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miércoles, 7 de febrero de 2007

"ODAS"HORACIO





ODAS

Horacio
- Quinto Horacio Flaco -
(Italia, 0065 aC-0008 aC)
Poeta lírico y satírico romano, autor de obras maestras de la edad de oro de la literatura latina. Quinto Horacio Flaco nació en diciembre del año 65 a.C., hijo de un liberto, en Venusia (hoy Venosa Apulia, Italia). Estudió en Roma y Atenas filosofía griega y poesía en la Academia. Fue nombrado tribuno militar por Marco Junio Bruto, uno de los asesinos de Julio César. Luchó en el lado del ejército republicano que cayó derrotado por Marco Antonio y Octavio (después Augusto) en Filipos. Gracias a una amnistía general volvió a Roma y rechazó el cargo de secretario personal de Augusto para dedicarse a escribir poesía. Cuando el poeta laureado Virgilio conoció sus poemas, hacia el año 38 a.C., le presentó al estadista Cayo Mecenas, un patrocinador de las artes y amigo de Octavio, que le introdujo en los círculos literarios y políticos de Roma, y en 33 a.C. le entregó una propiedad en las colinas de Sabina donde se retiró a escribir y pensar.

Horacio, uno de los grandes poetas de Roma, escribió obras de cuatro tipos: sátiras, épodos, odas y epístolas. Sus Sátiras abordan cuestiones éticas como el poder destructor de la ambición, la estupidez de los extremismos y la codicia por la riqueza o la posición social. El Libro I (35 a.C.) y el Libro II (30 a.C.) de las Sátiras, ambos escritos en hexámetros, eran una imitación del satírico Lucilio. Las diez sátiras del Libro I y las ocho del Libro II están atemperadas por la tolerancia. Aunque los Épodos aparecieron también el 30 a.C., se escribieron con anterioridad, ya que reclaman con pasión el fin de la guerra civil, que terminó con la victoria de Octavio sobre Antonio en Actium en el año 31 a.C., y critican mordazmente los abusos sociales. Los 17 poemas cortos en dísticos yámbicos de los Épodos constituyen adaptaciones del estilo lírico griego creado por el poeta Arquiloco. La poesía más importante de Horacio se encuentra en las Odas, Libros I, II y III (23 a.C.), adaptadas -y algunas, imitaciones directas- de los poetas Anacreonte, Alceo y Safo. En ellas pone de manifiesto su herencia de la poesía lírica griega y predica la paz, el patriotismo, el amor, la amistad, el vino, los placeres del campo y la sencillez. Estas obras no eran totalmente políticas y de hecho incorporan bastante mitología griega y romana. Se nota la influencia de Píndaro y son famosas por su ritmo, ironía y refinamiento. Fueron muy imitadas por poetas renacentistas europeos. Hacia el año 20 a.C. Horacio publicó el Libro I de sus Epístolas, veinte cartas cortas personales en versos hexámetros en las que expone sus observaciones sobre la sociedad, la literatura y la filosofía con su lógica del "punto medio", a favor de doctrinas como el epicureísmo, pero siempre abogando por la moderación, incluso en lo referente a la virtud. Para entonces su reputación era tal que, a la muerte de su amigo Virgilio el año 19 a.C., le sucedió como poeta laureado. Dos años después volvió a escribir poesía lírica cuando Augusto le encargó el himno Carmen saeculare para los juegos seculares de Roma. Las fechas de sus últimas obras, las Epístolas, Libro II; las Odas, Libro IV; y la Epístola a los Pisos, más conocida como Ars Poetica, son inciertas. Las dos cartas que aparecen en el Libro II son discusiones literarias. Ars Poetica, su obra más larga, ensalza a los maestros griegos, explica la dificultad y seriedad del arte de la poesía y proporciona consejos técnicos a los poetas aspirantes. Horacio murió en Roma el 27 de noviembre del año 8 a.C.


LIBRO I
ODA PRIMERA


Mecenas, estirpe de antiguos reyes, ¡oh mi refugio, mi apacible gloria! Hay quienes encuentran placer en haberse cubierto en la carrera con el polvo olímpico. Y la meta, per¬seguida por las ruedas ardientes de su carro y la codicia de las palmas triunfales los eleva a los dioses, dueños de la Tierra.
Este otro se regocija si la turba inconstante de los ciu¬dadanos, produciéndose a porfía, le hace subir el triple es¬calón de los honores.
Huélgase aquel otro si encierra previsor en sus silos todo el grano recogido en las eras líbicas. A aquel, cuyo gozo es labrar con el azadón los campos de sus mayores, jamás, ni aun pagándole todo el oro de Atalo, se le arrancará de allí para llevarlo, marino temeroso, a surcar con nave de Chipre el mar de Mirtos.
Cuando el Abrego lucha con las olas icarias, el mercader espantado añora la quietud apacible y el campo de su aldea; mas pronto repara las averías de sus embarcaciones, pues no se resigna a padecer miseria. He aquí uno que no desdeña las copas de un Másico añejo y gustosamente consume una parte del día ya tendido su cuerpo bajo el verde madroño, ya cerca del armonioso brotar de un manantial sagrado.
Muchos encuentran placer en el campamento, en los acentos confundidos del clarín y de la trompeta, en los com¬bates que las madres maldicen.
El cazador permanece a cielo abierto olvidado de su jo¬ven esposa sí sus fieles perros han venteado un ciervo, o un jabalí marso ha roto las redes de fina malla.
A mí la hiedra, recompensa de las doctas frentes, me mezcla con los dioses del cielo; a mí el umbrío bosque, y los coros de leves ninfas con los sátiros, me separan del pueblo, con tal que Euterpe no haga callar sus flautas y Polimnia no se niegue a concederme la lira de Lesbos.
Mas si tú me concedes un lugar entre los líricos inspira¬dos, tocaré los astros con altiva frente.


II

Ya el padre de los dioses ha hecho caer bastante granizo sobre la tierra y, batiendo con su diestra enrojecida las sa¬gradas colinas, atemorizó a la ciudad.
Horrorizó a las naciones el pensamiento de que volviera el duro siglo en que Pirra lamentaba prodigios nunca oídos, cuando Proteo llevó su ganado marino a recorrer los eleva¬dos montes; cuando los peces se posaron en las ramas de los olmos en donde las torcaces habían tenido su morada familiar, cuando sobre la llanura rasa de las aguas nadaron los tímidos corzos.
Yo he visto el Tiber, enturbiado de amarillo, llevando con violencia sus ondas por la ribera etrusca, irse a abatir el monumento de un rey y el templo de Vesta; mientras que, demasiado celoso ante los llantos de Ilia de mostrarse vengador, el río, marido sumiso, vaga y se extiende por la orilla izquierda sin permiso de Júpiter.
Ella sabía que nosotros, ciudadanos, hemos afilado el hierro que mejor debiera haber exterminado a los Persas temibles; sabía nuestras luchas la juventud esclarecida por la falta de sus padres.
¿A cuál de los dioses invocará el Pueblo en socorro del Imperio que se tambalea y con qué ruegos fatigará a las sa¬gradas vírgenes de Vesta, sorda a sus fórmulas rituales:
;A quién dará Júpiter la misión de expiar el crimen? Ven por fin, te suplicamos, cubriendo con una nube tus hombros resplandecientes, profeta Apolo.
O, si lo prefieres, ven tú, riente Ericina, que en tu vuelo vas ceñida por el Fuego y el Deseo. O tú, si inclinas tus ojos sobre tu raza despreciada y sobre tus nietos, padre Marte.
Ya saciada, ¡ay!, de juegos largos en demasía; tú, a quien agradan los gritos, los carros brillantes y la mirada terrible del infante númida contra su enemigo ensangrentado.
Ven tú, dios alado que, cambiando de figura, vistes sobre la tierra los rasgos de un mancebo y aceptas, hijo de la bienhechora Maya, ser llamado vengador de César.
Retrasa por mucho tiempo tu retorno al cielo, prolonga gozoso tu estancia entre el pueblo de Quirino y que en tu cólera contra sus vicios no te nos lleve una brisa demasiado rápida.
Gózate aquí mejor con los triunfos grandes; complácete con los nombres de padre y de príncipe, y no permitas que los Medos cabalguen impunes mientras vivamos, César, bajo tu mando.


III


¡Ojalá quiera la diosa soberana de Chipre y los herma¬nos de Helena, Castor y Polux astros luminosos, y Eolo, el padre de los vientos que a todos encadena menos al Yapix, guiarte, nave que me debes a Virgilio a ti confiado! ¡Vuélvele sin daño, te lo ruego, de los confines áticos, y conserva a esta mitad de mi alma!
Dureza de roble y triple lámina de bronce ceñida al pe¬cho, de aquel que encomendó primero el quebradizo esquife a la sabia de los mares, y no temió la fuerza impetuosa del Abrego en choque con los Aquilones, ni a las siniestras Hiadas, ni la rabia del Noto, señor sin rival del Adriático, cuyo capricho revuelve y aplaca las aguas. ¿Qué acometida de la Muerte temió aquel que con secos ojos pudo ver los monstruos nadadores, la mar embravecida y los escollos tristemente célebres de Acroceraunia? De nada sirvió a un dios, en su providencia, poner entre las tierras para des¬unirlas, la barrera del Océano, ya que, pese a todo, impías naves franquean la extensión inviolable de las aguas. En su audacia para desafiarlo todo, el linaje humano se lanza por la ruta prohibida del sacrilegio. En su audacia, el hijo de Prometeo trajo, por desdichado engaño, el fuego a la humani¬dad, y en pos del fuego arrebatado a la mansión eterna, se abatió sobre la tierra la consunción con nuevo cortejo de fiebre. ¡Y la muerte, replegada y lenta hasta entonces, aceleró su paso!
Dédalo se aventuró en el vacío del aire con alas vedadas al hombre, forzar el Aqueronte fue uno de los trabajos de Hércules. Ya no hay para los mortales nada demasiado alto.
Nuestro desatino pretende tocar el cielo y no permite que Júpiter deponga sus irritados rayos.



IV


El crudo invierno se dulcifica con el blanco retorno de la primavera y de Fevonio; los rodillos hacen deslizarse al mar las barcas enjutas; el ganado no se goza ya en los esta¬blos ni el campesino junto al fuego; las praderas no enca¬necen con la blanca escarcha. Ya Venus Citerea conduce su carro bajo la alta Luna y, unidas a las Ninfas, las gra¬cias encantadoras golpean la tierra en alternado ritmo mientras que el rutilante Vulcano visita las forjas laboriosas de los Cíclopes.
Ahora es tiempo de enlazar nuestros lustrosos cabellos con el mirto verde o con los flores que producen la espon¬josa tierra; ahora es tiempo de sacrificar a Fauno, bajo la sombra de los bosques sagrados, una cordera o al menos, y si así lo prefiere, un cabrito.


V


¿Qué esbelto mancebo entre profusión de rosas y bañado de líquidos perfumes te abraza, Pirra, en el fondo de placen¬tera gruta? ¿Para quién trenzas tu rubia cabellera, con co¬queta sencillez? ¡Cuántas veces, ay, llorará los cambios de tu fidelidad y de los dioses, e inexperto se asombrará de ver el mar turbado por negras tormentas!
¡El que, ahora crédulo, se goza en tu beldad de oro, y que te espera toda para sí, siempre amante, y no sabe de las traiciones de la brisa, otros desdichados.
¡Infelices los que no han aprendido lo que oculta la belle¬za! En cuanto a mí, una tabla votiva sobre el sagrado muro atestigua que he consagrado mis vestidos empapados al dios soberano del mar.


VI


Será celebrado por Vario, águila del canto moenio, tu coraje, y él cantará tus victorias sobre el enemigo por todas las batallas que por mar o a caballo los fieros soldados han librado bajo tu mando.
Mas yo, Agripa, no intento cantar estas cosas ni la te¬rrible cólera del inflexible hijo de Peleo, ni las correrías por mar del astuto Ulises ni los horrores de la casa de Penélope.
Débil como soy, no intento empeños sublimes porque el pudor y la Musa que reina sobre mi lira pacífica me impiden menoscabar, por falta de ingenio, los méritos del gran César y los tuyos.
¿Quién celebrará dignamente a Marte, vestido de acero, o a Marión, ennegrecido de polvo troyano, o al hijo de Tideo, igual a los dioses del cielo con la ayuda de Palas,
Yo canto los banquetes, y las luchas en que las muchachas se debaten con afiladas uñas contra los mancebos. Esto es lo que yo canto cuando mi corazón está vacío cíe fuego o cuando, ligero como siempre, se abrase por algo.


VII


Otros alabarán la luminosa Rodas, o Mitilene o Meso; o los muros de Corinto, que dan a dos mares, o a Tebas, en¬noblecida por Baco; o a Delfos, ilustrado por Apolo, o los valles de Tesalia. Hay otros cuya única tarea es la de celebrar a todo lo largo de un poema la ciudad de Palas, la inviolada, y de cosechar por doquiera los ramos de olivo, con que ce¬ñir su frente. Muchos llamarán a Argos, en honor de Juno, productora de caballos, y a Micenas, rica.
A mi espíritu, ni el sufrido espartano ni los campos de la opulenta Larisa de Tesalia, han impresionado tanto como el rumor de la fuente Albunea o el Anio, que se precipita en cascadas. O el bosque sagrado de Tiburno, o los pomares que riegan inquietos arroyuelos.
Y así corno el claro Noto con frecuencia limpia las nubes en el oscuro cielo y no provoca sin fin las lluvias, así tú, Planco, sé prudente; acuérdate de poner un límite a su tris¬teza y a las penas de la vida en el dulzor del vino, ya te re¬tenga aún el campamento en donde brillan las enseñas o la sombra densa de tu finca de Tibur.
Se dice que Teucro, al huir de Salamina y de su padre, ciñó con una corona de hojas de álamo sus sienes humedecidas por el licor lieo, y habló de este modo a sus entristecidos amigos: "Adónde quiera que nos deba llevar la Fortuna, menos dura que mi padre, allá iremos, camaradas y compañeros míos. No hay porqué desesperar teniendo a Tenero por jefe y bajo sus auspicios, pues el infalible Apolo ha prometido que sobre una tierra nueva habrá otra Salamina bajo el mismo nombre. ¡Oh bravos varones, oh guerreros que muchas veces conmigo habéis corrido peores pruebas! Que el vino ahuyente ahora vuestros cuidados! Mañana saldremos de nuevo por la in¬mensa llanura del mar".


VIII


Dime Lidia, te ruego en hombre de todos los dioses, ¿por qué te empeñas en causar con tu amor la perdición de Sibaris? ¿Por qué ha tomado odio al soleado Campo de Mar¬te luego de tanto soportar el polvo y el sol? ¿Por qué no ca¬balga entre los jóvenes corno él en edad del servicio militar? ¿Por qué no tasca la boca de un caballo galo con dentado freno? ¿Por qué teme el contacto del amarillo Tiber? ¿Por qué evita el aceite más cautamente que si se tratase de la sangre de una víbora? ¿Por qué no se amoratan sus brazos bajo el peso de las armas, el mismo que sobresalió a menu¬do lanzando el disco y la jabalina más allá de la meta? ¿Por qué vive escondido, como Aquiles, el hijo de la marina Tetis, temeroso de que su atuendo varonil le arrojase a la matanza de los batallones Lios.


IX


¿Ves cómo el Soracte se yergue blanco de nieve espe¬sa, como las selvas no pueden soportar el peso que las fatiga, como los arroyos han detenido sus aguas bajo el agudo hielo?
Disipa el frío poniendo con largueza leños en el hogar y sé más liberal, Toliarco, y saca el vino de cuatro años con¬servado en tinajas sabinas de dos asas.
Deja a los dioses lo demás: ellos abatieron los viento que luchan sobre el mar hirviente y que agitan los cipreses y los vientos olmos.
Evita inquirir lo que sucederá mañana, y cualquiera que sea el día que te depare la suerte, Toliarco, ponlo entre tus ganancias. No desdeñes, muchacho como eres, los dulces amores y las danzas, en tanto que tu edad en flor se mantiene lejos de la vejez canosa y tarda. Ahora hay que buscar el Campo de Marte y las plazas, y también a una hora conve¬nida, los dulces coloquios nocturnos.
Busca la risa grata que denuncia a la doncella desde el rincón apartado en que se oculta, y la prenda de amor qui¬tada a su brazo o a su dedo que ofrece débil resistencia.


X


Mercurio, nieto del elocuente Atlante, tú, que viendo las costumbres feroces de los hombres nuevos sobre la tierra, acudiste hábil a pulirles con la palabra y con el uso de la palestra que embellece; es a ti a quien cantaré, mensajero del gran Júpiter y de todos los dioses; padre de la corva lira, hábil en ocultar con un gracioso engaño todo lo que te vie¬ne en gana; te canto a ti que, una vez con astucia robaste las vacas de Apolo y, en el momento en que él te amenazaba con voz terrible si no las restituías, desposeíste al dios de su aljaba y de buen grado rompió a reír.
También bajo tu guía, el viejo Príamo pudo, al abando¬nar ilion, engañar a los orgullosos atridas y los fuegos de Tesalia y el cerco inicuo de Troya.
Eres tú quien pone a las almas piadosas en bienaventuradas mansiones y bajo tu vara de oro riges la turba de vanas sombras, grata a los dioses celestes e infernales.


XI


No quieras asaber, pues ello nos está vedado, qué fin, Liconoe, han señalado para mí y para ti los dioses. Y no interro¬gues a los cálculos babilónicos. ¡Cuánto mejor es sufrir todo lo que pueda suceder! Y ora Júpiter te conceda más de un in¬vierno, ora sea éste el último que ahora quebranta el mar Ti¬rreno contra los acantilados de desgastadas rocas, sé pruden¬te. Filtra tus vinos y, ya que la vida es corta, ajusta esperanza larga. Mientras hablamos, el tiempo celoso huyó. Atiende al día presente, y no te fíes lo más mínimo del porvenir.


XII


¿Qué hombre o qué héroe te propones, Clio, celebrar con la lira o con la aguda flauta? ¿Qué dios vas a cantar cuyo nombre el festivo Eco devuelva, ya en las regiones sombrías del Helicón, ya en el Pirado o en el Hemo helado, donde los bosques siguieron atropella¬damente al armonioso Orfeo, el cual, por arte materno, deja en suspenso la carrera precipitada de los ríos y la agilidad de los vientos? ¿A quién reservas las caricias en las cuerdas sonoras de tu lira para dar oídos a las encinas y llevarlas tras de sí?
,Qué diré antes del acostumbrado elogio del dios, tu padre, que gobierna las cosas humanas y divinas, y que con la variedad de las estaciones templa el mar, la tierra y el cielo?
De él nada nace más grande que él mismo, y nada tiene Vigor que se asemeje a lo que tiene por segundo. Sin em¬bargo, los de Palas serán los honores más próximo a él.
No callaré tus alabanzas, Baco, audaz en el combate. Ni te omitiré a ti, Diana, virgen enemiga de las crueles bestias salvajes. Ni a ti, Febo, que te haces temer por tu flecha cer¬tera.
Cantaré también a Alcides y a los hijos de Leda, célebres uno por las victorias de sus caballos y el otro por la fuerza de sus puños. Su estrella clara, tan pronto como se ofrece res¬plandeciente a los marineros, hace fluir de las rocas alterada el agua. Huyen las nubes y sobre el mar se aplacan, por que así lo quisieron, las amenazadoras olas.
¿Nombraré después de estos primero a Rómulo y el rei¬no pacífico de Pompilio? ¿Acaso cantaré las antorchas so¬berbias de Tarquino o la noble muerte de Catón? Aún lo estoy dudando.
Ni Camena agradecida tendrá altos acentos para cantar a Rómulo y a los Escauros y a Paulo, pródigo de su gran alma después de ser vencido por Cartago. Y a Fabricio.
A éste y a Curión, de revueltos cabellos. Y a Camilo, la penuria ignorada, la heredad de sus mayores y el hogar modesto les hicieron útiles para la guerra.
El renombre de Maecelo crece como un árbol por la ac¬ción secreta del tiempo. Luce entre todas las glorias la estrella de Julio como brilla la luna entre las estrellas menores.
¡Padre y guardián de la raza humana, hijo de Saturno! Los hados te han dado el cuidado del gran César, que reina después de ti.
Lo mismo que cuando domeña y lleva en triunfo legítimo a los Partos que al amenazar el Lacio o someter a los Seras y a los Indios situados en los confines del Oriente.
Por debajo de ti gobernará equitativamente el mundo gozoso. Tú desquiciarás el Olimpo bajo el peso de tu carro terrible. Tú lanzarás rayos enemigos sobre los sagrados bosques profanados.


XIII


Cuando tú, Lidia, ensalzas a Télefo y su hermoso cuello de rosa y sus brazos de cérea blancura, ¡ay! mi hígado hierve y se hincha con una bilis incómoda. Entonces ni mi espíri¬tu ni m¡ color guardan su justo lugar, y las lágrimas resbalan furtivas por mis mejillas y denuncian con qué hondura me consumen obstinados ardores. Me abraso con el vino las violencias de las peleas si han maltratado tus hombros es¬pléndidos, y si el mancebo en sus transportes ha impreso con sus dientes una huella indeleble en tus labios.
No. Si quieres escucharme, no esperes que sea constante el bárbaro que martiriza esa dulce boquita que Venus im¬pregnó con la quinta esencia de su néctar. Dichosos, ¡ay!, tres y mil veces aquellos a quienes ata un lazo indisoluble; ¡aquellos a quienes no desunirá hasta el día supremo un amor que vengan a romper las malvadas querellas!


XIV

Nuevas olas, ¡oh nave!, te llevarán por los mares. ¡Ay! ;Qué haces? Ampárate resueltamente en el puerto. ¿No ves cómo tus costados están desguarnecidos de remos y tu mástil herido por el raudo Abrego y cómo tus antenas gimen? ¿Cómo, privada de cordajes, tu quilla puede apenas resistir los caprichos demasiado imperiosos del oleaje?
No tienes tus velas intactas ni dioses que invocar si la desventura te acosa. Aunque seas, pino del Ponto, hijo de una selva ilustre, no puedes vanagloriarte de un nacimiento y de un nombre inútiles. Ninguna confianza, cuando el marino tiene miedo, le inspira una popa pintada.
¡Oh tú, antes m¡ inquietud y mi enojo, ahora objeto de mi amor y de mi preocupación no ligera! Evita las olas em¬bravecidas que rodean las Cícladas brillantes.


XV

Mientras el pérfido pastor arrastraba por sobre los mares en bajeles idalios, a Helena, su huésped, Nereo contuvo en indócil calma a los vientos, para profetizar fieros destinos:
"Con desdichado presagio te llevas a aquella que, con miles de soldados, vendrá a reclamarte Grecia, conjurada para romper tu matrimonio y el viejo imperio de Príamo.
¡Ay, ay! ¡Cuánto sudor han de verter los caballos y los hombres! ¡Qué matanzas aprestas a la nación dárdana! Ya Palas prepara su casco y su égida, su carro y su rabia.
En vano, orgulloso con el favor de Venus, peinarás tus cabellos ensortijados y distribuirás en tu lira pacífica las notas de tus canciones, gratas a las mujeres; en vano, en la cámara nupcial, querrás evitar las pesadas jabalinas y las flechas aguzadas de Cnoso y el estruendo guerrero y a Ayax, presto a perse¬guirte. Terminarás, tardíamente ¡ay!, por manchar de polvo tus adúlteros cabellos.
¿No ves, tras de ti, a Ulises, hijo de Laertes y destruc¬ción de tu gente, y a Nestor, rey de Pilos? Ya te acosan impávidos Ténero el de Salamina y Esténelo, tan diestro en el combate; y hábil auriga, si es preciso gobernar los caballos, también conocerás a Merión. He aquí que arde por descubrirte el terrible Diomedes, hijo de Tideo, más valiente que su padre.
Tú, como el ciervo que ha visto al lobo en la otra ladera del valle y ya no se acuerda de la hierba, le huirás cobarde. No eran esas las promesas que habías hecho a tu amada.
En su cólera, Aquiles y su flota dilatarán el día para Ilión y las matronas frigias: pero transcurrido el número señalado de inviernos, el fuego incontenible abrasará las moradas de Trova.



XVI

¡Oh, hija hermosa más que tu madre! Puedes poner a mis yambos acusadores el término que quieras: arrójalos al fue¬go o, si lo prefieres, tíralos al Adriático.
Ni la diosa de Díndimo ni en sus santuarios el dios Pitio
y Apolo agitan al mismo tiempo el espíritu de sus sacerdotes, ni los coribantes redoblan sus golpes contra el bronce so¬noro, como la sombría cólera que no desvían ni la espada de Norica, ni el mar lleno de naufragios ni el fuego cruel ni el mismo Júpiter precipitándose en estruendo.
Se cuenta que Prometeo, obligado a agregar al primer barro partículas tomadas de unos y otros seres, puso en nuestro pecho la violencia que arrancó de un león furioso.
La cólera abatió a Tiestes con irreparable daño y fue la causa primera de que altas ciudades pereciera desde su ci¬mientos, e hizo que un ejército ensoberbecido por la victoria clavase el arado enemigo sobre las ruinas de sus murallas. Calma tu enojo: yo también experimenté en la dulce época de la juventud el hervor del corazón y me ha llevado furioso a los rápidos yambos.
Ahora yo deseo mudar en dulzor la aspereza, mas es preciso que vuelvas a ser mi amiga y me devuelvas mi alma, pues que yo me retracto de mis ultrajes.


XVII

Ágil Fauno: deja frecuentemente el Liceo por el grato Lucretil y sin cesar defiende mis cabras del abrasador estío y de los vientos lluviosos.
Impunemente, en la seguridad del bosque, buscan apartadas de las sendas, los madroños escondidos y el tomillo estas esposas de un maloliente macho, sin temor a las verdes culebras.
Los apriscos no tiemblan a los lobos de Marte siempre que la siringa armoniosa hace resonar, Tíndaro, los valles y las rocas pulidas del inclinado Ustica.
Los dioses me guardan y a ellos son gratas mi piedad y mi mesa. Para ti correrá aquí, en mi heredad, la Abundancia hasta rebasar pródigamente con su cuerno generoso los ricos bienes de los campos:
aquí, en la profundidad de este valle, evitarás los ardores de la canícula, y con la lira de Teos cantarás los amores que por Ulises sintieron Penélope y la marina Circe;
aquí, a la sombra, saborearás copas de un Lesbos in¬ofensivo; no verás a Semeleyo Tioneo trabar combates con Marte y no tendrás que temer recelosa que el brutal
Ciro, enemigo enfadosamente desigual, ponga sobre ti sus manos atrevidas y rasgue la corona ceñida a tus cabellos y tu vestido sin culpa.


XVIII

No plantes, Varo, ningún árbol antes que la viña sagrada en la región del Tibur dé dulce suelo junto a los muros de Catilo. Porque la divinidad no ha reservado para los sobrios nada más que adversidades, y no hay otro medio de ahu¬yentar las roedoras preocupaciones. ¿Quién, después de haber bebido, comenta las duras pruebas de la milicia o de la miseria? ¿Quién, en cambio, no os cantará a ti, Baco, nuestro padre, y a ti, graciosa Venus?
Y que nadie debe pasar la medida de los dones de Baco es la lección que nos da la mortal pelea de los Centauros y los Lapitas. librada por causa del vino que envió el dios Baco a los Sitonios cuando la intemperancia no opone a las pasio¬nes más que tina simple barrera para distinguir lo que los dioses permiten y lo que prohiben. No. Yo, resplandeciente Baco Basareo, yo no te provocaré contra tu voluntad ni sa¬caré a la faz del día estos objetos que cubren abundante fo¬llaje. Frena los salvajes tímpanos mezclados a la trompeta berecintia que siguen como en cortejo al ciego amor propio, y frena la jactancia que encumbra más de la cuenta las huecas testas; frena la fe que prodiga los secretos y que es más transparente que el vidrio.


XIX

Venus, madre cruel de los deseos, y Baco, hijo de la te¬bana Sémele y la Licencia lasciva, me ordenan que vuelva mi corazón a fenecidos amores. Ardo por la belleza radiosa de Glícera más espléndida que el mármol de Paros; me abrasa su grata altivez y su rostro demasiado peligroso a quien lo contempla. Venus, derramándose toda entera en mí, ha desertado de Chipre y no consiente que cante a los Escitas ni a los valerosos Partos que fingen huir peleando, ni nada que no concierna a ella.
Ponedme aquí, muchachos, un montón de césped tierno; poned mirtos, incienso y una pátera con vino puro de dos años, Venus se ablandará con el sacrificio de una víctima.


XX

Beberás en modestas tazas un vino sabino de poco precio que yo mismo he envasado y encerrado en tinaja griega cuando en el teatro te fue tributada.
¡Oh tú, noble caballero, caro Mecenas!, una ovación tal que las orillas de tu río patrio, junto con el eco gozoso del monte Vaticano, repitieron a una tus alabanzas.
Tú beberás el vino Cécubo, y el sano jugo de las uvas que ha exprimido una prensa de Galeno. En cuanto a mí, los caldos de mis copas nada deben a las viñas de Falerno ni a las colinas de Formio.


XXI

Cantad a Diana, tiernas doncellas; cantad, mancebos, al dios Cintio de abundosos cabellos, y a Latona, profunda¬mente amada de Júpiter soberano.
Ensalzad, doncellas, a la diosa que goza con las flores y con la cabellera de los bosques erguida sobre el helado Ál¬gido o entre los sombríos bosques de Erimanto, o de Crago verdegueante, montañas consagradas a Diana.
Y vosotros, mancebos, alabad con otros tantos loores a Tempe y Delos, cuna de Apolo de cuyos hombros penden el carcaj y la lira regalo de Hermes, su hermano.
Él alejará la guerra y su cortejo de lágrimas, apartará las miserias del hambre y de la peste lejos de nuestro pueblo y de César, nuestro príncipe, y las echará sobre los Persas y sobre los Bretones porque vuestras preces le conmoverán.

XXII

El hombre de vida intachable y limpio de culpa no ne¬cesita, Fusco, de dardos ni de arcos moriscos ni de pesada aljaba de envenenadas flechas, ya se apreste a viajar a través de las Sirtes hirvientes o del inhóspito Cáucaso o de los lugares que lame el fabuloso Hidaspes.
En efecto, cuando en el bosque Sabino yo cantaba a mi Lálage y libre de cuidados me extraviaba fuera de sus lindes, ante mi un lobo sabino saltó huyendo... Yo estaba desar¬mado.
Era un monstruo como la guerrera Apulia no alimentó en sus vastas sierras, como no lo produce la tierra de Juba, seca nodriza de leones.
Ponme en las llanuras perezosas en que ningún árbol se reanima con el soplo del estío; región del mundo agobiado de brumas y de clima malsano; ponme bajo el carro del sol muy próximo, sobre tierra negada a seres vivientes; siempre amaré a Lálage de dulce risa, de dulce voz.


XXIII

Me huyes, Cloe, igual que el cervatillo que busca a su madre, atemorizado en los recovecos de las montañas tur¬badas con vano espanto por la brisa y el ruido de las frondas, pues si la llegada de la primavera agita con un estreme¬cimiento las movedizas hojas, si los verdes lagartos remueven la maleza, tu corazón y tus rodillas tiemblan.
Mas yo no soy un tigre feroz ni un león de Getulia; no te persigo para despedazarte: deja de correr junto a tu madre, pues que estás ya en sazón para recibir marido.


XXIV


¿Qué moderación cabe, que rubor en llorar la muerte de un tan querido amigo? Enséñame cantos lúgubres, Melpomene a quien Júpiter concedió con la cítara una tan limpia voz.
¿Pero es posible que pese sobre Quintilio el sueño eter¬no? ¿Cuándo el Pudor y la incorruptible Fidelidad, herma¬na de la justicia, cuándo la desnuda Verdad encontrarán un igual a él?
A muchos hombres de bien arrancan lágrimas su muer¬te, pero para nadie es más digno de llanto que para ti, Virgilio; en vano reclamas piadoso a los dioses que te devuelvan, ¡ay!, a Quintilio que de esa manera no les confiaste.
¡Ah, si tu pudieras mejor que Orfeo de Tracia pulsar la lira que atrajo a los árboles! ¿Acaso volvería la sangre a la varia sombra que una vez con su varita espantable Mercurio, inexorable para abrir a las súplicas la puerta fatal, ha empujado al oscuro rebaño de las sombras? ¡Dura ley! Pero la resignación hace menos penoso lo que nos está vedado corregir.
Con menos frecuencia vienen a golpear con piedras tus ventanas cerradas los jóvenes encanallados, para espavilar tu sueño, y menos tu puerta se hace amiga del umbral, antes tan complaciente en mover los goznes. Oyes cada vez menos: ",Duermes, Lidia mía, mientras, siendo tuyo, perezco durante largas noches?"
Pronto, vieja desgreñada llorarás en una calleja solitaria sobre los desprecios de los mujeriegos, mientras que el viento de tracia redobla su bacanal bajo un cielo sin luna
y mientras la quemazón del amor y del deseo que pone en furor a las yeguas volverá tu hígado ulcerado y entonces gemirás, porque la floreciente juventud se goza con la yedra verde y con el oscuro mirto, y ofrece los follajes mustios al Euro camarada del invierno.


XXVI

Amigo de las musas, abandonaré tristezas y temores a la intemperancia de los vientos para que se los lleven al mar de Creta sin preocuparme lo más mínimo al saber qué rey de una comarca helada se hace temer bajo el Septentrión, o qué cosa cause temor a Tiridates, rey de los Partos. ¡Oh, tú que te gozas en fontanas invioladas! Trenza flores al sol, teje una corona para Lamia, mi amigo querido, dulce Pimplea. Sin ti de nada me sirven los elogios; a ti y a tus hermanas corresponde inmortalizar a Lamia con cuerdas nuevas, con plectro lésbico.


XXVII


Es propio de tracios luchar con copas hechas para la alegría; desechad una costumbre bárbara; respetad a Baco y alejadle de peleas sangrientas.
¡Qué monstruosamente disuenan las cimitarras persas en medio del vino y de las luminarias! Cesad en vuestros impíos clamores; calmaos, camaradas, y quedaos con el codo apo¬yado.
¿Queréis que yo participe también en las libaciones del áspero Falerno? Que el hermano de Megila de Opóntica nos diga de qué herida, de qué flecha muere con dichosa muerte.
¿Se niega? Pues con esta condición beberé. Cualquiera que sea la Venus que te doma, no te abrasa con fuegos de que debas avergonzarte y a un amor honrado siempre te sometiste: cualquiera que ella sea, vamos, confíala a mis seguras orejas. ¡Ah desgraciado! ¡En qué Caribdis viniste a caer, muchacho digno de un mejor amor!
¿Qué bruja, qué hechicera con sus filtros de Tesalia, qué dios podrá librarte? Apenas Pegaso te desligará de las ata¬duras de esta Quimera triforme


XXVIII


Un poco de polvo, mezquino regalo, cerca de los anchos flancos del Marino te cubre, Arquitas; a ti que mediste el mar y la tierra y el infinito número de las arenas: de nada te sirve haber explorado las moradas etéreas y recorrido la bó¬veda celeste con un alma destinada a la muerte.
Han perecido el padre de Penélope, comensal de los dioses, Tirón, elevado a los aires, Minos, admitido a los secretos de Júpiter: el Tártaro posee al hijo de Pantoo que descendió al Orco por segunda vez, y aunque atestiguando por su escudo arrancado su existencia troyana, no hubiese concedido a la negra muerte ninguna otra cosa que no fuesen sus nervios y su piel. Y no era según tu juicio, una autoridad despreciable este adivino de la verdad y de la naturaleza.
Mas una misma noche nos aguarda a todos: todos hemos de hollar por una sola vez el camino de la muerte. Las Purias entregan a unos al feroz Marte en espectáculo; la más ávida sirve de perdición a los marineros; se atropellan los funerales de jóvenes y viejos; no hay cabeza que se hurte a la cruel Proserpina. También a mí me ha tragado bajo las ondas Ilíricas el Noto, compañero impetuoso del declinar de Orión. Pero tú, marinero, no seas avaro, no te hurtes de dar a mis huesos y a mi cabeza insepulta algunos granos de estas arenas vagabundas.
¡Ojalá con todos los embates con que el Euro amenaza es¬tas aguas hesperias padezcan tan sólo las selvas venusinas, estando tú a salvo! Quieran los dioses que las recompensas vengan a ti de aquellos que pueden hacerlo, de Júpiter pro¬picio y de Neptuno guardián de la sagrada Tarento. ¿No tienes miedo de cometer una falta que caerá más tarde sobre tus hijos inocentes? Acaso te esperan justas represalias y crueles alternativas: no seré abandonado ni mis imprecaciones serán frustradas y ninguna expiación te absolverá. ¿Vas aprisa? Es¬pera, no será mucho el tiempo que pierdas. Podrás reem¬prender tu camino después que hayas echado sobre mí tres puñados de polvo.


XXIX

¿Envidias ahora, Iccio, los tesoros afortunados de los árabes y preparas una ruda campaña contra los reyes del país Sabeo que aún no sabe de derrotas, y trenzas cadenas para el Medo espantable? ¿Qué doncella entre las mu¬jeres bárbaras te servirá viendo muerto a su prometido? ¿Qué muchacho arrancado de su palacio real permanecerá junto a ti con los cabellos perfumados dispuesto a escanciar tus vinos después de haber sido enseñado a lanzar las flechas séricas con el arco heredado de sus mayores? ¿Quién negará Que el curso precipitado de los ríos pueda remontar hacia las montañas abruptas y que pueda retroceder el Tiber si tú, que prometías mejores cosas, aspiras a cambiar los libros del célebre Panecio, adquiridos dondequiera, y a la familia socrática por una coraza de cuero cordobés?


XXX


¡Oh Venus reina de Gnido y de Pafos! Desdeña tu Chipre querida y cuando Glicera te llame, entre nubes de incienso, transpórtate a su riente mansión.
Que vayan contigo Cupido, el ardiente niño y las Gracias con la cintura desceñida y las Ninfas y la Juventud que sin ti no tiene encantos y Mercurio persuasivo.
¿Qué solicita el vate en el día de hoy en que se le dedica un templo? ¿Qué pide vertiendo en la pátera la libación de un vino nuevo? No las mieses fecundas de la feraz Cerdeña, ni los rebaños prósperos de la ardiente Calabria, ni el oro y el marfil de la India ni los campos que lame con sus apa¬cibles aguas el curso silencioso del Líris.
Poden con el hocino aquellos a quienes la suerte conce¬dió viñas en Cales, y el rico mercader beba en cálices de oro los vinos trocados por mercancía siria; hombre querido de los dioses mismos ya que tres o cuatro veces al año puede, impune, volver a ver las aguas del Atlán¬tico. A mí me alimentan las aceitunas, la achicoria y las lige¬ras malvas.
Concédeme, te ruego, Apolo, hijo de Latona, gozar de mis adquiridos bienes y con estos dame la salud: pídote serena inteligencia y no arrastrar una vejez triste ni vivir privado de mi cítara.


XXXII


Me invitan a cantar. Si nunca en mis ocios bajo la sombra he modulado contigo mis versos, te pido un canto latino que viva este año y muchos más, lira mía, tocada antes por un ciu-dadano de Lesbos que, ya en medio de las armas, guerrero feroz, o amarrando a la húmeda orilla su nave batida por las olas cantaba a Baco, y a las Musas y a Venus con el niño siempre a su lado, y a Lico de, bellos ojos negros y de negros cabellos.
Honor de Febo, lira, querida en los banquetes de Júpiter soberano, dulce consuelo de nuestras penas; recibe el saludo de mis rituales invocaciones.


XXXIII


Albio, no te desesperes fuera de toda medida pensando en la inclemente Glicera; no te extiendas en elegías plañideras porque otro más joven te aventajó en desprecio de la fe ju¬rada:
Lícoris, que se adorna con una frente tersa, se abrasa de amor por Ciro; Ciro va tras de la áspera Foloe: pero los corderos se unirán a los lobos de la Apulia, antes que Foloe tenga delicadezas para este grosero amante. Así lo ha querido Venus que encuentra placer, con un juego cruel, en colocar bajo su yugo de bronce cuerpos y almas mal apareados.
Yo mismo cuando me invitaba otro amor preferible, encontré placer en quedar aprisionado en las gratas ligadu¬ras de Mirtales, una liberta más violenta que las olas del Adriático que corroe los golfos de Calabria.


XXXIV


Adorador que fui de los dioses avaro y negligente mientras que profesando mi necia sabiduría, iba al azar; héme aquí obligado a dirigir mis velas en sentido contrario y a reanudar mi abandonada ruta. Porque Júpiter, que con su fuego ruti¬lante rasga las nubes con frecuencia, ha guiado en medio de un cielo sereno sus caballos tonantes y su carro alado; con su sacudida conmueve la tierra inerte y los ríos vagorosos, la Estigia, la espantosa mansión del siniestro Ténaro y el confín de Atlante. El dios puede hacer de las simas cumbres; puede rebajar la altura de los grandes y convertir en claro lo oscuro. La Fortuna rapaz, haciendo vibrar sus estridentes alas, ha quitado de esta cabeza la corona y se complace en colocarla en esta otra.


XXXV


¡Oh, diosa que gobiernas la noble Actium, cuyo poder eleva al ser mortal del grado más bajo o cambia los triunfos soberbios en funerales!
Con inquieta plegaria te rodea el pobre colono en el campo, y sobre las olas en que tú eres soberana te implora cualquiera que en bitinia nave surca el mar de Cárpatos.
A ti invocan el rudo Daco, los Escitas en desbandada, las ciudades y las naciones y el fiero Lacio, y las madres de los reyes bárbaros, y los déspotas empurpurados tiemblan; que con pie ultrajante derribes su enhiesta columna o que el pueblo en tumulto y gritando "¡A las armas, a las ar¬mas!" arrastre a los inrresolutos y destruya su reino.
Ante ti siempre marcha tu esclava la Necesidad llevando en su mano de bronce los clavos trabales y las cuñas, sin faltar el rudo garfio y el plomo fundido.
Tú tienes por cliente a la Esperanza y a la rara Fidelidad cubierta con blanco velo y que no te niega su escolta cada vez que, bajo un vestido fúnebre, abandona airada las casas poderosas.
Pero el vulgo pérfido y la cortesana perjura vuelven la espalda y los amigos huyen en todos sentidos después de agotar las jarras hasta las heces no queriendo, perjuros, compartir la pesadez del yugo.
Preserva a César dispuesto a marchar al fin del Mundo contra los Bretones, y guarda al nuevo enjambre de jóvenes temibles, a las regiones de la Aurora y al Mar Rojo.
¡Ay! Vergüenza nos da de nuestras cicatrices y de nuestro crimen, vergüenza nos da de nuestros hermanos. ¿Ante qué acción hemos retrocedido, generación bárbara? ¿Qué sacri¬legios hemos dejado sin cometer? ¿De qué objeto ha apar¬tado sus manos
la juventud en el temor de los dioses? ¿Qué altares ha res¬petado? ¡Oh! ¡Quieran las divinidades que de nuevo temples nuestras melladas armas en nuevo yunque para ir contra los Masagetas y contra los Árabes!


XXXVI

Me es dulce sacrificar con incienso, con la lira y con la sangre prometida de un ternero a los dioses guardianes de Numidia que, volviendo hoy salvo de los últimos confines de Iberia, reparte abundantes besos entre sus buenos cama¬radas, pero a ninguno más que a su querido amigo Limia, recordando que sobre su infancia gobernó un mismo maestro y que juntos tomaron la toga nueva.
No neguemos a este hermoso día la señal de la tiza ni demos paz al ánfora sacada de la bodega. No demos, al modo de los Salios, reposo alguno a nuestros pies; que Damalis, gran amiga del vino, no llegue a vencer a Basso en beberse de un trago la ancha copa de los tracios; que no falten en el banquete ni rosas ni el verde apio ni el perece¬dero lirio. Todos pondrán en Damalis sus ojos enturbiados por la embriaguez; pero nadie apartará a su nuevo amante de ella más envolvente que la trepadora hiedra.
XXXVII


Ahora hay que beber; ahora hay que golpear la tierra con pie suelto; ahora en banquete digno de los Salios es tiempo, camaradas, de disponer los manjares de los dioses.
Antes era sacrilegio sacar el vino Cécubo de la bodega de los antepasados en la época en que una reina preparaba la ruina insensata del Capitolio y los funerales del Imperio contaminado de vicio, con su infamante rebaño de hombres castrados; desen¬frenada de esperanza y embriagada de las dulzuras de la Fortuna. Mas para amenguar su furor apenas una sola nave de las suyas escapó del incendio, y para reducir a terrores su mente turbada por el vino Me¬reótico, César, mientras ella volaba lejos de Italia.
forzó el empuje de los remos para caer sobre ella como cae el gavilán sobre las tímidas palomas, o sobre la liebre el ágil cazador en las llanuras de la helada Hemonia; quería ceñir de cadenas al monstruo fatal. Mas ella buscando más noble muerte, ni tuvo femenil espanto ante la espada ni ganó con su flota rápida la seguridad de abrigadas costas; osó en cambio contemplar con impávido rostro su pa¬lacio en ruinas y sin temor manejar las serpientes irritadas para embeber su cuerpo en negra ponzoña, más intrépida por la voluntad de morir: mujer soberbia, negó a las crueles la gloria de conducirla destronada en or¬gulloso triunfo.


XXXVIII


Odié siempre, muchacho, las ostentaciones pérsicas: no tengo gusto por las coronas trenzadas con helecho. Evita investigar en qué sitios se retrasó la floración de la rosa.
Quiero que nada agregues solícito al sencillo mirto; el mirto no es digno ni de ti, que me sirves, ni de mí, que bebo bajo la sombra prieta de la parra.



LIBRO II
ODA PRIMERA

Las revueltas civiles desde el consulado de Metelo, sus causas, los motivos de la guerra, sus vicios y sus aspectos, los vaivenes de la Fortuna, las amistades funestas de los prínci¬pes, las armas empapadas de sangre que no fue todavía expiada, esta materia llena de peligroso azar, todo esto lo llevas en tu mano y caminas sobre ascuas dormidas bajo engañosas ce¬nizas.
Que la diosa severa de la tragedia abandone el teatro, y pronto, cuando tú hayas ordenado el relato de los sucesos públicos, recobrarás tu noble menester sobre coturno cecropio.
¡Oh, Polión, sostén ilustre de los entristecidos reos y de los consejos de la Curia! ¡Tú, por quien en tu triunfo dal¬mático el laurel te granjeó honores eternos!
He aquí que con el estruendo amenazador de los cuernos atruenas nuestros oídos, va resuenan los clarines; ya el rebrillar de las armas infunde espanto a los caballos en huida y a la vista de los jinetes.
Me parece escuchar a los grandes jefes hermosos con el polvo que les ensucia y ver toda la tierra sumisa, mas no el alma inflexible de Catón.
Juno y todos los dioses propicios a los africanos que, impotentes, habían abandonado este suelo sin vengarlo, han vuelto a ofrecer los nietos de los vencedores a los manes de Yugurta.
¿Qué campo embebido en sangre latina no testimonia, sembrado de tumbas, nuestros impíos combates y la estre¬pitosa caída de la cruel Hesperia que hasta los Medos oye¬ron?
¿Qué abismo o qué ríos ignoran tan lúgubre guerra? ¿Qué mar no ha tenido en sangre la carnicería de la Daunia? ¿Qué riberas no han visto correr nuestra sangre?
Mas tú, musa procaz, no debes dejar allí tus juegos y tomar los atributos de la Nenia de Ceos; ven conmigo a buscar en el fondo de la gruta Dionea ritmos arrancados a plectro menos grave.


II


Yace la plata, sin color, escondida bajo la avara tierra, Crispo Salustio, enemigo del metal que un empleo me¬surado no ha hecho brillante.
Prolongará su vida a través del tiempo Proculeyo cono¬cido por su corazón paternal hacia sus hermanos; la Fama que sobrevive le llevará en alas que no temen la descompo¬sición.
Si dominas tu espíritu de avidez, tu reino será más vasto que si unieras la Lidia a las tierras lejanas de Gades, y si ambas Cartagos te tuviesen a ti solo por dueño.
Engorda el cruel hidrópico si cede a su debilidad y no aleja la sed, a menos que de sus venas haya huido la causa de su mal y de su cuerpo pálido el humor acuoso que le con¬sume.
Fraartes es llevado al trono de Ciro, pero la Virtud en desacuerdo con la plebe le aparta del número de los dicho¬sos y enseña al pueblo a no usar conceptos falsos;
ofrece la corona segura, el reino, el laurel legítimo al que contempla con mirada impasible montones enormes de te¬soros.


III


Acuérdate de conservar tu alma ágil en las esperanzas de la suerte y no menos alejado de una alegría insolente en la prosperidad, ¡oh, Delio!, cuyo destino es morir.
¡Bien hayas vivido tina pertinaz tristeza, ya en los días festivos, tumbado en lejana pradera, hagas tu felicidad con un Falerno de añeja solera!
¿Para qué el pino inmenso y el plateado álamo buscan asociar la sombra hospitalaria de sus ramas? ¿Por qué la co¬rriente fugitiva salta con esfuerzo en el lecho de los arroyos?
Ordena que traigan aquí los vinos, los perfumes, las flores asaz efímeras del grato rosal mientras lo permitan tu condición, tu edad y los hilos negros de las tres hermanas.
Tendrás que abandonar los pastizales reunidos con tus compras y tu casa y tu villa que baña el amarillo Tiber. Sí: todo lo abandonarás y un heredero será el dueño de tantas riquezas acumuladas.
Entre ser rico y sobrepasar al viejo Inaco, o ser pobre y de ínfimo origen, no hay diferencia para quien tiene una sola vida bajo el cielo. Será víctima prometida al inmisericorde Orco.
Todos somos empujados al mismo sitio, para todos es agitada en la urna la misma suerte. Mas tarde, o más tem¬prano, saldrá y nos hará subir a la barca, para el eterno destierro.


IV


No tienes por qué ruborizarte, Jantia, de Prócida, de tu amor por tu esclava. Ya, antes, la esclava Briseis tocó con su blancura de nieve el corazón del arrogante Aquiles; Ayax, hijo de Telamón, se enamoró de la beldad de Tmesa, su esclava; el hijo de Atreo se abrasó en medio de su triunfo por la doncella robada después que los batallones frigios hubieron sucumbido bajo el vencedor Tesalio, y Héctor, arrebatado por la muer¬te, hubo dejado a los griegos fatigados una Pérgamo más fácil de tomar.
¿Puedes saber si la rubia Filis no tiene padres afortunados de los cuales tú serás a todo honor el yerno? Sí: a buen se¬guro, llora su origen real y sus Penates injustos.
Créeme: tú no la has elegido sacándola de la mísera plebe, y una mujer tan fiel y tan desprendida de lucro no ha podido nacer de una madre ruin.
Yo alabo sus brazos, su rostro, sus piernas tan bien tor¬neadas, pero desinteresado: guárdate de tener celos de este hombre cuya edad en su impaciente carrera ha cerrado ya el octavo lustro.


V


No es capaz aún de recibir sobre su cuello y soportar el yugo, ni de igualar su esfuerzo al de un compañero, ni de sostener el peso del toro que se precipita al amor; la afición de tu ternera anda en torno a los prados verdegueantes, y ya mitiga el calor molesto en el curso de las aguas, ya siente pasión por jugar con los terneros bajo la húmeda sauceda.
Reprime el deseo de la uva en agraz, ya el otoño te pin¬tará los verdes racimos con los tonos de la púrpura.
He aquí que va a seguirte, porque el tiempo implacable ya le dará los años que a ti te ha arrebatado, y con osada frente Iálage va a provocar a su amante, querida como no lo fueron ni la inconstante Foloe ni Cloris, cuyos blancos hombros resplandecen como en una noche serena resplandece la Luna cabrilleando sobre el mar, o corno el gnidio Giges que, mezclado a un coro de muchachas, será maravilloso para engañar a los forasteros de vista sutil velando toda di¬ferencia bajo sus cabellos esparcidos y su rostro ambiguo.


VI


Septimio, tú que has de seguir a Gades y llevar nuestro yugo a los mal instruidos cántabros y a las Sirtes bárbaras en donde siempre hierven las aguas moriscas, ¡ojalá Tibur, fundado por el colono argivo, llegue a ser el reposo de mi vejez y el término de mis fatigas por mar, por tierra y en la milicia!
Si el rigor de las Parcas me veda este lugar, yo desearía el río Galeso, dulce a las lanudas ovejas o me apartaría a los campos en donde reina el laconio Falanto.
Más que todo me sonríe este rincón de la tierra en que la miel no cede a la miel del Himeto, en donde la oliva ri¬valiza con la verde oliva de Venafro; en donde Júpiter concede una larga Primavera e invier¬nos tibios; en donde el monte Aulón amado del fecundo Baco no envidia en nada a las uvas de Falerno.
He aquí el lugar y las colinas afortunadas en donde tú derramarás el tributo de unas lágrimas sobre las calientes cenizas de tu amigo el poeta.


VII


¡Oh tú que conmigo fuiste llevado a extremos peligros cuando rnilitábamos conducidos por Bruto! ¿Quién volvió a concederte la ciudadanía y te restituyó a los dioses de nuestros padres y al cielo de Italia?
¡Oh, Pompeyo, el primero de mis camaradas con quien tantas veces he roto bebiendo, la lentitud del día con una corona puesta sobre mis cabellos lustrosos de malobrato sirio!
Contigo conocí Filipos y la fuga rápida cuando escapé sin gloria ni armas después de que nuestro valor hubo sido roto y los rostros amenazadores hubieron de tocar con la barbilla un suelo deshonroso; mas a mí el ágil Mercurio me llevó, lleno de temor, a través de todos los enemigos bajo una espesa nube: a ti, en cambio, absorbiéndote en la efervescencia de su oleaje, te llevó la suerte de nuevo a la guerra.
Ofrece, pues, el obligado festín a Júpiter; reposa bajo el laurel tus miembros cansados por prolongadas campañas, y no des paz a los cántaros de vino para ti reservados.
Llena hasta los bordes, con un Másico que hace olvidar, los bruñidos ciborios; derrama los perfumes de los huecos pomos. ¿Quién se apresura a trenzar coronas con el húmedo apio o con mirto? ¿A quién designará Venus como árbitro de los lihadores? Yo, para festejar a Baco, seré más loco que los Edonios tracios. ¡Qué dulce es desvariar cuando se encuen¬tra a un amigo!


VIII


Si nunca, Barino, el castigo de una perjura sentencia te hubiese dañado, y si un diente se te hubiese puesto negro y fea una uña, yo te creyera. Mas no te es preciso más que obligar con juramentos tu pérfida cabeza para que sea tu belleza mucho más espléndida, para que seas, en cuanto sales, el tormento de toda la juventud.
Te es provechoso engañar a las guardadas cenizas de tu madre y a las mudas constelaciones de la noche y al cielo entero y a los dioses exentos del frío de la muerte. Sí. De esto se ríe la propia Venus. Ríen las sencillas Ninfas y el cruel Deseo que, sin cesar, aguza sus flechas ardorosas en una piedra ensangrentada.
Añade que todos los adolescentes crecen por ti, que para ti crecen nuevos esclavos sin que los primeros deserten del techo de una amante impía aun cuando fueron amenazados.
Las madres temen por sus hijos mozos y también los viejos avaros: las doncellas recién casadas temen, ¡pobrecillas!, que el aura que te rodea les quite los maridos.


IX


No siempre se ve correr las lluvias de las nubes sobre los campos erizados de malezas, o los caprichos de las tem¬pestades atormentar sin descanso el Mar Caspio, ni en las orillas armenias se ve, amigo Valgio: permanecer el hielo inactivo durante todos los meses, o en las laderas del Gárgano los perpetuos Aqui¬lones sacudir los encinares y despojar los olmos de su follaje.
Mas tú, siempre, tú persigues con acentos lastimeros a tu Miste desaparecido, y tus amores no se encalman ni cuando Véspero se eleva ni cuando huye el sol rápido.
Pero el viejo Néstor, que vivió tres edades, no gimió todo el resto de su vida sobre su amable Antíloco. Los padres y las hermanas frigias de Troilo apenas adolescente
no lloraron siempre. Cesa, al fin, en tus lloronas lamen¬taciones. Mejor es que cantemos los nuevos triunfos de César Augusto y el Nifrates helado y el río medo anexionado a los ríos de las naciones venci¬das corriendo con menores remolinos, y a los Gelones cabal¬gando en los límites prescritos dentro de más estrechos terri¬torios.


X


Vivirás, Licinio, más rectamente si no tiendes constan¬temente a altamar y no te ciñes demasiado a la orilla, poco seguro en un horror prudente a las tempestades.
El que escoge la mediocridad dorada tiene la seguridad de que le preserva de la sordidez de un techo humilde y está lejos de un palacio sujeto a la envidia.
Los vientos sacuden con más frecuencia los gigantescos pi¬nos, y las torres elevadas se derrumban con más estrepitosa caída, y los rayos azotan con más facilidad las cumbres de los montes.
Ten esperanza en la adversidad, y teme la suerte contraria en las prosperidades con el corazón bien prevenido. Júpiter trae los deformes inviernos, y es él también el que los aleja. Si el presente es malo, no quiere decir que lo sea el porvenir. En ocasiones Apolo despierta con las cuer¬das de su lira la Musa silenciosa, y no siempre tiende el arco.
En los momentos difíciles, muéstrate animoso y fuerte: pero has de tener también la prudencia de recoger velas si un viento favorable las hincha demasiado.


XI


Deja de investigar, Quinto Hirpino, lo que maquinen los belicosos cántabros y los escitas que el Adriático separa de nosotros, y no te inquietes demasiado por el empleo
de una existencia que reclama pocas cosas. Tras de no¬sotros huye la juventud ligera y su gracia. La edad canosa y árida desecha los alocados amoríos y el sueño plácido.
Las flores de la Primavera no tienen para siempre su hermosura, y la luna de rojo resplandor no guarda siempre el mismo aspecto. ¿Por qué fatigas tu espíritu efímero con deseos eternos?
¿Por qué no, tumbado bajo este elevado plátano, bajo este excelso pino, sin más preocupaciones y en tanto que aún podamos, no coronar nuestros plateados cabellos con olo¬rosas rosas, y con nardos asirios perfumados, beber? El vino disipa las roedoras cuitas. ¿Qué muchacho será el más ágil para extinguir en las copas el ardor de Falerno con esta fresca corriente?
¿Quién hará salir de su casa a Lidia, la esquiva cortesana? Vamos, dile que se dé prisa con su lira de marfil, recogida y trenzada su cabellera a la moda laconia.


XII


No querrás que las largas guerras de la feroz Numancia, el irreductible Aníbal, el mar de Sicilia, empurpurado con sangre púnica, casen con los blandos ritmos de la cítara; ni los crueles Lapitas, ni la embriaguez de Hileo ni los hijos de la tierra, domeñados bajo los brazos de Hércules, por los cuales tembló ante el peligro la casa brillante del viejo Saturno. Tú, en prosa, serás, Mecenas, capaz de cantar las historias de los combates que César llevó a cabo, y los reyes, en otro tiempo amenazadores, llevados por las calles con cadenas al cuello.
Pero mi musa ha querido que yo celebre la suavidad del canto de nuestra soberana Licimnía; que celebre los lumi¬nosos destellos de sus ojos y su corazón tan fiel a los recí¬procos amores.
Hemos podido ver su gracia cuando avanzaba el pie en las danzas, cuando hacía competiciones de jovialidad y cuando enlazaba sus brazos con los de las hermosas donce¬llas en los días sagrados en que se festeja a Diana.
¿Querrás, acaso, cambiar un solo cabello de Licimnia por los bienes que poseyó el rico Aqueménides, por los tesoros migdonios de la fértil Frigia o por las ricas mansiones de los árabes, en esos momentos en que se vuelve ofreciendo su nuca a tus besos ardientes, o cuando rechaza con rigor complaciente esas caricias que ella se goza en ser robadas más aún que tú al reclamarlas?


XIII


Quienquiera que fuese el primero que te plantó, te puso en un día nefasto y te ha hecho crecer, árbol, con una mano sa¬crílega para la destrucción de tus nietos y oprobio de la aldea.
Lo creo firmemente; hubiera desnucado a su propio padre y, de noche, hubiera manchado de sangre de un huésped el santuario de sus Penates; manejó los venenos de la Cólquida
y todos los horrores que en cualquier sitio puede concebir¬se, aquél que te levantó en mi campo, árbol maldito destina¬do para caer precisamente sobre la cabeza de tu inocente amo.
Nunca el mortal se guarda suficientemente del daño que ha de evitar a cada momento: el marino púnico se asusta del Bósforo y no teme fuera de esos los destinos tenebrosos ve¬nidos de otra parte.
Nuestros soldados temen las flechas y la fuga rápida del Parto; y éste las cadenas y la pujanza itálica; pero un golpe imprevisto de muerte arrebató y arrebatará a las naciones.
¡Qué a punto estuve de ver el negro reino de Proserpina, a Eaco en su tribunal, las apartadas mansiones de las almas piadosas y a Safo que lloraba con su lira eólica a las muchachas lesbianas: y a ti, Alceo, cantando con son más lleno bajo tu plectro de oro las duras pruebas de la na¬vegación, del exilio y de la guerra.
Las palabras de ambos, dignas de un religioso silencio son admiradas por las sombras: pero, sobre todo, bebe con sus oídos el vulgo apiñado hombro con hombro, los com¬bates y la expulsión de los tiranos.
¿Qué de extraño hay puesto que con estos cantos se es¬tupefacta la bestia de las cien cabezas bajara sus negras ore¬jas y enroscadas a los cabellos de los Euménides reposaran atentas las serpientes?
Y hasta el mismo Prometeo y el padre de Penélope con este dulce son olvidan su ramal y Orión no se preocupa de perse¬guir a los leones o a los tímidos linces.


XIV


¡Ay Póstumo, Póstumo! corren fugitivos los años y la piedad no retrasará ni las arrugas ni la vejez inminente, ni la muerte indómita.
No. Aún cuando tú ofrezcas, amigo, trescientos toros, tantos corno días pasan, para ablandar a Plutón el dios inmisericordes, él ciñe al triforme gigante Gerión y a Titios.
Con las aguas siniestras en que todos los que nos al¡¬mentarnos con los frutos de la tierra debemos hacer la tra¬vesía ya seamos reyes, ya indigentes colonos.
En vano nos guardaremos de Marte el dios cruento, y de las quebradas olas del rugiente Adriático; en vano, durante los otoños, evitaremos el viento del mediodía funesto a la salud: deberemos ir a ver al sombrío Cocito que arrastra una corriente lánguida y a la posteridad infame de Danao y a Sísifo el de Eólida condenado a un tormento sin fin; habremos de abandonar la tierra y nuestra casa y una esposa amada, y estos árboles que cultivas, ninguno, fuera del ciprés odioso, te seguirá, señor efímero que eres.
Un heredero más digno consumirá el Cécubo guardado bajo cien llaves y teñirá los mosaicos con este vino orgullo¬so mejor que el que se da en las cenas de los pontífices.



XV


He aquí que nuestras construcciones regias van a dejar al arado muy pocas yugadas. De todos lados se van a ser es¬tanques más extendidos que el lago Lucrino. Y el plátano, destinado al celibato, triunfará de los olmos. Entonces, los macizos de violetas y los mirtos y todo halago del olfato esparcerán su perfume donde los fértiles olivares daban su fruto para su primitivo amo.
Entonces, el espeso ramaje del laurel rechazará los abra¬sadores rayos del sol No eran los usos prescritos bajo los auspicios de Rómulo y del hirsuto Catón y por las reglas de los antiguos.
Los particulares disponían de escaso censo; en cambio el , público era grande. Ningún pórtico de diez pies de ancho ofrecía a aquellos el fresco del Norte, y las leyes no permitían despreciar un césped nacido al azar, reservando el uso del mármol para adornar a expensas del tesoro los monumentos públicos y los templos de los dioses.


XVI


Suplica reposo a los dioses el hombre sorprendido en el ancho Egeo cuando siniestra nube ha velado la luna, y los astros, guías seguros, no brillan para los marinos.
Suplica reposo el tracio en sus furores guerreros, y los Medos armados de aljaba y Grosfo que no se, vende ni por piedras preciosas ni por púrpura ni por oro.
Con poca cosa se contenta el que ve brillar sobre su mesa modesta el salero familiar cuando el temor o un bajo deseo no viene a hacer pesado el sueño.
¿Por qué siendo tan corta la vida lanzamos tan lejos el pensamiento? ¿Por qué buscar en otra parte tierras que otro sol calienta? ¿Quién, desterrándose de su patria, se huye a sí mismo?
Sube la preocupación a las naves guarnecidas de bronce; sigue, sin descanso, a los escuadrones de caballería, más rápida que los ciervos y más rauda que el Euro disipando las nubes.
Que el espíritu, contento con el presente, odie la in¬quietud de lo que ha de venir y endulce con tranquila son¬risa las amarguras de la vida: no hay nada absolutamente feliz.
Una muerte precoz se llevó a Aquiles en el esplendor de su gloria; una larga vejez consumió a Tirón, y la hora quizá va a ofrecerme lo que a ti te habría negado.
En torno tuvo, cien rebaños mugen; cien rebaños de vacas sicilianas. Para ti, alzan su relincho las jacas amaestra¬das para las cuadrigas. Tienes para vestirte lanas, dos veces ceñidas con múrice africano.
A mí, la verídica Parca me ha concedido un pequeño dominio y la delicada inspiración de la Musa griega, con el desdén por el vulgo maldiciente.




XVII


¿Por qué me quitas el alma con tus lamentos? Ni a los dioses ni a mí nos es grato que tú desaparezcas el primero, Mecenas, gloria ilustre y sostén de mi fortuna.
¡Ah, si un golpe prematuro me arrebata en ti la mitad de mi alma! ¿Qué espero yo que soy la otra no teniendo igual valor y faltándome la mejor? Ese día para los dos
será el cataclismo. No, no he pronunciado un juramen¬to engañoso. Iré sí, iré a dondequiera que me precedas; presto a emprender la ruta en tu supremo viaje.
Ni la quimera con su aliento de fuego ni, aunque se ir¬guiese, el gigante de cien brazos, podrían arrancarme de ti. Así lo han decidido la poderosa justicia y las Parcas.
Ora Libra haya presidido mi nacimiento y el Escorpión haya tenido signo más violento en mi hora natal, ya sea Capricornio tirano del mar de Hesperia, los astros de cada uno de nosotros nos unen de modo increíble. A ti, Júpiter, con su rutilante influencia te arrebató del imperio de Saturno y retrasó las alas del Destino en su vuelo
cuando el pueblo, apiñado en el teatro, lo hizo crepitar con un triple gozoso aplauso, y a mí, un tronco caído sobre mi cabeza ya me mataba si con tu diestra no llegas a aminorar el golpe, Fauno, guardián de los hombres y amado de Mercurio. Acuérdate de sacrificar víctimas y en erigir un templo votivo; yo sa¬crificaré tina modesta cordera.


XVIII


Ni el marfil ni planchas doradas resplandecen en mi casa; ni arquitrabes de Himetia pesan sobre columnas talladas en lo reas lejano de África ni, heredero desconocido de Atalo, ocupé su palacio ni clientes honorables tejen para mi púr¬puras laconias pero tengo lealtad; y la vena de mi ingenio es fecunda y, aunque pobre, me consideran rico. Yo no mor¬tifico a los dioses ni pido al amigo poderoso más generosi¬dades, dichoso con suficiencia en mi única heredad sabina.
Un día empuja a otro, y sin cesar nuevas lunas caminan a morir. Tú, próximo a la muerte, das mármoles a tallar y, sin pensar en la sepultura, construyes casas y te empeñas en alejar los límites del mar que ruge delante de Bayas, como si no fueras bastante rico con lo que encierra la orilla.
¿Pero qué más? Si hasta arrancas los mojones de los campos contiguos a los tuyos y, avaro, saltas sobre las lindes de tus clientes. Marido y mujer son expulsados llevándose en un pliegue de su vestidos los Penates y los Lares de sus ma¬yores y los hijos desarrapados. Y, sin embargo, ningún pa¬lacio aguarda al rico propietario más seguro que los términos del Orco rapaz.
¿Por qué ese empeño en avanzar? La tierra se abre igual¬mente para el pobre que para los hijos de los ricos y de los reyes; Caronte, satélite del infierno, ni seducido por el oro devuelve al astuto Prometeo. El Orco tiene prisionero al orgulloso Tántalo y a todos sus descendientes; ni invocado ni sin invocar escucha al pobre, agitado por las calamidades, para que le ayude.


XIX


He visto a Baco ensayando sus himnos sobre rocas apartadas -habéis de creerme, hombres del porvenir-, y aprendiéndolos las Ninfas y los Sátiros de patas de cabra con atentas orejas.
¡Avohe! Mi corazón está temblando con un temor re¬ciente y mi pecho, lleno de Baco, se agita con gozosa tur¬bación. Perdóname, Liber, perdóname, tú que te haces te¬mible por los golpes de tu tirso.
Puedo cantar a los Tiades infatigables y a la fuente de vino y leche que se desparrama en arroyos, y a la miel que chorrea de los troncos huecos; puedo cantar también al honor de Ariana, tu esposa feliz, que ocupa un lugar entre las estrellas puedo cantar la casa de Penteo, derribándose en implacable ruina y la pérdida del Tracio Licurgo.
Tú desvías los ríos y el mar bárbaro; tú, en colinas apar tadas y beodo, atas con nudos de víboras los cabellos de las Bistrónides.
Tú, bajo la apariencia de un león de mandíbulas y uñas espantables, has sabido hacer retroceder a Reto cuando la cohorte impía de los gigantes, por un camino escarpado, escalaba el reino de tu padre.
Y, sin embargo, se te consideraba mejor hecho para la danza, las risas y el juego. Se te reputaba poco apropiado para los combates, pero concilias en ti al mismo tiempo la paz y la guerra.
Te vio, sin dañarte, el Cerbero cuando ibas hermoso con tu cuerno de oro, v acariciándote dulcemente con su cola y tus pies con su triple lengua, lamió también tus piernas cuando salías de los infiernos.


XX


En alas no vulgares ni débiles seré llevado, poeta biforme a través del transparente éter. No habitaré durante largo tiempo sobre la tierra y, despreciando la envidia, dejaré atrás las ciudades. No. Yo, descendiente de padres me¬nesterosos y convidado comensal tuyo, Mecenas querido no pe¬receré, y las aguas de la Estigia no me tendrán prisionero.
He aquí que ya sobre mis piernas las arrugas hacen ás¬pera la piel que se encoge; mi cabeza se cambia por la de un cisne; ligeras alas brotan de mis dedos y de mis brazos; ved que voy más rápido que Ícaro, el hijo de Dédalo, a recorrer, ave armoniosa, las orillas del Bósforo rugiente, las Sirtes gétulas y las llanuras hiperbóreas.
Me conocerá la Cólquida y la Dacia que finge no temer a las cohortes marsas; me conocerán los Gelones al fin del inundo; aprenderán de mí los iberos y los que beben las aguas del Ródano.
Lejos los cantos fúnebres de mis vanas exequias, los feos lamentos y los gemidos. Reprime, Mecenas, los lloros y abandona los honores superfluos del sepulcro.



LIBRO III
ODA PRIMERA


Odio la profana turba y me aparto de ella. Guardad silencio. Sacerdote de las Musas, yo canto para las doncellas y para los muchachos himnos que hasta ahora no se habían oído.
Los reyes temibles, tiene imperio sobre el rebaño de sus hombres; pero ellos mismos están bajo el imperio de Júpiter, el glorioso vencedor de los Gigantes; y aquel que con un fruncimiento de sus cejas conmueve el Universo.
Sucede que uno ordena sus plantas en los surcos más lejos que otro; que éste, de un rango más noble, desciende al Campo cíe Marte para captar votos; que este otro, superior por sus virtudes y su renombre, se los disputa; que aquel otro le sobrepuja por la multi¬tud de sus clientes. Bajo una ley igual, la Necesidad saca a suertes a los ilustres y a los más humildes; en la vasta capa¬cidad de su urna remueve los nombres de todos.
Para aquel que ve una espada desenvainada pendiente sobre su impía cabeza, los festines de Sicilia, con su refina¬miento, no tendrán dulce sabor, y el canto de los pájaros, y los acordes de la cítara, no le devolverán el sueño; el dulce sueño que no desdeña las humildes viviendas de los campesinos ni una umbrosa ribera, ni las enramadas de Tempe acariciadas por los Cé¬firos.
A aquel que se limita con lo que le basta, no le inquietan las tormentas del mar ni los crueles asaltos de Arturo en su ocaso ni las Cabrillas en su orto; ni sus viñas azotadas por el pedrisco ni un suelo cuya promesa es falaz cuando los árboles acusan ora a las aguas del cielo, ora a las constelaciones que abrasan los campos, ora a los rigores del Invierno.
Los peces sienten que las llanuras líquidas se reducen bajo los bloques arrojados a altamar. Una multitud se afana para echar allí las toscas piedras; el contratista y los obreros en presencia del amo cansado ya de tierras.
Pero el miedo y las amenazas suben adonde sube el señor y se asientan en la trirreme guarnecida de bronce, y a la grupa de su caballo se instala la negra Preocupación.
Pues si, para endulzar el dolor, no valen ni el mármol de Frigia ni el uso de vestidos de púrpura más resplandecien¬tes que los astros, ni la viña de Falerno ni el perfume de Persia, ¿por qué atraer la envidia, elevando muy alto con la nueva moda las puertas de mi atrio? ¿Por qué cambiar mi valle de la Sabina por riquezas más agobiantes?


II


Que aprenda gustosamente a soportar una estrecha po¬breza el joven endurecido por la áspera milicia; que hostigue, caballero de lanza temerosa, a los Partos feroces y pase su vida al raso entre alarmas; que, en viéndole de lejos desde lo alto de las murallas enemigas, la mujer del déspota que nos combate y su hija casadera suspiren ¡ay!; que el regio pro¬metido, inexperto en las armas, no vaya a provocar a este áspero león que una rabia sangrienta lleva a la carnicería.
Es dulce y bello morir por la patria. La muerte va tras el hombre que huye, y no perdona ni las piernas ni la espalda medrosa de una juventud cobarde.
La virtud que no sabe de la deshonra del fracaso, res¬plandece con honor sin mancha y no toma ni deja las hachas al arbitrio del aura popular.
La virtud, abriendo el cielo a los que merecen la inmor¬talidad, busca su camino por rutas reservadas y huye con ala desdeñosa de las vulgares multitudes y del suelo enfangado.
Es también una recompensa asegurada al silencio fiel. Impediré que el hombre que ha divulgado los ritos de la misteriosa Ceres habite bajo el mismo techo que yo o des¬amarre de la orilla la misma barca. Muchas veces Júpiter, descuidado, juntó en sus castigos al casto con el impuro. Y el malvado pudo avanzar y raramente el Castigo, con su pie cojo, le dejó escapar.


III


Al hombre recto y firme en su resolución ni la furia de los ciudadanos que quieran imponer el mal, ni la persecu¬ción de un tirano amenazador, le quebrantan; ni empaña su espíritu el Austro jefe turbulento del tormentoso Adriático; ni la gran mano de Júpiter fulminador. Si el mundo se derrumba he¬cho pedazos, sus escombros le herirán sin inmutarle.
Con valor parecido Polux y el errante Hércules han tre¬pado hasta tocar los alcázares del Empíreo y, entre ellos, Au¬gusto se reclinará bebiendo néctar con sus labios de púrpura.
Por este valor mereciste, Baco -¡oh padre!-, ser lleva¬do allá arriba por los tigres que tiraban del yugo con cuellos indómitos. Por el Quirino, llevado por los caballos de Marte, huyó del Aqueronte cuando Juno habló en la asamblea de los dioses estas agradables palabras: "¡Ilion, Ilion!" Un árbitro fatal e impuro y una mujer extranjera te han reducido a cenizas. Desde este día en que Laomedonte frustró a los dioses del salario convenido a mí y a la casta Minerva nos estaba reservado tu castigo con tu pueblo y tu jefe leal.
No brilla más para la lacedemonia adúltera su huésped escandaloso, y la casa perjura de Príamo no cuenta con el socorro de Héctor para romper los ataques desencadenados.
La guerra, prolongada por nuestras sediciones, se ha calmado. Desde ahora mis pesados resentimientos, mi odio por ni¡ nieto que me ha hecho nacer la sacerdotisa troyana, a Marte los ofrecerá. Yo consiento que Rómulo entre en las mansiones luminosas, que conozca el sabor del néctar, que ocupe un lugar en las filas plácidas de los dioses.
Mientras un largo espacio de mar encrudezca a Ilion y a Roma, los desterrados pueden reinar felices en donde les plazca; mientras que sobre la tumba de Príamo y de Paris brinquen los rebaños y las fieras escondan impunes allí sus cachorros, el Capitolio se alce esplendoroso y la fiera Roma pueda dictar leves a los Medos.
Terrible extienda a lo lejos su nombre hasta el confín en donde el mar interponiéndose separa Europa de África, allí en donde el Nilo desbordado inunda los campos; que sean aún más grande despreciando el oro dejándole abandonado y oculto bajo tierra, su mejor sitio; preferible a que sea amasado por una mano presta a arrebatar para el uso del hombre toda cosa sagrada.
A todo lugar en que el mundo ha encontrado un obstáculo ante él, allí Roma llegará con sus armas ávida de explorar en qué parte de la tierra se desencadenan los abra¬sadores fuegos, las nieblas y las lluvias.
Mas yo pronuncio estos destinos para los belicosos quirites con esta condición: que un ciudadano muy piadoso y con mucha confianza en su fortuna no les lleve a reparar las moradas de la vieja Troya.
Trova, renaciendo bajo lúgubres auspicios, volverá a en¬contrar la misma suerte y el mismo sombrío desastre, y seré yo quien guíe los batallones victoriosos contra ellos; Yo, la esposa y hermana de Júpiter.
Tres veces volverá a levantarse en torno a ella por obra de Febo un muro de bronce que volverá a caer otras tantas ve¬ces abatido por mis griegos y tres veces la esposa cautiva llorará a su marido y a sus hijos."
Mas estos acentos no sabrían acordarse a una lira jocosa. ¿Adónde vas, musa mía? Deja de contar intrépidamente las pláticas de los dioses y de reducir grandes cosas a la peque¬ñez de tus ritmos.


IV


Baja del cielo, Calíope, y entona un largo canto con tu flauta o, si lo prefieres, con tu voz sonora o con la lira, o con la cítara de Febo.
¿Lo oís? ¿Es que soy juguete de un amable delirio? Me pa¬rece escucharla; y creo verla vagar a través de los bosques pia¬dosos sobre los cuales pasa el fresco de las aguas y de las brisas.
Recuerdo que en mi infancia, en el Volturno Apulio, un día en que lejos de los límites de mi patria me había yo tumbado, rendido por el juego y el sueño, unas palomas vinieron con follaje nuevo cubrirme. Lo cual fue prodigioso a todos aquellos que habitan el alto nido de la Aquerontia y los desfiladeros de Bantia y el campo fértil de la baja Forense.
El verme dormir sin temor para mi cuerpo a las víboras y a los osos siniestros y que enlazados el laurel y el mirto sagrados cubrían á este minúsculo infante cuya protección venía de los dioses.
Soy vuestro, Camenas, ya me eleve a las alturas de la Sabina o me agrade el fresco Preneste o el empinado Tibur o la limpia Bayas, amigo de vuestras fuentes y de vuestras danzas, ni la de¬rrota de Filipos ni un árbol maldecido, ni el Palinuro batido por las olas sicilianas han podido matarme.
En dondequiera que estéis conmigo, desafiaré con placer, tranquilo navegante, la rabia del Bósforo y las arenas abra¬sadoras de la costa Asiria; iré a visitar, inviolable a los Bretones feroces para con los extranjeros, la Concania que se place bebiendo sangre de caballos y á los Gétulos armados de aliaba y el río escitico.
Vosotras en la gruta de Piero recreáis al gran César que va en busca de un término a sus trabajos tan pronto como hizo retirar a las ciudades sus cohortes fatigadas de la milicia.
Vosotras, divinidades bienhechoras, dais el dulce con¬suelo y gozáis de haberlo dado. Sabemos cómo los Titanes impíos y su turba monstruosa desaparecieron cuando hizo caer su rayo Júpiter, que gobierna la tierra inerte, y el mar batido por los vientos y las ciudades, y los sombríos reinos y los dioses, y los batallones de los mortales bajo la igual y única dirección cíe su imperio.
Un serio temor había infundido en Júpiter está osada juventud erizada de brazos, estos hermanos que pretendían instalar a Pelión en el Olimpo umbroso.
¿Pero qué podían Tifeo y el robusto Mimas o Porfirión de actitud amenazadora? ¿Qué podía Retio y el audaz Encélado arrancando troncos para lanzarlos como jabalinas?
;Qué podían en sus ataques contra la égida sonante de Palas? A su lado se mantenía el devorador Vulcano, a su lado la augusta Juno y el que nunca despojará del arco sus espaldas, el que baña sus cabellos sueltos en el agua pura de Castalia, que habita los jarales de Licia y la selva natal del dios de Delos y de Pátara: Apolo.
La fuerza sin inteligencia se derrumba bajo su propia masa. A la fuerza bien administrada los dioses mismos la hacen avanzar siempre más alto y sienten odio por aquellos cuya fuerza tan sólo medita acciones prohibidas.
Sean testigos de mi aserto el gigante de los cien brazos, el violador famoso de la intacta Diana abatido por la flecha de una doncella.
La tierra gime de gravitar sobre estos monstruos salidos de ella y llora a sus hijos que el rayo ha precipitado al lívido Orco, y lamenta que el rayo no fue bastante rápido para devorar al Etna que pesa sobre ellos.
Contra el hígado del incontinente Titio se ensaña el buitre, carcelero eterno de su crimen, y el enamorado Piritoo, está aprisionado bajo trescientas cadenas.


V


Creíamos que ya reina Júpiter en el cielo, en que rueda el trueno arrojado por su mano; pero aquí abajo, Augusto será para nosotros un dios presente. Pues ha unido a su imperio a los Bretones y a los Persas temibles.
¿Han podido los soldados de Craso vivir-¡oh, maridos desgraciados!-, con una esposa bárbara? ¿Han podido -¡oh, Curia! ¡ah, desquiciamiento de las costumbres!¬envejecer armados en casa de sus suegros?
¿Bajo un rey medo el marso y el apulo olvidados de los sagrados broqueles de la toga, de la eterna Vesta, cuando Júpiter y la ciudad de Roma permanecen aún en pie?
Este daño lo había previsto el espíritu de Régulo cuan¬do discutía condiciones afrentosas y un precedente que traería la ruina sobre los tiempos venideros. Si no se dejaba a una juventud indigna de piedad perecer cautiva "Yo he visto -dijo- colgadas de los templos púnicos las banderas y las armas arrebatadas a nuestros soldados sin luchar; yo he visto, ciudadanos, hombres libros con los brazos atados a la espalda, las puertas de Cartago abiertas y en cultivo los campos arrasados por nuestras armas.
¿Creéis que rescatado a precio de oro el soldado volvería, sin duda, más intrépido? Al oprobio agregad la pérdida del honor. La lana que la púrpura ha teñido no puede mostrar sus colores perdidos.
y el verdadero valor, una vez perdido, no cuida de entrar de nuevo en los pechos envilecidos. Cuando se vea al ciervo combatir desembarazado de las tupidas mallas de las redes, será valiente aquel que se entregó a los pérfidos enemigos, y en nueva con¬tienda abatirá a los Cartagineses aquél que, sin resistencia sintió la coma sobre sus brazos trabados y temió a la muerte.
Éste ha podido mezclar la paz a la guerra no habiendo de dónde asegurarse la vida. ¡Oh, deshonor! ¡Oh, grandeza de Cartago más excelsa por la ruina vergonzosa de Italia!"
Se dice que rechazó de sí, como un desposeído del rango de ciudadano romano, el beso de su casta esposa y de sus hijos, y hosco puso en tierra su mirada varonil hasta que por la autoridad de un consejo sin precedentes convenció a los senadores que aún dudaban, y en medio de sus amigos llorosos marchaba altivo al destierro.
Y, sin embargo, él sabia qué torturas le preparaba el verdugo bárbaro: pese a todo, apartó a los parientes que le cerraban el paso y al pueblo que se le oponía a su marcha.
Se diría que como si dejara resueltos los asuntos de sus cuentes y partiera a los campos de Venafro o al lacedemonio Tarento.


VI


Expiarás inocente las faltas de tus mayores, romano, mientras no hayas reparado los templos, las moradas arruinadas de los dioses y las imágenes afeadas por el negro humo.
Imperas porque te muestras sumiso a la voluntad de los dioses. De ellos haz partir iniciativa y a ellos refiere tus éxi¬tos. Despreciados los dioses, han enviado mil males a la deplorable Hesperia.
Ya por dos veces Moneses y la tropa de los soldados de Pacoro han quebrantado nuestros ataques desamparados por los auspicios, y gozan de haber agregado nuestros despojos a sus exiguos collares.
Poco faltó para que, entregados a las sediciones, pereciese la Ciudad destruida por el Daca y el Etíope; éste formidable por su flota y aquel superior en lanzar saetas.
Épocas fecundas en crímenes mancillaron primero matrimonios, reza; de este manantial ha nacido el río que se ha desbordado sobre la patria y sobre el pueblo.
La virgen demasiado precoz aprende con alegría las des¬vergonzadas danzas jónicas, se acostumbra a las malas artes y ya desde su tierna infancia se apresta a impuros amores.
Más tarde busca, en la misma mesa en que bebe su ma¬rido, nuevos amantes más jóvenes y no elige al hombre que recibirá de ella apresurados goces prohibidos lejos de las an¬torchas sino que, requerida, se levanta abiertamente delante de su marido cómplice, ora la llame un negociante, ora un patrón de nave ibera que compre a buen precio su deshonor.
No había nacido de tales padres la juventud que enro¬jeció el mar con su sangre púnica, que abatió a Pirro y a Aritíoco, el gran rey, y al siniestro Aníbal.
Era la varonil descendencia de soldados rústicos, ins¬truida en remover la tierra con la azada sabina y, a la menor seña de una madre rígida, acarrear la leña cortada cuando el sol desplaza las sombras de las montañas. Y la que quitaba el yugo a los bueyes fatigados, trayendo en su carro fugitivo la hora amiga del descanso.
¿Qué no empequeñece el paso del tiempo destructor? La generación de nuestros padres, peor que la de nuestros abuelos, ha hecho nacer hijos más malos aún en nosotros, que daremos una descendencia peor todavía.


VII


¿Por qué lloras Asteria, a aquel que desde la vuelta de la Primavera te devolverán los radiosos Céfiros; a Giges, el mozo de la fe constante, rico en el tráfico de la Jonia?
Impulsado por el Noto hacia Orico, cuando acababa de aparecer la constelación de las Cabrillas, pasa en insomnio frías noches no sin abundantes lágrimas.
Y mientras tanto un mensajero de su huésped atribulada, diciéndole que Cloe suspira, que la infeliz arde en amor con los mismos fuegos que tú, busca seducirle con mil mañas.
Le cuenta de qué modo su pérfida mujer empujó a Preto, por acusaciones mentirosas, a precipitar la muerte del casto Belerofonte; y le cuenta que Peleo estuvo a punto de ser presa del Tár¬taro, huyendo castamente de la magnesia Hipólite. En re¬sumen, el seductor recuerda historias que inducen al engaño.
Todo en vano: pues más sordo que las rocas de Icaros, Giges escucha estas palabras sin haber sido aún doblegado. Mas tú cuida no te guste, más de la cuenta, tu vecino Enipeo, aunque más que ninguno se muestra en el césped del Campo de Marte hábil en gobernar un caballo, y más que nadie hábil para descender nadando por el lecho del río toscano.
Desde el anochecer, cierra tu casa y no vayas, atraída por los sones de una flauta lastimera, a mirar a la calle mientras que sin cesar él te llama cruel. Tú, no obstante, no te ablandes.


VIII


Sorprendido, me preguntas qué es lo que yo hago, soltero como estoy, en las calendas de Marzo; qué quieren decir estas flores, este estuche lleno de incienso, estas brasas puestas sobre un altar adornado con guirnaldas de follaje verde; consultar.
Mecenas, docto en escritos de una y otra lengua. Es que he ofrecido a Liber un dulce festín, e inmolarle un macho cabrío blanco cuando casi había caído muerto por el des¬plome de un árbol.
Este día de fiesta, al volver del año, hará saltar el tapón pegado con pez a un ánfora que aprendió a saturarse con huno durante el consulado de Tulo.
¡Bebe, Mecenas, cien copas a la salud de tu amigo salva¬do! Y consiente que las luminarias permanezcan encendidas hasta el día. Lejos de aquí toda cólera, todo grito.
Da tregua a tus preocupaciones políticas por la Ciudad. Las tropas de Dacio Cotisón, rey de Gates, han perecido; el dañino Medo se arma contra sí mismo, entregado a lúgu¬bres, disensiones; y se somete nuestro viejo enemigo de la extrema Iberia, el Cántabro domeñado bajo tardía cadena; ya los Escitas, aflojando su arco, piensan en retirarse de sus llanuras.
Deja de inquietarte, simple ciudadano, por los peligros que haya de correr el pueblo inconsciente; y toma con ale¬gría los dones de la hora presente y deja los pensamientos austeros.


IX


-Mientras te era grato y ningún joven rival más amado rodeaba con sus brazos tu cuello blanco, yo prosperé más afortunado que el rey de los Persas.
-Y mientras tú no te abrasaste más por otra, o Lidia no era pospuesta a Cloe, Lidia en todas partes nombrada, yo prosperé más ilustre que la romana Ilia.
-Ahora estoy bajo las tiranas leyes de una tracia, la sabia Cloe; instruida en dulces modulaciones; diestra en tañer la cítara. Y por ello no tenería morir si, perdonada por el destino ni¡ amiga, mi alma debe sobrevivir.
-A mí me consume un fuego compartido con un Turio, con Calais, hijo de Orinto, y por él consentiría morir dos veces si, perdonado por el destino, debiera mi mozo sobre¬vivirme.
-;Pero qué ocurriría si tornase el placer de otros tiempos? ;Si, ahora desunidos, nos unce bajo su yugo de bronce? ¿Si rechazo a la rubia Cloe y si se abre la puerta de Lidia que yo rechacé?
-Aunque Calais es más hermoso que un astro, y tú más liviana que el corcho y más irritable que el Adriático sin freno, quiero vivir contigo y contigo morir.


X


Aunque, en el confín del mundo, bebieras. Lice, las aguas del Tanais, casada con un esposo feroz, llorarías de dejarme tirado delante de los batientes ásperos de tu ventana y ex¬puesto a los Aquilones, huéspedes del país.
¿No oyes con qué estrépito bate la puerta, con qué es¬trépito la arboleda que rodea tu hermosa mansión son agi¬tados por los vientos? ¡Ves como Júpiter, bajo su severa di¬vinidad, endurece las nieves caídas?
Depón una soberbia que desagrada a Venus, no sea que la polea y la cuerda se pongan a correr en sentido contrario. No es una Penélope rebelde a los pretendientes la que ha engendrado en ti un padre tirreno.
¡Oh! Aunque ni los presentes, ni los ruegos ni la palidez de tus pretendientes teñida de violeta, ni un esposo herido por el amor de una concubina Piérida te hacen doblegarte, ¡apiádate de los que te imploran!
No seas ni tan dura como la encina seca ni de tan cruel tu corazón como el de las serpientes líbicas. Este, m¡ cuerpo, no sufrirá siempre el mismo rigor de tu puerta, o el del agua del cielo.


XI


¡Mercurio, pues tú eres el maestro que instruye a Anfión a mover las piedras con su canto, ayúdame, y tú, concha sabia en resonar bajo las siete cuerdas de mi lira asísteme también!
Tú, que no tenías en tiempos ni voz ni encantos, ahora amiga de la mesa de los ricos y de los templos: ¡entona acentos a los que preste sus oídos rebeldes Lide que, como yegua de tres años retoza en las extensas lla¬nuras y terne ser tocada, ignora lo que es el matrimonio y está poco rasadura aún para audacias de un marido!
Pero tú, lira, sabes hacerte seguir de los tigres y de los bosques y hace que se detenga los arroyos en su curso.
Cerbero, el guardián del palacio inhumano, ha cedido a tus caricias, aunque su cabeza, como la de las Furias, se arme de cien serpientes y de su boca trilingüe broten un soplo horrible y una baba emponzoñada.
¿Qué más? Si hasta sonrieron a su pesar los rostros de Ixión y Titio, e inmóvil el tonel un instante permaneció seco, mientras con el dulzor de tu canto maravillabas a las hijas de Daunio.
Que oiga Lide el crimen y el suplicio famoso de estas doncellas, y el relato del tonel siempre vacío de un agua que se pierde por el fondo; que los oigan también las tardías disposición, es del Destino que están reservadas a las culpas incluso en el reino del Orco. Las impías -¿qué impiedad mayor pudieron come¬ter?-, las impías osaron sacrificar a sus esposos con una espada sin misericordia.
Una sola de entre todas, digna de la antorcha nupcial, Ideo un engaño espléndido a su padre perjuro. Esta virgen, ilustre en todo tiempo, "Levanta -dijo a su esposo-, levanta; no sea que un largo sueño te venga de donde menos lo pienses. Engaña a tu suegro y a mis hermanas criminales que, corno leones encarnizados sobre los terneros, despedazan -¡ay!- uno a uno a sus maridos. Yo, más blanda que ella, ni te mataré ni te retendré encarcelado.
Que mi padre me cargue de cadenas crueles porque, guiada por clemencia, he perdonado a un esposo desgra¬ciado; que me suba a un navío y me destierre hasta el fondo de los territorios númidas.
Ve adonde te lleven tus pies y los vientos mientras la noche y Venus te favorezcan; ve bajo un favorable presagio y graba sobre mi tumba versos lastimeros que guarden mi memoria."


XII


Desdichados aquellos que no pueden darse al amor con libertad ni pueden ahogar sus penas en el dulzor del vino y mueren de miedo por los latigazos que les da la lengua de un tío paterno.
De tus manos, Niobe, el niño alado de Citerea quitó el canastillo de lanas; te quitó la afición de tejer, trabajo de la Industriosa Minerva; te quitó a Hebro de Lípara, que baña en las aguas sus espaldas untadas de aceite de la lucha. Él, mejor jinete que el mismo Belerofonte, nunca fue vencido ni en pugilato ni en la carrera: hábil en abatir con sus flechas los ciervos cuyo tropa huye acosada al descu¬bierto, y presto en recibir al jabalí que se oculta en la espe¬sura de los jarales.


XIII


¡Oh, fuente de Badusia, más limpia que el cristal, que mereces un dulce vino y flores! Mañana recibirás la ofrenda de un cabrito, cuya frente inflamada por los cuernos na¬cientes llama al amor y a los combates. En vano esta vez, porque este renuevo de un rebaño loco va a teñir con el rojo de su sangre el curso de tus heladas aguas.
La época ardorosa de la canícula no, podrá tocarte: tú ofreces un amable frescor a los toros fatigados por el arado, y al ganado errante.
Tú ocupas también un lugar entre las fuentes célebres, pues yo he cantado a la encina que nace entre tus tocas cóncavas de donde se escapan saltarinas tus aguas parleras.

XIV


Aquel que en tiempos tú decías, pueblo, que había marchado como otro Hércules a buscar un laurel que se compra con la muerte, César, desde las costas de la extrema Iberia contempla victorioso sus Penates.
Que su mujer, que pone toda alegría en su marido, avance sola después de haber cumplido todos los sacrificios rituales y, con ella, las hermanas de jefe ilustre. Y, tocadas con las cintas de suplicantes las madres de nuestras doncellas y muchachos, vosotras, las que ya conocéis al hombre, ¡evitad toda palabra de mal augurio!
Este día, que es verdaderamente para mí un día de fiesta, me librará de negras preocupaciones: no temeré ni al des¬encadenamiento guerrero, ni a la muerte violenta mientras César sea dueño de la tierra.
¡Ve, muchacho, a buscar perfumes, coronas y una jarra que recuerde la guerra de los Marsos, si es que alguna tinaja ha podido escapar a las correrías de Espartaco!
Di, también, a la armoniosa Neera que anude en segui¬da su cabellos color de mirra. Y si un portero odioso pre¬tende retenerte, vuelve presto.
Mis cabellos, que encanecen, calman mi espíritu, antes ávi¬do de riñas y de querellas violentas: yo no hubiera tenido esta paciencia en mi ardiente juventud, cuando Planco fue cónsul.


XV


Mujer del pobre Ibico: pon término a tus desarreglos y a tus trabajos demasiado conocidos. Próxima a la hora de los funerales, deja de loquear entre las muchachas y de exten¬der una nube entre las claras estrellas. No te sienta bien, Loris, lo que puede convenir a Foloe, tu hija, que con más derecho que tú asalta las casas de los jóvenes como una ba¬cante excitada por el tímpano. A tu hija el amor de Noto la empuja a retozar como cabrita juguetona.
Pero, a ti, lo que te sienta bien son las lanas tejida cerca de la célebre Luceria, y no, a una vieja como tú, las cítaras ni la flor purpurina del rosal ni las jarras apuradas hasta las heces.


XVI


Cautiva Danae bajo el bronce de su torre, la robustez de sus puertas, la guardia severa de perros siempre vigilantes eran bastante salvaguardia contra los amantes nocturnos, si Júpiter y Venus no hubiesen engañado a Acrisio, guardián tembloroso de aquella virgen encerrada. El camino, ciertamente, tenía que ser seguro y estar muy abierto ante el dios metamorfoseado en metal precioso.
El oro se enorgullece de abrir una vía a través de las guar¬dias y de agujerear las rocas, más poderoso que el choque del rayo. La casa del adivino de Areos cayó por el ansia de oro, tragada por el desastre. Hizo reventar las puertas de las ciudades el hombre de Macedonia, y derrocó a sus rivales en realeza a fuerza de presentes. A las dádivas vienen a pren¬derse, como a las redes, los jefes feroces de los navíos.
Cuanto más crece la riqueza, más sigue el cuidado a una fortuna creciente, y la sed de poseer, también más. Con ra¬zón me horrorizo al atraer de lejos las meradas por elevar alto la cabeza, Mecenas, honor de caballeros.
Cuanto más uno se niegue a sí mismo, más obtendrá de los dioses. Yo voy desnudo al campo de aquellos que nada desean, y tránsfuga, me apresuro a abandonar el partido de los ricos.
Dueño más opulento de un bien despreciado que si, amo de todos los campos que labra el infatigable Apolo, yo pasase por ocultar el trigo en mis graneros, indiferente en medio de inmensas riquezas.
Un arroyo de agua pura, un bosque de pocas yugadas, una casa y la fe confianzuda de mi cosecha, me hacen más dichoso que aquel que fulgura con el Imperio de la fértil África.
Aunque yo ni vea las abejas de Calabria producir su miel para mí, ni el licor de Baco añejarse en las ánforas de Lestrigonia, ni crecer en los pastizales galos corderos de espesos vellones, no obstante la importuna indigencia está lejos de mí. Y si yo quisiera más, tú no me negarías tus dones. Restringidos mis deseos, yo acreceré mis modestas rentas mejor que se yo redondeara los campos Migdonios con el reino de Aleares. Mucho le falta a quien mucho pede. Feliz aquel a quien la divinidad, con una mano económica, ha procurado lo suficiente.


XVII

Elio, cuya nobleza desciende del viejo Lamo -puesto que de él tomaron su nombre los primeros Laia y toda la raza, de sus descendientes a lo largo de los fastos que de ello guardan memoria-, tú tienes por autor de tu origen a este hombre que, según se cuenta, poseyó el primero las murallas de Pormia y reinó sobre el país de Liris que se desborda sobre las riberas de Marica.
Monarca que gobiernas de lejos: mañana una tempestad, desatada por el Euro, sacudirá el bosque, que se cubrirá de infinidad de hojas, y un alga inútil cubrirá la playa si, pro¬fetisa de la lluvia, no Miente la añosa corneja. Mientras puedas, apela la leña seca; mañana regalarás a tu genio con vino puro y con un puerco de dos meses, en compañía de tus siervos liberados del tra¬bajo.


XVIII


Fauno amador de las Ninfas que te huyen ven a recorrer me dominio y mes soleados campos; benevolente cuando llegas y cuando te vas favorable a mis pequeñas crías se, cumplido cada año, te he inmolado un tierno cordero; camarada de Venus, no falta para te abundante vino en la crátera, y el altar antiguo humea, con una profusión de perfumes.
lodo el ganado juguetea en la llanura herbosa cuando en tu honor vienen las Nonas de Diciembre; en fiesta todo el pago reposa en los prados con el buey desocupado; el cordero vaga por entre los atrevidos lobos sin temerlos; la agreste selva esparce para ti sus frondas, y el obrero del campo se regocija de golpear tres veces con sus pies la tierra odiada.


XIX


Cuentas qué distancia hay de Inaco a Codro que no te¬mió morir por su patria; la descendencia de Eaco y los combates librados sobre la santa Ilion. Pero callas a qué precio compramos una jarra de vino de Quíos, quién ca¬lienta el agua al fuego, quién me ofrece su casa y en qué hora estaré libre del frío pelignio.
Escancia, muchacho, por la luna nueva; por la media¬noche, por el augur Murena. ¿Están hechas las mezclas en los ciatos con tres o con nueve copas? Aquel que ama a las Musas en número impar, el poeta beodo, pedirá tres veces tres copas. Temerosas de pendencias las Gracias desnudas, dando las manos a sus hermanas, prohiben beber más de tres. Me place perder la cabeza. ¿Por qué callan los sones de la flauta berecintia? ¿Por qué penden calladas la siringa y la lira? Odio las manos quietas. Haced que lluevan rosas. ¡Y que oiga nuestro estrépito insano el envidioso Lico y la vecina reñida con este viejo vecino!
Cloe, rasadura para ti semejante al puro brillo del Hespero; te desea, Télefo, hermoso con tu espesa cabellera. A mí el amor por i Glicera me abrasa a fuego lento.


XX


¿No ves, Pirro, todo el peligro de robar los cachorros a una leona gétula? Antes de poco tiempo, raptor sin audacia, huirás de duros combates cuando, forzando el paso a través de los escuadrones de jóvenes, ella venga a reclamarte al bello Nearco. ¡Duelo te¬rrible saber si la ventaja del botín será para ti o para ella!
Entretanto, mientras tú sacas de la aljaba las rápidas saetas, ella aguza sus temerosos dientes. Se dice que el juez del combate puso la palma bajo su pie desnudo
y refresca, bajo la caricia del viento, su espalda por la que se esparcen sus cabellos perfumados: como era Nereo o Ganimedes raptado en el acuoso Ida.


XXI


Tú, que naciste conmigo bajo el consulado de Manlio, que llevas contigo los lamentos o los juegos, las disputas o los insensatos amores, ánfora piadosa, fácil sueño:
que conservas el vino másico bajo cualquier consulado, digna de ser sacada en día feliz: ¡baja, pues Corvino te lo ordena, verter un vino amortiguado por los años!
No: Corvino, aunque impregnado de parlamentos so¬cráticos, no te desdeñara con áspero ademán. Se cuenta que el temple del viejo Catón se calentaba frecuentemente con el vino.
Tú infundes una dulce violencia a un espíritu de ordi¬nario arisco; tú revelas en los juegos de Lieo los cuidados de los sabios y el secreto de los pensamientos: tú haces renacer la esperanza en las almas atormentadas; tú das al pobre las fuerzas y la acometividad del toro, y detrás de ti no tiembla ante las corionas de los reyes en cólera ni ante las armas de los soldados.
Liber y Venus se vienen a nosotros, con una sonrisa propicia, y las Gracias, unidas con un lazo que no quieren desatar y las antorchas avivadas, te harán un cortejo pro¬longado mientras Febo pone en fuga los astros con su vuelta.


XXII


Guardadora de las montañas y de los bosques, virgen que tres veces invocada escuchas a las jóvenes en los dolores del parto y las libras de la muerte, diosa triforme: que se te consagre el pino que domina mi villa para que al fin de cada año venga gozoso a rociarte con la sangre de un verraco que ya amenaza con oblicuas dentelladas.


XXIII


Si al cielo elevas tus manos con las palmas hacia arriba cuando renace la luna, rústica Fídila; si aplacas a los Lares propicios con incienso, frutos del año y una puerca voraz, tu finca fecunda no sentirá el hálito pestilente de, Ábre¬go, ni tus mieses notarán el tizón estéril, ni tus dulces hijos la hora malsana de la estación de los frutos.
Porque el animal que pace, víctima prometida, sobre el álgido nivoso entre las encinas y los alcornoques, o que crece en los pastizales albanos, teñirá con la sangre de su cerviz las hachas de los pontífices; pero no es menester tuvo in¬molar muchas víctimas de dos, años, para hacerte propicia a los humildes dioses que tú coronas con romero y frágil mirto.
Si tu mano, que nada tiene que ofrecer, ha tocado el al¬tar, ha podido aplacar a los Penates hostiles con piadosa harina tostada y un grano de chisporroteante sal, sin que una víctima cíe más precio les hubiese hecho más propicios.


XXIV


Más ricos que los tesoros aún intactos de los árabes y de la opulenta India, aunque invadas con tus piedras sillares toda la tierra firme y todo el dominio público del mar; si es verdad que la implacable necesidad fija sus clavos de acero en los altos artesonados, tú no podrás arrancar de tu alma el temor y de tu cabeza los lazos de la muerte.
Mejor es la vida de los Escitas, habitantes de la estepa en que es costumbre nacional arrastrar sobre carros sus casas errantes; mejor es la vida de los Getas austeros, para quienes los campos sin distribuir producen frutos y cosechas bri¬llantes, y no les agrada cultivar más de un año, pero son relevados al cabo de este tiempo por un sucesor que recibe tal menester. Allí una mujer bondadosa trata con dulzura y benevolencia a sus hijastros privados de madre, y no se ve allí a la esposa bien dotada mandar a su marido y prestar oídos a un bello amante. La más rica dote entre ellos es la virtud de los padres y una castidad que, en lazo indisoluble, terne aceptar un segundo marido. Se considera delito pecar y su pago es la muerte.
¡Ah, si alguno quisiera poner término a matanzas, a la rabia entre ciudadanos! ¡Si deseara ver al pie de sus estatuas el título de padre de las ciudades y osara poner freno a una li¬cencia indomada! ¡Sería ilustre para las generaciones venideras!
Porque, ¡oh, vergüenza!, odiamos la virtud presente y, envidiosos como somos, deseamos que sea apartada de nuestra vista. ¿A qué vienen las tristes quejas si las culpas no se castigan con la muerte? ¿De qué aprovechan las leves si son vanas sin ellas las buenas costumbres? ¿Si la parte del mundo rodeada de ardientes calores, si la zona próxima al Boreas y las nieves endurecidas sobre el suelo, no alejan al mercader en cuanto la destreza de los marinos vence las olas encolerizadas? Tenida por un gran oprobio la indigencia, obliga a hacerlo todo y a sufrirlo todo y deserta del camino áspero de la virtud. Llevemos en ofrenda al Capitolio adonde nos llaman las aclamaciones y una multitud venida para aplaudir. 0, si no, tiremos al mar próximo estas perla>; estas pedrerías y este oro inútil, alimento de los peores mala. Tal debemos, si sentimos un verdadero arrepentimiento de nuestros crímenes.
Es preciso extirpar los principios de la codicia malvada templar con los más rudos trabajos nuestras almas blanda, en exceso. No sabré, jinete inhábil, tenerse sobre la cabal¬gadura el niño de libre nacimiento, y teme la caza él, que está mejor instruido en jugar al troco griego si, a ello le in¬vitas, o si lo prefieres, con los dados proscritos por las leyes. Mientras tanto, la fe perdida del padre engaña a su pariente, o a su consocio, o a su después, afanándose en amontonar riquezas para un indigno heredero.
Las riquezas aumentara ilimitadas. Sin embargo, ¡cuánto les falta para ser completas!


XXV


,Adónde me llevas, Baco, repleto de tu númen? ¿A qué bosques, a qué gruta soy llevado con espíritu desconocido? ,En qué apartamientos seré yo escuchado, tratando de co¬locar la gloria inmortal del gran César entre los astros y en el consejo de Júpiter' Cantaré algo sublime totalmente nuevo que ninguna otra boca ha pronunciado hasta ahora.
No de otro modo que sobre las cimas la bacante sin sueño se tumba en éxtasis mirando a lo lejos cl Hebro y la Tracia resplandeciente de nieve y el Ródope hollado por pie bárbaro, así yo me deleito lejos de las sendas trilladas ad¬mirando los arroyos y los bosques solitarios.
¡Oh, soberana de las Náyades y de las vacantes ele manos bastante fuertes como para desarraigar los altos fresnos! No celebraré nada pequeño o con acentos a ras de tierra, nada que sea mortal. Es un dulce peligro, ¡oh, Leneo!, seguir al dios que ciñe sus sienes con pámpano verde.


XXVI


Hasta hace poco, vivía apto para el amor e hice mis campañas con no poca gloria; ahora, mis armas y m¡ lira que han cumplido en los combates, penderán de este muro
que protege el lado izquierdo de Venus marina. Aquí, sí, poned las antorchas brillantes; las palancas y los arcos, que amenazan el obstáculo de las puertas cerradas.
¡Oh, tú, diosa, que posees la dichosa Chipre y Menfis ignorante de la nieve sitonia! Oh, reina! Enarbola tu látigo y azota una vez a la arrogante Cloe.


XXVII


Que los impíos tengan por agüero los chirridos del pigargo y una perra grávida, o una loba parda que baja corriendo desde el campo de Lavino, o una zorra con su carnada; que corte su ruta comenzada una serpiente que, saliendo en oblicuo, venga a espantar las jacas galas... Cuando temas por alguien, yo, corno augur próvido, antes que la corneja -pájaro anunciador de amenaza¬doras lluvias, haya vuelto a sus inmóviles lagunas-, sabré suscitar con mis plegarias la voz profética de un cuervo del lado de donde se levanta el sol.
¡Que seas dichosa, Galatea, en donde quieras, y vive re¬cordándome! ¡Que ni el picoverde, volando a tu izquierda ni la corneja vagabunda, te impidan partir!
;Pero no ves con qué tempestad se agita el declinar de Orión? Yo sé muy bien lo que es el golfo sombrío del Adriático y el mal que hace la blanca serenidad del Yapix.
Que las mujeres y los hijos de nuestros enemigos sientan las fieras acometidas del Austro cuando se levanta, los rigo¬res de un mar hosco y las conmociones de las costas azotadas por el oleaje.
Así, cuando Europa confió al toro seductor su flanco de nieve, palideció en su audacia ante los monstruos que pu¬lulaban y los engaños que la rodeaban.
Ella, que antes en las praderas tan sólo se ocupaba de las flores y en tejer, hábil obrera, una carona ofrecida a las Ninfas, ahora, a la claridad incierta de la noche, tan sólo ve estrellas y olas.
Mas cuando hubo arrebatado la pujanza de Creta con sus cien ciudades: "¡Oh, padre mío! -dijo-. ¡Oh, nombre dividado de tu hija, que yo misma he traicionado! Oh pie¬dad vencida por mi delirio!"
¿De dónde he venido y adónde voy? Una sola muerte es demasiado ligera para las faltas de las vírgenes. ¿Estoy des¬pierta y llorando un acto vergonzoso o, libre de vicios, soy el juguete de una Imagen cuyo vuelo engañoso, por la puerta de marfil, me envía un sueño? ¿Valiera más irse a través de los mares inmensos a recoger las flores nuevas?
Si alguno, ahora, le entregase a mi cólera, yo quisiera despedazar con todas mis fuerzas este toro que me deshon¬ra. ¡Quisiera quebrar con el hierro los cuernos del monstruo, un día tan amado!
Sin pudor, abandoné los Penatea paternos; sin pudor, retraso m¡ entrada en el Orco. ¡Oh, Dios -si es que alguno oye mis palabras-, haz que vague desnuda por en medio de leones!
Antes que una espantosa delgadez haya invadido el brillo de mis mejillas, y que esta presa tierna y llena de savia se haya secado, yo quiero, hermosa todavía, ser pasto de tigres".
"¡Despreciable Europa! -dice la voz apremiante del lejarro padre-. ¿Qué esperas para morir? Puedes colgarte de este olmo y estrangularte con ese cinturón que, fielmente, te ha seguido, o si prefieres las rocas y los puntiagudos escollos para tu muerte, confíate a la rápida borrasca, ¡vamos!; a menos que optes, descendiente de reyes, por hilar el copo servil, entregada como concubina de una bárbara dueña." Así se la¬mentaba, mas a su lado estaba Venus sonriendo con mag¬nificencia y su hijo con el arco flojo.
Después, cuando la diosa se hubo divertido bastante, dijo: "Da tregua a tu cólera y a tus encendidas querellas así que venga el odiado toro a ofrecerte sus cuernos para que se los tronches.
Pues sabrás que eres la esposa del invicto Júpiter. Déjate de suspiros y aprende a saber apreciar esta gran fortuna: ¡una parte de la fierra se llamará Europa, como tú."


XXVIII


¿Qué deberé hacer mejor en el día en que se festeja a Neptuno? Saca de su escondrijo el vino Cécubo, valiente Lide, hazte un poco de violencia, y vence tu sólida cordura. El mediodía, va lo ves, va por la otra pendiente, y como si el día se detuviese en su vuelo, vacilas en sacar de la bodega el ánfora pereza que se añeja desde el consulado de Víbulo. Ahornando contigo yo cantaré a Neptuno, y a la verde ca¬bellera de las Nereidas; tú cantarás al son de la corva lira a Latona y a las flechas rápidas, de la Cintia.
Nuestra última Canción será para aquella que reina en Gnido y en las brillantes Cícladas, y que visita Pafos, con su tiro de blancos cisnes. También será cantada la noche con el ritmo monótono que la conviene.


XXIX


Descendiente de tirrenios reyes, Mecenas, tengo desde hace mucho tiempo para ti un vino dulce en tinaja que ja¬más ha sido inclinada con las flores del rosal y el aceite del mirabolano para ungir tus cabellos.
Húrtate a toda tardanza y no contemples constantemente el fresco Tibur, el Efula de inclinado suelo y las cumbres del Telegón parricida.
Abandona la abundancia y sus enojos y esta construcción que llega cerca de las altas nubes; renuncia al espectáculo admirable de la opulenta Roma con su humo, sus riquezas y su estrépito.
Son frecuencia, los cambios son gratos a los ricos con frecuencia, una comida limpiamente servida bajo el humil¬de techo del pobre, sin colgaduras ni púrpura, desarrugó su preocupada frente.
Ya el resplandeciente padre de Andrómeda descubre el fuego que ocultaba. y ya se enfurece Proción y la estrella del vesánico León cuando el sol trae los días secos.
Ya el pastor, con su rebaño perezoso, busca fatigado la sombra, el arroyo y los matorrales del hirsuto Silvano, y la orilla silenciosa no siente vagar los vientos.
Mas a ti te inquietan el buen equilibrio de la Ciudad. Y ansioso, temes lo que puedan tramar contra ella los Seres y Bactres donde reina Ciro, y Tanais en discordia.
En su providencia, la divinidad envuelve con noche te¬nebrosa el resultado del porvenir y ríe si un mortal lleva sus inquietudes más allá de lo que es lícito. No olvides regular el porvenir con espíritu sereno. Lo demás es lle¬vado a modo de un río que, unas veces, corre apacible hasta el mar Toscano conservando en medio de su cauce una su¬perficie tersa, y otras, rueda mezclado con desgastados guijos.
Y con troncos desgajados, con ganados y con casas en el fragor de las montañas y de la selva próxima, cuando la inundación furiosa pone en cólera el curso tranquilo de las aguas. Es dueño de sí mismo y gozoso pasará su vida aquel que pueda decir día tras día: "¡He vivido! Que mañana el Padre ocupe el firmamento con negra nube, o con claro sol. Sin embargo, no puede hacer vano lo que está detrás de nosotros ni cambiará ni destruirá lo que una vez trajo la llora fugitiva.
La Fortuna, que se regocija con su cruel tarea y se obstina en un luego caprichoso, transmuda sus inestables privilegios; liberal hoy, por mí, y mañana, por otro.
Mientras la poseo la bendigo. Si agita sus rápidas alas, le devuelvo lo que me dio, y me envuelvo en mi prolija virtud, buscando la honesta pobreza sin dote.
No será a mí a quien se vea descender a miserables preces del mástil gime bajo la borrasca del Africo, y hacer trato con mis votos para que las ganancias de Chipre y de Tiro no vayan a engrosar las riquezas del mar avaro. En tal ocasión, con el auxilio de una chalupa de dos remos, atravesaré sin peligro las tormentas egeas, guiado por una dulce brisa y por Polux el gemelo.


XXX


He concluido un monumento más durable que el bron¬ce, más alto que la regia arquitectura de las Pirámides, y que no sabrán destruir ni la lluvia corrosiva ni el Aquilón im¬potente, ni la cadena inconmensurable de los años, ni el paso fugaz de los tiempos.
No moriré del todo. Y una buena parte de mi ser será sustraída a Libitina, diosa de las exequias. Sin descanso se¬ré ensalzado, siempre joven por las alabanzas de la posteridad mientras el pontífice suba al Capitolio con la virgen silen¬ciosa.
Se dirá de mí que, nacido en el país en donde resuena el impetuoso Aufido y en donde Dauno, pobre de agua, reinó sobre pueblos rústicos, fui el primero que adoptó el canto eolio a las creencias itálicas y que llegó a poderoso de hu¬milde origen que era.
Guarda un orgullo que justifican mis méritos, Meipó¬ mene, y ven de buen grado a ceñir mi cabellera con laureldélfico.


LIBRO IV
ODA PRIMERA



¿Promueves, Venus estas guerras interrumpidas durante tan largo tiempo? Déjame, te lo ruego, ¡oh, te lo suplico! No soy aquel que permanecía bajo el reinado de la buena Cinata.
Cesa, madre cruel de los dulces deseos, de someterme a tus tiernos mandatos cuando, maduro ya, toco el décimo lustre conducirás tu gozoso cortejo a casa de Paulo Máximo, en alas de tus deslumbrantes cisnes, si deseas abrasar un corazón apto para servirte, pues el noble y bello, de palabra pronta en favor de los inquietos reos, llevará lejos las enseñas de tu milicia. Y cuando, más fuerte que los dones de un ri¬val pródigo, se haya burlado de él, entonces, cerca de los lagos albanos, te erigirá una estatua de mármol bajo artesonsado de incorruptible madera de limonero. Allí tu olfato aspirará abundante olor de incienso, y tendrás para tu deleite la lira y la flauta berecintia, mezclando sus cantos y las voces del caramillo. Allí, dos veces al día, muchachos y doncellas de tierna edad, alabando tu numen, golpearán con sus blancos pies tres veces el suelo a la manera de los Salios.
En cuanto a mí, ni mujer, ni muchacho, ni esperanza crédula de un corazón que me corresponda, me agradan. Y tampoco disputar el premio en los combates del vino ni ceñir mis sienes con flores nuevas.
Mas, ;por qué, Ligurino, por que las lágrima corren gota a gota a través de mis mejillas? ¿Por qué, antes elocuente mi lengua desfallece, suspendiendo mis palabras en un silencio humillante? He aquí que por las noches, en mis sueños te he cogido entre mis brazos, y te he tenido cautiva. Persigo tu alada carrera entre las praderas del Campo de Marte. Y te sigo entre las aguas que ruedan.


II


Quienquiera, Julio, que se esfuerza en ser rival de Píndaro se eleva con alas unidas con cera por las ayudas de Dédalo y dará su nombre a la tasar cristalina.
Así cono baja de las montañas el curso de un arroyo, cuyas aguas han desbordado por sobre las márgenes fami¬liares, así hierve y se precipita el inmenso Píndaro con su boca profunda, digna de recibir el laurel de Apolo, ya arrastrando a tra¬vés de sus ditirambos palabras nuevas entregándose a metros libres de toda ley, ya cantando a los dioses y a los reyes, sangre de dioses por quienes cayeron los Centauros bajo una justa muerte, y la Quimera espantable, que vomitaba fuego; bien celebrando a aquellos que la palma de pulida que vuelve a su patria semejantes a los dioses del cielo, o al púgil, o al caballo atribuyéndoles un honor más precioso que cien estatuas; bien llorando al joven arrebatado a una esposa en la lá¬grimas o que eleve a los astros su fuerza y su alma, su cos¬tumbre de oro y las sustraiga al negro Orco.
Un gran soplo sostiene el vuelo del cisne dirceo cada vez; Antonio, que sube a las altas regiones de las nubes; pero yo al modo habitual de la abeja de Matino que liba con es¬fuerzo el tomillo perfumado, me paseo por los bosques es¬pesos y por las orillas del fresco Tibur componiendo mo¬destamente versos laboriosos.
Tú, poeta de plectro más poderoso, cantarás a César cuando, coronado con merecido laurel, arrastre a lo largo de la pendiente sagrada a los feroces Sigambros.
Él, el más grande, el mejor de los regalos que los dioses hayan concedido a la tierra y que podrán concederle, aunque las edades vuelvan al oro de antes.
Habrás de cantar los días de alegrías y los juegos públi¬cos, que seguirán en la ciudad por el logrado retorno del valeroso Augusto, y cantarás el Foro, vacío de procesos.
Si tengo alguna palabra digna de ser escuchada, mi voz unirá a la tuya sus más fuertes acentos y cantaré con la dicha de recibir a César: "¡Oh, sol de un bello y admirable día!"
Y mientras avanzas, clamaremos. "¡Triunfo!" una y mil veces. "¡Triunfo!" dirá toda la ciudad. Y todos nosotros ofreceremos incienso a los dioses propicios.
Tú cumplirás con la ofrenda de cien toros y otras tantas vacas. A mí me basta para mi ofrenda votiva con un ternero de edad temprana que acaba de dejar a su madre y crece en los espesos pastizales.
Su resta imita el creciente inflamado de la luna reem¬prendiendo su tercer levante, las manchas que tiene aparecen como la nieve, y el resto es como de bronce.


III

Aquel, Melpómene, a quien en tus nacimiento hayas mirado una vez con ojos complacientes, el trabajo ístmico no le hará púgil brillante ni un caballo ardiente lo conducirá, vencedor sobre un carro de Acaya. Los trabajos guerreros vendrán a adornarle con el laurel de Apolo y a mostrarles en el Capitolio por haber rechazado las amenazas soberbias de los reyes.
Pero las aguas que corren a lo largo del fértil Tibur y las espesas cabelleras de los bosques le harán ilustre en el canto eolio. Los hijos de Roma, la primera de las ciudades, se dignaron darme un puesto entre los amables coros de los poetas inspirados, y el diente de la envidia me da ya menos mordeduras.
¡Oh, tú, que modulas dulces tonos con tu lira de oro, Pieride, y que darás voz de cisne, si te lo propones, hasta a los mudos peces! Tu solo favor es causa de que el dedo de los transeúntes me señale como al poeta que hace vibrar las cuerdas de la lira romana: si tengo inspiración, si mis versos agradan, es un honor que a ti sólo corresponde.


IV


Como cl ave suministradora del rayo, a la cual el rey de los dioses confió el reino de los pájaros vagabundos porque le encontró fiel en el robo del rubio Ganimedes, cuando la juventud y el esfuerzo paterno le sacaron del nido ajeno de trabajos; así que los vientos templados, ale¬jadas ya las lluvias, le enviaron a hacer insólitos esfuerzos en el aire, y pronto un viento impetuoso la arrojó hostil contra los ganados, y el ansia te presa abundante y de lucha la lanzó a combatir contra los dragones; y como el corzo que ha de perecer bajo un diente joven, atento al sabio Pasto, descubrió al león separado ya de la teta de su rubia madre; tal al pie de los Alpes se mostró Druso a los Retos, porta¬dor de la guerra, a los Vindélicos, cuya costumbre de armar en todo tiempo sus diestras con el hacha de las Amazonas, he renunciado hasta aquí decir de las acciones victoriosas de este joven.
Han aprendido todo lo que valían una inteligencia bien educada, un carácter piadosamente cultivado en un interior bendecido por los dioses, y lo que podía el corazón de Au¬gusto paternal para la infancia de los Nerones.
Los valientes son engendrados por los valientes y por dos bravos. Se ve en los terneros, se ve en los potros el valor de sus padres, y las águilas indómitas no procrean tímidas pa¬lomas.
Mas la educación desarrolla el vigor innato, y la buena disciplina fortalece los corazones. Siempre que han faltado las reglas morales, los vicios deshonran a los bien nacidos.
De lo que tú debes, Roma, a los Nerones, testigos son el Metauro, la derrota de Asdrúbal y aquel hermoso día en que, disipando las tinieblas sobre el Lacio, rió el primero con serena gloria después que el siniestro africano había lanzado su caballo a través de las ciudades de Italia, cual llama en el pinar o el Euro sobre las olas sicilianas.
Desde entonces, felices empresas no cesaron de engran¬decer a la juventud romana, y nuestros santuarios, devasta¬dos por el desencadenamiento impío de las guerras Púnicas, vieron restituidas las estatuas de los dioses.
Y gritó al fin el pérfido Aníbal: "Como ciervos nosotros, presa de rapaces lobos, seguimos los primeros a aquellos, para quienes sería un triunfo engañarnos y huirnos.
Esta nación, que después de abandonar Troya destruida por el fuego, tuvo la valentía de llevar a través de las aguas etruscas objetos sagrados, hijos y padres cargados de años hacia las ciudades ausonias.
Y como la encina de espesa fronda sobre el Algido fe¬cundo, podada por la doble hacha pudo sacar fuerza y vida de su propio daño, entre sus mutilaciones del mismo hierro.
La Hidra, dividido su cuerpo, no renació más firme con¬tra Hércules, que se dolía de ser vencido, y ni la Cólquida ni Tebas, ciudad de Equión, abortaron monstruos más prodi¬giosos; sumergirás a este pueblo en lo más profundo y surgirá más hermoso. Lucharán con él. Se cubrirá de gloria derri¬bando a un vencedor invencido y llevará a cabo batallas de las que hablarán las esposas.
Yo no enviaré ya a Cartago mensajes orgullosos. Desde que murió Asdrúbal, murió con él toda esperanza. Murió la fortuna de nuestro nombre.
Nada hay que no cumplieran las huestes de Claudio, protegidos por Júpiter con su benévola divinidad; y sus sa¬gaces medidas le sacaron siempre de obstáculos, a través de los escollos de la guerra.


V


¡Oh, tú, nacido de la bondad de los dioses, ¡Guardián excelente de la raza de Rómulo! Te has alejado de nosotros desde hace largo tiempo. Habías prometido una pronta vuelta, al consejo de los Padres. Vuelve, pues.
Da la luz a tu patria, ¡oh, buen caudillo! Pues desde que tu rostro, como otra primavera, ha brillado a los ojos del pueblo, el día va más risueño y los soles tienen más resplandor.
Como una madre, cuyo hijo aparta el Noto con su soplo celoso más allá de las aguas del mar de Cárpatos y le retiene más de un año lejos de su dulce morada, recurre a los votos y a toda clase de súplicas para llamar al joven, y no aparta su vista del corvo litoral, así acuciada por deseos fieles busca a César su patria.
Pues, por ti, el buey seguro recorre los campos; Ceres, y la bienhechora Felicidad, nutren sus surcos; sobre el mar pacífico vuelan los marinos en todas direcciones; la Buena Fe teme ser sospechosa.
El casto hogar no se mancha con ningún comercio im¬puro; las buenas costumbres y la ley dominaron a la maldad afrentosa; las nuevas madres alaban el haber tenido hijos parecidos a sus padres; la pena acompaña a la culpa pisán¬dole los talones.
¿Quién temerá al Parto, a la helada Escitia, a los engen¬dros de la hórrida Germania, mientras César se conserve salvo? ¿Quién se cuidará de la guerra contra la feroz Iberia?
Cada uno ve ponerse el día sobre sus colinas, y enrosca la viña a los árboles viudos; después se vuelve gozoso hacia el vino, y en segunda comida te obsequia como a un dios.
Te colma de preces. En tu honor se derrama el vino puro de las páteras y se mezcla tu nombre a los Lares como Gre¬cia recuerda a Castor y al gran Hércules.
"¡Oh, buen caudillo! ¡Ojalá puedas durante largo tiem¬po dar jornadas de fiesta a Hesperia!", decimos por la ma¬ñana, en ayunas y cuando el día está aún intacto. Y después de beber, y cuando el sol se oculta bajo el Océano.


VI


Dios que castigaste a una lengua orgullosa en la prole de Niobe, y al raptor Titios y al ya casi vencedor de la alta Troya; a Aquiles, que, soldado más grande que todos, aunque para ti fue ad¬versario desigual; a quien, como un pino herido por mor¬dedura del hacha o como un ciprés derribado por el Euro, se abatió con una ancha caída y dejo que su cuello reposara sobre el polvo troyano.
¡Oh, maestro de la armoniosa Talla! ¡Oh, citaredo Febo que bañas tus cabellos en las aguas del Janto! ¡Defiende el honor de la Camena de Daunia, imberbe Agieo!
Febo me dio la inspiración. Febo me dio el arte del ver¬so y el nombre de poeta. Vosotras, las primeras de entre las vírgenes, y vosotros, muchachos nacidos de padres ilustres que estáis bajo la protección de la diosa de Delos, cuyo arco detiene en su fuga a los linces y a los ciervos, observad la danza lésbica y el ritmo que marca mi dedo pulgar.
Cantad según el rito al hijo de Latona y a la Luz de las noches, cuya antorcha crece y hace prosperar las cosechas y precipitar los meses con rápido desarrollo.
Y, tú, doncella, una vez casada, dirás: "Yo, cuando el tiempo traía sus fiestas en su retorno, he vuelto a entonar un canto amado de los dioses, dócil a las cadencias de Horacio, el poeta inspirado."


VII


Huyeron las nieves y vuelve ya el césped a los campos, y a los arboles su cabellera. La tierra torna su nuevo aspecto y los ríos, decreciendo, corren a lo largo de sus orillas. Las Gracias con las Ninfas y sus dos hermanas osan guiar des¬nudas las danzas.
No esperes cosas inmortales. Es el consejo que te dan el año y la hora que se llevan al día bienhechor. Los fríos se endulzan con el soplo de los Céfiros, la Primavera desaparece bajo los pasos del Verano que perecerá también tan pronto como el Otoño, padre de los frutos, haya venido a derramar sus dones. Y pronto esta carrera vuelve a traer el solsticio de invierno.
Sin embargo, las rápidas lunas reparan los daños que causa el cielo; pero nosotros, una vez que hemos descendido adonde está Eneas el Padre, y adonde están el rico Tulo y Anco, no somos más que polvo y sombra.
¿Quién sabe si al total esperado hoy los dioses agregaron los instantes de mañana% Todos los bienes que tú has dado con corazón amigo escaparán de las manos ávidas de un heredero. Una vez que hayas sucumbido, y Minos haya dictado sobre ti su sentencia irrevocable, ni tu nacimiento, Torcuato ni tu elocuencia, ni tu piedad, te harán revivir. En efecto, Diana no libra de las tinieblas infernales si casto Hiplito. Y Teseo no tiene fuerzas para romper las cadenas de su querido Pirítoo.


VIII


Daría de buen grado, Censorino, copas y bronces a mis camaradas; les daría trípodes, y regalos de los griegos valientes, y con mis obsequios, tú no llevarías ciertamente la parte peor. Todo esto si suponemos que yo fuese rico de las obras que ha producido el arte de Parrasio y de Scopas hábiles en repre¬sentar, éste en mármol y aquél con líquidos colores, lo mismo un dios que un hombre. Pero no tengo yo este poder, y tu pa¬trimonio y tu gusto no carecen de tales delicias. Los versos te gustan. Y esto sí puedo regalarte y señalar el precio al regalo.
No con sus inscripciones los mármoles públicos, por los cuales el aliento y la vida son devueltas a los buenos gene¬rales después de su muerte, ni la huida rápida de Aníbal ni sus amenazas rechazadas y cayendo sobre sí mismo, ni el incendio de la impía Cartago, cantan más espléndidamente que las Piérides de Calabria para aquel que nos dio el África enriquecida con su nombre. Y si los escritos callan tus bellas acciones, tu no tendrás la merecida recompensa.
,Qué hubiese ocurrido al hijo de Ilia y de Marte si un silencio celoso se hubiese opuesto a los méritos de Rómulo? No sólo su propia virtud, sino el favor de los poetas pode¬rosos, consagraron a Eaco en las Islas Afortunadas; arran¬cándole a las olas de la Estigia.
Al hombre digno de la gloria, la Musa le veda que muera y le da la vida bienaventurada del cielo. Así fue cómo a la mesa deseada de Júpiter se sentó el infatigable Hércules, así fue como el astro brillante de los Tindáridas arrancó del fondo de los mares las naves desamparadas, y así fue cómo Liber condujo a feliz éxito los votos, coronadas sus sienes con pámpano verde.


IX


No vayas a creer que perecerán los cantos que yo, nacido cerca del Aufido que resuena a lo lejos, entonó para adap¬tarlos a las cuerdas por medio de un arte hasta ahora igno¬rado.
No... Si el poeta de Meonia, Homero, ocupa el primer lugar las Camenas Pindáricas, no permanecen en las sombras ni las de Ceos ni las de Alceo, con su voz amenazadora, ni las de Estesícoro con su tono poderoso.
Y el tiempo no ha borrado los versos con que cantó Anacreonte. Respira aún el amor y están vivos los ardores que la joven de Eolia confió a su lira.
No fue sola Helena de Lacedemonia la que concibió amoroso fuego admirando los cabellos bien peinados de un adúltero, sus vestidos de oro bordados, su aparato y su cor¬tejo real.
Y no fue Teucro el primero que disparara flechas de su cidonio arco. Más de una Troya tuvo que sufrir. El gigan¬tesco Idumeneo o Esténelo no han librado solos combates dignos de ser recitados por las Musas; ni el orgulloso Héctor ni el fogoso Deifibo han sostenido los primeros, golpes te¬rribles por causa de sus castas esposas y de sus hijos.
Antes de Agamenón, vivieron muchos ancianos; pero todos, no llorados e ignorados, fueron sepultados en negra noche a falta de un canto sagrado.
Hay poca distancia del valor oculto a la cobardía soterrada. Mas yo no te dejaré sin alabanza, con el silencio de mis escritos, ni permitiré, Lolio, que tus empresas tan numerosas sean impunemente devoradas por el envidioso olvido. Posees un alma conocedora de las cosas y marchas por ca¬mino recto en los tiempos favorables y en los difíciles, castigando la avidez criminal. Y apartado del dinero, que lo atrae todo para sí, un ánimo cuyo consulado no duro sólo un año, sino que se renueva cada vez que, juez honesto y leal, antepuso el bien al interés y rechazó con una mirada al¬tanera los dones de los culpables y mostró victoriosamente sus armas a los batallones que se le oponían.
No harás bien en llamar dichoso al que mucho posee. Con mejor derecho puede ostentar este título el que es maestro en el arte de emplear sabiamente los presentes, de los dioses, y se acostumbra a soportar una dura pobreza que tema el deshonor más que a la muerte. Éste no temerá pe¬recer por amigos queridos o por su amada patria.


X


¡Oh, tú, más cruel, y que te sirves de los dones conce¬didos por Venus! Cuando un imprevisto bozo sobrevenga a tu orgullo, y cuando te sean cortados los rizos que ahora flotan sobre tus espaldas, y el color que aventaja al purpurino de las rosas cambie para hacer del rostro de Ligurino un ros¬tro arrugado, dirás mil veces: "¡Ay! Tu espejo te muestre otro hombre distinto." Y tú dirás: "¿Por qué estos deseos que hoy tengo no los tuve de niño? ¿Por qué cuando experimento estos sentimientos no se me vuelven frescas las mejillas?"


XI


Tengo, Pilis, una tinaja de vino albano de más de nueve años; tengo en mi jardín, apio para trenzar coronas; tengo gran abundancia de una hiedra con la que brillarás al ceñir tus cabellos. Mi casa ríe con la plata, y el altar rodeado de guirnaldas de casto follaje de¬sea ser rociado con la sangre de un cordero sacrificado.
Toda la multitud se apresura. Acá y allí corren, mez¬clados, muchachas y mancebos. Las antorchas se agitan y sube, hacia las alturas y en espirales, un humo negro.
Preciso es, río obstante, que sepas para qué fiesta se te llama. Has de celebrar los Idus que dividen Abril, el mes de Venus marina; día para mí solemne a justo título v más venerado que mi propio cumpleaños, porque desde este día, mi caro Mecenas, cuentas el tranquilo correr de los años.
Una muchacha rica y petulante se ha prendado de Télefo, y le tiene encadenado con dulces grillos: este joven que tú pretendes, pero no es apropiado para ti.
Faeton, abrasado por el rayo de Júpiter, es el espanto de ávidas esperanzas, y un terrible ejemplo Pegaso, el animal alado que no pudo soportar a Belerofonte, su caballero te¬rrestre, te enseña a buscar siempre objetos de tu amor, dignos, y a evitar un compañero desigual teniendo por sacrílegas las esperanzas que van más allá de los límites permitidos.
¡Ea, pues, tú, término de mis amores -pues en adelan¬te no me apasionaré por ninguna otra mujer-, aprende aires para repetirlos con tu amable voz! ¡Con los cantos se disiparán las sombrías preocupaciones!


XII


Ya los vientos de Tracia, compañeros de la Primavera, que calman el mar, hinchan las velas, y ya los prados aparecen sin escarcha, y los ríos no atruenan engrosados por la nieve in¬vernal.
Hace su nido el ave que gime por su hijo Itis con canto lastimero, la infortunada golondrina oprobio eterno de la mansión de Cécrope por haber vengado con una horrible represalia las pasiones de un rey bárbaro!
Entonan sobre el verde césped, acompañándose con el caramillo delicadas canciones, los pastores guardianes de gruesas ovejas, que hacen el encanto del dios que se place con los rebaños y las oscuras colinas de Arcadia.
La estación ha traído la sed, Virgilio; pero si estás, cliente de nobles jóvenes, impaciente por aspirar el licor de Baco cosechado en Cales, será preciso que lo merezcas con nardos.
Un pomo de ónice, lleno de este perfume, hará salir una tinaja que ahora reposa en las bodegas de Sulpicio; pródigo en verter nuevas esperanzas, y eficaz para ahogar las amar¬guras de las preocupaciones.
Si tienes prisa por encontrar estos goces, ven rápido con tu mercancía. No es mi intención que bebas de tris copas como si fuese yo rico en una casa provista de todo,
pero deja retrasos y afán de lucro. Y, pensando en las sombrías llamas de las antorchas, mezcla a los pensamientos serios un breve desvarío: es dulce delirar oportunamente.


XIII


Los dioses oyeron mi voto, Lice. Lo han oído: envejece y, sin embargo, quieres aparecer bella. Juegas y bebes sin pudor.
Y con un canto trémulo, ya borracha, persigues al Deseo que llega ya tardío. Se ha posado en las hermosas mejillas de Quia en flor, sabia en pulsar la lira.
Importuno, pasa en su vuelo junto a las encinas secas, te huye, porque te afean los dientes amarillentos. Y las arrugas y las canas.
Ni los tejidos de púrpura de Cos, ni las piedras costosas, te devuelve los momentos que una vez el tiempo con sus alas ha depositado en fastos conocidos.
¿Adonde, ¡ay, huyó Venus? ¿Adónde tus colores y la gra¬cia de tus movimientos? ¿Qué re queda va? ¿Qué te queda de aquella beldad que respiraba amores que me habías robado a mí mismo dichosa de ser después de Cínara y como ella conocida y dotada de amable talento? Pero a Cínara los destinos le dieron breves años y éstos habían conservado largamente a Lice igual en edad a la vieja corneja para que los jóvenes ardientes puedan ver, no sin mucha risa, una antorcha que se desmorona en cenizas.


XIV


¿Cómo el celo de los Padres y de los Quirites podrá, Augusto, colmar la medida de los homenajes y de los ho¬nores perpetuando tus virtudes en las inscripciones y en los fastos que no olvidan?
¡Oh, tú, el más grande de los príncipes tan lejos como el sol ilumina las regiones habitadas! Por ti los Vindélicos, ig¬norantes de la ley latina, supieron poco más de lo que tú eres capaz con el auxilio de Marte. Pues con tus soldados Druso aguerrido abatió más de una vez a los Genaunos, raza inquieta, y a los Breunos ágiles, así como las fortalezas encaramadas sobre los espantables Alpes.
Después, el mayor de los Nerones libró un duro combate y bajo felices auspicios rechazó a los Réticos bárbaros.
Era hermoso de ver en las luchas de Marte con qué de¬rrotas abrumaba los pechos destinados a morir libres, como Arturo agita las olas indómitas con su cortejo de Pléyades que rasgas las nubes.
Así era Druso tan infatigable en abatir las hordas de los enemigos y en lanzar su caballo fogoso por entre las llamas.
Corno rueda el Aufido triforme, cuyo curso bordea los reinos de Dauno Apulo cuando se enfurece y prepara para nuestros campos una espantosa inundación, no de otra suerte Claudio en una carga furiosa derrocó el muro de hierro de las falanges bárbaras. Y, segando sus filas desde los primeros hasta los últimos, cubrió el suelo con ellos en victoria sin pérdidas.
Pues de ti, César, venían las tropas, los proyectos, los dioses unidos a tu causa. Porque, desde el día en que Ale¬jandría suplicante te abrió su palacio abandonado,
la Fortuna próspera ha traído, al cabo de tres lustros, el éxito feliz de una guerra. Y a la terminación de las campañas ordenadas por ti ha añadido la gloria y el honor ansiados.
Te admira el Cántabro hasta ahora imbatido, el Medo y el Indio, y te admiran los errabundos Escitas. ¡Oh, viviente salvaguardia de Italia y de Roma soberana!
Te obedecen el Nilo y el Istro, que ocultan el origen de Su curso, y el Tigris, impetuoso, y el Océano, doblado de monstruos que rodea con su estrépito los lejanos Bretones.
Y, también, el suelo de la Galia que no teme la tumba, y el de la ruda Iberia. Ante ti deponen sus armas y te adoran los Sigambros que se gozan en la matanza.



XV


Como yo quisiera cantar los combates y las ciudades conquistadas, Febo me advirtió, haciendo vibrar su lira, que no desplegase mis pequeñas velas por entre las olas tirrenas. Tu reinado, César, ha hecho renacer en los campos las mieses abundantes y ha restituido a nuestro Júpiter las enseñas arrancadas de las puercas orgullosas de los Partos; ha hecho cerrar el templo, libre de guerras, de Jano Quirino; ha puesto un freno a la li¬cencia, que se apartaba del camino del orden; ha proscrito las faltas, y ha vuelto a traer los antiguos modos de vivir.
Éstos, por los cuales se han engrandecido el nombre latino y las fuerzas de Italia. Y han llevado el renombre del Imperio y su majestad desde la Hesperia -donde el sol se oculta- hasta los lugares por donde nace.
Mientras César es la salvaguardia del Estado no se verá la calma desterrada por el furor cívico o por la violencia ni por la ira que forja las espadas y enemista las desdichadas ciu¬dades.
No veremos las decisiones julianas violadas por aquellos que beben las aguas profundas del Danubio, por los Seres o por los Persas desleales, ni por los hombres nacidos en las orillas del Tanais.
Y nosotros -en los días de trabajo y en los días festivos, en medio de los dones del gozoso Liber, con nuestros hijos y con nuestras madres-, dirigiremos a los dioses preces rituales.
Y, aliando nuestros versos a las flautas lidias, cantaremos, a la manera de nuestros padres, los jefes que vivieron vir¬tuosos, a Anquises y a la posteridad de la fecunda Venus.



LIBRO DE LOS ÉPODOS
ÉPODO PRIMERO



Irás, amigo, en liburnas, por medio de altas fortalezas navales; dispuesto, Mecenas, a arrostrar todos los peligros de César a costa también del tuyo. ¿Qué será de mí, pues, que la vida me es dulce si gozo de ella mientras tú vas y, sin ti no es más que una carga? ¿Proseguiré yo, como tú me lo orde¬nas, un ocio que tan sólo tiene encanto contigo? ¿Habré de soportar el trabajo presente de la guerra con el espíritu que conviene a los valientes? Yo la soportaré a través de las cimas de los Alpes, a través del Cáucaso inhospitalario o hasta el golfo más lejano del Occidente y te seguiré con un corazón firme.
¿Me preguntas cómo mi trabajo puede servir de socorro al tuvo siendo yo tan inhábil para la guerra y tan poco fuerte? Si te acompaño, será menor mi miedo que crece con la ausencia. Así como el ave que vela sobre sus hijos implumes, temiendo para ellos la aproximación de la serpiente si les deja solos, y que, sin embargo ningún socorro podría ofrecerles si estuviese presente.
Con gusto yo haría esta campaña e incluso otra en la es¬peranza tan sólo de agradarte: no por tener en mas grande número novillos uncidos a mis arados pesando sobre su testuz, ni para que tris rebaños, antes de que surja el fogoso Estío, también los pastizales de la Calabria por los de la Lucania; ni mucho menos para que, sobre su altura Túsculo, vea m¡ villa resplandeciente extenderse hasta tocar los muros dirceos.
Tu liberalidad me ha hecho bastante rico, pero no seré yo quien vaya como un Cremes avaro a esconder mi dinero , bajo tierra ni a disiparlo cual pródigo manirroto.


II


"¡Dichoso aquel que, alejado de la diaria vida y como la raza de los mortales en los primeros tiempos, trabaja los campos de sus padres con sus bueyes libre de toda usura! ¡Dichoso el soldado que no es despertado por los amenaza¬dores sones de las trompetas, el que tiene miedo a la cólera del mar, y el que se guarda del Foro y de pisar los umbrales so¬berbios de los ciudadanos poderosos! ¡Aquel que, en cambio, dedica su tiempo en ayuntar los altos chopos con los vástagos adultos de la vid, o pasa su mirada por los rebaños errantes de su ganadería en los umbrosos valles, o corta con la podadera las ramas estériles para insertar las más fecundas, o encierra en orzas nuevas la miel que él mismo exprimió, o esquila las débiles ovejas! O que, cuando el Otoño levanta por los cam- pos su cabeza engalanada de frutos sabrosos, siente que la alegría de coger las peras maduras y los racimos que rivalizan con la púrpura, trayéndolos en ofrenda a ti, Príapo, y a ti Silvano, padre y protector de las lindes.
Se complace en tenderse; ya bato una encina añosa, ya sobre la tupida grama. Entretanto, las aguas corren por profundas orillas, y los párpados modulan sus quejas en las selvas, y las fuentes con sus aguas saltarinas dejan oír un murmullo que invita a un sueño sin pesadez.
Mas cuando la estación invernal del cielo borrascoso acarrea lluvias y nieves, y el cazador persigue de un lado a otro, con abundante jauría, los jabalíes fogosos contra el obstáculo de las redes, o de la pértiga ligera cuelga mallas de fina trama, cepo para los voraces tordos, o con lazos atrapa la liebre temerosa y la grulla viajera, grato botín, ¿qué hombre, en medio de estos placeres, no olvida las preocu¬paciones que el amor trae consigo?
Y si una casta esposa se encarga, por su parte, de la casa y de los queridos hijos; si, semejante a una Sabina, amon¬tona leña seca en el hogar sagrado, cuando llega su marido fatigado; si, encerrando entre los trenzados cañizos sus gor¬das ovejas, ordeña sus ubres tersas, y sacando la dulce jarra de un vino de la cosecha del año, prepara un cantar con manjares no comprados, no e serían más sabrosas las ostras de Lucrino ni me daría más placer el rodaballo ni el escaro si la tempestad, tronando sobre las olas del Oriente, trajera algunos hacia este mar. No. Ni el ave africana ni el francolín jónico descenderían a mi vientre con más placer que las aceitunas recolectadas en las ramas más fecundas de los oli¬vos, o la acedera amante del herboso prado, o la malva, salud del cuerpo que sufre, o la cordera inmolada en las fiestas Terminales, o el cabrito arrancado de los dientes del lobo.
En medio de estas comidas, ¡qué placer ver los corderos que vuelven hartos a los rediles, los bueyes que arrastran con desmayado cuello la reja con la mancera enhiesta y los es¬clavos, enjambre de prosperidad sentados en torno al fuego de la espléndida mansión!"
Habiendo hablado así el usurero Alfio, tan ansioso de ser campesino, recogió todo su dinero en los Idus para buscar colocarlos a préstamo por las Kalendas.
III


Si alguno, con mano impía, ha quebrantado alguna vez la garganta de su anciano padre, que le hagan comer ajo, más dañino que la cicuta. ¡Oh, duros intestinos de los segadores! ¿Qué veneno se ha ensañado con mis entrañas? ¿Acaso fueron cocidas estas hierbas con sangre de víbora? ¿Es un manjar pérfido este en el cual Canidia ha puesto sus manos? Cuando Medea se enamoró del jefe que eclipsaba a todos los Argonautas, frotó con este ungüento a Jasón para que un¬ciera los toros bajo un yugo desconocido de ellos; con este unto impregnó los regalos hechos a una rival antes de huir, vengada; sobre las alas de los dragones.
Jamás el calor de los astros se abatió tan abrasador sobre la sedienta Apulia. Y el regalo hecho a Hércules no ardió con más poder sobre las espaldas de este valiente.
Mas si tú tienes capricho alguna vez por algo parecido, antojadizo Mecenas, he aquí mi deseo: que tu amiga opon¬ga sus manos a tus besos y se vuelva al otro extremo del lecho.


IV


Toda la antipatía que un acuerdo de la suerte ha puesto entre los lobos y los corderos, existe de mí hacia ti cuyos lomos están abrasados por el látigo ibérico y las piernas por el duro grillo. Tienes a bien pavonearte, orgulloso de tu ri¬queza, pero la suerte no muda el linaje. ¿Pero es que no ves cuando, envuelto en tu toga de nueve varas, mides con tus pasos la Vía Sacra, cómo la más desenfrenada indignación hace volver el rostro de los que van y vienen? Dicen: "Este hombre, fustigado por los vergajos triunvitales hasta la fatiga del pregonero, labra mil yugadas de territorio falerno, des¬gasta la Vía Apia bajo el casco de sus caballos galos y, despreciando la ley de Otón, se sienta, caballero soberbio, en las primeras gradas. ¿De qué sirve que tantas embarcaciones de gran tonelaje y de Sérreo espolón sean guiadas contra los piratas, cuando este hombre -sí, este hombre- es tribuno militar?


V

"Decidme en nombre de todos los poderes divinos que desde el cielo gobiernan la tierra y el género humano, ¿qué sig¬nifica esta agitación? ¿Qué significan, fijas sobre mi sólo esas miradas amenazadoras? Por vuestros hijos, si alguna vez los asistió Lucina; por vuestros partos, si los sufristeis; por esta púrpura, honor vano; por Júpiter, que no aprueba esto: os ruego, os pregunto: ¿por qué me miráis con ojos como de una madrastra o de una fiera que el hierro ha herido?
Cuando con una boca temblorosa hubo exhalado estos gemidos el muchacho, quedo allí inmóvil; despojado de sus ropas, mostrando su cuerpo impúber, y en tal estado, que hubiera enternecido el corazón impío de los Tracios; cuando todo esto ocurrió, Canidia, con los cabellos trenzados de cortas víboras en torno a su despeinada cabeza, ordena que higueras salvajes arrancadas de las tumbas, que cipreses fú¬nebres untados con sangre de sapo, huevos y plumas de un mochuelo, hierbas traídas de boleos y de Iberia, rica en ve¬nenos, y huesos arrancados a las fauces de una perra ham¬brienta, sean arrojados a las llamas de la Cólquida.
Mas he aquí que Sagana, con el halda arremangada, va por toda la casa esparciendo agua del Averno, con los ca¬bellos híspidos como se encrespa un erizo o un jabalí en carrera. Sin que ningún remordimiento la detenga, veía, con un duro azadón, ahondar el suelo acezando con el esfuerzo, para que el muchacho enterrado allí pudiese morir ante el espectáculo de una comida cambiada dos o tres veces en el curso de una larga jornada, emergiendo tan sólo la cabeza como el nadador flotando en el agua que no saca más que la barbilla. Y así, sacando su médula desecada y su hígado, se compondría de todo ello un filtro erótico cuando sus pupilas fijas sobre los manjares prohibidos se hubiesen apagado.
Allí no faltaba -y no se ignora ni en la ociosa Nápoles ni en todas las ciudades del contorna- Folia de Rimini, de viriles deseos que, por virtud de sus encantamientos tesalios, hace descender los astros y la Luna. ¿Entonces qué dice la terrible Canidia, royendo con su diente sarroso la uña nunca cortada de su pulgar? ¿O qué calla? "¡Oh, confidentes de mis obras! ¡Tú, Noche, y tú, Diana, que reinas sobre el silencio a la hora en que se celebran nuestros misterios! Ahora, ahora, asistidme; ahora volved contra las casas enemigas vuestra cólera y vuestra divina voluntad. A la hora en que los bos¬ques se llenan de espanto y se ocultan los animales salvajes, sumido entonces en un lánguido sopor, yo deseo que el la¬drido de los perros de la Suburra denuncie (¡Y que todo el mundo ría!) a este viejo galante rociado del mejor perfume de nardo que hayan podido fabricar mis manos."
"Mas, ¿qué sucede? ¿Por qué no tienen su poder los fil¬tros terribles de Medea, la bárbara; los filtros que, en su huida, le habían vengado de su orgullosa rival la hija del gran Creón, cuando la ropa impregnada de ponzoña ahogo en las llamas a la nueva esposa? Y, sin embargo, ni una hierba ni una raíz oculta en lugares ásperos me han engañado. Él duerme en las yacijas que impregna el olvido de todas mis rivales. ¡Ay, ay! Se pasea librado por los encantamientos de una hechicera más sabia. No son, Varo, estos brebajes ordi¬narios; volverás a mí. Pero no será el conjuro de las Mímulas marsas el que me traiga tu pensamiento. Más poderosos serán mis medios, más poderosos será el filtro que yo de¬rramaré en tus desdenes. Y el cielo descenderá bajo el mar y por cima de él se encumbrará la tierra antes que tú ceses de abrasarte en m¡ amor, como arde la paz en estos fuegos ne¬gros."
Después de esto, el muchacho no intentó, como antes, enternecer a estas impías con dulces palabras, sino que, dudando por donde comenzar a romper el silencio, estalló, al fin en imprecaciones dignas de Tiestes: "Los venenos no tienen el poder de mudar las leyes del bien y del mal, ni pueden cambiar el justo retorno de las cosas humanas. Mi maldición os perseguirá, y una maldición solemne no es expiada por ninguna víctima. Hay más: cuando yo, por orden vuestra, muera, correré hacia vosotras como nocturna furia. Yo, sombra ya, arañaré vuestros rostros con mis uñas ganchudas. Tal es el poder de los dioses Manes. Y, gravitando sobre vuestros pechos angustiados, con el terror ahuyentaré vuestro sueño. Acá y allá, por todas las calles, la multitud os machacará, persiguiéndoos con piedras, viejas obscenas. Después, los lobos y las aves del Esquilino dispersarán vuestros miembros insepultos. Y mis padres que, ¡ay!, me han de sobrevivir, no se verán privados de este espectáculo."




VI

¿Por qué te ensañas contra los forasteros inofensivos, perro cobarde contra los lobos? ¿Por qué, si eres capaz, no vuelves hacia mí tus vanas amenazas y no me atacas a mí, que estoy dispuesto a devolverte el golpe? Pues así como el Moloso y el rubio Laconio, cuya fuerza es amiga de los pastores, así yo perseguiré, con las orejas tiesas, cualquier clase de fiera que me preceda por los altos ventisqueros y vengan a olisquear la carnaza que se te ha arrojado, después que has llenado con tu voz formidable los bosques.
Pero guárdate, guárdate, pues levanto mis cuernos pres¬tos contra los malvados, como el yerno que había despre¬ciado a la infiel Licambes o como el áspero enemigo de Bópalos.
¿O es que crees que, si alguno me acomete con diente venenoso, lloraré como un niño incapaz de vengarse?


VII

¿Adónde rodáis en vuestra impiedad? ¿Adónde? ¿Por qué se ciñen a vuestras manos estas espadas hasta ahora guar¬dadas en su vaina? ¿Es que los campos, y Neptuno no han visto bastante sangre latina correr sobre ellos, para que el Romano quemase las ciudadelas orgullosas de la celosa Cartago; para que el Bretón, libre de yugo, no descendiese por la Vía Sacra? Si no, ¿para qué, según los deseos de los Partos, esta ciudad pereciese por su propia mano?
Jamás, en su ferocidad, ni los lobos ni los leones usaron de ella sino contra una especie diferente. ¿Es un furor ciego, una fuerza irresistible, un pecado lo que os arrastra? ¡Con¬testadme! Callan. Y una blanca palidez decolora su rostro y sus almas trastornadas permanecen estupefactas. Así es: amargos destinos se ciernen sobre los romanos por la muerte impía de un hermano desde el día en que la sangre inocente de Remo corrió sobre la tierra para maldición de sus des¬cendentes.


VIII

¿Pero es que puedes preguntarme tú, podrida por un largo tiempo, qué puede enervar mi vigor? ¡Pero si tus dientes es¬tán negros y una fea vejez surca tu frente de arrugas, y entre tus flacas nalgas bosteza el ano como el de una vaca maci¬lenta! Sin duda, ¿es que procuras incitar mis deseos tus pe¬chos fláccidos como los de una yegua, tu vientre lacio y tus piernas endebles, puestas bajo hinchados muslos? Vive dichosa y que imágenes triunfales precedan a tu entierro. ¡Que no haya casada que no se pasee cargada de perlas más es¬féricas!
¿Qué más? ¿Y por qué los libros estoicos desean descan¬sar entre tus cojines de seda mis nervios que no saben leer son menos excitables y mi deseo menos lánguido? Mucho tiene que trabajar tu boca para reanimar mi desgana.


IX


¿Cuándo beberé yo este cécubo reservado para las comidas de festividades, brindando por Júpiter y alegre por la victoria de César y en tu compañía, al pie de tu alta mansión, feliz Mecenas, mientras que las flautas y las liras mezclan sus acentos dorios con éstas y bárbaros con aquéllas?
Así hicimos nosotros poco ha, cuando, perseguido a través de los mares, el jefe, hijo de Neptuno, huyó con sus naves incendiadas mientras amenazaba a la ciudad con las cadenas que él, a fuer de amigo, había quitado a esclavos pérfidos.
El soldado Romano ¡ay! -lo negarás, posteridad-, hecho propiedad de una mujer, llevará para ella las empali¬zadas y las armas y obedecerá como esclavo a ajados eunu¬cos. ¡Y el sol ve este deshonor! ¡El mosquitero de ella entre las enseñas militares!
Más de dos mil Gálatas han vuelto hacia nosotros sus caballos feroces, aclamando el nombre de César, y las em¬barcaciones enemigas, empujando a prisa su popa hacia la izquierda, se esconden en el puerto. ¡Triunfo! ¿Tú retienes el carro de oro y las terneras que no soportaron el yugo? ¡Triunfo! Tú no has traído un jefe igual ni el que venció a Yugurta ni el Africano, cuyo valor levantó para Cartago una tumba. Vencido por mar y por tierra, el enemigo ha cam¬biado su manto de púrpura por el sayal de duelo. Ahora se dirige, bien a la Creta, ilustre por sus cien ciudades y a donde le empujaron vientos que no son para él, o bien a las Sirtes, atormentadas por el Noto. O llevado, sin saber a dónde, por los mares.
Trae acá, muchacho, vasos más capaces y vinos de Quíos o de Lesbos, y escancíanos cécubo, para contener el flujo de las náuseas. Es dulce disipar las preocupaciones y el miedo que he pasado por César, con la alegría del vino.


X

Bajo funestos auspicios leva el ancla y se hace a la mar el barco que lleva al apestoso Mevio. Acuérdate, Austro, de encrespar las olas para sacudir los costados de la nave. Que el negro Noto, revolviendo el mar, se lleve los cables y los remos rotos! ¡Que el Aquilón se levante tan fuerte como en lo alto de los montes cuando troncha las agitadas encinas! ¡Que ningún astro amigo aparezca en la noche lóbrega del lado de donde se oculta el siniestro Orión! Y que no haya, para llevarle, un mar más tranquilo que lo fue la tropa de los griegos cuando, después de incendiada Troya, Palas volvió su cólera contra la embarcación impía de Ayax.
¡Oh, qué sudores esperan a tus marineros y a ti qué amarilla palidez con esas lamentaciones, tan poco viriles, y esas preces a Júpiter, que se volverá hostil cuando el mar Jonio, mugiendo en su golfo bajo el húmedo Noto, haya dislocado tu carena!
Si entonces, presa óptima echada por las olas al corvo litoral, sirves de regalo a los somormujos, yo inmolaré a las tempestades un lascivo macho cabrío y una oveja.


XI


Petio: no me agrada, como antes, escribir versitos bajo el golpe violento de un profundo amor, solicitado por mu¬chachos de tierno cuerpo y por doncellas.
Desde que dejé de delirar por Inaquia, éste es el tercer otoño que hace caer las hojas de los bosques. ¡Ay, de mí, ¡cuán desdichado soy! Vergüenza me da de semejante mal. ¡Cuántas habladurías sembré por toda la ciudad! Me duelo de los festines en que se traicionaba mi amor por mi lan¬guidez, y de mis silencios, y suspiros. De aquellos exhalados desde muy del fondo de mi pecho. «¿Es posible que contra el amor de lucro no tenga poder el sentimiento sincero del pobre?" Así yo me lamentaba, llorando por ti, cuando, ca¬lentado por los vapores de un vino inverecundo, revelaba mis secretos. "Ah, si en mi pecho la sangre pudiera hervir con libertad bastante para dispersar a los vientos estos estériles remedios! ¡Si no fueran impotentes para aliviar mi heri¬da cruel! Cesaría de luchar con rivales más ricos, alejando de mí todo falso pudor.
Cuando ante ti, y con austero semblante, había asegu¬rado estas cosas, tú me invitabas a volver a casa. Yo, en¬tonces, con vacilantes pasos me llegaba a la puerta de Inaquia, que me era hostil. Y, ¡ay!, en este duro umbral se quebrantaron mis riñones y mis flancos.
Ahora me retiene Licisco, que se vanagloria de vencer a la más hermosa mujer, y nada podrá separarme de su lado: ni los consejos sinceros de mis amigos ni las afrentas crueles. Sólo, tal vez, el amor por una chiquilla, que anude a la es¬palda su larga cabellera.


XII


¿Qué pretendes, mujer, dignísima de las caricias de ne¬gros elefantes? ¿Por qué me envías regalos? ¿Por qué cartas a mí, que soy joven poco vigoroso y de olfato bastante agudo? Pues olfateo con más sagacidad que un ligero galgo, descu¬bridor de mi oculto cubil en que se refugia el jabalí. Y más, todavía, la pestilencia que se aloja en las velludas axilas de un macho cabrío...
¡Qué sudor y qué perfume horrible extendidos por sus fláccidos miembros, cuando he depuesto mis armas y ella se agita insaciable! Ya no tiñe su rostro el húmedo albayalde ni el colorete amasado con excremento de cocodrilo y rueda por el suelo. Otras veces reprocha mi desgana con palabras violentas: "Con Inaquia -dice- no desfalleces tan pronto como conmigo. A ella puedes amarla tres veces en una no¬che. Y conmigo, al primer esfuerzo, ceden tus entusiasmos. Perezca miserablemente Lesbia que me ha indicado un ser sin nervio cuando lo que buscaba era un toro. ¡Y pensar que disponía de los servicios de Amintas de Cos, fuerte como un árbol joven en las colinas. ¿Para quién sino para ti se tejían esas lanas teñidas dos veces en el múrice tirio? Para ti, y sólo para ti. Yo quería que no hubiese entre los convidados otro más cuidado por su amante que tú.
¡Ay desdichada de mí! Veo que me huyes como la cordera al terror de los lobos crueles y el cabritillo del de los leones."


XIII


La ruda estación ha contraído el cielo, las lluvias y las nieves hacen descender a Júpiter y lo mismo el mar que las selvas mugen bajo el Aquilón tracio. Tomemos, ami¬gos, la ocasión del día presente, y en tanto que nuestras ro¬dillas conservan su juvenil resistencia, y mientras la edad lo consienta, desechemos la vejez que surcará de arrugas nuestras frentes. Tú haz salir un vino cosechado bajo el consulado de Torcuato, cuando yo nací. De lo demás, ¿a qué hablar? Acaso un dios, por una generosa alternativa, vuelva a poner las cosas en su lugar.
Hoy nos place rociarnos de nardo aquemenio y aliviar nuestros pechos de siniestras preocupaciones al son de las cuerdas cilenias. Como el oráculo del Centauro ilustre en¬señó a su alumno de aventajada estatura, diríamos: "Inven¬cible joven, hijo inmortal de la diosa Tetis, la tierra de Asárico te espera, ese país que surcan la corriente fría del pequeño Escamandro y el huidizo Simois..." Mas las Parcas en su infalible trama te han cortado el retorno y ni tu ce¬rúlea madre te volverá a tu patria.
Así, pues, aligera tus males con vino y canciones, dulces consuelos del pesar que desfigura.


XIV


Me asesinas, Mecenas, preguntándome sin cesar por qué una enervante pereza ha extendido un olvido semejante hasta lo más profundo de mis sentidos, como si hubiese apurado con seca garganta copas que traen consigo un sueño letal. Un dios -si, un dios-, me impide llevar hasta el fin del rollo los yambos comenzados; este poema desde largo tiempo prometido.
No de otro modo, según dicen, se abrasó por el Samic Batilo Anacreonte de Teos que, con mucha frecuencia, ha llorado sus amores en metros no bien trabajados con la cón¬cava concha de su lira. Tú también, desdichado, te abrasas; pero no era más bella la llama que iluminó el incendio en la sitiada Ilión, y puedes alegrarte de tu suerte. A mí me con¬sume Friné, una esclava que no se sacia con un solo amante.


XV


Era de noche, y la luna brillaba en el cielo sereno en¬tre los astros menores, cuando, dispuesta a violar la majestad de los grandes dioses, jurabas, repitiendo mis propias pala¬bras ceñida a mí con tus brazos flexibles más estrechamente que la hiedra se enrosca a la elevada encina: "Cuando el lobo debe de ser el enemigo de los ganados, cuando Orión ya no sea hostil a los marineros perturbando el mar con invernales tempestades y la brisa cese de agitar los nunca cortados ca¬bellos de Apolo, entonces cesarán de ser recíprocos nuestros amores."
Mucho tendrás que sufrir, Neera, por mi viril arresto. Porque si hay algo de hombre en Flaco, no soportará que sin cesar concedas tus noches a un rival preferido, y buscará en su cólera con quien te dé celos. Mi firmeza no cederá ante tu belleza una vez odiosa si ha entrado en mí la certidumbre de mi pena.
Y tú, quienquiera que seas, más feliz que yo, y que aho¬ra te pavoneas orgulloso de mi desdicha -ya seas rico en ganados y en extensos terrenos, ya corra para ti el Pacto lo, y los secretos de Pitágoras resucitado no tengan misterio para ti, y aunque en belleza aventajes a Nereo-, ¿ay de ti! Ya verás, llorando, cómo tus amores han pasado a otro. Y yo entonces reiré.


XVI


Una nueva generación se desgasta en luchas fratricidas, y Roma se derrumba por sus propias fuerzas. Esta ciudad -que no han podido arruinar ni sus vecinos los Marsos, ni el brazo amenazador del etrusco Parsena, ni el valor de Capua rival del suyo, ni el fogoso Espartaco, ni el Alóbroge traidor en días de revuelta, y que no ha sido dominada ni por la salvaje Germania y sus jóvenes de ojos azules ni por Aníbal execrado por nuestros padres-, perece por su propia grandeza. Nosotros -generación impía, hija de una sangre maldita-, nosotros la arruinaremos. Y, de nuevo, bestias salvajes se adueñarán de su suelo. El bárbaro, ¡ay!, hollará, victorioso, su cenizas. Sobre su caballo conmoverá la ciudad, con resonantes cascos, y los huesos de Quirino, guardados hasta ahora del sol y de los vientos, serán dispersados por su insolencia en sacrílego espectáculo.
¿Acaso me preguntáis todos vosotros, o los mejores de vosotros, lo que es bueno para ponernos al abrigo de estas duras pruebas? El acuerdo preferible para todos es hacer como los Foceos, que, huyendo de su ciudad execrada, abandonaron sus templos para habitación de jabalíes y de lobos rapaces, después de dejar sus campos y sus Lares pa¬ternos: ir adonde quiera que nos guíen nuestros pasos a través de las olas adonde el Noto o el Abrego feroz nos conduzcan.
¿Os agrada la idea? ¿Alguno tiene algo mejor que acon¬sejar? ¿Qué esperamos para hacernos a la mar con feliz agüero? Pero hagamos un juramento, pronunciando estas palabras: "Tan pronto como, perdiendo su peso, las rocas suban a flote desde el fondo de las aguas, entonces nosotros podremos tornar sin sacrilegio. No vacilemos en volver las velas a nuestra patria hasta que el Po bañe las cimas del Matino, y los elevados Apeninos hagan irrupción en el mar; cuando por un capricho nuevo, extraños amores ocasionen acoplamientos monstruosos; cuando la tigresa se deje cubrir por el ciervo, y la paloma cohabite con el milano; cuando confiados los rebaños no teman a los rubios leones, y el ca¬brito despojado de sus pelos se goce con las llanuras saladas."
Después de estas execraciones, y todas las que puedan cortarnos el dulce camino del retorno a nuestra patria, marchemos conjurados todos los ciudadanos, o al menos la parte de los mejores que el rebaño de los reacios a los consejos. ¡Que estos enervados y sin esperanza se aferren a sus cubiles mal¬decidos! Pero vosotros, con un corazón fuerte, abandonad mujeriles llantos, y volad más allá de las riberas etruscas. Nos espera el mar que rodea al mundo. Vayamos a los campos felices, los ricos campos; busquemos las Islas Afortunadas, en donde la tierra da cada año cosechas sin laboreo; allí en que siempre la viña fructifica, sin que se la pode; en que germina la rama del olivo que nunca defrauda, y el higo negro es adorno de su propio árbol; en que la miel chorrea de los huecos de los árboles, y desde lo alto de los montes saltan con pie sonoro las aguas ligeras. Allí, sin que se les mande, vienen las cabras a las cántaras del ordeño, y la vacada amiga trae sus ubres tensas. El oso no ruge allí, por la noche en torno de los rediles, y el suelo profundo no se hincha con nidos de víboras. Y, en nuestra dicha, veremos aún más maravillas: cómo el Euro no corroe los campos bajo torrentes de lluvia, y como las pingües simientes permanecen sin agostarse bajo los resecos surcos. Porque el rey de los dioses celestes contiene allí uno y otro exceso. Hacia esta tierra no han dirigido su curso bajo el impulso de sus remos las naves de pino de Argos y la impú¬dica Medea de Coleos no ha puesto allí su planta. Ni los marinos de Sidón orientaron hacia aquella parte sus naves ni las tripulaciones tan maltratadas de Ulises. No hay contagio que ataque al ganado, y ningún astro consume los rebaños con sus ardores desenfrenados.
Júpiter ha reservado estas costas para una raza piadosa, después que cambió en bronce la edad de oro. Con el bronce, después con el hierro, endureció las edades, de donde se ofrece a los hombres piadosos una feliz evasión según inspirado vaticinio.


XVII


Definitivamente me rindo a tu poderosa ciencia y, su¬plicante, te ruego, por el reino de Proserpina y por la divi¬nidad intangible de Diana y por estos libros cuyas fórmulas tienen el poder de desgajar los astros y de hacerlos caer del cielo, que ceses, por fin, Canidia, en tus conjuros sagrados y hagas correr hacia atrás el girar de tu huso.
Télefo pudo ablandar al nieto de Nereo, contra él cual había, en su orgullo, alineado los batallones de los Misos y había arrojado sus aceradas flechas. Las matronas de Ilión ungieron a Héctor el matador de hombres, prometido a las aves salvajes, y a los perros después que, abandonando sus murallas, el rey se arrojó, ¡ay!, a los pies del inexorable Aquiles. Los remeros de Ulises, tan sufridos, pudieron despojarse de la cerdosa piel que cubría sus miembros por voluntad de Circe. Entonces, poco a poco, volvieron a ellos la inteligencia y la palabra, y su rostro recobró su habitual dignidad. Muchos y suficientes castigos me has dado, mujer tan amada de marineros y mercaderes. Mi juventud ha huido y su tinte sonrosado tan solo ha dejado tras de sí hu¬esos cubiertos de una, piel amarillenta. Tus untos han hecho blanquear mis cabellos. Ningún descanso me libra de mis trabajos. La noche empuja al día, y el día a la noche, sin que se me conceda aliviar mi pecho que se va en suspiros. Estoy vencido de tal modo que creo, ¡desdichado de mí!, lo que antes negué: que los conjuros sabélicos atormentan el corazón y que los gritos lúgubres de los marsos transtornan el seso.
¿Qué más quieres? ¡Oh, mar! ¡Oh, Tierra! Me abraso como jamás sucedió a Hércules, impregnado de la sangre negra de Neso y como en Sicilia la llama verdosa en el hor¬no del Etna. Mas tú, Canidia, esperando que me lleven, cual cenizas secas, los vientos injuriosos, arden en tu laboratorio los venenos cólquidos. ¿Qué fin o qué tributo me esperan? ¡Habla! Yo pagaré lealmente la pena que mandaste, presto a expiar. Ya me reclames un sacrificio de cien bueyes, ya quieras que a los sones de mi lira mentirosa se oigan estas palabras: «¡Oh, tú, mujer casta, mujer virtuosa! Te pasearás, estrella de oro, entre los astros.» Ofendidos Castor y su hermano por el ultraje hecho a Helena, fueron vencidos por las plegarias, y devolvieron al poeta Estesicoro la vista, que le habían quitado. Tú también -pues lo puedes todo- lí¬brame de mi delirio. ¡Tú, que no te doblegaste a la infamia de un padre! ¡Tú, que no vas, anciana prudente, a sacar de sus sepulcros las cenizas de nueve días de los pobres para aventarlas! Un corazón afable te conduce, y tus manos son puras. Tú llevaste a Pactumeio en tu vientre. Y la comadrona lava los paños que tu sangre enrojece cada vez que saltas de tu lecho, valiente parida.



Respuesta de Canidia


¿A qué viertes plegarias en mis oídos sordos? No están más cerradas, para los marineros desnudos, las rocas que, en la tempestad, bate Neptuno, con sus aguas profundas. ¿Sin castigo habrás podido reírte de los misterios divulgados de Cocito, de los ritos del libre Deseo? Pontífice del Esquilino, padre de los sortilegios, ¿habrás llenado la ciudad con mi nombre? ¿De qué me sirve haber enriquecido a las viejas pelignias, para aprender a hacer un tan rápido veneno? Te espera una muerte más tardía de lo que esperas. Te será preciso, desdichado, arrastrar una vida importuna, para que soportes sin cesar nuevos dolores. Ansía el reposo el padre infiel del desleal Penélope, Tántalo privado de un manjar que benignamente se le ofrece. Lo desea Prometeo, entregado al águila. Como desea Sísifo colocar su roca en la cima del monte. Pero las leyes de Júpiter se lo impiden. Tú querrás despeñarte de lo alto de una torre o abrirte el pecho con una espada de Nórica. Pero en vano anudarás un lazo a tu gar¬ganta, oprimido de triste melancolía. Yo entonces cabalgaré llevada sobre tus espaldas enemigas y la tierra se humillará ante mi arrogancia.
¿Acaso yo, que lo puedo todo -tú mismo lo has reco¬nocido en tu indiscreción-, animaré y moveré más figuras de cera y, con mis fórmulas, arrancaré la Luna de la bóveda celeste, y resucitaré a los muertos, reducidos a cenizas. Compondré filtros para el amor traicionado. ¿O es que, acaso, tendré que llorar el fracaso de mi arte impotente so¬bre ti?


CANTO SECULAR


¡Febo y Diana, reina de los bosques! ¡Luminosos adornos de cielo, siempre adorables! Dadnos lo que os pedimos en este día sagrado, en que los versos sibilinos han prescrito que escogidas vírgenes y castos muchachos entonaran un canto para los dioses a quienes agradaron las Siete Colinas.
¡Fecundo Sol que, sobre tu carro brillante, haces surgir y ocultas el día, renaciendo siempre vario y siempre lo mismo! ¡Ojalá puedas ver nada más grande que la ciudad de Roma!
Tú, que plácida y blandamente abres y maduras el fruto de las mujeres, protege a las madres. Tú, Ilitia, ya elijas ser llamada Lucina, ya prefieras el nombre de Engendradora:
auméntanos, diosa, la descendencia. Haz prosperar los decretos de los Padres sobre las mujeres casaderas y sobre la ley nupcial fértil en prole nueva, para que este retorno seguro del siglo traiga cantos y juegos concurridos durante tres días radiantes y otras tantas gratas noches.
Y vosotras, Parcas, veraces en vuestros vaticinios, por una sola vez, y ojalá pueda yo confirmar el término firme de los acontecimientos, juntad felices destinos a los que ya se han cumplido.
Que la Tierra, madre fértil de las mieses y de los ganados, corone a Ceres con una guirnalda de espigas, y que las lluvias y los vientos templados alimenten lo que ella crea.
Guarda, Apolo, tus flechas, y sé dulce y pacífico. ¡Escu¬cha a los jóvenes que te suplican! Y tú, Luna bicorne, reina de los astros, escucha a las vírgenes.
Si Roma es obra vuestra, y si a las riberas etruscas han podido arribar los batallones de Ilión -todos aquellos que, dóciles a la orden de transportar sus Lares y su ciudad en una travesía dichosa, habían visto a través de Troya abrasada sin daño para ellos- conceded, ¡oh dioses, costumbres venturosas a la juventud dócil; ¡conceded, dioses, reposo a la vejez agotada! ¡Y a la raza de Rómulo dad riqueza, prole y gloria de toda especie!
Lo mismo que al que os implora, sacrificándoos con bueyes blancos, y al descendiente ilustre de Anquises y de Venus, que obtenga lo que os pide: que sea superior al enemigo que le combate y clemente con el enemigo caído.
Ya el Medo teme su brazo poderoso sobre el mar y sobre la tierra, y las hachas albanas; ya los Escitas y los Indios, orgullosos antes, vienen a consultarle como a un oráculo; ya la Buena Fe, la Paz, el Honor, el Pudor antiguo y la Virtud que habían sido postergados, se atreven a volver y se ve a la Abundancia reaparecer con su cuerno de oro lleno; y si el dios profeta armado con su arco fulgurante, grato a las nueve Musas y cuyo arte saludable alivia los miembros fatigados de un cuerpo debilitado, si Febo echa una mirada favorable a las alturas de Pala¬tino, prolonga la dicha del Estado Romano y del Lacio por un segundo lustro y por una duración siempre venturosa.
Y Diana, que reina sobre el Aventino y sobre el Algido, preste atención a las súplicas de los quindecimviros y aplique oídos amigos a los votos de este coro de jóvenes.
Y nosotros, instruidos en cantar las alabanzas de Apolo y de Diana, llevamos a nuestra casa la esperanza buena y cier¬ta de que Júpiter y todos los dioses han escuchado estas preces.