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jueves, 18 de enero de 2007

Poesía vertical:Roberto Juarroz



Poesía vertical:Roberto Juarroz
De POESÍA VERTICAL (1958)



1



Una red de mirada
mantiene unido al mundo,
no lo deja caerse.
Y aunque yo no sepa qué pasa con los ciegos,
mis ojos van a apoyarse en una espalda
que puede ser de dios.
Sin embargo,

ellos buscan otra red, otro hilo,
que anda cerrando ojos con un traje prestado
y descuelga una lluvia ya sin suelo ni cielo.

Mis ojos buscan eso
que nos hace sacarnos los zapatos
para ver si hay algo más sosteniéndonos debajo
o inventar un pájaro
para averiguar si existe el aire
o crear un mundo
para saber si hay dios
o ponernos el sombrero
para comprobar que existimos.





25



El cielo también tiene arrugas
y no para servir a un pensamiento.

El cielo tiene arrugas
para apartar un poco de sombra
y protegerla
y descansar.

Cuando todo se alisa,
quedan las arrugas del cielo
para sostener la fe del universo.

Y hasta el cielo mismo
se refugia a veces todo en sus arrugas
para poder creer.





26

La mirada es un hermoso pretexto del ojo
y la muerte también es un pretexto,
aunque no tan hermoso.
Las espinas nos sostienen la sangre
y hay un nuevo sexo de gente
que ha descubierto a Dios.

A las miradas podemos borrarlas
y a la muerte enterrarla,
aunque esté llenando el mundo
como un gran humo en flor.
Podemos clavarnos todas las espinas
y hasta dibujar perfectamente a Dios.

Pero no podemos juntar el ojo con la muerte,
ni la espina con dios.






De SEGUNDA POESÍA VERTICAL (1963)

38

La nitidez secreta de las cosas
levanta un mundo nuevo en mi mirada,
que también es secreta y lleva un mundo.
Se abre entonces la ceguera del día
y la luz no cabalga sólo sombras.
Tu mano está en la idea de tu mano.
Mi palabra se instala
como una lluvia interna en todas partes.
Los pájaros sostienen a los árboles,
los muertos a la tierra,
y el amor, que es ausencia,
perfecciona su forma de ojo abierto.
La nitidez del caos
me salva hoy como un vientre junto al mío,
me puebla la ciudad apasionada
que cuelga entre mi ausencia y mi presencia.





62

El hábito de mi soledad
se desparrama por mi compañía
y las cosas caben en un espacio menor que ellas.

Si quien me acompaña es un hombre,
el ruedo de su atención
se asimila a la pulpa de la mía
y entre los dos viven un fruto.

Si es la sombra de un hombre,
cabe conmigo en la peripecia de callarme.

Si es la ausencia de un hombre,
pernoctamos ambos en los dedos flexibles
de una espera que puede prescindir de sus razones.

Si ni siquiera es un hombre,
nos instalamos sencillamente
en la raíz del uno anónimo.



El hábito de mi soledad
ha salvado al espacio,
lo ha disuelto en las cosas,
lo ha entregado a sus formas más astutas,
lo ha curvado sobre una superficie más interna.
Y el espacio se mueve ahora con las cosas.







De TERCERA POESÍA VERTICAL (1965)

1

Las formas nacen de la mano abierta.
Pero hay una que nace de la mano cerrada,
de la más íntima concentración de la mano,
de la mano cerrada que no es ni será puño.
El hombre se corporiza en torno a ella
como la fibra última de la noche
al engendrar la luz que coincide con la noche.

Quizá con esa forma sea posible
la conquista del cero,
la irradiación del punto sin residuo,
el mito de la nada en la palabra.


2

El otro que lleva mi nombre
ha comenzado a desconocerme.
Se despierta donde yo me duermo,
me duplica la persuasión de estar ausente,
ocupa mi lugar como si el otro fuera yo,
me copia en las vidrieras que no amo,
me agudiza las cuencas desistidas,
descoloca los signos que nos unen
y visita sin mí las otras versiones de la noche.

Imitando su ejemplo,
ahora empiezo yo a desconocerme.
Tal vez no exista otra manera
de comenzar a conocernos.


15

Los pensamientos caen como las hojas,
se pudren como el fruto sin dientes,
dan sombra algunas veces
y otras son algo así como el labio demacrado
de una rama desnuda.

Hay cuerpos que agrietan el espacio,
lo quiebran al llenarlo,
lo hieren como el pan a ciertas bocas.
Y hay sombras que curan ese espacio,
le cicatrizan las heridas que le hicieran sus cuerpos,
reponiendo esos cuerpos
desde un lugar más íntimo.

Los pensamientos caen como las hojas
y se pudren como el fruto,
pero no tienen raíces
ni se mueven al viento.
Más delgados que los cuerpos y sus sombras,
no agrietan ni curan el espacio:
son un árbol de espacio,
plantado, sin raíz, en el centro.


De CUARTA POESÍA VERTICAL (1969)

10

En alguna parte hay un hombre

que transpira pensamiento.
Sobre su piel se dibujan
los contornos húmedos de una piel más fina,
la estela de una navegación sin nave.

Cuando ese hombre piensa luz, ilumina,
cuando piensa muerte, se alisa,
cuando recuerda a alguien, adquiere sus rasgos,
cuando cae en sí mismo, se oscurece como un pozo.

En él se ve el color de los pensamientos nocturnos
y se aprende que ningún pensamiento carece
de su noche y su día.
Y también que hay colores y pensamientos
que no nacen de día ni de noche,
sino tan sólo cuando crece un poco más el olvido.

Ese hombre tiene la porosidad de una tierra más viva
y a veces, cuando sueña, toma aspecto de fuego,
salpicaduras de una llama que se alimenta con llama,
retorcimientos de bosque calcinado.

A ese hombre se le puede ver el amor,
pero eso tan sólo quien lo encuentre y lo ame.
Y también se podría ver en su carne a dios,
pero sólo después de dejar de ver todo el resto.



(a Octavio Paz)





22



Hemos hallado un puente que nos desanda,
un puente para desandarnos
y volver a lo que nunca fuimos,
a tu mirada sin ti,
a mi suela clavada en un agua
que no permite hundirse,
a esa mano que sirvió de bandera
cuando cayeron todas las banderas,
al bloqueo taciturno y celeste
de la muerte que vuelve de la muerte.

Un puente movedizo,
desde un punto cualquiera en el que somos
algo más o algo menos que imposibles,
hasta un punto cualquiera de no sernos
o de ser sólo un punto.

Debajo corre el tiempo sin porciones esdrújulas,
el tiempo que desangra a la memoria,
el tiempo que se piensa a sí mismo
en la métrica de un poema sin tiempo.

Hemos hallado el puente hecho de agua.





De SEXTA POESÍA VERTICAL (1975)

23

Toda mirada es un engaño.
Una mirada verdadera
tendría que quedarse en lo mirado
o ser por lo menos el riego
que lo alimentara y lo hiciera crecer.

Todas las cosas esperan esa mirada.
Y si todo espera algo,
¿puede no existir?

Tal vez cualquiera de nuestras miradas
podría convertirse en aquella que las cosas esperan,
si fuéramos capaces de desprendernos de ella
como quien da un pan.



De OCTAVA POESÍA VERTICAL (1984)

2

También las palabras caen al suelo,
como pájaros repentinamente enloquecidos
por sus propios movimientos,
como objetos que pierden de pronto su equilibrio,
como hombres que tropiezan sin que existan obstáculos,
como muñecos enajenados por su rigidez.

Entonces, desde el suelo,
las propias palabras construyen una escala,
para ascender de nuevo al discurso del hombre,
a su balbuceo

o a su frase final.



Pero hay algunas que permanecen caídas.
Y a veces uno las encuentra
en un casi larvado mimetismo,
como si supiesen que alguien va a ir a recogerlas
para construir con ellas un nuevo lenguaje,
un lenguaje hecho solamente con palabras caídas.





33



La muerte empuja por todos los costados.
La vida también,
pero hay alguno que de vez en cuando se le escapa.

Y es por allí por donde ceden o se filtran
los frontispicios disueltos de la luz,
las fragancias autónomas del aire,
la insistente pero no incólume
disposición a celebrar
que la ceremonia sea
algo más que el ancestral temblor
de abrir los ojos y cerrarlos.

Y es también por allí,
por ese costado olvidado,
que se apaga como un himno aparentemente tardío
nuestra bocanada de limitado infinito,
cuya flor siempre temprana
soporta apenas las inconsultas corrientes de aire
que arrecian sobre todo en determinados abismos.

Invariablemente llega entonces el momento
de las equivocaciones
y caemos en el funesto error de elegir,
entre los cautos alientos que nos frecuentan o embaucan,
aquel que no necesita de nosotros
y tan sólo nos visita como un seductor encapuchado
o quizá como un comprometido arrobamiento,
para esparcir nuestra columna
de íntimas y místicas humedades
por las múltiples bocas de sequía
que denuncian con su sed sorda y muda
la extrema incompetencia
de no saber ni siquiera distinguir
al que lleva la voz
necesaria para siempre.

Pero quien ha dado tanto de beber
debe completar su destino,
aunque el mundo no lo comprenda ni merezca.
Sin embargo,
en alguna parte existirá siempre alguien
o por lo menos algo
que reconozca sus legítimos títulos
de vigía de los brotes,
canciller de las aguas
y recóndito hacedor de eternidades.



(al morir un poeta: Juan L. Ortiz)





39

Los objetos han comenzado a estallar por su cuenta,
como si estuvieran hartos del insoportable ascetismo
de carecer de la vida.

Así un vaso se parte sin que nadie lo toque,
un cuadro disloca su marco,
los armarios se desfondan en autónomos hundimientos
y las grietas de la casa del hombre
crecen con mayor rapidez,
como si persiguieran una arquitectura diferente
o quizá un habitante diferente.

Así también las piedras saltan sobre los árboles
y se rompen como si fueran frutos al caer,
la bombilla de la luz se quema
mientras está apagada
y los lápices se abren sin uso
y abandonan su médula mineral
de alelado grafito,
renunciando a su inerte función
de trasladar a un baluarte más seguro
la esquiva corriente que arrastra a las palabras.

Tal vez un inesperado traspié de lo inmóvil
ha llevado a los objetos
a imitar la promiscua vacilación de lo vivo
y la estatura rota y sin compañía de la muerte.
O quizá se trate tan sólo de una falla
en la continuidad de alguna forma extraviada
o del contradictorio cansancio
de la parte más quieta del discurso de las formas.

Sin embargo,
aunque los objetos estallen por su cuenta
hasta que salte el mundo en pedazos
o aun cuando puedan estallar hacia adentro
y en cierto modo escabullir el mundo,
no podrán abolir el abismo
que siempre ha separado a la mano de sus múltiples sombras

o al pie de la supuesta ronda del camino.

Y sobre todo seguirá su errático impulso
el hilo de soledad
que hipnotiza con su ceguera sin tiniebla a los objetos:
pensar,
pensar con ellos o sin ellos.

Pensar:
echar vacío en el vacío.





68

Nos derrumbamos
sin perder siquiera la costumbre de nuestros gestos,
por ejemplo mantener los ojos abiertos,
la mano en la posición que toma cuando amamos,
el hueso en su silencio,
la boca en la inminencia
de decir o callar algo.

Tal vez nos derrumbamos
sin que caiga lo que cada uno es
y eso siga flotando como una serie de espasmos
algo más furtivos por el aire.

Puede ser que los gestos que se aprenden no se pierdan,
aunque sí su aprendiz.
Si es así,
quizá alguna palabra entre muchas
puede haber sido dicha para siempre.


De DÉCIMA POESÍA VERTICAL (1987)

46

Hay horas que nos abren las manos
y dan vuelta como a un texto marchito
la lección fatigada que es el mundo.

La iniciativa no nos pertenece.
Las cosas se sueltan o se abren
como si hubiese ondas o corrientes o motivos
que recorren el tiempo y el espacio,
cambian las situaciones,
corrigen las sustancias,
desempolvan texturas
y hasta inventan quizá
nuevos modos de ser,
variaciones o escapes.

Y entre tantos procesos curiosamente ambiguos
no sólo se nos abren las manos
como maniobras fértiles,
sino que a veces también se posa algo sobre ellas,
como si viniera a descansar un instante del abismo.

No importa qué sea.
Tampoco la mirada es sólo para ver
ni se abre cuando quiere:
a veces también pesa como un ancla suspendida
y nos ata a no sabemos qué metal olvidado.

Se trata posiblemente
de ciertas irresistibles solidaridades
o tal vez funciones no confesadas de las cosas,
que aparecen de pronto como si fueran casualidades
o imaginativas improvisaciones del azar.

Quizá no sea más que otra forma
de abolir las diferencias absurdas
y en el fondo inexistentes
entre lo expresado y lo inexpresado,
lo explícito y lo tácito,
lo dicho y lo no dicho
en el vaivén danzarín del universo.




De UNDÉCIMA POESÍA VERTICAL (1988)

28

Una palabra está allí.
El miedo está detrás de la palabra.
El gesto está delante.
Y alrededor está el silencio,
como un ropaje demasiado ajustado.

Nada ni nadie se adelanta.
Algunas sombras rondan cerca.
Algo parecido a una llovizna
inventa un mínimo roce,
un roce sin necesidad de copartícipe,
porque el espacio es roce.

Nada ni nadie se adelanta.
Pero surge de pronto
algo más reticente que el silencio,
menos compacto que una sombra:
surge de pronto otra palabra,
que se enlaza con la primera
y juntas inauguran un roce diferente,
otra forma del espacio.
Y por allí se marchan ambas
olvidadas de todo,
salvo quizá del seno o paraíso
anterior al lenguaje.





1


No tenemos un lenguaje para los finales,
para la caída del amor,
para los concentrados laberintos de la agonía,
para el amordazado escándalo
de los hundimientos irrevocables.

¿Cómo decirle a quien nos abandona
o a quien abandonamos
que agregar otra ausencia a la ausencia
es ahogar todos los nombres
y levantar un muro
alrededor de cada imagen?

¿Cómo hacer señas a quien muere,
cuando todos los gestos se han secado,
las distancias se confunden en un caos imprevisto,
las proximidades se derrumban como pájaros enfermos
y el tallo del dolor
se quiebra como la lanzadera
de un telar descompuesto?

¿O cómo hablarse cada uno a sí mismo
cuando nada, cuando nadie ya habla,
cuando las estrellas y los rostros son secreciones neutras
de un mundo que ha perdido
su memoria de ser mundo?

Quizá un lenguaje para los finales
exija la total abolición de los otros lenguajes,
la imperturbable síntesis
de las tierras arrasadas.

O tal vez crear un habla de intersticios,
que reúna los mínimos espacios
entreverados entre le silencio y la palabra
y las ignotas partículas sin codicia
que sólo allí promulgan
la equivalencia última
del abandono y el encuentro.



(para Jean Paul Neveu)





DeDUODÉCIMA POESÍA VERTICAL (1991)

13

Hay un momento
en que uno se libera de su biografía
y abandona entonces esa sombra agobiante,
esa simulación que es el pasado.

Ya no hay que servir más
la angosta fórmula de uno mismo,
ni seguir ensayando sus conquistas,
ni plañir en las bifurcaciones.

Abandonar la propia biografía
y no reconocer los propios datos,
es aliviar la carga para el viaje.

Y es como colgar en la pared un marco vacío
para que ningún paisaje se agote al fijarse.




28



El mundo se ha cerrado,
el hombre se ha enquistado
sobre su propio ojo.
La vida humana es una cápsula
con un preciso instrumental
que permite imitar la realidad.

Hay que volver a abrir las cosas,
abrir la habitación del hombre,
abrir las imágenes como si fueran frutos,
abrir el taller sofocado de la piedra
y la resaca piel de la palabra,
el continente bloqueado del sueño,
el traje a medida del amor,
los párpados bajos del paisaje,
la cámara pringosa del exilio,
la invalidez ritual de la locura.

Y saltar hacia afuera o adentro,
ya que al fin es lo mismo.
Los dos extremos se abren:
el medio es lo cerrado.

¿O habrá también un salto
inmóvil en el medio,
un salto que lo abra
como una estrella que comienza?





De DECIMOTERCERA POESÍA VERTICAL (1993)



81

Regreso de mis restos,
de todo lo caído en el camino,
como un caracol de su rastro viscoso.

Regreso de lo que he abandonado
y de aquello que me ha abandonado,
porque ambas cosas son mis restos.

Y hasta regreso de mí,
que no me he abandonado
y sin embargo también soy otro resto.

Mi memoria me señala una pista
y mi olvido me dibuja otra,
hilos precarios del retorno.



Y atrás, más atrás de todo trazo,
más atrás aún de lo invisible,
mis restos se encuentran con los restos
de todo lo que nunca existió.

Tal vez allí me aguarde otro regreso:
un regreso de algo más que unos restos.