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jueves, 18 de enero de 2007

POESIA:HERMANN HESSE


POESIA
HERMANN HESSE



ESBOZO

Frío crepita el viento otoñal entre los secos juncos
agrisados por la tarde;
Aleteando, las cornejas vuelan del sauce a tierra adentro.
Solo, un anciano se detiene un instante en la orilla,
siente el viento en sus cabellos, la noche y la nieve
inminente; eleva su mirada de los bordes de sombra hasta la
luz, allí donde, entre mar y nube, cálida sonreía aún,
iluminada, la cinta de una orilla lejana:
áureo más allá, dichoso como el sueño y la poesía.
Firmemente retiene en sus ojos la fulgurante imagen,
piensa en la patria, recuerda sus buenas épocas,
ve empalidecer el oro, lo ve extingirse,
se vuelve y, lentamente, se dirige
del sauce a tierra adentro


PÁGINA CON ESBOZOS

El viento del otoño cruje con frialdad entre las secas cañas,
ha envejecido con el anochecer;
tierra adentro, desde los sauces aletean cornejas.
Un viejo solitario descansa en una orilla,
siente el viento en su pelo, la noche y la nieve que se acercan,
desde la orilla en sombras mira la luz enfrente
donde entre nube y lago la líneade la costa más lejana
todavía refulge en la cálidda luz:
un allende dorado, feliz como la poesía, como el sueño.
La mirada sostiene con firmeza el cuadro iluminado,
piensa en la patria y en los buenos años,
ve cómo el oro palidece y se extingue,
se aparta y lentamente
camina tierra adentro desde la salceda.

ENSEÑANZA



Algo más, algo menos, mi querido muchacho,
las voces de los hombres son todas un engaño;
sólo somos honestos cuando niños,
y ya después en el sepulcro.
Yacemos luego junto a los que nos precedieron,
sabios al fin y llenos de fría claridad,
y con los huesos blancos crujir hacemos la verdad,
y alguno mentiría, otros preferirían una vez más vivir.

EL LOBO ESTEPARIO



Yo, lobo estepario, troto y troto,
la nieve cubre el mundo,
el cuervo aletea desde el abedul,
pero una liebre nunca, nunca un ciervo.
¡Amo tanto a los ciervos!
¡Ah, si encontrase alguno!
Lo apresaría entre mis dientes y mis patas,
eso es lo más hermoso que imagino.
Para los afectivos tendría buen corazón,
devoraría hasta el fondo de sus tiernos perniles,
bebería hasta hartarme de su sangre rojiza,
y luego aullaría toda la noche, solitario.
Hasta con una liebre me conformaría.
El sabor de su cálida carne es tan dulce de noche.
¿Acaso todo, todo lo que pueda alegrar
una pizca la vida está lejos de mí?
El pelo de mi rabo tiene ya un color gris,
apenas puedo ver con cierta claridad,
y hace años que murió mi compañera.
Ahora troto y sueño con los ciervos,
troto y sueño con liebres,
oigo soplar el viento en noches invernales,
calmo con nieve mi garganta ardiente,
llevo al diablo hasta mi pobre alma.

REFLEXIÓN



Divino es y eterno el Espíritu.
Hacia Él, cuya imagen e instrumento somos,
conduce nuestro camino, y es nuestro entrañable anhelo
llegar a ser como Él, fulgurar con su luz.
Mas del barro y mortales nacimos
e inerte pesa en nosotros, criaturas, la gravedad.
Aunque amor y cuidados maternales nos brinde Natura,
y la tierra nos nutra y sea cuna y tumba,
la paz no nos otorga;
paternal y próvida, deshace
la chispa del Espíritu inmortal
de Natura el amoroso encanto:
hace hombre al niño, diluye la inocencia
y nos despierta a la lucha y la conciencia.
Así, entre padre y madre,
así, entre cuerpo y espíritu,
vacila el hijo más frágil de la Creación:
el hombre de alma temorosa, pero capaz de los más
sublime: un amor más fiel y esperanzado.
Arduo es su camino, la muerte y el pecado lo alimentan,
se extravía con frecuencia en las tinieblas
y más le valdría a veces no haber sido creado.
Eternamente fulge, sin embargo,
sobre él su misión y su destino: la Luz, el Espíritu.
Y sentimos que es a él, desamparado,
a quien ama el Eterno especialmente.
Por ello no es posible amar,
erráticos hermanos, aun en la discordia.
Y ni condenas ni odios,
sino amor resignado
y amorosa paciencia
nos acercan a la meta sagrada.



VIDA DE UNA FLOR
(escrito el 14-8-1934)


Por la verde ronda de hojas ya se asoma
con temor infantil, y apenas mirar osa;
siente las ondas de luz que la cobijan,
y el azul incomprensible del cielo y del verano.
Luz, viento y mariposas la cortejan; abre,
con la primera sonrisa, su ansioso corazón
hacia la vida, y aprende a entregarse,
como todo ser joven, a los sueños.
Más ahora ríe toda, arden sus colores
y su cáliz abulta ya el dorado polen;
aprende a sentir el calor del mediodía
y, agotada, se inclina al lecho de hojaspor la tarde.
Labios de mujer madura con sus bordes,
donde las líneas tiemblan por la edad ya presentida.
Cálida florece al fin su risa, en cuyo fonfo
amarga caducidad y hastío anidan.
Pero ya se ajan y reducen los pétalos,
ya cuelgan pesadamente sobre ñas semillas.
Palidecen los colores como espectros: el gran
secreto envuelve ya a la moribunda.

LETRAS



En ocasiones solemos coger la pluma
y escribimos, sobre una hoja en blanco,
signos que dicen esto y aquello: todos los conocen,
es un juego que tiene sus reglas.
Si viniera, en cambio, algún salvaje o loco,
y, curioso observador, acercase a sus ojos
una de esas hojas con su campo rúnico,
otra imagen del mundo, extraña, de ahí lo observaría.
Acaso un salón de mágicos retratos;
vería la A y la B como un hombre o animal
moverse, como los ojos, cabellos y miembros,
allí pensativos, impulsados aquí por el instinto;
leería como en la nieve las huellas de las cornejas,
correría, reposaría, sufriría y volaría con ellas
y vería trasguear entre los signos negros, fijos,
o deslizarse entre los breves trazos,
de cualquier creación, las posibilidades.
Vería arder el amor, al dolor contraerse,
y se admiraría, reiría, lloraría, temblaría,
pues tras las mejillas de aquella escritura
el mundo entero, con su ciego impulso,
pequeño se le antojaría, embrujado, exiliado
entre los signos que, con rígida marcha,
avanzan prisioneros y tanto se asemejan
que impulso vital y muerte, deseos y pesares,
fraternizan hasta hacerse indiscernibles...
Gritos de intolerable angustia lanzaría
finalmente el salvaje, atizaría el fuego y,
entre golpes de frente y letanías,
la blanca hoja entregaría a las llamas.
Luego, tal vez adormilado, sentiría
cómo ese No-mundo, ese espejismo
insoportable lentamente retorna
a lo Nunca-sido, al Ningún-lado,
y suspiraría, sonreiría, sanaría...