domingo, 1 de abril de 2007

Antonin Artaud:"El Ombligo de los Limbos"




El Ombligo de los Limbos
Antonin Artaud



Allí donde otros proponen obras yo no pre-
tendo otra cosa que mostrar mi espíritu.
La vida es un consumirse en preguntas.
No concibo la obra como separada de la vida.
No amo la creación separada. No concibo tam-
poco el espíritu separado de sí mismo. Cada una
de mis obras, cada uno de los planes de mí mis-
mo, cada una de las floraciones heladas de mi
vida interior echa su baba sobre mí.
Me reconozco tanto en una carta escrita para
explicar el encogimiento íntimo de mi ser y la
castración insensata de mi vida, como en un
ensayo exterior a mí mismo, y que aparece en
mí como un engendro indiferente de mi es-
píritu.
Sufro que el Espíritu no esté en la vida y que
la vida no esté en el Espíritu, sufro del Espíritu-
órgano, del Espíritu-traducción, o del Espíritu-
intimidación-de-las-cosas para hacerlas entrar
en el Espíritu.
Yo pongo este libro suspendido en la vida, de-
seo que sea mordido por las cosas exteriores y
antes que nada por todos los sobresaltos en ace-
cho, todas las oscilaciones de mi yo por venir.
Todas estas páginas se arrastran como tém-
panos en el espíritu. Disculpen mi absoluta
libertad. Me rehúso a hacer diferencias entre
cada uno de los minutos de mí mismo. No re-
conozco el espíritu planificado.
Es necesario terminar con el Espíritu como
con la literatura. Digo que el Espíritu y la vida
se comunican en todos los grados. Yo quisiera
hacer un Libro que trastorne a los hombres,
que sea como una puerta abierta y que los con-
duzca donde ellos no habrían jamás consentido
llegar, simplemente una puerta enfrentada a la
realidad.
Y esto no es un prefacio de un libro como no lo
son los poemas que lo jalonan ni la enumera-
ción de todas las furias del malestar.
Esto no es más que un témpano mal tragado.




Un gran fervor pensante y superpoblado lle-
vaba a mi yo como un abismo pleno. Un viento
carnal y resonante soplaba, y el azufre mismo
era denso.
Y raicillas ínfimas poblaban ese viento como
una red de venas y su entrecruzamiento fulgu-
raba. El espacio era medible y crujiente, pero
sin forma penetrable. Y el centro era un mosai-
co de fragmentos, una especie de duro martillo
cósmico, de una pesadez desfigurada, y que
recaía sin cesar como un frente en el espacio,
pero con un ruido como destilado. Y la envol-
tura algodonosa del ruido tenía la instancia
obtusa y la penetración de una mirada viva.
Sí, el espacio devolvía su pleno algodón mental
donde ningún pensamiento era aún nítido ni
restituía su descarga de objetos. Pero, poco a
poco, la masa giró como una náusea fangosa
y potente, una especie de inmenso influjo de
sangre vegetal y retumbante. Y las raicillas
que se estremecían en el borde de mi ojo men-
tal, se separaban con una velocidad de vértigo
de la masa crispada del viento. Y todo el espa-
cio se estremeció como un sexo que el globo
del cielo ardiente saqueaba. Y una especie de
pico de paloma real horadó la masa confusa de
los estados, todo el pensamiento profundo en
ese momento se estratificaba, se resolvía, se
hacía trasparente y reducido.
Y nos era necesario entonces una mano que se
transformara en el órgano mismo del aprehen-
der. Y dos o tres veces todavía la masa entera y
vegetal giró, y cada vez, mi ojo se reubicaba en
una posición más precisa. La oscuridad misma se
hacía profusa y sin objeto. El hielo entero gana-
ba la claridad.




Conmigo dios-el-perro, y su lengua
que como una saeta atraviesa la costra
del doble casquete abovedado
de la tierra que le causa escozor.

Y he aquí el triángulo de agua
que avanza con un paso de chinche,
pero que bajo la chinche llameante
se vuelve cuchillada.

Bajo los senos de la tierra horrorosa
dios-la-perra se ha retirado,
de los senos de tierra y de agua helada
que pudren su lengua vacía.

Y he aquí la virgen-del-martillo,
para aniquilar los sótanos de la tierra
donde el cráneo del perro estelar
siente subir el horrible nivel.




Doctor,
Hay un punto sobre el cual habría querido
insistir: es el de la importancia de la cosa sobre
la cual actúan sus inyecciones; esta especie de
relajamiento esencial de mi ser, esta reducción
de mi estiaje mental, que no significa como po-
dría creerse una disminución cualquiera de mi
moralidad (de mi alma moral) o siquiera de mi
inteligencia, sino más bien de mi intelectuali-
dad utilizable, de mis posibilidades pensantes,
y que tiene que ver más con el sentimiento que
tengo yo mismo de mi yo, que con lo que mues-
tro de él a los demás.
Esta cristalización sorda y multiforme del
pensamiento, que escoge en un momento dado
su forma. Hay una cristalización inmediata y
directa del yo en el centro de todas las formas
posibles, de todos los modos del pensamiento.
Y ahora, señor Doctor, que ya está usted bien
al tanto de lo que en mí puede ser alcanzado
(y curado por las drogas), del punto de litigio
de mi vida, espero que sabrá darme la cantidad
de líquidos sutiles, de agentes especiosos, de
morfina mental, capaces de elevar mi abati-
miento, de equilibrar lo que cae, de reunir lo
que está separado, de recomponer lo que está
destruido.
Mi pensamiento le saluda.




Pablo los pájaros
o el lugar del amor


Paolo Uccello se debate en medio de un vasto
tejido mental donde ha perdido todas las rutas
de su alma y hasta la forma y la suspensión de
su realidad.
Quita tu lengua, Paolo Uccello, quita tu len-
gua, mi lengua, mi lengua, mierda, ¿quién ha-
bla, dónde estás? Fuera, fuera, Espíritu, Espí-
ritu, fuego, lenguas de fuego, fuego, fuego,
come tu lengua, viejo perro, como su lengua,
come, etc... Arranco mi lengua.
SI.
Durante este tiempo, Brunelleschi y Donate-
llo se desgarran como condenados. El punto
pesado y sopesado del litigio es, sin embargo,
Paolo Uccello, pero que está en otro plano que
ellos.
Hay también Antonin Artaud. Pero un Anto-
nin Artaud en estado de parto y del otro lado
de todos los vidrios mentales y que realiza todos
sus esfuerzos para pensarse en otro lugar que
no sea allí (en lo de André Masson, por ejem-
plo, que tiene todo el físico de Paolo Uccello,
un físico estratificado de insecto o de idiota, y
atrapado como una mosca en la pintura, en su
pintura que por ello está estratificada).
Y por otra parte es en él (Antonin Artaud)
que Uccello se piensa, pero cuando él se piensa
verdaderamente no está más en él, etc., etc. El
fuego donde sus espejos se maceran se ha
traducido en un hermoso tejido.
Y Paolo Uccello continúa la titilante opera-
ción de este desgarramiento desesperado.
Se trata de un problema que se ha planteado
en el espíritu de Antonin Artaud, pero Anto-
nin Artaud no necesita problemas, ya está bas-
tante enmierdado por su propio pensamiento y
entre otros hechos por haberse reencontrado
en sí mismo, y descubierto como un mal actor
por ejemplo, ayer en el cine, en Surcouf, sin
saber aún que esta larva del pequeño Pablo
venía a comer su lengua en él.
El teatro es edificado y pensado por él. Ha
dispuesto en distintos sitios arcadas y planos
sobre los cuales todos sus personajes se mueven
como perros.
Hay un plano para Paolo Uccello, y un plano
para Brunelleschi y Donatello, y un pequeño
plano para Selvaggia, la mujer de Paolo.
Dos, tres, diez problemas se han entrecruza-
do repentinamente con el zigzagueo de sus len-
guas espirituales y todos los desplazamientos
planetarios de sus planos.
En el momento en el que se levanta el telón,
Selvaggia está muriéndose.
Paolo Uccello entra y le pregunta cómo se
siente.
La pregunta tiene el don de exasperar a Bru-
nelleschi quien rasga la atmósfera únicamente
mental del drama con un puño material y
tenso.
BRUNELLESCHI. –Cerdo, loco.
PAOLO UCCELLO, estornudando tres veces.
–Imbécil.
Pero primero describamos los personajes. Dé-
mosle una forma física, una voz, un atuendo.
Pablo los Pájaros tiene una voz imperceptible,
un caminar de insecto, un vestido demasiado
grande para él.
Brunelleschi a su vez tiene una auténtica voz
de teatro, sonora y carnosa. Se parece al Dante.
Donatello está entre los dos. San Francisco
de Asís antes de los Estigmas.
La escena ocurre sobre tres planos.
Inútil decirles que Brunelleschi está enamo-
rado de la mujer de Pablo los Pájaros. Le re-
procha entre otras cosas dejarla morir de ham-
bre. ¿Acaso se muere de hambre en el Espíritu?
Porque estamos únicamente en el Espíritu.
El drama se desarrolla sobre varios planos con
varias faces. Consiste tanto en la estúpida pre-
gunta de saber si Paolo Uccello terminará por
adquirir suficiente piedad humana para dar a
Selvaggia de comer, como de saber cuál de los
tres o cuatro personajes se mantendrá el ma-
yor tiempo en su plano.
Porque Paolo Uccello representa el Espíritu
no precisamente puro sino desasido.
Donatello es el Espíritu sobreelevado. Ya no
mira más la tierra pero está aún atado a ella
por los pies.
Brunelleschi a su vez está enraizado en la
tierra, y es terrestre y sexualmente que él de-
sea a Selvaggia. No piensa más que en el coito.
Paolo Uccello no ignora sin embargo la se-
xualidad, pero la desea vidriosa y mercurial, y
fría como el éter.
En cuanto a Donatello acaba de lamentarla.
Paolo Uccello no tiene nada en su vestimen-
ta. No tiene más que un puente en lugar de co-
razón. Hay a los pies de Selvaggia una hierba
que no debería estar allí.
Repentinamente Brunelleschi siente su cola
hincharse, hacerse enorme. No la puede conte-
ner, y alza vuelo como un gran pájaro blanco,
como esperma que se atornilla girando en el
aire.




Querido Señor,

No cree usted que sería ahora el momento de
intentar unir el cine con la realidad íntima del
cerebro. Le comunico algunos fragmentos de un
guión de los cuales me gustaría mucho que us-
ted se ocupara. Verá que en un plano mental
su concepción interior le da lugar en el len-
guaje escrito. Y para que la transición sea me-
nos brutal, le hago preceder de dos ensayos
que inclinan cada vez más –quiero decir que,
a medida que se desarrollan– se reparten imá-
genes cada vez menos y menos desinteresadas.
Este guión está inspirado, lejanamente, en
un libro sin duda alguna envenenado, gasta-
do, pero al que estoy agradecido de cualquier
modo por haberme posibilitado encontrar imá-
genes. Y como yo no cuento una historia sino
que desgrano simplemente imágenes no podrá
reprochárseme sólo proponer retazos. Tengo a su
disposición por otra parte dos o tres páginas don-
de trato de atentar contra la surrealidad, resti-
tuirle su alma, exhalar su hiel maravillosa, de las
cuales podría hacerse preceder el todo, y que
yo le enviaría si así lo desea, pronto.
Quiera recibir, etc. ...




Descripción de un estado físico


Una sensación de quemazón ácida en los
miembros, músculos retorcidos y como al rojo
vivo, el sentimiento de estar en vidrio y frágil,
un temor, una retracción ante el movimiento
y el ruido. Una confusión inconsciente de la
marcha, de los gestos, de los movimientos. Una
voluntad perpetuamente tensa para los gestos
más sencillos,
el renunciamiento al gesto simple,
una fatiga demoledora y central, una especie
de fatiga aspirante. Los movimientos a recom-
poner, una especie de fatiga de muerte, de fa-
tiga de espíritu para una aplicación de la ten-
sión muscular más simple, el gesto de tomar,
de aferrarse inconscientemente a algo,
que será mantenido por una voluntad apli-
cada.
Una fatiga de comienzo de mundo, la sen-
sación de cargar su cuerpo, un sentimiento de
fragilidad increíble y que se transforma en
dolor astillante,
un estado de letargo doloroso, una especie
de letargo localizado en la piel, que no prohibe
ningún movimiento pero cambia el sentimien-
to interno de un miembro y otorga al simple
estado vertical el premio de un esfuerzo vic-
torioso.
Localizado probablemente en la piel, pero
sentido como la supresión radical de un miem-
bro, y no presentando al cerebro más que
imágenes de miembros filiformes y algodono-
sos, de imágenes de miembros lejanos y que no
están en su lugar. Una especie de ruptura in-
terna de la correspondencia de todos los ner-
vios.
Un vértigo en movimiento, una especie de
decaimiento oblicuo que acompaña todo es-
fuerzo, una coagulación de calor que aprisio-
na toda la extensión del cráneo, o se fragmenta
en pedazos, placas de calor que se desplazan.
Una exacerbación dolorosa del cráneo, una
cortante presión de los nervios, la nuca aferrada
al sufrimiento, las sienes que se vitrifican o
se transforman en mármol, una cabeza piso-
teada por caballos.
Habría que hablar ahora de la descorporiza-
ción de la realidad, de esta especie de ruptura
aplicada, pareciera, a multiplicarse por sí mis-
ma entre las cosas y el sentimiento que produ-
cen sobre nuestro espíritu, el lugar que deben
tomar.
Esta clasificación instantánea de las cosas
en las células del espíritu, no tanto en su orden
lógico como en su orden sentimental, afectivo
(que no se hace más):
las cosas no tienen olor, no tienen sexo. Pero
su orden lógico también a veces está roto a
causa justamente de su falta de aliento afec-
tivo. Las palabras se pudren en el llamado in-
consciente del cerebro, todas las palabras para
no importa qué operación mental, y sobre todo
aquellos que tocan los resortes más habituales,
más activos del espíritu.




Un vientre delgado. Un vientre de polvo te-
nue y como en imagen. Al pie del vientre
una granada estallada.
La granada despliega una circulación de co-
pos que asciende como lenguas de fuego, un
fuego frío.
La circulación se aferra al vientre y lo da
vuelta. Pero el vientre no gira más.
Son venas de sangre vinosa, de sangre mez-
clada con azafrán y azufre pero con un azufre
edulcorado con agua.
Sobre el vientre se ven los senos. Y más
arriba, y en profundidad, pero en otro pla-
no del espíritu, un sol arde, pero de un modo
tal que pareciera que es el seno el que arde. Y
al pie de la granada, un pájaro.
El sol tiene como una mirada. Pero una mi-
rada que miraría al sol. La mirada es un
cono que se vuelca sobre el sol. Y todo el aire
es como una música helada pero una vasta, pro-
funda música, bien construida y secreta, llena
de ramificaciones congeladas.
Y todo esto, construido con columnas, y con
un especie de aguada de arquitecto que reúne
el vientre con la realidad.
La tela está hueca y estratificada. La pin-
tura está bien apresada en la tela. Es como un
círculo cerrado, una suerte de abismo que gi-
ra, y se desdobla por el medio. Es como un es-
píritu que se ve y se ahueca, está amasado y
trabajado sin cesar por las manos crispadas
del espíritu. Y sin embargo el Espíritu siembra
su fósforo.
El Espíritu está seguro. Tiene bien puesto
un pie en este mundo. La granada, el vientre,
los senos, son como pruebas testimoniales de la
realidad. Hay un pájaro muerto. Hay una pro-
liferación de columnas. El aire está cargado de
golpes de lápices, de golpes de lápices como
de golpes de cuchillo, como de estrías de uña
mágica. El aire está suficientemente trastor-
nado.
He aquí que se dispone en células donde ger-
mina un grano de irrealidad. Las células se
ubican cada una en su lugar, en abanico,
alrededor del vientre, delante del sol, más
allá del pájaro y en torno a esta circulación de
agua sulfurosa. Pero la arquitectura es indife-
rente a las células, sustenta y no habla.
Cada célula lleva en sí un huevo donde re-
luce qué germen? En cada célula un huevo
nace repentinamente. Hay en cada uno un hor-
migueo inhumano pero límpido, las estratifi-
caciones de un universo detenido.
Cada célula lleva bien su huevo y nos lo pro-
pone; pero poco le importa al huevo ser escogi-
do o rechazado.
Todas las células no llevan huevo. En algunas
nace una espiral. Y en el aire una espiral más
grande está colgada pero como azufrada, ya o
todavía, de fósforo y envuelta en irrealidad. Y
esta espiral tiene toda la importancia del pen-
samiento más potente.
El vientre evoca la cirugía y la Morgue, la
bodega, la plaza pública y la mesa de opera-
ciones. El cuerpo del vientre parece hecho de
granito o de mármol, o de yeso pero de un
yeso endurecido. Hay un casillero para una
montaña. La espuma del cielo le hace a la mon-
taña un halo traslúcido y fresco. El aire alrede-
dor de la montaña es sonoro, piadoso, legenda-
rio, prohibido. El acceso a la montaña está pro-
hibido. La montaña tiene su sitio en el alma.
Ella es el horizonte de un algo que retrocede
sin cesar. Da la sensación del horizonte eterno.
Y yo describo esta pintura con lágrimas por-
que esta pintura conmueve mi corazón. .
Siento en ella desplegarse mi pensamiento co-
mo en un espacio ideal, absoluto, pero un espa-
cio que tendría una forma insertable en la reali-
dad. En ella caigo del cielo.
Y alguna de mis fibras se entreabre y halla
su lugar en casilleros determinados. Vuelvo a
ella como a mi fuente, allí siento la ubicación
y la disposición de mi espíritu. El que ha pin-
tado ese cuadro es el más grande pintor del
mundo. A Andre Masson lo que le corresponde.




Poeta negro


Poeta negro, un seno de doncella
te obsesiona
poeta amargo, la vida bulle
y la ciudad arde
y el cielo se resuelve en lluvia,
tu pluma araña el corazón de la vida.

Selva, selva, hormiguean ojos
sobre los pináculos multiplicados;
cabellos de tormenta, los poetas
montan caballos, perros.

Los ojos se enfurecen, las lenguas giran
el cielo afluye a las narices
como una leche nutritiva y azul;
estoy pendiente de vuestras bocas
mujeres, duros corazones de vinagre.




Carta al señor legislador de
la ley sobre estupefacientes


Señor legislador,

Señor legislador de la ley de 1916, aprobada
por el decreto de julio de 1917 sobre estu-
pefacientes, eres un castrado.
Tu ley no sirve más que para fastidiar la
farmacia mundial sin provecho alguno para
el nivel toxicómano de la nación
porque

1º El número de los toxicómanos que se
aprovisionan en las farmacias es ínfimo;

2º Los verdaderos toxicómanos no se aprovi-
sionan en las farmacias;

3º Los toxicómanos que se aprovisionan en las
farmacias son todos enfermos;

4º El número de los toxicómanos enfermos
es ínfimo en relación al de los toxicóma-
nos voluptuosos;

5º Las restricciones farmacéuticas de la droga
no reprimirán jamás a los toxicómanos vo-
luptuosos y organizados;

6º Habrá siempre traficantes;

7º Habrá siempre toxicómanos por vicio de
forma, por pasión;

8º Los toxicómanos enfermos tienen sobre la
sociedad un derecho imprescriptible, que
es el que se los deje en paz.

Es por sobre todo una cuestión de conciencia.
La ley sobre estupefacientes pone en manos
del inspector-usurpador de la salud pública
el derecho de disponer del dolor de los hom-
bres; en una pretensión singular de la medicina
moderna querer imponer sus reglas a la con-
ciencia de cada uno. Todos los balidos oficiales
de la ley no tienen poder de acción frente a
este hecho de conciencia: a saber, que, más aún
que de la muerte, yo soy el dueño de mi dolor.
Todo hombre es juez, y juez exclusivo, de la
cantidad de dolor físico, o también de vacuidad
mental que pueda honestamente soportar.
Lucidez o no lucidez, hay una lucidez que
ninguna enfermedad me arrebatará jamás, es
aquella que me dicta el sentimiento de mi vida
física. Y si yo he perdido mi lucidez la medicina
no tiene otra cosa que hacer sino darme las sus-
tancias que me permitan recobrar el uso de
esta lucidez.
Señores dictadores de la escuela farmacéuti-
ca de Francia ustedes son unos pedantes roño-
sos: hay una cosa que debieran considerar me-
jor: el opio es esta imprescriptible e imperiosa
sustancia que permite retornar a la vida de su
alma a aquellos que han tenido la desgracia de
haberla perdido.
Hay un mal contra el cual el opio es sobera-
no y este mal se llama Angustia, en su forma
mental, médica, psicológica, lógica o farmacéu-
tica como ustedes quieran.
La Angustia que hace a los locos.
La Angustia que hace a los suicidas.
La Angustia que hace a los condenados.
La Angustia que la medicina no conoce.
La Angustia que vuestro doctor no entiende.
La Angustia que quita la vida.
La Angustia que corta el cordón umbilical
de la vida.
Por vuestra ley inicua ustedes ponen en ma-
nos de personas en las que no tengo confianza
alguna, castrados en medicina, farmacéuticos
de porquería, jueces fraudulentos, doctores,
parteras, inspectores doctorales, el derecho a
disponer de mi angustia, de una angustia que
es en mí tan aguda como las agujas de todas
las brújulas del infierno.
Temblores del cuerpo o del alma, no existe
sismógrafo humano que permita a quien me
mire, llegar a una evaluación de mi dolor más
precisa, que aquella, fulminante, de mi espí-
ritu!
Toda la azarosa ciencia de los hombres no es
superior al conocimiento inmediato que puedo
tener de mi ser. Soy el único juez de lo que está
en mí.
Vuelvan a sus buhardillas, médicos parásitos,
y tú también, señor Legislador Moutonnier, que
no es por amor de los hombres que deliras, es
por tradición de imbecilidad. Tu ignorancia de
aquello que es un hombre sólo es comparable a
tu estupidez pretendiendo limitarlo. Deseo que
tu ley recaiga sobre tu padre, sobre tu madre,
sobre tu mujer y tus hijos, y toda tu posteri-
dad. Y mientras tanto, soporto tu ley.




Los poetas levantan las manos
donde tiemblan vitriolos vivientes,
sobre las mesas el cielo ídolo
se repliega sobre sí mismo, y el delgado sexo

moja una lengua de hielo
en cada orificio, en cada lugar
que el cielo deja libre al avanzar

El suelo está empedrado de almas
y de mujeres con un hermoso sexo
donde los minúsculos cadáveres
reflejan sus momias.




Hay una angustia ácida y turbia, tan potente
como un cuchillo, y donde el descuartizamien-
to tiene el peso de la tierra, una angustia en
relámpagos, en puntuación de abismos, apre-
tados y prensados, como chinches, como una
suerte de piojos duros cuyos movimientos están
coagulados, una angustia donde el espíritu se
estrangula, y se corta a sí mismo, –se mata.
No consume nada que no le pertenezca, nace
de su propia asfixia.
Es una congelación de la médula, una ausen-
cia de fuego mental, una falta de circulación
de la vida.
Pero la angustia del opio tiene otro color, no
tiene esta pendiente metafísica, esta maravillo-
sa imperfección de acento. La imagen llena de
ecos y de cuevas, de laberintos, de vueltas; lle-
na de lenguas de fuego hablantes, de ojos men-
tales en acción y del chasquido de un rayo
sombrío y pleno de razón.
Pero me imagino entonces el alma bien cen-
trada y no obstante en el infinito divisible, y
transportable como algo que es. Imagino el al-
ma que siente, y que a la vez lucha y consiente,
y hace girar en todas direcciones a sus lenguas,
multiplica su sexo –y se mata. Es necesario
conocer la verdadera nada deshilachada, la nada
que ya no tiene órgano. La nada del opio tiene
en sí como la forma de una frente que piensa,
que ha ubicado el sitio del agujero negro.
Yo estoy hablando de la ausencia de agujero,
de una suerte de sufrimiento frío y sin imáge-
nes, sin sentimientos, y que es como un golpe
indescriptible de abortos.




El chorro de sangre


EL JOVEN. –Te amo y todo es bello.
LA JOVEN, con un trémolo intensificado en
la voz. –Tú me amas y todo es bello.
EL JOVEN, en un tono más quedo. –Te
amo y todo es bello.
LA JOVEN, en un tono aún más quedo que
el suyo. –Tú me amas y todo es bello.
EL JOVEN, dejándola bruscamente. –Te amo.
Un silencio.
Ponte delante mío.
LA JOVEN, siguiendo el juego, se ubica fren-
te a él. –Ya está.
EL JOVEN, con un tono exaltado, sobreagu-
do. –Te amo, soy grande, soy limpio, soy ple-
no, soy denso.
LA JOVEN, en el mismo tono sobreagudo. –
Nos amamos.
EL JOVEN. –Somos intensos. Ah, qué bien
establecido está el mundo.
Un silencio. Se oye como el ruido de una
inmensa rueda que gira provocando viento.
Un huracán los separa. En ese momento
se ven dos astros que se entrechocan y una
serie de piernas de carne viva que caen con
pies, manos, cabelleras, máscaras, colum-
nas, pórticos, templos, alambiques, que
caen, pero cada vez más lentamente, como
si cayeran en el vacío, luego tres escorpio-
nes uno tras otro, y finalmente una rana, y
un escarabajo que cae con una lentitud de-
sesperante, una lentitud que hace vomitar.
EL JOVEN, gritando con todas sus fuerzas.
El cielo se ha enloquecido.
Mira al cielo.
Salgamos corriendo.
Empuja a la joven delante suyo.
Y entra un Caballero de la Edad Media
con una enorme armadura y seguido por
una nodriza que sostiene sus pechos con
ambas manos y resopla porque tiene los
senos muy inflados.
EL CABALLERO. –Deja tus tetas. Dame mis
papeles.
LA NODRIZA, con un grito sobreagudo.
¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!
EL CABALLERO. –Mierda, ¿qué es lo que
pasa?
LA NODRIZA. –Nuestra hija, allá, con él.
EL CABALLERO. –No hay hija, silencio.
LA NODRIZA. –Te digo que se están be-
sando.
EL CABALLERO. –Qué carajo crees que
me hace que se estén besando.
LA NODRIZA. –Incesto.
EL CABALLERO. –Matrona.
LA NODRIZA, hundiendo las manos en sus
bolsillos que son tan grandes como sus senos. –
¡Mantenido!
Ella le desparrama sus papeles, rápidamente.
EL CABALLERO. –Basta, déjame comer.
La Nodriza desaparece. Entonces él se le-
vanta y del interior de cada papel saca
una enorme porción de gruyère.
Repentinamente tose y se ahoga.
EL CABALLERO, la boca llena. –Ehp, ehp.
Muéstrame tus senos. ¿Dónde se ha ido?
Se va corriendo.
El Joven vuelve.
EL JOVEN. –He visto, he conocido, he com-
prendido. Aquí la plaza pública, el prelado, el
remendón, las cuatro estaciones, el umbral de
la iglesia, el farol del prostíbulo, la balanza de
la justicia. ¡No puedo más!
Un sacerdote, un zapatero, un bedel, una
ramera, un juez, una vendedora de horta-
lizas, llegan a la escena como sombras.
EL JOVEN. –La he perdido, devuélvemela.
TODOS, en un tono diferente. –Quién, quién,
quién, quién.
EL JOVEN. –Mi mujer.
EL BEDEL, con tono lacrimógeno. –¡Su mu-
jer, psuif, farsante!
EL JOVEN. –¡Farsante! ¡Podría ser la tuya!
EL BEDEL, golpeándose la frente. –Quizás
sea cierto.
Se va corriendo.
El sacerdote se aleja del grupo a su vez y
pone su brazo alrededor del cuello del
joven.
EL SACERDOTE, como en confesión. –¿A
qué parte de su cuerpo hacía usted más frecuen-
temente alusión?
EL JOVEN. –A Dios.
El sacerdote desconcertado por la respues-
ta toma inmediatamente acento suizo.
EL SACERDOTE, con acento suizo. –Pero
no se hace más eso. Así no lo entendemos. Hay
que preguntar esto a los volcanes, a los terre-
motos. Nosotros vivimos de las pequeñas sucie-
dades de los hombres en la confesión. Y eso es
todo, es la vida.
EL JOVEN, atónito. –¡Ah, así es la vida!
Entonces, todo se va al carajo.
EL SACERDOTE, siempre con el acento sui-
zo. –¡Pero claro!
En ese momento, repentinamente, la no-
che cae sobre el escenario. La tierra tiem-
bla. El trueno hace estragos, con relám-
pagos que zigzaguean en todo sentido, y
en el zigzagueo de los relámpagos se ve a
todos los personajes echándose a correr, y
enredándose los unos con los otros, caen,
se levantan y corren como locos.
En un momento dado una mano enorme
toma la cabellera de la prostituta que se
inflama y crece visiblemente.
UNA VOZ GIGANTESCA. –¡Perra, mira tu
cuerpo!
El cuerpo de la prostituta aparece abso-
lutamente desnudo y horrendo, bajo el
corpiño y la enagua que se vuelven como
de vidrio.
LA PROSTITUTA. –Déjame, Dios.
Ella muerde a Dios en el puño. Un in-
menso chorro de sangre desgarra la escena
y se ve en medio de un relámpago más
grande que los otros al sacerdote que se
persigna. Cuando vuelve la luz todos los
personajes han muerto y sus cadáveres
yacen por todas partes en el suelo. Sólo
quedan el Joven y la Prostituta que se de-
voran con los ojos. La Prostituta cae en
brazos del Joven.
LA PROSTITUTA, suspirando y como en el
extremo de un orgasmo. –Cuéntame cómo ha
ocurrido esto.
El Joven esconde la cabeza entre las ma-
nos.
La Nodriza vuelve llevando a la Joven ba-
jo el brazo como un paquete. La Joven está
muerta. La deja caer al suelo y ésta se
aplasta y achata como una torta. La No-
driza no tiene más senos. Su pecho es com-
pletamente chato. En ese momento re-
gresa el Caballero que se echa sobre la
Nodriza y la sacude con vehemencia.
EL CABALLERO, con voz terrible. –¿Dón-
de lo has puesto? Dame mi gruyère.
LA NODRIZA, atrevidamente. –Aquí está.
Se levanta las polleras.
El Joven desea irse corriendo pero se que-
da como un títere petrificado.
EL JOVEN, como suspendido en el aire y
con voz de ventrílocuo. –No le hagas mal a
mamá.
EL CABALLERO. –Maldita.
Se cubre el rostro con horror.
Una multitud de escorpiones sale en ese
momento de las polleras de la Nodriza y
comienzan a pulular en su sexo que se
hincha y se resquebraja, haciéndose vi-
drioso, y reverbera como un sol.
El Joven y la Prostituta huyen como tre-
panados.
LA JOVEN, se levanta deslumbrada. –¡La
virgen! ah, eso era lo que él buscaba.


Telón

FIN