miércoles, 14 de marzo de 2007

José Cadalso:Poesías






Poesías
José Cadalso






Epístola dedicada a Hortelio



Desde el centro de aquestas soledades,
gratas al que conoce las verdades,
gratas al que conoce los engaños
del mundo, y aprovecha desengaños,
te envío, amado Hortelio, ¡fino amigo!, 5
mil pruebas del descanso que concibo.


Ovidio en tristes metros se quejaba
de que la suerte no le toleraba
que al Tíber con sus obras se acercase,
sino que al Ponto cruel le destinase. 10
Mas lo que de poeta me ha faltado
para llegar de Ovidio a lo elevado,
me sobra de filósofo, y pretendo
tomar las cosas como van viniendo.


¡Oh, cómo extrañarás cuando esto veas 15
y sólo bagatelas aquí leas,
que yo, criado en facultades serias,
me aplique a tan ridículas materias!


Ya arqueas, ya levantas esas cejas,
ya el manuscrito de la mano dejas, 20
y dices: «Por juguetes semejantes,
¿por qué dejas los puntos importantes?
¡No sé por qué capricho tú te olvidas
materias tan sublimes y escogidas!


¿Por qué no te dedicas, como es justo, 25
a materias de más valor que gusto?
Del público derecho que estudiastes
cuando tan sabias cortes visitastes;


de la ciencia de Estado y los arcanos
del interés de varios soberanos; 30
de la ciencia moral, que al hombre enseña
lo que en su obsequio la virtud empeña;
de las guerreras artes que aprendistes
cuando a campaña voluntario fuistes;


de la ciencia de Euclides demostrable, 35
de la física nueva deleitable,
¿no fuera más del caso que pensaras
en escribir aquello que notaras?
¿Pero coplillas?, ¿y de amor? ¡Ay triste!
Perdiste el poco seso que tuviste». 40


¿Has dicho, Hortelio, ya cuánto, enfadado,
quisiste a este pobre desterrado?
Pues mira, y con fresca y quieta flema
te digo que prosigo con mi tema.


De todas esas ciencias que refieres 45
(y añade algunas otras si quisieres)
yo no he sacado más que lo siguiente.
Escúchame, por Dios, atentamente;
mas no, que más parece lo que digo
relación, que no carta de un amigo. 50


Si miras mis sonetos a la diosa
de todas las antiguas más hermosa,
el primero dirá con claridades
por qué dejé las altas facultades
y sólo al pasatiempo me dedico; 55
que los leas despacio te suplico,
calla, y no juzgues que es tan necia mi obra.


Pero si acaso omites este asunto,
y la crítica pasas a otro punto,
cual es el que contiene la obra mía 60
faltas contra la buena poesía,


conozco tu razón, mas oye atento;
con Ovidio respondo a tu argumento:
Siqua meis fuerint, ut erunt, vitiosa libellis,
Excusata suo tempore, lector, habe. 65
Exul eram; requiesque mihi non fama petita est;
mens intenta suis ne foret usque malis.


Significa (y perdona la osadía
de interpretar de Ovidio la armonía,
porque en la traducción es consiguiente 70
que pierda la dulzura competente,
como sucede a todos los autores
en manos de mejores traductores):


«El tiempo en que esta obra yo compuse,
las faltas que hallarás, lector, excuse. 75
Quietud busqué, no fama, desterrado,
por distraer a mi alma del cuidado».
(Ovid. Trist., lib. 4. Eleg. v. 1.2.3.4. )
Adiós.






Invocación de Ovidio a la musa



¡Oh musa, que de Ovidio conducistes
la pluma magistral en los amores!
Pues sentido he, como él, fieros rigores,
la gracia que a su pluma concedistes
concede de mi pluma los ardores. 5


A Ovidio se parezca en esta gracia,
quien tanto se parece en su desgracia.
Aparta de mi pluma y de mi mente
conceptos viles, bajas expresiones;
destierra lo ordinario y lo indecente, 10
frecuente en los humanos corazones.


Haz que mi pluma ufana en lo eminente
esmalte en sus poemas sus blasones
tanto, que por el vulgo no entendida,
sea sólo de sabios aplaudida. 15


Del español Olimpo muchas diosas
(cuyas iras te juro son funestas)
si mucho más que Venus son hermosas,
mil veces más que Palas son honestas.
Mis obras en sus manos primorosas 20
algún felice día serán puestas;
y viendo alguna voz torpe y oscura,
convertirán en ceño su hermosura.


Hortelio, cuyo genio Apolo sabe,
pues es del dios Apolo conocido, 25
es de carácter noble, fino, suave,
y Hortelio es el Mecenas que he elegido.


No creas que jamás su genio alabe
sino lo más sublime y escogido;
y la serenidad de su semblante 30
se ofuscará en lo torpe o disonante.






Laméntase una pastora de la injusticia de su madre en las siguientes sextas a la codicia



Si usurpas la justicia,
¿no basta a tus furores,
sin querer tu malicia,
el dominio usurpar de los amores?
¿Por qué diste a mi madre un poderío 5
que tú no tienes en el pecho mío?


Tu fuerza prodigiosa
con arrancar el mundo de sus ejes
conténtese ambiciosa.
Como al amor en sus resortes dejes, 10
todo el mundo te cedo como tuyo,
pero tú deja a Venus lo que es suyo.


¡Oh!, ¿cómo has permitido,
Venus, que de una madre la codicia
del fruto de Cupido 15
no ofreciese a ti sola la primicia,
reservándose injusta
la ley que sólo a ti sería justa?


Una tierna pastora
con flores sus amores fina ostenta 20
al dueño a quien adora;
símbolo de su pecho le presenta:
«Regalarte una flor mi alma medita,
Silvio, mas, ¡ah mi Silvio!, ¡qué marchita!
Intacto está mi pecho, 25
goza de su ternura, ¡Silvio amado!,
seguro y satisfecho
de que nadie hasta ahora la ha logrado.
Esta prenda te pruebe mi terneza,
que la otra sin aquesta no es fineza. 30






Carta a Augusta, matrona que, inclinada a la filosofía, empieza a fastidiarse en la corte



¡Egregia Augusta mía!
Me dices en tu carta celebrada
que a la filosofía
alguna vez te sientes inclinada;
recíbela en tu pecho, persuadida 5
que ella es el solo bien de nuestra vida.


Tristes son los mortales
que fingen en sus ideas diversiones;
sus fuerzas desiguales,
al peso de sus males y aflicciones, 10
con exteriores gustos y contentos
ocultan lo interior de sus tormentos.


Al filósofo, Augusta,
en cada punto la naturaleza
obsequia, sirve y gusta. 15
Todo es para él quietud, todo riqueza,
ni se acaba el contento que recibe;
vive feliz y muere como vive.


El vulgo de los hombres
vive entre pena, envidia, llanto y susto. 20
Su vida (no te asombres)
apenas por mil penas logra un gusto,
y aun ese acaba y para tan temprano,
que aun no le goza el corazón humano.


Recibe, pues, prudente, 25
la luz que ya comienza a iluminarte,
agradece el presente
que quieren las estrellas regalarte;
el tiempo te dirá lo que has ganado,
y la razón dirá lo que has dejado. 30


De la corte te ausenta,
el filósofo en ella es despreciado,
pues ni finge, ni ostenta,
ni adula, ni es ansioso, ni es osado.
Vente a la aldea; su sencilla vida 35
a la naturaleza es parecida.


Por los campos el sabio
usa de aquel derecho incontrastable
de que su justo labio,
cual siente el corazón, se explique y hable: 40
al malo llame malo, al necio, necio,
y a cada cosa dé su justo precio.


El pecho, sin el susto
de tanto respetillo, respetado
concibe, como es justo, 45
lo que el alma tranquila le ha dictado;
y el alma, sin ficciones misteriosas,
recibe las especies de las cosas.


¡Deja lo artificioso!
¡Desprecia la lisonja y la mentira! 50
¡Olvida lo estudioso!
¡Abandona ese fausto que te admira!
La corte y las locuras que eslabona,
¡deja, desprecia, olvida y abandona!


¡Aprecia lo apacible, 55
busca lo que es sencillo y placentero,
goza de lo plausible,
experimenta un gozo verdadero!
Al campo y los placeres que presenta,
¡aprecia, busca, goza, experimenta! 60


Esos coches dorados,
esos encajes, telas y diamantes,
esos muchos criados,
esos timbres, blasones arrogantes
olvida, pues; no gozas de ellos nada, 65
siendo menos señora que encantada.


Esta alegre campaña,
este bosque, vergel, jardín y prado,
este arroyo que baña
este tesoro para ti guardado; 70
disfruta, pues, con pródiga franqueza
toda la liberal naturaleza.


Verdad es que en la aldea,
de fatuos una turba bulliciosa
que tu toaleta vea 75
no puedes encontrar, ¡Augusta hermosa!
Pero hallarás pastoras y pastores
que te cubran el lecho con mil flores.


Ni el paje primoroso,
ni la criada antigua y estimada 80
un almuerzo suntuoso
presentará en vajilla bien labrada;
pero la leche blanca, cual tu frente,
permitirás mi mano te presente.


Ni polvos, ni pomada, 85
cintas compuestas, aguas ni alfileres
te ofrece mi morada,
ni espejo, consejero de mujeres;
podrás en un arroyo divertirte,
lavarte, poner flores y vestirte. 90


Los muchos ornamentos
que el lujo cada día multiplica
son fuertes argumentos
de lo que el artificio fructifica;
mas sólo pueden engañar al necio, 95
como ellos acreedor a tu desprecio.


Aquí, que solamente
tendrás que divertirte y recrearte,
vestida lisamente,
serán superfluos compostura y arte; 100
agravio debe ser a la hermosura
el ofrecerla afeite y compostura.


Después que estés vestida,
visita no tendrás, ni concurrencia
en que esté establecida 105
murmuración, mentira ni demencia;
un sencillo pastor y su pastora
a saludar vendrán a su señora.


A la hora destinada
para el preciso natural sustento, 110
la mesa preparada
verás en un ameno apartamento
con sazonado gusto y alegría,
sin plata, ni labor, ni simetría.


No esperarás sensuales 115
mezclas de mil sustancias combinadas
de peces, de animales
y de aves, con las salsas delicadas
que en un pequeño plato han reunido
todo cuanto este mundo ha producido. 120


Pero hay los pichoncitos
que en casa por mi mano he sustentado,
los frescos pececitos
que en las vecinas aguas he pescado;
un jabalí pretendo regalarte 125
que en el bosque maté por obsequiarte.


Pues, ¡qué de las sabrosas
riquezas de los troncos que he plantado!
¡Qué peras tan gustosas!
¡Qué pero tan gustoso y colorado! 130
Tendrás en mi vergel melocotones,
naranjas, brevas, limas y melones.


Después que hayas comido,
si buscas el descanso y el reposo,
ya te tengo escogido 135
un paraje encantado y delicioso
en una parte del jardín de casa
por donde el Ebro en miniatura pasa.


Los árboles, cargados
de flores olorosas, hacen techo 140
con ramos enlazados,
con que el furor del sol queda deshecho;
mil pájaros, gozando la frescura,
se burlan de su ardor en la espesura.


Al pie de un mirto ameno 145
te puse con mis manos una cama,
no de tisú relleno,
sino de azahar, jazmín y verde grama;
sus lados a dos fuentes van tocando,
que los van defendiendo y refrescando. 150


No temas los mosquitos,
ni avispas, en los huertos tan frecuentes:
habrá mil cefiritos
que con sus alas anden diligentes.
No temas; dormirás tan descansada, 155
que tu cama será bien envidiada.


De tantos cefirillos,
de tantas aguas claras y ligeras,
de aquellos arbolillos,
de las aves sonoras placenteras 160
los trinos, el rüido y el murmullo
te servirán de lisonjero arrullo.


No soñarás, te juro,
y en caso que tú sueñes, ¡dueño mío!,
será sueño seguro 165
de terror y fastidio;
será agradable y dulce como el puesto
que a conciliar el sueño te he dispuesto.


Después, si tú quisieres
dar un paseo, no he de conducirte 170
adonde mil mujeres
pretendan, envidiosas, maldecirte,
y mil hombres, ansiosos de burlarte,
empiecen con mentiras a engañarte.


A la corte dejemos 175
ese que allí paseo delicioso
llaman; acá busquemos
otros cuyo placer sea gozoso
encontrar en el campo ameno, llano,
uno por cada día de verano. 180


De vuelta del paseo,
teatro ni tertulia concurrida
no pida tu deseo,
como en la corte se halla pretendida.
Se juntan en mi casa mil pastores, 185
y tratan varias cosas y aun amores.


Después de esta asamblea,
en que ni la virtud ni honor se ofende,
y el alma se recrea
y por el campo de placer se extiende, 190
cada uno se recoge a su cabaña
con paz que entre los grandes es extraña.


Ni pienses que se olvide
la dulce idea del amor, Augusta;
el campo nunca impide 195
una pasión que al alma tanto gusta;
antes con su quietud y diversiones
se llenan más de amor los corazones.


Si es natural instinto
el principio de amor en nuestro pecho, 200
en el verde recinto
siempre se halla gozoso y satisfecho,
pues en el campo la naturaleza
ostenta su primor y su grandeza.


Verás cómo el jilguero, 205
entre los ramos de vergel, parece
que obsequia placentero
a la jilguera que su amor merece;
dulzuras la persuade cuando canta,
su corazón anima a su garganta. 210


¡Si vieras cuál corteja
el eficaz pichón a su consorte!
¡Qué fino la festeja!
No hay tan finos amantes en la corte.
Verás cómo ella paga su fineza 215
con gusto, con halago y con terneza.


El toro bruto, horrendo,
feroz, precipitado y espantoso,
se ve, menos tremendo,
que se despoja de su ardor furioso, 220
y se llega a su vaca tan rendido
como el galán más tierno y derretido.


Hasta las plantas tienen
sus lances amorosos extremados:
verás cómo entretienen 225
las vides a los olmos abrazados;
mil brazos de sus pechos van saliendo,
y todos a los olmos ofreciendo.


Mil veces me he parado
al ver cómo el imperio de Cupido 230
más lejos ha llegado
que el del conquistador más atrevido.


Filósofo yo soy... y te prometo
que estuve por rendirte mi respeto;
con que si tú quisieres 235
abandonar la corte, fausto y arte,
pero no te atrevieres
a abandonar de amor el estandarte,
ven por acá, que acá te buscaremos
un amante tal cual, como le hallemos. 240


Si ya (como se estila)
tuvieres en la corte quien lo sea
en posesión tranquila,
contigo le traerás a que esto vea,
como sus artificios no adulteren 245
la sencillez de aquellos que lo vieren.


Pero si el tal amante
(no obstante que en la corte se ha criado)
fuese fino y constante,
discreto sobre todo y moderado, 250
le nombraremos rey de los pastores
y juez de este distrito y sus amores.


¡Augusta, no te rías
de lo que va mi pluma a proponerte!
De tus coqueterías 255
me temo contra mí quieras valerte.
Iba a decirte... mas... no digo nada,
que te estoy viendo echar la carcajada.


Pero allá voy, no obstante:
decía que si acaso no tuvieres 260
a estas horas amante,
ni buscar lo quisieres...
aquí estoy yo, filósofo, sin duda;
mas piensa que el amor todo lo muda.


Del ciego dios alado 265
he visto más milagros prodigiosos
que hay en el verde prado
flores y pajarillos armoniosos.
Hace jocoso al serio, alegre al triste;
a su suave poder nada resiste. 270


¡Cuántos conquistadores
perdieron de sus triunfos todo el fruto
porque de sus amores
Marte ofreció a su Venus el tributo,
y marchito el laurel de sus proezas, 275
con mirto coronaron sus cabezas!
¡Cuántas veces los jueces
de su recta justicia se olvidaron,
y en injustos dobleces
su vara a las beldades inclinaron! 280
¡Cuántas veces de recta la han torcido
en arco corcovado de Cupido!


¡Cuántas el marinero,
insigne por el arte y valentía,
se escapa del severo 285
océano, que riesgos le ofrecía
en golfos, en escollos y en arenas,
y viene a naufragar en las sirenas!


Más ejemplos citara
si fuera necesario el ir probando 290
una verdad tan clara,
que todos pueden ir atestiguando.
Llegue su mano cada cual al pecho:
los milagros verá que amor ha hecho.


Verás con qué presteza 295
me quito aquesta barba respetada,
verás esta cabeza
con flores y con cintas adornada,
y en un vestido alegre y primoroso
trocado el sayo oscuro y espantoso. 300


De mi filosofía
estos despojos juntaré, y haciendo
un ara sacra y pía,
irelos a mi Venus ofreciendo
con dos palomas, para que propicio 305
su numen no desprecie el sacrificio.


Y luego te aseguro
que ayer a un arroyuelo me miraba;
por Cupido te juro
que un rostro regular representaba; 310
y bien sea verdad o bien deseo,
yo me decía: «No, no soy tan feo».


Mis ojos no se vieron
ni chicos, ni llorosos, ni apagados.
Sabes que merecieron 315
ser de otros (¡qué hermosos!) bien mirados.
Los dientes aún conservan su blancura,
y el uno y otro labio su frescura.


Vamos claros; suspiran
cada día por hombres nada hermosos 320
las damas; los admiran
como prodigios raros y pasmosos;
no es el amor por cierto en las mujeres
el que distingue más de pareceres.


Yo mismo, cuando niño 325
(pasé aquel tiempo alegre como sueño)
fui visto con cariño
de una deidad, que me llamó su dueño;
tú puedes repetir lo que ha pasado
mil años ha, si sigues lo empezado. 330


Este es el campo ameno,
este soy yo, filósofo o amante,
este el tiempo sereno
que pasa en un retiro semejante;
mas no lo creas, ven a ser testigo, 335
¡ven, Augusta, a gozar de ello conmigo!






A las ninfas de Manzanares, ofendidas por el libelo que se me atribuyó, por cuyo motivo salí de Madrid la noche última de octubre de 1768



¡Ninfas de Manzanares,
felices y adorables semidiosas!
Oíd de mis pesares
los ayes y las quejas lastimosas.
Tantas aguas no lleva vuestro río 5
como lágrimas vierte el llanto mío.


¡Madrileñas divinas!,
cuya dulzura, halago y genio afable,
cuyas miradas finas
el genio ablandarán más intratable; 10
si al cielo pide el hombre su consuelo,
yo mi consuelo pido a vuestro cielo.


Algún astro celoso
de la inmensa fortuna que pasaba
mi corazón dichoso, 15
mis indecibles dichas envidiaba;
y por tanto cortó con golpe airado
mi vuelo, hasta los cielos remontado.


Y si fuisteis diosas
en el castigo acerbo que me disteis, 20
y mujeres furiosas
por el mal proceder con que lo hicisteis
(pues por un crimen nunca comprobado
fui, antes que convicto, castigado)


volved a ser deidades, 25
la bondad se vuelva a vuestro pecho.
¡Ah!, cesen las crueldades
con que mi pecho se halla desecho,
así como después que el rayo aterra,
el iris une al cielo con la tierra. 30


Para que el corazón mío
sus penas olvidando y sus pesares,
llegando a vuestro río,
las orillas besando a Manzanares,
repita ya sin voces lastimosas: 35
«¡Cuán adorables sois, oh semidiosas!».






Soneto, probando que la ausencia no siempre es remedio contra el amor



Cuatro tomas de ausencia recetaron
a un enfermo de amores los doctores;
el enfermo sanó de sus amores,
y los doctores sabios se mostraron.


Otros mil ejemplares confirmaron 5
de la nueva receta los amores.
Los astros conocieron mis dolores
y sin duda sanarme proyectaron.


Me dieron de receta tan divina
cincuenta tomas, que tomé con tedio; 10
mas agravó mi mal la medicina.


Fue tan opuesto al fin aqueste medio,
que agonizando mi alma se imagina
me matará el remedio sin remedio.






Sobre yerros amorosos




Quintillas de estilo y conceptos antiguos



Los yerros que una pasión
face sopitañamente,
no son yerros, fierros son
que aferrojan a la mente,
esclava del corazón. 5


De la misma guisa al duro
saben prender como al blando,
ca su temple es tan seguro,
que se va proporcionando,
sandio al sandio, puro al puro. 10


Ligazón tan apretada
no deface la razón,
nin demedra contra él nada,
si non de tiempo la acción
con lima sorda y tapada. 15


E sólo el tiempo es asaz
forzudo de prevenirlos;
él es viejo, amor rapaz;
ansí sabe bien facirlos
por su fementida faz. 20






Guerras civiles entre los ojos negros y los azules



Ardía el reino entero de Cupido
en bandos y civiles disensiones.
El yugo del dominio sacudido,
aspiran a cual más los corazones.
Todo mortal se puso enfurecido 5
contra sus infalibles decisiones.
Alguna vez el hombre libre había
de rechazar tan dura tiranía.


Venus, acostumbrada eternamente
a ser de todo humano obedecida, 10
miraba con furores e impaciente
a la plebe mortal tan atrevida.
La plebe la insultaba inobediente,
en clara rebelión ya conocida.
El más humilde y pobre ciudadano 15
hablaba con estilo soberano.


La diosa en vano amenazaba fiera
la rebelde ciudad castigaría;
en vano publicaba placentera
las quejas de la plebe escucharía. 20
Y en vano de benigna y de severa
su cara en dos semblantes componía;
el pueblo enfurecido no escuchaba,
y más su desacato propagaba.


El templo de la diosa (que solía 25
contener a millares los pastores,
que en dulce enamorada melodía
de sol a sol cantaban sus amores)
vacío y solitario parecía,
jardín ya despojado de sus flores; 30
hasta los sacerdotes desertaban
de las aras del numen que adoraban.


Y como son furiosos los excesos
que Venus en el hombre ha suscitado,
cada día el favor hizo progresos 35
en todo aquel imperio desgraciado.
Fueron tan horrorosos los sucesos,
que estuvo el templo para ser quemado;
ni aun lo sagrado intacto permanece
cuando la plebe manda y no obedece. 40


Dejaban los pastores sus ganados,
que libres se esparcían sin gobierno
por valles, montes, campos y collados,
teniendo otro cuidado más interno.
De su apacible genio enajenados, 45
a Chipre convirtieron en infierno.
Inferirás, lector, de estos renglones
cuánto mudan al hombre sus pasiones.


Hubo amante muy fino y muy constante
que por ser de otro bando su adorada, 50
fanático en su amor, se hizo inconstante,
y su pasión primera fue inmolada.
Alguna dama abandonó a su amante
por la misma razón tan ponderada.
En fin, nada era amor, todo era abismo, 55
tanto puede en el vulgo el fanatismo.


Ya veo a mi lector sobresaltado
querer saber la causa de este evento,
al que en un punto se halla interesado;
la incertidumbre es el mayor tormento. 60
Perdóname, ¡oh lector enamorado!,
si tardo en referirte aqueste cuento;
he visto algunos sabios recrearse
en ver al ignorante atormentarse.


Diré la causa atroz de este fracaso, 65
y si quieres lograr tan alto objeto,
el secreto ocultar en todo caso
prométeme, lector sabio y discreto.
Tu lengua no camine un solo paso,
pues no hay cosa más frágil que un secreto; 70
lo mismo un confidente lo proclama
que todas las cien bocas de la fama.


Con motivo de hacerse un templo ufano
en Chipre a la deidad de los amores,
la imagen encargó su soberano 75
al más diestro de todos los pintores;
y pues pintar deidades es en vano
con los humanos débiles colores,
a la idea dejó lo inasequible,
que ella suele alcanzar a lo imposible. 80


Guiado de su idea, el nuevo Apeles
apura los primores de su ciencia,
y nunca obedecieron los pinceles
más sabios de copiar la inteligencia;
jazmines, azucenas y claveles 85
formaron una hermosa competencia.
Una parte alabar de este retrato
sería sinrazón, tras ser ingrato.


Pero el pintor, dudoso si pondría
ojos negros o azules a su diosa, 90
materia que apurarse merecía,
salió de su oficina primorosa
para decir la duda que tenía
al rey de aquella corte deliciosa.
Entró en palacio, su sentir propuso, 95
y a tomar la respuesta se dispuso.


El rey dijo prudente: «Esta materia
no puede resolverse en un instante.
Quiero que en una junta grave y seria
se trate una cuestión tan importante. 100
Pues de una luz humana la miseria
a decidir la duda es bastante,
cien matronas serán las congregadas
en las materias de ojos afamadas».


Llegaron por encanto en un momento 105
las ninfas que se habían convocado;
se les pidió el debido juramento
sobre un altar de Venus consagrado.
Juraron el tratar sin fingimiento
cualquier asunto que les fuere dado. 110
¡Qué poca fe nos ha quedado, digo,
cuando se pone el cielo por testigo!


El tribunal severo, majestuoso,
se estableció en un bosque en que nacía
ya la yedra, ya el mirto voluptuoso. 115
Travieso un arroyuelo lo ceñía,
su curso detenido, pues, curioso,
oír este congreso pretendía.
Mil aves en los mirtos lo escucharon,
y después que lo oyeron, lo parlaron. 120


Entraron las mujeres holandesas,
más blancas que la nieve y más heladas;
preciosas por su aseo las francesas;
las turcas por los turcos despreciadas;
hermosas en colores las inglesas; 125
de Italia las sirenas afamadas,
casadas y doncellas (o solteras),
y viudas (reverendas embusteras).


Entraron las egipcias, las georgianas,
asiáticos encantos las de Tiro, 130
las altas y robustas circasianas.
¿Pero qué es, oh Cupido, lo que miro?
¿Qué ninfas son aquellas que cercanas
al mismo altar de la hermosura admiro?
¿Qué ninfas son aquellas, o qué diosas 135
tan vivas, tan agudas y garbosas?


Apolo (cuyo curso cuotidiano
de todo el orbe la redonda esfera
llena de los favores de tu mano),
suspende lo veloz de tu carrera. 140
Dime: «¿Qué parte del jardín humano
produce aquesta flor tan placentera?
¿Tus rayos de los suyos son despojos,
pues tanto fuego dejas en sus ojos?».


«Ya conoces que son las celebradas 145
ninfas de Manzanares, Ebro y Tajo.
El que mirare atento sus miradas
conocerá su gracia y agasajo,
distinguirá estas ninfas adoradas
con el vestido noble o con el majo. 150
Tienen un no sé qué... que quien las mira
no lo olvida jamás, y más lo admira».


Dejad, ¡oh ninfas!, que las extranjeras
presuman de un color más delicado;
una mirada vuestra, ¡oh lisonjeras!, 155
es rayo contra un pecho fulminado.
Vuestros hermosos ojos son esferas
que inspiran con influjo declarado;
aqueste rayo es tanto más temible
cuanto es por ser de un cielo irresistible. 160


¡Cese la digresión! Al caso vamos.
Lector, la pluma se me fue, perdona,
pues cuando de las ninfas conversamos,
toda dilatación Venus abona.
A nuestro asunto principal volvamos, 165
que con el fin se logra la corona.
Estoy para empezar con el mantuano
aquello de arma, virumque cano.


Mas como del desorden es la fuente
la conjunción, dispuso una britana 170
que a la nobleza en puesto preeminente
la plebe no llegase, por profana,
sino que en un paraje diferente
se sentase la gente ciudadana,
como en Londres (es fácil que repares) 175
se apartan los comunes de los pares.


Las sultanas, cacicas y duquesas
en cojines de rosa están sentadas.
Más allá las condesas y marquesas
sobre alfombras, de lirio coronadas. 180
Hidalgas más allá se quedan tiesas
de verse entre señoras elevadas.
¿Orden entre mujeres?, ¿quién creyera
que todo el orbe junto consiguiera?


De diputadas de la plebe baja 185
la cámara común se componía:
la cómica asistía con la maja,
la naranjera y la limera había,
y las del gremio atroz de la navaja,
quintaesencia de majas se veía. 190
Y como en todas clases se enamora,
no hay clase que no dé procuradora.


Luego que se tomaron los asientos,
una matrona noble y elegante
su arenga pronunció a los parlamentos, 195
y el punto declaró tan importante.
¡Qué tropos!, ¡qué figuras!, ¡qué ornamentos,
hijos de la elocuencia altisonante!
Con atención pasmosa lo escucharon,
harto fue que el silencio conservaron. 200


Otra matrona fina y primorosa,
sutil y delicada en estructura,
alzó la voz y dijo artificiosa:
«¡Quién hubiera pensado tal locura!
¿Esta materia puede ser dudosa? 205
¡Supremo tribunal de la hermosura!:
¿De este pintor no es rara la demencia,
pretendiendo formar tal competencia?


¿Quién duda que el azul, bello senado,
es el color del cielo? ¿Quién ignora 210
que cielo llama el hombre enamorado
al dueño idolatrado a quien adora?
Consta que el negro es más adecuado
al llanto, de quien huye el que enamora;
ergo quiten lo negro y su tristeza 215
del rostro que convida a la llaneza».


Dictamen tan horrible fue aprobado
de inglesas, holandesas y alemanas,
con todas las del clima más helado;
mas no de las que al sol están cercanas. 220
De ojinegras doncellas un puñado
contenían sus iras inhumanas;
que alabasen lo azul les daba en ojos,
pues lo negro es la niña de sus ojos.


Una holandesa dijo: «Los cabellos 225
rubios sin duda son los más hermosos,
y ojos azules siempre andan con ellos
(y no los negros fieros y espantosos).
Con que fuerza será reconocerlos
por dignos de los rostros prodigiosos». 230
Del frío pecho la palabra helada,
carámbano del aire, fue colgada.


Guiñándose con gracia, las malvadas
del ojinegro bando se reían
de ver a las contrarias, que empeñadas 235
estaban en probar lo que querían
y cómo despreciaban, enfadadas,
el color de los ojos que ofendían.
Ufanas en sus locos desvaríos,
¡qué negros os pusieron, ojos míos! 240


Hasta que una ojinegra toledana,
cansada de escuchar tantos agravios,
dijo: «Estarás, ¡oh ninfa!, muy ufana
de lo que acaban de decir tus labios
(echando una mirada tan galana 245
que bastara a rendir siete mil sabios).
¿Vaya que breve un pleito se sentencia
cuando sólo a una parte se da audiencia?


Los ojos negros, ¡oh senado hermoso!,
toda la vida han sido conocidos 250
por sabios en el arte primoroso
de saber hechizar nuestros sentidos.
Si el negro es tierno para el amoroso,
es fiero para los envanecidos;
el ojo negro es arma tan segura, 255
que su herida mortal no tiene cura.


He visto ojos azules apagados;
cuantos negros he visto son ardientes.
He visto ojos azules despreciados;
los negros nunca son indiferentes. 260
Con fundamentos fuertes y sobrados
a los negros declaro preeminentes.
Alarde no he de hacer de mi elocuencia;
apelemos, si os gusta, a la experiencia».


Con júbilo aplaudieron las beldades 265
al discurso elegante, fuerte y vivo
de la dama ojinegra; a sus verdades
sus ojos daban no sé qué atractivo.
Hubiera persuadido falsedades
con el mismo despejo persuasivo. 270
Retórica eficaz es, a fe mía,
la que funda en sus ojos la energía.


Muchas este dictamen apoyaron
con dulces y agradables reflexiones.
Las del opuesto bando se irritaron, 275
los gritos añadiendo; a las razones
se opusieron. Las otras impugnaron,
y ardió su parlamento en confusiones.
Sobre materias menos importantes
he visto yo disputas semejantes. 280


Esta descompostura en la nobleza
de la cámara egregia de los pares,
lector, habrá notado tu agudeza.
Te pido que a más iras te prepares,
que escuches de la plebe la fiereza, 285
y con la de los nobles la compares.
Sólo te advertiré que las mujeres
son tercas en llevar sus pareceres.


De la cámara baja la elocuencia,
con doble contoneo y remolino, 290
una limera, maja de potencia,
propuso el punto con primor ladino.
No hubo argumento en toda la majencia
que no pusiese con pasmoso tino.
Los ojos y el hocico retorciendo, 295
dijo: «¡Naranjas!, ¡pues!, ¡qué tal!, ¡ya entiendo!


¡Aquí estamos, muchachas del barquillo!
Habemos de firmar todas gustosas
que no queremos ojos del soplillo».
Dijo otra maja de las más famosas: 300
«¿Los azules?, por la vida de Juanillo,
queden a las usías melindrosas...
Mi cielo amado tiene por luceros
dos ojos negros como dos tinteros.


De una cara con ojos de barajas, 305
¡qué casa haría yo con azulejos!».
«¡Pues no faltaba más!», dijo otra maja
con el dejo más majo de los dejos.
«En vano por lo azul usted trabaja.
Que se sentencie el pleito por los viejos». 310
Dijo: «No digo más; acábese esto,
que me temo, por Dios, un fin funesto».


Una famosa rubia naranjera,
de los ojos azules abogada,
dijo, muy puesta en jarras; «Anda juera». 315
No he visto lengua yo más bien colgada.
Descanse usted, que es lástima se muera
de las voces ardientes sofocada;
sobre que digo yo que no he oído
jilguerillo de pico más pulido. 320


«Vaya que tamañica me ha dejao.
Pero yo también tengo lengua y pico,
y ya que sus vocablos he escuchao,
oiga usted el aquel con que me explico:
defenderé el color tan agraviado 325
por las bellas palabras de este hocico,
y si negáis de mi razón lo fuerte,
veréis cómo me explico de otra suerte».


«¡Bien!», dicen unas, «¡mal!», otras dijeron.
Razones encontradas ostentaron: 330
todas hablaron y no se entendieron.
Las bocas en su fuerte se encontraron,
mas de ellas lo superfluo conocieron,
y las uñas al lance prepararon.
Del argumento en el oscuro abismo 335
no faltará doctor que haga lo mismo.


Con esta variedad de pareceres
las voces a los cielos han subido;
en la sala común de las mujeres
nunca mayores gritos se han oído. 340
Yo te pido, lector, que consideres
lo fuerte de la bulla y del rüido;
mis pinceles no son asaz sutiles
para pintar batallas mujeriles.


En vano de la sala respetable 345
baja un recado justo a las del trueno.
Estas al mensajero miserable
despiden luego de baldones lleno.
«¡Toma!», (dijo una maja venerable)
«Nos quieren las usías poner freno. 350
Más valiera también que las usías
gastaran entre sí más cortesías».


De tanta gritería alborotados,
los pájaros huyeron al momento,
y fueron por las tapias y tejados 355
contando lo sangriento de este cuento.
Había mil pastores congregados
a oír la decisión del parlamento.
Uno dijo: «¡Mujeres!, bien decía
que en gritos y en araños pararía». 360


Luego que por el pueblo hubo volado
con alas, como el ave, cierta diosa,
a quien con tantas bocas ha pintado
la pluma de Virgilio artificiosa,
el vecindario todo alborotado 365
hizo la controversia más furiosa.
¿Quién mete al necio vulgo en este punto,
que es sólo para doctos digno asunto?


Curioso y con motivo suficiente,
deseas que te diga el paradero 370
de estrago tan fatal y tan ardiente.
Mas soy historiador y verdadero;
deja que del archivo fe faciente
saque algunos papeles que venero.
No sé cómo se escriben muchas cosas 375
con aire de verdades fabulosas.


Prometo con prolijas narraciones
decirte el fin del lance referido,
luego que logre las apuntaciones
que espero del archivo de Cupido. 380
Añadiré profundas reflexiones
de crítica y moral, como es debido,
con erudito alarde de profundo
en todas las doctrinas de este mundo.


Un hombre que pronuncia misterioso, 385
con cejas levantadas o arrugadas,
en tono magistral y silencioso,
de las materias menos elevadas,
consigue ser tenido por pasmoso
entre las gentes necias y engañadas, 390
y el vulgo, que por necio se alucina,
del grave necio admira la doctrina.


Pues si es tan fácil, musa, ser tenido
por hombre sabio, docto e importante,
yo no quiero quedarme deslucido, 395
sino afectar un aire interesante.
Prepárame, lector, tu amable oído,
y admira de mi estilo lo arrogante
en la segunda parte. Aquesta acabo
gustoso con que digas: «¡Bravo!, ¡bravo!». 400






Continuación de las letrillas satíricas que publicó el autor en los Ocios de su [sic] juventud, imitando el estilo de Góngora y Quevedo



Que un sabio de mal humor
llame locura al amor,
ya lo veo;
pero que no se enloquezca
cuando otro humor prevalezca, 5
no lo creo.


Que una doncella guardada
esté del mundo apartada,
ya lo veo;
pero que no muera ella 10
por salir de ser doncella,
no lo creo.


Que un filósofo muy grave
diga que de amor no sabe,
ya lo veo; 15
pero que no mienta el sabio
con el pecho y con el labio,
no lo creo.


Que una moza admita un viejo
por marido o por cortejo, 20
ya lo veo;
mas que el viejo en confusiones
no dé por cuernos doblones,
no lo creo.


Que un amante abandonado 25
diga que está escarmentado,
ya lo veo;
pero que él no se desdiga
si encuentra grata a su amiga,
no lo creo. 30


Que una vieja ya se asombre
hasta del nombre de hombre,
ya lo veo;
pero que ella no quisiera
ser de edad menos severa, 35
no lo creo.


Que una mujer a su amante
jure ser siempre constante,
ya lo veo;
pero que se pase un día 40
y ella quiera todavía,
no lo creo.


Que de todas las mujeres
no importen los pareceres,
ya lo veo; 45
pero que de la que amamos
el parecer no sigamos,
no lo creo.


Que a la mujer, cual cristal,
la quiebre un soplo fatal, 50
ya lo veo;
pero que pueda soldarse
si una vez llega a quebrarse,
no lo creo.


Que al espejo las coquetas 55
estudien mil morisquetas,
ya lo veo;
pero que sea el cristal
el objeto principal,
no lo creo. 60


Que bastante he murmurado
en lo que está criticado,
ya lo veo;
pero que mucho no pueda
criticarse en lo que queda, 65
no lo creo.


Que la novia moza y linda
al novio viejo se rinda,
ya lo veo;
pero que crea el barbón 70
que ella rinde el corazón,
no lo creo.






Probando ser fábula la producción de los cuernos en ciertas cabezas




Octava


Moisés con cuernos pareció adornado,
y no fueron sus cuernos verdaderos.
Dos cuernos a la luna han levantado
los astrólogos vanos embusteros.
Al demonio con cuernos han pintado, 5
porque son los pintores majaderos.
Pues si todos los cuernos son fingidos,
¿por qué han de creer en cuernos los maridos?





Con motivo de haber encontrado en Salamanca un nuevo poeta de exquisito gusto, particularmente en las composiciones tiernas



Ya no verán, ¡oh Tormes!,
tus áridas orillas
los manes de Galeno
y del Estagirita.
Alza la anciana frente 5
tanto tiempo oprimida,
y esparce por el campo
desde hoy jovial la vista.
¿No ves como se acercan
con música festiva 10
a tus arenas sacras
el gusto y la alegría?
En torno de ellas vuelan
los juegos y las risas,
cerca vienen las musas, 15
del gran Febo seguidas.
En medio de aquel coro,
¿no ves cómo camina
un joven, de quien tiene
Ganimedes envidia? 20
¿No escuchas que al acento
de su süave lira
las nueve musas cantan
y el verde prado pisan?
Para adornar sus sienes 25
y cabellos, que brillan
más que el oro, tributo
de las lejanas Indias,
tejiendo van guirnaldas;
y de Flora las ninfas, 30
para traer las flores,
van y vienen a prisa.
Pues ese mismo joven
es por quien tus orillas
verán llegar las gracias, 35
el gusto y la alegría,
huyendo de sus voces
y célica armonía
los manes de Galeno
y del Estagirita. 40








Remitiendo a un poeta joven las poesías de Garcilaso con algunos versos míos



Si mis ásperos metros yo te envío
con dulces versos del divino Laso,
no juzgues que el orgullo necio mío
me finja que le igualo en el Parnaso.
Lo hago porque juntas quiero darte, 5
con prendas de mi amor, reglas del arte.





Al mismo, sobre el mismo asunto




Octava


Cuando Laso murió, las nueve hermanas
lloraron con tristísimo gemido;
destemplaron sus liras soberanas,
que sólo daban fúnebre sonido.
Gimieron más las musas castellanas, 5
creyéndose entregadas al olvido.
Mas Febo dijo: «Aliéntese el Parnaso.
Meléndez nacerá, si murió Laso».





[A Meléndez Valdés]




Canción



Sigue con dulce lira
el metro blando y amoroso acento
que el gran Febo te inspira,
pues Venus te da aliento
y el coro de las musas te oye atento. 5


Sigue, joven gracioso,
de mirto, grato a Venus, coronado,
y quedara envidioso
aquel siglo dorado
por Lasos y Villegas afamado. 10


Dichosa la zagala
a quien le sea dado el escucharte,
pues tu musa la iguala
con la diosa de Marte;
tal es la fuerza de tu ingenio y arte. 15


Aunque más dura sea
que mármoles o jaspes de Granada,
cual otra Galatea,
o sea más helada
que fuente por los yelos estancada, 20


al punto que te oyere,
te admitirá en su cándido regazo.
Si tu voz prosiguere,
te estrechará su brazo,
y amor aplaudirá tan dulce lazo. 25


Y las otras pastoras
de envidia correrán por selva y prado,
y verá la que adoras
el triunfo que ha ganado
por haber tus ternezas escuchado. 30


Mas, ¡ay de aquellos necios
que intenten competir con tu blandura!
Sólo verán desprecios
de aquella hermosura
que una vez escuchare tu dulzura. 35


Dirán su rabia y celos
en el bosque más lóbrego metidos,
injuriando a los cielos;
y oyendo sus gemidos,
responderán las fieras con bramidos. 40


Entrada del averno
parecerá aquel bosque desdichado;
y do tu metro tierno
hubiera resonado,
el campo que a los buenos dará el hado. 45


Pasó mi primavera
(¡los años gratos al amor y Febo
quién revocar pudiera!)
y a juntar no me atrevo
mi voz cansada con tu aliento nuevo. 50


Si no, yo cantaría
al tono de tu lira mis amores,
y al tono de la mía
cantaras entre flores,
como suelen acordes ruiseñores. 55


Sigue, sigue cantando,
no pierdas tiempo de tu edad florida;
que yo voy acabando
mi fastidiosa vida,
en milicia y en corte mal perdida. 60


En alas de la fama
tus versos llegarán a mis oídos.
Si la trompa me llama
a los moros vencidos,
o a los indios de Apache embravecidos, 65


o al antártico polo,
llevando las banderas del gran Carlos,
dirame siempre Apolo
tus versos, y a escucharlos
acudirán las gentes y a alabarlos. 70


Ni el estrépito horrendo
de Neptuno, que ofrece muerte impía,
ni de Marte el estruendo
turbará el alma mía,
si suena en mis oídos tu armonía. 75


Aun cuando dura Parca
mayores plazos a mi vida niegue,
y en la fúnebre barca
por la Estigia navegue
y a las delicias del Elíseo llegue, 80


oiré cuando Catulo,
a la sombra de un mirto recostado,
con Propercio y Tibulo,
lea maravillado
los versos que tu musa te ha dictado; 85


cuando acudan ansiosos
Laso y Villegas al sonoro acento,
repitiendo envidiosos:
«¡Qué celestial portento!,
¿a quién ha dado Apolo tanto aliento?». 90


Yo, que seré testigo
de tu fortuna, que tendré por mía,
diré: «Yo fui su amigo,
y por tal me tenía,
gozando yo su amable compañía». 95


Haranme mil preguntas,
puesto en medio de todos: «¿De quién eres?,
¿y cuántas gracias juntas?,
¿y a cuál zagala quieres?,
¿y cómo baila cuando el plectro hieres?». 100


Y con igual ternura
que el padre cuenta de su hijo amado
la gracia y hermosura,
y se siente elevado
cuando le escuchan todos con agrado, 105


responderé contando
tu nombre, patria, genio y poesía;
y asombráranse cuando
les diga tu elegía
a la memoria de la Filis mía. 110






Sobre un nuevo amor




Odas en versos sáfico-adónicos a Venus y Cupido





Oda primera


A Cupido



¡Niño temido por los dioses y hombres,
hijo de Venus, ciego amor tirano,
con débil mano vencedor del mundo,
dulce Cupido!


Quita del arco la mortal saeta, 5
deja mi pecho, que con fuerza heriste
cuando la triste, la divina ninfa
me dominaba.


Desde que el hilo de su dulce vida
por dura Parca feneció cortado, 10
desde que el hado la llevo a la sacra
cumbre de Olimpo,


guardo constante la promesa antigua
de que ella sola me sería cara,
aunque pasara las estigias olas 15
con Aqueronte.


De lutos largos me vestí gimiendo
y de cipreses coroné mi frente;
eco doliente me siguió con quejas
hasta su tumba. 20


Sobre la losa que regué con sangre
de una paloma negra y escogida,
fue repetida por mi voz la triste,
justa promesa.


Nunca las voces que mi fe juraron 25
creo que puedan merecer olvido,
ni tú, Cupido, puedas olvidarlas
si las oíste.


«¡Sacra ceniza!», repetí mil veces,
«¡sombra de Filis!, si mi pecho adora 30
otra pastora, desde tan horrenda,
lóbrega noche,


haz que a mi falso corazón castigue
cuanto las cuevas del averno ofrecen,
cuanto padecen los malvados, cuanto 35
Sísifo sufre.


Júrolo, Filis, por mi amor y el tuyo,
por Venus misma, por el sol y luna,
por la laguna que venera el mismo
omnipotente». 40


Las negras losas a mi fino acento
mil veces dieron ecos horrorosos,
y de dudosos ayes resonaron
túmulo y ara.


Dentro del mármol una voz confusa 45
dijo: «¡Dalmiro, cumple lo jurado!».
Quedé asombrado, sin mover los ojos,
pálido, yerto.


Temo, si rompo tan solemne voto,
que Jove apure su rigor conmigo, 50
y otro castigo, que es el ser llamado
pérfido, aleve.


Entre los brazos de mi nueva amante
temo la imagen de mi antiguo dueño:
ni alegre sueño ni tranquilo día 55
ha de dejarme.


En vano Cloris, cuyo amor me ofreces,
y a cuyo pecho mi pasión inclinas,
pone divinas perfecciones juntas
ante mis ojos. 60


Ante mi vista se aparece Filis,
en mis oídos su lamento suena;
todo me llena de terror, y al suelo,
tímido, caigo.


Lástima causen a tu pecho, ¡oh niño!, 65
las voces mías, mis dolientes voces.
¡Ay!, si conoces el dolor que causas,
lástima tenme.


La nueva antorcha que encendiste, apaga,
y mi constante corazón respire. 70
Haz que no tire tu invencible brazo
otra saeta.


¡Ay!, que te alejas y me siento herido.
Ardo de amores, y con presto vuelo
llegas al cielo, y a tu madre cuentas 75
tu tiranía.





Oda segunda


A Venus



¡Madre divina del alado niño!,
oye mi ruego, que jamás oíste
otra tan triste, lastimosa pena
como la mía.


Baje tu carro desde el alto Olimpo, 5
entre las nubes del tranquilo cielo;
rápido vuelo traiga tu querida,
blanca paloma.


No te detenga con amantes brazos
Marte, que deja su rigor por verte; 10
ni el que por suerte se llamó tu esposo
sin merecerlo;


ni la delicia de la sacra mesa,
cuando a los dioses, lleno de ambrosía,
brinda alegría Jove con la copa 15
de Ganimedes;


y el eco suena por los techos altos
del noble alcázar, cuyo piso huellas,
lleno de estrellas, de luceros lleno
y tachonado. 20


Cerca del ara de tu templo en Pafos,
entre los himnos que tu pueblo dice,
este infelice tu venida aguarda;
¡baja volando!


Sobre tus aras mis ofrendas pongo, 25
testigo el pueblo, por mi voz llamado;
y concertado con mi tono el suyo,
llámate madre.


Alzo los ojos al verter el vaso
de leche blanca, y el de miel sabrosa; 30
ciño con rosa, mirtos y jazmines
esta mi frente.


Mi palomita con la tierna pluma,
aún no tocada por pichón amante,
pongo delante de tu simulacro; 35
no la deseches.


Ya, Venus, miro resplandor celeste
bajar al templo: tu belleza veo.
Ya mi deseo coronaste, ¡oh madre!,
¡madre de amores! 40


Vírgenes tiernas, niños y matronas,
¡ya llega Venus!, ¡vuestra diosa viene!
El templo suene con alegres himnos
júbilo grato.


Humo sabeo salga de las urnas, 45
dulces aromas que agradarla suelen,
ámbares vuelen, tantos que a la excelsa
bóveda toquen.


Pueblo de amantes, que a mi voz llegaste,
a Venus pide que a mi ruego atienda, 50
y que a mi prenda la pasión inspire,
cual yo la tengo.


CORO DE NIÑOS


¡Reina de Chipre, diosa de Citeres!,
tú que a los dioses y a los hombres mandas,
¿por qué no ablandas a la dura Cloris?, 55
¡mándalo, Venus!


CORO DE NIÑAS


¡Reina de Pafos y de amores madre!,
tú que las almas llenas de placeres,
¿por qué no quieres que Dalmiro triunfe?,
¡mándalo, Venus! 60


PRIMER NIÑO


Como la rosa
agradecida
da mil olores
de sus aromas
al amoroso céfiro blando, 65
cuando la halaga
y la rodea,


PRIMERA NIÑA


haz que reciba
en su regazo
Cloris afable 70
al que la adora.


CORO DE NIÑOS


¡Reina de Chipre, diosa de Citeres!,
tú que a los dioses y a los hombres mandas,
¿por qué no ablandas a la dura Cloris?,
¡mándalo, Venus! 75


CORO DE NIÑAS


¡Reina de Pafos y de amores madre!,
tú que las almas llenas de placeres,
¿por qué no quieres que Dalmiro triunfe?,
¡mándalo, Venus!


SEGUNDO NIÑO


Como la yedra 80
halla en el olmo
vínculo firme
cuando la abraza,


SEGUNDA NIÑA


haz que a su amante
plácido rostro 85
ponga la ninfa
cuando la vea;
pábulo nuevo
halle su llama
en su querida, 90
dulce zagala.


CORO DE NIÑAS


¡Reina de Pafos y de amores madre!,
tú que las almas llenas de placeres,
¿por qué no quieres que Dalmiro triunfe?,
¡mándalo, Venus! 95


CORO DE NIÑOS


¡Reina de Chipre, diosa de Citeres!,
tú que a los dioses y a los hombres mandas,
¿por qué no ablandas a la dulce Cloris?,
¡mándalo, Venus!







Retahíla



Sarmiento fue llorado con sosiego
porque el otro Sarmiento fue gallego,
que si hubiera nacido en la Bañeza,
ya le hubieran llorado con viveza;
pero siendo Sarmiento malagueño, 5
le llorarían, ya se ve, con ceño;
y al contrario, si fuese de Almería,
se llorara tal vez con alegría.
¿Pues qué si hubiera sido de Valencia?
Le llorarían todos con violencia. 10
Y en caso de que fuese granadino,
¿cómo le llorarían? Con gran tino.
Pues demos que naciera en Albacete:
le lloraran bailando el minuete;
y gracias a que no nació en Durango, 15
que entonces le lloraran con fandango.
Y porque veas, Febo, en un instante
la fuerza del maldito consonante,
con que a las musas de las lenguas vivas
de penas cargas y de gusto privas, 20
si al sumamente reverendo padre
en Toledo le faja la comadre,
no hallando el consonante de Toledo,
diría que le lloran con un pedo,
verso que causaría mil enojos 25
a la nariz no menos que a los ojos.
¡Triste de mí! Si el hado dispusiera
que mallorquín por nacimiento fuera,
diría: «ya se ha muerto el mallorquín,
llorémosle con ojos de Bacín; 30
y (en caso de que fuese montañés)
lloradle con el ojo del revés».

Et sic de coeteris in saecula saeculorum. Amen.










Al estilo magnífico de don Nicolás Fernández de Moratín en sus composiciones heroicas




Canción



El semidiós que alzándose a la cumbre
del alto Olimpo, prueba la ambrosía
entre la muchedumbre
de dioses en la mesa del Tonante,
y en copa de diamante 5
purpúreo néctar bebe
al son de la armonía
de los astros que en torno al cielo mueve;
si desciende algún día
al mundo, le fastidian los manjares 10
del huerto, viña, campo, monte y mares.


Desde que el campo elíseo al tierno Orfeo
oyó cantar su amor en tono blando,
y el ardiente deseo
de volver a lograr su dulce esposa 15
(cuya lira amorosa,
mientras duró sonando,
de Sísifo y de Tántalo un momento
paré todo el tormento),
ya no se admira cuando 20
algún mortal, al verse en tal delicia,
las gracias canta a su deidad propicia.


Quien vio surcado el mar, minas, gigantes,
sangrientas amazonas, gente extraña
y límites distantes 25
(de humana audacia no, mas sí del mundo)
y el piélago profundo
hiende con ancha nave;
volviendo rico a España,
en el tranquilo hogar vivir no sabe, 30
desprecia la cabaña,
la barca y red que le ocupó primero
antes que fuese osado marinero.


El joven que una vez del tracio Marte,
de pálidos cadáveres cercado, 35
tremoló el estandarte,
y en el carro triunfal fue conducido,
en su patria aplaudido
con bélico trofeo
y júbilo aclamado; 40
por volver a la lid arde en deseo,
y desdeña el arado,
hijo, esposa, padre, mesa y lecho;
sólo el guerrero honor le llena el pecho.


Y el que al divino Moratín oyere 45
los metros que el timbreo dios le inspira,
y el brío con que hiere
la cítara de Píndaro sagrada,
ya nunca más le agrada
la humana voz ni sones 50
de otra cualquiera lira,
por más que suenen ínclitas canciones
que necio el vulgo admira.
Canta, pues, entre todos el primero,
y calle Ercilla, Herrera, Horacio, Homero. 55


Canción, dile a mi amigo
que me falta el aliento;
y que cuando cantar su gloria intento,
callo mil veces más de lo que digo.






Oda pindárica a [Nicolás Fernández de] Moratín sobre el mismo asunto



¡Ay, si cantar pudiera
los hijos, de los dioses lira de hombre,
y cual trompa guerrera
de altísima armonía,
que ambos polos atónitos asombre, 5
resonase la mía,
hijo de Febo, joven prodigioso,
cuál se alzara mi numen orgulloso!


Se alzara por regiones,
astros, esferas, mundos; y a su acento 10
las célicas mansiones
eco sacro darían,
y los dioses del alto firmamento
a escucharme vendrían.
Anfión y Orfeo no triunfaron tanto 15
del mar y hórrido reino del espanto.


Creyéndome inspirado
para cantar tus loores dignamente,
mandándomelo el hado,
las musas castellanas, 20
con lauro coronándome la frente,
vendrían más ufanas
que las de Tebas, cuando el dios del día
a Píndaro portentos influía.


La cítara lesbiana, 25
que con marfil y pulso a trinar hecho
tañe tu diestra ufana,
en vano, dulce amigo,
para cantarte aplico al blando pecho.
No resuena conmigo 30
como en tu mano armónica resuena,
de pompa, majestad y gloria llena.


Resuena cual solía
la de Salicio y Títiro en lo blando
la dulce lira mía. 35
Parezco, al imitarte,
pastor que con su avena va imitando
la trompa atroz de Marte,
que el céfiro se ríe y se recrea,
y la purpúrea rosa se menea. 40


Con lascivos arrullos
ya los pájaros juntan su armonía,
y el río sus murmullos,
siempre manso y tranquilo;
cuando el mundo de horrores temblaría, 45
del Orinoco al Nilo,
si las ruedas del carro resonaran,
y de Marte la trompa acompañaran.


Fatíganme en lo interno
furias, trasgos y manes, que aparecen 50
del horrísono infierno
y báratro profundo;
y sol y luna y astros se oscurecen,
y se anonada el mundo,
rompiéndose ambos polos con estruendo, 55
y el caos primero, tímido, estoy viendo.


Euménides atroces
su fuego en torno esparcen con silbido
y horrendísimas voces,
con víboras, serpientes 60
y culebras el pelo entretejido;
los brazos relucientes
con lóbrega vislumbre tan siniestra,
que sólo espectros y fantasmas muestra.


La envidia las conmueve 65
sacándolas del centro del abismo,
y con ardid aleve
en mi pecho las hunde
con fiero ardor contra mi amigo mismo,
porque mil celos funde, 70
cuando la fama te aclamó poeta
con el son inmortal de su trompeta.


«¡Con que permite el hado
(me dice en ronco son la horrible dea)
que perezca olvidado 75
tu nombre con tu verso,
y que de Moratín la musa sea
la que del universo
haga sonar el uno y otro polo
con cítara que envidie el mismo Apolo!», 80


dijo, y su pecho lleno
de áspides ponzoñosas y rencores,
me arrojó su veneno.
Ardiose el pecho mío,
cual seca mies del rayo a los ardores 85
vibrado en el estío;
tu nombre aborrecí con triste ceño,
cual esclavo la mano de su dueño.


Mas la amistad sagrada
con su cándida túnica desciende 90
de la empírea morada;
de virtudes un coro
la cerca, y con su manto te defiende.
Su carro insigne de oro
deslumbra, y ciega al monstruo que me irrita, 95
y al centro del horror le precipita.


Mirándome la diosa
con faz serena y plácida hermosura,
dejó mi alma gozosa,
cual esparce alegría 100
rosada aurora tras la noche oscura,
dando consuelo el día,
desde el lejano, lúcido horizonte,
al hombre, al bruto, al ave, al campo, al monte.


Mi frente que, arrugada, 105
de mi alma mostró el crüel tormento,
con mano regalada
alzó, diciendo: «Vive
con amigo tan ínclito contento;
como tuyo recibe 110
el justo aplauso y lírica corona
que le da Olimpo, Iberia y Helicona,


Aquellos que yo he unido
con mis vínculos gratos y celestes,
después que hayan cumplido 115
los días de sus hados,
Cástor y Pólux, Pílades y Orestes,
a Olimpo son llevados;
y Júpiter, llenando mi deseo,
eternos viven Píroto y Teseo. 120


Deja a las corvas almas
la sátira y rencor, y tus laureles
junta a las sacras palmas
de Moratín divino.
No temen los amigos, si son fieles, 125
las iras del destino,
y al lado de sus versos asombrosos
se admirarán los tuyos amorosos.


A él le ha dado Apolo
la cítara de Píndaro sonante, 130
para que cante él solo
de Carlos las hazañas
(oyendo desde el punto más distante,
Américas y Españas,
coronado en cada una de las zonas) 135
y sus virtudes más que sus coronas;


y el hijo suyo digno
(prole que a España dio próspero el cielo)
y aquel rostro benigno
de Luisa parmesana, 140
de quien Castilla aguarda su consuelo,
belleza más que humana;
y de Gabriel y Luis las prendas tales,
que serán, con sus versos, inmortales.


Y por probarse a veces 145
cantará de la patria y sus varones
heroicas altiveces.
Escúchale entonando
sagrados himnos, líricas canciones,
y estándole escuchando 150
suspenso el cielo, quedan sin empleo
espada, rayo, lira y caduceo.


Para él es digno asunto
lo de México, Cuzco y de Pavía,
y Numancia y Sagunto, 155
San Quintín y Lepanto,
y de Almansa y Brihuega el claro día
(¡feliz a España tanto!).
Pero tú... canta céfiros y flores,
arroyos, campos, ecos y pastores», 160


dijo, y fuese volando,
dejando mi alma llena de consuelo.
Y un rastro fue dejando
de clara luz sagrada,
desde la humilde tierra al alto cielo; 165
su corona estrellada
en torno por el aire difundía
etéreo olor de líquida ambrosia.






A la nave en que se embarcó Ortelio en Bilbao para Inglaterra




Oda sáfico-adónica



Ya deja Ortelio la paterna casa,
ya le recibes, navecilla humilde,
ya queda lejos la jamás domada
cántabra gente.


Nave que llevas tan amable vida, 5
céfiro grato llévele sereno,
hasta que pongas a la amiga costa
áncora firme.


Alce Neptuno el húmido tridente,
abra las ondas para darte paso, 10
salgan en coros ninfas y tritones
para guiarte.


Ni toques costa, ni movible arena,
ni sople hinchado contra tu velamen,
gúmena y jarcia, desde el alto polo 15
hórrido norte.


Las naves altas de cañón tremendo,
con la bandera del amado Carlos,
no te abandonen al atroz pirata
que África cría; 20


ni temas golpes de la suerte aleve.
Yo pido al cielo para ti bonanza,
y al que le ruega por su dulce amigo,
Júpiter oye.






Epístola a Batilo y Arcadio sobre el rumor de guerra con Portugal o de nueva expedición contra Argel



Vuelve el rumor de la africana guerra
al lusitano campo trasladada,
y el trozo antiguo de Borbón repite
lo que en Nápoles, Flandes y Sicilia,
en Aragón, Castilla y en Valencia 5
hizo en pasados siglos; y se alientan
los jóvenes que hoy siguen sus pendones,
ansiosos de igualarse con los viejos,
o superar tal vez la antigua gloria,
con hechos que merezcan más loores. 10
Dulce Batilo, sentencioso Arcadio,
amigos ambos y consuelos míos,
en cuyo pecho hallé dulce consuelo
cuando salí de la engañosa corte,
vosotros, cuyos nombres dan delicia, 15
gozo, dulzura y paz a mi memoria,
¿serán estos los últimos renglones
que he de escribir, con mano que enlazada
con las vuestras un tiempo fue dichosa
y prenda de un cariño mutuo y firme? 20
Desde hoy, tal vez, no tomará mi diestra
la pluma, repitiendo, cual solía,
de la sacra amistad el dulce empleo,
sino el hierro que cántabras montañas
envían a Toledo, desde donde, 25
hecho mortal segur, corta las vidas
que lloran viudas, huérfanos y madres.
¿No más pisar entre mis dos amigos
en pláticas gustosas e inocentes
las orillas que baña el padre Tormes 30
y resuenan el eco de sus ninfas,
ni el ámbito magnífico, ostentoso,
de la Plaza Mayor de Salamanca,
con pórticos suntuosos y columnas
y bustos de los héroes de Castilla 35
(empleo digno de patriotas manos)?
¿No más pasar la noche oscura y larga
de enero juntos, con preciosos libros
de gustosa moral escritos en verso
por Mendoza, León, Lope, Argensola? 40
Truécase todo en sangre, horror, estruendo,
por inconstante mar, hórrida tierra,
fértil en tigres, víboras, leones,
ardiente arena y bárbaros contrarios,
con arroyos de sangre ajena y propia, 45
cadáveres y cuerpos desmembrados
que juntos forman pálidos montones,
saliendo de ellos lastimeras voces,
de moribundos últimos alientos,
tremenda consonancia del rüido; 50
y el estrépito de armas, roncas trompas
y relincho de béticos caballos,
cuyas madres conciben de los vientos,
según la antigua tradición refiere.
Si allí me espera la inflexible Parca, 55
llorad, llorad, amigos, como os dije
en la lengua de Tulios y Marones,
bien que en bárbara frase, no tan pura
como cuando en París cursé la escuela.
Llorad, digo otra vez, llorad, amigos, 60
que yo expirando, extenderé la mano
al que tenga más cerca, y moribundo
diciendo: «Muero por la patria, alegre,
que tal muerte es honrosa cuanto dulce.
Si acaso vuelves a pasar los montes 65
que separan las dos nobles Castillas,
a Batilo y Arcadio di mil veces
que nada me es terrible en este instante
sino dejar su trato y su cariño».
En esto moriré; los ojos yertos, 70
erizado el cabello, el pecho hinchado,
la lengua seca, y todo envuelto en polvo,
pasto tal vez de fieras o de peces.
Pero luego al pasar el lago Estigio
el dios barquero llevará con pocos 75
mi espíritu hacia el campo del Elíseo.
Yo no veré de Ixión la horrible rueda,
ni a Sísifo, ni a Tántalo, ni a tantos
que sufren bajo el brazo de las furias
castigo justo de mortal audacia 80
que no vio sin espanto el pío Eneas,
llevando el ramo que le daba el hado,
guiándole entre sombras la Sibila,
con ser nieto de Júpiter tonante,
y ser a quien fio sus dioses Troya 85
para formar en Roma el pueblo invicto
cuyo imperio sin fin daría leyes
a todo el orbe desde el Capitolio.
Iré tranquilo donde viven juntos,
formando coros de apacible gozo, 90
los que (fieles al culto de los dioses,
a su patria, sus hijos y sus padres,
y a sus amigos) llegan sin recelo
a Minos y a los otros rectos jueces,
cuya vista estremece a los que vivos 95
despreciaron el rayo del gran Jove,
traidores a su patria, la olvidaron,
con mofa hirieron las antiguas leyes,
del Senado y la púrpura y corona,
o del anciano padre y madre tierna 100
las canas y el amor, que a tanto obligan
(delitos que las fieras no conocen,
privadas de la luz que el hombre tiene),
o los que rasgan con atroz malicia
de amistad el cándido regazo. 105
Si al culto de la diosa erigen templo
los hombres algún día, cual debieran,
en sus aras pondréis, dulces amigos,
mis cenizas en urna de diamante
que a los ejes del mundo alcance en tiempo, 110
por premio del amor constante y puro
que hasta morir os profesó Dalmiro.





Letrillas pueriles



De amores me muero,
mi madre, acudid,
si no llegáis pronto,
vereisme morir.


Catorce años tengo, 5
ayer los cumplí,
que fue el primer día
del florido abril;
y chicas y chicos
me suelen decir: 10
«¿Por qué no te casan,
Mariquilla, di?».
De amores me muero,
mi madre, acudid,
si no llegáis pronto, 15
vereisme morir.


Ya sé, madre mía,
que allá en el jardín,
estando a mis solas,
despacio me vi 20
en el espejito
que me dio en Madrid
las pasadas ferias
mi primo Luis.
De amores me muero, 25
mi madre, acudid,
si no llegáis pronto,
vereisme morir.


Mireme y mireme
cien veces y mil, 30
y dije llorando:
«¡Ay pobre de mí!,
¿por qué se malogra
mi dulce reír
y tierna mirada?». 35
¡Ay niña infeliz!
De amores me muero,
mi madre, acudid,
si no llegáis pronto,
vereisme morir. 40


Y luego en mi pecho
una voz oí,
cual cosa de encanto,
que empezó a decir:
«¿La niña soltera 45
de qué ha de servir?
La vieja casada
aun es más feliz».
De amores me muero,
mi madre, acudid, 50
si no llegáis pronto,
vereisme morir.


Si por ese mundo
no quisiereis ir
buscándome un novio, 55
dejádmelo a mí,
que yo hallaré tantos
que pueda elegir,
y de nuestra calle
yo no he de salir. 60
De amores me muero,
mi madre, acudid,
si no llegáis pronto,
vereisme morir.


Al lado vive uno 65
como un serafín,
que la misma misa
que yo suele oír.
Si voy sola, llega
muy cerca de mí; 70
y se pone lejos
si también venís.
De amores me muero,
mi madre, acudid,
si no llegáis pronto, 75
vereisme morir.


Me mira, le miro.
Si me vio le vi,
se pone más rojo
que el mismo carmín. 80
Y si esto le pasa
al pobre, decid:
«¿Qué queréis, mi madre,
que me pase a mí?»
De amores me muero, 85
mi madre, acudid,
si no llegáis pronto
vereisme morir.


Enfrente vive otro,
taimado y sutil, 90
que suele de paso
mirarme y reír.
Y disimulado
se viene tras mí,
y a ver dónde llego 95
me suele seguir.
De amores me muero,
mi madre, acudid,
si no llegáis pronto,
vereisme morir. 100


Otro hay que pasea
con aire gentil
la calle cien veces,
y aunque diga mil,
y a nuestra criada 105
la suele decir:
«Bonita es tu ama,
¿te habla de mí?».
De amores me muero,
mi madre, acudid, 110
si no llegáis pronto,
vereisme morir.






Epigramas






A un cuadro en que se ven Júpiter, Neptuno y Plutón, con sus atributos, y Cupido volando más arriba



Ufanos con el gobierno
del infierno, cielo y mar
los tres dioses no han de estar.
Amor con ser niño tierno
a los tres sabe mandar. 5





Sobre otro asunto



En la cabeza le dio
un palo Juan a Ginés,
¿y rompiosela? Al revés:
el palo se le rompió;
Ginés era aragonés. 5






Soneto



Ya veis cuál viene, amantes, mi pastora
de bulliciosos céfiros cercada,
la rubia trenza suelta, y adornada
por sacras manos de la misma Flora.


Ya veis su blanco rostro que enamora, 5
su vista alegre y sonreír que agrada,
su hermoso pecho, celestial morada
del corazón a quien el mío adora.


Oís su voz, y el halagüeño acento;
y al ver y oír que sólo a mí me quiere, 10
con envidia miráis la suerte mía.
Mas si vierais el mísero tormento
con que mil veces su rigor me hiere,
la envidia en compasión se trocaría.

6 comentarios:

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