísima Concepción de Nuestra Señora


Si ociosa no asistió naturaleza,
admirada, a la tuya, ¡oh gran Señora!,
concepción limpia, donde ciega ignora
lo que muda admiró de tu pureza.

Díganlo, ¡oh Virgen!, la mayor belleza 5
del día cuya luz tu manto dora,
la que calza nocturna brilladora,
los que ciñen carbunclos tu cabeza.

Pura la Iglesia ya, pura te llama
la escuela, y todo pío afecto sabio 10
cultas en tu favor da plumas bellas.

¿Qué mucho, pues, si aun hoy sellado el labio,
si la naturaleza aun hoy te aclama
Virgen pura, si el Sol, Luna y estrellas...?




- XXVIII -

A la beatificación de San Ignacio


En tenebrosa noche, en mar airado,
al través diera un marinero ciego
de dulce voz y de homicida ruego,
de sirena mortal lisonjeado,

si el fervoroso celador cuidado 5
del grande Ignacio no ofreciera luego,
farol divino, su encendido fuego
a los cristales de un estanque helado.

Trueca las velas el bajel perdido,
y escollos juzga que en el mar se lavan, 10
las voces que en la arena oye lascivas;

ves el puerto, altamente conducido
de las que para norte suyo estaban
ardiendo en aguas muertas llamas vivas.




- XXIX -

Cual parece al romper de la mañana
aljófar blanco sobre frescas rosas,
o cual por manos hecha, artificiosas,
bordadura de perlas sobre grana,

tales de mi pastora soberana 5
parecían las lágrimas hermosas
sobre las dos mejillas milagrosas,
de quien mezcladas leche y sangre mana,

lanzando a vueltas de su tierno llanto
un ardiente suspiro de su pecho, 10
tal que el más duro canto enterneciera:

si enternecer bastara un duro canto,
mirad que habrá con un corazón hecho,
que al llanto y al suspiro fue de cera.



- XXX -

Suspiros tristes, lágrimas cansadas,
que lanza el corazón, los ojos llueven,
los troncos bañan y las ramas mueven
de estas plantas, a Alcides consagradas;

mas del viento las fuerzas conjuradas 5
los suspiros desatan y remueven,
y los troncos las lágrimas se beben,
mal ellos y peor ellas derramadas.

Hasta mi tierno rostro aquel tributo
que dan mis ojos, invisible mano 10
de sombra o de aire me la deja enjuto,

porque aquel ángel fieramente humano
no crea mi dolor, y así es mi fruto
llorar sin premio y suspirar en vano.




- XXXI -

Mientras por competir con tu cabello,
oro bruñido el Sol relumbra en vano,
mientras con menosprecio en medio el llano
mira tu blanca frente el lilio bello;

mientras a cada labio, por cogello, 5
siguen más ojos que al clavel temprano,
y mientras triunfa con desdén lozano
del luciente cristal tu gentil cuello;

goza cuello, cabello, labio y frente,
antes que lo que fue en tu edad dorada 10
oro, lilio, clavel, cristal luciente,

no sólo en plata o viola truncada
se vuelva, mas tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.




- XXXII -

Ni en este monte, este aire, ni este río
corre fiera, vuela ave, ni pez nada,
de quien con atención no sea escuchada
la triste voz del triste llanto mío;

y aunque en la fuerza sea de el estío 5
al viento mi querella encomendada,
cuando a cada cual de ellos más le agrada
fresca cueva, árbol verde, arroyo frío,

a compasión movidos de mi llanto,
dejan la sombra, el ramo y la hondura, 10
cual ya por escuchar el dulce canto

de aquel que, de Strimón en la espesura,
los suspendía cien mil veces. ¡Tanto
puede mi mal y puede su dulzura!




- XXXIII -

La dulce boca que a gustar convida
un humor entre perlas destilado
y a no envidiar aquel licor sagrado
que a Júpiter ministra el garzón de Ida,

amantes no toquéis si queréis vida; 5
porque entre un labio y otro colorado
Amor está, de su veneno armado,
cual entre flor y flor sierpe escondida.

No os engañen las rosas, que a la Aurora
diréis que, aljofaradas y olorosas, 10
se le cayeron del purpúreo seno;

manzanas son de Tántalo, y no rosas,
que después huyen del que incitan ahora,
y sólo del Amor queda el veneno.




- XXXIV -

A Córdoba


¡Oh excelso muro, oh torres coronadas
de honor, de majestad, de gallardía!
¡Oh gran río, gran rey de Andalucía,
de arenas nobles, ya que no doradas!

¡Oh fértil llano, oh sierras levantadas, 5
que privilegia el cielo y dora el día!
¡Oh siempre gloriosa patria mía,
tanto por plumas cuanto por espadas!

¡Si entre aquellas ruinas y despojos
que enriquece Genil y Darro baña 10
tu memoria no fue alimento mío,

nunca merezcan mis ausentes ojos
ver tu muro, tus torres y tu río,
tu llano y sierra, oh patria, oh flor de España!




- XXXV -

Al nacimiento de Cristo Nuestro Señor


Pender de un leño, traspasado el pecho
y de espinas clavadas ambas sienes,
dar tus mortales penas en rehenes
de nuestra gloria, bien fue heroico hecho;

pero más fue nacer en tanto estrecho, 5
donde, para mostrar en nuestros bienes
a dónde bajas y de dónde vienes,
no quiere un portalillo tener techo.

No fue esta más hazaña, oh gran Dios mío,
del tiempo, por haber la helada ofensa 10
vencido en flaca edad con pecho fuerte

(que más fue sudar sangre que haber frío),
sino porque hay distancia más inmensa
de Dios a hombre, que de hombre a muerte.




- XXVI -

De unos papeles que una dama le había escrito, restituyéndoselos en una caja


Yacen aquí los hueso sepultados
de una amistad que al mundo será una,
o ya para experiencia de fortuna,
o ya para escarmiento de cuidados.

Nació entre pensamientos, aunque honrados, 5
grave al amor, a muchos importuna;
tanto que la mataron en la cuna
ojos de envidia y de ponzoña armados.

Breve urna los sella como huesos,
al fin, de malograda criatura; 10
pero versos los honran inmortales,

que vivirán en el sepulcro impresos,
siendo la piedra Felixmena dura,
Daliso el escultor, cincel sus males.




- XXXVII -

Verdes juncos del Duero a mi pastora
tejieron dulce generosa cuna;
blancas palmas, si el Tajo tiene alguna,
cubren su pastoral albergue ahora.

Los montes mide y las campañas mora 5
flechando una dorada media luna,
cual dicen que a las fieras fue importuna
del Europa la casta cazadora.

De un blanco armiño, el esplendor vestida,
los blancos pies distinguen de la nieve 10
los coturnos que calza esta homicida;

bien tal, pues montaraz y endurecida,
contra las fieras sólo un arco mueve,
y dos arcos tendió contra mi vida.




- XXXVIII -

Si Amor entre las plumas de su nido
prendió mi libertad, ¿qué hará ahora,
que en tus ojos, dulcísima señora,
armado vuela, ya que no vestido?

Entre las violetas fui herido 5
de el áspid que hoy entre los lilios mora,
igual fuerza tenías siendo Aurora,
que ya como Sol tienes bien nacido.

Saludaré tu luz con voz doliente,
cual tierno ruiseñor en prisión dura 10
despide quejas, pero dulcemente.

Diré cómo de rayos vi tu frente
coronada, y que hace tu hermosura
cantar las aves y llorar la gente.




- XXXIX -

Al puerto de Guadarrama, pasando por él los condes de Lemos


Montaña inaccesible, opuesta en vano
al atrevido paso de la gente,
o nubes humedezcan tu alta frente,
o nieblas ciñan tu cabello cano,

Caistro el mayoral, en cuya mano 5
en vez de bastón vemos el tridente,
con su hermosa Silvia, Sol luciente
de rayos negros, serafín humano,

tu cerviz pisa dura; y la pastora
yugo te pone de cristal, calzada 10
coturnos de oro el pie, armiños vestida.

Huirá la nieve de la nieve ahora,
o ya de los dos soles desatada,
o ya de los dos blancos pies vencida.




- XL -

Mientras Corinto, en lágrimas deshecho,
la sangre de su pecho vierte en vano,
vende Lice a un decrépito indiano
por cien escudos la mitad del lecho;

¿quién, pues, se maravilla de este hecho, 5
sabiendo que halla ya paso más llano,
la bolsa abierta el rico pelicano,
que el pelicano pobre abierto el pecho?

Interés, ojos de oro como gato,
y gato de doblones, no Amor ciego, 10
que leña y pluma gasta, cien arpones

le flechó de la aljaba de un talego.
¿Qué Tremecén no desmantela un trato,
arrimándole al trato cien cañones?




- XLI -

De pura honestidad templo sagrado,
cuyo bello cimiento y gentil muro,
de blanco nácar y alabastro duro
fue por divina mano fabricado;

pequeña puerta de coral preciado, 5
claras lumbreras de mirar seguro,
que a la esmeralda fina el verde puro
habéis para viriles usurpado;

soberbio techo, cuyas cimbrias de oro
al claro Sol, en cuanto en torno gira, 10
ornan de luz, coronan de belleza;

ídolo bello, a quien humilde adoro,
oye piadoso al que por ti suspira,
tus himnos canta, y tus virtudes reza.




- XLII -

Al Conde de Villamediana, celebrando el gusto que tuvo en diamantes, pinturas y caballos


Las que a otros negó piedras Oriente,
émulas brutas del mayor lucero,
te las expone en plomo su venero,
si ya al metal no atadas, más luciente.

Cuanto en tu camarín pincel valiente, 5
bien sea natural, bien extranjero,
afecta mudo voces, y parlero
silencio en sus vocales tintas miente;

miembros apenas dio al soplo más puro
del viento su fecunda madre bella; 10
Iris, pompa del Betis, sus colores;

que fuego él espirando, humo ella,
oro te muerden en su freno duro,
oh esplendor generoso de señores.




- XLIII -

De la brevedad engañosa de la vida


Menos solícito veloz saeta
destinada señal, que mordió aguda;
agonal carro por la arena muda
no coronó con más silencio meta,

que presurosa corre, que secreta, 5
a su fin nuestra edad. A quien lo duda,
fiera que sea de razón desnuda,
cada Sol repetido es un cometa.

¿Confiésalo Cartago, y tú lo ignoras?
Peligro corres, Licio, si porfías 10
en seguir sombras y abrazar engaños.

Mal te perdonarán a ti las horas;
las horas que limando están los días,
los días que royendo están los años.




- XLIV -

Dilatándose una pensión que pretendía


Camina mi pensión con pie de plomo,
el mío, como dicen, en la huesa;
a ojos yo cerrados, tenue o gruesa,
por dar más luz al mediodía la tomo.

Merced de la tijera a punta o lomo 5
nos cohorta aún de murtas una mesa;
oigáis la mejor voz es portuguesa,
y la mejor ciudad de Francia, Como.

No más, no, borceguí ni chimenea;
basten los años, que ni aún breve raja 10
de encina la perfuma o de aceituno.

¡Oh cuánto tarda lo que se desea!
Llegue; que no es pequeña la ventaja
del comer tarde al acostarse ayuno.




- XLV -

A un ruiseñor


Con diferencia tal, con gracia tanta
aquel ruiseñor llora, que sospecho
que tiene otros cien mil dentro del pecho
que alternan su dolor por su garganta.

Y aun creo que el espíritu levanta, 5
como en información de su derecho,
a escribir del cuñado el atroz hecho
en la hoja de aquella verde planta.

Ponga, pues, fin a la querella que usa,
pues ni quejarse ni mudar estanza 10
por pico ni por pluma se le veda.

Y llore sólo aquel que su Medusa
en piedra convirtió, porque no pueda
ni publicar su mal ni hacer mudanza.




- XLVI -

Al sol porque salió estando con una dama y le fue forzoso dejarla


Ya besando unas manos cristalinas,
ya anudándome a un liso y blanco cuello;
ya esparciendo por él aquel cabello,
que Amor sacó entre el oro de sus minas;

ya bebiendo en aquellas perlas finas 5
palabras dulces mil sin merecello,
ya cogiendo de cada labio bello
purpúreas rosas sin temor de espinas,

estaba, oh claro sol, envidioso,
cuando tu luz, hiriéndome los ojos, 10
mató mi gloria y acabó mi suerte.

Si el cielo ya no es menos poderoso,
porque no den los tuyos más enojos,
rayo, como a tu hijo, te den muerte.




- XLVII -

A unos álamos


Gallardas plantas que con voz doliente
al osado Faetón llorasteis vivas,
y ya sin envidiar palmas y olivas,
muertas podéis ceñir cualquiera frente.

Así del sol estivo al rayo ardiente 5
blanco coro de náyades lascivas
precie más vuestras sombras fugitivas
que verde margen de escondida fuente.

Así besé, a pesar del seco estío,
vuestros troncos, y a un tiempo pies humanos 10
el raudo curso de este undoso río.

Que lloréis, pues llorar sólo a vos toca
locas empresas, ardimientos vanos,
mi ardimiento en amar, mi empresa loca.




- XLVIII -

A los celos


¡Oh niebla del estado más sereno,
furia infernal, serpiente mal nacida!
¡Oh ponzoñosa víbora escondida
de verde prado en oloroso seno!

¡Oh, entre néctar de amor mortal veneno, 5
que en vaso de cristal quitas la vida!
¡Oh espada sobre mí de un pelo asida,
de la amorosa espuela duro freno!

¡Oh celo del favor verdugo eterno!
Vuélvete al lugar triste donde estabas, 10
o al reino, si allá cabes, del espanto.

Mas no cabrás allá, que pues ha tanto
que comes de ti mismo, y no te acabas,
mayor debes de ser que el mismo infierno.




- XLIX -

A una rosa


Ayer naciste y morirás mañana;
para tan breve ser, ¿quién te dio vida?
¡Para vivir tan poco estás lucida,
y para no ser nada estás lozana!

Si te engañó tu hermosura vana, 5
bien presto la verás desvanecida,
porque en esa hermosura está escondida
la ocasión de morir muerte temprana.

Cuando te corte la robusta mano,
ley de la agricultura permitida, 10
grosero aliento acabará tu suerte.

No salgas, que te guarde algún tirano;
dilata tu nacer para tu vida,
que anticipas tu ser para tu muerte.




- L -

Al tronco Filis de un laurel sagrado
reclinada, el convexo de su cuello
lamía en ondas rubias el cabello,
lascivamente al aire encomendado.

Las hojas del clavel, que habían juntado 5
el silencio en un labio y otro bello,
violar intentaba, y pudo hacello,
sátiro mal de hiedras coronado;

mas la envidia interpuesta de un abeja,
dulce libando púrpura, al instante 10
previno la dormida zagaleja.

El semidiós, burlado, petulante,
en atenciones tímidas la deja
de cuanto bella, tanto vigilante.




- LI -

Celebro en Granada al auto de la fe que sé


Bien dispuesta madera en nueva traza,
que un cadalso en forma levantado,
admiración del pueblo desgranado,
por el húmido suelo de la plaza.

Cincuenta mujercillas de la raza 5
del que halló en el mar enjuto vado,
y la jurisprudencia de un letrado
cuyo ejemplo confunde y amenaza.

Dos torpes, seis blasfemos, la corona
de un fraile mal abierta y peor casada, 10
y otros dos veces que él no menos ciego;

cinco en estatua, sólo uno en persona,
encomendados justamente al fuego,
fueron el auto de la fe en Granada.




- LII -

De la jornada de Larache


-¿De dónde bueno, Juan, con pedorreras?
-Señora tía, de Cagalarache,
-Sobrino, ¿y cuántos fuiste a Alfarache?
-Treinta soldados en tres mil galeras.

-¿Tanta gente? -Tomámoslo de veras. 5
-¿Desembarcarte, Juan? -¡Tarde piache!
que por dar un Santiago de azabache
dio la playa más moros que veneras.

-¿Luego es de moros? -Sí, señora tía;
mucha algazara, pero poca ropa. 10
-¿Hicieron os los perros algún daño?

-No, que en ladrando con su artillería,
a todos, nos dio cámaras de popa.
-¡Salud serían para todo el año!




- LIII -

Soneto caótico


Grandes, más que elefantes y que abadas,
títulos liberales como rocas,
gentiles hombres, sólo de sus bocas,
ilustre cavaglier, llaves doradas;

hábitos, capas digo remendadas, 5
damas de haz y envés, viudas sin tocas,
carrozas de ocho bestias, y aun son pocas
con las que tiran y que son tiradas;

catarriberas, ánimas en pena,
con Bártulos y Abades la milicia, 10
y los derechos con espada y daga;

casas y pechos, todo a la malicia;
lodos con perejil y hierbabuena:
esto es la Corte: ¡Buena pro les haga!




- LIV -

Al rey Felipe IV y su esposa Isabel


Dulce arroyuelo de la nieve fría
bajaba mudamente desatado,
y del silencio que guardaba helado
en labios de claveles se reía.

Con sus floridos márgenes partía 5
si no su amor Fileno, su cuidado;
no ha visto a su Belisa, y ha dorado
el sol casi los términos del día.

Con lágrimas turbando la corriente,
el llanto en perlas coronó las flores, 10
que ya bebieron en cristal la risa.

Llegó en este momento fiel Belisa,
al alba en los blancos lilios de su frente,
y en sus divinos ojos los amores,

que de un casto veneno 15
la esperanza alimentan de Fileno.




- LV -

A Lope de Vega


Embutiste Lopillo, a Sabaot
en un mismo soneto con Ylec,
y echándosele a cuesta a Lamec
le diste un muy mal rato al justo Lot.

Sacrificaste al ídolo Behemot, 5
que matan mal coplón Melquisedec,
y traiga para el fuego Abimelec
sarmientos de la viña de Nabot.

Guárdate de las lanzas de Joab,
de tablazos del arca de Jafet, 10
y leños de la escala de Jacob;

no te metas con el rey Acab,
ni en lugar de Bethelén me digas Bet,
que con tus versos cansas aun a Job.

Y este soneto a buenas manos va: 15
¡Ay del Alfa, y Omega, y Jehová!




- LVI -

A la muerte de Miguel de Guzmán, hijo del Duque de Medina Sidionia a Júpiter


Tonante monseñor, ¿de cuándo acá
fulminas jovenetes? Yo no sé
cuánta pluma ensillaste para el que
sirviéndote la copa aun hoy está.

El garzón frigio, a quien de bello da 5
tanto la antigüedad, besara el pie
al que mucho de España esplendor fue,
y poca, mas fatal, ceniza es ya.

Ministro, no grifaño, duro sí,
que en Líparis Estérope forjó 10
(piedra digo behazar de otro Pirú)

las hojas inflamó de un alhelí.
y los Acroceraunios monte no.
¡Oh Júpiter, oh, tú, mil veces tú!




- LVII -

Al obispo Antonio Venegas


Este a Pomona, cuando ya no sea
edificio al silencio dedicado
(que si el cristal le rompe desatado,
suave el ruiseñor le lisonjea),

dulce es refugio, donde se pasea 5
la quietud, y donde otro cuidado
despedido, si no digo burlando,
de los términos huye de esta aldea.

Aquí la Primavera ofrece flores
al gran pastor de pueblos, que enriquece 10
de luz a España, y gloria a los Venegas.

¡Oh, peregrino, tú cualquier que llegas,
paga en admiración las que te ofrece
el huerto fruta, y el jardín, olores!




- LVIII -

Del Conde de Villamediana, prevenido para ir a Nápoles con el Duque de Alba


El Conde mi señor se va a Nápoles
con el gran Duque, Príncipes, a Dío;
de acémilas de haya no me fío,
fanales sean sus ojos o faroles.

Los más carirredondos girasoles 5
imitará siguiéndoos mi albedrío,
y en vuestra ausencia, en el puchero mío
será un torrezno el Alba entre las coles.

En sus brazos Parténope festiva,
de aplausos coronado Castilnnovo 10
en clarines de pólvora os reciba;

de las orejas yo teniendo al lobo,
incluso esperaré en cualquier misiva
beneficio tan simple, que sea bobo.




- LIX -

Valladolid, de lágrimas sois valle,
y no quiero deciros quien las llora,
valle de Josafat, sin que en vos hora,
cuanto más día de juicio se halle.

Pisando he vuestros muros calle a calle, 5
donde el engaño con la corte mora,
y cortesano sucio os hallo ahora,
siendo villano un tiempo de buen talle.

Todos sois Condes, no sin nuestro daño;
dígalo el andaluz, que en un infierno 10
debajo de una tabla escrita posa.

No encuentra al de Buendía en todo el año;
al de Chinchón sí ahora, y el invierno
al de Niebla, al de Nieva, al de Lodosa.



LX -

A Juan de Jáuregui


Es el Orfeo del señor don Juan
el primero, porque hay otro segundo.
Espantado han sus números al mundo
por el horror que algunas voces dan.

Mancebo es ingenioso, juro a San, 5
y leído en las cosas del profundo;
pluma valiente, si pincel fecundo.
Tan santo lo haga Dios como es Letrán.

Bien, pues, su Orfeo, que trilingüe canta,
pilló su esposa, puesto que no pueda 10
mirarla, en cuanto otra región no mude;

él volvió la cabeza, ella la planta;
la trova se acabó y el autor queda
cisne gentil de la infernal palude.




- LXI -

Los blancos lilios


Los blancos lilios que de ciento en ciento,
hijos del Sol, nos da la Primavera,
a quien del Tajo son en la ribera
oro su cuna, perlas su alimento;

las frescas rosas, que ambicioso el viento 5
con pluma solicita lisonjera,
como quien de una y otra hoja espera
púrpuras alas, si lascivo aliento,

a vuestro hermoso pie cada cual debe
su beldad toda, ¿qué hará la mano 10
si tanto puede el pie, que ostenta flores,

porque vuestro esplendor venza la nieve,
venza su rosicler, y porque en vano,
hablando vos, expiren sus olores?




- LXII -

A don Luis de Ulloa y Pereira


Generoso esplendor, sino luciente
no sólo lo es de cuanto el Duero baña
Toro, mas del Zodíaco de España
y gloria vos de amurallada frente.

¿Quién, pues, región, os hizo diferente 5
prisión amante? Mal la fuga engaña,
mortal saeta, dura en la montaña
y en las ondas más duras de la fuente.

De venenosas plumas os lo diga
corcillo atravesado, restituya 10
sus trofeos al fin vuestra enemiga.

Tímida fiera, bella ninfa huya
espíritu gentil, no sólo siga
mas bese en el airón la mano suya.




- LXIII -

Poco después, que su cristal dilata
orla el Darro las márgenes de un Soto,
cuyas plantas Genil besa devoto;
Genil que de las nieves se desata.

Y corrientes por el cada cual trata, 5
las escuche el Antípoda remoto,
y el culto seno de sus minas roto
oro al Darro le presta, al Genil plata.

El pues de Rojas flores coronado,
nobles en nuestra España, por ser Rojas, 10
como bellas al mundo por ser flores.

Con rayos dulces mil, de Sol templado,
al Mirto penas, y al Laurel las hojas,
Monte de Musas ya, jardín de amores.




- LXIV -

Al padre Pineda, porque no le dio premio en un certamen


En justa, injusta expuesto a la sentencia
de un Padre positivo azafranado,
paciencia Job si alguna os han dejado
los prolijos escritos de su Encía.

Consuelo me dará, sino paciencia, 5
ver que en Justas entre, y fui desgraciado
en el mes que perdió el Apostolado,
un justo por divina providencia.

Quien justo de la tela es Pinabete,
y no muy de seguro, aunque sea pino, 10
que hoy es pino, y mañana será vete.

No más judicatura de Teatino,
cofre te digo, obrero con bonete,
que más tiene de tea, que de tino.




- LXV -

A una mujer, que siendo muy puerca presumía que la querían por hermosa


Sin esperar la lucha picaril
el Zeroma previenes infernal,
cuando tienes un asco el carnaval,
anegado en tu sucio perejil.

Si eres torcida en morro de candil, 5
y tu tálamo huele al Hospital,
como quieres matarle lo carnal
al que llegue a probar de tu pernil.

Púsole a resistencias tu desdén,
a las pruebas que hacía el más galán, 10
por parecer jinete muy de bien.

No presumas, que más te esforzaran
porque te ven de bruja Almagacén
y volar por los aires te verán.




- LXVI -

A Lope de Vega


Por tu vida, Lopillo, que me borres
las diez y nueve torres del escudo,
porque aunque todas son de viento dudo,
que tengas viento para tantas torres.

Válgame los de Arcadia, no te corres 5
armar de un pavés noble, un pastor rudo
a tronco de Mi col, Nabal barbudo,
o brazos Leganeses, y Vinorres.

No me dejéis en el castillo almena,
vuelva a su oficio, y al rocín alado, 10
y en el Teatro sáquele los reznos.

No fabrique más torres en arena,
sino es que la segunda vez casado
nos quisiere hacer torres los torreznos.




- LXVII -

¿Para qué dime Marcia, te perfumas,
y en tantos alambiques y redomas,
de Pancaya destilas los aromas,
y al pájaro del Sol cuentas las plumas?

Si eres mujer común, no te presumas 5
empresas de Cartagos, y de Romas,
si tales son las que a tu cargo tomas,
para charco te bastan las espumas.

Que mal podrás del bálsamo Guineo
desmentir las ofensas al olfato 10
con todo lo fenicio y los Sabeo.

Mientras te taraceas cada rato,
que juntas en adúltero Himeneo,
al marfil terso, el ébano mulato.




- LXVIII -

A un valiente


Un Valentón de espátula, y gregesco,
que a la muerte mil vidas sacrifica,
cansado del oficio de la pica,
aunque no del oficio Picaresco.

Retorciendo el mostacho soldadesco; 5
y viendo, que la bolsa le replica,
a un corro se llegó de gente rica,
y en el nombre de Dios pidió un refresco.

Den voscedes por Dios, o por cien Santos,
que haga lo que suelo sin pereza, 10
mas uno que atacar la espada empieza.

Y si no se le dan al pica cantos;
pregunta; ¿qué ha de hacer en la querella?
respondió el Bravonel, irme sin ella.




- LXIX -

A las obras de Lope de Vega


«Aquí del Conde Claros», dijo, y luego,
le agregaron a Lope los secuaces,
con la Estrella de Venus mil Rapaces,
y con mil soliloquios sólo un ciego.

Con la espada un lanudazo Lego, 5
con la Arcadia dos Dueñas incapaces,
tres Monjas con la Angélica locuaces,
y con el Peregrino un Fray Borrego.

Con el Isidro un Cura de una Aldea,
con los Pastores de Belén Burguillo, 10
y con la Filomena un Idiota.

Vínose Tifis de la Dragontea,
candil, farol de la estampada flota,
aquella gente sigue a este caudillo.




- LXX -

A la muerte de una buena mujer


Yace debajo de esta piedra fría
mujer tan santa que ni escapulario,
ni cordón, ni correa, ni rosario,
de su cuerpo jamás se le caía.

Trajo veintidós años día por día 5
un silicio de cerdas de ordinario,
ayunaba continuo a San Hilario,
porque nunca hilaba ni cosía.

Fue su casa un devoro encerramiento,
donde iban a hacer los ejercicios 10
y llorar sus pecados las personas.

Murió sin Óleo no sin testamento
en que mandó a una prima sus oficios
y a cuatro amigos cuatro mil coronas.




- LXXI -

A don Cristóbal de Mora, marqués de Castel-Rodrigo del libro de Baltasar Gracián Agudeza y arte de ingenio


Árbol de cuyos ramos fortunados,
las nobles Moras son quinas Reales,
teñidas con la sangre de leales
Capitanes, no amantes desdichados.

En los campos del Tajo más dorados, 5
y que más privilegian sus cristales,
a par de la sublime palma sales,
y más que los laureles levantados.

Gusano de tus hojas me alimentes,
pajarillo sosténganme tus ramas, 10
y ampáreme tu sombra peregrino.

Hilaré tu memoria entre las gentes,
cantaré enmudeciendo ajenas famas,
y votaré a tu templo mi camino.




- LXXII -

Este, que en la fortuna más subida
no cupo en sí, ni cupo en él la suerte,
viviendo, pareció digno de muerte;
muriendo, pareció digno de vida.

¡Oh, providencia no bien comprendida! 5
¡auxilio superior, aviso fuerte!
el humo en que el aplauso se convierte,
hace la afrenta más esclarecida.

Calificó un cuchillo los perfectos
medios, que religión celante ordena, 10
para ascender a la mayor victoria.

Y trocando las causas sus efectos,
si glorias le conducen a la pena,
penas le restituyen a la gloria.




- LXXIII -

No de fino diamante, o rubí ardiente,
luces brillando aquél, éste centellas,
crespo volumen vio de plumas bellas
nacer la gala más vistosamente.

Qué oscuro el vuelo, y con razón doliente, 5
de la perla católica, que sellas,
a besar te levantas las estrellas,
melancólica aguja, si luciente.

Pompas eres de dolor, seña no vana
de nuestra vanidad, dígalo el viento, 10
que ya de luces, ya de aromas tanto.

Humo te debe. ¡Ay, ambición humana!
prudente pavón hoy con ojos ciento,
si al desengaño se los das, y al llanto.




- LXXIV -

Cosas, Celalva mía, he visto extrañas,
cascarse nubes, desbocarse vientos,
altas torres besar sus fundamentos,
y vomitar la tierra sus entrañas.

Duras puentes romper cual tiernas cañas, 5
arroyos prodigioso, ríos violentos,
mal vadeados de los pensamientos,
y enfrenados peor de las montañas.

Los días de Noé, gentes subidas
por los más altos pinos levantados, 10
por las robustas hayas mal crecidas.

Pastores, perros, chozas y ganados,
sobre las aguas vi, sin forma y vidas,
y nada temí más, que mis cuidados.




- LXXV -

Celos de quien bien ama, amargo freno,
que a un tiempo me corréis y paráis fuerte;
sombras de la enojosa y triste muerte,
tiniebla que se opone al sol sereno.

Víboras encubiertas en el seno 5
de dulces flores, mal que no se advierte,
tras prósperos principios triste suerte,
y en sabroso manjar mortal veneno.

¿De cuál fruta infernal acá salistes,
ruina universal de los mortales? 10
¡Ay! ¿por qué perseguís mis ojos tristes?

Vuelve al infierno ya, dejad mis males;
maldito sea el punto en que nacistes,
que bien bastaba amor sin furias tales.




- LXXVI -

Lilio siempre real, nací en Medina,
del Cielo con razón, pues nací en ella,
ceñí de un duque excelso, aunque flor bella,
de rayos, más que flores, frente digna.

Lo caduco esta urna peregrina, 5
¡oh, peregrino!, con majestad sella,
lo fragante, entre una y otra estrella,
vista no fabulosa determina.

Estrellas son de la guirnalda griega,
lisonjas luminosas de la mía, 10
señas oscuras, pues ya el Sol corona.

La suavidad que espira el mármol (llega)
del muerto Lilio es; que aun no perdona
el santo honor a la ceniza fría.




- LXXVII -

A Luis de Babia


Este, que Babia al mundo hoy ha ofrecido
poema, si no a números atado,
de la erudición antes limado
de la disposición después lamido.

Historia es culta, cuyo encanecido 5
estilo, sino métrico peinado,
tres ya pilotos del bajel sagrado
hurta al tiempo y redime del olvido.

Pluma, pues que Claveros celestiales
eterniza en los bronces de su Historia, 10
Clave es ya de los tiempos, y no pluma.

Ella a sus nombres, puertas inmortales
abre, no de caduca, no, memoria,
que sombras sella en túmulos de espuma.




- LXXVIII -

Al Monte Santo de Granada


Este monte, de cruces coronado,
cuya siempre dichosa excelsa cumbre,
espina, luz, y no vomita lumbre,
Etna glorioso, Mongibel sagrado.

Trofeo es, dulcemente levantado, 5
no ponderosa grave pesadumbre,
para oprimir sacrílega costumbre,
de bando contra el Cielo conjurado.

Gigantes miden sus ocultas faldas,
que a los Cielos hicieron fuerza, aquella, 10
que los cielos padecen fuerza santa.

Sus miembros cubre, y sus reliquias sella
la bien pisada tierra, veneradlas
con tiernos ojos, con devota planta.




- LXXIX -

Por niñear un picarillo tierno,
hurón de faldriqueras, sutil caza,
a la cola de un perro ató por maza,
con perdón del bonete un lego cuerno.

El triste perrinchón en el gobierno 5
de una tan gran carroza se embaraza;
grítale el pueblo, haciendo de la plaza
(si allá se alegran) un alegre infierno.

Llegó en esto una viuda mesurada,
que entre los signos, ya que no en la gloria, 10
tiene a su esposo, y dijo: Es gran bajeza,

que un gozque arrastre así una ejecutoria
que ha obedecido tanta gente honrada,
y aun se la ha puesto sobre su cabeza.




- LXXX -

El cuarto Enrico yace mal herido,
y peor muerto de plebeya mano,
el que rompió escuadrones y dio al llano
más sangre que agua Orión humedecido.

¡Oh, glorioso Francés esclarecido, 5
conducidor de ejércitos, que en vano
de lirios de oro el ya cabello cano,
y de guarda real iba ceñido!

Una temeridad astas desprecia,
una traición cuidados mil engaña, 10
que muros rompe en un caballo Grecia.

Archas burló el fatal cuchillo. ¡Oh, España,
Belona de dos mundos! fiel te precia,
y armada teme la nación extraña.




- LXXXI -

En contra de Lope de Vega


Patos del aguachirle castellana
que de su rudo origen fácil riega,
y tal vez dulce, inunda nuestra Vega,
con razón Vega, por la siempre llana;

pisad graznando la corriente cana 5
del antiguo idioma, y, turba lega,
las ondas acusad cuantas os niega
ático estilo, erudición romana.

Los cisnes venerad cultos, no aquellos
que esperan su canoro fin los ríos; 10
aquellos, sí, que de su docta espuma

vistió Aganipe. ¿Huís? ¿No queréis vellos
palustres aves? Vuestra vulgar pluma
no borre, no, más charcos. Zambullíos.




- LXXXII -

No enfrene tu gallardo pensamiento
del animoso joven mal logrado
el loco fin, de cuyo vuelo osado
fue ilustre tumba le húmido elemento.

Las dulces alas tiende al blando viento, 5
y sin que el torpe mar, del miedo helado,
tus plumas moje, toca levantado
la encendida región del ardimiento.

Corona en puntas la dorada esfera
do el pájaro real su vista afina, 10
y al noble ardor desátese la cera;

que la mar, do tu sepulcro se destina,
gran honra le será, y a su ribera,
que le hurte su nombre tu ruina.




- LXXXIII -

Al padre Francisco de Castro, por su libro de retórica


Si ya el griego orador la edad presente,
o el de Arpinas dulcísimo abogado,
merecieran gozar, más enseñado
éste quedará, aquél más elocuente,

del bien decir bebiendo en la alta fuente 5
que en tantos ríos hoy se ha desatado,
cuantos en culto estilo nos ha dado
libros vuestra retórica excelente.

Vos reducís, ¡oh Castro!, a breve suma
el difuso canal de esta agua viva; 10
trabajo tal el tiempo no consuma,

pues de laurel ceñido y sacra oliva
hacéis a cada lengua, a cada pluma.
Que hable néctar y que ambrosía escriba.




- LXXXIV -

Para el principio de la historia del señor rey don Felipe II, de Luis Cabrera


Vive en este volumen el que yace
en aquel mármol, Rey siempre glorioso;
sus cenizas allí tienen reposo,
y de ellas hoy él mismo aquí renace.

Con vuestra pluma vuela, y ella os hace, 5
culto Cabrera, en nuestra edad famoso;
con las suyas le hacéis más victorioso
del francés, belga, lusitano, trace.

Plumas de un Fénix tal, y en vuestra mano,
¿qué tiempo podrá haber que las consuma, 10
y qué envidia ofenderos, sino en vano?

Escriba, lo que vieron, tan gran pluma,
de los dos mundo uno y otro plano,
de los dos mares una y otra espuma.




- LXXXV -

Para lo mismo


Segundas plumas son ¡oh lector! cuantas
letras contiene este volumen grave;
plumas siempre gloriosas, no del ave
cuyo túmulo son aromas tantas,

de aquel sí, cuyas hoy cenizas santas 5
breve pórfido sella en paz suave;
que en poco mármol mucho Fénix cabe
si altamente negado a nuestras plantas.

De sus hazañas pues, hoy renacido,
debe a Cabrera el Fénix, debe el mundo, 10
cuantas segunda bate plumas bellas.

A Cabrera español Livio segundo
eternizado, cuando no ceñido
de iguales hojas que Filipo estrellas.




- LXXXVI -

De los que censuraron su Polifemo


Pisó las calles de Madrid el fiero
monóculo galán de Galatea,
y cual suele tejer bárbara aldea
soga de gozques contra forastero,

rígido un bachiller, otro severo, 5
crítica turba al fin, sino pigmea,
su diente afila y su veneno emplea
en el disforme cíclope cabrero.

A pesar del lucero de su frente
le hacen oscuro, y él en dos razones 10
que en dos truenos libró de su Occidente:

«Si quieren -respondió- los pedantones
luz nueva en hemisferio diferente,
den su memorial a mis calzones.»




- LXXXVII -

Alegoría de la primera de sus Soledades


Restituye a tu mundo horror divino,
amiga Soledad, al pie sagrado,
que cautiva lisonja es del poblado
en hierros leves pájaro ladino.

Prudente cónsul, de las selvas dino, 5
de impedimentos busca desatado
tu claustro verde, en valle profanado
de fiera menos que de peregrino.

¡Cuán dulcemente de la encina vieja
tórtola viuda al mismo bosque incierto 10
apacibles desvíos aconseja!

Endeche el siempre amado esposo muerto
con voz doliente, que tan sorda queja
tiene la soledad como el desierto.




- LXXXVIII -

A los que dijeron contra las Soledades


Con poca luz y menos disciplina
(al voto de un muy crítico y muy lego)
salió en Madrid la Soledad, y luego
a Palacio con lento pie camina.

Las puertas le cerró de la Latina 5
quien duerme en español y sueña en griego,
pedante golfo, que, de pasión ciego,
la suya reza, y calla la divina.

Del viento es el pendón pompa ligera;
no hay paso concedido a mayor gloria, 10
ni voz que no la acusen de extranjera.

Gastando, pues, en tanto la memoria
ajena envidia más que propia cera,
por el Carmen la lleva a la Victoria.




- LXXXIX -

Al Conde de Villamediana de su Faetón


En vez de las Helíades, ahora
coronan las Piérides el Prado,
y tronco la más culta levantado,
suda electro en los números que llora.

Plumas vestido ya las aguas mora 5
Apolo, en vez del pájaro nevado,
que a la fatal del Joven fulminado
alta ruina, le debe voz canora.

¿Quién, pues, verdes cortezas, blanca pluma
les dio? ¿Quién de Faetón el ardimiento, 10
a cuántos dora el sol, a cuántos baña

términos del Océano la espuma,
dulce fía? Tu métrico instrumento,
¡oh Mercurio del Júpiter de España!


- XC -

A don Juan de Castilla y Aguayo autor de El perfecto corregidor


Generoso don Juan, sobre quien llueve
la docta erudición su licor puro,
con que nos dais en flor fruto maduro,
y un bien inmenso en un volumen breve;

déle la eternidad, pues se lo debe 5
(para perpetuo acuerdo en lo futuro)
a vuestro heroico bulto en mármol duro
glorioso entalle de inmortal relieve.

Pues hoy da vuestra pluma nueva
de Córdoba al clarísimo Senado, 10
y pone ley al español lenguaje

con doctrina y estilo tan purgado,
que al olvido hará vuestra memoria
ilustre injuria y valeroso ultraje.




- XCI -

A cierto señor que le envió La Dragontea de Lope de Vega


Señor, aquel Dragón de inglés veneno,
criado entre las flores de la Vega
más fértil que el dorado Tajo riega,
vino a mis manos, púselo en mi seno.

Para ruido de tan grande trueno 5
es relámpago chico: no me ciega.
Soberbias velas laza: mal navega.
Potro es gallardo, pero va sin freno.

La musa castellana bien la emplea
en tiernos, dulces, músicos papeles, 10
como en pañales niña que gorjea.

¡Oh planeta gentil, del mundo Apeles,
rompe mis ocios, porque el mundo vea
que el Betis sabe usar de tus pinceles!




- XCII -

A la Jerusalén conquistada que compuso Lope de Vega


Vimo, señora Lopa, su Epopeya,
e por Diosa, aunque sá mucho legante,
que no hay negra poeta que se pante,
e si se panta, no sá negra eya.

Corpo de san Tomé con tanta Reya. 5
¿No hubo (cagayera fusse o fante)
morenica gelofa, que en Levante
as Musas obrigasse aun a peeya?

¿Turo fu Garceran? ¿Turo fu Osorio?
Mentira branca certa prima mía 10
do Rey de Congo canta don Gorgorio,

la hecha si, vos tuvo argentería,
la negrita sará turo abalorio,
corvo na pruma; cisne na harmonía.




- XCIII -

A Lope de Vega


Después que Apolo, tus coplones vido
salidos por la boca de un pipote,
insolente poeta tagarote,
en su délfico trono la ha sentido.

La satírica Clío se ha corrido 5
en ver que la frecuente un necio zote,
y de que tantas legua sen un trote
la hayas hecho correr. Crueldad ha sido.

Deja las damas, deja a Apolo y tente;
pido perdón al pueblo que enojaste, 10
que, aunque corrido el cortesano bando,

no corras tanto, corredor valiente:
que si un sombrero por correr ganaste,
mira no ganes un jubón trotando.




- XCIV -

A los apasionados por Lope de Vega


«Aquí del Conde Claros», dijo, y luego
se agregaron a Lope sus secuaces:
con al Estrella de Venus cien rapaces,
y con mil soliloquios sólo un ciego:

con La Epopeya un lanudazo lego, 5
con La Arcadia dos dueñas incapaces,
tres monjas con La Angélica locuaces,
y con El Peregrino un fray borrego.

Con El Isidro un cura de una aldea,
con Los Pastores de Belén Burguillo, 10
y con La Filomena un idiota.

Vinorre. Tifis de La Dragontea,
Candil, farol de la estampada flota
de Las Comedias, siguen su caudillo.




- XCV -

Al mismo don Francisco Quevedo


Cierto poeta, en forma peregrina
cuanto devota, se metió a romero,
con quien pudiera bien todo barbero
lavar la más llagada disciplina.

Era su benditísima esclavina, 5
en cuanto suya, de un hermoso cuero,
su báculo timón del más zorrero
bajel, que desde el faro de Cecina

a Brindis, sin hacer agua, navega.
Este sin landre claudicante Roque, 10
de una venera justamente vano,

que en oro engasta, santa insignia aloque,
a San Trago camina, donde llega:
que tanto anda el cojo como el sano.




- XCVI -

A Valdés, autor de farsa, y a su mujer


Sabe el cielo, Valdés, si me ha pesado
que ese Gante te exceda en la paciencia,
pues siendo conocida tu inocencia,
haya tan presto el mueblo acrecentado.

Valdés, Valdés, nuestro supremo estado 5
descaecer le veo con violencia.
Danos gatazos Lope con su ciencia:
Alicante nos chupa: yo he engordado.

Yo soy de parecer, Anteón mío,
que pues la vuelta ignoro, y Baltasara 10
se fue a ermitañear, «¿qué es lo que aguardo?»

dijo Jeroma. Él respondió con brío
«Pues no tenéis para teatro cara,
hagamos tabernáculo en el Pardo».




- XCVII -

A un poeta llamado Roa, que hizo un catálogo de muchas mujeres de amores


Deja las damas, cuyo flaco yerro
amor lo dora, e interés lo salva,
tú, que naciste entre una y otra malva,
poeta cuya lira es un cencerro.

¿Qué te ha hecho Aguilar, que lo haces perro? 5
Guárdate no se vuelva el perro de Alba,
que ni a copete perdonó, ni a calva
de cuantos adoraron al becerro.

Gasta en servir las damas tu talento,
no las infame tu ponzoña ruda, 10
que quien más las celebra más se loa.

Y al moreno de cara, y de instrumento,
si rabiare, de lejos le saluda,
si ya no quieres que tus huesos Roa.




- XCVIII -

A un libro de doce sermones que imprimió el padre Florencia, de la Compañía de Jesús


Doce sermones estampó Florencia,
orador cano sí, mas, aunque cano,
a cuanto ventosea en castellano
se tapa las narices la elocuencia.

Humos reconocí en Su Chimenencia 5
de abstinente no menos que de vano,
pues que por un capón deja un milano:
¡oh bien haya tan rígida abstinencia!

En su religión santa, de modesto
nunca ha querido lo que no le han dado: 10
¡oh bien haya modestia tan ociosa!

En Palacio más mucho de lo honesto
del dueño solicita, y del privado:
¡oh mal haya ambición tan ambiciosa!




- XCIX -

Al Orfeo de don Juan Pérez de Montalbán


Orfeo, el que bajó de Andalucía,
por pasos de un rodeo nuevo y duro,
llegó al Infierno a tiempo tan oscuro,
que no se vio si entraba o si salía.

De Montalbán la lira como mía, 5
por atajo más fácil y seguro
sonó difusa por el aire puro
a tanta luz que vieron su armonía.

Con el uno y el otro se suspenden:
de este con la dulzura, con la gracia, 10
que dice la ocasión de su camino;

de aquél con el idioma, que no entienden,
porque como les habla en lengua tracia,
no saben qué les pide, ni a qué vino.




- C -

A un libro que compuso el licenciado Frexno


De vuestras ramas no la heroica lira
suspende Apolo, mas en lugar de ella
la avena pastoral, ya ninfa bella,
que en caña algún dios rústico suspira.

Si dulce sopla el viento, dulce expira 5
su voz y dulcemente se querella,
tanto que el áspid no la oreja sella,
mas escucha la música sin ira.

Sois Frexno al fin, cuya admirable sombra
mata el veneno. Y así el docto coro 10
de las Musas, con casto movimiento,

seguro pisa la florida alfombra,
y el pie descalzo del coturno de oro,
ciñendo el tronco, honrando el instrumento.




- CI -

A don Fray Diego de Mardones, obispo de Córdoba, dedicándole el maestro Risco un libro de música


Un culto Risco en venas hoy suaves
conceptuosamente se desata,
cuyo néctar, no ya líquida plata,
hace canoras aun las piedras graves.

Tú, pues, que el pastoral callado sabes 5
con mano administrar al cielo grata,
de vestir, digno, manto de escarlata,
y de heredar a Pedro en las dos llaves,

este, si numeroso, dulce escucha
torrente, que besar desea la playa 10
de tus ondas, ¡oh mar!, siempre serenas.

Si el armonioso leño silva mucha
atraer pudo vocal, Risco atraya
un Mar, dones hoy todo a sus arenas.




- CII -

De un caballero que llamó soneto a un romance


Música le pidió ayer su albedrío
a un descendiente de don Peranzules;
templáronle al momento dos baúles
con más cuerdas que jarcias un navío.

Cantáronle de cierto amigo mío 5
un desafío campal de dos gazules,
que en ser por unos ojos entre azules,
fue peor que gatesco el desafío.

Romance fue el cantado, y que no pudo
dejarle de entender, si el muy discreto 10
o era sordo, o el músico era mudo.

Y de que le entendió yo os lo prometo,
pues envío a decir por con Bermudo:
«Que vuelvan a cantar aquel soneto».




- CIII -

No entre las flores, no, señor don Diego,
de vuestros años, áspid duerma breve
el ocio, salamandria más de nieve
que el vigilante estudio lo es de fuego:

de cuantas os clavó flechas el ciego 5
a la que dulce más la sangre os bebe,
hurtadle un rato alguna pluma leve,
que el aire vago solicite luego.

Quejaos, señor, o celebrad con ella
del desdén, el favor de vuestra dama, 10
sirena dulce sino esfinge bella.

Escribid, que a más gloria Apolo os llama:
del cielo la haréis tercera estrella
y vuestra pluma vuelo de la Fama.




- CIV -

De chinches y de mulas voy comido;
las unas culpa de una cama vieja,
las otras de un Señor que me las deja
veinte días y mas, y se ha partido.

De vos, madera anciana, me despido, 5
miembros de algún navío de vendeja,
patria común de la nación bermeja,
que un mes sin deudo de mi sangre ha sido.

Venid, mulas, con cuyos pies me ha dado
tal coz el que quizá tendrá mancilla 10
de ver que me coméis el otro lado.

Adiós, Corte envainada en una villa,
adiós, toril de los que has sido prado,
que en mi rincón me espera una morcilla.




- CV -

Señores corteggiantes, ¿quién sus días
de codicioso gasta o lisonjero
con todos estos príncipes de acero,
que me han desempedrado las encías?

Nunca yo tope con Sus Señorías, 5
sino con media libra de carnero,
torpe manso, alimento verdadero,
de Jesuitas santas Compañías.

Con nadie hablo, todos son mis amos,
quien no me da, no quiero que me cueste: 10
que un árbol grande tiene gruesos ramos.

No me pidan que fíe ni que preste,
sino que algunas veces nos veamos,
y sea el fin de mi soneto éste.




- CVI -

La mudanza de hábito de cierto mancebo


Soror don Juan, ¿ayer silicio y jerga,
holanda y sedas hoy? ¿Ayer donado,
hoy galán? ¿Ayer dueña y hoy soldado?
¿Disciplinas anoche y hoy panduerga?

Algún demonio que en la Corte alberga 5
nos lo quiso enviar papirrandado.
¿Quién nos lo encadenó? ¿Quién lo ha enredado?
más que una calabaza de Pisuerga?

Esclavo es fugitivo, y en cadenas
vuelve a su dueño, más cadenas de oro 10
no son de esclavos, no, del Sacramento.

Mejor se la darán que en las ajenas
en la casa de Luna, y aposento
mucho mejor que en el mesón del Toro.




- CVII -

De Isabel de la Paz


De humildes padres hija, en pobres paños
envuelta se crió para criada
de la más que bellísima Hurtada,
do aprendió su provecho y nuestros daños.

De pajes fue orinal, y de picaños, 5
hasta que por barata y por taimada,
un caballero de la verde espada
la puso casa y la sirvió dos años.

Tulló a un Duque, y a cuatro mercadantes
más pobres los dejaron que el Decreto 10
sus ojos dulces, sus desdenes agros.

Esta es, lector, la vida y los milagros
de Isabel de la Paz, sea mi soneto
báculo a ciegos, Norte a navegantes.




- CVIII -

A María de Vergara


No sois, aunque en edad de cuatro sietes,
María de Vergara, ya primera.
Dad gracias al Amor, que sois tercera
de gorras, de capillas, de bonetes.

Los tocados, las galas, los sainetes, 5
use de ellos de hoy más vuestra heredera,
vuestra sobrina, cara de contera,
pechos de tordo, piernas de pebetes.

Pues de oficio mudáis, mudad vestido,
y tratad de enjaular otro canario 10
que le cante a la granja en vuestro nido.

Y porque no se enoje fray Hilario,
véngala a visitar, que a lo que he oído,
digno es de su Merced el Mercenario.




- CIX -

A una dama cortesana


¿Las no piadosas martas ya te pones,
guerra de nuestras bolsas, paz de Judas,
puta con más mudanza y más mudas
que un saltarelo, o que cien mil halcones?

Martas gallegas son, no te me entones, 5
primas de esparto por lo peliagudas,
y ganadas al fin con las ayudas
que te han echado cuatro o seis figones.

Delanteras forraste con cuidado
de la húmeda siempre delantera 10
que lluvias españolas han mojado;

aunque la Italia siempre en gran manera
que la trasera no hayas aforrado
habiéndolas ganado la trasera.




- CX -

Contra ciertos hombres, a quienes moteja de afeminados


Hay entre Carrión y Tordesillas,
en Castilla la Vieja, dos lugares
de dos vecinos tan particulares,
que en su particular tienen cosquillas.

Todos son arrabales estas Villas, 5
y su término todo es Olivares;
sus campos escarchados, que a millares
producen oro y plata a maravillas.

Ser quiere alcalde de una y otra aldea
Gil Rabadán, pero reprocha alguno 10
que aprieta a los rabeles el cerrojo.

Por justo y por rebelde es bien lo sea,
porque le des lo tuyo a cada uno,
y les metas la vara por el ojo.




- CXI -

Antes que alguna caja luterana
convierta a Hernandico en mochilero,
y antes que algún abad y ballestero
le de algún saetazo a Sebastiana,

procuradles, hoy antes que mañana, 5
como padre cristiano y caballero,
a la una un seráfico mortero,
a la otra domínica campana.

Si os faltare la casa de los locos,
no os faltará Aguilar, a cuyo canto 10
salta Pan, Venus baila, Y Baco entona.

Él se aprovechará de vuestros cocos,
de su rabazo vos, que es todo cuanto
se pueden dar un galgo y una mona.




- CXII -

Comer salchichas y hallar sin gota
el frasco, por haberse derramado;
llegar a tomar postas muy cansado
y daros una que tropieza y trota;

calzaros con gran premio la una bota 5
y romperse la otra en lo picado;
ir a primera, habiéndoos descartado
del rey de bastos, y acudir la sota;

servir a dama que no dando toma;
deber a genoveses puntuales; 10
pasear sin gualdrapa haciendo lodos;

tener familia que no sirva y coma…
añada quien quisiere otros mil males:
que el ser casado es el peor de todos.




- CXIII -

De una dama que quitándose una sortija, se picó con un alfiler


Prisión del nácar era articulado
de mi firmeza un émulo luciente,
un diamante, que ingeniosamente
el oro también él aprisionado.

Clori, pues, que su dedo apremiado 5
de metal aun precioso no consiente,
gallarda un día, sobre impaciente,
lo redimió del vínculo dorado.

Mas ¡ay! que insidioso latón breve
en los cristales de su bella mano 10
sacrílega divina sangre bebe:

púrpura ilustró menos indiano
el marfil; envidiosa sobre nieve,
claveles deshojo la Aurora en vano.




- CXIV -

Raya, dorado Sol, orna y colora
del alto monte la lozana cumbre;
sigue con agradable mansedumbre
el rojo paso de la blanca Aurora;

suelta las riendas a Flavonio y Flora, 5
y usando, al esparcir tu nueva lumbre,
tu generoso oficio y real costumbre,
el mar argenta, las campañas dora,

para que de esta vega el campo raso
borde saliendo Flérida de flores; 10
mas si no hubiese de salir acaso,

ni el monte rayes, ornes, ni colores,
ni sigas de la Aurora el rojo paso,
ni el mar argentes, ni los campos dores.




Arriba- CXV -

Inscripción para el sepulcro de Dominico Greco


Arriba Esta forma elegante, oh peregrino,
de pórfido luciente dura llave,
el pincel niega al mundo más suave
que dio espíritu al leño, vida al lino.

Su fama aún d mayor aliento dino 5
que en los clarines de la fama cabe,
el campo ilustra de este mármol grave.

Venéralo, y prosigue su camino.
yace el Griego. Heredó naturaleza
arte, y el arte estudio, iris colores, 10
Febo luces, si no sombras Morfeo.

Tanta urna, a pesar de su dureza,
lágrimas beba y cuantos suda olores,
corteza funeral de árbol sabeo.




FIN DE LOS SONETOS DE GÓNGORA