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viernes, 23 de febrero de 2007

Aniceto el Gallo : gacetero prosista y gauchi-poeta argentino

Boletín extraordinario de Aniceto el Gallo
LA ÚLTIMA A VUECELENCIA
Y...

Para que los de la Duana
DEL DIRETOR DON JUSTO
TOMEN A GUSTO
LA MAÑANA.

Dicen que ayer por Barracas
cierto Urquicista llegó
a un campamento, y sacó
ufano de la petaca
un cuaderno que leyó...
Pidiendo atención,
a la Porteñada
que allí de coplada
se juntó en montón:
Y al oír la Custitución
que entró a ler el Diputao,
el criollaje alborotao
a cantarle comenzó:
¡Cocorocó! ¡Cocorocó!
Entonces el Urquizano
quiso hablar en tono tierno,
pero se volvió un infierno
la reunión, y un paisano
que le arrebató el cuaderno...
¡Ésta es embrolla!
dijo en seguida;
y una sumida
le dio en la bolla...
Y el Porteñaje siguió:
¡Cocorocó! ¡Cocorocó!
Como flecha a San José
guasquió el Diputao aprisa,
y llegó con la camisa
sucia de... yo no sé qué
a presentársele a Urquiza:
Que de un rincón,
cuanto lo vio,
le preguntó
con aflición:
¿Por qué trai tan mal olor?
dígame de sopetón,
¿tragan la Custitución
los Porteños? -Sí, señor:
hoy se han tragao un vapor
que tiene ese mesmo nombre
(contestó asustao el hombre),
y me han dicho allí a la cuadra,
que han hecho tantos empeños
que han logrado los Porteños
tragarnos ¡toda la escuadra!
y dicen con insolencia
allá y aquí esos canallas,
que han de tener las agallas
de tragarse a Vuecelencia.
¡Por Dios, señor! no ande lerdo,
ni se atorulle por nada:
haya una cuerda ensebada
del macho aquel de su ACUERDO.
A este tiempo sacudió
las alas un gallo giro,
y el Diretor dio un suspiro
al sentir que le cantó:
¡Cocorocó! ¡Cocorocó!
Luego principió el choreo
del pobrecito don Justo,
quien mirando con disgusto,
para aonde estuvo el bocleo,
cuasi se ca...yó de susto;
Pues viendo el río
abandonao,
atribulao
dijo: ¡Dios mío!
Hoy mesmo a Gualeguaichú,
si de atrás no me bolean,
espero de que me vean
emplumar como ñandú.
Y el Diputao que escuchó
estas palabras tan tiernas,
con el rabo entre las piernas
también cantando salió:
¡Cocorocó! ¡Cocorocó!

Cielito de un Correntino
Voy a cantar este cielo
por una tonada extraña,
para que lo baile un cierto
diretor de media caña.
Allá va cielo y más cielo,
cielo por la Residencia;
háganme favor de hacerle
cancha para el Vuecelencia.
No hay duda: don Juan Manuel
mostró que tenía tino
al ponerle LOCO al ñato,
pues le acertó a lo divino.
Allá va cielo: ¡Rascate!
vaya mi cielo: ¡Mordete!
muchas memorias te manda
de cualquier parte Alderete.
Diz que ajuera el Diretor
le anda temiendo a la vela,
y otros dicen de que el mate
le anda jediendo a pajuela.
¡Ay, cielo! y dicen también,
no sé si será verdá,
de que ya no sabe el ñato
aónde queda el Paraná.
En Corrientes andan todos
con un susto, háganse cargo:
no los vaya a lastimar
como hizo en el Pago Largo.
Allá va cielo, mi cielo,
cielito, cielo, en la vida
no vas a crer, Diretor,
que Correntino te olvida.
¡Ah, Cristo! ¡quién lo topara
por ahí, por la Recoleta,
para atracarle una mora
a la raíz de la paleta!
Cielito, cielo, mi cielo.
¡ay, cielo del alma mía!
la Correntinada dice:
¡Cuándo llegará ese día!
A pesar que, si se ofrece
la ocasión, estamos viendo
que se le duerme al Rosin
y a dos laos sale muriendo.
Cielo mío, pero entonces
de balde ha de hacer cabriolas;
se escapará de mi corvo:
pero... ¡cuándo de mis bolas!
Al fin para el Diretor
echaré la despedida,
y hasta que yo me le afirme
Dios le conserve la vida.
Allá va el último cielo,
cielito de la esperanza:
¡ojalá para ese día
le pase mucho la panza!




Tapones por todos laos

Se suena de que, como el Diretor anda hoy por Palermo, olfatiando para los barcos de Guerra Uropeos, la Comendancia General de Marina está atariada haciéndole poner, con los mesmos barcos que fueron de Vuecelencia, tapones por todos laos, desde Patagónica hasta San Nicolás y más allasito, y que los barcos van carpaos de choclos para los empleaos de las duanas del Diretor, y llevándoles MEMORIAS DEL BOGLEO.


Nº 6
Buenos Aires. - Julio 2 de 1853.

SÍ, SEÑOR: MUCHO ME HA DE HACER CON SU ALESNA

Así mesmo, me acuerdo de que, una ocasión, le decía empacao y medio encogiéndose un Porteñito achurador a un viejo Entrerriano, muy quebrallón y desollador de los corrales aonde lo amenazaba al criollito, como queriendo destriparlo con un cuchillo envenao y de hoja enteramente muy gastada...

Entonces, ya les digo: el Porteñito lo aguardaba empacao y como echando mano al alfajor, y cuando el viejo le quería prender hasta la virola, el muchacho no hacía más que medio sacarle el cuerpo y decirle: -Sí, señor: ¡mucho me ha de hacer con su alesna!

Con que, así le diré yo al señor Diretor, ahora que he sabido con siguranza de que está fieramente enojao conmigo, pues diz que en San José de Flores, días pasaos, Vuecelencia muy caliente le dijo a una moza de que, si me agarra (¡y que me agarraba!) me ha de hacer sacar una lonja cuando menos. ¡Cristo, qué riguridá! De modo...

Que si el Diretor me hostiga
en lonjiarme se encapricha,
encogerá la barriga
y le diré a lo Bachicha;
¡ma!... ¿qué quiere que te diga?

A pesar de que pudiera agarrarme, cuando Vuecelencia entre a Buenos Aires (y que entraba), porque yo no pienso juirle de la trinchera o de más ajuerita, y por allí no más tanto a mí como a todos los defensores de la ciudá, cuando el Diretor la atropelle (y que atropellaba), nos ha de encontrar ¡firmes como palo a pique!

Vaya, vaya: ¡eh! ¿con que, solamente apenas quiere desollarme? Pero, señor: ¿por qué está tan enojao conmigo? ¿Porque suelto al Gallo? ¿No decía Vuecelencia que en esta vida nada se le importaba de ningún gacetero del mundo? Ya se ve: como Vuecelencia es hombre tan acreditao (para el cuchillo) desde PAGO LARGO hasta VENCES, como desde la INDIA MUERTA hasta PALERMO, ¿qué mella le han de hacer con gacetas? aunque yo desconfío que el Gallo le hace muchas cosquillas, porque Aniceto les dice a los paisanos la verdá sin terminachos, y no se casa con naides: sin embargo de que los apreceo a todos siguramente más que Vuecelencia, que ha venido a embrollarnos con su Custitución ñata, haciéndonos matar unos con otros. Si a lo menos y por último se volviera, señor, para su tierra a gobernar allá como le dé la gana, en ese caso, hasta yo me empeñaría para que lo largaran...
Y para este empeño no le parezca que al Gallo le faltan amigos de todas layas allá ajuera y acá adentro.

De veras: pues aunque Vuecelencia presume de guapetón y ricacho, y de tener mucho partido, con todo, yo que sólo soy un triste gaucho, en cualquier parte le corro a más bien querido. Por eso le aconsejo que se largue de una vez a su cueva y nos deje a los Porteños arañarnos o acomodarnos: no sea porfiao. ¿A qué diablos está queriendo engañar todavía a los gauchos, después de lo atribulao que se encuentra con la raliada de la Escuadra?

Ya sabemos que Vuecelencia les está haciendo decir a los paisanos, el que de acá los puebleros le andan mandando empeños para que les haga la paz, para dejarlo de Diretor custitucionudo de todas la Provincias, a fin de que en cuatro manotiadas nos haga cueriar todas las vacas de la nuestra y algunos gauchos de yapa. ¡Oh! no embrome, patrón.

¿Diaónde se ha creído que los gauchos porteños son mulitas, ni que Vuecelencia los ha de seguir engatusando con proclamas, y diciéndoles que no es nada el rempujón de la Escuadra, y que se aguanten como buenos federales, sin comer, sin medio y en pelota, hasta que Vuecelencia haga la entrada? Págueles, señor Diretor, mire que los mozos de ajuera bien saben ya de que el Gobierno de la ciudá y todos los soldaos que la defienden, tanto los gauchos como los cajetillas, también son federales de ley; y que así como pelean parejito, lo mesmo comen bien todos los días, y andan abrigaditos con cacharpas lindas, en ancas de que, CADA SÁBADO, ¿oye Vuecelencia? cada sábado, al salir el sol, desde el primerito hasta el último de los soldaos de la ciudá reciben en su cuartel ochenta y siete pesitos para los vicios. ¡Ve, señor! Así se trata a los soldaos federales; y no con proclamas y promesas de para la entrada. ¡Qué apunte!

Ya presumo de que Vuecelencia me ha de hacer retrucar esta verdá, diciendo que este gobierno roba mucho, y por eso larga plata. Puede ser que así sea, aunque está en duda; pero, lo cierto es que si roba, roba para todos por parejo, lo que allá Vuecelencia se está trajinando para su buche solamente todos los cuerambres y haciendas de la campaña, sin darle un rial a Cristo, como es su maña vieja: pues todavía me acuerdo de que a los soldaos porteños y federales de doce años de campañas, que trujo Vuecelencia de la Banda Oriental a Entre Ríos, les dio apenas tres patacones a cada uno, y que Vuecelencia se tragó todos los cargamentos de pesos fuertes que le aflojó el Emperador para los soldaos federales.

Pues, así mesmo en el día, Vuecelencia y tres o cuatro de sus ahijaos se están tragando todas las haciendas y demás bienes de nuestra provincia, y en lugar de largarles algunos medios a sus soldaos, les arrima estaca cuando se ladean del campamento a calentarse por ahí, y les suelta proclamas y promesas de para cuando la entrada.

¿Qué entrada? ¿cuándo, y quién vendrá haciendo punta? ¿Vuecelencia?

¡Ja! ¡ja! ¡ja! ¡Ah, malhaya! dicen los Italianos lambiéndose por conocer al Diretor yesquerudo. Luego, si Vuecelencia no puntea en la entrada, ¿quién vendrá adelante? ¿Los paisanos? Vaya, señor Diretudo, por Jesucristo le pido otra vez que no se haga el sarnoso, y que piense del mismo modo que piensan muchos de los Porteños que le andan al redor. Velay cómo:

En Buenos Aires hay ocho mil Guardias Nacionales, porteños cuasi todos y platudos en ancas de buenos mozos. Cada Guardia Nacional tiene tres o cuatro hermanas o primas, muchachas ¡cosa linda! y de yapa cada criollo de estos tiene allá ajuera algún pariente o pión de su completa amistá, y hasta de gauchiar juntos. Luego, cada muchacha tiene algún Urupeo y algunas tienen hasta cuatro o cinco, que a un tiempo les andan arrastrando la ala.

Muy bien: pues sí, señor; Vuecelencia quiere por fuerza entrarse a nillar a los Porteños y manosiar a las muchachas, y entonces ¿qué resultará? Claro está, los Nacionales peliarán por su cuenta y harán peliar a sus parientes de ajuera y de adentro; y luego las muchachas, las hermanas, y las parientas de los Nacionales les dicen a los Urupeos:

¡chúmbale a Urquiza!... y de lo demás hágase cargo, don Justo.

Cierto es que también Vuecelencia presume sujetar la reserción del paisanaje, diciéndoles que ya a entrar a la ciudá y a darles a todos por los atrasaos, en cuanto le lleguen los cotigentes de soldaos que le van a mandar de las provincias, y que con ellos entonces a la fija nos apretará a todos los Porteños.

¡Pues no, mi alma! Eso de los cotigentes, endeveras mete miedo.

Pero a propósito: escuche, le contaré lo que me pasó el otro día en una comilona que tuvimos con unos cuantos de los pasaos, que esa mañana se le raliaron de Palermo; porque no fallan a lo menos de a veinticinco diarios; y, si no lo cré, pregúnteselo al coronel don LAUREANO DÍAZ.

Pues, como le iba diciendo: como unos quince soldaos de los del pueblo, entreveraditos con algunos pasaos que también ya son soldaos de la ciudá y mozos platudos, nos largamos de humorada a voraciar en la fonda; pues por acá los soldaos, cuando nos da la gana, comemos de fonda; porque para eso nos paga bien el Gobierno Federal de Buenos Aires, sin echarnos tantas proclamas.

En fin, en la fonda nos tiramos de pasteles, gallina con arroz, chicholos, y échele cuhetes, y vino superiorazo al gusto de cada cual. El caso fue, que, en medio de la jarana, no sé quién de la rueda dijo de que a Vuecelencia le estaban ya por llegar doscientos Mendocinos del cotigente, como Vuecelencia mesmito lo asiguraba. Al oír esto, saltó un corneta que estaba a mi lao medio pesadón, y después de bostezar largo, preguntó: ¿cuántos son los Mendocinos? ¿cuántos son los Mendocinos? ¿doscientos? Si no son más que esos (prosiguió), no le alcanzan al Diretor para el gasto diario de ocho días de pasaos. ¡Ahi-juna, el corneta vivaracho! y yo creíba que estaba mamao: y vean cómo le sacó la cuenta en la punta de las uñas.

Mesmamente: el mozo dijo una verdá sin retruque, desde que se nos vienen tantos teruteros, que yo, señor Diretor, como sé que ya anda tan atrasao (de salú, se entiende), hasta maliceo que para de aquí a ocho días pudiera suceder que todos los congresudos y Vuecelencia en la punta se nos vengan pasaos: cosa que me alegraría muchísimo, y a pesar de que Vuecelencia anda desiando sacarme el cuero, ya le prometo largarle un abrazo en el momento que se nos venga mansito, dejándose de la embrolla de los cotigentes y echando a los infiernos esa su Direturía de los pantanos de Miserere, y haciendo con su Costitución reculada lo mesmo que hizo el moreno ladino de mi amigo el imprentero.
Aguárdese: se me olvidaba, que le manda decir el coronel MUSIU DUTIL, que le dé Vuecelencia muchas memorias a la batería de la Convalescencia; a la cual, luego que la concluyan, dice Musiu Dutil que no le ha de hacer nada con los trucos que piensa atracarle por la media luna al vuelo. Y allá van coplas.


Cielito de la Vigía de Buenos Aires
Como se ve hasta SAN PEDRO
subiéndose a la CHISMOSA,
la otra mañana trepé
y vide allá... cierta cosa!
Mi cielo y de San Miguel,
de lo alto de la Vigía, medio cerquita se me hace
que a FLORES viché ese día.
Si el ojo no me engañó,
asiguro de que vi
otra cosa atrás de Flores
parecida a CAMUATÍ.
Cielito y del Paraná
debe ser por precisión
lechiguana, o cosa igual
para la Custitución.
Eché luego una visual
al rumbo del Baradero,
y vide patentemente
coloriando un avispero.
Cielito y la paisanada,
de esos laos, no tengo duda,
que al Diretor ya le han puesto
la custión fiera y peluda.
Tendí la vista más lejos,
¡ah, ojo claro! y alcancé
a ver una disparada
en el mesmo Santa Fe.
Mi cielo, y no fue ilusión,
corrían como baguales
una punta de morcillos
con traza de congresales.
Después extendí la vista
más allá de Tucumán,
y allí vi a los Urquizanos
en los apuros que están.
¡Ay, cielo! y de aquel ladito
vide claro a los Salteños
que lo aprietan a Gutiérrez,
de acá los Santiagueños.
Entonces bajé los ojos
hasta San José de Flores,
y como está tan cerquita,
¡ahí sí que vide primores!
Cielito, y creo excusao
el que le diga más nada,
sino que vi a Vuecelencia
con dos tercias de quijada.
Por fin, en Montevideo,
miré al clavar bien la vista...
patas arriba a un ministro
muy diablo y más Urquicista.
¡Ay, cielo! últimamente
vi al colmo de mi deseo
puesto en lugar de ese maula
a un Oriental que apreceo.

Diálogo
Que tuvieron hacen pocos días dos lanceros de los del valeroso comendante Otamendi, Zenón Núñez y Jacinto Roca

ZENÓN: Con que, amigo, ¡voto alante!
¿cómo le ha ido esta mañana?
ya lo vide allá en sus glorias
floriándose... ¡la pujanza!
mire que es arrejador.
Ya se ve, con esos maulas
¡quién no retoza!

JACINTO: Es así:
porque está muy desganada
de tirarse con nosotros
toda esa Teruterada,
desde que la tiene Urquiza
enteramente aperriada:
y aunque hay algunos pintores,
todo eso no vale nada.

ZENÓN: Por eso será que a mí
me parece tan holgada
aonde quiera que se ofrece
pegarles una tantiada;
y como anda nuestra gente
tan lindamente montada,
y además andamos todos
rivalizando en la fama
del que atropella primero,
siempre me encuentro con ganas;
y en cuanto medio se ofrece,
ya lo ha visto, como gala
se me hace el cortarme solo,
y pegarle una sentada
al pingo entre todos ellos:
velay mi gloria.

JACINTO: ¡Bien haiga!
Pues yo también la otra tarde,
estando en una avanzada
se ofreció un lance, y, ¡qué Cristo!
hablé al oficial de guardia
y le pedí su permiso,
porque me sentí con ganas
de hacerles una pregunta.
Me soltó a la disparada,
y ya también largué el poncho,
salté al tiro, y cargué la arma:
y enderecé al galopito
rumbiando a lo de Balcarza,
por aonde topé a mi alférez
que venía en retirada
con unos catorce mozos
de devisa colorada:
¿no los vido?

JACINTO: Sí los vide:
fueron los de una avanzada
que enterita se pasó:
pero, ¡ah, gente desaviada!
tan completa es la miseria
que sufre la paisanada
sumida en esos barriales;
y luego, tan atrasada
como está de mancarrones,
porque ya la reyunada
ha espichao toda enterita,
con la flacura y la helada,
sigún cuentan ellos mesmos;
y luego la caballada
que le dicen de reserva,
de flaca y de maltratada
no puede con la osamenta:
¡barbaridá!

ZENÓN :Y eso es nada; ayer yo entré a platicar
con un sargento pasao,
mozo gente y racional,
y vea lo que contaba
con toda formalidá:
dice, que desde el Azul
lo mandaron para acá
junto con los veteranos
que vinieron desde allá,
de los que hoy en estos pagos
no han quedao ni la mitá,
y que no se han ido todos
a la fecha, porque está
muy oprimida esa gente,
pues no dejan apartar
a naides del campamento
una cuadra más acá;
y luego que en el servicio
no los dejan resollar.
¿Y de miserias? ¡Ah, Cristo!
Pena me dio oírle contar
las hambrunas que padecen
y lo desnudos que están.
Y en ancas, diz que los tratan
con tanta riguridá,
que por la falta más chica
les arriman sin piedá
más estaca y más azotes
que flores tiene un cardal.

JACINTO: ¡La pujanza! de ese modo
¿quién diablos puede aguantar?
¡infelices! ya se ve,
sólo a fuerza de crueldá
pueden medio sujetarlos.

ZENÓN: Pues ansí mesmo se van
en tropillas de a sesenta,
sin que los pueda atajar
temor de ninguna laya,
cuando a los campos se van;
pero este mozo me dijo,
que la gran dirficultá
es hacer el arrejón
de venirse a la ciudá,
porque a todos los que pillan
viniéndose para acá,
al momento el Diretor
los manda beneficiar,
yéndoseles al pescuezo
como en los tiempos de atrás
pero usté sabe, aparcero,
que empezándose a raliar
la gauchería, es de balde
el quererla sujetar.
En vano Urquiza se apura,
los criollos se han de escapar,
y por más que los oprima
se le han de venir no más,
como lo hacen.

JACINTO: Es verdá:
cada rato están cayendo
a presentarse en tropillas.
Hoy tempranito vinieron
como unos veinte hechos tiras,
de rotos y de mugrientos,
los que ya están remediaos:
porque como acá el Gobierno
apenas se le apresentan,
aunque algunos le haigan hecho
diabluras de cualquier laya
falsiándole en otro tiempo,
en el día no les hace
cargo ninguno por eso.
Al contrario, los auxilia
y los atiende lo mesmo
que a los que desde el principio
se han aguantao en el pueblo.

ZENÓN: Mesmamente, ansí los trata,
y yo soy testigo de eso:
porque antiyer me mandaron
a la casa del Gobierno
de orden de mi comendante
para llevar unos pliegos,
y al entrar, el corredor reparé que estaba lleno
de los pasaos de ese día;
que allí estaban recibiendo
nada más que por lo pronto
cada uno trescientos pesos
y lueguito les rodearon
una porción de puebleros,
que entraron a platicarles,
hasta que salió uno de ellos
para la calle y volvió...
¡ah, mozo lindo! trayendo
una porción de moneda,
que en papelitos de a ciento
a cada mozo pasao
le largó uno, y por supuesto,
últimamente, esa tarde
me encontré con todos ellos
alegres: pero, paisano,
¡diaónde poder conocerlos!
Ya se ve, todos andaban
tan lucidos y compuestos,
de chaquetas y calzones
y botas y ponchos nuevos,
con plata y muy divertidos,
pasiándose por el pueblo.

JACINTO: ¡Lindamente! así me gusta
que traten a los paisanos;
y luego verá que todos
tocan a su desengaño,
y el que no se venga al pueblo
se larga para su pago,
golpiándosele en la boca al Diretor entrerriano:
¿no le parece?

ZENÓN: Cabal.
En fin, me voy retirando
al cuartel, porque ya es tarde
y medio me va picando
un sueñito rigular:
¿si gusta mandarme en algo?

JACINTO: Cosa ninguna. Hasta luego.

ZENÓN: Hasta la vista, cuñao.


Enfermedá incurable del Diretor de la docena del flaire

Desdichadamente para la organizadura de la Confederación, con las humedades de pajuera, Vuecelencia, de quince días a esta parte, se encuentra tan apurao y enfermo de la barriga, que nada le para en el BUCHE: y lo han puesto en pior estado la descarga de purgas, vomitivos y lavativas que le han echao varios de sus jefes que fueron; y los cuales al fin le han sacao el cuerpo, porque ya Vuecelencia jiede a muerto. Velay los nombres de los que más lo han atrasao al organicista.

El coronel Pinedo, no sé qué le hizo desde Barracas, con lo cual el Diretor, de un solo pujo, largó toda la escuadrilla del Riachuelo.

El almirante Coe: éste le atracó con barbaridá a Musiú Larruá; y luego el Diretor, aunque medio atorándose, de golpe desembuchó toda la escuadra.

Luego de acá, el general PAZ, de lástima, y sin embargo de que en su vida nunca le dio una ración de afrecho al Diretor, no sé qué le recetó en esta ocasión, que don Justo José vomitó enterita la Isla de Martín García con todos los cañones y soldaos que allí estaban, y más tardecito una boleta grande que de Montevideo lo manda le mandaban a Vuecelencia, cargada de pólvora y balas, que tan escasas andan por San José de Flores:

¡infeliz!
¿Y el coronel don Laureano Díaz? éste sí que anoche lo ha tullido, atracándole a Vuecelencia una sangría que le hizo soltar lueguito toda la división Chivilcoy y trescientos caballos: y debe ser cierto, porque yo anoche estuve platicando con el coronel Díaz y le solté un abrazo; y esta mañana ya vide a los muchachos que andaban muy lucidos pasiando entre los suyos.

Por último, se sabe positivamente, que por atrás del Diretor ya le andan con la jeringa cargada, para soplarle la última lavativa con ortigas de los campos del Norte, y en ésa... el organicista largará sin duda hasta las entrañas.

Pues, sin embargo de estos atrasos, Vuecelencia todavía hasta esta mañana contaba con los auxilios que podía darle un amigo muy ricachón que tiene en Montevideo, llamado don Samuel Lampalagua: el mesmo que, cuando Vuecelencia andaba en el peral, lo acariciaba mucho, pero hoy, apenas ha sabido los atrasos del Diretor, por todo auxilio dicen que sólo le ha mandao para cada gaucho un libro de la Biblia, y eso, a cambalache de Biblia por Vaca. Y por todo alimento le aconseja que COMA GALLO.


Nº 7
Buenos Aires. - Julio 12 de 1853.

Al ruido de tanto cuhete
y salva y musiquería,
y noticias y alegría,
y funciones que han habido...
El Gallo número SIETE
(con perdón del auditorio)
le soltaré al Diretorio,
hoy que está medio aturdido:
Y que bien puede a esa jaca
entrerriana, tan sonada,
con una púa tapada
salirle el Gallo a reñir;
Sin que sea una balaca
decir que en este revuelo lo voy a dar contra el suelo,
y acabarlo de aturdir.
Con esta siguridá,
allá va el Gallo, señores,
para san José de Flores
aonde hay cierta confusión...
Por no sé que novedá,
de que se ven polvaderas
por atrás... otras frioleras
para la Custitutión...

Antes de ayer domingo a las nueve de la noche, después que tocaron a silencio en mi cuartel, me puse a componer este Gallo junto al fogón, cuando sentí que las campanas de Santo Domingo tocaban agonía o rogativa, que es remedio emplumático o diplumático; y lueguito se me puso de que a esa mesma hora algunos caballeros estarían rogando quizás por que salga de cuidao la Direturía: ¡Dios quiera! y para eso le he compuesto el siguiente argumento ensilgao, trinao y aterminachao:

Para que se diviertan los diputaos congresudos menos uno -el Sr. Dr. Zuviria (¡y que no subía y que no entendía!)

ATENCIÓN
Amarguísima, apretadísima y tristísima debe serles esta gaceta, tanto al titulao, empantanao y atribulao Diretor, organizador y manotiador, como a la pandilla de polilla que acaudilla sin concencia Vuecelencia... y tenga pacencia; porque yo en la ocasión presente, lo único que puedo hacer en alivio de su amargura, tristura y apretura, es largarle con suavidá, velay el número SIETE DEL GALLO, sin más intención que la de, atracarle a Vuecelencia, por el mesmo número, siete palabras las más tuperolíticas (¿entiende?) de una sentencia inicutible (¿oye?) y macacuna, que dice en siete voces por la estamborlonga esta trupefática verdá... que a la vuelta va:

¡Justo José, el último mono se ahuga!

¡La pujanza en la letra que dice poco y fiero! Y yo en ancas dígole, que la tal sentencia le cai al señor Diretudo, tanto al lomo como al pelo, y que se me hace muy razonable la comparancia entre un mono y don Justo, que anda presentemente arrepresentando el último gauchi-macaco, altanero, fullero y balaquero, que en estos tiempos todavía pretende embozalar, estaquiar, y tiranizar a la paisanada, tan baquetiada, arruinada y desengañada, y particularmente a los Porteños; a quienes se nos ha dejao cair el Diretor Bambolla de Mogolla o de Nogoyá, echándola de autoridá costitucionuda, colmilluda y peluda, y, al fin, saliéndonos con todas esas gollorías antiguallas a la cola de todos los diablos gauchi-albitrarios, que nos han aniquilao a guerras y pendencias al ñudo; desde el malevo su paisano Ramírez el mentao hasta el gran veterano Restaurador reculao.

Pues, sí, señor: sin la menor duda, el tal Director de Mogolla es el último mono melitar de la recua, que ha salido a la cola de todos los de sus mañas, y como tal, por el destino que reza la sentencia de las siete palabras, velay que ya está Vuecelencia acorralao, trajinao y apichonao entre las chacras de la orilla, hasta que, si quiere juir, se ahugue ahí no más por la cañada de las Conchas, si antes no forcejea y se entra a Buenos Aires atrás de la yeguada que piensa largarnos de vanguardia.

¡Ahi-juna el salvaje unitario entrerriano! ¡Si será táutico y escuadronicista, y maniobrista, y cabulista! Véanlo cómo se nos quiere venir por atrás de las yeguas. -¡Valiente! hacerse el bagual un general tan gamonal y custitucional. ¡Qué barbaridá! y tanto como se reíba el Diretor de las cábulas de su amigo Alderete.

Vaya, vaya. Eso es broma, pues con todo su plan de atacamiento y atropellamiento, es el cuento que el general Yeguarizo se está frunciendo seguido, después del grandísimo guascazo y atraso o chaguarazo que ha sufrido su organizadura, y la capadura y la jura de su Custitución, y sus cotigentes; por los cotigentes que de atrás le está trajinando y desenvainando el señor general Flores.

¡Ah, Porteño superiorazo, como todos sus compañeros! Vaya unos mozos... lerdos; como los señores menestriles del Gobierno de Buenos Aires:
¡Mirá qué gloria!
echarle al Diretor
un pial por noria.

¿No es verdá, señor don Justo? Pero... ¡qué Cristo! Vuecelencia es un duro en cualquier apuro, y de siguro:
Por atrás de la yeguada
se nos viene cola alzada,
y acá... no lo hacemos nada!

Pero, escúcheme, señor: no quisiera verlo apeligrar, y por eso le aconsejo que se acuerde de su finao hermano el señor don Juan José. ¡Ah, hombre cristiano aquél! siempre tengo presente cómo le decía, apenas Vuecelencia llegó a Palermo, y comenzó a manotiar y relinchar, y bellaquiar.

¿Se acuerda? El hombre le decía; -«Justo, hermanito, volvete a tu tierra; no te metás a organicista de los Porteños, porque sos muy tupido, y acá en Buenos Aires no te han de aguantar tus barbaridades.

Volvete, Justo a tu tierra, porque, sino, te van a trajinar los Porteños. Mesmamente, lo aconsejaba lindo: y yo siento no poderlo aconsejar lo mesmo, porque ya es tarde, y ahora la cosa de volverse a Entre Ríos está peliaguda; por eso sólo le aconsejaré que se deje de pensar en las yeguas, ni en andar haciéndose el murciégalo para tirar cañonazos a oscuras de allá de entre los cercos; porque ¿a quién piensa matar de ese modo? ¿a las viejas o las criaturas? ¡Infelices! ¿A las Porteñas? ¡Diaónde! siendo Vuecelencia tan aficionao a las buenas mozas.

¿A los Guardias Nacionales gauchos y cajetillas? ¡Uh! para eso véngase clarito, al amanecer, si quiere morder, aunque lo hagan per...der el rumbo; sin embargo que lo mejor que puede hacer es venirse pasao y mansito, como le dije en el Gallo número sexto. ¿No le gusta lo del sexto?

¿A que sí? ¡Cómo no! pues si le agradó y quiere entrar suelto a la ciudad, haga lo siguiente...
Como en aquel memorable 19 de febrero... (¿se acuerda?) Muente en un pingo escarciador y que haga sonar mucho el coscojo. Pero antes, póngase las botas con borlas: luego la casaca chapiada, y encima acomódese aquel VERICÚ de raso colorao, que tenía un plato de metal amarillo en las puntas y que le venía golpiándole en los cuadriles, ¡ah, cosa! y luego el sombrero gachón; y atufao, sin saludar a naides, se cuela por la calle del Perú, que, si no le echa flores alguna moza, le echará otra cosa más olorosa: pero, como es hombre indiferente a todo, no haga caso, aunque los criollos le griten por la estamborlonga:

¡Justo José, el último mono se ahuga!

Carta que le ha escrebido, al momento de desembarcarse en la Costa del Norte, el porteño José Palma, soldao del ejército del señor general Flores, a su mujer Trinidá Leiva, que se halla en Buenos Aires.




¡Viva la Patria!
Costa del Norte, a 4 de julio de 1853.

A doña Trinidá Leiva.

Muy de priesa y almariao
del maldito movimiento
de la boleta, al momento
de haberme desembarcao:
Desiando saber de vos,
lueguito, mi Trinidá,
con salú y felicidá
te escribo, gracias a Dios...
Después de andar almigrao
por esa Banda Oriental,
junto con mi general,
sin ladiarme de su lao...
Hasta hoy que vuelvo a mi tierra,
con el mesmísimo empeño
con que el gauchaje porteño
está cayendo a una encierra,
En la cual la paisanada,
y en la punta el viejo FLORES,
como siempre hará primores
si se ofrece una voltiada.
Pero, chinita, ¡qué frío
está haciendo tan cruelazo!
y escrebirte a campo raso
hacete cargo, bien mío.
Pues, así mesmo contento
sacudo el poncho y la helada,
y todo se me hace nada
a fin de lograr mi intento:
Que es traírte con mis hijitos
a mi pago desolao,
pues ni yeguas han dejao
los Urquizanos malditos;
Y ver mi tierra salvada
como el criollaje desea,
sin consentir el que sea
la Provincia retaciada Por un gaucho forastero
que nos quiere avasallar;
el mesmo que ha de largar
en estos pagos el cuero.
Él no sabe la empalmada
que FLORES le ha estao armando,
y ya se la va largando
como quien no le hace nada.
Pero es tal, y de manera,
que le ha de causar sudores
a don Justo, en cuanto FLORES
le meta la Lujanera.
Más vale que al Diretor,
ahí no más por Maldonao,
lo dejen solo y plantao
como poste rascador.
Porque si la Entrerrianada
piensa medio endurecer,
nadita le hemos de hacer
en la primera topada.
¡Pero, qué! no te aflijás:
ya al Diretor los paisanos
y sus mesmos Entrerrianos
lo maldicen a cual más;
Y no han de querer de pavos
hacer en pagos extraños, tras de una máquina de años
que los trata como a esclavos...
Ese Urquiza, que pudiera
acordarse alguna vez,
de que últimamente no es
más gaucho que otro cualquiera;
Y que con toda su facha
y su altivez y rigores,
hoy los milicos de Flores
le han de limpiar la caracha.
Con que ansí, china, repito,
por mí no tengás cuidao,
que estoy bien acacharpao
y de nada necesito...
Sino de darte un abrazo
cosa de que relinchés
de gusto al verme, tal vez
de aquí a unos días, si acaso.
Últimamente, ya ves
que en papelitos de a cien
te mando quince, mi bien,
con los mesmos que podés.
En el pueblo hacer primores,
y comprar prendas de rango,
y luego hacer un fandango
a salú del CRIOLLO FLORES,
Nuestro general querido,
quien lo ha de sumir la bolla
al Diretor de Mogolla
que ya está cuasi tullido.
Después, a los defensores
del pueblo me les dirás,
que ya andamos por atrás
de Urquiza... los boliadores;
Y que al fin, si a estos lugares
lo hacen juir en un apuro,
sólo yo, les asiguro,
que le prenderé DOS PARES.
Con que, china, espero en Dios
que nos veremos prontito:
mientras tanto te remito
mi corazón para vos;
Y a mi suegra y a mi suegro
les darás un par de abrazos,
pues ya sé que están buenazos,
de lo que mucho me alegro.
Y por fin, china de mi alma,
cuidame a los muchachitos,
y dales muchos besitos
por tu gaucho... José Palma.


La última vichada y despedida del Diretor

Otra vez a la vigía
hoy de mañana trepé,
y a don Justo lo viché
liando a la juria el recao;
Y que a un negro le decía:
«date priesa, por favor,
que me largo a ese vapor,
que está en Palermo fondiao.»
Y a ese tiempo le llegó
de Entre Ríos un paisano,
que le entregó en propia mano
un envoltorio en papel:
El cual lo desenvolvió
don Justo con impacencia,
y se encontró Vuecelencia
nada menos que ¡UN CORDEL!
«¡Cómo es esto! dijo el hombre
¡Es posible que los míos,
los mesmos del Entre Ríos,
también me quieran horcar!»
«¡Cabal, señor! no se asombre,
dijo un cabeza melada;
se empeña la Entrerrianada
en hacerlo pataliar.»
«Y hasta a mí, en la situación,
viéndolo tan cuesta abajo,
no me sería trabajo,
sino todo lo contrario:»
«Le atracaría un tirón
por ñato, por revoltoso,
por bruto, por ambicioso,
y por ¡salvaje unitario!»
«¡Ahi... juna! le dijo Urquiza
¿vos también eso decís?»
y va le soltó a Purvis
que al melao se le prendió.
Y en seguida a toda prisa
con unos calzones raídos
el ñato, fundillos caídos,
para el bajo atropelló;
Y atrás de él su perro bayo,
que, no hallando en el camino
a quien morder el indino,
quiso prendérsele a un GALLO,
que le cantó:
¡Cocorocó! ¡Cocorocó!
Y le dio tal convulsión,
en el bajo, al triste Urquiza,
que recibió a toda prisa
apenas la SANTA UNCIÓN!


Nº 8
Buenos Aires. - Julio 23 de 1853.

Memorias de un PAYADOR y del Organizador

Puede ser tan vanidoso
cuanto el hombre quiera ser:
pero no es bueno decir,
de esta agua no he de beber.
Y en este mundo engañoso
cuando el hombre menos piensa,
otro le hace un beneficio
en pago de alguna ofensa.

Evidentemente, así sucede en la vida: y en estos últimos días toda la paisanada, si no ha visto, a lo menos ha oído las mentas de la juida espantable que el fantástico y finao Diretor pegó asustao desde su campamento, atropellando los pantanos hasta caír al río, aonde se azotó a la agua ensillao y embarrao, y, a juerza de zambullidas, a la madrugada consiguió embocarse en una chalana o qué sé yo.

¡Óiganle al duro y se duebla! Pues bueno; y supuesto que todos sabemos también que don Justo el juidor no se hubiera escapao, a no ser por los grandísimos favores que le han hecho hasta sacarlo medio a la cincha los Sres. Cipotenciarios Uropeos: cosa que endeveras me ha gustao, porque esos caballeros uropeos, en otros tiempos aciagos para los Argentinos, también en sus mesmos barcos amparaban a muchísimos paisanos y los salvaban de que la Mashorca (con perdón de la infusión) les tocara la Refalosa, y porque yo también, viéndolo apurao, no digo a cualquier paisano infeliz, al mesmo Diretor lo hubiera alzao en ancas. Sí, señor: y digo lo que siento.

Con todo: al reflexionar lo favorecido que se ha encontrao Vuecelencia por los caballeros Naciones, se me apresenta un cabe muy lindo para hacerle al triste Diretor un recuerdo de cierto caso, muy al caso y acorde con la primer copla de este Gallo nº 8.

Y mucho me alegraría que con esta lecioncita, tanto el vanidoso don Justo, como otros tantos ambiciosos y soberbios, medio se arrosinen siquiera en vista de los vaivienes del mundo y de la fortuna.

Dígole, pues, al auditorio, y digo la verdá: que, allá a fines del mes de julio del año cincuenta y uno cuando invadió don Justo José a la Banda Oriental, aonde se le hacía el campo orégano, como que se iba a la fija con una reserva de diez y seis mil soldaos brasileros, y dos mil correntinos superiorazos, contando en ancas también con la mitá de todos los Orientales, y de yapa con las tropas porteñas que estaban con Oribe aburridas de éste y más aburridas de don Juan Manuel Rosas; entonces, pues, el balaquero bravo Diretor, en cuanto atravesó el Uruguay y que se le pasó el general Servando Gómez con todos los Orientales, don Justo, viéndolo a Oribe en el refaladero, se le fue encima media al galope con la vanguardia entrerriana, y a pesar de que era en lo más rigoroso del invierno, la vanguardia pegaba unas trasnochadas de mi flor, sin oler carne ni tabaco a veces hasta en cuatro días.

Es de alvertir que Vuecelencia, como siempre es tan mansito para soltar órdenes, apenas atravesó el Uruguay, de la costa de Paisandú no más, ya largó una orden de palabra, privando bajo pena de la vida el que naides pudiera vender aguardiente, y ¡cuidadito!

Pero, como el general entrerriano se iba sobre el peral, ¡ahi-juna!

en cada trotiada avanzaba diez leguas, de suerte que, aonde acampábamos, el vecindario no podía saber las órdenes que don Justo José había largao diez leguas a retaguardia, y mucho menos cuando la vanguardia entrerriana rigularmente ocupaba algunas veces ciertos campamentos, lueguito que los abandonaban los soldaos de Oribe.

Pues bien: un día, ahora no me acuerdo fijamente del día ni del nombre del paraje aonde sucedió el caso arriba prometido, que fue así como sigue.

A poco rato de acamparse la vanguardia, sucedió que estaba Vuecelencia junto a su carpa, cuando alcanzó a ver a un tape, soldao de su escolta, el cual venía a pie medio ladiándose; apenas don Justo José le echó el ojo, ya se atufó y mandó que le trujieran al pobre tape, el cual, a la voz de «el general te llama», cabrestió todo achuchao y encogido, y sacándose luego el sombrero lo llevaba agarrao con las dos manos como apretándose el umbligo, y como hacía muchísimo frío tenía atadas las carretillas con un pañuelito viejo. Así fue como se le presentó el soldao a Vuecelencia, que al istante le dijo colérico:


-Sacate ese pañuelo de la cara, lechiguanero.

-Velay, señor, me lo saco.
-¿Diaónde venís?

-Vengo de allisito, mi general.

-¿Diaónde? decime pronto.

-Velay, señor, de esa casa que está en la cuchilla.

-¿Y por qué te has apartao del campamento? ¿no sabés, hijuna gran p... cómo se sirve conmigo?

-Sí, señor, mi general: pero la verdá, me arrimé a las casas... de hambre y por ver si trajinaba...

-¡Umb!... ahora yo te haré trajinar y que se te quite el hambre, ¿Por qué no has comido, borrachón?...

-Pero ¿el qué, señor? si al cruzar el río Negro se me cayó en la agua una tumbita que traíba a los tientos, lo que se me mojaron; esto hace ya cuatro días, y como no hemos vuelto a carniar...


-¿Y qué has comido ayer?

-Nada, señor: antes de ayer sí, de mañanita me allegué a la carpa del mayor Gómez que estaba junto con el coronel Fausto, y allí me comí dos velas de sebo, lo mesmo que el mayor se comió cuatro y otras cuatro el coronel Fausto.

-Callate, ladronazo mentiroso: ¿cómo no has hallao qué churrasquiar, y has encontrao cómo emborracharte?

-Si no estoy en pedo, señor, sino medio templadito, y eso... porque sentía tantísimo frío, que...
-¡Umb!... ahora te haré quitar el frío y la tranca; pero decime, ¿diaónde has sacao qué chupar?
-Señor, como llegué a las casas y no había nada más que comprar, gasté un rialito de anís, que me vendió...

-Que te vendió ¿quién? Andate ahora mesmo con estos otros maulas, y traíme acá al que te vendió aguardiente.

-Sí, señor: a la juria.

Lueguito no más salió el tape con otros tres soldaos de la escolta, rumbiando para las casas, diaonde al ratito volvieron trayendo medio al trote al pulpero, que era Nación, medio bozalón en castilla; quien además llegó enteramente asustao a presencia del Diretudo, mucho más cuando lo vio con casaca entorchada y con el sombrero echao sobre los ojos, que le relumbraban como ascuas, y con las narices hinchadas de puro guapetón. Al recebir al pulpero díjole a gritos


-¿Quién es usté? diga pronto.
-Yo sui francé, musiú le general: a votre servicio,

-¡Umb!... acá no estás en Francia: y yo no necesito servicios de gringo ninguno.

-Güi, musiú le general.

-Déjese de musiú: hable en castilla: ¿qué anda haciendo por acá?

-Bien, musiú: yo está la pulperrí que tiene la casa sur la cuchille.

-¡Umb!... yo te daré musiú cuchill, pícaro gringo.

-Pardone moa, musiú le general, yo no comprán.

-¡Perdón! respuenda: ¿por qué me ha hecho mamar a este tapo saltiador?

-Yo no comprán pas, yo sui francé.

-Yo no le pregunto si le ha comprao pan francés, sino ¿por qué le ha vendido aguardiente a este soldao borrachón?

-Bien: a present, yo antiend poquit: le soldat ma achetá et yo lui vendu...

-¡Ah, pícaro tape! (al soldao) ¿con que vos le has sacao un machete a este otro diablo para que te vendiera a la juerza?

-¡Diaónde, señor! yo no le he sacao nada al hombre; sino que me desprendí el cuchillo para sacar un rial que traíba entre la vaina, y con ése le pagué el anís: ¿no es verdad, patrón?

-Y entonces, vos, pícaro carcamán, ¿a qué venís mintiendo con que te han sacao machete?

-Maintenant, dijo el Francés, abriendo tamaños ojos, yo no comprán pas, parce...

-¡Qué mi teniente ni qué aparcero! echate al suelo: y vos, tape borracho, degollalo aquí mesmo a este gringo, para que sus paisanos apriendan a respetar mis órdenes.

Como al vuelo desenvainó el tape un alfajor de dos tercias, y con la zurda quiso echarle la garra al Francés, que en cuanto conoció el peligro, todo atribulao y llorando (repito que esto es verdá), se tiró al suelo, y se le prendió de las patas pidiéndole clemencia al Diretudo. Al mesmo tiempo el mastín Purvis también se le afirmó en un costao al afligido musiú, y del primer tarascón le arrancó media chapona con camisa y todo, y de yapa una lonja del sobre costillar.

Entre tanto, el tape y otro soldao más a tirones querían despegar al Francés del lao del Diretudo; pero, para eso era menester arrastrarlos a los dos, porque el Francés ni por los diablos lo largaba, hasta que, en fin, a la cuenta el general, temiendo que el Francés desesperao lo mordiera, les mandó a los soldaos que se retiraran, al mesmo tiempo que el infeliz pulpero, rendido de luchar por la vida y bañao en sangre y sudor, quedó medio desmayao a los pies de don Justo José; quien apenas se vio libre de los brazos del pobre musiú, dándole una patada despreciable (¿se acuerda, señor custitucionero?) le dijo estas cariñosas palabras:

«¡levántate, gringo de m... flojonazo!» ...y luego, dirigiéndose en rueda a muchos jefes que allí se juntaron a la bullanga, les dijo también el Diretudo: «velay tienen un diseño en este gringo trompeta de lo que son de guapos todos esos Franceses mentaos de paisanos de Napolión!... Sáquenlo de mi presencia, y suéltenlo, que se vaya a la gran p... que lo p...» ¡Ah, general guapo!

Lueguito sacaron de allí a la rastra al pobre Francés, el cual, esa mesma noche, así mesmo todo estropiao y mordido, echó a juir campo ajuera, y al otro día me asiguran que amaneció de aquel lao del Yaguarón en la costa de Portugal, como a sesenta leguas de la cuchilla, aonde dejo abandonada la pulpería, para tener que acordarse toda su vida del Guásinton de la América del Sur.

Ahora, díganme, paisanos: ¿se podrá presumir que un hombre tan cruel y soberbio como se mostró don Justo en esa ocasión, llegando a titularse el Diretudo de la docena del flaire, y teniendo a su mando escuadras, y ejércitos y cotigentes, saliera de San José de Flores disfrazao de tahunero y juyendo asustao por cuatro gritos: y echándose por fin en brazos de los Urupeos, y muy particularmente en los de los paisanos del famoso Napolión?... ¡La pu...rísima en el caráuter!

En fin: Dios lo ayude en su tierra, si lo dejan ganar a Montiel, diaonde ya el hombre no debe volver a salir a los campos en toda su vida; porque si yo me viera en su situación, antes quisiera ser perro cimarrón o montaraz, y no que por ahí salieran los paisanos equivocándome con el Diretor ESPANTADIZO.

Ésta es la causa de los que hicieron, hacen o harán bien y mal por lo atrasao y lo actual.

Primeramente: hacen mal los que le piden al Gallo que cante así o asao, porque Aniceto es gaucho independiente, y no canta al gusto de naides, sino al son de la Libertá y por la LEY asigún la comprende; y no palmea ni afloja a los gordos, pues el Gallo en toda su vida sólo ha comido de lo que ha sabido escarbar trabajando, y no a costa de los gobernantes ni de los gobernaos, de quienes sólo precisa que lo hagan respetar como a gaucho bien portao.

Eso sí: muy bien hace el Gallo en confesar que las pocas plumas que le han quedao, después de la tremolina, se las debe a la Guardia Nacional; porque, si no, lo hubieran desplumao cuantúa: y todavía ¡quién sabe!

Aunque ya no es tan fácil.

Los paisanos de pajuera hicieron mal, y pior lo harán si otra güelta salieran cabrestiándole a cualquier diablo revolucionario de esos que salen redepente a rejuntar gauchos como animales, para traírlos y hacerlos peliar con los puebleros, que son tan gauchos como los de pajuera, y al fin paisanos, y aparceros y parientes unos de otros: mientras que los revoltosos que arman las pendencias sacan el cuerpo a las balas, y sólo se ocupan de cueriar todas las haciendas y de tragarles por cuatro riales las sementeras de los pobres gauchos. Así pues, en adelante hará muy bien cualquier paisano, de prenderle hasta la virola al primero que fuese a tantiarlo para armar otra revolución.
Además, harán muy lindamente los paisanos en no creer ya en opiniones, ni en que naides todavía tenga partido en esta Provincia, a no ser el gobierno que se calce POR LA LEY, a quienes los puebleros y los campuzanos debemos obedecer; y raírnos de las fantasías de algunos maulas ladronazos que rodaron fieramente junto con el Restaurador viejo, y todavía andan echándola de príncipes destronaos, cizañando y revolviendo, ganosos de volver a dominar a los paisanos a cuchillo y estaca, como los trataba en Palermo y los Santos Lugares cierto PAJARRACO fantástico, que ahora, fresquito, ha manotiao bastante y que antes era uña y carne con el tigre de los 20 años!

Por último: más que bruto debe ser el gaucho porteño que se someta a la esclavitú de naides, en nuestra tierra, aonde para agenciar cuatro pesos no falta en los campos muchísimo en qué trabajar, y hay tanta nutria que cueriar y tantísimas mulitas y perdices que comer, sin robarle un güevo a naides: y por fin, el paisano más lerdo sabe jugar mal al truco, y ocuparse en eso es más razonable que hacerse matar al ñudo, mucho más cuando cualesquiera paisano bien portao vale lo mismo que un rey -por la razón y la ley. -Adelante.

Harán muy mal algunos de la manada de los alzaos y coludos en venirse a relinchar garifos por entre las casas, después de tanto que han retozao y manotiao y engordao pajuera; y harán muy bien si se escuenden siquiera hasta que se pase la escasez de lana y cerda, porque si no los Nacionales y paisanos, que se han atrasao en esta trifulca, pudieran en desquite quererlos raboniar, cosa que el Gallo no aconseja ni aprobará, pero que no lo extrañará, teniendo presente cierto refrán que dice: ¡DEL LOBO UN PELO!

Harán muy fiero los que manejan los títeres, si ahora, después que se pasó el día de San Pedro y San Pablo, recién se les antoja el ponerse a jugar a las comadres y compadres con los mesmos que el mes pasao, cuando fue tiempo, no quisieron divertirse con los placeros a ese juego... ¡sino a las BOCHAS, con las cuales nos tiraban!

Más lindo hará el Gobierno, si, por los grandes servicios que ha hecho a la Patria la CHISMOSA, le manda echar una camisa blanca encima, porque, como la infeliz ha servido sin sueldo ni cargo en que poder pelechar, velay, al concluirse el pericón, se ha quedao muda y en pelota. Además, será bueno agradarla en razón de que todo lo que decía la Chismosa lo averiguaba de su compañero y amigo San Miguel, el cual se lo hacía vomitar al Diablo, como que está a la vista de que hasta hoy lo tiene apretao; de suerte que también será bueno quedar bien con el Santo, desde que hoy en día están saliendo algunos otros diablos, a quienes pudiera ser necesario apretarlos, sino junto a la torre de la Chismosa, a lo menos junto a la torre del Cabildo.

Hacen bien y bueno los defensores de la justa causa, en decirles:

¡zape, diablos! a ciertos gatos montaraces o montoneros, porque otra vez pudieran querer arañarlos a un descuido: y no hacen mal en pedir alguna siguranza por las dudas.

Últimamente, la señora Junta de Representantes ayer se ha portao muy en su lindo al hacer la nombrada del nuevo Señor Gobernador. Y por fin: el famoso Congreso custitucionero, aunque sea juyéndose allá entre los Guaicuruces, hará muy bien si declara en alta voz de que al yesquerudo Diretor lo han trajinao y fundido en Buenos Aires, echándole las CUATRO COSAS a tiempo, y sin más comodines ni cotigentes que:

Las PORTEÑAS,
La GUARDIA NACIONAL,
La GOBERNACIÓN,
Y la BATERÍA poderosa que le descargó el Sr. comendante D. BERNABEL ESCALADA

¡Y viva la jugada...! ¡y la portellada...! ¡y la paisanada!


Nº 9
Buenos Aires. - Agosto 4 de 1853.

De cómo fue zapallada la batalla de Caseros. -Planes de don Justo para la organizadura de otra Republiqueta Urquizana, y consejos del Gallo a los custitucioneros

Los paisanos letores y aficionaos al Gallo dispensarán el que me haiga empacao tanto para soltarles el número 9, en razón de haberme visto algo atrasao de salú en la semana pasada; y así mesmo he salido algunas veces a rastriar noticias, ganoso de saber con siguranza aónde diablos fue a tirar la rienda el enjabonao Diretor juidor y espantadizo; pero hasta ahora, sólo me han dicho (¡quién sabe si será verdá!) de que el hombre alcanzó a llegar a su tierra embarcao! y, en seguida del último sustazo fresquito, que se pegó en el Uruguay, al cruzar por junto a una boleta de guerra porteña que le tendió la ala por esos laos de Martín García.

Al cabo, después de ese sinsabor, diz que Vuecelencia llegó a Gualeguaichú, pueblo de su Quitapenas; y, a pesar de que allí trató de disimular el julepe que llevaba de la costa de Buenos Aires, no lo fue tan fácil, y al fin resolvió el desembarcarse, y se apió todo lleno de chichones, muy dolorido, y completamente machucao de resultas de tantísimo golpe que sufrió, a causa de los vuelcos y la rompedura del maldito carricoche que ajenió en San José de Flores para su juida tenebrosa del 13 de julio, cuando Vuecelencia por esos andurriales de las Blanquiadas tuvo la desgracia de empantanarse como rana, y la fortuna de saltar como un mono y prendérsele a las ancas de un chaná soldao; el cual en esa trifulca también se asustó fiero, desde que a Vuecelencia, con cargo y todo, de un rempujón lo echó al río con el agua hasta el encuentro, diaonde el Diretor azorao y medio haciéndose tortuga se echó a nadar, y felizmente, opilao de agua turbia, al fin consiguió salvar el bulto en un barco... ¡Toma Custitución! ¡Métete con los Porteños!

Después de todas esas aventuras custitucionales, me cuentan de que, en cuanto Vuecelencia llegó a la casa de la Comendancia en Gualeguaichú, se lavó con agua de olor hasta los talones; y, apenas se acacharpó de casaca bordada y su vericú colorao, mandó armar un baile rigularón para esa mesma nochecita: en el cual, Vuecelencia fue el primerito que salió haciendo punta, y ya también se le agachó a tres contradanzas, pelo a pelo con dolores y todo, hasta que algo fatigadón, allá a la media noche se les hizo perdiz del fandango, y acollarao se largó... dicen de que a morronguiar calientito y entregao a los deleites del dios Cupido.

¡Ah, gaucho toro!

A la cuenta, esa noche en Gualeguaichú, le darían friegas a Vuecelencia, porque me asiguran de que amaneció algo aliviadito de los chichones, aunque siempre dolorido y trasijao: pero, así mesmo, con dolores se sopló en una galera y salió rumbiando a Gualeguaicito. Digo yo que iría a salir de cuidao en su estancia mentada de San José.
Muy bueno: me alegraré que haiga llegao con salú; y, vamos a cuentas.

Pues, señor: parece muy natural y razonable el que, después de los amargos desengaños que lleva Vuecelencia de la Provincia de Buenos Aires, se habrá desalucinao y convencido de que su ponderada vitoria de Caseros no fue tal batalla sangrienta y reñida, sino una zapallada que tuvo de ojito o de fortuna, debida a la falsiada intencional que le hicieron todos los Porteños al Restaurador viejo; de quien, como decía desde muy atrás el paisano Donato Jurao, ya toda la paisanada estaba como está y estará hasta el pelo de aburrida y resabiada de la memoria de Rosas: y así es que lo maldicen incesantemente al reculao tirano, como a toda su pandilla de ladrones y despotones que, apadrinaos por don Juan Manuel, 20 años de un tirón, han aterrorizao y aniquilao esta tierra, degollando, azotando y esclavizando a los Argentinos de toda laya, y muy particularmente a los pobres paisanos de la campaña; a quienes cualesquier comandantón de Rosas los destinaba para soldaos eternos; y luego, por escuadrones enteros les sacaban el guano haciéndolos trabajar en fainas y cueriadas y sementeras, sin más provecho que el de ver, al fin de sus fatigas, de que los verdugos, jefes o gurupieses del Ilustre (algunos, no digo todos), resultaban ricos poderosos, llenos de estancias y palacios, alquiridos a costa de la miseria, las lágrimas, la sangre y el sudor de los pobres gauchos, de quienes esos diablos orejeros del Restaurador se creían amos albitrarios, como hasta ahora se presumen serlo todavía: en primer lugar, el príncipe de los Santos Lugares, opulento ricachón de ocho millones, quien todavía ambiciona a humillar y sobajiar más a este pueblo desangrao, que tantos años ha sufrido su albitrariedá y altivez, y la de otros verdugos del Restaurador que hoy se ostentan entre los buenos patriotas, después de la grandísima parte que han tenido en esta última solevación, que ha costao la vida de tantos infelices, padres de familia, y la completa ruina y desolación de nuestra campaña... ¡Malevos!

Y véanlos con el descaro con que se apresentan, en esta ciudá mártir y destrozada, a disfrutar de sus robos inmensos... Pero, si en adelante no se someten a respetar al Gobierno, y se acomodan a vivir trabajando, y particularmente no tienen, la concencia de devolver siquiera la cuarta parte de lo que le han robao a tantísimo infeliz, el Gallo les promete a esa pandillita de ahijaos del tigre de Palermo, y esos poquitos comandantones que han sido tan crueles azotadores y estaquiadores de los pobres paisanos, que los he de destapar hasta las uñas, con pelos y señales, para que en todas partes los conozcan, los maldigan y los acosen, echándoles hasta los perros bravos encima.

No hay cuidao: y, como le iba diciendo al fantástico Diretudo... Por el completo resabeo y aburrimiento de los paisanos a respeuto de Rosas y todos los tiranuelos que puedan salir en adelante, por eso le aflojaron en Caseros, y don Justo salió echándola de vencedor y perdonavidas; pues si allí los Porteños lo hubieran peliao de firme, puede ser que lo hubiesen basuriao o cuando menos aventao a los infiernos:

Como ahora, velay, de San José de Flores, con todas sus alianzas y cotigentes, lo han hecho juir espantao tan sólo una cuarta parte de esos, mesmos Porteños que le aflojaron cuando la zapallada, pero que en esta patriada le han hecho pie en las trincheras de Buenos Aires, a la par de los cajetillas que Vuecelencia quería tuzar por domagogos, y ayudaos lindamente por cuatro paisanos de pajuera, con los cuales el señor general FLORES, de atrás y a su tiempo, le largó a Vuecelencia un ¡VALE CUATRO! y con el grito no más lo zambulló en el río.- ¡Óiganle al maula! Con que así, olvide su fantasía de ñaupas, y permítame proseguir tratando de otras cosas.

Últimamente: ahora... por supuesto, como ya le conozco las camándulas pulíticas a Vuecelencia, estoy maliciando que el hombre, después de medio se le haiga pasao el susto de la juida, en cuanto se ha revolcao a su gusto allá en su tierra con dolores y todo, ha de estar encelao, y así lo calculeo hurguniando, y cavilando otra güelta en el cómo restaurar la Direturía de las catorce y pico, que se le escapó de entre las uñas, gracias a la ciega obedencia que le prestó al Congreso Custitucionero, asigún lo declara Vuecelencia en la última proclama que nos largó al disparar de San José de Flores: pues en ella confiesa mansito que el tal Congreso Guaicurú le ordenó el que se dejase de la organizadura y la retaciaduría de la provincia de Buenos, Aires y se largase a su tierra... ¡Ahi-juna, el Diretudo embustero!

Muy lindo: pero, yo respuendo de que a pesar de todo ese ordenamiento congresudo, Vuecelencia, como está acostumbrao a echarla de potestá, ha de porfiar cabuliando y revolviendo, siempre tirando a calzar cuando menos la direturía de la docena del flaire; pero también, cuasi asiguro que todos sus maquines los ha de hacer desde Entre Ríos no más; porque se me hace que don Justo José no vuelve a esta provincia ni por los días: sin embargo de que no ha de faltar quien lo llame, y de que del mesmo Entre Ríos y de Montevideo todavía algunos liendres desalmaos han de forcejiar por ilucinarlo con grandes promesas, a fin de hacerlo atravesar el Paraná, aunque sea a picanazos, para venirse esos diablos de lejos y atrás del Diretudo al manoteo de los cuerambres y los trigos; y luego, si acá la justicia anda lerdiando, entrarse a vender lo que haigan robao, como he soñao de que lo están haciendo algunos que fueron teruteros soberbios y copetudos, y que hoy, riyéndose de la orfandá y miseria que han sembrao, en Buenos Aires, están haciendo bailes por las calles, de naciente a poniente. Sí, señor, y ¡COCOROCÓ!

Ahora bueno: para que mi sueño no se vuelva una rialidá, a los poquitos güifaros urquizanos que por acá se nos andan fingidamente echando por el suelo, y a los que andan pajuera matreriando y por Montevideo cizañando, ya que tan ganosos están de tener títulos y cargos y manoteos, yo les aconsejo que escuendan las uñas hasta que Vuecelencia le largue todos los rollos al lazo de sus esperanzas, y llene entonces ciertas miras que yo y muchos paisanos sabemos que el Sr. Diretudo tenía, a resultas para si lo desbancaban de la presidencia custitucionuda, como lo han desbancao los Porteños; y por consiguiente, ahora las pondrá en planta.

A fin, pues, de que se aprovechen y pelechen a gusto y sin riesgo los que a toda costa quieren armarlo Diretor a don Justo José, voy a comunicarles dichas miras... Y allá van.

Pues señor: como Vuecelencia es hombre que no gasta tapujos, y que presume de tener mucho cacumen en el mate para organicista, me acuerdo que en los primeros días después de la zapallada, cuando llegó a Palermo, aonde comenzó a barbariar y matar y manotiar, por supuesto los Porteños principiaron a hinchar el lomo y no querían sufrirlo ni en la campaña, ni en la ciudá, diaonde solía venir el Diretudo muy enojao a los corredores de Palermo; y allí, cuando por casualidá me topaba, pretendía sacarse la punta conmigo diciéndome:

-¡Umb!... Mirá, Aniceto: los Porteños, tanto los gauchos como los dotores y los de varita, todos son unos bellacos, porque no me quieren obedecer (y que le obedecían), y se pierden (y que se perdían): se pierden, Aniceto, porque los he de colgar de las patas uno por uno (y que los colgaba) a todos, sean del pelo que fueren...

«Así, podés aconsejarlos de que no anden haciendo montoncitos, sino de que me obedezcan a mí que tengo montón grande; porque, si me enojo!

-¡Umb!... ya te digo, los he de horcar a toditos, o cuando menos me he de largar a mi tierra (y que no se largaba), y los he de abandonar (Ah, ¡malhaya! decía yo entre mí) a que se entiendan como puedan, porque, mirá, Aniceto: yo no pretiendo ni necesito para nada de gobernar en Buenos Aires (¡mentiroso!), porque hace mucho tiempo a que tengo un gran plan: y cualquier día puedo tomar medidas, para con mi provincia y la de Corrientes, y ciertos arreglos que puedo hacer (y que le hacían) con el Paraguay y el Imperio, organizar en el Entre Ríos una República linda y juerte; y ahí tenés que entonces me reiré de esta tierra y del mundo enterito. ¿No te parece?

-Sí, señor: le respondía yo rascándome la cabeza, porque me daba comezón la organizadura.
Pues bien, digo yo ahora: ya que Vuecelencia tiene tan a la fija el costitucionar una República Urquizana, todos los que a sangre y fuego lo han querido hacer Diretudo de las catorce y pico, velay tienen un cabe para acomodarse, largándose a la República de Gualeguaicito, y allá le pueden servir de congresudos, de duaneros, de escribinistas, de generales y coroneles, y comendantes, ecétera: y les prometo que se pondrán las botas con borlas, porque don Justo es hombre tan liberal para los salarios empliaos, que al jefe de polecía de la capital del Paraná le larga treinta pesos al mes... ¡cuando le paga! Sí, señor.

Con que así, todos los ambiciosos y revoltosos, en lugar de andar dando cuidaos a la Polecía de esta ciudá, pueden alzar moño y largarse a la Urquizana, aonde, por la custitución que echará Vuecelencia, deben darles galantías a todo bicho, particularmente a los gauchos entrerrianos y foranios; los que pueden acudir con la confianza de que para adelante el Sr. Diretudo les dará siguridá de no hacerlos degollar por un chaleco, ni de estaquiarlos porque siembren antes que Vuecelencia: ni desterrará a los Urupeos porque venden cebollas más baratas que el custitucionero: ni tampoco se enojará con los vecinos de los pueblos que compren pan blanco, y no le compren pan negro y jediondo del que Vuecelencia hace amasar por su cuenta.

No, señor; al contrario: los paisanos podrán sembrar zapallos y maíz un mes después del Diretudo, y tomar caña todos los domingos a la oración, cada cual en su rancho, y comer carne con cuero en las pascuas; y los Naciones podrán vender cebollas después que don Justo haiga encebollao toda la República. Pero, eso sí, en cuanto al paisanaje, cuidadito, ¡cuidadito!... en gritando Vuecelencia: ¡a las armas! para sostener su direturía, todo bicho, hasta los quebraos y tullidos, acudirán volando a presentársele, con las maletas llenas de ropa, buen poncho, y cuando menos una yunta de pingos gordos, como para hacer una campaña de un año sin churrasquiar en nueve meses; pues para eso antes les ha permitido sembrar zapallos, tomar caña el domingo, comer carne con cuero en las pascuas... y ¡Viva el Diretudo Costitucionudo y fundilludo!

Cortesías de Aniceto
Al licenciamiento de los Guardias Nacionales de la ciudá y la campaña; y a los soldaos veteranos de Buenos Aires

¡Bravos GUARDIAS NACIONALES,
Porteños, pechos de acero!
a quienes el mundo entero
aplaude por ternejales:
ya los tiranos fatales
de estos pueblos desdichaos,
para siempre escarmentaos
quedan por vuestro valor;
pues en alas del terror
han juido desesperaos.
Será de eterna memoria
un envidiable diseño
vuestro coraje porteño coronao por la vitoria:
como no será ilusoria
la LEY y la libertá
que sostendrán con lealtá
vuestras armas valerosas,
que ni Urquiza, ni otro Rosas,
ni el diablo las vencerá!

¡Valerosos Veteranos
soldaos de la sitiadura!
en cuya heroica bravura
se han estrellao los tiranos:
no más TIGRES inhumanos
altaneros rugirán
en este pueblo, aonde están
los INVENCIBLES, los liones,
los terribles batallones
que los despedazarán.

¡GUERRILLEROS de A CABALLO,
Argentinos valerosos,
más patriotas y famosos
que el Veinticinco de Mayo!
en la vida cantó el Gallo
alabanzas al botón:
así tengo a galardón
en decir: -Los guerrilleros
son guapazos verdaderos,
y no hay duda que lo son.
¡MILICOS del terne FLORES,
que han espantao al más bruto,
más vano y más asoluto
de los ñatos Diretores!
El Gallo de mil amores
les ofrece su amistá,
y en ancas... una verdá
les canta por sus cabales:
y es, que de porteños leales
pueden tener vanidá.
Y como gaucho que soy
de todas luces farol,
a la luna como al sol
consejos de gaucho doy.
Lo que ayer fue ya no es hoy,
que es tiempo de pelechar;
dejémonos de peliar;
vaya la guerra al infierno,
que al amparo del Gobierno
ya podemos trabajar.
Que al cabo, en estos destinos
a cada paisano es fijo,
que si Dios no le da un hijo,
el diablo les da sobrinos;
y a los gauchos argentinos
que nos gusta enamorar,
para medio acacharpar
nuestros hijos, o los de otros,
aunque sea en domar potros
es preciso trajinar.
Y por fin, caballerazos
los de pajuera y de adentro,
en disposición me encuentro
de soltarles cuatro abrazos;
y también cuatro balazos
le veré a gusto atracar
al que nos vuelva a trenzar
en pendencias o custiones,
para sostener ladrones
que nos hagan dijuntiar,