domingo, 1 de abril de 2007

Juan María Gutiérrez:Estudio sobre La Argentina y conquista del Río de la Plata y sobre su autor Don Martín del Barco Centenera


Estudio sobre La Argentina y conquista del Río de la Plata y sobre su autor Don Martín del Barco Centenera
Juan María Gutiérrez




[3]

Observa aquel que ostenta allí preclaro
con Plectro de marfil, dorada Lira,
a quien parece que en concepto claro
canora Musa, heroica voz inspira:
este el Barco será; que cuanto raro
en la Argéntea región al Mundo admira
cantará, y descubriendo sus grandezas,
los cantos vencerán a las proezas.
Doctor don Pedro de Peralla.- Lima Fundada.- Canto VII, oct. 128.

Las principales fuentes históricas son todavía los historiadores primitivos, testigos y actores muchas veces de los sucesos que narran, i instruidos de ellos por la tradición reinante El lector encuentra en ellos ese colorido especial de la época, esa animación casi inimitable y ese interés que forman el principal atractivo de la historia.
(Barros-Arana.- Int. al Comp. de Hist. de Am., pág. II).

...les rimeurs de chroniques, les plus plats des hommes, et qu'on ne lit que parcequ'il faut prendre l'histoire par tout, même chez les imbéciles.
H. Taine.- Hist. de la lit. ang. T. ler.. pág. 227.- 2e. edit. Hachette.- 1866.



- I -
Delante de la obra de que vamos a ocuparnos nos encontramos perplejos para clasificarla, pues toca por el verso en que está escrita con la poesía, con la historia por la materia, y con la prosa [4] más humilde por la desnudez del estilo y el desaliño de la locución. Miraría exclusivamente bajo cualquiera de estos aspectos, sería colocarse en un falso punto de vista, y cometer el mayor desacierto quererla medir con la regla del poema épico por el hecho material de hallarse escrita en octavas reales y dividida en cantos. Para nosotros sólo nos interesa por el título, más harmonioso que toda poesía para oídos de argentinos, por los hechos que narra, por los personajes que en ellos toman parte, ya europeos, ya indígenas, y últimamente porque es un trasunto vivísimo, aun de aquello mismo con que el autor no pretendió despertar la atención de la posteridad.

Pero no sólo los bien nacidos son hijos-de-algo. Estas composiciones bastardas de la familia de la «Argentina» tienen su origen en las entrañas mismas, en la índole del pueblo español, rebelde en toda época, en literatura, a las disciplinas del gusto griego y del latino. Jamás la España, a pesar de la excelencia de los ingenios poéticos que la honran, ha producido poemas épicos que se acerquen a la Jerusalén del Tasso, ni siquiera a las Luisiadas de Luis de Camõens; así como tampoco pudo hermanar en su glorioso teatro dramático, el vuelo del genio con las unidades de las escuelas clásicas.

Si la producción de Barco Centenera exigiera como las de la naturaleza, una clasificación indispensable en el museo de las letras, la colocaríamos [5] con entera confianza en la categoría de los poemas descriptivos. Y si hubiéramos de establecer su filiación histórica en los fastos de las letras españolas, pronto la hallaríamos en el movimiento especial que a la vanagloria de aquella nación impuso la descomunal ambición del Emperador Carlos V. Las vastas y ruidosas conquistas de este Atila moderno, tentaron el patriotismo de los poetas peninsulares, y se dieron a escribir Caroleas y Carlos Famosos, malgastando alguno de ellos hasta trece años de su vida, y abrumando la paciencia del lector con más de cuarenta mil versos, lamentablemente prosaicos.

El Carlos famoso de don Luis Zapata, a que acabamos de aludir, es más que una obra de arte, una crónica ajustadísima a la más leal cronología, de la vida del emperador durante cuarenta años, siguiéndole el autor día a día, paso a paso, hasta que le ve agonizar en medio de remordimientos y de frailes en el obscuro monasterio que este acontecimiento ha convertido en una mansión célebre. En el reinado de su hijo, no eran de esperarse frutos mejores de ningún género, y durante él continuó en España la manía del poema narrativo histórico, con sólo cambiar de héroes y de asuntos; pero siempre descosidos y sin unidad como malas imitaciones que eran de la manera del Ariosto, quedando a gran distancia del maestro inimitable.

El nuevo mundo que tantas dádivas valiosas [6] dispensó a sus conquistadores, reveló al caballeresco don Alfonso de Ercilla, un mundo también nuevo de poesía, dándole ocasión de admirar las virtudes primitivas, el valor, la constancia, la elocuencia homérica de los hijos indomables de las selvas de Chile. La Araucana es la expresión de esas virtudes, en lenguaje harmonioso, con una dicción sin rival; por esta causa y no por la regularidad de su plan, se consideró desde que vio la luz, como una excepción y como un modelo entre el fárrago de los poemas de su propia especie que producía la musa castellana contemporánea. El mismo autor dice más de una vez en el prólogo y texto de su obra, que su intento en ella ha sido hacer una historia de lo que vio y no componer un poema épico.

La celebridad que logró adquirir Ercilla con su Araucana, despertó naturalmente en otros versificadores el deseo de conseguirla a su vez por el mismo rumbo; y como por otra parte eran entonces las hazañas de la conquista el blanco de la atención del mundo, se tentaron algunos testigos oculares y partícipes en ellas, a probar fortuna, y sin medir bien sus fuerzas, se aventuraron a cantarnos en versos endecasílabos, innumerables como las arenas del mar, lo que debieron habernos transmitido en prosa humilde para mayor pro de su fama y mejor esclarecimiento de la verdad histórica. Entre estos mal aconsejados, [7] el más antiguo es el beneficiado de Tunja, Juan de Castellanos. Pedro de Oña, Gaspar de Villaura, y Barco Centenera, vienen en pos de él; -el licenciado con su Arauco Domado, el capitán con los treinta y cuatro cantos de la Nueva Méjico, y nuestro arcediano Conquista del Río de la Plata. Pero estos no agotan por sí solos la lista de los poetas de poco vuelo a quienes inocentemente atrajo el resplandor de La Araucana. El primero de todos, cronológicamente considerados, es un hidalgo de Madrid, don Gabriel Lasso de la Vega, quien dio a luz por dos veces en el espacio de seis años su Cortés Valeroso y la Mejicana; y a éste siguió un biznieto de condes, aunque nacido en Méjico, llamado don Antonio Saavedra, que publicó, también en Madrid, el año 1599 una especie de vida y hechos de Hernán Cortés, en verso, con el título de Peregrino indiano: poema de dieciséis mil versos, escritos, según testimonio del autor en los setenta días que duró su travesía del océano que separa la Nueva España de la antigua (62).

Tal es la larga familia a que pertenece Centenera, entre los miembros de la cual, considerados como individuos, si no falta ni la nobleza de la sangre, ni la que da el valor y el desempeño [8] de altos empleos, fáltales casi del todo como hombres de letras, la valentía de la inspiración, el linaje tradicional de una buena escuela, la distinción del estilo, y en fin la nobleza de la dicción que es la cualidad que señala, sobre todas, al escritor de buena descendencia. Esta familia no merece llevar en un blasón los carteles del hidalguísimo Ercilla, sino cruzados por barras transversales que indican bastardía según las reglas de la heráldica. Y empleamos intencionalmente esta forma metafórica al expresarnos, porque estamos íntimamente convencidos de que las prendas relevantes que mostró el autor de La Araucana como poeta y como versificador, son de aquellas que no se heredan, emanaciones especiales de su alma escogida, de la pureza de sus sentimientos, de la grandeza caballerosa de su carácter que nos recuerda la del sublime autor del Quijote, más gigante como hombre que como creador de este inimitable trasunto de las flaquezas y virtudes del corazón humano.

Ercilla se educó en el seno de la sociedad más distinguida de su tiempo, en el palacio del sucesor de Carlos V, acompañándole en sus viajes por mar y por tierra; en 1547, cuando fue aquel príncipe a tomar posesión del ducado de Brabante, y cuando nueve años más tarde pasó a Inglaterra a casarse con la heredera de este reino. Visitó todas las provincias de España, la Italia, la Inglaterra, la Francia, la Alemania, el Austria [9] hasta los confines de Hungría, adquiriendo a estos viajes, como dice el único biógrafo que de él conocemos, gran caudal de noticias y de prudencia, viendo como otro Ulises, tanta diversidad de naciones y de humanas costumbres.

Hallábase Felipe II en Londres, gozando de su luna de miel (si esta expresión idílica, pudiera cuadrar a semejante personaje) cuando llegole la noticia de un gran levantamiento de naturales en Arauco; y como tuviese consigo, y entre sus cortesanos, a Gerónimo de Alderete, nombrole capitán y Adelantado de aquella parte de sus dominios, con encargo de establecer en ellos la paz. La imaginación de Ercilla, que entonces contaba 21 años de edad, quedó cautiva al escuchar cuanto se decía de aquella parte de América entre los cortesanos de la comitiva del Rey, y haciendo un paréntesis a sus inclinaciones de humanista y de estudioso, de que ya había dado muestras, así como de viveza, de ingenio y de seriedad de carácter, ciñose por primera vez una espada y se embarcó con Alderete para Lima en las aguas del Támesis. Llegó a la capital del Perú en circunstancias en que, habiendo fallecido el Adelantado, el Virrey marqués de Cañete, preparaba una expedición a Chile al mando de su hijo don García Hurtado de Mendoza, y con esta expedición partió don Alonso de Ercilla para el teatro de sus hazañas como valiente, y de sus glorias, mayores aún que las conseguidas [10] con la espada, como inspirado cantor de las virtudes de los hijos de la naturaleza.

Allí se halló en siete batallas campales, en las cuales no quedó atrás en denuedo de ninguno de los demás capitanes españoles, «haciendo por la espada; aún más de lo que dijo por la pluma», según el irrecusable testimonio de Pedro de Oña (63), quien, como parcialísimo de don García, no podía serlo mucho de Ercilla, puesto que escribía su Arauco para vengar a aquel general del silencio noblemente vengativo guardado a su respecto en La Araucana. Cuando don García intentó extender la conquista hacia el Sur, llevó consigo a Ercilla, y antes de emprender el regreso, llevado de su anhelo por señalarse en proezas no comunes, acompañado por unos cuantos soldados y adelantándose más allá del lugar a donde se detuvo su jefe, descendió de su caballo, y escribió sobre la corteza de uno de esos pinos gigantes de las selvas del extremo de Chile, la fecha de febrero de 1558, comentada con estas inmortales palabras: «Aquí llegó don Alfonso de Ercilla, donde ningún otro hombre ha llegado hasta ahora»; acción que nos recuerda aquella que de Balbra refiere la tradición, quien deseando ser el primero en acercarse a las costas recién descubiertas del mar Pacífico, detuvo la marcha de sus compañeros, y adelantándose solo entrose [11] en las ondas saladas, hasta la cintura, con el estandarte castellano enarbolado en la diestra.

Pero el rasgo más característico de la firmeza e hidalguía del ánimo de Ercilla, se manifiesta en un lance que hubo de costarle la vida y le enemistó con su general. Celebrábase en el campamento de don García, la noticia de la Coronación de Felipe II, por abdicación de su padre, y entre las diversiones propias de soldados, emulábanse entre sí los de la expedición, sobre quien daba en mejor parte a un blanco colocado para probar la mayor destreza o el mejor ojo en el manejo del arcabuz. Esta inocente rivalidad, era, en casos análogos, motivo de serias pendencias entre aquellos hombres familiarizados con las batallas y con la sangre. Don Alfonso, picado en la honra por su camarada don Juan de Pineda, se fue con él a las manos, o más bien a las espadas, y dividieron en dos la opinión del campamento, de que resultó una especie de motín, conflicto intestino que don García reprimió con demasiada severidad condenando a muerte a Ercilla. Éste se vindica en pocas y moderadas palabras en el canto XXXVI de su poema, diciendo que hubo poca reflexión en el juez dando exageradas proporciones a un delito que sólo había consistido por parte del reo en poner mano a la espada,

Nunca sin gran razón desenvainada. [12]

Tal era el soldado: el hombre de sentimientos se pinta en todo su poema, en términos, que, según un compatriota suyo moderno, (que mucho se le parecía en las altas prendas del carácter y del ingenio) excitarán siempre la simpatía de todo corazón bien inclinado y generoso, porque el joven poeta es el solo que en su conducta y en sus versos aparece como hombre entre aquellos tigres feroces, oyendo la voz de la clemencia y de la compasión, y siguiendo las máximas de la justicia (64).

Y si fuera necesario autorizar aún más este juicio acerca de la perfección moral de la persona del autor de La Araucana, recordaríamos la terneza varonil, al mismo tiempo que pudorosa, con que supo expresar su pasión cuando se sintió rendido al mérito y a la belleza de la mujer que fue su esposa, y brilla en su poema como una estrella inmortal. La pintura que hace de su María de Bazán es llena de suavidad, de comedimiento y de castísimo perfume:

Era de tierna edad, pero mostraba
en su sosiego discreción madura,
y a mirarme parece la inclinaba
su estrella, su destino y mi ventura: [13]
yo, que saber su nombre deseaba,
rendido y entregado a su hermosura,
vi a sus pies una letra que decía:
del tronco de Bazán doña María.

Nos vemos forzados a prestar un flaco servicio al Arcediano Centenera, de quien tenemos que ocuparnos detenidamente, habituando el paladar del lector a la dulzura de estos versos que tanto distan de los de aquel, por el concepto y la armonía. Pero como hemos apuntado antes que en nuestro concepto, la superioridad literaria de La Araucana comparada con los poemas que forman su descendencia, proviene más que de las dotes intelectuales de Ercilla, de las de su carácter, más que de las del literato de las del hombre, hemos trazado el rápido bosquejo de su vida que antecede; y no será culpa nuestra, si al trazar el de la vida de Barco Centenera, rastreando sus perfiles por entre las octavas de La Argentina, resultase una figura pálida y de mala catadura al lado de la muy airosa de don Alfonso de Ercilla y Zúñiga.

En el curso de este estudio hemos de hacer notar cómo, según el testimonio de Centenera mismo, el indio Chiriguano, en cuya denominación parece querer comprender este autor toda la raza guaraní, señora de las regiones que se dilatan desde el corazón del Brasil hasta las faldas orientales de los Andes bolivianos, no era de [14] peor condición, ni en bravura, ni en civilización relativa, ni en el don de la palabra, al araucano, y por consiguiente no depende tampoco la inmensa distancia que media entre su poema y el de Ercilla, de la desigualdad o desproporción entre unos y otros héroes. Tan humilde y obscuro es a primera vista el asunto de La Argentina como el de La Araucana; pero ambos tienen a su favor, el interés y la novedad del espectáculo que ofrecen los objetos desconocidos de una naturaleza virgen e intacta, y las costumbres, los usos, los sentimientos y el lenguaje del hombre primitivo, colocado por Dios en los primeros escalones de una civilización llamada a tener un desarrollo especial. ¡Qué campo para el poeta, y para la poesía sobre todo! Ercilla supo sacar provecho, en gran parte, de estas ventajas que le ofrecía el teatro presente a su imaginación, y sobre todo de las que le brindaban los motivos morales que animaban a los indígenas el defender su patria, sus familias, las ciencias de su nación y la independencia; sentimientos, dice el noble Quintana, con los cuales simpatiza siempre el corazón humano en todas las edades de la vida y en todos los parajes del mundo.

Hemos de ver, más adelante, cuanto se esterilizan estos medios de buen éxito bajo la pluma de nuestro Centenera, y como pasa éste, sin advertirlo, al lado de los Lautaros, de los Galvarinos, de las Tegualdas y las Fresias, figuras [15] terribles y patéticas o risueñas que embellecen la creación de Ercilla. Barco Centenera lejos de dar vida a personajes de esta especie, les hunde y elimina con toda la fuerza de una excomunión, con los despreciativos dictados, de malvados, de perros, de arteros, como lo hace por ejemplo, con Yamandú, cacique y sacerdote de los guaranís de las orillas del Paraná. Pero Ercilla no era teólogo y arcediano como el cantor de La Argentina: aunque amamantado en la corte del regio arquitecto del lúgubre Escorial, no tenía por oficio perseguir al demonio ni disputarle la posesión de las almas. Para esto solo había venido Centenera a América, y el ser humano, la imagen de Dios por excelencia que en ella se le presentaba bajo aspectos desconocidos para él, se pintaban en su conciencia al través de un prisma esencialmente engañoso. Todos los arranques espontáneos de una sensibilidad sin riendas de convención, manifestados por los indígenas de una manera elocuente por la palabra pintoresca de sus bellos idiomas; los rasgos de sagacidad y de ingenio; los transportes de la pasión; la ira noble, y el resentimiento bien fundado, contra sus dominadores, no eran, para el arcediano otra cosa que instigaciones del enemigo malo apoderado de aquellas almas idólatras. Éste, por otra parte, es el espíritu en general de los catequistas españoles del nuevo mundo, como puede verse en cualquiera de los historiadores [16] misioneros, y en sus imitadores, desde Montoya hasta Xarque: si nos limitamos en esta prueba al Paraguay y Río de la Plata (65). ¡Así fueron de opimos los frutos que cosecharon!

La Araucana, tipo del poema de que vamos a ocuparnos, no es épico por su estructura, ni quiso darle su autor los caracteres esenciales de tal. Bien sabía él que semejante máquina, estando a los preceptos y a los ejemplares de la antigüedad, requiere un héroe, una acción, un encaminamiento progresivo hacia el fin o desenlace de la fábula urdida, y que hasta los caracteres subalternos y los episodios, a pesar de su diversidad, deben enlazarse estrecha y armoniosamente con el asunto y con el protagonista. Pero como ya lo hemos dicho, y lo repetiremos con las palabras del crítico eminente cuyas opiniones aceptamos, La Araucana no es una epopeya sino una narración verídica de los acontecimientos de que el autor fue testigo, algún tanto amenizada con los halagos de la versificación y del estilo, y con algunos episodios.

De manera que la falta de lealtad a la forma severamente clásica de la epopeya, no es un cargo serio que pueda dirigirse a un imitador de segundo o tercer orden como Centenera. Si da comienzo a su obra describiendo la grandeza del [17] Río de la Plata, del Paraguay, sus islas, y las aves y peces que hay en ellas, un principio semejante tiene la de Ercilla, cuyo canto primero está consagrado a la «descripción de la provincia de Chile». Si Centenera hostiga a su lerdo Pegaso hasta obligarle a saltar de las orillas del Plata a las de Rimac para maldecir de más cerca al marino capitán de la Reina depravada (66), en esto no hace más que seguir el ejemplo de La Araucana, cuyos episodios son tanto o más ajenos a su asunto que los de la Argentina. A gala tenían los discípulos el incurrir en estas excentricidades del maestro, y así vemos que Oña, dando a su vez de mano a sus araucanos y poniendo a rumbo opuesto su trompa épica, pregona la gloria, al mundo nuevo,

De don Beltrán de Castro y de la Cueva,

vencedor, en las aguas del Pacífico, de otro pirata inglés a quién él llama Richerte Aquines, por antipatía ufónica contra las W dobles y la k del apellido Hawkins, que es el verdadero de aquel afamado marino (67).

El cargo justo y serio a que debe responder nuestro don Martín del Barco Centenera, es el haberse entrometido a historiar en verso, lo que [18] apenas hubiera escrito bien en prosa casera y corriente, porque aún en esta se halla a mucha distancia de don Antonio Solís y de cualquiera de los buenos prosistas castellanos aún de su época. Y es lástima que nos hayan impuesto la pesada tarea de descifrar lo que quiso decir tratándose de los interesantes sucesos del Río de la Plata, que él únicamente ha legado a la posteridad como testigo ocular.

En vano hemos buscado juicios ajenos favorables a La Argentina, como obra de arte. El único con que hemos tropezado es el que encierra una de las octavas de la Lima Fundada, del peruano don Pedro de Peralta. Pero este poeta sin poseer las dotes de Lope, fue tan pródigo como el autor del Laurel de Apolo en sus elogios inconsiderados y ponderativos a todas las mediocridades del Parnaso, y no puede considerársele como crítico, sino como apologista benévolo y apasionado para con todos los escritores que más o menos directamente se relacionan con el Virreinato del Perú, por el asunto o por el origen. Y aunque hasta ahora nadie se haya ocupado de estudiar directamente el poema de que se trata, porque no es fácil que se resigne a semejante empresa, persona que no sea muy interesada en los pormenores de nuestra historia, y tenga a más una paciencia a prueba de malos versos y de octavas dislocadas y desapacibles, podemos sin embargo apoyar con algunos nombres [19] autorizados, el juicio poco favorable que rodea, no como una aureola, sino como niebla opaca, la figura poética de nuestro arcediano.

Parece que don Juan Bautista Muñoz, al hablar en su historia del Nuevo Mundo de los historiadores-poetas, hubiera cortado un sayo, valiéndose de la tijera de un gran filósofo, a nuestro buen Centenera: «Es cierto, dice con gravedad el señor Muñoz, lo de Platón, que el poeta cuando se sienta en la trípode de la musa, no está en su seso, y dice cuanto se le ocurre sin distinguir lo verdadero de lo falso. Y aún más cierto que los versos no se han hecho para la historia» (68).

Mas expresa que esta alusión indirecta en la crítica con nombre propio que otros le han dirigido. M. Ternaux Compans, que parece haber hojeado con curiosidad de bibliófilo y de americanista, nada más, los cantes de La Argentina, la declara sin apelación, «no un poema sino una crónica rimada» (69), sin dejar de observar que la edición original, est très rare. El señor don Eugenio de Ochoa, al publicar en París el «Tesoro de los poemas épicos españoles» acepta la opinión anterior traduciendo las mismas palabras del erudito francés.

Es de notarse que aquí termine, y a esto quede reducido, lo único que encontramos originalmente [20] escrito en lengua española por un peninsular (70) acerca de libro tan curioso como el de Barco Centenera, y nos es necesario trasladarnos hasta Boston para escuchar sobre el particular la opinión de un hombre capaz de formarla con conocimiento de causa. M. Jorge Ticknor, diligente historiador de la literatura española, después de dar algunas noticias biográficas sobre el autor y sobre el asunto y distribución de materias del poema de Centenera, añade que es «largo e insulso» (a long, dull poem) no, cansado y fastidioso con extremo, como han traducido los señores Gayangos y Vedia, y que en sus veintiocho cantos, campea la credulidad formando una mezcla informe de historia y de geografía: sin embargo, añade el señor Ticknor, esta obra goza de consideración como recuerdo de las singulares aventuras que el autor mismo presenció u oyó relatar (71).

El compilador de obras y documentos relativos a la historia antigua y moderna de las provincias del Río de la Plata, hizo cuanto le fue posible para levantar el crédito poético de La Argentina que reimprimió en el tomo segundo de dicha colección; pero la mayor parte de las citas que hace en pretendido abono del estro de Centenera, logran [21] ponerle más bien en mal punto de vista, siendo así que no carecen sus octavas de una que otra perla que pudiera sacarse a lucir con agrado de los más delicados en materia de buenos versos, aunque ninguno de ellos sea digno de competir con los modelos más acabados de la poesía castellana como lo pretende el intencionado compilador.

En cuanto al valor histórico de La Argentina, no estamos distantes de la opinión manifestada por éste. Si Barco Centenera no hubiera relatado las empresas, ya de éxito feliz o funesto que cometieron los soldados españoles en estos países del Plata, y en las cuales fue generalmente actor y testigo, durante largos años; careceríamos de los únicos testimonios que poseemos de un período importante de nuestra historia antigua.

Centenera es el exclusivo cronista del Adelantado Juan Ortiz de Zárate, y el biógrafo más minucioso de una parte de la vida del famoso fundador de Buenos Aires, don Juan de Garay, y al lado suyo se encontraba cuando se echaron los primeros cimientos de esta gran ciudad (72).

La administración de aquel mismo y la de su sucesor Mendieta, no puede estudiarse ni conocerse en otra fuente original y verídica que en los versos de La Argentina (73). Su mismo [22] autor, como si tuviera presentimiento de que la posteridad no había de tenerle presente sino como cronista, tiene particular cuidado en recomendar su veracidad, diciendo que aunque su musa canta en verso escribe la verdad de lo que ha visto por sus propios ojos u oído referir a los testigos (74). Y consiguió de tal grado granjearse la confianza de los escritores posteriores en la exactitud de su testimonio, que estos han aceptado hasta sus errores, especialmente en la observación de los objetos de la naturaleza, materia ajena a su profesión y resbaladiza para un hombre de imaginación en medio de las novedades de un mundo inexplorado.

El señor Azara, en el juicio o escrutinio severísimo que hace de las fuentes históricas de nuestra conquista, pone muy abajo a La Argentina aconsejando que se consulte lo menos que se pueda la obra del clérigo extremeño, tan escasa de conocimientos locales y tan sobrada de tormentas, batallas y circunstancias increíbles. Pero si en descargo de Centenera como historiador no nos permitiríamos rectificar el juicio del señor Azara en los términos que lo hace el señor Funes en la página IV del prólogo de su Ensayo, llamaremos, sí, la atención sobre la razón principal, en nuestro concepto, de los desdenes del geómetra hacia el poeta. Aquél acusa [23] a éste de empeño en desacreditar a los jefes y cabezas de la conquista, y en este concepto se considera herida la susceptibilidad del patriotismo exagerado del Aragonés, en presencia de la sencilla y desnuda verdad del Extremeño, en cuyo espejo se miran retratados, cuales fueron, los fanáticos exterminadores de nobles y generosas razas.

El señor Azara procede en la historia como en la geografía: las fechas son para él, y en esto le hallamos razón sobrada, como las posiciones principales de un mapa, y dentro de esas fechas, ajusta, sin consideración a otra circunstancia, el curso de los acontecimientos humanos, tan modificables, tan inesperados, tan contradictorios a veces, como resultado que son de la inconstante voluntad del hombre y de la explosión súbita de sus pasiones. Para el señor Azara la historia americana debe ser un simple derrotero; una expedición, un diario de viaje; la biografía, hechos materiales sin rasgo alguno del carácter moral del individuo. Para él, por último, la historia de la conquista debe reducirse a una especie de superficie plana en donde sólo se miren estampadas las huellas lineales de su marcha, las distancias recorridas, el rumbo del compás, el número de soldados, sin que se altere este orden, tan plácido para la mente del matemático, con el ¡ay! de los que agonizan a centenares, con las quejas de los europeos extenuados [24] por el hambre, que se arrastran como sombras perseguidoras, tras de los que rebosan en dones espontáneos de la naturaleza, suficientes para llenar las necesidades del hijo parco de los bosques. Todo esto está pintado con colorido y dibujo, vivo sino correcto, en el poema de Centenera, tan repulsivo para el observador sin rival de nuestra naturaleza física. [25]




- II -
Don Martín del Barco Centenera, vino al Río de la Plata en la expedición del Adelantado Juan Ortiz de Zárate, y por consiguiente la relación del viaje escrita por él mismo en el canto VIII de su poema, es una página de su biografía que bien merece recorrerse por entero. Esta expedición se componía de tres navíos, una cebra y un patache, y probablemente estaba abastecida del número de familias y de animales que consta del convenio celebrado con el Virrey del Perú, confirmado por el Monarca español en 10 de julio de 1569. Según aquel convenio el Adelantado debía introducir en el Río de la Plata, doscientos hombres labradores y de otros oficios mecánicos, trescientos de armas, vestidos y municionados a sus expensas, y a más cuatro mil cabezas de ganado vacuno, otras tantas de lanar, quinientas yeguas y caballos, e igual número de cabras, en el término de tres años. En cuanto a los animales, a excepción tal vez de los caballos, se proponía Zárate transportarlos al Río de la Plata desde los campos de pastoreo que poseía en Charcas y en Tarija. [26]

Esta expedición, que partió del Puerto de San Lúcar el día 17 de octubre de 1572, después de muchos contrastes, arribó a la isla de Santa Catalina con pérdida de trescientas personas de ambos sexos, circunstancia referida por el señor Azara, quien a pesar de este testimonio acusa a Centenera de querer desacreditar a los jefes de la expedición con sus vivas descripciones del hambre y penurias que experimentaron las gentes de Zárate durante su navegación sobre las costas del Brasil. La narración del autor de La Argentina, tiene sin embargo, todos los caracteres de la verdad, y ha hecho bien en seguirla el Deán Funes. Centenera pinta los buques de Zárate como «mal aderezados», a cuyo bordo iban mezclados y confundidos los solteros y los casados, las casadas y las doncellas, a manera de condenas a muerte (75). Una de las embarcaciones era un patache que conducía como quince o veinte pasajeros, según la expresión del mismo Centenera, quien parece quisiera significar que eran gentes de condición especial. Bien pudiera referirse a los primeros religiosos franciscanos de quienes Zárate fue también el primer importador en el Río de la Plata, en cuyo número, que le hace ascender hasta veintiuno, se contaba el afamado misionero fray Luis Bolaños, que estudió antes que nadie la lengua guaraní aplicándole [27] las reglas de la gramática, y a quien se atribuye la formación del más antiguo diccionarios de aquel idioma.

A poco andar, la «armada entregada a las ondas de Neptuno», es acometida de tan recio vendaval que sólo se salva por la misericordia divina,

Y viendo andar el mar por las estrellas
de temor lloran hombres y doncellas.

Esta tempestad les asaltó en el golfo de Yeguas, y después de haber descubierto la costa «malhadada» del África, llegaron a los veinticinco días de navegación, y en la madrugada de uno de ellos, a la isla de Gomera en donde se olvidaron todos los pasados peligros y las promesas que el temor de Dios les había arrancado durante el peligro:

Que pasado el peligro, olvida luego
el marchante el voto, prece y ruego (76).

A los tres días de reposo en aquella isla, salieron de la Gomera para las de Cabo Verde en vía recta y llenos de contento, «gozo que se volvió muy presto en llanto», porque a causa del mal viento y el terror de los pilotos, anduvieron los navíos sin concierto, hasta que lograron tomar el bueno y muy alegre puerto de Santiago. [28] Y aquí, el autor, cumpliendo según él con su obligación (77), describe el «temple» de aquel puerto, cuyos habitantes, lúcidos y galanes, a pesar de lo enfermizo del lugar y lo peligroso,

por el inglés corsario y belicoso,

viven, como buenos lusitanos, contentos y alegres. Centenera parece que fue, bien tratado en Santiago, y visitado por los principales vecinos, entre los cuales hace especial mención de un caballero de buen trato y compostura; alegre, placentero, conversador y decorado por mayor abundamiento, con una encomienda. Este «desventurado», estaba casado con una negra rica, cosa que a Centenera, que no era portugués, le causa gran admiración y le arranca la siguiente epifonema:

¡Mirad pues el dinero a cuanto obliga!
Que sufre este en sus ojos una viga.

La expedición continuó su viaje con viento próspero; pero muy pronto sobrevinieron las pesadas calmas de las cercanías de la línea y su calor sofocante, de manera que todos perdieron el contento y se habrían considerado felices en regresar a España, mucho más cuando pasaron [29] en esta situación quince días largos durante los cuales,

algunos en la línea se murieron.

Doblada la línea, y estando a 10 días del mes de marzo, (1573) estación en que con cierto tinte melancólico, recuerda el autor que comienzan a tomar nuevo traje los campos de su España, se separan involuntariamente las naves de la expedición, las cuales con rumbo al Brasil, y temerosas de los peligros de sus costas, extravían el rumbo, y el patache llega antes que los demás al puerto de San Vicente. Aquí encontraron al famoso por sus desmanes, Ruy Díaz Melgarejo, encargado de llevar al Brasil desde la Asunción al gobernador Felipe de Cáceres, el de los pleitos, disentimientos y rencillas con fray Pedro de la Torre, primer obispo del Paraguay, quien también acompañaba, con intención sin duda de procesarle en la corte, al prisionero de Ruiz Díaz. Y aquí también tuvo ocasión Centenera de conocer y de tratar al célebre misionero José Anquieta, en cuyos brazos murió el mencionado obispo La Torre, y acerca del cual le dio algunas noticias propias de la crédula piedad de aquel apóstol brasileño (78).

Parte de la gente del patache, aconsejados por Melgarejo, continuaron el viaje en su compañía, y parte se quedó en San Vicente, reflexionando [30] que el haberse extraviado del resto de la flota les proporcionaba la seguridad de que allí disfrutaban. Entre tanto las demás naves del Adelantado, descubrieron tierra en la mañana del 24 del mismo marzo, sin lograr puerto en ella hasta el día 3 de abril en que entraron en uno muy desabrigado llamado de don Rodrigo. Tomada desde allí la derrota del Río de la Plata, fueron asaltadas las naves por una borrasca en la que el mar, al mandato del sañoso Neptuno, levantaba olas tan altas como los picos de Teide o de Potosí, poniendo en conflicto a la Capitana, y a la Vizcaína que habían logrado guarecerse en una especie de bahía. Hallábanse todavía en tierras del Brasil, y en dominios de la raza guaraní, como pudieron cerciorarse los que se aventuraron a dejar las naves y a ponerse en relación con los naturales, quienes acogieron muy bien a los españoles y los sirvieron en cuanto les fue posible. Ellos mismos, con la mayor confianza, se entraron en las embarcaciones menores para conducir a los navíos sus productos, que trocaron por objetos de la industria europea. Usaban, dice Centenera, flechas y muy crecidas, tenían las carnes ennegrecidas por el aire y el sol, y sin embargo mostraban deseos de cubrirlas como los españoles;

que estima esta nación mucho cubrirse
y nuestro modo y forma de vestirse. [31]

Un indio anciano, les aconsejó que se dirigieran al puerto de Santa Catalina, ofreciéndoseles él mismo a servirles de práctico. Aceptaron el consejo y la oferta, y reuniéndose todas las embarcaciones de la expedición, costearon la tierra hasta fondear en el puerto de Iyumirí, nombre que significa «boca angosta y chica». Aquel surgidero era capaz para mil naves y abundaba en pescado: los aires eran apacibles, la tierra amena y alegre;

empero del armada Zaratina
aquí fue la caída y grande ruina.

Expresamente seguimos a la letra el texto de Centenera, porque estos pormenores tan significativos, han pasado como si no constaran de la crónica escrita por un testigo ocular, para la mayor parte de los historiadores del Río de la Plata. Azara, especialmente, que tanto ha aprovechado de la exactitud prolija de La Argentina, poseído de su manía de ocultar los desastres de las empresas de la conquista, ocasionados por la imprevisión y la incompetencia de sus jefes, pasa como por sobre ascuas, sobre «los trances dolorosos, el hambre, la tristeza, la muerte, los suspiros y lamentos», que al terminar el VIII de sus cantos reserva para el nono el historiador en verso del Río de la Plata (79). [32]

Este canto IX, es una rara galantería de su autor, pues no nos parece muy propia la materia para ofrecerla, como lo hace, a las «damas bellas» en cuya hechura se complace la naturaleza. Pero sea cual fuere la razón de esta extraña dedicatoria, la de los males padecidos por la gente de Zárate en la isla de Santa Catalina «de tantos españoles sepultura», la atribuye su historiador a la codicia y al egoísmo que cegaban al Adelantado. Pocos días después de haber celebrado con gozo y alegría la fiesta del Corpus, y dado por esta circunstancia la denominación de Corpus Christi, al puerto donde se hallaban los expedicionarios, abandonolos el Adelantado dejando en su lugar al capitán Pablo Santiago, y llevándose consigo ochenta hombres selectos al puerto de Ibiacá, lugar poblado y bien abastecido por la liberalidad de los indígenas. Quedaron en la isla entregados al mayor desconsuelo y sujetos a una mezquina ración de seis onzas de harina por cabeza, como trescientos soldados y cincuenta mujeres, entre doncellas y casadas,

sujetas a miseria y tristes hados,

Al Adelantado «muy poco se le da» que perezcan de necesidad aquellos mismos a quienes tenía obligación de cuidar y favorecer, y cierra los oídos a las advertencias que se le hacen sobre [33] la escasez de las raciones; porque él que

«está seguro en talanquera (80),
muy poco se le da que el otro muera».

Así fue, que desmoralizados los soldados con semejante conducta, comenzaron a desertar sin que fuera bastante a contenerles la severidad de la última pena, que se aplicó a más de uno. Cinco gallegos y un castellano fueron los primeros que se internaron en el corazón de la isla, y a estos siguieron tres grumetes de corta edad y un

portugués mulato brasilero,

el cual fue capturado y condenado a muerte de horca, escapándose de esta pena, no porque alegase haber recibido los primeros grados de sacerdote, sino por haber muerto de pavor cuando vio que no le valía para nada su ingeniosa excepción.

Al mencionar estas sentencias aplicadas a delitos que atribuye exclusivamente al hambre, se levanta Centenera con todos los ocho versos de una estrofa, contra la inhumanidad del juez que las dicta y hace cumplir, haciendo recaer el peso de la responsabilidad sobre el jefe causante de semejantes injusticias (81). El cuadro que dibuja (en este canto dedicado a las damas) del estado [34] a que había reducido el hambre a los de la isla, rivaliza en horror con el de la torre de Ugolino:

A muchos el pellejo como manto
les cubre mal los huesos descarnados;

sólo el mirarlos causa horror, y de diez, de a veinte, van sucumbiendo día a día, sin que valga ni la hermosura, ni la gentileza, ni el valor, pues la hambre «perra y rabiosa», no respeta a nadie y confunde en un mismo hado, al rústico con el hombre sapiente (82).

Así se van ya todos acabando.
Que es lástima de ver ruina tamaña.

Los amantes suspiran, los niños desfallecidos sollozan en el seno de las madres, y éstas maldicen su suerte al verlos padecer tanta desventura. Ojalá no te hubiera parido, exclama una de ellas estrechando a su hijo entre los brazos o hubieras ídote al cielo en tierna edad: más te valiera haber quedado mendigando de puerta en puerta el pan en tu aldea, aunque hubiese estado condenada a oír tus gritos al abandonarte:

Maldito seas honor, y honra mundana,
pues bastaste a sacarme de mi asiento
no me fuera mejor pasado llano,
¡que no buscar mejora con descuento!
Viniérame la muerte muy temprana, [35]
y nunca yo me viera en tal tormento;
mas quiso mi desdicha conservarme,
para con crudo golpe lastimarme.

Pocas veces, miramos los males de la conquista bajo el aspecto que nos lo presenta este fragmento de una crónica: prueba de lo poco que vale la historia para nuestra enseñanza, cuando, como sucede generalmente, se ocupa de preferencia de los hechos heroicos y de los actos brillantes. Estos hallazgos en que se sorprende lo que la historia calla, hacen interesante y grata la lectura, algo indigesta, de los escritos de la especie del que tenemos por delante. Ponerlos al alcance de todos es una buena obra, a nuestro entender, y por esta razón examinamos y resucitamos con paciencia, las impresiones que causaron en un testigo ocular estos detalles íntimos, más interesantes y patéticos que las invenciones de una novela, y que los pretendidos historiadores desdeñan, o porque no saben sacar partido de ellos, o porque confunden la verdadera dignidad de la historia con las formas frías y entumidas que no permiten ni movimiento en los pormenores ni colorido en el conjunto, dejando tan yerto como ellas el corazón del lector.

Es verdad que a veces la inocente ingenuidad de los cronistas del género de Centenera, pone a prueba la crítica más benévola hacia ellos, no dejando discernir si se equivocan por ignorancia, [36] exageran por producir efecto, o faltan a la verdad a sabiendas. De estas dudas no pueden salirse sino conociendo el estado intelectual y moral de la época en que escriben. Por lo general ellos no mienten, y aun en aquellas ponderaciones y abultamientos de las cosas en que con frecuencia incurren, se descubre en el fondo algo de real, que es como el germen de la formación absurda que fecundan con la credulidad o la imaginación. Observan mal y erradamente los fenómenos físicos, porque en la ciencia de interpretar a la naturaleza no se hallaba más adelantado que ellos el mismo Aristóteles, que era la enciclopedia y el maestro de todas las escuelas. La ignorancia de las causas, y la docilidad para creer hasta en lo absurdo, a que los predisponían las creencias religiosas, y esa atmósfera mística en que vivían, poblada de santos, de apariciones, de espíritus malignos; interviniendo a cada instante en los hechos del mundo real, en todos los actos de la vida, y variando caprichosa y misteriosamente las leyes inmutables de la creación, son el motivo de la mayor parte de esas fábulas, ridículas a veces, a veces repugnantes de que se hallan plagadas las narraciones que pertenecen a la vez a la historia y a la fantasía. Y no solo en este género de escritos se observa lo que acabamos de decir: la biografía de hombres meritorios, de propagandistas de una doctrina que tanto predica la caridad como la verdad, [37] está escrita de manera, que si no fuera el respeto sincero que ciertos hombres mezclados al movimiento de nuestra historia nos impone, podíamos tacharles de impostores, con pruebas en la mano. Pero esa impostura bien examinada, no es más que piedad y credulidad a la antigua, y esas biografías a que aludimos, no son otra cosa más que procesos de canonización para lo futuro, puesto que la mayor recompensa que pudiera dársele a un hombre en aquellos tiempos era colocarle en efigie sobre los altares.

Hemos abandonado por un momento a las víctimas del hambre para salvar a Centenera de las sospechas que pueden recaer sobre su veracidad al leer la relación de un suceso que tuvo lugar entre dos enamorados en la misma isla de Santa Catalina y durante la escasez de los alimentos. Es de advertir que nuestro poeta no se muestra indiferente ni frío siempre que el amor entra para algo en su materia, y que los episodios eróticos de su poema son por lo común los mejor versificados, los más armoniosos y naturales, como lo veremos más adelante. El caso extraño y que sólo el referirlo daba pena al autor, es el siguiente:

Pasaban por bien casados un hombre y una mujer, quienes abandonando a sus legítimos consortes e hijos en España, en Hornachuelos, quebrantaron sus deberes, arrastrados por una pasión tan ardiente como reprensible, y trataron de [38] morir para el mundo que dejaban, transportándose al nuevo en los navíos de Zárate. Esta pareja aunque se amaba mucho, y tal vez por esta misma razón, sentía hambre como los demás necesitados, y salieron juntos a palmitos, es decir, según entendemos, a coger cogollos tiernos de las palmeras que abundan en aquel país. Intérnanse en las selvas, y allí les sorprende la noche que pasan bajo el techo de los árboles, el amante devorado por una fiebre aguda y su compañera velándole y afligida al contemplarse en aquella situación y en semejantes soledades.

No quiero referir lo que trataron
los tristes dos amantes y su llanto,
las voces y suspiros que formaron
porque era necesario entero canto.

dice Centenera, y continúa diciendo que así que Febo completó la redondez de su carrera y mostró su rostro colorado vistiendo de librea a las montañas, esto es, al salir el sol al día siguiente, trató el amante sin ventura, a pesar de su enfermedad y del cansancio, de salir de aquellos bosques y de buscar el camino que habían perdido. El miedo no le deja libertad para discurrir y en vano se esfuerza y examina por todas partes el terreno para dar con la senda salvadora. Lejos de esto, se hallan de repente a la orilla del mar en donde crece para ambos la incertidumbre; y la dama amonesta al galán a que [39] vaya de nuevo a buscar camino y regrese allí así que le haya encontrado.

Quedó por esta causa allí la dama
de dolor y congoja y pena llena,
do la siguiente noche tuvo cama
triste, sola, llorosa en el arena.

Y mientras esta desgraciada se desespera en lecho tan húmedo y poco mullido, su extraviado amante asorda, los bosques publicando a gritos su desventura e invocando la muerte.

Mientras tanto un nuevo peligro para la dama, como lo verá el lector, viene a agravar su situación. Un pez de espantable compostura sale del mar arrastrándose por la playa y dirígese con miradas ardientes y arrojando al parecer gemidos, hacia la desvalida que había pasado tan mala noche; obligándola a huir temblando y gritando de miedo hacia una montaña inmediata. Por fortuna, cuadra la casualidad que en el momento mismo de semejante apuro, se presenta el amante que acaba de hallar el camino buscado, y echándose en brazos de la perseguida, la liberta de las malas intenciones de aquel monstruo marino y juntos se dirigen, ya bien orientados, al campamento de sus demás compañeros. Llegaron allí, al fin, hambrientos, macilentos, desfallecidos y casi muertos, y cuando creyeron tocar el término de sus malos ratos, les esperaba el peor de todos para personas que tanto se [40] amaban. La justicia se puso de por medio entre ambos, porque informada del mal origen e ilegitimidad del vínculo que les unía, los separó y castigó sin que diga Centenera qué especie de pena se les impuso, habiendo sido él, en persona, el encargado de aplicarla. Este oficio, el de juez o ejecutor de la sentencia, le cupo al autor «por suerte» y observa que todo castigo estaba de más, puesto que los delincuentes no podían sufrir pena mayor que la de verse separado el uno del otro (83).

Falta mucho todavía para que el cuadro de la desolación de la isla de Santa Catalina que nos ha bosquejado Centenera, quede completo. Sus tintes sombríos guardan todos los tonos, desde el ridículo hasta el horrible. El hambre era tal, que los hombres se arrojaban a todo género de delitos para satisfacerla y sobre todo al de la insubordinación y la huida, de manera que

era dolor, tristezas y tormentos
el ver poblar las horcas de hambrientos.

Todo animal, todo reptil, por inmundo que fuera, los sapos ponzoñosos e hinchados, los escuerzos nocivos, sabíales a aquellos desgraciados a exquisitos manjares, a punto que el mismo Centenera, que sin duda era persona de calidad [41] entre los de la expedición, se vio reducido a comer con repugnancia al principio, unas lagartijas pequeñas que después le parecieron muy bien y tan sabrosas como carne de cabrito (84). El que podía encontrar una culebra para su cocina era envidiado hasta de su padre y hermanos. Algunos se habían hecho diestros en cazar ratones y una «especie de lirones», que guisaban como conejos, pues aunque carecían de aceite y vino añejo para condimentarlos (85),

La gran hambre prestaba salmorejo.

El compañero fiel del hombre, era astutamente robado a sus dueños para saciar los «vientres hambrientos». Al perro que encontraban suelto, le mataban inmediatamente, y sin esperar a que se cociera bien o se asara, lo devoraban para evitar que el dueño llegara a conocer al delincuente. ¿Cuánto no sería el precio y la estimación de los buenos comestibles, en vista de esto? Centenera nos da la medida, contando detenidamente lo que aconteció a un mozo tambor de la armada, el cual sabiendo que en la posada de dos mujeres, doña Catalina y Florentina, había un resto de raciones, se dirigió a ella a toda prisa y cautelosamente, después de pasada la media noche. Entrando en «la chozuela», fue sentido y [42] aprehendido por las que vivían en ella, sin que el pobre pudiera escabullirse ni conseguir misericordia de aquellas crueles abastecedoras que le cortaron las orejas y las clavaron al techo por gala o para escarmiento de otros ladrones. Conociendo luego que habían procedido mal, «haciendo justicia sin justicia», y que corrían riesgo de ser castigadas, devolvieron la oreja a su dueño acompañada de diez raciones para taparle la boca. Éste hizo un uso singular del miembro recobrado, pues le servía como de orden girada contra las depositarias de las raciones, ya en beneficio de él propio o ya de algún otro a quien transfería temporalmente la oreja. Las delincuentes arrepentidas, se ablandaban en presencia del cuerpo de su fechoría, y daban algo de comer a condición de que cuanto antes les quitaran aquel espectáculo de delante.

Las damas que cometieron esta alevosía, «eran de bajo ser», como lo prueba su malicia, porque las bien nacidas no se atreven a cometer semejantes excesos por más que sea tesoro propio del bello sexo en general, la ingratitud, la maldad, las lágrimas, la mentira y la venganza, según las palabras expresas de nuestro cronista. Y si no, agrega, pregúntesele a Aristóteles que piensa de las mujeres, y leerán en su escritura que son inclinadas en demasía a llorar, a murmurar y a la pereza, aunque les reconozca la [43] virtud de ser parcas y sustentarse con poco alimento: opinión de cuya exactitud tuvo el mismo Centenera ocasión de cerciorarse, pues habiendo padecido no menos escasez que los hombres, no pereció de hambre una sola siquiera de las mujeres que se encontraban en la isla.

El Adelantado, cuya conducta indiferente para con aquellos desgraciados, no puede explicarse sino «por su poca disposición para tomar a tiempo providencias acertadas», defecto de que le acusa también el historiador Guevara, resolvió al fin ponerse en movimiento, y abastecer de los víveres necesarios a su gente para continuar viaje hacia las aguas del Plata. Él y su «sargento mayor», cuyo nombre calla Centenera, no encontraron otro arbitrio para proporcionarse bastimentos y abrigo, que el muy cómodo de arrebatar a los generosos indígenas cuanto poseían, recorriendo al efecto «sin pereza» los más apartados aduares, «dejándoles barridos de alto, a bajo» y completamente vacíos. A este indio le toman el hamaca, al otro las pieles o mantas con que se cubría: no dejan ni una estaca en la pared (palabras textuales) todo lo destrozan y no contentos con estos excesos, bastantes para enajenarles la buena voluntad de los dueños del suelo que pisaban, agravan la ocasión del descontento ofendiendo a cuanto varón «tenía mujer moza», según el testimonio franco de Centenera. Obsérvese de pasada, cómo [44] ha sido hasta aquí referida la historia de la conquista, por los escritores parciales o que presumen de medidos. Azara, por ejemplo, que conocía todos estos pormenores, puesto que se vale con entera confianza de los datos de La Argentina, consagra solo dos renglones a la permanencia de Zárate en territorio del Brasil, «donde proveyó, dice, los víveres que pudo de los guaranís de la isla». El modo como los proveyó los deja en silencio, juzgando sin duda que la reprobación que, como crítico de escritores primitivos, fulmina contra Centenera, había de condenar a perpetuo olvido las páginas ingenuas de uno de nuestros más exactos cronistas.

Es sabido, y creemos haberlo dicho ya, que el interés histórico de La Argentina se encuentra especialmente en el período que comienza en 1573 con la expedición de Zárate, se extiende a toda la administración de don Juan de Garay y termina con la del inmediato sucesor del Adelantado. Las páginas de esta crónica, referentes al descubrimiento del Río de la Plata, y su conquista anterior a la venida del autor, y que por consiguiente relata bajo la fe de ajenos testimonios; su manera de explicar cómo se poblaron estas regiones y el origen semi-bíblico, semi-fantástico que atribuye a la raza Tupí; la descripción de los fenómenos naturales de estos países, etc., etc., son páginas muy curiosas, y entretenidas también; pero sobre estas materias pueden consultarse [45] otras fuentes con mayor fruto que el que proporciona el poema de Centenera. Es por esta consideración que hemos comenzado a hojearle por aquellos de sus cantos que contienen el derrotero de la expedición desde San Lúcar, sacando de entre sus octavas ciertos pormenores que hasta aquí han estado encerrados como piedras valiosas (en nuestro concepto al menos) bajo envolturas rudas y ásperas para el tacto delicado de los historiadores meticulosos.

Por consiguiente dejaremos para más adelante el examen de aquellas partes de la obra de Centenera que menos inmediatamente se relacionan con el verdadero interés de la historia de que él fue testigo y actor, y acompañaremos a Zárate en su travesía desde el Brasil hasta las márgenes de nuestro río, siguiéndole en sus operaciones militares como conquistador, y sacando de sus actos y conducta las reflexiones a que dan lugar los pormenores anecdóticos que constituyen el mérito desconocido de su cronista.

La gente del Adelantado se hallaba dividida entre la isla y la tierra firme, y no sin dificultad hubo de reunirse en un solo cuerpo para continuar la navegación. Gracias a la pericia y buena voluntad de los indios, en cuyas canoas se transportaban a las naves los soldados españoles, sólo pereció un corto número de estos en los anegadizos y lagunas de aquellos parajes. Unos por tierra y otros en las embarcaciones de los naturales, [46] llegaron después de cuatro días penosos al lugar del embarque general, en donde el Adelantado redobló su rigor con los que habían intentado sublevarse y huir, como dejamos dicho. De entre estos, el peor parado fue un tal Sotomayor. Condenado a muerte y estando ya el verdugo para «quitarle la escalera», es decir, próximo a quedar colgado en el aire el delincuente para escarmiento de sus cómplices y demás espectadores, pidió una tregua, alegando que tenía por costumbre rezar todos los días una oración y que en aquel no había podido cumplir con este acto devoto. Cuando pronunciaba estas palabras llenas de encarecimiento: «dejádmela decir», aludiendo a su oración religiosa, cortole la palabra, el «sayón», retirándole la escala de la horca, quedando Sotomayor colgado de los palos. Este espectáculo fue el postrero que en aquellos lugares vírgenes hasta entonces de la justicia de los hombres civilizados, dieron los soldados de Zárate, con admiración y extrañeza sin duda, de los bárbaros que lo presenciaban.

Los pilotos, no eran muy entendidos en el derrotero de las costas en que se encontraban, y anduvo la armada por muchos días, yendo y viniendo, entregada, más que a la ciencia náutica, a los caprichos del acaso y de los vientos que agitaban el mar, poniendo nuevamente en peligro la vida de los expedicionarios, quienes creyeron por momentos tener por sepultura el mar, -aprensión [47] que no solo a las mujeres viejas y jóvenes las hacía llorar y poner el grito en el cielo, sino a los varones de ánimo más firme. Por fin, al caer de una tarde, descubrieron la tierra, por todos deseada; pero sin saber dónde se hallaban ni cuáles podían ser aquellas costas que les ocultaba la obscuridad. Vino la mañana del día siguiente y continuó el viaje «medio a tiento», hasta que después de tres días tomó puerto la armada en San Gabriel, dentro del Río de la Plata. A esta armada no le fueron propicias las divinidades del mar durante su navegación, y no es culpa de Centenera, si se ve obligado a cada instante a pintarla amenazada por las olas, cosas que de tan mal humor le reprocha Azara. En el puerto mismo hubo de peligrar más de una vez, y muy especialmente al fondear en el de San Gabriel, pues experimentó en él un huracán tan fuerte (probablemente un pampero fresco) que puso a dos dedos de su pérdida total a toda la expedición «zaratina». El caso debió ser apurado, pues por mucho que el ripio y el consonante hagan cargar la mano al poeta y empapar demasiado en colores su pincel, si es cierto que allí fueron echadas a pique y derrumbadas en la costa sus embarcaciones, no deben parecer exagerados estos cuatro versos relativos a semejante situación:

Pilotos y maestres, marineros,
grumetes, pajes, frailes y soldados, [48]
mujeres y muchachos, pasajeros,
andaban dando voces muy turbados.

El mismo autor, al recordar este trance cuando lo escribía, asegura que se turbaba y temblaba, porque vio tales cosas que le parecieron presagio del juicio final (86).

Estas contrariedades frecuentes experimentadas por la armada, no las atribuye tanto Centenera a la incapacidad de los pilotos, que él mismo nos revela, ni a lo mal aparejado del patache, de la cebra y de la vizcaína, sino a la intervención del demonio, interesado en que no creciera la fe entre los paganos, los cuales iban ya entregando con fervor las cabezas a las aguas redentoras del bautismo, y renunciando a sus maldecidos ritos, como le era bien notorio a aquel enemigo incansable de la salvación de las almas. Esta razón es clara para mí, dice el poeta en versos verdaderamente endemoniados. La inicua intención de Satanás es causa de que «nuestra armada nunca esté segura», pues viendo qué poco va a durarle su reinado,

movido de rencor y crudo duelo,
con las olas del mar enturbia el cielo.

Si no supiéramos que muchas veces nos es provechoso el mal que experimentamos y que nuestras desgracias son fruto de nuestros propios [49] delitos, observa cuerdamente el poeta, no podríamos soportar el azote que nos descarga Satanás con cruda mano. Gracias debemos dar a Dios que le pone freno y le sujeta a raya, que si no todo el linaje humano estuviera ya en el infierno. Y así dice San Pablo, agrega, que siempre anda en lucha el demonio con nuestra especie, ansioso por tragarse al hombre; incitándole y tentándole con sus artes y mañas, y cuando le salen fallidas,

Conténtase con hacerle mil burletas.

Y como Centenera, a más de cronista, era también misionero, da el saludable consejo a los que aspiran a gozar del paraíso, de no tener trato de ninguna especie con Satanás, y cuenta con este motivo algunas aventuras desgraciadas de que fueron víctimas varios pecadores. Uno de ellos, llamó una vez al demonio en su ayuda para que le descalzara, y éste le llevó la pierna junto con la bota, dejándole cojo para toda la vida. Pero el caso más ejemplar es el del gran marino Carreño, que hizo viaje desde las Indias hasta España en sólo tres días, porque su nave la tripulaba una legión de demonios; espíritus tan traviesos que ejecutaban la maniobra al revés de las voces náuticas del piloto. Cuando éste ordenaba a aquella extraña tripulación a «largar escota», aferraban las velas del trinquete y la de mesana, y cuando mandaba izar, amainaban; lo que visto [50] por el capitán y comprendiendo la malicia, ordenó en adelante todo lo contrario de lo que en realidad quería que se ejecutase: así se salvó la nave y atravesó el Atlántico en el tiempo que queda dicho, que es justamente la décima parte, cuando más, del que hoy emplea el mejor piróscafo movido por la fuerza de centenares de caballos de vapor.

Al Armada volviendo: -había quedado
la capitana en seco, y sin antena,
sin árbol, que ya dije fue cortado
un día de bonanza con mar llena:
por el consejo, y orden y mandado
de Juan Ortiz, zaborda en el arena;
y así quedando hecha fortaleza,
la gente sale a tierra sin pereza.

Es de advertir que la armada traía una nave almiranta, que debía ser montada por el segundo jefe, si los reglamentos marítimos de entonces fueran iguales a los modernos; y una capitana o navío principal y cabeza de la expedición. Mientras la primera, después de estar a flote, aunque mal parada, por algunos días, volvió a tumbarse en fondo bajo, entrándole el agua por todas partes, la segunda corría una suerte parecida, de manera que quedaron,

...Capitana y Almiranta
entrabas al través... [51]

Hallose, pues, Zárate, gracias a sus excelentes pilotos y marineros, aunque probablemente contra su voluntad, en circunstancias parecidas a las de Hernán Cortés cuando quemó sus naves. Pero era tal el ansia de aquellas gentes por pisar en terreno firme, que todas saltaron a tierra llenas de alegría, apresurándose cada uno a levantar sus chozuelas.

Los habitantes del país, eran de nación charrúa, raza crecida, animosa,

en guerras y batallas belicosa,
osada y atrevida en gran manera:

calidades que no desmintieron desde aquellos días hasta los no muy remotos en que fueron completamente exterminados dentro de los mismos bosques y breñas en que sus valientes abuelos repelieron a sus conquistadores. Gobernábales a la sazón un cacique anciano llamado Zapicano, de quien era primer teniente su sobrino, Abayubá, mancebo muy lozano y que debía participar en alto grado de las virtudes físicas y de ánimo que distinguían a los de su raza.

Eran estos charrúas, según las textuales expresiones del Cronista, ágiles, sueltos de miembros, capaces de alcanzar en la carrera a los venados, y de abalanzarse a los más fuertes avestruces, los cuales cuando les quedaban a trasmano los tomaban valiéndose de unas bolas que usaban; [52]

y tienen en la mano tal destreza
que aciertan con la bola en la cabeza.

Tan diestros son en el disparar aquellas armas arrojadizas, añade: que a cien pasos de distancia («cosa monstruosa») aciertan en el blanco hacia donde dirigen el tiro.

Esta arma primitiva y exclusivamente americana del sur, «tan temible como las de fuego y que quizá la adoptarían en Europa si la conociesen», según las textuales expresiones de Azara, dice este mismo, que no la usaron jamás los charrúas, sino los pampas, y que Barco Centenera, se equivoca en esto. Pero aquel excelente escritor, atado siempre a su fórmula etnográfica de que las tribus indígenas no abandonan ni cambian sus usos y costumbres, niega a los charrúas el empleo de las bolas porque no las vio en manos de ellos en la época modernísima en que tuvo ocasión de estudiarlos. Contradícese, sin embargo, al armarles con lanzas de cuatro varas con moharras de fierro, que compran en tiempo de paz a los portugueses mostrando así, con hechos, la modificación que especialmente, en materia de armas, introdujo entre los aborígenes el contacto con los europeos. No hay razón por tanto para desmentir a Centenera, en este negocio de las bolas, de la manera terminante con que se hace. El poeta cronista era testigo ocular: entre él y Azara mediaban más de dos siglos de distancia [53] en tiempo, y es bueno, a más, no echar en olvido, que en el asalto de Buenos Aires de Mendoza, los querandíes fueron aliados de los charrúas, y que en esta famosa embestida de la barbarie contra la civilización, silbaron sobre las cabezas de los que se defendían en nuestra primera cuna, las terribles armas arrojadizas que con tanta certeza manejaban, según Centenera, los guerreros del bien apuesto y denodado Abayubá. No menos desautorizada es otra desmentida del mismo Azara, asegurando que los charrúas no han sido ni son tan veloces a pie como lo quiere Centenera. Pero el ilustre viajero cuando los conoció eran ya según él mismo, los primeros jinetes del Plata y cuando por consiguiente, en el período de más de dos siglos, habían perdido el hábito hasta de caminar por sus piernas.

Detengámonos algunos renglones más en estos pobres charrúas, que bien lo merecen por lo prócer de su estatura, por la robustez de su naturaleza física, por la constancia indomable de su bravura, y por el interés que inspira una nación entera exterminada a sangre y fuego, por obra de los conquistadores y de sus sucesores. Culpo a la nación charrúa igual suerte que a aquella otra de las Antillas, que tuvo la desgracia de ser la primera del nuevo mundo que vio habitantes del antiguo, presenció las primeras ceremonias del culto de los cristianos, y desapareció de sobre la luz del paraíso en donde Dios la había colocado [54] inocente y libre, acribillada por las balas cobardes de los cañones y de los arcabuces, por el ventajoso tajo de las armas de acero, por el peso de trabajos a que no estaban habituados y por la pesadumbre que se apodera del alma independiente bajo las cadenas del esclavo. La raza a que aludimos, quedó exterminada a punto que no han quedado más testimonios de su existencia que la palabra caribe y los vestigios de su rico y pintoresco idioma -el uno para probar hasta dónde son injustos los vencedores, y el otro para demostrar lo selecto de aquellas inteligencias que habían podido crear signos tan bellos y bien amoldados, de comunicación entre sí (87).

Los charrúas pueden llamarse también los araucanos del Plata: menos numerosos que estos sucumbieron, mientras que aquellos aún resisten y obtendrán al fin justicia tomando la parte que les cabe en el banquete de la civilización. Y esta pariedad resulta en La Argentina, sin que lo advierta el mismo autor, porque si hay en sus poemas estrofas que en algo se aproximan a las bellísimas de Ercilla, son aquellas en que describe a los valientes con quienes Zárate tuvo sus primeros encuentros: [55]

La gente que aquí habita en esta parte
charruahas (88) se dicen de gran brío,
a quien ha repartido el fiero Marte
su fuerza, su valor y poderío...

Es gente muy crecida y animosa,
empero sin labranza y sementera;
en guerras y batallas belicosa,
osada y atrevida en gran manera...

Tan sueltos y ligeros son, que alcanzan
corriendo por los campos los venados;
tras fuertes avestruces se abalanzan,
hasta de ellos se ver apoderados;
con unas bolas que usan los alcanzan,
si ven que están a lejos apartados;
y tienen en la mano tal destreza,
que aciertan con la bota en la cabeza (89).
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Y ya que vamos, llevados por la mano del poeta, a hacer conocimiento con estos primitivos hijos del Plata, tales cuales fueron en la época de la conquista, veamos como eran todavía al comenzar el siglo presente, según los escritores [56] modernos mejor informados. Los charrúas moraban a la orilla septentrional de nuestro gran estuario, entre Maldonado y el Uruguay, extendiéndose su jurisdicción hasta treinta leguas al interior. Fueron ellos los que salieron al encuentro al primer descubridor del Río de la Plata (1516) dándole muerte y comenzando con este hecho una guerra que no tuvo tregua hasta que fueron totalmente exterminados el año 1831 por soldados orientales, del ejército de don Fructuoso Rivera. Ni los españoles, ni los portugueses pudieron al principio arraigar sus poblaciones en el territorio descrito. Sus valientes señores, destruyeron los primeros ensayos de fortaleza en la Colonia del Sacramento, en las bocas de los ríos San Juan y San Salvador. Los portugueses sólo amparándose de la isla de San Gabriel, y defendidos por su orilla escarpada y profunda, pudieron en 1679 tomar pie en los dominios del Charrúa, y sólo cuarenta años después, y al abrigo de los formales bastiones de Montevideo, lograron los españoles repelerlos hacia el Norte, para dar espacio a la nueva población ganadera y agricultora que allí acudía de Buenos Aires y de las islas Canarias.

Esta conquista costó mucho alcanzarla, e impuso a los charrúas la necesidad de aliarse con sus vecinos los minuanes con quienes hasta entonces no habían mantenido muy buenas relaciones. Acosados por los españoles, en un largo período [57] de años, algunos al fin se dieron por vencidos y se incorporaron a las reducciones de Misiones y de Cayastá; pero otros refugiados en las latitudes de 31º, entre los ásperos y desiertos confines de España y Portugal en esta parte de América, continuaron luchando con los soldados de una y otra de estas naciones hasta la época que queda mencionada.

«Quizás han derramado los charrúas, dice Azara, hasta hoy (1800) más sangre española que los ejércitos del Inca y de Motezuma, y sin embargo no llegan en el día a cuatrocientos varones de armas. Para sujetarlos se han despachado muchas veces más de mil soldados veteranos, ya unidos, ya en diferentes cuerpos; y aunque se les ha dado algunos, golpes, ellos existen y nos hacen continua guerra». Esta capacidad de sobreponerse al número, provenía de la superioridad de su naturaleza física sobre la de sus enemigos. Tenían una estatura media de una pulgada mayor de la de los españoles; eran todos como vaciados en un mismo molde; a más de próceres, bien proporcionados, naturalmente erguidos y bien plantados; ni obesos ni demasiado flacos, sin que se notara entre ellos uno solo contrahecho o defectuoso.

Llevaban también ventaja a los europeos, en su destreza en el manejo del caballo, noble animal de cuya domesticidad se enorgullece la civilización, y que bajo la brida de los americanos [58] convierte en realidad la fábula de los centauros. Cabalgaban como los griegos sin estribos y sin arreos, y cuidaban con inteligencia y con amor, haciéndole descansar a tiempo, al inseparable compañero de su vida guerrera y nómade. En sus expediciones no necesitaban bagajes, ni equipo de ningún género: podían pasar sin comer y beber muchos días, porque eran naturalmente parcos, y no necesitaban puentes ni embarcaciones para atravesar ríos y arroyos y extensos esteros. Cuando uno de estos obstáculos les salía al paso, abrazaban el cuello de sus caballos, y ambas generosas criaturas convertidas en una sola tocaban a nado la ribera opuesta por ancho que fuese el caudal de agua y por rápida que fuese la corriente.

Usaban los charrúas el cabello largo, que era «tupido, largo, lacio, grueso y negro». Tenían facciones, «varoniles y regulares»; ojos pequeños, renegridos y relucientes, «la vista y el oído doblemente perspicaces que los de los españoles»; «los dientes blancos y bien puestos»; «la mano y pie algo pequeños y más bien formados que en los españoles». Después del Apolo de la estatuaria griega, ¿en dónde hallaríamos un varón materialmente más perfecto que este salvaje del Plata? ¿Pudo haber sido formada semejante criatura para exterminarse y perecer? Estos son problemas que afligen al plantearse y que la complicidad en el crimen se opondrá siempre a [59] darles la solución única que deben tener en la historia.

La civilización europea tiene que llevar las manos a la cara para ocultar su vergüenza. Los pocos de aquellos infelices que sobrevivieron a la derrota de 1831, perecieron de nostalgia y de enfermedad en los hospitales de París. Un hijo de Francia, compró los prisioneros charrúas en Montevideo, y los llevó a la gran capital de las novedades, y allí los exhibía por dinero, desnudos en la inclemente latitud de 48 grados norte, haciéndoles comer carne asada de animales inmundos para divertir por dinero a los concurrentes de las ferias parisienses.

Centenera al llegar a la octava 33 del décimo de sus cantos, advierte que se ha entretenido demasiado con los charrúas (y nosotros mucho más) y teme que se le reprenda el olvido en que ha dejado a la gente cristiana, cuyo campo quedó extendido por el desabrigado arenal de la costa, en donde con tanta complacencia habían descendido después de sendas borrascas y contratiempos. Para reparar esta falta, de que él mismo se reconoce culpable, encontró estrecho el espacio que le restaba en su canto X y reservó para el siguiente la narración de nuevos llantos y amarguras:

Paréceme que ya me he detenido
con esta gente tanto, que he olvidado. [60]
Dirán que tengo el campo, que tendido
pinté en el arenal desabrigado.
Con su memoria estoy tan afligido,
que temo de me ver en tal estado:
espérenme a otro canto de amargura,
y ayuden a llorar tal desventura.







- III -
Estaba, como hemos referido, acampada la gente de la expedición en la tierra firme, tratando cada cual de construirse un abrigo pasajero, labrando sus chozas a la ligera con los materiales que las ramas del bosque y la paja de las lagunas proporcionaba. La narración del poeta deja presumir que mientras los menos activos proveían al reparo contra la intemperie, se internaban tierra adentro los soldados bien dispuestos y sanos, explorando el país y dando caza a los naturales, como de costumbre, para proveerse de víveres a expensas del trabajo e industria ajenas. La primera presa que hicieron, valiéndose probablemente de la astucia y de la máscara de la amistad, fue en la persona de Abayubá, mancebo galano, diligente y al parecer discreto, que por estas cualidades y por su mucho valor era muy amado de su viejo tío, el cacique Zapicano a quien ya conocemos. Trajéronlo varios capitanes a presencia de Juan Ortiz y sabiendo éste que entre los indios era respetado (¡lógica singular!) le prendió, obligándole por la fuerza a permanecer en el campamento [62] español. Pronto, como era natural, corrió la noticia entre los interesados, y Zapicano con una corta escolta de veinte indios, trayendo por intérprete a un guaraní criado entre los charrúas, se presentó ante el jefe cristiano solicitando la libertad de su teniente y deudo.

El anciano cacique al entrar en el campamento cristiano no mostraba en lo más mínimo miedo ni temor; pero sí una profunda tristeza. A pesar de ser bárbaro, sabía tanto como cualquier patán de Castilla, que dádivas quebrantan peñas, y cuidó de apoyar su solicitud con un copioso presente de animales de caza, mostrándose en esta negociación tan hábil, simpático y persuasivo, que a pesar de la oposición de los jefes subalternos de Zárate, y muy especialmente de un tal Vergara, que aducía razones de mucho peso para persuadir a su jefe de que era urgente el conservar al prisionero como rehén y garante de la conducta de los charrúas,

el Juan Ortiz que a pocos escuchaba,

y que todo lo medía con la vara de su exclusiva voluntad, pidió a Zapicano que le diera por rescate de su sobrino una canoa y un marinero español que se había asilado entre los indios, viéndose maltratado por sus superiores. El ajuste se celebró en toda forma en medio de un consejo de guerra, y la canoa, los víveres abundantes y excelentes, y el desertor, fueron el precio de la libertad [63] de Abayubá que se retiró inmediatamente a sus aduares acompañado de Zapicano, disimulando ambos la mala impresión que les causaba la presencia de aquellos huéspedes tan raros y voluntariosos.

El tío y el sobrino van ufanos
jurando de vengarse por sus manos.

Las represalias provocadas por esta primera violencia no tardaron mucho en consternar la desventurada colonia. A pocos días, saliendo a «yerbas por falta de comida» un considerable número de españoles, fueron asaltados por los indios inopinadamente y con violencia, matándoles cuarenta, aprisionando a otros tantos y causando tales estragos en aquellos infelices, a quienes el hambre convertía en herbolarios, que...

...el que escapa con la vida
es porque al enemigo se rendía.
A pura pata dos se escabulleron,
y el caso de esta forma refirieron.

El Arcediano refiere esta acometida de los indios, con ciertos pormenores interesantes; pero tan prosaicos que nos parece cuerdo despojarlos del consonante y de la mensura, al reproducirlos nosotros. Es bueno saber ante todo que el señor Adelantado Zárate, «vencido de sus malas pretensiones» guardaba una conducta singular, sin duda aconsejado por el miedo que le imponían los mismos [64] suyos. Hallándose al frente de una expedición compuesta en su mayor parte de soldados, cuidaba muy poco de las armas y de la pólvora, instrumentos sin los cuales poco se cosecha en la guerra. Los cañones de la expedición estaban enmohecidos, la pólvora empapada en agua y los arcabuces deshaciéndose por el moho y el orín. Así mismo, estas armas en tan mal estado no estaban en manos de quienes debían emplearlas, sino cuando lo tenía a bien el jefe; de manera que aquel grupo de desgraciados que salieron a yerbas, como lo ha dicho ya el cronista, no llevaban consigo más que costales vacíos, y mucho frío, porque se hallaban totalmente desnudos. En esta lamentable situación se hallaron cuando se les presentó el enemigo dando alaridos y formado en dos hileras, entre las cuales fueron estrechados por disposición de Abayubá que se distinguía entre sus indios por la bravura y el deseo de la venganza: su tío le acompañaba,

Y entrambos tal estragos van haciendo
que las yerbas del campo van tiñendo.

Todos fueron muertos o presos como queda dicho a excepción de los dos huidos que trajeron al real la noticia de tan horrible descalabro. A toda prisa despachó Ortiz diez o doce soldados al mando de Pablo Santiago; pero a pesar de ser valientes, astutos y aguerridos se hallan tan acobardados en esta ocasión que se estacionan defendidos [65] de las asperezas de un cerro inmediato al campamento, lo cual visto por Zárate, deseoso de escarmentar la osadía de los charrúas, destaca cincuenta soldados más a las órdenes del sargento mayor Martín Pinedo, para que incorporándose a los del prudente Santiago, caigan sobre los indios y venguen la sangre cristiana con que acaban de enrojecer el campo. El mayor se pone al habla con los del cerro y les intima, en una proclama de dos endecasílabos, que le sigan sin alegar excusa; la cual proclama oída por Pablo Santiago le infunde «la rapidez del fuego» para obedecer, aunque no mucho ardor bélico, pues a poco andar suplica al sargento mayor que hagan alto, porque se descubrían indios. Por lo mismo, le replica éste: puesto que el enemigo avanza debamos salirle al encuentro.

Santiago insiste en retirarse, apoyándose sin duda, en la disposición que manifiestan sus acobardados compañeros y en la desmoralización causada por la desavenencia entre los jefes. Entonces, en este conflicto y con arrojo de verdadero valiente, Pinedo, llamándoles cobardes, a levantando la espada y embrazando la rodela, avanza en dirección al enemigo, creyendo que el pundonor irritado le dará compañeros que le sigan. Sólo cinco responden a su ejemplo, que los demás

...huyen tan ligeros
cual suelen ir tras uno mil carneros. [66]

Con aquel puñado de valientes queda Pinedo en el campo esperando al enemigo cuyo aspecto era capaz de intimidar al más atrevido a ser cierta la descripción que de él hace nuestro poeta en una octava de las mejores de su epopeya:

El Zapicano ejército venía
con trompas y bocinas resonando,
al sol la polvareda oscurecía,
la tierra del tropel está temblando:
de sangre el suelo todo se cubría,
y el Zapicano ejército gritando,
cantaba la victoria lastimosa
contra la gente triste y dolorosa.

Al ver roto el campo de los españoles, los indios se desbandaron en persecución de los que huían apoderándose de las armas que estos dejaban y empleándolas a su modo; pero causando la muerte del fugitivo sobre quien las descargaban. Abayubá era el primero entre los más encarnizados, y tan ágil,

Que nadie por los pies le escabullía.

Cheliplo y Melihon, charrúas, hermanos valientísimos, se distinguieron a la par de su joven caudillo en esta matanza, mereciendo que sus nombres pasasen a la posteridad en la pluma de todo un Arcediano licenciado y poeta. Pero Taboba, los eclipsa, [67]

Aqueste es en la guerra un fiero Marte,
y así hizo este día crudo estrago.

A Carrillo le partió el cuerpo medio a medio, usando con destreza no aprendida el filo de las armas que toma por primera vez en sus manos arrebatándolas al enemigo. A Pedro Gago le derriba el brazo derecho, y al cordobés Buen Rostro y a un tal Arellano los vence y los deja muertos a sus pies.

No obstante estas proezas, «aquel pagano» estaba también mal herido y cubierto de sangre. Un soldado español le acierta a dar un balazo en la parte superior del cuerpo, y sucumbe a su vez, no sin haber clavado antes de expirar la espada en el corazón de uno de los jefes españoles. «El Capitán», pereció también en aquella jornada, a manos de sus mismos subordinados, de las de un obscuro y mal soldado, llamado Benito, el cual resentido con su superior por injurias recibidas de él, había jurado vengarse dándole muerte en la primera función de guerra en que le hallara a tiro: el arma de que el soldado se valió fue una flecha de los charrúas con la cual le atravesó el pecho a su capitán.

En este encuentro, cuyo plan estratégico por una y otra parte, es imposible comprender en la inconexa relación de Barco, comenzó a distinguirse y a derramar su sangre un Domingo Lárez, valeroso, de gran ánimo y bien nacido. A más de [68] estas prendas, poseía la prudencia, y se distinguía por sus buenas costumbres y recato y por su «gran juicio». Era natural de Huete, y habiendo llamado la atención de los indígenas por su constancia y entereza en lance tan desesperado para los españoles, acudieron sobre él a porfía

y a puja, a cual más puede, le hirieron,
y quebrándole un brazo le prendieron.

Los españoles deshechos y en retirada pudieron guarecerse de su «estanza» fortificada pasajeramente, y como se acercara la noche no se atrevieron los vencedores a perseguirles más allá de un tiro de culebrina, fuera de cuyo alcance se detuvieron y comenzaron la retirada cantando su completo triunfo. Al volver por el campo de batalla, iban dando muerte a los heridos,

Y al que hallan en pie ya levantado
del sueño de la muerte que ha dormido,
del peligro librarse confiado,
por ver como ya ha muerto en su sentido,
en un punto le tienen amarrado
quitándole en un punto su vestido.

En fin, los vencedores se emboscan en sus guaridas, llevándose los prisioneros y un abundante botín que consistía principalmente en armas y otros objetos bélicos, como espadas, alfanjes, alabardas, morriones, rodelas, «salmatinas» muy doradas, [69]

sombreros, capas, sayas y jubones.

Los indígenas, hacían poquísimo caso de los arcabuces, no cuando estaban en manos de quienes sabían convertirlos en trueno, sino cuando pasaban a las suyas: rompían las cajas de madera y se llevaban solamente los cañones de hierro como si comprendieran la superioridad de este metal y la importancia que tiene en el destino del hombre.

Recogidos los españoles en su reducto, rendidos, sin fuerzas, casi desmayados, se dejan caer en la «frígida arena», al mando inmediato del capitán Pueyo, que había perdido a un hermano en la refriega de aquel día y tenía por esta razón el «corazón triste y amargo», y aunque distaba poco de allí el precioso cadáver, no podía tributarle los últimos servicios piadosos porque le llamaba de preferencia la obligación de atender a los que habían sobrevivido, en cuyas bocas pone Centenera las quejas y recriminaciones más expresivas. Los unos dicen que los daños que sufren provienen de lo «mal pensada» que ha sido la dirección de la expedición; los otros los atribuyen a la «hambre acobardada»; ni falta quienes resignados, reconozcan

«que la suerte de esta vida
está a aquestas caídas sometida».

Centenera, tiene con frecuencia reminiscencias del estilo bíblico, y es el menos pagano y mitólogo, [70] de entre los poetas españoles de su época que pudieran comparársele. Siempre que la ocasión se lo permite, encierra el espíritu de algún salmo dentro de una o más octavas, y levanta sus plegarias a Dios, sin duda porque los padecimientos y miserias de los españoles en las soledades a donde les traía la codicia, le recordaban los que sufría el pueblo escogido por excelencia en la peregrinación del desierto. En estas ocasiones levanta los ojos y las manos al cielo, y como verdadero sacerdote ora en endecasílabos con menos inspiración que el lírico hebreo, sin duda, por los cristianos que padecen hambre, desnudez y lloran la muerte de sus amigos y deudos:

Volved con piedad, señor, la mano,
doleos de los tristes afligidos,
doleos de los niños inocentes,
que gritan con sus ojos hechos fuentes.
Doleos de las tristes afligidas
que quedan sin abrigo y compañía;
también de las doncellas doloridas
que pierden a sus padres y alegría:
de las madres, señor, enternecidas,
que pierden a quien sombra les hacía:
de todos os doled, Dios poderoso
y socorred al pueblo doloroso...

Las órdenes más severas prohíben a los españoles apartarse del real en donde el miedo y la [71] oscuridad les abulta el peligro. La prudencia estaba más de parte del capitán Pueyo que del Adelantado, quien, a seguirse sus inspiraciones, hubiera comprometido la suerte de todos los expedicionarios, pues quería, «sin concierto», buscar de nuevo a los vencedores, quienes hubieran alcanzado indudablemente un nuevo y fácil triunfo, visto el estado de postración en que se encontraban el ánimo y las fuerzas físicas de los soldados españoles. Temían los del real ser atacados por los indígenas antes del amanecer, y convencido al fin el Adelantado, de la inferioridad de sus fuerzas y de la proximidad de un nuevo peligro, comenzó «a embarcar su tropa con presteza» en la misma noche. Efectivamente, con la primera luz se presentó el enemigo, y comenzó a arrojar piedras sobre el real, lo que visto por los cristianos abandonaron la costa firme y se metieron en la

que cerca de la tierra en seco estaba.

Tal era la situación de los conquistadores al mando de Ortiz de Zárate, cuando lució para ellos un rayo de esperanza, que no fue en realidad sino una luz engañosa y una traición propia de la diplomacia de la guerra, que suele ser la misma entre bárbaros que entre gentes civilizadas. Dejemos que el mismo Centenera nos refiera el caso, que en esta vez ha acertado a escribir con desembarazo, claridad y hasta con buena locución: [72]

Cuando el sol aun apenas descubría,
un indio por la playa caminando
bajaba, y el semblante que traía
parece de español: de cuando en cuando
paraba; con la prisa que traía
a do estamos se viene ya acercando:
de su traje y manera bien parece
que alguna cosa nueva nos ofrece.
Llegando donde estaba el despoblado,
sin tener a las chozas advertencia,
contra el navío el paso enderezado,
desde la playa hizo reverencia:
con un sombrero señas ha formado,
con gran placer y grande continencia.
Saliendo pues por él viene contento
y dice de su caso el fundamento.
Yamandú dice el perro que se llama
que arriba ya tratamos su manera,
y que Juan de Garay le quiere y ama,
por donde le encargó aqueste dijera (90)
que de nuestra venida tiene fama,
y que con la respuesta allá le espera,
para venir con balsas y comida
sabiendo que el armada ya es venida.
Por señal el vestido representa
un sayo de algodón con un sombrero,
y a muchos españoles nombra y menta,
por do su embuste pinta verdadero... [73]

La credulidad es tanto más irreflexiva y liviana, como observa nuestro poeta, cuanto mayor es el apuro de que se promete salir el ánimo afligido por la duda y la necesidad, y como era tan crítica la situación de los descalabrados españoles, dieron crédito y acogida a las pérfidas insinuaciones de este nuevo Sinón, ignari scelerum tantorum artisque Charruae. Juan Ortiz de Zárate, con la mejor buena fe de este mundo, aprovecha del oficioso mensajero, y escribe detenidamente a don Juan de Garay, pintándole con vivos colores la situación apurada en que se encuentra y pidiéndole víveres con urgencia y que venga él mismo en su socorro «volando como fuego».

Apenas Yamandú se ha apartado de la ribera, cuando preséntanse de nuevo los indios lanzando piedras como de costumbre, sobre los asilados en la Capitana, que tiemblan de miedo. «Las mechas no pegan a la pólvora» y de nada les valen las armas de fuego. Indefensos y desesperados, los españoles apuran su vergüenza siendo testigos de la burla que les hacen los indígenas, quienes manifiestan su complacencia con gestos y bailes, revolcándose sobre la yerba y dando grandes voces. Y no contentos con esto pretenden mostrarse superiores individualmente, como hombres, y provocan a combate singular a los mejores y más arrojados de la nave. Un indio, a quien Centenera pinta de mala catadura, y a nosotros se nos representa sublime, se adelanta, entra en [74] el agua hasta la cintura y poniéndose al habla con los expedicionarios les dice:

que salga aquel cristiano del navío,
que quisiere aceptar el desafío.

Este valiente era como la vanguardia y el heraldo de Zapican, cuyos súbditos esperaban escondidos el resultado de la elocuente provocación del charrúa. Pero en lo mejor de su discurso, una bala traidora, disparada desde la embarcación, le cortó la palabra, -bala que pasó silbando por los oídos del mismo Centenera que habla como testigo inmediato del lance:

Estando aqueste indio razonando
con superbas palabras y blasones,
en breve de mi lado retumbando,
un tiro le ha acortado sus razones.

Entonces salen de entre la maleza dos de los escuadrones de Zapican, que como hemos dicho estaban en acecho, y formando gran alboroto y vocería, no pudiendo llegar hasta la nave en que estaban encastillados los españoles, comienzan a desbaratar las chozas y albergues que habían quedado del campamento de tierra firme, y continúan presentándose diariamente en actitud amenazante, hasta que Ortiz de Zárate torna la resolución de trasladarse con su gente a la isla de San Gabriel para mayor seguridad.

El indio mensajero, Yamandú, que nos ha [75] traído a la memoria al insidioso griego, es un personaje que representa notable papel en varios de los cantos de La Argentina, sin que su autor haya tenido la inspiración de componer con sus actos un carácter digno de epopeya, como lo habría realizado Ercilla. Yamandú, se titulaba Emperador y dominaba las islas extensas del Paraná. Era elocuente, pues, por esta palabra debe traducirse la de «hablador» que emplea Centenera como en desprecio de este «malvado, tan perro como artero». Era a más «hechicero», es decir que tenía previsión y prudencia para precaverse de las eventualidades de lo futuro, y superaba en el conocimiento natural de las cosas a la generalidad de sus nacionales. La estatura de este charrúa era gigantesca y en proporción eran también extraordinarias sus hazañas: constante en sus creencias y tradiciones de raza a tal punto, que habiendo caído prisionero una vez, trató el mismo Centenera de doctrinarlo en los misterios de la religión católica, sin poder ablandar en lo más mínimo aquel carácter indomable. «Trabajé en vano», dice cándidamente el Arcediano catequista,

porque era muy malvado este pagano.

Astuto y sagaz, era objeto de la admiración de todas las naciones que poblaban el territorio bañado y dividido por los caudalosos brazos del Paraná. Sus súbditos le reconocían [76] por lumbre, por espejo y lucero,


y tan seguro y pagado estaba de su poder que se comparaba con el sol, diciendo, que si este planeta derrama su luz del naciente al ocaso, él alcanzaba con el influjo de su poder a todas las gentes de sus dominios, como el mismo Centenera se lo oyó decir. Tal era Yamandú, a quien hemos pintado con el pincel del mismo autor, reuniendo los rayos dispersos de esta fisonomía tan original como bella en su género.

Este caudillo, tan mal comprendido por Centenera, estaba en comunidad de miras con Terú, cacique de otra parcialidad de naturales avencindados a las márgenes del Paraná, y tenían entre ambos concertado un golpe de mano sobre la reciente población de Santa Fe, fundada, como se sabe, por Garay. Zapicano, por su parte, estaba también en el secreto de estas combinaciones, y resolvieron de concierto guardar las cartas de Zárate para el caso en que abortasen sus proyectos y se vieran obligados a fingir sometimiento y amistad a los españoles, quienes como se ve, tenían como entre dos fuegos a los indígenas paranenses. En efecto, la embestida a Santa Fe tuvo lugar con mal éxito por parte de estos, y entonces presentó en persona Yamandú a Garay las consabidas cartas de Zárate. Aquel jefe, no se dio por entendido de las sospechas que debía abrigar acerca de la lealtad del emisario, antes [77] tratole muy bien, le agasajó y confiole la respuesta para el Adelantado, en cuyo auxilio salió inmediatamente en balsas, trayendo consigo treinta mozos valerosos y veintiún caballos.

En resumidas cuentas, la gente de Garay era apenas un piquete de caballería; pero debió ser escogida y bien apuesta, puesto que Centenera nos trasmite sus nombres y se complace en pintar los jóvenes jinetes persiguiendo a toda brida a los guaranís que se burlan de ellos huyendo hacia las espesuras de los hermosos boscajes de las islas. Aquellos indios componían las parcialidades de los caciques Añanguazun, Marocapá y Tabobá. A una de estas pertenecía el tierno e infortunado Yanduballo, inmortalizado en la crónica por el amor que profesaba a una mujer heroica. Tan ocupados de sí mismo estaban estos jóvenes amantes, que no se habían apercibido de los jinetes españoles de la expedición de Garay, y se encontraban en medio de una selva, inocentes y felices, como los habitantes del paraíso antes de su desobediencia:

la bella Liropeya reposaba
y el bravo Yanduballo la guardaba (91).

Entre aquellos jinetes se señalaba Caravallo, joven intrépido y diestrísimo en conducir su alazán por entre la espesura de la maleza y las desigualdades [78] del terreno. A favor de esta habilidad, y conducido por su arrojo, fue entre sus compañeros quien llevó más lejos la persecución a los fugitivos, y estando engolfado en ella y en el corazón sombrío de un bosque, descubrió sentado al abrigo de un árbol gigantesco al amante de Liropeya. Verle y atacarlo con la lanza fue todo uno. Pero el indio, «se levanta como centella», da un salto y esquiva el bote, volviendo con tanto arrojo contra el español que éste creyó perdida su arma, tanta era la pujanza con que se la disputaba el acometido. A las voces y al rumor de la lucha, despertó Liropeya, y poniéndose entre el soldado y su amante, dirigió a éste un razonamiento trayéndole a la paz y procurando recordarle que tenía obligación de conservar la vida para consagrársela a ella sola: al menos así pueden traducirse en prosa los cinco versos vacíos que Centenera pone en boca de la enamorada y prudente hija del Paraná.

Diciendo Liropeya estas razones,
el bravo Yanduballo muy modesto
soltó la lanza, y hace las acciones,
y a Caraballo ruega baje presto.
El mozo conoció las ocasiones,
y muévele también el bello gesto
de Liropeya, y baja del caballo
y siéntase a la par de Yanduballo. [79]
El indio le contó que un año había
que andaba a Liropeya tan rendido,
que libertad ni seso no tenía,
y que le ha la doncella prometido,
que si cinco caciques le vencía
que al punto será luego su marido.

El soldado de Garay habría renegado de su nación y de su raza a trueque de poseer aquella mujer de quien se sentía profundamente prendado. Pero, considerando cuan firme era el amor que se profesaban aquellos jóvenes indígenas, nacidos uno para el otro, tomó la heroica resolución de dejarlos en paz y les pidió licencia para retirarse. Este generoso propósito no duró mucho en el ánimo del español. Dio vuelta a su caballo con paso lento llevando en la memoria y revolviendo en ella la hermosura de aquella mujer, que se le había aparecido misteriosamente cuando menos lo imaginaba; y fue tal el efecto de aquella cavilación en que tomaban parte los consejos de los sentidos, que no habría andado la distancia de «dos tiros de herrón» (92) cuando,

con furia revolvió de amores ciego,

con intención de matar al indio de una lanzada y de llevarse cautiva a su querida. En efecto, Yanduballo «cayó frío en tierra», embestido inopinada [80] y traidoramente por el soldado español, y la triste Liropeya cayó también desmayada. Volved en vos, la dice entonces Caravallo encendido en deseos, volved en vos amor mío; criatura tan soberanamente bella, no podía estar destinada para un bárbaro, sino para mí a quien en este momento favorece la fortuna. «La moza con ardid y fingimiento» rogó al cristiano que no se apartase de ella mientras no sepultasen al muerto, prometiéndole seguirle así que concluyera aquella piadosa ceremonia. El mancebo, procurando agradar a la india de cuya posesión estaba ya seguro, se desnuda de sus armas y se pone a cavar un hoyo; pero aun no estaba a la mitad de su faena de sepulturero, cuando Liropeya, precipitándose sobre la espada que estaba en tierra, se atravesó con ella el pecho, sin que pudiera evitarlo el mancebo español, tan desesperado y súbito fue el arranque de aquella constante mujer, la cual expiró pronunciando estas sentidas palabras, capaces de engendrar un eterno remordimiento en el culpable de su desgracia: cava también para mí otra sepultura; prepara el lecho donde duerma eternamente esta desventurada al lado de su querido Yanduballo.

Lo que el triste mancebo sentiría
contemple cada cual de amor herido,
estaba muy suspenso qué haría,
y cien veces matarse allí ha querido. [81]
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Mil veces se maldijo el desdichado,
por ver que fue la causa de la muerte
de Liropeya; andando tan penado
que mal siempre decía de su suerte:
«¡Ay triste! por saber que fui culpado
de un caso tan extraño, triste y fuerte,
tendré hasta morir, pavor y espanto,
y siempre viviré en amargo llanto».

Este episodio repetido y bordado por los historiadores posteriores a Centenera, de quien lo han tomado, nos parece mejor en su pluma que en la del mismo deán Funes (93) que intentó convertir en una tela de maestro el bosquejo tomado del natural por el autor contemporáneo. El poeta fue testigo del remordimiento de Caravallo, y vio y tuvo en su sus manos el retrato de la desgraciada heroína de la escena:

Al vivo retratada su figura
de pluma vide yo muy apropiada.

Este conocimiento inmediato de los actores y de la escena, y su participación personal en el juicio de los contemporáneos, dan a su relato cierto tinte de veracidad candorosa y de sentimiento natural que no han podido igualar los copistas. Aun cuando bajo la fe del mismo matador de Yanduballo, use de algunas afectaciones petrarquescas para ponderar la belleza [82] de la heroína, la cual aún después de muerta brillaba como una clara estrella, así mismo, no puede nadie resistirse a la impresión de lástima y de simpatía que a favor de la india desgraciada, despiertan estos dos bellos versos de su cronista: Aquesta Liropeya en hermosura
en toda aquesta tierra era extremada.


En este caso la crítica debe confesarse injusta para con Centenera: le hemos declarado prosaico, lánguido, versificador desmañado, porque así lo es en general durante su larguísimo e inconexo poema, y sin embargo, al presente episodio ¿qué le falta para ser obra cumplida de poeta? Verdad es que la escena no es una creación de fantasía; pero los rasgos más bellos de poemas acreditadísimos provienen generalmente de la historia ya consagrada en un libro, ya trasmitida por la tradición, y no por eso se desvirtúa el mérito de los autores que supieron animarlos, eternizándolos en el corazón y en la memoria de la posteridad. Y Centenera no es mero cronista en esta ocasión, cede en los pormenores a instintos que son de un artista, y tal vez se aparta de lo que es históricamente cierto, cuando en vez de pintar a Yanduballo mezclado en la pelea y perseguido por el jinete español hasta la morada de Liropeya, le presenta tan absorto en su amor que no se apercibe del ruido de las armas, ni de los peligros de su tribu y se acallan en él los impulsos [83] de la bravura por consagrarse exclusivamente a la adoración de su querida, cuyo sueño vela. Aquel idilio de amor, de perfumes del bosque, de verdadera y primitiva inocencia, se trueca en drama mediante el juego natural de las pasiones humanas: la violencia, la traición, el egoísmo de un deseo brutalmente sensual, el abuso de la superioridad de las armas, derraman la sangre de dos seres unidos por el amor más legítimo; y los remordimientos se levantan de entre las víctimas para atormentar perpetuamente al culpable. Sentir así, imprimir estas imágenes morales en la sensibilidad del lector nos parece que es ser poeta, en el mejor sentido de esta palabra.

En prueba del acierto instintivo de Centenera, recordemos el bellísimo romance de Adolfo Berro sobre el mismo asunto de que tratamos: ¿quién no conoce esta composición tan bien artizada, tan armoniosamente distribuida, versificada con tanta elegancia como corrección? Todos la hallan bella; pero fría e inferior por el sentimiento patético a cuantas escribió aquel malogrado ingenio. Nos enardece con el ruido de las armas y de la lucha a brazo partido, entre el cristiano y el indígena, y ex abrupto nos hace testigos de un drama que comienza con actos de violencia y termina con sangre. La desgracia de los dos amantes es hasta cierto punto excusable puesto que Liropeya, queda por la actitud bélica de [84] Yanduballo, en la condición de un despojo del enemigo.

Esta aventura puso en gran peligro la vida, o cuando menos la libertad de Caravallo, pues a pesar de que la tragedia en que había sido actor, no pasó, según toda probabilidad, del término de un día que requiere la regla clásica como una de las unidades del drama, estaban los de Garay tan apremiados y deseosos de continuar viaje hacia el Carcarañá, que ya partían las balsas cuando se incorporó a los que le contaban por perdido.

El hambre era el enemigo más terrible para los españoles, de manera que los principales de sus caudillos, Zárate, Ruy Díaz, Juan de Garay, estaban casi exclusivamente ocupados en buscar provisiones para alimentar a los soldados y las familias de la expedición. La empresa no era fácil porque los únicos que, como señores y prácticos del terreno, podían cazar en abundancia y cultivar la tierra, eran los indígenas, y con estos se hallaban en malos términos los expedicionarios.

Sin embargo, los Tambús, en momentos de tregua, acudían con sus productos a trocarlos por objetos de la industria europea, y en estos tratos se portaban con tanta habilidad que hubieran podido poner la cartilla en la mano, según la expresión de Centenera, a los más pintados regatones de Sevilla. Buscando, pues, medios de subsistencia y sitio seguro apartado de tierra firme, llegaron los españoles a dar fondo en la [85] isla de Martín García, después de haber pasado una especie de revista militar en Santi Spíritus o torre de Gaboto, luciéndose los jinetes al son de trompas y atambores, y de los disparos de la «flaca artillería». En una de estas navegaciones por los ríos de «Ayolas», y de otros nombres que no son los de geografía actual, y el día domingo de Ramos del año 1574 (según toda probabilidad), las gentes de Garay debieron presenciar un suceso maravilloso, del cual fue testigo de vista el mismo Centenera que lo refiere:

que de vista es el cuento que contamos;

advirtiendo que si damos por espectadores de la aparición que va a verse, a la gente del fundador de Buenos Aires, es porque el mismo testigo nos ha hecho saber que, dependiendo de su voluntad el seguir al jefe que mejor le cuadrase, se había separado de Zárate y puéstose a las órdenes inmediatas de Garay, porque aquel era siempre perseguido por el hambre y éste al contrario favorecido por la victoria y la abundancia. Este cálculo si no es muy generoso en un poeta es muy natural en un canónigo.

Navegaban las balsas por un angosto riachuelo, la sombra de los árboles de ambas orillas, cuando se vio venir una canoa gobernada por dos «ninfas» elegantemente vestidas, conduciendo a un salvaje corpulentísimo.

Así que la canoa estuvo a vista de las balsas [86] dio vuelta repentinamente, y ayudada de la corriente del arroyo entró a todo remo al Paraná, en donde abrigándose de un remanso esperó por largo rato a los expedicionarios. Cuando estuvieron estos al alcance visual de la trinidad misteriosa de la canoa, se estiró y enderezó el salvaje dando lugar a que Centenera lo fijara en la imaginación y nos lo pudiera pintar, ataviado de la más extraña manera. Embrazaba un escudo grandísimo y defendía y adornaba la cabeza con un yelmo de cuero de anta. Defendíale el pecho a manera de coraza la concha de una tortuga enorme,

y el bastón que este bárbaro tenía
servir de antena en nave bien podía.

El poeta ha olvidado decir si estaban o no desnudas las carnes de este nuevo Adamastor, el cual en caso afirmativo, remedaría, salvas las dimensiones, a los Alcaldes de los pueblos jesuíticos del Paraguay que andaban descalzos y con bastón de borlas.

El gigante cuyos pulmones guardarían proporción con el antena que traía en la mano, preguntó con arrogancia, quién era el jefe de aquella armada, y prometió, que fuera quien fuese, había de quitarle la vida y atormentarlo amargamente: añadiendo que no por huir como cobarde sino en busca de una sepultura bastante ancha para los intrusos había dado la espalda y entrado al [87] espacioso Paraná. Estaba ya para acometer a la armada, aquel «can rabioso» cuando le dispararon dos balas los españoles (dos pelotas), y las ninfas bogadoras viraron la canoa a toda prisa al son de cantos tan suaves y harmoniosos que enternecieron y admiraron los espectadores.

La historia no ha repugnado el hecho de la aparición del bárbaro de figura gigantea cuyas bravatas fantásticas no eran para poner miedo a los españoles de aquellos tiempos, pero no se da por entendida ni de las ninfas, ni de sus harmonías, ni de la catadura del gigante, en lo que procede con cordura, por cierto. Pero Centenera tiene dos aspectos, bajo los cuales se presenta alternativamente a la crítica; el de historiador y el de poeta, y es justo mostrar cuál era la disposición de su ánimo al navegar por aquellos parajes en donde tuvo la visión de las ninfas cantoras. Veremos más adelante cómo pinta la hermosura de las islas del Paraná y cuán plácidas eran las ilusiones que causaban en su fantasía aquella naturaleza silenciosa y privilegiada. Por ahora agregamos al cuadro anterior una pincelada de la misma mano y de una inspiración casi idéntica. En una noche bella y serena, en un paraje digno de las musas, y en cuyos bosques se oían las quejas harmoniosas de Filomena, nuestro poeta completamente desvelado y contemplando el cielo, oyó, y lo refiere en versos muy buenos, el canto dulcísimo de una sirena. Las canciones que cantaba [88] esta hija de las aguas eran humanas al parecer y capaces de ablandar el corazón más empedernido.

Esto se comprende: en la situación en que se encontraba el autor, cavilando sobre una playa desconocida a la luz de las constelaciones del nuevo mundo, es de perdonársele que soñara despierto mientras dormían sus compañeros. Y como sus imaginaciones no podían ser, por razones que constan de su propio poema, las de un ingenio creador, era llevado forzosamente por los recuerdos de su educación escolar a los paraísos mitológicos en los cuales representan papel tan principal las ninfas, y también las sirenas, más viejas y andariegas que Ulises. Las tierras argentinas del Paraná eran algo más que un valle de Tempe a los ojos de Centenera, eran una «vega» digna de los pies de Minerva, en donde,

la bella y casta Diosa se pasea
y con sus compañeras se recrea.

Los expedicionarios no se hallaban a sus anchas en la isla de Martín García, y codiciaban como era natural, la posesión de la tierra firme que a poca distancia se les presentaba tan verde, amena y extensa. Así fue, que apenas se encontraron reunidos los caudillos que intervienen en estas correrías peligrosas, dieron la proa en malas embarcaciones y balsas improvisadas, hacia el lugar de confluencia de uno de los tributarios del [89] Uruguay con este caudaloso río. La travesía contra su impetuosa corriente, era de suyo ardua y expuesta; pero mucho más cuando las aguas del canal se levantaban impelidas por un fuerte viento del Sur. Las balsas no pudieron contrastar las olas,

«que no consiente
la fuerza del canal remo ni pala»;

y fueron tales los apuros de aquella situación, que la harca y las siete balsas amenazaban hundirse de un momento a otro. Los caballos nadaban por su cuenta, y los indios amigos que hacían parte de la expedición se salvan como pueden, dejando consternados a los que como Centenera no sabían nadar:

El que es buen nadador, aunque con miedo
al agua desnudándose se arroja:
quien no sabe nadar estase quedo
y en la balsa metido bien se moja:
más yo ya de nadar hablar no puedo.

En una palabra, el conflicto es tan grande para todos y especialmente para nuestro cronista, que considera «ya llegado el día de su fin, en aquel juicio postrero», anticipado. Pero, la constancia y las mudanzas atmosféricas restituyen la calma a los espíritus y a la naturaleza, y

la gente sale a tierra do se aloja,
tendida por la fría y dura arena. [90]

El alojamiento no era muy confortable, pero estaban siquiera en salvo y aptos para nuevas luchas con enemigos más temibles aún que los vientos y las corrientes de los grandes ríos.

En el canto XIV, describe Centenera una nueva batalla, y como a su pesar; pues, aunque confiesa «estar enseñado» a tratar de tristezas y de lamentos, y ha gozado en su vida pocos placeres, en cosas de milicia anda «a tiento» porque de armas es de lo menos que ha probado. Todo esto lo dice al comenzar dicho canto en una especie de exordio moral que Centenera, como todos los autores de poemas, cuelgan de muestra a la cabeza de cada nuevo canto, sirviéndoles de punto de apoyo para remontar el vuelo y entrar con buen aire en materia. A pesar de su confesada incompetencia en materias estratégicas, queremos seguirle en la narración de esta batalla, no tanto por el papel que en ella desempeña don Juan de Garay, cuanto porque en las funciones de guerra es en donde mejor se dibujan los caracteres, las costumbres y los rasgos característicos de aquellos tiempos, en el drama de la conquista.

La marcha de la expedición río Uruguay arriba, fue acompañada por el ejército en observación de los charrúas al mando de Zapicán. Supiéronlo los españoles por el alarma que dieron tres soldados del bergantín, e inmediatamente cargaron los demás sus arcabuces a toda prisa y con el mayor empeño, porque estaban codiciosos [91] de dar fin con aquellos charrúas tan astutos como porfiados. El «Capitán», y once compañeros, ensillan sus caballos, porque este solo era el número de las monturas que habían quedado servibles después de las mojaduras de la travesía: a estos doce jinetes se agregaron veintidós arcabuceros, y descendiendo a tierra se emboscaron, ocultando cuidadosamente los caballos para que al verlos el enemigo no retrocediese espantado y escapase así de los arcabuceros en acecho. El capitán estaba a la cabeza de los infantes. Los «alegres bárbaros»,

con orden y aparato de guerreros
con trompas y bocinas y atambores,

aturdiendo la comarca, y dispuestos en siete escuadras, avanzaban con arrogancia, y el «capitán» tratando cebarles para que se pusieran a tiro de las armas de fuego, se retiró a una altura. El «bárbaro que de seso no está falto» comprendió la intención del jefe español, y mandando hacer alto a sus legiones, pronunció a voces que parecían gritos el siguiente reto, que transcribimos en la misma forma que le da nuestro cronista:

Estamos de esperaros ya cansados,
que ha días que tenemos entendido
que sois hombres valientes y esfórzados,
agora será el caso conocido.
Salid los más valientes y alentados
riñendo uno con otro este partido; [92]
salid que tardar tanto es cobardía
veremos vuestro esfuerzo y valentía.
Con solo matar veinte de vosotros
pues sois de tanta fama y nombradía,
la vida por cien dada de nosotros,
tenemos todos juntos este día:
¿podéis ser más valientes que los otros,
cuyo valor poco ha que fenecía?
Salid a los vengar, acobardados
cornudos, mujeriles y apocados.

Éstas y otras muchas cosas más, oyó con sus propios oídos el cronista, que un poco ya entendía de la lengua de los charrúas, y apenas cesó el apóstrofe arrogante y poco comedido de Zapicano, continuó la grita y los ademanes provocativos de los suyos, echándose al suelo fingiéndose vencidos, llamando con las mantas que traían ceñidas al cuerpo y manifestando a voces que querían

ponerse nuevos nombres peleando,

porque tenían la costumbre de tomar el de los enemigos muertos a sus manos. Mas viendo que los españoles iban sobre ellos, se retiraron hacia un cerro. Entonces los once jinetes atravesando un pantano a son de clarines e invocando repetidas veces el nombre y el auxilio del apóstol Santiago, se entraron en las filas de los indígenas matando a cuantos les venía a tiro de las lanzas hasta el número de setecientos. Esta carnicería no amedrentó a los charrúas. Como cien flecheros [93] de ánimo gallardo, desprendiéronse de la reserva de Zapicano, cargaron precipitadamente a los españoles, quienes volviendo sus caballos deshacen a los flecheros, satisfaciendo así «los mozos» sus deseos,

que tantos por el suelo van rodando
cuantos caballo y lanzas van tocando,

Allí, veíase un indio atravesado por la garganta, más allá, otro con el cráneo barrenado mostrando los sesos. Entre estas víctimas veíase a Taboba, traspasado el pecho y agonizando después de una lucha a brazo partido con Leiva, quien más de una vez vio perdida su lanza a esfuerzos del cacique: tal vez hubiera vencido este valiente al castellano si no se hubiera presentado tan oportunamente en su auxilio Menialbo, dando tan recia cuchillada a Taboba que le obligó a soltar la lanza del cristiano. El indio quiere huir al verse con la mano destrozada; pero no le dan lugar; porque Leiva, libre va con el concurso de su camarada, cambia de armas y desenvainando la toledana deja al cacique tendido en la llanura. Abayubá que esto ve, embiste furioso contra Leiva y recibe un bote de la lanza de éste, que le atraviesa «por el ombligo»: el indio se abalanza por la lanza adelante y hace presa con los dientes de las riendas de su contrario con tal fuerza que las corta como con cuchillo y cae muerto enseguida. [94]

El viejo Zapicán al ver tendido a su sobrino en tierra, bien quisiera vengarle en su matador; pero vuelve otra vez a meterse de por medio el Menialvo que de un tajo parte por medio al cacique, por encima de la cadera, dividiéndole el cuerpo en dos pedazos: fue cuchillada

de brazo poderoso y fuerte espada.

Un soldado, Vizcaíno de apellido, se trenza con el indio Añagualpo que le sale al encuentro armado con una pica tan corpulenta que parece un grande pino. La del español no era tan morruda pero llevaba la ventaja del acero y del empuje del caballo sobre la del indígena y atravesósela por el pecho saliéndole por la espalda. Vizcaíno no se aparta dos pasos de allí cuando se encuentra con Yandinoca,

que es indio muy gallardo y de valía,

y a quien cabe igual suerte que a Añagualpo, con la diferencia que a éste le entra la pica del castellano no por el pecho sino por la boca.

Todos los soldados de Garay se portaron cual héroes en aquella jornada, matando «como conejos» a los guerreros charrúas que peleaban sin cota de malla, sin broqueles, con armas de madera labradas con instrumentos de piedra y sin el auxilio poderoso de la bala, de las espadas bien templadas y el caballo. Centenera enumera prolijamente [95] las proezas de cada uno de aquellos soldados llamándolos por sus nombres. A más de los ya mencionados, hay que tomar en cuenta al gallardo Arévalo que lleva el fierro de la lanza empapado en sangre de

la gente que jamás fue conquistada.

Al fuerte Aguilera que descarga tales mandobles que parece hundir a los indios bajo tierra: al buen Mateo Gil, soldado viejo, valiente y esforzado como hijo que es de Trujillo, nacido en el lugar de Jarahicejo, que hizo grandes estragos y tiñó con prodigalidad en sangre infiel las «yerbas del campo»: al cordobés Hernán Ruiz que pelea «sin pereza» y se asocia en sus hazañas a su camarada Camelo: a Juan de Osuna, que armado únicamente de su espada vence al denodado Magaluna que le tenía a mal traer, prendido al cuello del caballo y de las riendas que no soltó sino con la vida (94).

Juan Sánchez tenía ya cubierto el campo de zapicanos muertos con su espada, cuando un indio con una enastada en un palo, le tira un bote de costado, respondiéndole Sánchez de estocada acertándosela en medio de la frente y dando con el indio en tierra como herido del rayo. Rasquién [96] se halla capaz por sí solo de dar remate al ejército todo de Zapicano. Pero el fuerte y animoso Caravallo, aquel de los remordimientos por la tragedia de la hermosa Liropeya, no se queda atrás en buenos oficios, y

de encuentro, de revés, da jaque y mate
al indio sin dejarle un hueso sano
con la fuerza que pone en su caballo.



Centenera deja para postre de su reseña panegírica al capitán de esos valientes, a Juan de Garay, hombre según él, capaz de clavar su lanza en la rueda de la fortuna y de fijarla para siempre, si semejante rueda fuera visible para sus ojos. Garay, solo su alma, atacó a una escuadra de indios que permanecía como de reserva en observación en una altura áspera; los cargó y les arrolló. En la carga fue herido con gran contento de los indios que a cada momento creían verle caer del caballo, pero como estas esperanzas no se realizasen y la persecución continuaba, echaron a huir dispersos siguiéndoles Garay al galope hasta que se le cayó el caballo muerto de cansancio y desangrándose por las heridas. Los soldados acudieron precipitados a valer a su jefe en semejante situación, y disponiéndole otra cabalgadura le llevaron hacia el real tocando los clarines retirada para que se recogiese la tropa y cesase el estrago de tan sangrienta jornada que costó como mil víctimas a los infelices charrúas. El épico boletinero [97] calla, como conviene al oficio, la pérdida padecida por los cristianos.

Los soldados españoles entraron a descansar al real, satisfechos y gozosos

de ver quedar el campo muy poblado
de la soberbia sangre belicosa
del indio en estas partes señalado;

gente famosa por su valor y temida en toda la comarca. El cacique que los mandaba era respetado por los suyos y por extraños, aborrecía el nombre cristiano y dominaba la llanura y las sierras, disponiendo de la voluntad de las tribus que en ellas tenían sus moradas, con lo que estaba el «perro» tan engreído que no temía al mundo entero.

Mientras los vencedores celebraban la victoria y descansaban todo el día que la siguió, los indios abandonaban el campo y huían temerosos hacia el interior de la tierra. Libres por ahora del tenaz enemigo, continuaron su marcha los expedicionarios en busca de Ruy Díaz que había tomado puerto seguro en San Salvador, lugar destinado por los españoles para fijarse de asiento. Entre tanto, andaba todavía en sus peregrinaciones el Adelantado. Pero no obstante, respetando su categoría, y llevado Garay de cierto instinto cortesano que le inclinaba a lisonjear a sus superiores, antes que de construir la suya cuidó de construir casa para Juan Ortiz de Zárate [98] siendo así que cada cual cuidaba de labrar su nido en aquellas alturas como mejor lo entendía.

Al fin la colonia, como enjambre de abejas desbandado por la lluvia y por los vientos, trata de concentrarse y constituirse bajo la bandera de Zárate, quien al tomar las riendas del mando comenzó por dictar algunas disposiciones para proveer a la defensa y subsistencia de los pobladores de San Salvador. Antes de todo, preocupado con las prerrogativas y ambiciones de conquistador, trató de dar nombre (impuesto por él) al territorio con cuyo gobierno soñaba, y ordenó que de allí en adelante se llamase «Nueva Vizcaya» al país conocido hasta entonces con la denominación del Río de la Plata; rasgo de vanidad provinciana que le moteja el extremeño Centenera, a pesar de que él también incurre con frecuencia en debilidades de la misma especie. Proveyó, dice, el Juan Ortiz,

que de hoy adelante se dijese
y nombrase Vizcaya el Argentino:
¡mirad la ambición del vizcaíno!

Mandó primero a Garay y a Ruy Díaz en busca de la guarida de Cayú, cacique de las islas, en cuya expedición que desempeñaron, dieron con la nación Chaná, de la cual aprisionaron dos mocetones. De allí siguieron el viaje, siempre unidos ambos jefes, y a las márgenes del río Igeipopé [99] hallaron a los guaranís, en gran número, y sin más ni más les dieron una sorpresa o malón cristiano a la primera luz de una hermosa mañana. Los indios, que se creían seguros al considerar cuan pocos eran los españoles que se les acercaban, no se prepararon a la defensa de una manera formal, y tuvieron que huir dejando como botín para el enemigo, siempre hambriento, como doscientas fanegas de maíz que valían para los españoles tanto como granos de oro. Cargados con esta riqueza después de haber reducido a cenizas las chozas de los pobres guaranís, descendió Ruy Díaz hacia San Salvador, trayendo consigo cuatro prisioneros, y entre ellos a un hijo de Cayú. El capitán Garay, con sus soldados, tomó el camino de la Asunción con mucha prisa, en busca de víveres porque los hallados hasta entonces no eran suficientes para las necesidades de aquellos hombres mejor dispuestos para manejar la espada que el arado.

Centenera es moralista de cuando en cuando y frecuentemente murmurador; así, para demostrar cuan poco vale el cuidado humano cuando la providencia está en contra, refiere cómo, en las altas horas de una noche fue devorada por el fuego la casa del Adelantado a pesar del empeño que se puso en salvarla. A falta de habitación en tierra se recogió Zárate a bordo de la cebra en donde tenía guardada la hacienda, mientras su [100] gente diseminada por el campo quedaba mal abrigada bajo techos de paja y expuesta a los ataques de los indios. Poco más o menos por entonces, presentósele al Adelantado

aquel Cayú que dijo que huyendo
salió con los demás y que dejara
captivo el hijo...

Acompañábanle algunas personas de su tribu y con lágrimas y ruegos le pidió la libertad del objeto que más amaba, ofreciendo por su rescate una buena cantidad de pescado y una graciosa mozuela, cuya belleza exageraba a su modo, tratando de probar que era muy digna de ser la esposa de todo un Adelantado. Lo que éste resolvió con respecto a la súplica del cacique y la novia, lo refiere Centenera en dos versos, rápidos como dos flechas, que lastiman por la felonía que contienen:

el Juan Ortiz la moza recibía
y al indio sin su hijo en paz envía.

¿Qué extraño es que con semejante conducta se irritaran los bárbaros y cometieran excesos de crueldad con los españoles? Fue por entonces que tuvo lugar una especie de martirio ejecutado en un santo varón llamado Echeverría, que habiendo caído prisionero de los indígenas, cupo en el reparto a la tribu de los chanaes. Centenera le conoció y trató, y dice que era [101] «ordenado de grados», y le elogia no sólo por su virtud, sino por sus estudios, luces y talentos:

Ordenado de grados supe que era,
versado en natural filosofía,
discreto, sabio y muy caritativo,
de mucha habilidad y seso vivo.

Lleváronle los indios a un lugar pantanoso, y allí amarrado a un palo, le convirtieron en blanco de multitud de flechas que daban en sus carnes como lluvia de granizo, poniéndolo como un puerco espín, todo erizado de púas. Este justo, digno de memoria, y de que se le llame glorioso por haber conquistado el cielo y la palma de los mártires, según la opinión y textuales palabras de Centenera, murió recomendando el alma a Dios, confesando en alto sus culpas, y cuanto más crecía su fervor cantando en sus últimos instantes el Miserere mei, más se embravecían los bárbaros y le atormentaban. Así pagan en este mundo los justos por los pecadores. Más de cerca tocó a nuestro cronista el dolerse de estas atrocidades cometidas por los indios con los cristianos. Había tenido la desgracia de caer en poder de aquellos un muchacho llamado Juan Gago, que él estimaba mucho, porque le había servido en Logrosán, su patria, en tiempos en que aún no había abandonado el reposo de la casa paterna. Solo Dios sabe, dice Centenera, lo que hice para sacarlo del cautiverio: pasé trabajos [102] y hambres, andando entre los indios por muchos días, sin conseguir nada, y al fin le sacaron los ojos y le descoyuntaron y mutilaron de pies y manos. Esta serie de martirios referidos por nuestro cronista, se corona con un milagro, obrado por uno de los hijos del seráfico padre San Francisco, el cual estando de rodillas en oración, fue muerto por la flecha que le disparó un indio. Caer el sacerdote herido y descender del cielo una nube luminosa, fue todo uno, y envuelta en resplandores se vio subir al mismo tiempo una doncella hermosísima en demasía, con admiración y susto de los indígenas, arrepintiéndose de la acción que habían cometido.

El autor nos lleva de sorpresa en sorpresa como se ve, rompiendo con variados episodios el hilo mal devanado de su crónica, y ahora en el canto décimo sexto, pasa de las márgenes del Uruguay al corazón del Perú, para referir el levantamiento de don Diego de Mendoza, y los aprestos militares que para someterle hizo el Virrey don Francisco de Toledo. Este canto que es uno de los más extensos del poema, no basta para contener el nudo y desenlace de esta tragedia colonial, y se consagra otro más, (el siguiente décimo séptimo) a referir la justicia y muerte que mereció en Potosí el dicho rebelde don Diego, y «el gran señor Topamaro» en el Cuzco. Difícil es encontrar nada más enredado, confuso y descosido que estas páginas de Centenera, en las [103] cuales se embosca en multitud de pequeños accidentes que ni siquiera son dignos de la crónica y bien pudieron quedar, sin perjuicio de la verdad histórica, entre las tradiciones vulgares que el tiempo deshace como se desvanecen los vapores y el humo. La trascendencia de estos disturbios del Perú, apenas se trasluce en las octavas de La Argentina, porque en ellas se confunden los accidentes con la causa fundamental y se atribuye a don Diego de Mendoza, personaje subalterno y casi obscuro en la historia peruana, la importancia que sólo debe darse al desgraciado Tupac Amaru, último vástago de la estirpe de Atahualpa, verdadero protagonista del drama sangriento en que figura como verdugo el Virrey don Francisco de Toledo. El mal ejemplo dado con la encarnizada guerra civil que sostuvieron Pizarro y Almagro, mantuvo aquel país en perpetua agitación hasta muchos años después de la misión de la Gasca, y de cuando en cuando aparecían descontentos de entre los mismos españoles que atraían algunos grupos de indígenas a los intereses de su bandera. No era difícil hacerse de aliados entre aquellos que tenían tan justos motivos de resentimiento contra los conquistadores, y el Virrey no sabiendo darse cuenta del verdadero motivo de aquellas perturbaciones, creyó sofocarlas para siempre haciendo desaparecer hasta la sombra de la autoridad de los incas, persiguiendo a muerte a todos los de su [104] estirpe. Con este propósito, sacó de las montañas de Villcapampa, en donde vivía resignado y pacífico, a Tupac Amaru, hijo de Manco Inca, y hermano de Sayri-Tupac-Inca, para llevarle al Cuzco, en cuya plaza principal y bajo las formas de un proceso mentiroso e inicuo, le cortó la cabeza. Este acto no sólo agrió el ánimo de los indígenas, sino que los mismos españoles lo tomaron a mal, y según se refiere fue causa de la desgracia del injusto mandón. Habiendo regresado a España por los años 1581, y contando con un premio seguro por sus servicios a la corona, sólo recibió la reprobación de Felipe II, diciéndole «que se retirase a su casa, que no le había mandado al Perú para que matase reyes sino para que los sirviere»: palabras que según un historiador peninsular fueron bastantes a cortar en breves días el curso de la vida del Virrey, entregado a la melancolía y la tristeza (95).

Y no obstante lo que dejamos dicho sobre los cantos XVI y XVII de la Argentina, ellos tienen su interés considerados como cuadros de las costumbres indígenas, y como reflejo de aquella era singular, que forma como la edad media de la colonia peruana, y es el crepúsculo de un orden más regular de cosas bajo la completa influencia de las costumbres y leyes españolas. [105] La maquiavélica y cruel conducta del Virrey aparece también en los versos de Centenera en toda su fealdad, porque la presenta rodeada de minuciosos incidentes que la dan un relieve verdaderamente negro y satánico, y podría servir de asunto para una preciosa novela o para una composición dramática de sumo interés poético y filosófico.

Los cantos episódicos de Centenera se componen a su vez de otros episodios, o más bien de escapes inesperados de su imaginación, que no dejan de tener su atractivo y entretienen agradablemente al lector. Como su poema no está dominado por la severidad de un plan bien concebido, y es más bien una obra sin asunto, tomada esta palabra en su verdadero significado, el autor sigue el camino de sus recuerdos, completamente a sus anchas, satisfaciendo sus caprichos, moralizando donde se le antoja, describiendo un objeto, un lugar, un personaje, donde menos se espera; y lo que es más común, sacando del depósito de su memoria alguna conseja o alguna observación mal hecha por él mismo sobre algún prodigio de la naturaleza. Un ejemplo notable de este procedimiento vago y movedizo, hallarnos en uno de estos cantos sobre lo que se llama sublevación del Perú, con motivo de referir el caso de un condenado a muerte, que hallándose ya en el patíbulo,

en su túnica y toga muy revuelto,
pensando que es visión y que soñaba, [106]

apareciose un agente de la justicia trayéndole el perdón y mostrando desde lejos como prueba de este el «bordón de su Excelencia» que era «señal muy conocida» en semejantes lances. La situación de este reo, suspendido por largas horas entre este mundo y la eternidad, sugiere a Centenera una especie de disertación en la cual derrama toda su filosofía y desata toda su conciencia ante la consideración del trance supremo de la vida humana. La muerte, observa, triunfa de los reyes como de todos los demás hombres y nos combate de día y de noche: en esta vida transitoria, donde tan poco subsiste el tiempo más florido, debíamos tenerla constantemente por espejo, por regla y por consejera. Él mismo se ofrece como modelo de obediencia a este precepto indirecto y dice, que sin ser hipócrita ni fingir santidad, declara que cuando tuvo la muerte delante de los ojos, a cada instante en los días de hambre y de grandes peligros, trató siempre de conservar limpia y bien ajustada la conciencia como en ninguna otra época de la vida. La tristeza que causa la idea de la muerte proviene de que el hombre no tiene certeza de su paradero, ni conoce bien cuán triste y funesta es la vida, porque sino, más bien que motivo de pesadumbre debiera serle de regocijo el salir de este mundo vil. Estas palabras casi textuales de Centenera, son las mismas de Hamlet en su famoso monólogo, y sólo se diferencian en [107] la forma; prueba de que el modo como una idea se expresa no es indiferente a su fondo.

La muerte de sí tiene tal tristeza
por no saber el hombre el paradero;
que si de éste se tiene la certeza
alegre es aquel trance y placentero:
dejar un mundo tal y tal vileza
había de dar gozo muy entero,
y en lugar de tristeza gran consuelo,
pues vemos que salimos de este suelo.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Si se tuviere el buen conocimiento
de aquesta triste vida tan funesta,
con la muerte contento se tendría
tomándola por gozo y alegría (96).

Enseguida, recorre los diferentes ejemplos que atestiguan el placer con que el hombre justo, los que esperan en Dios, como los mártires, se entregan a la muerte o la reciben con resignación; y descendiendo del hombre hasta los animales, después de decirnos cómo el cisne «suele cantar cuando la muerte le es vecina», refiere una «extrañeza digna de contarse de camino», que él mismo vio habiendo ido expresamente a Tomahavi a cerciorarse de ella con sus propios ojos. Allí en una vasta extensión de terreno, había un pantano movedizo a donde llegaban contentos, [108] y como saltando de alegría, una multitud de perros, que se arrojaban «bailando como recio torbellino» en aquellas aguas estancadas que eran calientes y se «cocían vivos», sin interrumpir la danza, pues parecía que aquel modo de morir les daba contento.

Yo vide aquesto propio que aquí cuento que por juzgar el caso yo por fuerte, a verlo fui, y los perros que allí fueron bailando vi, en la fuente perecieron (97).

Dejamos al Adelantado en San Salvador haciendo esfuerzos por cimentar su gobierno y levantar allí una población estable. Dos dificultades se le presentaban para realizar sus miras; la resistencia por parte de los naturales, y la carencia casi absoluta de medios de existencia; y esta era la más apremiante y más difícil de superar. Los «Zaratinos» volvieron a la misma situación afligente que tuvieron en las costas brasileras, y el hambre les ponía a cada momento a las puertas de la muerte, y los diezmaba. Seis onzas diarias de harina

hedionda, sin virtud y mal pesada,

era el único alimento con que podían contar, y aun esta ración de hambre podía faltar del todo de un momento a otro. La desmoralización y [109] envilecimiento de ánimo, producida por semejante situación, se infiere desde luego sin necesidad de que el cronista la señale y comente cómo lo hace en la introducción de su decimoctavo canto. Si el ser pobre no envilece, dice, lo cierto es que el menesteroso carece de amigos, y de protectores, y este abandono le hace caer en actos de bajeza que le degradan. La miseria y la necesidad habían apocado el valor físico y moral de aquella gente, y hecho desaparecer en ella, la bizarría, la cultura, y hasta la belleza y donaire de las mujeres hermosas.

Estaban convertidos en mendigos, y como los de las ciudades españolas, asediaban la morada de Zárate pidiéndole qué comer, como estos asedian la puerta de los conventos al olor de la sopa del refectorio. El Adelantado había perdido completamente su aplomo y dignidad, y en vez de dar ejemplo de entereza y de abnegación, como lo habría hecho un hombre superior en situación análoga, se desesperaba y se conducía brutalmente cuando llegaba el momento de distribuir sus malos y escasísimos víveres, de manera que la ración, era «dos veces cara» para aquellos desventurados. Lejos de darles consuelo e inspirarles alguna esperanza en el cambio próximo de fortuna, insultaba «en la cara» a cada uno, con las expresiones más denigrantes que pueden emplearse por un harto descorazonado perseguido por las importunidades de un hambriento. [110]

Malditos, endiablados comilones,
tragones, apocados, gente avara;

era lo menos que les decía. «¿Os traje yo de España nada más que para sustentaros?, añadía. ¿Qué os debo? Casi estoy resuelto a abandonaros». Pero con denuestos no se conjura el «hambre vil», y como esta no respeta las condiciones y a todos los «iguala por rasero».

al Papa, al Rey, al bajo zapatero,

andaban los soldados y los sacerdotes tan transformados y lánguidos y macilentos que más parecían sombras que seres vivos.

Los más avisados de la colonia reconocían que la penuria en que se encontraban podría ser menor si estuviera a su cabeza un jefe de otras prendas; y el tesorero Hernando de Montalvo solía repetir, que si Dios se llevase al «vocinglero» de Zárate al otro mundo, acabarían aquellos males y se restituiría el contento y la alegría a aquel miserable pueblo. Centenera tomaría probablemente su buena parte en estas reflexiones críticas tan fundadas de nuestro primer tesorero; pero como su carácter de canónigo y de cronista, le imponían resignación, o cuando menos disimulo, se limitaba a pasear su desabrimiento y tristeza por los bosques, entregado tal vez a componer algunas octavas de su futuro poema. En una de esas correrías poéticas, se encontró con el padre franciscano fray Alonso La Torre, sacerdote dotado de virtud y de [111] letras, a quien conocía de antemano. Apenas podía mover los pies el buen padre y sólo tenía la «figura de cosa viva». ¿Qué andáis haciendo por aquí?, le preguntó Centenera. -Entiendo, le contestó fray Alonso, que voy a morirme muy pronto y he entrado a este bosque a cortar algunas ramas para hacer una cama donde echarme a cerrar los ojos para siempre. Al decir estas palabras los levantó al cielo y cayó en tierra desfallecido. Centenera entristecido con aquel espectáculo, y derramando lágrimas, cortó ramas y hojas de los árboles de «aquel prado verde, umbroso», y ayudó al santo varón a disponer el único abrigo y lecho mortuorio a que podía aspirarse en la Nueva Viscaya del Adelantado Ortiz de Zárate.

Gracias a la actividad del incansable y celoso don Juan de Garay, cambió la afligida situación de los pobladores de San Salvador, pues inmediatamente llegado a la Asunción, despachó gente de repuesto y comestibles que recibieron con el mayor regocijo los infelices que perecían de necesidad. Pero estos auxilios, si remediaban transitoriamente la situación desesperada de San Salvador, no hacían imposible que se repitiera, y el descontento seguía tornando creces, a punto que la persona más inmediata a Zárate, la más favorecida, pues era nada menos que su «vicario» Trejo, iba más allá que Montalvo en sus murmuraciones y hubo de amotinar los soldados contra su jefe, culpándole de mal cristiano, de ladrón y de desacertado, [112] agregando que debía formársele proceso y remitírsele con buenos grillos a la justicia del rey. Este conato de rebelión que sofocó Zárate prendiendo y procesando a Trejo, aceleró la salida de aquél para la Asunción que era la verdadera cabeza de su gobierno y lugar abastecido de todo lo necesario para la vida. No dice Centenera quiénes, ni cuántos acompañaban al Adelantado; pero se infiere que él iba en la expedición y Trejo engrillado también. Al entrar Zárate en los brazos subalternos del Paraná, entonces muy poblados no solo de «onzas, tigres y osos fieros» sino de diversas tribus, comenzó Centenera a no tenerlas todas consigo, porque no veía que saliesen los indios a ofrecerles sus productos como otras veces, y se imaginaba que bien podía tenderles alguna celada el falso y astuto Yamandú.

Los cuidados de Centenera provenían del estado en que veía a la gente, casi incapaz de disparar un tiro porque iba mal alimentada, con malas armas, y los bogadores se quedaban cansados y dormidos sobre los remos. Pero al llegar a Santa Fe se desvanecieron estas aprensiones pues comenzaron a aparecer las canoas bulliciosas de los calchinos, de los chiloazas y mepenes, quienes aparentan satisfacción al ver a los cristianos aunque otra cosa les queda adentro:

celebrando con gozo la venida
a quien quitar quisieran alma y vida. [113]

La ciudad de Santa Fe estaba edificada, dice nuestro cronista, sobre la barranca del río, rodeada de tapias no muy altas, pero capaces de detener la fuerza del gentío. Componíase su guarnición de jóvenes a quienes respetan los indios porque los mancebos nacidos allí son diestros y bravos en la guerra. Estas palabras darían lugar a creer que en la ciudad fundada por Garay, en julio de 1573, había podido brotar una generación viril en el espacio de un año, pues la subida de Zárate, de que viene hablando Centenera, no puede colocarse sino en el año siguiente de 1574.

Por estas alturas comienzan ya los vientres a salir de mal año, porque los ríos Paraná y Paraguay están llenos de dorados, de patís, de corvinas, de palometas y mandíes que caen abundantemente en los anzuelos, y las márgenes abundan también en venados y ciervos que derriban fácilmente las balas de los arcabuces. Como según el refrán castellano, tripas llevan corazón, no es extraño que con semejantes cordiales llegasen llenos de contento y alegría a la ciudad de la Asunción en donde fue bien recibido el Adelantado de la gente paragüense. Su primera providencia, llegado allí, fue despachar víveres y subsistencia para los que quedaban en San Salvador, cuya miseria había crecido, si era posible, con los repetidos ataques de los indígenas que incendiaron la nave vizcaína así que Zárate se separó de las costas del Uruguay. [114]

Posesionado éste del mando, comenzó a ejercerlo con actividad pero desacertadamente, inventando quimeras nunca oídas: llevado del deseo de recuperar sus riquezas, con cuya pérdida no se conformaba. A estar a lo que dice Centenera, el Adelantado era porfiado como un verdadero vizcaíno y no oía consejos de nadie. Un día, sin duda con intención de darle alguno bueno, se allegó a él nuestro cronista, y acertó a encontrarle tan de mal humor y peor resto que solo se atrevió a preguntarle qué hacía. Juro a Dios, le dijo por única respuesta, que aun cuando me encontrase en la situación más apurada, antes me perdería que dar oídos a pareceres ajenos aunque fuese de la persona más experimentada y sesuda. Entonces, no pudo menos Centenera que observarle como, hasta los reyes, se asesoraban de sus letrados, que a los pueblos les gobernaban los hombres versados en los negocios y que de aquellos era el acierto que se guiaban por buenos consejeros. Estas razones tan sabias como bien intencionadas obtuvieron de Zárate una réplica singular.

«Antes, dijo, consentiré en que todo se pierda que en tomar consejo de un beodo». Si esta palabra última, se refería al mismo Centenera que la consigna tal como ella suena, tendremos que alabar con justicia la magnanimidad y mansedumbre del Arcediano, que no se manifiesta ofendido por semejante insulto. Por el contrario, como si esta ofensa diera mayor vigor a su razón, entre inmediatamente [115] en consideraciones generales acerca de las espinas de que está rodeado el que manda y de lo difícil que es acertar en el gobierno de los hombres, especialmente en esta parte de América. Los tucumanos son ingobernables según él, y los paraguayos son ciegos a favor de aquel en quien pusieron una vez su confianza:

tucumaneses
nunca gobernador hallaron bueno;
los nuestros paragüenses cosa mala
jamás confesarán qué hizo Irala.

Haciendo Centenera una detenida exposición de las virtudes que debe poseer un gobernante, tomando ejemplos de la escritura, y especialmente de la conducta de Moisés, manifiesta indirectamente que el Adelantado Zárate, carecía de paciencia, de verdadero amor a sus subordinados, de sagacidad y de acierto en la elección de sus ministros, y sobre todo de caridad, y que aunque a veces parecía justiciero y dispuesto a castigar los malvados, no sabía ocultar la codicia que le cegaba más que ninguna otra pasión. Los «dislates» que cometió, le enajenaron la buena voluntad de las gentes, y llegó a ser tan mal querido que todos le deseaban su fin y se alegraron cuando supieron que había caído mortalmente enfermo pocos meses después de su arribo. Centenera estuvo presente a sus últimos momentos y dice que testó cuando «estaba casi ajena el alma [116] de su cuerpo», y que murió con mucho ánimo exclamando: ¡sí podremos con la muerte! Entonces él le observó que no era cuerdo desafiar al más fuerte y expiró en seguida, habiendo acelerado sus días bebiendo en el caldo el jugo de una yerba que un viejo llamado Pedernera le aconsejó tomara como remedio eficaz; casi añade el cronista, el que en su vida no quiso oír buenos consejos los tomó malos en los últimos instantes de ella.

No es común el ver un testamento extendido en ocho versos de once sílabas, y no queremos privar de esta novedad al lector, tanto más cuanto que creemos que nuestros historiadores en prosa no han conocido sino por la octava de Centenera las disposiciones testamentarias del tercer Adelantado del Río de la Plata. Esa octava es clara, no deja lugar a duda alguna y dice así:

Dejó en su testamento declarado
que sea su legítimo heredero
la hija que en los Charcas ha dejado,
y aquel que fuese esposo y compañero
suceda en el gobierno y el estado
según como lo tuvo él de primero:
y mande y rija en tanto que ella viene,
su sobrino Mendieta que aquí tiene.

Don Diego de Mendieta, sobrino de Zárate, encargado provisoriamente del gobierno del Río de la Plata, era un joven de veinte años no cumplidos [117] de edad, disoluto en obras y palabras, cuyo primer paso fue emanciparse de la especie de tutela que por voluntad de su tío debía ejercer sobre él, un tal Martín Duré de quien no encontramos ninguna otra noticia en La Argentina. Mendieta con su pésima conducta y sus desmanes hizo olvidar los defectos de su tío, como éste lo había predicho poco antes de morir según el testimonio de Centenera que le oyó estas palabras: «Soy malo; pero estoy cierto que no faltará quien me haga bueno el día menos pensado».

Entregose el nuevo gobernante a satisfacer sus pasiones: rodeose de malas compañías, olvidó todos sus deberes y comenzó por encelarse de las personas de buen concepto y fama, y sea por esta razón o por alguna otra peor, prendió en los primeros días de su gobierno a cuatro caballeros a quienes después de colmarlos de vituperios, los engrilló y maltrató. Un tal Vicencio reprobó esta injusticia, y sin más ni más, después de darle tormento, le hizo colgar en la horca. Uno de los flacos del joven Mendieta era el amor, y requebraba a todas las buenas mozas y las tenía a su gusto y «mandato», especialmente a una que era notablemente hermosa y a quien festejaba en público con corridas de toros, de cañas y de sortija, dando ocasión a murmuraciones y enredos que perturbaban la tranquilidad del vecindario. El descontento de éste se manifestaba de cuando [118] en cuando de diferentes maneras, irritando al mandón y poniéndole en el disparadero.

Una noche encontró un paje de Mendieta un papel cerrado, especie de anónimo en que se le amenazaba con el castigo de Dios si no se moderaba. Esto le bastó para abrir un ruidoso proceso encabezado por el escrito, y para perseguir a muchos inocentes y darles tormentos, quedando al fin burlado porque no logró descubrir al autor de la amenaza que tanta impresión le había hecho. Con esta conducta tenía descontentos a todos, y refiere Centenera que una vieja brasilera, le dijo a él una vez muy indignada: ¡Ay! señor mío; así como la España se perdió en otros tiempos por los amores reprensibles de don Rodrigo, así se ha de perder ahora esta tierra desgraciada y debemos procurar el arrojar de ella a este mal hombre.

Mendieta no respetaba a nadie, sea cual fuere su calidad y el sexo. En la Asunción no se hallaban bien sino algunos mozos libertinos y traviesos, cuyos excesos consentía el gobernador, mientras oprimía a las personas de juicio y muy especialmente a los «viejos españoles honrados» para quienes no había otro remedio que lesionarse a morir suspirando de pena. Centenera pinta aquella situación de la colonia paraguaya, con los colores más sombríos, y, si son verdaderos, no cabe la menor duda que el doctor Francia, se inspiró en su dictadura de los antecedentes [119] dejados por Mendieta. El temor se había esparcido por toda la población, los padres no osaban conversar con sus hijos, la mujer se recelaba de su marido, las madres se guardaban de sus hijas, de manera que aquello parecía un verdadero castigo del cielo de quien el gobernador era el instrumento. Los españoles antiguos de cabello y barbas canas, cercanos ya a la muerte, perdían el juicio y no sabían darse cuenta de lo que presenciaban. Los sacerdotes, (clérigos y frailes) se apresuraron en mandar avisos a España imponiendo al rey de la situación en que había caído aquella parte de sus nuevos dominios, y para burlar la policía secreta del gobernador, despachaban las cartas en los zapatos de los viajeros y ni aun así iban bien seguras.

Mendieta para sacudir el fastidio que mortifica a los tiranos, ya sean grandes o pigmeos, o para ostentar su poder, dispuso viaje para Santa Fe, acompañado de mucha gente. Esta visita a la ciudad de Garay, debía serle funesta. Apenas llegó a ella se estrelló contra la entereza y crédito establecido del presuntuoso, cuanto honrado capitán Francisco Sierra, que a más de estas cualidades poseía la de ser «muy soldado» usando de las palabras del cronista. El respeto que inspiraba Sierra en Santa Fe rayaba en temor. No dice Centenera cual fuese la causa de la desavenencia y de las palabras agrias que se cruzaron entre Mendieta y Sierra; el caso es que [120] éste le desobedeció y no queriendo presentarse a su llamado temiendo que le tendiera una red para prenderle, se asiló en la iglesia de donde fue sacado violentamente por los soldados del gobernador. El pueblo se alborota entonces, acuden muchos mancebos, se levantan voces a favor del prisionero y contra Mendieta de quien se apodera la muchedumbre. Sierra, al verse suelto y protegido por el favor popular, echa mano a la espada y poniéndose a la cabeza de sus parciales, emprende la persecución del recién llegado gobernador, que se encierra en su habitación con un corto número de amigos. El pueblo cerca la casa, dando voces y amenazando incendiarla, y llega a apurar tanto el conflicto que Mendieta abdica el mando en presencia de la multitud con palabras humildes y de hombre arrepentido. Con este desistimiento del gobernador, se tranquilizaron los santafecinos e hicieron venir a un escribano para que diera fe de lo que pasaba, y de cómo el gobernador había dimitido su cargo, en la confianza de que cuando el rey tuviese conocimiento de estos hechos había de reputar como un servicio a su dignidad y a sus intereses la caída de semejante tirano. El pueblo exigió también que saliesen de la morada del ex gobernador, dos de sus amigos y paniaguados, el bullicioso Galiano de Meira y el vizcaíno Ochoa, muy querido y predilecto de aquél. [121]

No sé cuál de ellos era más vicioso, dice Centenera. Parece que estos caballeros resistían el salir a la calle, y entonces su amigo y protector les hizo presente cómo llegan casos que es indispensable aventurar la vida, que aquel era uno de ellos y que debían salir: si alguna vez llego a verme seguro, añadió, os juro vengarme de la fuerza y de la opresión actual, y vosotros seréis vengados también. Salieron al fin «que el salir era forzado» en vista de las amenazas ruidosas y airadas del pueblo, dispuesto a incendiar la habitación, y los alcaldes se apoderaron inmediatamente de ambos, dejando libre a Mendieta bajo la custodia de una guardia encargada de seguirlo a todas partes hasta cuando salía al campo a tomar algún consuelo. En estas ocasiones se quejaba Mendieta a sus solas de la adversidad de su suerte, en términos que honrarían a un estoico y capaces de ablandar las piedras, según el testimonio de Centenera, quien aprovecha esta oportunidad para desatar su vena y explayarse en consideraciones sobre la instabilidad de las cosas humanas, lo fugaz del tiempo próspero y la inconstancia de la fortuna.

Así anduvo Mendieta triste y afligido y aún temeroso por su vida, los días que duró su proceso, al fin del cual le echaron en «prisión segura y fuerte» con el objeto de despacharle en calidad de reo, como efectivamente lo despacharon a bordo de una carabela muy hermosa convoyada [122] por un barquichuelo bajo la custodia del alcalde Espinosa. En veinte días cumplidos llegaron estas embarcaciones a San Gabriel en el Brasil, y dejando allí al preso regresaron a Santa Fe. Mendieta entonces, recobra sus antiguos bríos y emprende viaje hacia el Río de la Plata con la esperanza de recobrar su gobierno; pero al cruzar por tierra el territorio de Santa Fe, cayó de nuevo en poder de Espinosa y en la misma carabela de antes vuelven a remitirlo a España adonde no llegó nunca, porque habiendo armado camorra con algunos de los marineros de la embarcación, y dado muerte horrible a uno de estos, le dejaron abandonado en las costas del Brasil,

do presto feneció triste y lloroso.

Tal es, en compendio la crónica del famoso por sus desórdenes y locuras, don Diego de Mendieta, en cuyas manos entregó la suerte del Paraguay el Adelantado Zárate al despedirse de este mundo.

Veamos ahora lo que nos refiere Centenera de otro personaje que nos es simpático y fue el diplomático de la negociación a que dio lugar el testamento de Zárate, con motivo de la cláusula relativa al casamiento de su hija. [123]




- IV -
Don Juan de Garay había sabido conservarse en la gracia y amistad del Adelantado, e inspirarle tan buen concepto de sus aptitudes y lealtad de carácter, que le confió en sus últimas disposiciones, la tutela de su hija y heredera y el cumplimiento de las cláusulas referentes a su sucesión en el gobierno del Río de la Plata. De esta buena disposición de Zárate hacia Garay, participaba también el joven Mendieta, pues uno de los primeros actos de su mando interino, antes que el humo del poder le trastornase la cabeza, fue confirmar a Garay en el empleo de teniente general.

La confianza depositada por Zárate en su teniente y amigo, se refería, como se ve, a cuanto de más querido se dejaba en este mundo, -a su hija y al lustre y provecho de su apellido y familia-. Garay supo corresponder a aquella confianza, sin economizar sacrificios. Hallábase en Santa Fe, cuando llegó a su conocimiento la noticia de la muerte del Adelantado, e inmediatamente, sin que le arredrasen la distancia ni los [124] peligros, emprendió viaje al Perú acompañado de un tal Pedro Puente, persona sin duda de su entera confianza, y probablemente, capitán al mando inmediato de los soldados de su comitiva.

Llevábale también a Garay un interés que puede llamarse personal, en su viaje a Chuquisaca. En esta ciudad no sólo residía su pupila, sino la Audiencia, y ante ella pendía un pleito suscitado entre el Fundador de Córdoba, don Jerónimo Luis de Cabrera y el fundador de Santa Fe a la margen del Paraná, sobre si esta población y su distrito había de corresponder a la jurisdicción del Gobierno del Río de la Plata o a la del Tucumán: de manera que eran dos, y bien graves los negocios que llamaban la actividad y el celo de Garay en el penoso viaje que acometía. Tanto en el uno como en el otro de estos negocios consiguió un resultado feliz y provechoso para sí mismo.

Así que se supo en Chuquisaca el objeto que le llevaba allí, comenzaron a llover pretendientes a la mano de doña Juana de Zárate, y entre estos se llevó la palma el licenciado don Juan de Torres de Vera y Aragón, persona de no menos empleos que apellidos, pues era dos veces Oidor, de Chile y de Charcas, y Capitán general retirado, en las guerras de la frontera de aquel reino, según una nota en prosa el canto XIX de La Argentina, cuyo autor le trata con encomio y respeto, como a servidor de espada y toga del «Gran [125] Filipo». Este enlace matrimonial fue del agrado y elección de la joven interesada, y muy a gusto del tutor, quien debió entenderse a las mil maravillas con el novio, puesto que éste le nombró su lugarteniente, expidiéndole despachos y dándole autoridad necesaria para que regresase al Paraguay, y gobernase la colonia en nombre suyo, mientras él en persona no se trasladaba a la capital del Río de la Plata.

Era por aquella época Virrey del Perú un magnate de la casa de Oropesa, aquel exterminador de la familia de los Incas, de quien ya hemos hecho mención, y bajo cuyo gobierno se estableció en Lima el tribunal de la Inquisición, el año de 1570. Estos dos rasgos bastan para pintar el carácter de don Francisco de Toledo, (éste era el nombre del Virrey), y para juzgar del imperio con que ejercería el mando. Como buen déspota, debía ser entrometido en negocios ajenos e inclinado a rodearse de favoritos, y deseando conseguir para uno de estos las ventajas de un matrimonio que llevaba en dote los vastos y afamados países del Plata, escribió a Garay, ordenándole que pasase a Lima a concertar con él el enlace de doña Juana. Cuando los pliegos del Virrey llegaron a Chuquisaca aún no se había realizado el matrimonio, pero no conviniendo demorarle, ni variarle, a ninguno de los tres interesados, se puso inmediatamente Garay en camino de regreso, desobedeciendo las expresas [126] órdenes de Toledo, dando así una prueba más de arrojo y decisión de carácter. Ya se deja comprender cómo recibiría el Virrey, la noticia de este acto de insubordinación: inmediatamente impartió orden al Presidente de la Audiencia, Matienzo, personaje muy entendido y muy entrometido en los negocios paraguayos, para que persiguiera a Garay, le prendiera y le remitiera a Lima. Salió efectivamente «como un viento», según la expresión de Centenera, un tal Valero, en persecución del desobediente, y sabiendo éste que había quien le siguiera los pasos, lejos de acelerar la marcha se detuvo y mandó tres soldados para que hicieran sentir a Valero que era más prudente para él, trayendo una escolta reducida, el regresar, llevando a Matienzo la noticia de que el perseguido se hallaba ya fuera de su jurisdicción y del alcance del Virrey. Efectivamente, Garay llegó sano y salvo a Santa Fe, pocos días después de los alborotos provocados por Mendieta y de su prisión; sucesos que dejamos ya referidos.

Burlados así el Virrey y el Presidente de la Audiencia, convirtieron sus iras contra los inocentes recién casados. El primero tomó por instrumento de su persecución a una especie de preboste, llamado Martín García de Loyola, célebre por su excesivo celo en la traidora captura del desdichado Tupac Amaru; y como «el buen Torres de Vera entendiese aquesto, intentó escabullirse [127] para el Río de la Plata», en cuyos percances le tomó preso Loyola y le despachó para Lima, donde experimentó «la saña» de don Francisco de Toledo. Sin embargo, el tiempo, que según Centenera «cura mil marañas», por una parte, y la habilidad del Oidor en desgracia por otra, lograron ablandar al Virrey, y Torres de Vera fue a la larga repuesto en su empleo, volviéndole a perder, no obstante, en una visita a la Audiencia de Charcas practicada por don Diego de Zúñiga, según la nota tercera del mencionado canto de La Argentina. Estos sucesos, cuya fecha exacta es muy dudosa en nuestra cronología histórica, debieron tener lugar por el año de 1576, e ignoramos los medios de que se valió el esposo de doña Juana de Zárate, para volver del todo a la gracia del gobierno de Lima, y para recuperar el suyo del Río de la Plata, como lo recuperó conforme al testamento del Adelantado, tomando posesión de él el año 1587. Valiole mucho, sin duda, la lealtad y la firmeza con que Garay, durante su vida, mantuvo vivos los derechos de Torres de Vera, dando ejemplo de respeto a las disposiciones del testamento cuya ejecución confió Zárate a su amistad.

Hemos narrado con las menos palabras posibles la aventura de Garay con las autoridades peruanas, en la forma que los historiadores han convenido en dar a este suceso, y ahora es de nuestro deber, retocar el cuadro con las pinceladas [128] de Centenera, cuya prolija originalidad, dan al carácter de don Juan de Garay, la sombra que todo retrato exige para ser idéntico a la persona.

Valero, dice Centenera, seguía los pasos de Garay con la mayor presteza y sigilo con el objeto de cerrarle «la entrada al Argentino»; siendo muy grande su tristeza, cuando se apercibió que había sido sentido por Garay, tomando entonces la resolución de retroceder de una jornada. Allí le alcanzaron tres soldados enviados por Garay, para que le prendiesen y lo trajeran a su presencia, como lo verificaron. La vida de Valero estuvo en gran peligro, y si no hubiera sido por los ruegos de las personas que rodeaban a Garay, apiadadas de la situación del preso, cuyo único delito era su fidelidad al mandato de sus superiores, le habría «colgado de un árbol», como estaba dispuesto a verificarlo aquél. Solo a muchas instancias, «muy rogado», como dice el cronista, le perdonó Garay la vida; pero condenándole a «muerte civil», pues le maltrató en el honor con palabras más crueles que la horca:

La vida le concede muy rogado,
aunque muerte civil allí le diera,
habiéndole de boca deshonrado,
que mucho más, decía, lo sintiera
que haberle dado muerte y ahorcado.

Garay agravó esta acción poco generosa, con otra que es un refinamiento de venganza, innecesaria [129] para su seguridad personal. Con el objeto de que Valero no pudiera continuar su viaje en retirada sino a marchas cortas e incómodas, tomó con sus propias manos un «agudo pujavante» y le despalmó la mula de camino, acompañando la operación con juramentos que contrastaban con los quejidos del inocente animal y con las risas de los soldados. Esto tenía lugar por las alturas de Cotagaita, desde donde siguieron la marcha hacia el Río de la Plata, atravesando el territorio Tucumano, cuyo Gobernador, a estar impuesto de lo pasado, habría maniatado, y tal vez muerto a Garay, a pesar de la resistencia que éste podía haber hecho con sus decididos soldados, según opina Centenera, quien, asegura también, que cuando «Abrego» (98) supo de boca del mismo Valero las aventuras que quedan referidas, casi reventó de «ansias y de dolor», expresiones poéticas que deben ínterpretarse en prosa con la palabra, despecho.

El gobernador se desahogó, dando cuenta por escrito y prolijamente del éxito de la expedición de Valero, al Oidor Matienzo, para que este lo pusiera en conocimiento del Virrey,

En, gran manera siente la huida
de Garay el Virrey; y se sonaba
que corriera peligro de la vida [130]
si el Virrey le cogiera, y procuraba
vengar la desvergüenza cometida,
que por tal, se decía, la juzgaba:
que quieren los señores, según veo,
los sirvan a medida del deseo (99).

El testimonio de Centenera es esta vez irrecusable, en cuanto alcanza la fe de un testigo ocular, porque previendo la responsabilidad que echaba sobre sí al referir estas miserias de los prohombres ante los cuales era él muy inferior, se refiere al dicho de los actores, asegurando que cuanto refiere lo oyó al mismo Valero, y a Garay en la Asunción, jactándose de sus hazañas:

Aquesto a mí Valero me dijera,
también Garay del hecho se jactaba,
en la Asunción a mí me lo contaba (100).

Estos procedimientos de Garay que redundaban en menosprecio de un Virrey, de una Corporación de altos magistrados como la Audiencia y del Gobernador militar de un vasto territorio, intermedio entre el Perú y el no menos vasto del Paraguay y Río de la Plata, tenían indudablemente visos muy subidos de insubordinación y de altanería, y fueron, cuando menos, pretesto para un movimiento de opinión, entre los subordinados del General Garay que hubo de serle [131] funesto. Acababa éste de echar los fundamentos de la ciudad de Buenos Aires sometido a los indígenas, y distribuídolos en encomiendas, repartido la tierra entre los primeros pobladores, y se creía naturalmente más firme que nunca en su puesto y en el buen concepto de los suyos, cuando los soldados de Santa Fe, entre quienes corrían y se abultaban las tropelías cometidas contra Valero, tramaron una sublevación apoyándose en el gobernador de Tucumán a quien comunicaron sus intenciones:

En esto en Santa Fe gran melonada
se junta de mestizos, y escribieron
a Tucumán al Abrego, diciendo
lo que entre ellos andaban mal urdiendo.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Noticia los mancebos han tenido
De aquellas provisiones con que vino
Valero a Cotagaita, cuando ha sido
despalmada su mula en el camino.
Pues estas y otras cosas que han sabido
les mueve a emprender un desatino,
tan fuera de razón y tan tirano
urdido de un juicio muy liviano.

Este desatino, tan poco cuerdo y tan arbitrario, en concepto de Centenera, era, como dejamos dicho, una verdadera revolución que pretendían justificar sus autores declarando insoportable la [132] opresión ejercida por Garay sobre los Santafecinos. Hallábanse a la cabeza del movimiento algunos de esos valientes con cuyos nombres nos ha familiarizado esta crónica; Venialvo, Gallego, Ruiz Romero, el gallardo Leiva, el muy bravo Villalta y su inseparable compañero Mosquera. Todos ellos, y cada uno por su lado, se derramaron por la población predicando una especie de cruzada, tratando de convencer de que harían un gran servicio al «gran Virrey» prendiendo a Garay y remitiéndoselo preso: este es el camino, decían, más corto y seguro; el mejor modo de alejar el mal y librarnos de la opresión. Mientras tanto mantenían una correspondencia activa y secreta con el gobernador de Tucumán, cerca del cual despacharon como emisarios a Ruiz y Villalta:

Lo que Abrego con ellos ha tratado
no sé decir que usó siempre de maña.

Pero el hecho es que al recibirse cierta noche cartas de Tucumán, se procedió a prender al teniente Gobernador, alcalde Olivera y a un sobrino del «buen Vera» (101). A la misma hora, y validos de la obscuridad, iban concurriendo los sublevados

Con cotas, arcabuces y morriones [133]

a casa de Venialvo, atrayendo a la gente plebeya y convocándola

Con sus fingidas causas y razones,

hasta satisfacer el maldito designio, llevados de livianas pretensiones, como dice Centenera al desaprobar abiertamente la melonada de Santa Fe.

Una mujer fue la única persona que tuvo previsión del fin trágico que esperaba a los conjurados. «Te huele el pescuezo a esparto», díjole la hermosa y discreta mujer de Leiva a su marido. «¿Ahora me vienes con esas, le contestó éste, cuando muy pronto, Reina mía, espero verte contenta y como una gran señora?». «Jamás, por nada de este mundo, le replicó la heroica dama, seré traidora a mi Rey ni me conformaré con ser mujer de traidor: maldita vuestra estrella, y la hora en que me desposé con quien es capaz de levantarse contra su superior». La rebelión tomaba cuerpo, sin embargo, dictaba destierros y nombraba por jefe y caudillo a Arévalo, quien aceptó este peligroso cargo contra su voluntad. El primer acto de su gobierno fue ordenar una reunión general de toda la gente que llevaba armas y municiones, con cuya medida despertó los celos de Venialvo, quien a título de Maese de Campo, reclamó, «con soberbia grande y arrogancia», el derecho exclusivo de dictar las medidas necesarias para la seguridad del campamento. Trabados de palabras estos dos jefes, [134] sembraron la discordia entre los sublevados y comenzó a obrar sordamente el desconcierto, provocado y sostenido hábilmente por el mismo Venialvo, ayudado por varios camaradas de importancia, como Ramírez, Aguilera, Juan Martín, y especialmente el muy discreto Santa Cruz.

Resueltos a deshacer el complot sacrificando a sus principales promotores, concertaron reunirse sigilosamente, y de dos en dos para asegurar el lance; y con el objeto de alentarse, de no desmayar y de inspirarse seguridad y confianza recíproca, juráronse fidelidad sobre un «libro misal», prometiéndose

de morir o matar con propias manos
al bravo Venialbo (102), y los tiranos.

La manera cruel y alevosa con que proceden los contrarrevolucionarios, resalta de una manera repugnante en los versos descarnados del cronista, cada una de cuyas palabras encierra una acción de la más inaudita ferocidad, ejercida contra los que ayer eran camaradas íntimos, amigos y hasta «compadres». Venialbo hallábase completamente descuidado en su posada y salió de ella con la sonrisa de la hospitalidad en los labios al acercársele Arévalo y los suyos. Sin más ni más, y de buenas a primeras, el recomendado [135] por discreto, Santa Cruz, le da una puñalada en el cuello, tan certera y honda que le derribó redondo en tierra, sin que la víctima pudiera pronunciar una sola palabra:

Palabra Venialbo, no ha hablado,
que volviendo los ojos hacia el cielo,
al punto se tendió muerto en el suelo.

Tras esta puñalada, óyense las consagradas palabras de «¡favor al Rey!» y sigue la carnicería. Pedro Gallego, sorprendido como los demás, invoca la compasión de su compadre Aguilera, quien le contesta con la más cruel ironía: «sí, ya voy a prestarle ayuda», -al mismo tiempo que le hiende la cabeza haciéndole saltar los sesos- y añade: «en estos casos mi mejor compadre es el Rey».

La cabeza le hiende por la frente;
los sesos salen fuera de la mollera;
y dice: «no hay compadre ni tiranía,
que el Rey es mi compadre en demasía» (103).

Ramírez, secundado por su parentela, se reserva la gloria de habérselas con Leiva, cuya fama de valiente y buen apuesto era general en la Colonia. El león dormía en brazos de su hermosa y discreta mitad, que a estar vigilante y avisado, habría mostrado cuando menos, su valor, [136] según la justa observación de Centenera, quien, a pesar de su conocida parcialidad a favor del orden, se duele indirectamente del trágico fin de aquel valiente.

...el joven que dormía
en camisa salió, que a estar en vela
mostrara su valor y valentía.
El hilo le cortaron de la tela
que el triste sin ventura mal tejía.
Su esposa con dolor está llorando,
y sus rubios cabellos arrancando.

Diego Ruiz, tan ignorante como Leiva de la tormenta que venía sobre él, fue sorprendido, y como oyese «la gran grita y el murmullo», salió a la plaza a donde le tomaron, le despedazaron y colocaron el cadáver mutilado en el rollo, o picota, monumento fundamental de toda población levantada por las conquistadores. Este Diego Ruiz era un criollo, de muy buen natural, valiente, bello y también sin ventura, y a quien al fin dañaron, según Centenera, las malas compañías. A Romero le trajeron mal herido hasta el pie del rollo en donde se confesó antes que le suspendiesen en él y le descuartizasen, como a todos sus demás compañeros. Los miembros mutilados se repartieron por los campos y caminos,

...la causa publicando
las letras que en los palos se ponían,
que bien los que pasaban las leían. [137]

A la carnicería siguieron los procesos, las persecuciones, las prisiones de cuantos fueron culpados en el motín, escapando muy contado número de entre estos, pues como caso excepcional, refiere Centenera, que, aquel Villalta, que hizo oficio de cartero e iba y venía a Tucumán con el objeto de entenderse con su mañoso gobernador, logró la vida gracias al escondite que le protegió en el convento de San Francisco, cuyo guardián se declaró su tercero, logrando que la causa feneciese como entre compadres.

...En San Francisco se ha encerrado.
Tomando al Guardián por su tercero;
su causa entre compadres fenecida,
escapa por entonces con la vida.

A pesar de la protección que le dispensó la caridad franciscana, no se consideraría muy seguro el tal Villalta, cuando uniéndose con Mosquera, su cómplice en la desgraciada revolución, emprendieron juntos un viaje hacia Tucumán, cuya capital por entonces era la ciudad de Santiago del Estero. Con este motivo, y dejándose llevar nuestro cronista del hilo de los acontecimientos, sin mayor respeto por la unidad del lugar, entra en prolijos pormenores acerca de los orígenes del Gobierno del famoso licenciado Lerma; pormenores curiosos que pintan al natural la manera cómo en aquellos tiempos remotos se arrebataban el poder unos a otros los señores gobernadores de provincia. [138]

Su antecesor, que como se ha visto, había, aunque con cautela, metido la mano en el levantamiento de Santa Fe, se atrajo la mala voluntad de los tucumanos, y los recelos de la Corte de Lima, en donde se le suponía dispuesto a sustraerse a toda autoridad y gobernar con independencia y a su arbitrio. Previendo este caso, nombrose para subrogarle al licenciado don Hernando de Lerma, hombre a quien los historiadores, que cualquier mandón voluntarioso atribuyen la talla de un tirano, han pintado con el severo pincel de Tácito (104). El gobernador nuevo, exagerándose las resistencias que había de oponerle don Gonzalo, recurrió a la sorpresa para apoderarse del mando sin mayores dificultades, y destacó a un hermano suyo, natural de Sevilla, a la cabeza de seis soldados, con la comisión de notificar al Gobernador que venía mandado por el Rey para reemplazarle en ese empleo.

El Abrego (105), que a Lerma conocía,

llenose de indignación con la embajada del sevillano, y la cólera le cegó, a tal punto que no acertó a tomar medidas para defenderse contra aquel puñado de soldados que disparaban sus arcabuces, y daban gritos, mientras el grueso de la comitiva de Lerma se acercaba con él a la cabeza. Fácil le fue a éste apoderarse de la persona de Abrego y [139] de sus parciales, y a fin de dar color de justicia a estos procedimientos hizo levantar un proceso, tomando por principal pretexto el levantamiento de Santa Fe, cayendo por consiguiente en la red, y entre las primeras víctimas el pobre de Villalta que tan lejos había ido en busca de seguridad. El resultado fue que el ex gobernador, y los demás enjuiciados, sufrieron tormentos cruelísimos, la pena moral de una sentencia de horca, y por último la muerte real y verdadera a consecuencia de los padecimientos físicos y aflicciones de ánimo porque pasaron durante largos días. De todo lo obrado dio cuenta en debida forma el licenciado Lerma a la Audiencia de Chuquisaca, la que no aprobó su conducta sino en parte, sin que esta sentencia alcanzase a levantar de la tumba a tanta desgraciada víctima de la pasión del mando.

Es de notar que Centenera, aunque con alguna timidez y parsimonia, hace la apología del tirano y tacha con la calidad de «enemigos conocidos de éste» a los quejosos de sus escándalos: a veces dice, suele haber casos forzosos

que obligan a los hombres entendidos
a dar en Scyla de ojos procurando
a Caribdis huir que está esperando.

Y si estas expresiones valiesen por una disculpa, muy expreso hallamos el pensamiento del cronista una nota en prosa en que recuerda, que el gobernador que fundó la ciudad de Salta, a pesar [140] de haber llegado a alcanzar triunfos y poder, murió en una cárcel de corte en Madrid, tan pobre, que entre indianos le enterraron por Dios (106).

Y es tanto más de extrañar esta benevolencia del cronista para con Lerma, cuanto que ese se señaló por su conducta irreverente con el primer obispo de la Diócesis de Tucumán, don Fray Francisco de Victoria, favorecido con esta mitra por cédula de Felipe II. Mientras el prelado llegaba a tomar posesión de su silla, envió en su lugar al Deán de la futura catedral, con recomendaciones al Gobernador, quien, honrándolas, regalole respetuosamente en su propia casa, colmándole de todo género de atenciones. Pero el Deán, delegado del señor Obispo, era hombre presumido, pueril y amigo de señalarse con boberías, (palabras textuales de Centenera) de manera que muy pronto rompiéronse las buenas relaciones con el Gobernador, y comenzaron a andar los chismes de por medio entre ambos personajes. A los chismes siguieron las explicaciones, y las dadas por Lerma no carecieron de parsimonia ni de prudencia. «Padre, decía al Deán, no es justo que quiera usted obligarme a soportar sus demasías; tenga un poco de sufrimiento, y no me saque de mis casillas. ¿A más, conozco yo acaso los títulos que le autorizan para firmarse licenciado y Deán? ¿No es al Rey a quien corresponde el nombramiento de [141] los Prebendados eclesiásticos?» Estos altercados subieron de punto hasta el extremo de verse el Deán forzado a dejar a Santiago y dirigirse al Perú por la vía de Esteco, quedándose temporalmente en esta misteriosa ciudad.

Aquí le deja también Centenera, para entretenerse con las «hazañas del corsario más grandioso», el capitán Francisco Drake; pero como a poco andar anuda de nuevo la historia del Deán, cuyo nombre y apellido no nos revela hasta el canto XXII, veamos cómo terminaron las desavenencias entre don Francisco de Salcedo y el gobernador de Tucumán, ya que estas rencillas andan tan desfiguradas en la historia, a fuerza de habérselas querido referir con pluma mejor cortada que la de nuestro cronista. Dice éste, que así que el gobernador tuvo noticia de andar el delegado de su Ilustrísima, en altercados con su teniente gobernador de Esteco, despachó, para ponerles en orden, a su ya conocido hermano, Mirabel. Éste, que aborrecía «al pobre del Deán», y no quería sino pretextos para tratarle malamente, desempeñó su comisión como hombre apasionado, y como un verdadero andaluz. Hizo mucho ruido, allanó el convento de la Merced, en donde se hallaba recogido el Deán, y le prendió con otras personas que tomaron partido por éste; y todos juntos fueron remitidos, con sus sumarios correspondientes, ante los estrados de la Audiencia de Charcas, en donde la presencia de los reos y [142] la fama de los acontecimientos de Tucumán, fueron motivo exclusivo de las conversaciones de toda suerte de hombres, de los soldados, de las mujeres y del vecindario entero, olvidado de todo otro asunto que no fuese la cuestión del Licenciado Lerma con el Deán Salcedo. Esto es cuanto refiere Centenera de una manera tan confusa, que hasta en la duda nos deja sobre si fue o no el mismo testigo ocular de lo que cuenta, y si, contra lo que refieren los historiadores, fue aprobada la «conducta» de Lerma como parece manifestarlo en dos de sus más obscuras octavas (107).

Si no es del todo evidente que se hallase el cronista en la ciudad de Charcas durante estos sucesos, lo es sí que residía por entonces en aquella parte del Alto Perú, pues, según su terminante aseveración, «vio» aquellas poblaciones conmovidas por

una cosa muy triste y peregrina

que aconteció por aquellos mismos días en la ciudad de Arequipa;

...caso lastimero
que famoso aquí contarle quiero,

dice Centenera, y he aquí como se desempeña el poeta al narrar una de esas tremendas catástrofes que se llaman temblores de tierra y tan [143] frecuentes son en las inmediaciones de los Andes. Desde Pedro de Oña hasta el inédito Caviedes, en prosa y en verso, conocemos muchas descripciones de este género de calamidades consignadas las historias y en las crónicas peruanas; pero la de Centenera lleva la ventaja de entrar en pormenores llenos de verdad, e inapreciables para quienes se complacen en los cuadros de costumbres reales, y no apartan los ojos cuando los interiores del hogar ajeno se ponen en evidencia en momentos críticos e inesperados de la vida social. No por eso deja la fantasía de nuestro poeta de despedir sus destellos, y de colocar como cielo y fondo de su cuadro las impresiones vagas de terror, los presentimientos y las preocupaciones morales que se amparan del común de los ánimos cuando las fuerzas de la naturaleza se desatan y desequilibran. Aquella calamidad tuvo sus presagios especiales. Oyéronse por los aires gran ruido y «tintines» de cajas y tambores, que batían marchas concertadas, como si guiaran los movimientos militares de su ejército: el aire se puso obscuro y tenebroso, como para servir de contraste al fulgor repentino de los cometas, que atravesaban aquella negra atmósfera, prometiendo un «fin horrible y espantoso».

La catástrofe estalló a la mitad del día, estando el pueblo alegre y descuidado, y cada familia comiendo en paz bajo su respectivo techo. Al sentir temblor tan «importuno» sale cada cual [144] desatinado buscando su remedio, sin que el padre espere al hijo

ni al hijo su querida y dulce madre.

Fallan los cimientos, y los edificios más fuertes vienen al suelo, contándose por felices aquellas personas que pueden guarecerse de los dinteles de las puertas que se mantienen en pie. Los pobres mercaderes, que procuran librar lo que han ganado con trabajo, perecen juntamente con sus haciendas bajo los escombros. Los más buscan el remedio en la huida: ¡ay de los lentos y pesados!

que el más suelto y ligero más corría
y de su ligereza se valía.

Sin embargo, si los datos estadísticos del Arcediano son exactos, no anduvo en proporción el número de las victimas con el de los edificios derruidos, que fueron trescientas casas particulares,

y templos muy lucidos y labrados,

mientras aquellas solo llegaron al número de treinta; bien que no entran en este cálculo, «los indios, en la tierra sepultados» y los muertos de puro susto;

de espanto y miedo algunos se murieron.

La causa forzosa de esta «gran tormenta», según se decía por allá en los momentos mismos [145] del conflicto, «era una boca terrible y espantosa que está junto a Arequipa; obra monstruosa del Eterno, llamada con razón boca del infierno, porque despide azufre y fuego» (108).

Estos grandes fenómenos de la naturaleza dejan siempre tras sí profundas huellas, no sólo estampadas en el suelo sino hasta en las costumbres. El famoso terremoto de la noche del 13 de mayo de 1647, que derribó a plomo y en un segundo la ciudad entera de Santiago de Chile, tuvo tanta influencia moral, política, religiosa y civil en aquel país, como profunda fue en el terreno que hundió con grietas insondables, según la observación de un escritor reflexivo y espiritual de nuestros días (109). No es extraño, pues, que Centenera se escandalice al ver cómo, a pesar de semejante [146] aviso del cielo, no se enmendase ni echase atrás de su mala intención una mestiza arequipeña, a quien el diablo había aconsejado que matase al marido que aborrecía, para pasar así libremente a los brazos de un mancebo idolatrado por ella. El mozo

que amaba a la mestiza en gran manera,

informado de la traza sugerida por Satanás, aceptó la comisión de despachar al esposo legítimo, y eligió para disimular el crimen un sitio que debía ser aparente, puesto que era una huerta situada a las inmediaciones del camino, y en la cual, defendida por un vallado, se erguía una hermosísima higuera, árbol que, como se sabe, ha presenciado la agonía de muchos ahorcados célebres. La moza ahogó al marido cuando dormía,

con un lazo y cordel muy corredizo,

y a presencia del «nuevo sucesor», el cual tomando al muerto sobre los hombros los trasladó a dicha huerta y lo colgó de la higuera del vallado, de manera que pareciese ahorcado voluntariamente, y pasase por suicida quien había perecido de una manera tan traidora y descorazonada.

Dice Centenera, que estos villanos aparentaron al día siguiente con ruido y lágrimas, mucho sentimiento, la una por la muerte de su esposo y el otro por la de su mejor amigo, sin darse por entendido [147] sobre si la justicia descubrió o no este sombrío misterio y si quedó impune o fue castigado un delito tan feo y tan refractario a los avisos del Miste. Pero parece que el volcán predicaba en desierto en cuanto a mover las almas extraviadas por la pasión del amor o por los apetitos de la carne, pues no es este caso de la mestiza el único que trae nuestro cronista relativo a mujeres que olvidaban sus deberes, en aquella misma época y en el mismo Perú.

Al tono de este caso doloroso
diremos otro aquí más lamentable.

La escena pasa en el valle de Mizque, en donde «tiene Baco asiento favorable», y la tierra es fértil como la de todos los valles de aquel país tropical. Allí vivían, al parecer amándose como buenos, el honrado Gil González y su esposa doña Catalina. Pero habiendo sobrevenido la muerte del padre de ésta, anciano cuyo respeto contribuía a la paz doméstica de aquel hogar, comenzaron a interrumpirse las buenas relaciones entre los consortes, sirviendo de pábulo y de atizador del fuego de la discordia, un mozo llamado Juan Rodríguez, nacido en la ciudad de Oropesa, de donde le había desterrado la justicia por su condición mala y aviesa, que una educación mimada no había acertado a corregir. A pesar de estos antecedentes, gozaba el tal mozo de la más completa hospitalidad del bueno de Gil González, [148] en cuya casa disfrutaba de todo, viviendo en ella a mesa y mantel y a boca qué quieres.

A medida que doña Catalina se enfriaba para con su esposo, subía de grados la temperatura del amor que había logrado inspirarle el de Oropesa, y por consiguiente la confianza e intimidad entre ambos, a punto de concertar la muerte a traición del dueño de casa. El pobre González que «vivía sin recelo», y nada desconfiaba de aquellas dos personas tan favorecidas por él, fue sorprendido fácilmente y derribado al suelo al golpe de una herida que le asestó el brazo vigoroso de Juan Rodríguez. La víctima, sorprendida y moribunda, implora a voces el auxilio de su esposa; pero ésta ciega, y poseída de infernales pasiones,

no es tiempo ya, le dice, perro, perro,

y azuza al amante para que ultime con nuevas puñaladas al inocente, y así lo hace introduciendo repetidas veces el hierro por la boca de la primera herida.

Expira el sin ventura sollozando,
diciendo: «¿mujer mía qué os he hecho?»

Doña Catalina llevó el disimulo de su crimen con felicidad hasta lograr casarse con el matador de su marido: lloró, se mesó el cabello, se maltrató las carnes y vistió luto riguroso; así, bien [149] ha podido decir Centenera con este motivo y con mucha gracia,

las lágrimas son risas de heredero.

Como se ve por los últimos versos citados, nuestro poeta estaba en vena al dar fin a su canto XXII, donde se encuentran los anteriores episodios abortados por el volcán de Arequipa. No queremos, pues, defraudar al lector de las octavas que vamos a copiar, las cuales por otra parte completan las ideas que ya le conocemos respecto al bello sexo, que es para él, una misteriosa caja de Pandora cargada de bienes que se convierten en daños al pasar de la superficie al fondo.

¡O cruda ingratitud, tan celebrada
de hembras por el mundo como vernos:
es posible que, siendo tan usada,
jamás de su rigor huir podemos!
La culpa nuestra bien está probada,
pues de mujer sabido ya tenemos,
que no puede regirse por consejo,
pues tiene de razón poco aparejo.
Veréis que al parecer muy tiernamente
os ama en extremo sin medida,
y al contrario veréis muy de repente
que sois la cosa más aborrecida
que se puede hallar entre la gente.
Aquesta usanza bien es conocida;
por do decir podemos de la hembra,
mudanza cogerá quien amor siembra. [150]
Fiad en la mujer por vida mía
veréis cuán mal acude la fianza.
Sí acaso es principal y de valía
con tino está pensando en su mudanza:
siendo de baja suerte, noche y día.
¿Pues quién tendrá en mujer ya confianza,
sabiendo que en su pecho está estampada
y al vivo la mudanza retratada?

En esta vidriosa materia, no debe tomársele al Arcediano al pie de la letra. Para él, como para todos los moralistas de oficio y de confesionario, existe, con respecto al sexo femenino, el género y la especie, la generalidad y el individuo, y cuando atacan al conjunto, a veces hasta ensañarse contra él, la voz humana que les habla desde el corazón, les enternece y les inclina a la equidad para con el ser que es madre y compañera de quien por voluntad de Dios, desde la creación, «no es bueno que ande solo». Suelen ser también estos desahogos contra las mujeres, por parte de los condenados al celibato en fuerza de votos, religiosos, meros lugares comunes, repeticiones y reminiscencias eruditas, de autores sin experiencia propia en achaques de esta naturaleza; o manifestaciones obligadas de sentimientos de que conviene, por bien parecer, hacer ostentación de cuando en cuando. Por lo demás, el alma bondadosa y amante de Centenera, distante de ensañarse contra la mejor mitad del [151] humano, y a renglón seguido de una diatriba contra ella, la prodiga elogios y sonrisas, manifestando que si aborrece al pecado es un verdadero discípulo de Cristo para con las pecadores. Así lo demuestra en la última octava del canto a que pertenecen las que dejamos copiadas. Para no agravar, dice, el disgusto que puedo haber causado a las «damas con mi rima», para desagraviarlas, les pido que lean lo que voy a escribir en seguida, y verán que sé estimar a las que tienen mérito y hermosura;

Que no es en esta historia mi designo
quitar de su valor al rubí fino.

Después de esta promesa, no es poco extraño encontrarse al doblar de la página con el título del canto vigésimo tercero: «Trátase del Concilio que se congregó en Lima». Pero para descifrar este enigma, nos vemos en la necesidad de estudiar expresamente este canto con ayuda de la historia de aquellos tiempos remotos del Perú, advirtiendo que los datos no son muy abundantes en la materia, ni fácil dar con ellos, y que si bien nos parecen preciosos y no aprovechados hasta ahora los que suministra Centenera en esta parte de su variado poema, son ininteligibles para quien no reciba más luz que la de su texto poético, pues habla con su lector como si éste hubiera sido su contemporáneo y presenciado lo que él narra.





- V -
Quisiera que el estilo de mi rima
subiera de repente de su punto,
al cielo levantando bien la prima
en sólo este brevísimo trasunto;
por poder escribir lo que vi en Lima,
al tiempo que el Concilio estaba junto,
de siete obispos graves de consejo,
y el arzobispo Alfonso Mogrovejo.

Así comienza el canto aludido en el capítulo anterior, y desde luego, y antes que esta luz fugaz se nos desvanezca, la aprovecharemos para establecer una de las rarísimas fechas precisas, que se encuentran en este poema, para ajustar con exactitud los actos de la vida del autor, a la cronología de la historia americana. El Concilio limense, presidido por el después santo, don Alfonso de Mogrovejo, tercero y de más nombradía entre los celebrados en la ciudad de Pizarro, fue convocado por aquel Arzobispo el 15 de agosto de 1581, el mismo año en que se recibió de su iglesia, y la apertura solemne tuvo lugar en igual día, 15 de agosto, del siguiente año de [153] 1582. La última sesión de este Concilio se efectuó el 18 de octubre de 1583, celebrando la misa pontifical el Obispo de Charcas y siendo orador el famoso padre José de Acosta, de la Compañía de Jesús, que a la sazón debía contar la edad de 43 años y se agitaban en su cabeza los siete libros de una de las mejores obras que se hayan publicado sobre América -De novi orbis natura et ratione-. Veinte años se contaban apenas, después del famoso ecuménico de Trento, cuando tenía lugar éste de Lima, promovido, según nuestro cronista, por el Rey, «deseoso del bien de la República cristiana», y a efecto de reformar la disciplina de la iglesia y las costumbres en «este nuevo orbe y tierra indiana». En breve tiempo, y de «tierras longuicuas», fueron convocados los prelados, y según parece no anduvo, remiso a la convocatoria real uno solo de los personajes que calaban mitra en los dominios coloniales de España desde las fronteras de Arauco hasta Quito. Vamos a dar la reseña que de ellos hace Centenera, conservando los calificativos con que los distingue. Hallábase allí el muy docto Sebastián de Lartaun, obispo de Cuzco, el sabio J. Pedro de Peña, de Quito; de Santiago de Chile, fray Pedro de Medellín, extremeño, nacido en el pueblo de su apellido, y también el único a quien su paisano el cronista, no aplica ningún adjetivo; el grave y muy entendido fray Antonio de San Miguel, «de [154] la rica imperial ciudad chilena», fray Francisco de Victoria, «Lusitano, a quien fortuna dio en breve su mano, obispo de Tucumán; el de la Plata, don Alonso Granero (110) de Avalos muy prudente, «que de antiguos Toledos descendía», y a la sazón enfermo de un achaque propio por lo común de personas aristocráticas -«que lisiado (111) de gota se sentía»; y por último, el prelado electo del Paraguay, fray Alonzo de Guerra, de quien tampoco hace elogio ni recomendación, tal vez por demasiado allegado a él.

Asistieron a más al Concilio, y aumentaban el número de los canonistas y teólogos, los procuradores de las iglesias, los diputados del clero y del mismo Concilio, los prelados de las órdenes religiosas y varios letrados juristas (112); y por fin,

En este Consistorio congregado
presidía el Arzobispo ya nombrado.

Por medio de edictos se llamó a todo el mundo para que ante aquella corporación destinada a corregir abusos, los delatasen y exigieran justicia o reparación de ofensas causadas por las autoridades religiosas; para que los eclesiásticos delincuentes se presentasen en juicio ante aquel supremo tribunal; y por último, para reparar las [155] irregularidades en materia de votos que pudieran afectar a las personas consagradas a la Iglesia. Con este motivo, parece que uno de los Obispos, de mayor valimiento entre los presentes, el del Cuzco, fue el blanco de serias y apasionadas acusaciones por parte de sus propios diocesanos, representados por un tal «Lucio», personaje travieso y hábil, graduado en ambos derechos, pero

Amigo más del tuerto que el derecho,

según nuestro cronista, cuya imparcialidad en estos negocios raya en indolencia, y poco ayuda por esta razón para encontrar la verdad neta de lo que pasó en aquel Concilio, remedo colonial el Tridentino. «Lucio» era el abogado del Cabildo de Cuzco, y por consiguiente, la cuestión que patrocinaba interesaba a los canónigos de aquella Iglesia en pugna con su Obispo; e hizo tanto con tal maña, aunque

con su mal corazón y duro pecho,

que trastornó al Arzobispo y lo inclinó, según parece, a disolver el Concilio, o cuando menos a dejar vacía su silla presidencial en él, como en calidad lo dejó el señor Mogrovejo, porque tenía ciega confianza en «Lucio» y «cuanto éste le decía lo creía». Una de las más fuertes razones que alegaba el Arzobispo para no dar curso al Concilio, era la falta que le hacía la cooperación del [156] Virrey, don Martín Henríquez, hijo del Marqués de Alcañizas y ex Virrey de Méjico, que acababa de fallecer en 15 de marzo de 1583; fecha que prueba que el Concilio aceleró sus días a causa de sus disensiones intestinas, y que éstas amenazaban el orden público, puesto que se echaba menos la mano poderosa del primer magistrado.

La Audiencia, que gobernaba en lugar del difunto Virrey, trajo a sí el conocimiento de aquella situación litigiosa y enmarañada, y «después de bien informada», y previo el parecer de «letrados famosos y sapientes», sobreseyó en las causas pendientes, echó tierra sobre las quejas recíprocas y habilitó a los miembros del Concilio para que pudieran congregarse y terminar aprisa los negocios para cuya gestión les había convocado el Rey.

Siempre que la Iglesia se siente gravemente enferma, y las herejías en predicamento la inquietan, y el mundo amenaza venirse abajo y concita la ira de Dios con la depravación de las costumbres públicas, acostumbra convocar a los Obispos para que afirmen la fe con nuevos dogmas, levanten el espíritu religioso de los fieles caídos en la indiferencia, y reformen sus malos hábitos. Pero, por una fatalidad verdaderamente lamentable, y estando a lo que nos muestra la historia. perversidad humana defrauda en gran parte tan sanas intenciones, haciendo que en el sitio mismo donde se congregan los reformadores, y durante [157] sus tareas, se ostente el vicio con los colores más repugnantes afligiendo el ánimo piadoso de los pastores celosos de la salud de sus rebaños. Este fenómeno ha sido estudiado por grandes y honrados pensadores que pagaron cara la curiosidad de sus indagaciones; y aunque no pueda colocarse a nuestro Centenera en esta elevada categoría sin embargo, casi inconsciente y llevado de su amor a lo pintoresco, ha confirmado en su crónica la verdad dolorosa del fenómeno que hemos indicado.

Las pasiones que se agitaban en el seno del Concilio, las discordias entre los prelados, las falsas opiniones de los profesores de derecho, habían pasado del umbral de tan respetable recinto, y dado lugar a bandos y partidos que traían alborotada a la ciudad de Lima. El Arzobispo mismo había contribuido por su parte a desvirtuar la fuerza moral de los prelados, excomulgándoles, y colocando sus nombres en tablillas; de manera que el pueblo no podía distinguir entre estos y aquellos desgraciados a quienes por brujos o descreídos quemaba la Santa Inquisición, y cuyos retratos y nombres propios fijaba a la pared exterior del Templo principal de Lima. Bien es verdad que habiendo juzgado oportuno el pastor de la Iglesia peruana, comenzar la reforma por los mismos obispos y demás eclesiásticos, se resintió agriamente la avaricia de algunos de ellos, protegida por el favor de muchos poderosos; [158] según el testimonio de uno de los biógrafos del Arzobispo.

A todos estos motivos de perturbación hay que añadir la afluencia extraordinaria de gentes de toda clase y de diversos lugares que acudía por negocios o por curiosidad,

Según a cada cual le convenía:
los unos sin llamarlos son venidos,
los otros a mal grado son traídos.

Y como la ciudad no estaba preparada para dar hospitalidad a las visitas numerosas que de repente la asaltaron, hubo de venir el peor de los conflictos, y el más terrible para Centenera que tantas veces había sido víctima de él -el hambre- o cuando menos, «lo caro del comer», usando de sus propias expresiones.

En fin, estando a lo que resulta de la crónica de este testigo ocular del Concilio, y actor en él, el señor Mogrovejo no tuvo buena mano en aquella ocasión, y a pesar de su experiencia de Inquisidor y del prestigio que le rodeaba, por el favor especial que merecía de Felipe II, y de la fragancia de santidad que despedía desde antes de su canonización (113), convirtió en una [159] verdadera Babel, o más bien, en un avispero, la sociedad limeña, con sus reformas de carácter ascético. Si hay algo en la ciudad de los Reyes que no puede tocarse en sus derechos adquiridos desde que se echaron sus cimientos, es la mujer. Allí es una verdadera señora que todo lo avasalla a sus gracias, a la viveza de su ingenio y a la entereza del carácter, cualidades que en la mujer respeta el hombre a las orillas del Rimac como en pocas partes de la América española. Centenera mismo, justifica esta devoción que inspiran las hijas de Lima, pintándolas como las conoció y trató en su tiempo; galanas, poco esquivas y de [160] ninguna manera tiranas; fáciles de oído a los requiebros, agudas y chistosas:

Por las calles y plaza, a las ventanas
se ponen que es contento de mirarlas:
con ricos aderezos muy galanas,
y pueden los que quieren bien hablarlas:
no se muestran esquivas y tiranas,
que escuchan a quien quiere requebrarlas,
y dicen so el rebozo chistecillos,
con que engañan a veces a bobillos.

Entre las libertades antiquísimas de que allí gozaba el bello sexo, era la más característica y querida, la de cubrirse el rostro: costumbre loca, según Centenera, y «abuso pestífero y malvado», que se propusieron abolir los Padres del Concilio, dictando en contra medidas severas acompañadas de amenazas de excomunión contra las Tapadas infractoras. Las decisiones del Concilio a este respecto, colocaron a las «damas», en la disyuntiva o de quedarse encerradas en sus casas o de mostrarse en las fiestas públicas con rostro descubierto; y como no estaban dispuestas a dejarse arrebatar sus derechos adquiridos, por nadie de este mundo, ni por autoridad hombre aunque fuese la de los obispos reunidos en Concilio, representando la imperiosa infalibilidad de la Iglesia católica, optaron por el primer extremo y se confinaron en el interior de sus habitaciones, protestando de hecho contra semejante [161] abuso de poder espiritual, y devorando dentro del pecho la pena y la vergüenza de verse desairadas por primera vez desde los días de Pizarro.

No fue poca la pena que sintieron
las damas de se ver así privadas
del reboso, por donde se estuvieron
en sus casas algunas encerradas.

Sin embargo, un corto número de señoras, aquellas más aristocráticas y ricas, esposas de altos funcionarios, que no podían resignarse a eclipsar su hermosura o sus joyas, se sometieron a lo dispuesto y se presentaron en los actos, fiestas y paseos públicos, destapadas y mostrando el rostro a todo el mundo. Con este motivo tuvo ocasión nuestro Arcediano, de contemplar y admirar a algunas de las bellezas de la Lima de su tiempo, haciendo de ellas una reseña tan prolija y adjetivada, como la que nos dio, y conocemos ya, de los obispos convocados alrededor de santo Toribio Mogrovejo.

En la Corte de Castilla, dice, no andan las señoras tan bien aderezadas y vestidas como en Lima, ni son más que éstas primorosas y bizarras. Usan basquiñas guarnecidas de mucho oro y «fina pedrería», y tan costosas, que a la que sacaba a la calle doña Bernarda Niño, se le calculaba un valor de tres mil pesos fuertes de plata. La dama que más se señalaba por el valioso aderezo del [162] vestido, era doña Beatriz de Aliaga, la cual a más de este mérito exterior llevaba consigo un tesoro,

En discreción, aviso y buen sentido.

Doña María Cepeda, «la que no tiene cosa mala», y cuyo marido «no es menos bueno que ella»:

da lustre con su lustre a todo Lima;

y doña Juliana de Porto Carrero, era tan discreta, tan hermosa y rica, que pudiera haber brillado en el cielo entre las estrellas. También halla diga de desempeñar el papel de astro a doña Luisa de Ulloa, dama y compañera de doña Beatriz la Coya, gran señora que

bien muestra ser del Inca sucesora (114).

Doña Mariana Diana, era el orgullo de Lima y contribuía a los placeres de la alta sociedad con su habilidad en la música; pero habiéndose mostrado con ella «envidiosa la muerte», no quedaba ya más que el vivo recuerdo de su mérito en los días de Centenera. [163]

No hay una sola mujer en Lima, dice éste, que no esté adornada de mil gracias. En el meridiano de aquella ciudad se detienen la luna de noche y el sol a medio día,

Por cobrar nueva luz y resplandores
de las damas de Lima y sus primores;

lo cual, si no fuera ponderación épica, añadiría una teoría más a las muchas que se conocen para explicar la causa y la perpetuidad de esa cosa admirable e impalpable que se llama la luz. Para Centenera, como acabamos de oír de su propia boca, la luz es una emanación, reflejo de la mirada de la mujer limeña; y por cierto que no esperábamos una paradoja tan erótica en un Arcediano recién levantado de la poltrona de un Concilio reformador. Pero nuestro buen don Martín del Barco no era físico ni geómetra, sino un poeta cuyo corazón, sin hiel e impresionable, jugaba con su buen sentido, como las ráfagas del aire con las veletas. Con su poquillo de exageración, si se quiere, no ha hecho más que expresar las sensaciones que le causaban los ojos afamados hasta ahora del bello sexo limeño, tanto más ardientes y deslumbradores para los suyos, cuanto que se desembozaban repentinamente del rebozo y debían impresionarle como el sol cuando rompe una nube. Extraño es que conociendo estos efectos de semejantes miradas, por experiencia propia, creyese cuerdas las medidas del Concilio con respecto [164] a los rebozos o mantos: esta parte del vestido no permitía de fuera más que un solo ojo, y dadas las ordenanzas conciliares, los enemigos contra la paz del alma, se duplicaban y entraban como dos en los males que querían corregirse.

Las pragmáticas del famoso Concilio tercero limense, quedaron reducidas a nada por la acción del tiempo y por la reacción contra ellas de la voluntad irresistible de las mujeres; y tanto el manto como la saya subsistieron en toda su originalidad, hasta que el progreso de la civilización, que es la gran reformadora de los hábitos exóticos, vino a curar éste, de raíz, ayudada de los ferrocarriles, del comercio libre y del trato franco con pueblos más cultos y menos moriscos que el español. Y, mientras que con tanto ruido y aparato edificaba el Concilio su obra de la reforma sobre arena, creyendo los Padres que le componían que trabajaban para la eternidad, un menestral obscuro y extranjero consumaba un hecho indestructible, y preparaba un elemento más eficaz para la salud del alma y la cultura del espíritu, que las mejores leyes suntuarias y disciplinarias de la conducta privada. Este hecho fue la imprenta, y el instrumento, el libro.

La tipografía y la librería, ramos preciosos de la industria y del comercio moderno, agentes maravillosos de la libertad, de la verdad y de la ciencia, armas que Guttemberg puso a disposición del hombre para que eternizase el reinado de la [165] razón y la difundiera por todos los ángulos de la tierra, nacía para el Perú entre las manos de un obrero humilde, italiano, llamado Antonio Ricardo, del seno mismo del Concilio historiado por Centenera, como nacen tantas otras cosas, de entrañas adversas y antagonistas. En efecto, los primeros libros que la bibliografía señala y estima como incunables de la prensa en la América meridional, son los que contienen la exposición de la doctrina cristiana y los sermones que los curas debían enseñar y predicar a los indígenas, en sus propios idiomas (quichua y aimará), conforme a lo dispuesto en el Concilio tercero limense. El turinés Ricardo se había trasladado de Méjico al Perú, y sus prensas dieron a luz, pocos años más tarde, una obra notable, tan extensa como La Argentina y de mayor mérito literario que ésta, titulada Primera parte del Arauco domado, escrita por el chileno Pedro de Oña, en época en que probablemente Barco Centenera no había acabado aún de escribir su crónica rimada, pues según terminante declaración del mismo, componía su canto primero a fines de 1592, y apenas tres años después de esta fecha aparecía ya la edición americana del Arauco domado. No es, pues, fundada la razón dada por don Pedro de Angelis para juzgar que Centenera no diese a luz en América su Argentina sino en Lisboa el año 1602. No sólo había penetrado ya en América el arte tipográfico a esa data, sino que, como acaba [166] de hacerse notar, y sin hablar de lo que a este respecto se sabe de Méjico, la capital del Perú poseía imprentas capaces de producir ediciones extensas y notables (115). [167]

La naturaleza se conjuró por su parte contra el Concilio y a las murmuraciones de los «granjeros» [168] o comerciantes, en cuyos tratos y contratos se había entrometido estableciendo restricciones [169] al precio de los efectos y a la usura del dinero; al descontento de las mujeres, a las querellas entre los teólogos y letrados, y al grito general de toda la población que clamaba por la clausura del Sínodo, temerosa, a más, de que faltase del todo el pan, la carne y el vino, «como acontece en las bodas donde es mucha la concurrencia», a todos estos motivos de malestar y de revuelta, se agregó el fragor sordo y subterráneo precursor de un terremoto que colmó con sus sacudimientos la consternación de los habitantes de Lima.

Centenera había salido muy temprano de su casa ese día, pues tenía por costumbre, aprovechar las primeras horas de la mañana para dar un paseo en su mula antes de decir misa en la Catedral, porque después de esta diligencia se incorporaba a las tareas del Concilio en el cual tomaba asiento como Arcediano y adjunto al obispo del Paraguay. Iría probablemente distraído, cuando aparecieron los primeros síntomas del temblor, y su mula, estimulada por el miedo, comenzó a agitar las orejas y a correr con tanta ligereza y paso tan desigual que dio en el suelo con su respetable carga, «quebrándole las quijadas» a nuestro buen canónigo. A pesar del golpe y del dolor de las mandíbulas malparadas, no quebrantó Centenera sus hábitos de observador y pudo notar que las paredes de las casas se meneaban, quedando las más en su ser aunque algunas se caían apretando debajo de ellas a sus [170] dueños. A pesar de que el lance era apurado y no el más a propósito para conservar buen humor, fue tan cómica y singular la escena que de improviso se presentó a los ojos de don Martín del Barco, que casi soltó la carcajada. Cuadró la casualidad de que en el momento que comenzaba a estremecerse la tierra, estuviese un pobre hombre recibiendo una sangría en la tienda de un barbero, y como en semejantes casos nadie queda bajo de techo, el flebótomo y su cliente salieron a la calle despavoridos, corriendo a la par, el uno con la lanceta en la mano y el otro apretándose la vena abierta con toda la fuerza del dedo pulgar.

El barbero perdió aquí su lanceta
y al enfermo el temblor la vena aprieta.

Mientras tanto, añade el observador, era de ver cómo salían mujeres y hombres disfrazados, pues era justamente la hora en que comenzaban unos a vestirse y otros permanecían todavía en cama. Muchas damas fueron sorprendidas en el momento en que se ponían sus afeites, y abandonadas de sus criadas, salían mezcladas unas y otras a la calle con figuras extrañas y ridículas:

Las unas en camisa, desgreñadas,
las otras dando gritos mal cubiertas;
las otras medias caras afeitadas,
caídas, desmayadas a las puertas;
las otras con sus hijos abrazadas
vencidas del temor y medio muertas. [171]

Era por entonces malísima la situación en que se encontraba nuestro poeta, a punto que faltándole la resignación cristiana y su parsimonia genial, «deseaba ver la muerte a veces». Había gastado en el viaje y residencia en Lima, sus cortos haberes y se hallaba en la mayor pobreza, arrepentido de haberse colocado por su voluntad tan lejos de su España, «de esa dulce amiga», a la que no podía olvidar, como tampoco podía desechar de la memoria a su amado rey don Felipe. Pero, cuando se creía más perdido y más sin esperanza de regresar a su suspirada patria, fue sacado de su tristeza por uno de esos vuelcos de la fortuna que mudan la situación de un hombre repentinamente:

La inquisición le hizo comisario
y el obispo de Charcas su vicario.

Estos dos versos son un verdadero cambio de decoración en el drama de la vida andariega de nuestro cronista, y con ellos cierra el canto XXIII de su poema para entregarse en los siguientes a nuevas divagaciones. Nosotros volveremos atrás y le estudiaremos bajo nuevos aspectos dejando de lado la narración histórica de los hechos que él no pudo presenciar, y pierden bajo su pluma el mérito de dictados por un testigo de vista. [172]




- VI -
Como el salto que vamos a dar en el presente estudio, es de marca mayor, pasando de la relación de los actos de un Concilio a la de las fechorías de un pirata, debemos recordar en conciencia, que el autor no nos toma de sorpresa en estas mutaciones violentas de decoración. Él no hace más que cumplir su honrada palabra, comprometida desde los primeros versos de la introducción de su poema. Allí desenvuelve el cuadro que se propone trazar; y aun cuando su fondo o asunto principal, sea la «historia del Argentino reino desde su descubrimiento», la encarnizada porfía del «indio chiriguano», cuya raza dominaba en él, y los prodigios y extrañas aventuras que con el descubrimiento y conquista se relacionan, previene expresamente, que quiere también tratar de muchas otras cosas, ya presenciadas por él mismo, ya oídas de boca de otras personas a las cuales interrogaba, «codicioso de saber cosas admirables para satisfacer el deseo de escribirlas». Y como viajó mucho, y trató con gentes de toda condición y estado, sacerdotes, guerreros, Adelantados, [173] generales, caciques, santos y malvados, mujeres honradas y mundanas, durante una larga permanencia en América, no es extraño que rebosase el «cuaderno» de sus notas y apuntamientos, que en horas de quietud vació bajo la forma de cantos en octavas. También entraba en sus miras, y antes que ninguna otra, la de agradar al lector y proporcionar pasto al paladar de cada uno, por «que esto de escribir es azaroso», es decir, casual las más veces el buen éxito de un libro. Llevado de esta idea, bien intencionada, de complacer a cualquiera que fuese la persona que abriera su poema, y de tentarla a su lectura, hace muestra de sus joyas literarias, las recomienda sin mayor insistencia como si estuviera seguro de los quilates de su oro y del oriente de sus perlas, y cuando más, apela al encanto de los retruécanos, tan a la moda en su tiempo entre los escritores agudos: Aquí, dice, hallará abundantemente cuanto quiera

a su gusto el lector, gusto sabroso,
y guste lo que más gusto tuviere
y deje lo sin gusto y disgustoso.

Para que la seducción sea mayor, despliega el mapa maravilloso de la América meridional, teatro de sus exploraciones, y nos muestra al Perú país de fama universal por la abundancia de sus metales: la imperial Potosí, ennoblecida por tener en su seno aquel cerro rotundo que a la distancia [174] es a manera de un montón de trigo, y da grima el mirar los socavones que le han hecho para desentrañarle sus riquezas; y a la tierra tucumana abastecida de variedad de frutos. Todo esto, dice, dará asunto a mi pluma, y

también diré de aquel duro flagelo
que Dios al mundo dio por pecado,
EL DRAKE que cubrió con crudo duelo
al un polo y al otro en sumo grado.

Centenera no fue materialmente testigo de los hechos del marino inglés sobre la costa peruana; pero presenció los recientes efectos de ellos, y oyó de la boca misma de una de las víctimas de Drake (un individuo llamado Roca) los «lamentos y el grande duelo» que éste hacía por la pérdida de su «navichuelo» y de su dinero. Sin embargo, por superficiales que sean, a más, los pormenores que consigna esta crónica, ellos sirven para atestiguar la novedad y el espanto que causó a las márgenes del Pacífico la inesperada y súbita aparición de aquel Dragón de los mares. También nos parece significativa la opinión embozada del Arcediano sobre la ineptitud de las autoridades de la colonia, en presencia del enemigo, y sobre todo, la noble imparcialidad con que sabe distinguir los rasgos del heroísmo de Drake, presentando con esta conducta un contraste que sorprende al comparar sus versos con los de la Dragontea, de Lope de Vega, consagrados al mismo asunto. [175] No es justo, dice Centenera, ocultar las hazañas de nuestro enemigo, ni mostrarse envidioso de sus grandes hechos; y después de esta especie de introito a la relación de una

hazaña
que es digna de contarse por extraña

hace una rápida biografía, en términos más que urbanos,

de aqueste inglés y noble caballero,

excelente soldado, inclinado al arte de la mar, experimentado piloto: que fue gran corsario, como jamás se vio, astuto, sagaz, discreto, cortesano, bien criado, magnánimo, valiente, animoso y buen amigo. Estos adjetivos son de nuestro cronista, y constituyen el mayor elogio que puede hacerse por el panegirista de un héroe. Pero todas estas dotes son de ningún valor, para el ilógico cronista, puesto que falta en Drake «lo mejor y más necesario, que es el amor a Jesucristo». Con esta tacha inquisitorial, caracterizaba a su manera, y en consonancia con las ideas españolas de su tiempo, uno de los rasgos del carácter de sir Francis Drake, y también uno de los móviles de la audacia de su conducta. Era, para Centenera, el amor a Jesucristo virtud exclusiva de los católicos, incapaz de abrigarse en el corazón de un luterano. El antagonismo de las creencias religiosas era, por entonces, uno de los motivos de las guerras porfiadas entre la Inglaterra y la [176] España; naciones cuya política se personificaba en sus monarcas; Isabel, virgen llena de virtudes para sus súbditos, «reina depravada» para nuestro cronista, «mujer babilónica» para Lope de Vega; y Felipe II, a quien, por elogio bíblico o por sangriento apodo, llamaba uno de los Pontífices el «demonio del mediodía».

Éste último, heredero de gran parte de los dominios de Carlos V, aspiraba a ejercer influencia exclusiva sobre el mundo civilizado, apoyándose en el poder moral de la iglesia romana, de quien era el primero y más mimado de los hijos, poder contra el cual se había sublevado la Inglaterra a ejemplo de otros pueblos no menos importantes de la Cristiandad. El monarca español, orgulloso y fanático, llegó a soñar que sus naves, por sí solas, podrían revivir en provecho de sus pasiones regias, las glorias de una nueva victoria de Lepanto sobre las tripulaciones cristianas de la Inglaterra, y aprestó con este fin la famosa «armada» que para irrisión de su vanidad denominó «la Invencible», siendo así que la cupo el fin más funesto entre las famosas catástrofes que recuerda la historia.

Sir Francis Drake, que llevaba treinta años de felices expediciones en los mares americanos, había llenado de espanto las costas de la península y apoderándose del puerto de Cádiz, por sentimiento nacional, por amor a las aventuras peligrosas, y por tener el gusto de «chamuscar [177] las barbas del rey de España», (sineing the king of Spain's beard) (116), según él mismo se expresaba en su lenguaje pintoresco de marino, ocupaba el segundo lugar en el mando de la escuadra inglesa que batió y redujo a astillas a los navíos vanidosos de don Felipe. En 1581, año de la destrucción de «la Invencible», se hallaba Drake por consiguiente, en el colmo de su gloria como guerrero. Pero el buen escocés, si amaba la fama, no tenía menor inclinación a las riquezas, y se propuso acrecentarlas con nuevos actos de corsario sobre las costas españolas de América, intentando nuevas expediciones que fueron funestas para el audaz marino, puesto que le costaron la vida, dejandola bajo el clima poco hospitalario de Panamá. Los españoles consideraron esta muerte inesperada como un castigo del cielo, fulminado contra las iniquidades del aborrecido hereje cuyo nombre había sido bastante para que una de las naves más poderosas de «la Invencible», se rindiera sólo con escucharlo. En intérprete de las pasiones bajas del vulgo español, se constituyó el más abundante y afamado de sus poetas, escribiendo la Dragontea, poema repugnante por los sentimientos enconosos que respira, y por su mediocridad como obra de arte. Ésta de Lope de Vega, ofrece quizás (según observación de Ticknor) el único ejemplo que [178] pueda citarse de un poema épico consagrado a maltratar a un individuo; circunstancia que, a nuestro entender, no solo tiene la explicación que le da el crítico norteamericano, sino otra más fundamental, que consiste en el carácter poco levantado del poeta, que habiendo participado del pavor de la derrota, por hallarse a bordo de «la Invencible», según lo aseguran algunos de sus biógrafos, debió tener a mengua ensañarse contra un heroico adversario, en cuya muerte no había intervenido el valor español sino las leyes irrevocables de la naturaleza.

El derrotero que traza Centenera a la expedición del pirata no está en contradicción con el que consta de las mejores relaciones. «Este adversario», dice aquél, salió de su tierra con una armada muy fuerte, «y vino muy listo», navegando por nuestros mares del Norte en demanda del estrecho de «Magallano». Hizo escala y aguada en el Río de la Plata y fue asaltado por un deshecho temporal que echó a la arena de una playa a una de sus embarcaciones con pérdida de la antena. El luterano entonces, con «osado y valeroso pecho», embarcó a su bordo la gente de la nave náufraga y llegó con «viento sano» al puerto de Leones, que no conocemos, pero que según las indicaciones del cronista debió ser de los de la costa patagónica; y de allí, pasando felizmente el estrecho, pudo costear sin obstáculos la tierra firme de Chile bañada por el Pacífico. [179]

Sintiendo en su favor su suerte y hado,
el Estrecho embocó con buena mano,
y en breve al mar del sur sale triunfando,
la tierra firme en Chille costeando.

Es muy significativa una octava de Centenera, que finalmente pudiera pasar desapercibida para un lector poco acostumbrado a penetrar el pensamiento del desaliñado versificador, y es aquella en que pinta la extrañeza y el espanto que produjo en aquellas regiones la aparición de un extranjero que rompa las cadenas con que el gran océano occidental se hallaba exclusivamente atado a la dominación española. Era aquel un verdadero ataque por un flanco que se consideraba invulnerable, pues hasta entonces el Estrecho y el Cabo de Hornos, puede decirse que no habían prestado servicio alguno como puntos de comunicación entre los dos mares que bañaban costas españolas en América (117). Pero lo más de temer, y que más consternaba a los españoles y habitantes de su origen, eran los síntomas de que observaban por parte de los indígenas, los cuales, en presencia del audaz extranjero, concebían naturalmente la esperanza de sacudir un vasallaje contra el cual protestaban, y veían en el pirata inglés un aliado y un cómplice [180] en el odio a sus conquistadores. Esto aparece bien claro en estos versos de La Argentina.

La costa y la tierra toda estremecía,
las nuevas por los aires retumbaban,
la gente de los indios se temía,
que un mal se sonaba que hablaban.

Al llegar «Drake muy placentero», a la costa peruana de Arica, estaba a cargo de este departamento litoral un trujillano, de apellido Valencia, de cuya sagacidad se muestra muy satisfecho su paisano el cronista. Como en aquel puerto había caído en poder del pirata el navichuelo del consabido Roca, impartió Valencia, inmediatamente, órdenes por tierra, a fin de poner en salvo el «navío del Rey», que cargado de barras de plata, por aquellas alturas, y a consecuencia de estas medidas preventivas, quedó burlada por entonces la codicia de los ingleses, pues arrojaron en lugar bien escogido las riquezas contenidas en la embarcación real. Así fue que aun cuando se apoderaron de esta,

entrando en el navío no han hallado
las barras que en el agua se han echado.

Sin pérdida de tiempo se despacharon también noticias de la aparición de los piratas a las ciudades de Arequipa y Lima; pero como los chasquis iban por tierra, pudo llegar el inglés al Callao, sin dificultad ni resistencia de ninguna [181] especie. Drake reconoció aquel puerto, pasó una prolija visita a los buques fondeados en él, y causó tal espanto en la población que pretendió sepultarse bajo de tierra, o como poéticamente se expresa Centenera, «meterse en un agujero». Hallábase allí accidentalmente el Factor del Perú, don Francisco Manrique; pero el hombre sobrecogido de terror, como todos, no habría acertado a tomar ninguna media en tan críticas circunstancias a no ser la sangre fría y la advertencia de su esposa y de la hermana de ésta, doña María y doña Mencía de Cepeda, quienes, como legítimas limeñas, le sugirieron la idea de encender luminarias y de repicar las campanas. Estas damas, se entregan personalmente a la tarea de preparar las candilejas, y como no hubiera mechas dispuestas de antemano, y el caso urgía, despedazaron sus propias «tocas» y las torcieron para empaparlas en aceite y alumbrar la tenebrosa y absoluta obscuridad que envolvía entonces por la noche a toda población colonial en la América española (118).

Las noticias de lo que pasaba, en el vecino puerto, habían llegado también a la capital y a conocimiento del Virrey Toledo, quien no solo mandó tocar las campanas, como en el Callao, [182] sino las cajas de guerra, convocando a la defensa a todo el vecindario limeño. La gente se volvió loca con el repentino temor de la súbita noticia y de aquel ruidoso aparato; pero no obstante, todo el mundo corrió a las armas, y, tanto el medroso como el alentado se cargaban de «hierro y de partesanas». Los parques y salas de armas no se conocían en la capital del Perú, y era imposible vestir y armar concertadamente ni siquiera a un centenar de hombres en un caso inesperado como el presente, de manera que las calles de Lima presentaban el aspecto de un carnaval militar, por la extrañeza de los vestidos, la irregularidad del equipo, y la completa libertad con que cada cual tomaba su rumbo, llevando por careta las facciones desfiguradas por el pánico. El mismo Centenera, que no es perezoso para entrar en pormenores, y que tiene por principal defecto el reducir a miniaturas en filigrana las figuras corpulentas y las páginas históricas de mayor importancia, no se halla capaz de decir, aunque consagrara al efecto un «largo canto», la turbación y la priesa que se había apoderado de aquel vecindario al saber que un pirata inglés, y luterano de añadidura estaba allí a las puertas. El un cabalgaba sin silla, el otro, aunque no la hubiese olvidado, iba tan confundido que no atinaba a dirigir la montura, ni faltó quien se ahorcajara en su vaca confundiéndola con su caballo. Agréguese a estas [183] causas de perturbación, la influencia de las ideas supersticiosas, los escrúpulos y remordimientos en la proximidad del peligro, y el «recelo de futuros males», y nos acercaremos a la verdad del cuadro que bosqueja el cronista. Pero fáltale aún un rasgo, propio de su ingenuidad, que levanta aquí como en muchas otras partes de su obra, el velo de los misterios de la colonia. Así como ellas se mostraron en Chile favorables a la invasión extranjera, los negros de Lima, los esclavos, se declararon de hecho, y con serias demostraciones, aliados y favorecedores del luterano, en presencia de sus propios amos y desafiando su venganza que podía pasar más allá de los azotes y de la cadena.

Los negros, dice Centenera, considerando propicia la ocasión, se confabularon mare sí para realizar un «ardid famoso», sutil y peligroso, como él mismo en tiempo de guerra. Esta especie de acuerdo secreto, celebrado entre los esclavos contra la causa de sus amos consistía sencillamente, en ocultar los frenos y riendas del arreo de montar existente en casas de sus sudores, lo que equivalía a dejarles a pie e imposibilitarles para la huida, o en otros términos, entregarlos a la merced de la audacia del invasor, tan ponderada por los mismos habitantes de lima, que bien podían considerarla los negros como irresistible. Así era, que cuando afligidos por el miedo, ensillaban los amos sus caballos, y [184] se calzaban la lanza, se encontraban sin lo más esencial del arreo para el jinete que es el freno y las bridas.

Sus amos los caballos ensillaban
a gran priesa de miedo todos llenos,
y las espuelas calzan, y tomaban
las lanzas en las manos: mas los frenos
no hallan aunque más los procuraban.

Concierto fue este de morenos, agrega Centenera, los cuales tienen tanto desamor al blanco cuanto difieren estos colores entre sí:

al blanco tienen tantos desamores,
cuanto son diferentes los colores;

observación que naturalmente se cae de la pluma de nuestro cronista, sin manifestar extrañeza, sin enconarse contra aquellos desgraciados, quienes sin duda, pagaron muy cara su confianza en una redención de que sólo habían de disfrutar sus nietos remotos a favor de la Independencia.

Drake, a más de la embarcación de Roca, se apoderó del contenido metálico de otras muchas que halló sin defensa en las aguas del Perú, llegando a ser «monstruosa y nunca oída» en la historia del corso, la cantidad del dinero con que aquel «adversario sació el hambre canina y rabiosa» de riquezas que le devoraba. Pero presa más jugosa que le vino a la mano, fue la del galeón del Rey, conductor de los quintos [185] destinados al tesoro de la corona. Según Centenera llamábase este navío San Juan de Ontón, el cual, aunque más afamado por su porte y buena vela, no pudo, por falta de viento, escapar de las garras de su perseguidor (119):

A su dicción y mando le sujeta
y tomando la plata luego aprieta.

Centenera marca con exactitud la ruta que desde las costas del Perú siguió el famoso pirata, y parece que se complaciera al ver a este gallardo y valeroso personaje realizar felizmente la vuelta al mundo y entrar, seguro y poderoso, a los mismos mares del Norte de donde había partido. Al menos tal es la impresión que nos causa la lectura de los siguientes versos:

La costa de la India va bajando,
y al Mar del Norte el rumbo enderezando.
En él entrando rico y poderoso,
en sí mismo pensando su ventura,
con ánimo gallardo y valeroso,
que cierto le tenía de natura,
navega muy alegre y muy gozoso,
Sin miedo que le venga desventura,
que va de su ventura confiado
y el navío de barras bien lastrado. [186]

Tan escaso provecho habían logrado los españoles del descubrimiento que inmortalizó el nombre de Magallanes, y tan en olvido le tenían, que fue gran sorpresa para ellos el saber que Drake se había entrado a visitarles en el Perú por la puerta del Estrecho. Fue necesario que el pirata inglés les despertara de la confianza en que dormían, creyéndose guardados por todos sus flancos, para que pensaran en cerciorarse si los canales de Magallanes eran realmente practicables o no. Pasado el miedo, que según Centenera, fue causa del desacierto de las medidas tomadas por el Virrey Toledo para defender la costa y perseguir a Drake, comenzó a pensarse en expediciones de exploración hacia el sur, juntándose al efecto en consulta los prácticos en aquellos mares, y los pilotos de crédito que a la sazón se hallaban en Lima,

pues ido de las manos el conejo,
tomando de Francisco el escarmiento,
juzgose por maduro y buen consejo
del Estrecho hacer descubrimiento.

En estos acuerdos entre personas entendidas, se resolvió armar una expedición en seguimiento de Drake, a quien se le suponía de regreso por mismo rumbo que le trajo al Pacífico. El mando de esta expedición, en parte militar y en parte de descubrimiento, se confió a Pedro Sarmiento de Gamboa, caballero de Galicia que había peleado [187] dos veces contra el pirata y se distinguía por sus conocimientos náuticos (120). Gamboa pasó felizmente el estrecho, y dio cuenta al Virrey de no haber encontrado enemigos en él, datando su noticia desde las islas del Cabo Verde a mediados del año 1580, el mismo en que se fundaba Buenos Aires. Es sabido que el mismo Gamboa, y en el mes de septiembre del siguiente año emprendió nuevo viaje al Estrecho, al mando de 23 naves, a las cuales cupo todo género de desgracias ocasionadas por la discordia entre sus jefes, los malos tiempos y las enfermedades. La historia de esta expedición habría dado motivo a Centenera para un poema en qué lucir su talento como pintor de los horrores del hambre. Las aventuras personales de Sarmiento sólo pueden hallar paralelo con las de los personajes creados por la imaginación de novelistas, y pueden leerse en el libro que acabamos de citar. Pero nuestro cronista no se da por entendido de estos pormenores, y se reduce a referir en globo la empresa primera de Sarmiento, que él califica de «quimera», a cuya realización no debía haberse prestado el Virrey. Lo único que nos hace saber es lo que él mismo oyó de boca de dos «discretos varones genoveses», que al parecer habían antecedido a Sarmiento, [188] en lanzamiento en la navegación del Estrecho. Pancaldo y Grimaldo, dice, «a quienes he tratado», tuvieron comercio con los gigantes del puerto de Leones, los cuales a más de su estatura desmesurada eran hechiceros, y con auxilio de sus diabólicas practicaban cosas extraordinarias, como meterse una flecha larguísima por el «garguero», y sacarla sin romperla ni herirse en lo más mínimo. Esta, y otras maravillas de los gigantes de la Patagonia, le fueron confirmadas por un compañero de aquellos dos genoveses, llamado Pier Antonio de Aquino, hombre de buen entendimiento y que sabía latín. Puede medio columbrarse que estos tres individuos, a costa de gastos considerables, habían intentado volver a Europa por el Estrecho, sin haber podido realizar su propósito, y sin haberles quedado más que el placer de narrar las noticias primeras, que tanto se desparramaron más tarde, acerca de la existencia de los fabulosos gigantes americanos.

Una de las causas reales, aunque menos aparente a primera vista, del mal éxito de la empresa y de las naves de Sarmiento, fue traer a su bordo tres encopetados mandatarios, a quienes el Monarca había habilitado con títulos y empleos, que les llenaban de vanidad y les hacía incapaces de cederse uno a otro cuando sus pareceres se hallaban encontrados. Don Diego Mores de Valdés, mandaba en jefe la expedición con el título de Capitán general de ella y de las [189] «Costas del Brasil». Sarmiento venía condecorado con el de «Capitán general del Estrecho de Magallanes y gobernador de lo que en él se poblase». Y por último, don Alonso de Sotomayor, nombrado para el gobierno de Chile. Éste tenía expresas órdenes de su corte de concurrir con su gente y persona a los fines principales de la armada; pero al llegar a las cercanías del Río de la Plata, y en momento de conflicto para los expedicionarios, se separó de ellos con tres naves, trayéndose muchas municiones y gente con el intento de pasar por tierra a la Capital de su gobierno en el Pacífico.

Centenera pone especial cuidado en recordar que Sotomayor era «trujillano», y que la mayor parte de la gente que le acompañaba era de Extremadura, por cuyas cualidades, sin duda, fueron bien recibidos de los «pargüeños», o lo que es lo mismo, de los primeros pobladores de Buenos Aires, y muy especialmente de don Juan de Garay, a juzgar por los versos siguientes:

Alegre está Garay con la venida
de aquesta armada al puerto paragüeño;

ignorante, el bueno de nuestro verdadero fundador, de que semejantes huéspedes habían de ser la causa indirecta de su próximo y trágico fin.

Una nueva perspectiva se abría a la solidez de la conquista española en estas regiones. Iba a intentarse [190] por primera vez el establecimiento de las relaciones, al través de la Cordillera, entre Chile y el Río de la Plata, acortando por esta vía, nueva y segura, el tiempo que era indispensable emplear antes para remitir desde España recursos de hombres y armas para mantener la guerra de conquista en las fronteras Araucanas. La ruta al través de los Andes era conocida; pero no practicada, y a esto alude nuestro autor en estos cuatro versos que exigían el anterior comentario:

de ser esta carrera más seguida
la gloria se le debe al Extremeño,
que aunque en lengua de muchos esto estaba,
él fue quien a la obra mano echaba.

Sotomayor salió de Buenos Aires «alegremente» para Chile, aunque algunos de sus quinientos soldados se le «quedasen» en la nueva Capua de la ribera Argentina, y comenzó la travesía de la llanura por la vía de Santa Fe, una de las estaciones naturales de su arriesgado viaje, en donde debía descansar y abastecerse de víveres, presumimos. Debió ser aquel, también, punto rendez-vous concertado entre el nuevo gobernador de Chile y el fundador de Buenos Aires, cuya influencia y actividad eran auxiliares indispensables para sacar de apuros a Sotomayor y a su gente (121). Nada de esto se deja presumir del [191] texto de la crónica de Centenera, limitada a referir la salida de Garay, por agua, río arriba, y de mala voluntad, si así ha de entenderse la expresión «con mal pecho», que aquel emplea.

Garay fue de prudencia siempre falto,

y a este defecto atribuye en gran parte el cronista la desgraciada catástrofe de su muerte a las manos traidoras de la tribu «Mañua», o de los Minuanes, como generalmente se denomina a estos indígenas. Garay, más que imprudente, era por lo general confiado en su buena estrella, y a fe que tenía razón para entregarse a la protección de su ángel benéfico, un hombre que había salido sano y airoso en tanta correría, en tanto lance y en tan arriesgadas empresas como son los que tejen su vida, digna de escribirse con especialidad y detención (122). «Confiado en que todo le había salido bien hasta allí y satisfecho de su ventura, se echó a descansar una noche, en tierra, rodeado de muchos compañeros, sin cuidarse de tomar precauciones, ni colocar centinelas de observación en rededor del campamento. Observábanle que no era prudente entregarse al sueño en aquellos lugares poblados de naturales astutos, y no faltó quien se sintiera [192] movido de presentimientos funestos, y una desgracia inmediata. Pero ninguna de estas preocupaciones entraban en el ánimo del arriesgado vizcaíno, y con el mejor buen humor del mundo, tranquilizaba a los cautos y a tímidos diciéndoles, que podían dormir tan a pierna suelta «como si estuvieran en Madrid».

Mas al revés sucede de su voto,
que el Mañua, sin nombre ni valía,
salió con poca fuerza de un gran soto,
al tiempo que el aurora descubría.

Los indios en corto número (123), al rayar del día, cuando los españoles se hallaban en lo más profundo del sueño, descendieron por una altura cautelosamente, con el mayor sigilo, y a toda prisa, y dieron sobre el campamento, comenzando su estrago por la persona del «Capitán» a quien «mataren el primero». Cuarenta exactamente de los más escogidos, entre la gente paragüeña, perecieron en aquella sorpresa y «cruda matanza». Nunca como en aquella ocasión se asestaron contra los conquistadores con más empuje y presteza las «bolas, flechas, dardos y macanas», de los indígenas, a punto que se acobardaron los españoles y no pensaron en resistir, sino en salvarse por la huida en dirección al bergantín que los conducía, fondeado en las inmediaciones. Cuando los minuanes [193] vieron asegurado el golpe y que de los cristianos,

los pies pone el que puede en polvorosa,

levantaron una terrible vocería, y alentándose con los gritos, «herían a diestro y siniestro» y mataban a los que alcanzaban, siendo como eran más ágiles que los europeos en la carrera.

Garay, observa poéticamente Centenera, que prometía seguridad y aconsejaba a sus compañeros entregarse con entera confianza al descanso, fue el primero que pagó su imprudencia, pues

Envuelto le dejaron en olvido
del sueño que él había prometido.

Quién ha visto, añade, reprochando a Garay un descuido que tan caro le costó, «¿quién ha visto soldados dormidos en la guerra? Maldita confianza!»

Estas demostraciones de gran interés que manifiesta el cronista, no tanto se las arranca la pérdida verdaderamente dolorosa de don Juan de Garay, cuanto la de algunos «extremeños de gran cuenta» que formaban parte de la expedición de Sotomayor e iban probablemente a incorporársele en Santa Fe. Pero la pérdida que más conmueve al Arcediano, es la de una dama, doña Ana Valverde, digna de ser llorada a la vez por Castilla la Vieja y Extremadura. Esposa de Piedra Hita, [194] de quien no sabemos si se salvó o pereció con ella, era

tan hermosa
cual entre espinas rosa y azucena,
de honra y de virtudes también llena.

La circunstancia de hallarse ésta y otras damas en el lugar de la sorpresa sufrida por la gente de Garay, la dio un carácter especial, obligando a los esposos o interesados en ellas, a hacer prodigios de valor para ampararlas, conduciéndolas hasta la embarcación. Piedra Hita no pudo lograrlo con su bella doña Ana; pero sí Miguel Simón, natural de Logroño, que, a fuerza de valor y brío, echó sobre sus hombros la preciosa carga de su esposa, y defendiéndose en retirada de los enemigos a quienes no cebaba poco el tesoro que se les escapaba, logró llegar apenas hasta el borde del bergantín, desfallecido y cubierto de heridas; ¡pero con su esposa salva! Alonso de Cuevas no anduvo menos apurado que Simón con su cara mitad. Herido también, y después de infinitos esfuerzos, y cuando alzaba a su esposa por encima de la borda de la embarcación, faltáronles las fuerzas a ambos y cayó el más débil a lo hondo del río con una piedra. Cuevas daba ya por desaparecida para siempre a su mujer, cuando la ve asomar la cabeza invocando a voces el auxilio de la señora de Guadalupe, que era su patrona, y a [195] quien se encomendaba bajo mil promesas, en «aquel gran aprieto», usando de las mismas palabras de Centenera.

Tal vez lo precioso de esta carga contribuyó a que se salvase el bergantín, hacia el cual afluyeron los minuanes, enorgullecidos, encarnizados, codiciosos probablemente de las bellezas europeas. Pero dentro de aquellas tablas frágiles se asilaba el honor de los esposos, y era indispensable defenderlo a todo trance, y hasta el último suspiro. Así lo hicieron los españoles. Las cercanías del bergantín, y este mismo, se convirtieron en teatro de lo más encarnizado de la refriega, en la cual, el mencionado Cuevas no fue el que tuvo menor parte en la salvación de la embarcación, sin cuyas velas no habría escapado un solo cristiano en aquella aciaguísima mañana.

Al fin nuestro Señor les ha librado
huyendo el bergantín... (124)

Este «dislate», como termina Centenera por llamar a la tragedia descripta por él con tan [196] vivos colores, dio ocasión a un peligro serio que puso en duros aprietos a la colonia huérfana de su fundador y avisado patrono. Envalentonados los minuanes con el éxito completo del malón, aunque de poca influencia y concepto entre las tribus de los guaraníes, inclinaron a estos a formar con ellos una alianza en que también entraron a tomar parte los «belicosos querandíes». Al frente de la coalición, que alegró a toda la gente indígena, porque se trataba de guerra y de resistencia contra los invasores, púsose aquel mismo Yamandú «cuya memoria tenemos muchas veces celebrada». Él gobierna aquel movimiento bélico, imparte órdenes o, hablando con mayor propiedad,

Su voz despacha a guerra citatoria,

y es el que lleva en todo la responsabilidad como la gloria, sin que por esto deje de someterse a los usos tradicionales en casos de esta [197] gravedad. Antes de declarar la guerra o ajustar paces, oían los guaraníes el parecer de los oradores de su nación reunidos en junta solemne; y una muy numerosa tuvo lugar en virtud de convocatoria al efecto del mismo Yamandú. Esta asamblea, mentada y concurrida, según el testimonio de nuestro cronista, dio mucho de que hablar a los españoles, por haber pasado en ella «cosas graciosas», que serían difícil de creer, si se hubiera tomado el trabajo de referirlas. ¡Cómo serían ellas! Pero, a pesar de esta reserva, de que nos dolemos, no pudo menos que dejarse arrastrar por lo nuevo de una pendencia femenil, que Centenera, siempre dispuesto a estudiar el sexo femenino, ya vestido con el manto limeño, ya completamente desnudo, como entre la mayor parte de los naturales del Río de la Plata, nos narra con amore, y sin olvidar una sola circunstancia del caso. En la junta guerrera de Yamandú, corrieron a torrentes la elocuencia y las bebidas fermentadas, y sobre cuál de dos de los principales de ella se había portado mejor, tanto en la oratoria como en los tragos, armaron sus caras mitades respectivas una ruidosa pendencia que terminó por echar, una y otra hembra, mano a sus arcos, después de haberse cubierto de dictados, probablemente mal sonantes. Los amigos y comedidos se pusieron de por medio, y calmada la riña por el momento, concertaron las dos heroínas un desafío que debía tener lugar [198] en público y en lugar a propósito, con todas las circunstancias de un palenque a la antigua usanza de los caballeros europeos:

El caso de esta suerte concertaron;
que en un palenque fuerte muy fornido
con dos padrinos, que ambas señalaron,
de buena a buena riñan la pendencia,
con que cese el rencor y diferencia.

La una de estas amazonas, llamada Tupaayquá, era de gran valor, animosa y de mucho esfuerzo; y la otra, Tobolia, astuta, sumamente gallarda y rencillosa. Llegado el día y la hora del encuentro, bajaron a la arena desnudas y blandiendo sus macanas dispuestas, a mantener con los puños, lo que habían sostenido con la lengua, dejando a la victoria la decisión de aquel singular antagonismo de amor propio conyugal.

De ver era las dos, fuertes, membrudas,
de solas sus macanas arreadas,
que no tienen más armas, que desnudas,
al fin en el palenque ya encerradas,
comienzan de herir sus carnes crudas,
y dándose muy bravas cuchilladas,
en sangre convertían tierra y suelo,
y sus golpes sonaban hasta el cielo.

Entre los numerosos espectadores de aquella escena, los más inmediatos eran, naturalmente, los dos maridos, orgullosos, y agradecidos al mismo [199] tiempo, por aquella demostración elocuente de interés y de amor que les daban sus valientes compañeras. De suerte que conmovidos uno y otro al ver ambas macanas enrojecidas con sangre tan preciosa para ellos, levantaron unánimes la voz pidiendo, con «palabras doloridas» cesase la pendencia, y departieran los padrinos a las encarnizadas contendoras que por minutos se acaloraban, y ensangrentaban más. Así se hizo,

y dándoles del vino y del brebaje
cesó la diferencia y el coraje.

En la mencionada junta de guerra convocada por Yamandú, de la cual provino la pendencia del interior episodio, se acordó declarar inmediatamente la guerra a Buenos Aires, a sangre y fuego, para que, según las vanidosas palabras de aquel cacique, sonase la fama en España, no quedase a los cristianos un hueso sano, «y se libertaran los indígenas de la esclavitud del Repartimiento. La oración pronunciada por el orador, debió ser elocuente, ardiente y demostrativa, porque convenció y entusiasmó las turbas que levantaron los gritos y alaridos de aprobación «hasta el cielo». El viejo y valiente Taninbalo, y Querandelo, sin duda como aquél, cacique también de nota, fueron del parecer del orador, y le apoyaron con sus discursos correspondientes, arrastrando con su elocuencia a los caciques Tabolelo, Yaguataty, Yerú y Manoncalo, [200] que ofrecieron su cooperación y ayuda en la pactada empresa. Nombrose también en aquella junta a Guazuialo, por general de las fuerzas coaligadas, compuestas de chiloazas, beguaes y querandíes, las cuales fueron congregándose y creciendo rápidamente en número, «como crece la espuma», según la pintoresca comparación de nuestro poeta. Los guaraníes eran la flor, y formaban la parte lucida del ejército aliado, porque venían lujosamente ataviados y cubiertos de plumas de las aves más vistosas:

la flor de todos son los guaraníes;
mil galas y lindezas de bel pluma,
encima traen de sí...

La suma de la gente que se reunió para caer sobre la población de Buenos Aires, «era grande», y no se detuvo hasta llegar al puerto y a las puertas de la fortaleza a son de «trompas, bocinas y a tambores acompañados de la acostumbrada vocería». Los vecinos tocan de su lado al alarma, y «el fuerte, el poblado y los alrededores», se circundan de centinelas y comienza la resistencia contra la invasión de los coaligados, bajo la dirección del «presumido y valiente» Rodrigo Ortiz de Zárate, capitán que desempeñaba el oficio de Teniente general después de la muerte de Garay, y a quien había caído en repartimiento toda la nación Lojae, con su cacique a la cabeza. [201]

Como de costumbre, la embestida de las turbas indígenas tuvo lugar antes de amanecer de un día cuya fecha, también como de costumbre, se la dejó en el tintero el cronista, y durante todas las horas de luz, anduvo indecisa la victoria y acalorada la pelea, a que puso tregua la aproximación de la noche. Más que una verdadera batalla, fue aquello un entrevero desordenado, en que se mezclaron de tal manera los cristianos y los indígenas, que no se permitió a la artillería el disparar un solo tiro por no herir a los primeros, sin que por esto dejasen de hacer las armas un ruido espantoso como si «resonase una calderería y trabajara la fragua de Vulcano». La gente «desflaquecía de cansada», cuando llegó la obscuridad, y

el tiempo la victoria entretenía.

Pero ésta llegó para los fundadores de Buenos Aires, al mismo tiempo que se mostró

...aquella doncella,
que a Titón dio su queja siendo bella,

es decir, así que aclaró la mañana del día siguiente. Recobrados los españoles del cansancio, con el sueño de una noche entera, volvieron frescos y decididos a la resistencia, mientras acobardados los invasores, creyeron obrar con prudencia apartándose de la población y diseminándose por la llanura, [202] dejando en el campo el cadáver de su general Guazuialo, y en paz a los cristianos.

Esta conjuración de naturales que algunos historiadores ponen en duda, y que estando a la presente crónica, comenzó con un aparato que no correspondió a sus resultados, fue una verdadera protesta contra uno de los actos que más afean la conquista española. Don Juan de Garay, invocando los derechos que las capitulaciones reales acordaban al Adelantado Zárate, autorizándose con el título de Teniente general y capitán general de todas las provincias del Río de la Plata, y como primer fundador y poblador de la ciudad de la Trinidad, puerto de Santa María de Buenos Aires, con el objeto de recompensar a sus capitanes de los «muchos gastos y trabajos que habían tenido en la dicha población», les hizo repartimento, de «todos los indios que había en las provincias de la ciudad de la Trinidad», hallándose en la de Santa Fe, y con fecha 28 de marzo de 1582.

Consta, por el documento auténtico de esto acto administrativo de Garay, que fueron en número de 64 los agraciados, y que la recompensa consistió en dar a cada poblador una tribu entera con sus correspondientes caciques a la cabeza, de las cuales once pertenecían a la dócil nación guaraní, otras tantas a la chaná, completándose el resto con nombres cuyo rastro no se encuentra en la historia posterior del país. Estas tribus no podían ser otra cosa que un rebaño humano en poder de [203] los capitanes, pasto de su avaricia, condenados al trabajo servil en provecho de unos extranjeros, que ni el derecho que en guerra daba en tiempos antiguos la victoria sobre el prisionero, podían alegar. Garay redujo a repartimiento los mansos habitantes agricultores de las islas del delta del Plata, y nada más; agravándose por este motivo la fealdad de la acción. En el padrón de los 64 caciques repartidos, no hay uno sólo de las tribus belicosas, como la Querandí o la Charrúa, a los cuales hubiera sido necesario domar antes de imponerles el yugo y la marca de siervos. El mismo fundador se adjudicó a sí propio, y a su hijo Juan, los menos resistentes, escogiéndolos, entre los que él llama «naciones» Meguay y Curucá.

Los indios independientes, al ver la suerte que a ellos también podía caberles, formaron, por sentimiento de amor a la libertad, la desgraciada coalición de que nos informa Centenera, como bien claro se deduce del hecho y de las circunstancias de la época a que corresponde. Pero el autor consigna la causa que atribuimos al alzamiento de Yamandú y Guazuialo, con palabras terminantes en boca de los elocuentes caudillos, presentes a la junta que declaró la urgencia de la alianza y la guerra:

En la junta concluyen, que conviene
que guerra a Buenos Aires hagan luego,
que si un punto la guerra se detiene
sujetos quedarán a pecho y ruego. [204]

No se conoce en la historia, asamblea alguna popular que haya tomado una resolución, ni más justa, ni más heroica, ni más ajustada al derecho natural de las naciones, que la Junta formada por aquellos bárbaros. Su triunfo habría sido el triunfo de la justicia; pero a haber tenido lugar, no podrían en este momento, disfrutar los manes de aquellos héroes primitivos, de la satisfacción de que en lengua española, y movidos por los sentimientos de la civilización cristiana, escribamos hoy en esta ciudad, que quisieron ahogar en la cuna, la apología de los móviles de su santa y legítima rebelión.

Si esta reparación no pareciere cosa seria, téngase presente que así son todas las reparaciones póstumas, especialmente aquellas con que la posteridad embalsama las víctimas de la fuerza triunfante. [205]




- VII -
No fue sin resistencia que logró echar Garay los cimientos de Buenos Aires. Los indígenas de las cercanías, y los valientes querandís, que eran más de casa, disputáronle palmo a palmo el terreno sobre que se dilata nuestra población a la margen del río de Solís. Por mucho que se esfuerce Azara, en nombre del buen sentido, en apocar esta resistencia, llevándole la contraria a Centenera, y suponiendo que las batallas consignadas por éste en su crónica, no son más que «adornos poéticos», nosotros no diremos como él: «Yo no las creo». Al contrario, leyendo el comienzo del canto XXI, de La Argentina con atención y despreocupadamente, quedamos penetrados de lo que allí se refiere, y persuadidos de que el autor dice la verdad, a punto de desaparecer de nosotros la duda suscitada por algunos sobre si estuvo o no presente Centenera al acto de la fundación de Buenos Aires. Sus cuadros son copiados del natural. Individualiza los hechos; señala prolijamente las personas, como por ejemplo la de Juan Enciso, «tan valiente en [206] la guerra como venturoso en amores», y todo esto con tanto candor y poco artificio en las formas, que no se deja traslucir siquiera la intervención de la inventiva, que no es por otra parte la dote más sobresaliente de nuestro autor. Nada tan natural como el sentimiento, la pena y las aprensiones que se apoderan «del guaraní» cuando ve pasar por sus aguas la expedición de Garay, destinada a tomar asiento donde entonces parecían transeúntes los conquistadores, señores ya de la Asunción y de Santa Fe: y no menos natural, que imaginase «deshacer con cruda ruina», la población fortificada, próxima a levantarse. Los guaranís, dice Centenera, pregonaron la resistencia, se juntó la gente circunvecina,

Y dieron a los nuestros grande guerra
los unos por la mar, otros por tierra.

Así que los compañeros de Garay desembarcaron en Santa Fe, en donde permanecieron algunos días a espera de los caballos que venían por tierra desde la Asunción, continuó su camino la armada hacia Buenos Aires, parte por el río, y por tierra los jinetes, formando «gran cabalgada de gente que no temía al frío ni al sol». Y como la expedición era «bien guiada», llegó al «puerto y lo poblaron», venciendo las dificultades que les oponía el terreno y «el gentío» naturales. Parece que Garay no traía consigo más [207] que una sola embarcación grande, acompañada de balsas y canoas, cuyos tripulantes se incorporaron a la gente de a caballo en la media noche de un día cuya fecha no ha tenido a bien indicar el cronista. Sin embargo, está aceptada como una verdad histórica, que la fundación de la Ciudad de don Juan de Garay, tuvo lugar el día de la Trinidad del año 1580, y que fue bautizada en el Estuario del Plata, en brazos del Pampero, con el nombre de Ciudad de la Trinidad y puerto de Santa María de Buenos Aires.

Los recién desembarcados no tenían techo sólido bajo qué guarecerse, sino tiendas formadas de telas «de algodón y de cañamazo», que los indios trataron de destruir y quemar por medio de flechas acompañadas de manojos, de paja encendida, como en los tiempos de Mendoza. Pero «los mozos», acudieron a defenderse con presteza, y dispararon contra los flecheros tan terribles cañonazos,

Que cierto figuraba por el llano
andar furioso y listo el dios Vulcano (125).

El viejo Taboba, «valiente y animoso», al frente de las fuerzas indígenas, daba a los suyos ejemplo de valor más desesperado, multiplicándose con la agilidad del gamo, y apareciendo en todos los puntos del combate y en medio de los [208] grupos de indios acobardados con el ruido y estragos de la metralla. Advirtieron los españoles que la influencia de este caudillo, su elocuencia y su tenacidad, prolongarían el asedio que repelían, y trataron de quitarle del medio, dirigiendo contra él una de las espadas más brillantes, la del mencionado Juan de Enciso; quien, enderezando su caballo contra Taboba, le cortó la cabeza de una cuchillada con la velocidad del relámpago. Al verse los indios sin el capitán que les alentaba, y con los cristianos ganando terreno, comenzaron a desfallecer y a tocar retirada con sus bocinas, huyendo a toda prisa perseguidos por sus vencedores.

Retirados los indios, y quedando en paz los pobladores, contaron como un hecho la firmeza de los nuevos cimientos de Buenos Aires, y comenzaron a repartirse la tierra entre sí. Esto es cuanto Centenera nos da a conocer acerca de las medidas tomadas por Garay para radicar sobre la propiedad del suelo la familia y la sociedad de que él fue el hábil y afortunado creador. Pero no escapa a la observación de nuestro cronista un hecho que merece ser consignado en las primeras páginas de la historia de un pueblo, llamado, por su situación, a ser un emporio de movimiento comercial. Uno de los primeros cuidados de Garay fue despachar a toda prisa para «Castilla», aquel mismo navío en que se habían transportado desde el Paraguay nuestros primeros [209] fundadores, mandando en él «recaudos de estas cosas», es decir una relación y noticia oficial de que a las márgenes del Río de la Plata, y allí mismo donde don Pedro Mendoza no había podido mantener la cruz y el estandarte de la conquista, quedaba fundado un pueblo de valientes hombres jóvenes y de buena voluntad que nada temían de la resistencia de los naturales a quienes acababan de arrojar al desierto. La «nave iba bien cargada de azúcar y de cueros», tripulada por gente contenta y voluntaria, dispuesta a regresar cuanto antes, y que confiaba poder burlarse del «corsario inglés», porque la nave era tan velera que parecía llevada por los aires:

Con viento sur en popa navegando,
por cima de las aguas va volando.

Tropezamos en este pasaje con dos versos enigmáticos, que pudieran dar lugar a curiosos comentarios, o cuando menos a despertar la curiosidad por conocer aquellos «recaudos» de Garay a que se refiere Centenera. Dice éste que «las maldades y los tratos de muchos fueron metidos en zapatos» con alusión clara, a nuestro entender, a las noticias comunicadas a la Corte. Y si esto de «meter en zapatos», significara violencia para someter las cosas a la voluntad o al interés de una persona determinada, podríamos deducir que don Juan de Garay hizo, [210] como todos los que gobiernan y conquistan, apología de las maldades y de la codicia aquellos a quienes había favorecido la fortuna y expuesto la vida, bajo sus banderas, para llegar a un fin que coronaba con un hecho inmortal su carrera de soldado, conquistador y fundador de pueblos.

Pocos pormenores más nos suministra nuestro cronista sobre estos primeros días de la fundación: pero insiste en pintar a los pobladores contentos, alegres y placenteros por haberse establecido en un sitio risueño sobre manera, en un clima semejante al de Sevilla, y en donde se producen todos los frutos de la península. En cuanto al «fuerte», nos parece que si anda exacto en colocarle,

Muy cerca de la playa y la ribera,

se deja llevar de la corriente del consonante al decir que le «hicieron torreado», si es que palabra significa en el vocabulario de Centenera, como en el de la lengua castellana, fortificación cercada o defendida con torres. Es de creer que nuestro ex fuerte comenzara por ser un pobre reducto de tapia, y más debiera al pisón que a la cuchara del albañil, cuando le vistieron los meros pañales, los ingenieros militares de Juan de Garay. [211]




- VIII -
Volvamos algunas páginas atrás, antes de despedirnos de esta crónica, para mostrar cómo es que su autor refiere, en su calidad de testigo presencial, uno de los episodios de la historia argentina a que han dado importancia los escritores más serios. La introducción al capítulo IX del libro 2º del Ensayo del señor Funes, en el cual se trata, como dice el resumen, de los «delirios de Oberá», está escrita con una solemnidad digna del estilo de quien narrase alguna de esas perturbaciones sociales en que la independencia del pensamiento humano ha logrado sobreponerse luchando con el error. Pero la materia no es digna del coturno histórico. Si en los versos de Centenera tiene el asunto de que vamos a ocuparnos, un atractivo que cautiva y disimula su fondo teológico, en el meritorio y circunspecto Ensayo de nuestro ilustre cordobés, fastidia, ya que por respeto a su dignísima persona, nos está vedado sonreírnos irónicamente al aspecto de su solemne apostura. [212]

Se trata de un indio ingenioso, elocuente como buen guaraní, y lleno de amor a la independencia y a la patria, quien fundándose en la doctrina y mitos que le enseñaban los catequistas, y él comprendía a su modo, «tuvo el sacrílego atrevimiento de atribuirse las principales circunstancias de Mesías, preconizándose por salvador de la nación Guaraní» (126).

Es notable y entretenido el contraste que forman nuestros dos canónigos historiadores, a la distancia de doscientos treinta y tantos años. A pesar de que ambos encaren el hecho como sacerdotes de altares, puestos en peligro por la ortodoxia fantástica de un salvaje; el uno es veraz y sincero, y el otro ostentoso y afectado a manifestar sus sentimientos. Durante el período que queda señalado, se establecieron y militaron con diversa fortuna en la tierra Argentina, las escuelas y la influencia de la orden jesuítica, y las letras y las creencias tomaron un tinte romano y retórico que no se nota descolorido en las páginas del Ensayo.

Permítasenos suponer, para que la comparación sea geométrica, la primera estrofa del canto vigésimo de Centenera, al primer acápite del citado capítulo nono del doctor Funes, que dice así: «No es cosa nueva que el espíritu de secta perturbe el orden público de una sociedad [213] a un mismo tiempo civil y religiosa... ni que las explicaciones absurdas, sobre los dogmas más sublimes y las verdades más abstractas, sirvan a engrosar la nube que los encubre y a ocasionar nuevos errores». El autor de La Argentina, empleando comparaciones sencillas y poéticas, tomadas de las cualidades de la abeja y de los reptiles, nos dice que así como aquella convierte las flores en miel dulce y sabrosa y estos en ponzoña, del mismo modo la herejía mal intencionada extrae el error del jugo de las flores de la Escritura Sagrada. Y por esta razón, agrega, es cosa clara que debe explicarse la fe a los indios con llaneza, pues a ejemplo de lo que aconseja el «muy preclaro» San Pablo, así como al niño no debe dársele pan con corteza, tampoco debe suministrarse a la conocida rudeza del indio más que la leche de la fe para que le haga provecho. Así es como el poeta critica la conducta del clérigo idiota (127), Martín González, ignorante supino, que no sabía declinar musa musae, y predicaba a los indios, cómo fue rota la torre de Babel, y cómo David, con una débil «hondilla», venció al gran Goliath a pesar de su vestidura de acero; y ...otros misterios altos, bellos,
que al indio no se sufre tratar dellos. [214]


Oberá, tomó de estos ejemplos lo que le convenía, y personificando, probablemente, a los españoles en el gigante filisteo, y a sí mismo con el que pudo derribarle de una pedrada, concibió el proyecto de levantar a su nación en masa contra sus opresores. Como su nombre significa «resplandor», aprovechando de la circunstancia de haber aparecido un cometa en la dirección del ocaso, hizo creer a sus gentes que la pavorosa y luciente señal, no había desaparecido del horizonte para perderse en el espacio inmenso, sino que él, en fuerza de su ciencia y poder la tenía «escondida en un cántaro», y por consiguiente «a su completa disposición», como quiere el deán Funes. Vendrá tiempo, decía a sus turbas, en que sacaré al cometa de su escondite y por medio de su influjo triunfaremos de los cristianos. Apellidábase hijo de Dios, concebido y dado a luz por una mujer, virgen antes y después de un parto. Dio el título de Papa a un hijo suyo llamado Guiraró, que quiere decir palo amargo, descargando en él las funciones de Pontífice. Éste, tomando a lo serio su oficio, bautizaba de nuevo a los indios reducidos, cambiándole los nombres del almanaque católico por los hermosos y significativos usados por los guaranís. Estos sacrilegios y blasfemias le hacían temblar la mano a nuestro cronista al referir «con verdad» lo que practicaba y decía aquel «diablillo».

Oberá se echó a predicar la libertad, la independencia, [215] y su doctrina religiosa por todas partes, y los indios de «repartimientos» se le juntaron y lo seguían, de manera que a poco andar, la tierra toda se vio levantada como un solo hombre y con un solo propósito. Para tener contentas a las multitudes que se congregaban a la voz de este apóstol de los bosques, mandábales que bailasen y cantasen himnos en su alabanza, de los cuales cantares nos ha conservado el cronista el más general y conocido. Cómo sería de irresistible el torrente de la sublevación, que, según se infiere de una nota de La Argentina (128) su mismo autor enmendó uno de esos cantares agregándole «¡el dulce nombre de Jesús!» (129). Y bien apurada debía ser la situación de los conquistadores, pues don Juan de Garay en persona, al frente de 130 soldados escogidos, salioles al encuentro, situándose al comenzar su campaña en la «fuente de los lirios», en los orígenes del Río Ipané. Apenas habían extendido sus toldos los españoles, y entregádose a descansar de una larga jornada, fueron sorprendidos por dos indios robustos que salieron de repente de la espesura del bosque, y uno de estos, tomando la [216] palabra, les dice así: «Debiéramos castigar y escarmentar vuestro altivo atrevimiento y vuestra presunción. ¿Cómo os aventuráis a llegar hasta aquí con tan poca fuerza? Pero venimos a desafiaros, desnudos, sin más armas que nuestras picas. Así como nosotros no traemos arcos, apagad vosotros las mechas, y con lanza, con espada, o a brazo partido, hagámonos pedazos, aquí, sin demora. Somos dos; salgan de entre vosotros otros tantos, tres, cuatro, si quieren, que nosotros ni por temor, ni por ruego, hemos de afrentar a nuestros parientes». Pitum se llamaba el uno, y Coraci el otro de estos dos guerreros guaranís.

Apenas terminadas estas razones, raudos como el fuego, saltaron al terreno dos diligentes mancebos, Enciso y Espeluca, con

«sus espadas
en las bravosas manos empuñadas».

Así como los vieron salir tan esforzados y gallardos, les arremetieron los provocadores con la lanza calada, llenos de rabia y de furor; pero fueron recibidos con tanto ardid, maña y osadía que se trabó la pelea de un modo digno de que el mismo Marte la presenciara.

Enciso se tomó con Pitum y Espeluca con Caraci. El primero de estos dos indios era ágil que saltaba como si volara por el aire, y cada arremetida abría un agujero en la rodela del contrario a quien puso en duros aprietos. Tal [217] vez le hubiera vencido a no perder la mitad de la lanza al golpe de la espada de Enciso. Alentado éste con la desigualdad de las armas, tirole a Pitum un golpe al vientre que el salvaje recibió sin desmayar, antes por el contrario, «sacando fuerzas del corazón», viéndose desfallecer, y acosado por su contendor, se arroja sobre éste para apretarle y deshacerle entre sus brazos. Conociéndole la intención por los ademanes, comenzó el cristiano a herirle de alto abajo, cercenándole la mano con una cuchillada asestada a la cabeza. Así herido y mutilado, se resiste aún a abandonar la liza, y ciego de rabia más parece preferir la muerte que salvarse huyendo. Sin embargo, el pobre Pitum, que al fin no es un paladín ni un caballero andante esclavo de la honra, así que se convence que sus esfuerzos son vanos como su rabia y sed de venganza, atormentado por el dolor, arroja despechado el trozo de pica que oprimía con la mano sana, vuelve las espaldas al cristiano, huyendo por el llano a gran prisa. Coraci que se encuentra solo en la arena, imita a su compañero y

Aprieta con más fuerza que el Eolo,

no in haber dado muestras de un ánimo «encrudecido y bestial», y después de haber puesto en serios conflictos a su adversario, a quien llevaba ventaja en las fuerzas corporales, y tuvo por largo rato de rodillas a punto de derribarle. Gracias [218] a la superioridad de las armas, que si no aquel habría sido el último día de Espeluca que debió su salvación a las crueles heridas que pudo hacerle al indio, con la espada, mientras éste hacía esfuerzos con los brazos desnudos para postrarle en tierra. Garay favoreció la huida de los vencidos prohibiendo que les persiguieran los encarnizados vencedores.

Más de diez octavas emplea el poeta en la descripción de esta lucha, pasando alternativamente de Pitum a Coraci y de Espeluca a Enciso, sin que estas idas y venidas den mayor movimiento a su narración, ni bulto y especialidad a los grupos y actitudes que debieron ofrecer aquellas dos parejas tan desiguales en táctica como en armas. La especie de cartel oral de desafío con que Centenera abre la escena de este episodio de su poema nos trae a la memoria uno semejante que se encuentra en el olvidado poema de Juan Rufo Gutiérrez, titulado La Austriada, con la diferencia de que, en este, es un turco quien provoca y denuesta al soldado de don Juan de Austria, Diego de Leiba, sin que lo haga en los conceptos de mahometano, comparados con los del indio interpretados por la pluma de nuestro poeta (130).

La Austriada debió ser obra conocida y leída por Centenera, y probablemente una de [219] las que lo tentaron a rimar en vez de escribir en prosa, porque el poema de Rufo no es otra cosa más que un cuento, arrastrado penosamente por su autor, sin artificio, sin intención poética ninguna, desde que los moriscos se rebelan en Granada, hasta que los turcos son vencidos en Lepanto. El historiador en verso del glorioso bastardo de Carlos V, merece tener por discípulo al cronista cantor del chiriguano. Los poemas de uno y otro gravitan hacia el olvido; pero La Argentina se salvará de él sostenida por la fuerza del amor de patrio de quienes la contamos entre nuestros primeros anales.

La Victoria de los lidiadores cristianos tuvo un gran influjo moral a favor de las armas de los españoles, porque vueltos a sus tolderías los dos indios dando cuenta del resultado del desafío, introdujeron la anarquía y el desaliento, tanto con las palabras, como mostrando el uno la mano y el otro el ojo que llevaban de menos:

Pitum, perdí mi mano, la derecha,
dice, y estotra nada me aprovecha...
El Coraci con ansía dolorosa,
echad, dice, señores en remojo
las barbas, pues que veis cual va la cosa,
que me cuesta el reencuentro el diestro ojo.

No hay gente, añadía, más belicosa que aquella, y ser hijos del sol, porque son bravos como los tigres y los leones. [220]

El «Gran Tapuy Guazú», que debía ser a un tiempo el cacique principal y el sabio y sacerdote de aquellas tribus acampadas en el Ipané, oyó con serenidad y profundo pesar la relación desconsoladora de los dos guerreros, y «soltando la voz triste y lastimera», recordó a los suyos que, en atención a su edad avanzada, se hallaba naturalmente cercano a su último fin, pero que era conveniente, que aquellos dos mancebos que habían tenido la desgracia de sobrevivir a su derrota, le llevaran la delantera; y mandó incontinenti encender dos hogueras en las cuales quemaron vivos a Coraci y a Pituni. Después de ejecutada esta sentencia, que parece no fue apelada por nadie, convocó Tapuy Guazú una Junta, cuya apertura hizo él mismo con un discurso demostrando la conveniencia de obrar con madurez en la situación en que se encontraban, y de escuchar el parecer de todos, a fin de tomar el partido más prudente. Dejando la palabra, la cedió a Urumbia, sin que éste la solicitara, puesto que si levantó «al tin la ronca voz», fue porque así lo ordenaba Guazú, cuyo enojo temía. El orador dijo que habiendo considerado el caso con la debida detención, consultado las estrellas, los planetas y también los cometas errantes, y tomado en cuenta lo que la experiencia mostraba, era de opinión que no había fuerzas capaces de detener el poder soberbio de los cristianos, y que estaban ellos, como tantas otras naciones, expuestos a caer bajo el [221] vasallaje de los conquistadores. En consecuencia, dijo también, debemos recibir con gozo al enemigo, y ya que se presenta fuerte, tomémosle como a buen y fiel amigo, que si no lo hacemos así no faltarán otros que lo hagan y crecerá el número de nuestros contrarios con el de los que se alíen con él.

No cuadró muy bien este consejo a los vocales de la Junta; pero como salía de boca de Urumbia, a quien reverenciaban por sus canas y por sus hechos heroicos y afamados, disimularon el desagrado, aunque no tanto que no se advirtiera el mal ceño con que Curemo, reuniendo a sus hijos varones se separó de allí, sin pronunciar una palabra, y se internó con toda su gente entre los pajonales de una laguna inmediata. Sólo allí consideraba en seguridad a sus mujeres e hijos, y allí tuvieron que ir en su busca los mensajeros de Tapuy Guazú que había dispuesto, bajo pena de muerte, que nadie se apartase de la junta, y que continuasen manifestando en ella su parecer cuantos tuviesen la obligación y el derecho de opinar en los grandes conflictos de la nación. Berú, indio muy fuerte y de gran valor, fue el más empeñado en el de Curemo a la Junta, pues conocía el acierto en el consejo y la bravura en la guerra que distinguían al guarecido en los pajonales. Pero éste no cedió a las instancias y al mandato, antes de asilar bien a su familia, y de obtener de sus hijos varones la promesa de defender su «asiento» [222] hasta el último trance, diciéndoles que era preferible una «buena muerte»,

que vil y desastrada y triste suerte.

Mientras tanto, Garay se acercaba a toda prisa enmedio de la grita y vocería de sus soldados, de modo que temerosos y acobardados los indios, tomaron la huida, a excepción de Curemo, que con entereza y brío esperó a los españoles para persuadirles que no les convenía asentar sus reales en aquel lugar, sino en otro distante de allí como veinte leguas, pasado el «famoso río» Yaguay, en donde abundaba todo lo necesario para la vida. Garay cedió a las demostraciones de Curemo, y montando a caballo, con gran alegría por parte de éste que deseaba verle lejos de allí, emprendió de nuevo su marcha conducido por los guías que el indio sagaz le había proporcionado. Garay y sus gentes atravesaron el Tacuarí, que es «supremo entre los otros ríos», y llegaron contentos a la nación de los Tapuí Miries. Estos infelices, ni soñaban siquiera en la proximidad de los españoles de manera que fue para ellos grande la sorpresa cuando en la madrugada del día siguiente, a la llegada de Garay, fueron despertados del sueño del inocente al ruido de los arcabuces y al bote de las lanzas, que no economizaban la sangre de las mujeres ni de los niños. Cuando los indios adultos volvieron en sí de la sorpresa, y acudieron a sus arcos, ya era tarde, y no les quedó otro recurso [223] que entregarse como cautivos. Cuatro pueblos sometidos y

quinientas y más piezas fue la presa,
que vino desta vez cautiva y presa.

Estas gentes, (y en esto insiste nuestro autor) valientes y aguerridas y nunca conquistadas, aunque cultivaban la tierra, y solo muy descuidadas pudo vencerlas Garay con tanta facilidad.

Alegre y apacible y muy graciosa
la tierra por aquí vimos, poblada
de frescas arboledas, y abundosa
de caza, y nunca ha sido conquistada.
La gente es labradora, y codiciosa
de guerra, y es en ella muy versada;
más tómalos Garay muy descuidados,
y así pudieron ser desbaratados.

Los de Tapuy Guazú, eran enemigos encarnizados de los Tapuí Miries, y aquellos supieron, por consiguiente, con mucha satisfacción, el buen éxito de los consejos dados a los españoles por el astuto Curemo, que logró se descargara la tormenta sobre otras cabezas que no fuesen las de su tribu y familia. Este rasgo de prudencia y de habilidad había envanecido a los que abogaron en la Junta por las medidas pacíficas y disimuladas, y fue ocasión para que los caciques Urambia y Curemo disputasen sobre cuál de los dos había pesado más en la balanza al discutir las conveniencias de la paz o de la guerra. Esta controversia, que comenzó [224] con alegatos de palabra, acabó por un desafío y combate singular en que se guardaron las reglas de estilo, que ya nos son conocidas. Tocó a Urambia señalar las armas, y eligió la pica, la macana (131) y la palometa (132). Llegado el día entraron los combatientes a la palizada acompañados de sus padrinos y comenzó la lucha al son de una «ronquísima corneta».

No creo, dice Centenera, que se llevaran un año en edad aquellos dos guerreros, ambos muy viejos y blancos de canas. Era de ver el concierto y el ánimo con que combatían, encarnizados como alanos de Irlanda y con una sed de sangre propia de tigres hircanos. Los golpes que se disparan son fieros y terribles y «donde aciertan no dejan hueso sano»; de manera que los espectadores están persuadidos de que ambos quedarán allí muertos.

Con tal concierto se herían que parecían los dos ser uno solo, Curemo, al comenzar, tuvo la pica partida en dos pedazos; pero apretando con fuerza la macana, espera esforzado al enemigo. Urumbia cala la pica, y hubiera atravesado con ella el vientre de su contrario, si éste no evitara el golpe dando un agilísimo salto de lado que [225] burló aquel tiro mortal. Su posición era desventajosa; pero le sobran ardid, esfuerzo y valor. En fin, la sangre de los encarnizados ancianos cuajaba sobre la verdura del prado, y como el sol comenzara a encubrir su rostro luminoso, y se acercaba la obscuridad sin que aquel combate se decidiese del todo, ni por una ni por otra parte, dispusieron los jueces que se aplazase para el siguiente día. Pero, a la luz, se manifiesta el estado en que se hallaban los caciques rivales. Estaban ambos mal heridos, y con tal empeño de continuar la porfía, que si hubieran vuelto a las manos era segura la muerte para uno y otro. En vista de esta situación, y del coraje igual mostrado por ambos caciques, determinaron los jueces, adjudicarles la victoria y la honra, como si salieran vencedores contra un tercero, declarándolos buenos y excelentes en el valor. Esta sentencia fue aplaudida por el concurso, y entonces el principal de los jueces cerró toda apelación contra ella con estas palabras:

lo que he dicho pronuncio y lo sentencio,
y pongo al caso fin aquí, y silencio (133). [226]

La suerte desgraciada de los tapuí miries, puso en cuidado al Cacique Guayracá, indio sabio, muy astuto y valiente, y convocó las gentes de las riberas boscosas del Ipané, que estaban bien pobladas, según la exacta estadística que de los combatientes reunidos por aquel cacique nos hace nuestro historiador. Yaguatati acudió con más de dos mil, Yacaré y Tupucagú no se quedaron atrás, pues ambos se incorporaron con un total de setecientos hombres de pelea. Al pie de cinco mil fue el número redondo de los indígenas armados que respondieron oportunamente al llamado del valientísimo y hábil Guayracá. Este ejército, no tenía por objeto tomar la ofensiva sobre el enemigo, sino defender el país y las familias, pues en vez de ponerse en marcha o de formar un campamento abierto, se hizo fuerte dentro de una fortaleza abastecida de víveres suficientes, y construida con tanto arte que Centenera atribuye a Satanás su idea arquitectónica. ¿De dónde, si no, dice con mucha formalidad, pudo Guayracá, sacar el modelo y la invención de un fuerte fabricado con defensas de trincheras, fosos y bastiones, no habiendo [227] estado nunca ni en África, ni en Italia, ni menos en Castilla ni Vandalia?

Lo que hay de cierto, es, que la inspiración del cacique era hija de la necesidad y del sentimiento de la conservación de la familia, y del amor a la independencia; pues, como ingenuamente lo confiesa el poeta mismo, el fuerte fue levantado en la espesura de los bosques, y con esa solidez que causaba admiración a los españoles, al objeto y propósito de «librarse la gente indígena de la gente cristiana». Observaremos aquí, que estando a este relato, la sublevación general de los partidarios de Oberá, no se muestra tan clara, ni bajo el aspecto que la dan los historiadores, puesto que estas medidas defensivas, y el armamento encabezado por el cacique del Ipané, es posterior y manifiestamente motivado por la conducta agresora y cruel de los destructores de tres pueblos de aquellas comarcas, y del cautiverio de quinientos bárbaros, reservados a esta suerte por «cansancio de matar», como lo dice por su cuenta y de propio movimiento nuestro moderno historiador citado antes (134). Pero conducido éste, probablemente, por el hilo con que el padre Lozano teje la trama de esta parte de la historia de la conquista, anuda los movimientos defensivos de las tribus al pensamiento del sectario Oberá, cuyas ideas religiosas [228] no eran más que una nueva forma del íntimo sentimiento de la independencia de que estaban poseídas las desgraciadas naciones que resistían la civilización europea impuesta con sangre y crímenes.

Creyéndose invulnerables los de la fortaleza, esperaban, confiados, y aun deseaban el ataque de los españoles, y mientras tanto gastaban el día y la noche en aumentar las obras de defensa y en ejercitarse en el manejo de la flecha, el dardo y la pica, al compás de los atambores, las bocinas, y el «maracá», que consistía en un «calabazo lleno de chinas, muy compuesto con plumería, con el cual tañían a compás y se acompañaban para cantar».

Los españoles no se hicieron esperar mucho, y Garay, al frente de ellos, llegó en un momento propicio para sus armas, pues encontró a la gente «guayracana» entregada a una especie de fiesta, con cuyo rumor y algazara llenaba los bosques e indicaba el lugar donde se hallaba, que era un extenso y verde soto a la extremidad de una vega. Aquella gente «estaba ciega», en el momento en que la española cargó sobre ella y la desbarató. Los varones pusiéronse en huida, probablemente en dirección a la fortaleza; pero viendo el peligro que amenazaba a sus mujeres e hijos, se contuvieron, y aunque en desorden, trataron de defenderse, venciendo el pavor que les causaba el tropel de los caballos [229] y el eco de las trompetas que no eran, como las de ellos, de caracoles retorcidos.

No sabemos por qué regala nuestro doctor Funes, con el epíteto de imbécil al General Guayracá, quien a estar al texto de Centenera, no se mostró en este lance indigno del buen concepto que le merece como valiente y hábil. No sabemos qué más pudo hacer que lo que hizo. Viendo la completa dispersión y acobardamiento de sus soldados, sorprendidos fuera de la fortaleza, los anima a que resistan y formen en batalla, y cuando ve que son inútiles sus esfuerzos, y que los españoles «le escopetean» de cerca y directamente a él, entonces el «perro viejo», inspirado por la «destreza», que era una de sus virtudes, se esconde o guarece en el grueso tronco de un árbol. Y la prueba de que aún en aquella pellejería y escondite no desmayaba ni perdía su sangre fría, es, que tuvo ánimo y pulso firme para tender su arco y disparar una flecha al pecho de don Juan de Garay, quedando tan confiado en su buena puntería y fuerza de brazo, que junto con el silbo del proyectil pudo escuchar el general español estas palabras que le dirigía el cacique: «abandóname al campo, ya ves que te he clavado». Pero nuestro don Juan estaba destinado para echar los fundamentos de Buenos Aires y aún no se había aguzado la flecha que pudiera herir su noble pecho. El cacique puso en evidencia el cuerpo al disparar su proyectil [230] y soltar su bravata, y entonces, el ya conocido Enciso -famoso matador de indios a pie y a caballo, con lanza o con espada, cuerpo a cuerpo o traidoramente- disparó su arcabuz a la cabeza de Guayracá y le derribó al suelo redondo.

No todos los indios se mostraron desalentados en esta embestida de sorpresa, pues los caciques Yaguatati, Mairayú y Cuyepeí, se portaron como valientes y pusieron a mal traer a las primeras espadas de los escogidos soldados de Garay. Yaguatati, embravecido como un toro cerril de Jarama, se metió entre los españoles, y no bastaron a contenerle Valderrama y Osuna, sino después que le cribaron el pellejo a cuchilladas. Viéndose rendido y sin fuerzas el heroico indígena, se atravesó el pecho con su propio dardo, diciéndoles a los dos españoles contra quienes había combatido solo: «no tendréis la satisfacción de matarme».

Cuyapeí tuvo también que resistir, por su parte, a otros dos españoles, a Castillo y Valenzuela, y no consiguieron vencerle sino a «pelotazos», es decir a bala, contestando con fierro y pólvora a las flechas de madera y punta de piedra que les disparaba el infeliz y denodado cacique. Mairayú, se trabó en combate singular con Luis Martín, el de «ánimo lozano», natural de Trujillo, cuyo desenlace fácil de preveer fue la muerte del indio, que cayó clavado por la espada de su adversario [231] quebrándola con la pesadez del cuerpo, porque no pudo sacársela el español, a pesar de los mayores esfuerzos. Entre todos los guerreros cristianos se señalaron, especialmente por su sed de sangre indígena y su fanatismo, dos, cuyos nombres nos ha conservado Centenera, creyendo recomendarlos a la posteridad. Ella fallará en mérito del tenor de esta octava roja:

Bañuelos de esta hecha, y Espinosa,
el infierno poblaron de paganos,
y viendo que la gente temerosa
discurre sin consuelo por los llanos,
viniendo ya la noche tenebrosa,
volvieron al real libres y sanos;
empero de la sangre que han vertido
teñido el rostro, manos y vestido.

El poeta fue testigo, poco conmovido y más presencial que nunca, de cuanto narra con tan pacientes pormenores, en el presente canto. En este día de cuchilladas y botes de lanza, andaba él también mezclado y confundido con los combatientes, dispuesto en razón de su oficio, a prestar los auxilios espirituales a las almas de los españoles, expuestos a cada instante a presentarse en el otro mundo coronados de sus victorias contra infieles. Centenera cabalgaba un alazán, sin duda menos asustadizo que aquella mula que le derribó en el lance del terremoto de Lima; estaba vestido de blanco, con sombrero de paja, [232] y armado, como el «compañero» que llevaba, de una escopeta, larga, y de buen acero, suponiendo que fuese de Vizcaya. En este equipo se encontraba, cuando tuvo la satisfacción de salvar a un infeliz indio apadrinándole contra dos delitos de muerte en que incurría, como soldado valiente de la rebelión, y como «sacerdote y santo» de la nueva doctrina religiosa del reformador Oberá. El tal indio, trayendo una cruz en la mano, y mucho miedo en sus adentros, se acercó a Centenera, y pegándosele al caballo y al estribo, comenzó a decirle con grandes sollozos: «Por el Dios soberano que murió en esta cruz, valedme señor Arcediano, que me quieren matar».

Valiole el escogerme por padrino,

dice el buenísimo de Centenera, quien aprovechó de los informes de su ahijado -que había servido de criado en la Asunción a Bartolomé Barco de Amarilla, y había huido acompañado de otros paisanos y tomado partido con los alzados de Oberá- para conocer a fondo los errores dogmáticos de este cacique y poner remedio al daño espiritual que podía causar. Supo por el misino ahijado, que andaban con Oberá y dándole crédito, algunos mestizos, entre ellos uno portugués, que predicaba herejías contra el «Misterio Santo Consagrado», y esta noticia avivó el celo evangélico del Arcediano, no dándose reposo hasta que logró rescatarlos, valiéndose astutamente de [233] la ladinez y ardides de un muchacho suyo, a quien mandó de espía o diputado cerca de los mestizos. Se portó éste tan bien, que atrajo al renegado mestizo portugués, a un espeso bosque, en donde el mismo Centenera le prendió una noche, le amarró y lo trajo al campamento bajo, «buen recaudo», esto es, con todas las precauciones que proporciona la posesión de una escopeta. Y obsérvese de pasada, cómo las armas de fuego, en manos de un Arcediano, pueden convertirse en instrumento de salvación para las conciencias.

Una consideración más seria nos ofrecen las presentes páginas de La Argentina, y es, que la historia de segunda mano se resiente hasta en la exposición de los hechos, de la disposición del paladar que bebe en la fuente genuina de la crónica. Si la pasión o la debilidad de juicio afea a ésta con frecuencia, hay en ella, y en abono de estos defectos, franqueza y desnudez de todo artificio, de manera, que siempre se trasluce la verdad por entre sus páginas llenas de candor. Pero, cuando el historiador, llevado de un fin y con un propósito determinados, juega con los acontecimientos, no para decir lo cierto sino lo que le conviene presentar como tal, entonces es difícil defenderse contra el engaño, porque obra sobre nuestro juicio con aparatos ingeniosos, y con una táctica sabia, propia de los escritores avezados, logrando vencernos y engancharnos en [234] sus banderas. El final del canto XX de nuestro poema, da al traste, en poquísimas palabras, con toda la fábrica guerrera que sobre el nombre de Oberá han levantado los historiadores. Los soldados españoles en la gran campaña que emprendieron contra aquel descreído, ni una sola vez le vieron la cara, ni tropezaron con sus parciales verdaderos, armados y congregados en defensa de su independencia, como realmente lo estuvieron. En quienes hicieron estrago los soldados de Garay fue en los bravos Guayracanos, aquellos que se hicieron fuertes, construyeron admirables defensas y procedieron como hombres que aman el suelo en que nacieron, y sucumbieron en él defendiéndolo. Sobre estos obtuvieron triunfos fáciles y sangrientos los españoles, llevándose por centenas los cautivos:

el guayraca que hizo palizada
quedó muerto y su tierra desolada,

y esta fue la victoria que los compañeros de Garay fueron

alegres, placenteros y gozosos,

a celebrar con fiestas y halagos de la vanidad militar, a la ciudad de la Asunción. Aquél que se fingía Papa, así como sus compañeros, dice textualmente Centenera, jamás hicieron pie ni esperaron a los cristianos, a pesar de ser numerosos y buenos [235] flecheros. Salían de los bosques a recorrer a informarse de lo que pasaba; pero así que sentían los arcabuces, regresaban y se guarecían nuevamente entre sus árboles queridos, a las orillas de sus arroyos abundantes en aves de caza y en regalados peces. [236]




- IX -
No hay inmodestia en compararse con un insecto, y creemos poder decir, sin faltar a la moderación ni a la verdad, que hemos revoloteado como abeja afanosa, por el campo árido de La Argentina, cosechando alguna miel para dar sabor a la historia de los hechos y de las costumbres de antaño. Tiempo es ya de volver a la colmena, y de cumplir el compromiso contraído de dar algunas noticias sobre la persona del autor y sobre el libro cuyos versos enigmáticos ha intentado descifrar nuestra prosa.

A falta de noticias biográficas sobre don Martín del Barco Centenera, apelaremos a las relaciones del mismo interesado, sembradas a veces en sus octavas sin advertirlo él mismo. Sin embargo, no pasa tan desapercibido su nombre en los fastos de la literatura peninsular, que no se registre en ellos, aunque en libros de difícil consulta o en diccionarios biográficos, escritos con escaso esmero y caudal de datos fidedignos.

Uno de estos diccionarios, publicado en Barcelona el año 1831, comete la distracción de llamar [237] «Manuel» al que es Martín; pero le perdonamos la falta por el mérito de hacernos saber que Centenera es autor también de un libro en prosa titulado: Desengaño del mundo, y que de esta producción de moralista, y de La Argentina habla con elogio Alfonso Fernández, en el lib. 3º, cap. 23 de su historia de Valencia, a pesar de la distancia que media entre el reino de León y las provincias de Extremadura: el tiempo ajustará estas medidas.

Don Pedro de Angelis, primer editor bonaerense de La Argentina, es lacónico y exacto en las noticias que da de su autor en el Discurso preliminar, según el cual «nació Centenera en Logrosán, partido de Trujillo (135), por los años de 1535, cuando se fundaba por primera vez Buenos Aires, de que estaba destinado a cantar la reedificación. Abrazó el estado eclesiástico, y en clase de capellán acompañó la expedición que en 1572 salió del puerto de San Lúcar, bajo los auspicios del Adelantado Juan Ortiz de Zárate». Residió en América 24 años.

Vamos ahora a tratar de descubrir qué hizo, qué vio, cuál fue su conducta en el nuevo mundo, cuáles sus aventuras personales, su carácter y su instrucción literaria, en cuanto puede colegirse de su Poema, leyéndole con atención, y con paciencia sobre todo. [238]

Pocos españoles han atravesado el Atlántico en demanda del Río de la Plata, que hayan tenido un viaje tan penoso como el de Centenera, no debiendo creerlo así, cuando con las prerrogativas de sacerdote y de capellán se embarcó a bordo de las naves del tercer Adelantado don Juan Ortiz de Zárate. Rico en bienes de fortuna, y experimentado en asuntos de guerra y administración, no podía presumirse que anduviera tan desacertado como anduvo en el armamento en la elección de la gente de la expedición que él en persona formaba y dirigía. Los buques de Zárate, según el testimonio del mismo Centenera, estaban «mal aderezados». A su bordo, como fardos mal estivados, se mezclaban y confundían las personas de toda edad y sexo, tratadas «como condenados a muerte». Los casos fortuitos, unidos a la imprevisión de los armadores y la inexperiencia de los pilotos, azotaron las naves con furiosas tormentas, y a los pasajeros con enfermedades ocasionadas por las prolongadas calmas de la zona equinoccial. Por torpeza de los encargados de dirigir la derrota, anduvieron aquellas desventuradas naves, durante muchos días, sin concierto, sin rumbo ni dirección fija, hasta que los vientos, y no la ciencia, las condujeron a un puerto del Brasil, en donde se dispersaron. En este puerto tuvo ocasión Centenera de conocer y tratar al famoso misionero portugués José de Anquieta, cuyos talentos y virtudes [239] pregonan los escritores brasileros antiguos y modernos.

La malhadada expedición siguió rumbo al sur y abordó a la isla de Santa Catalina; en donde, escaseando, o consumidas del todo las raciones, fueron abandonadas las gentes a todos los horrores del hambre. Centenera participó de estas miserias, como cualquier otro, y presenció, no sin protestar contra ellos, los castigos de muerte impuestos a los infelices que desertaban al interior del país, acosados por la necesidad, en busca del alimento que proporcionaba la lozana generosidad de los bosques.

Afligido el espíritu de Centenera, ante aquel cuadro sombrío, cae en tristeza y con palabras que expresan una verdadera melancolía, recuerda que en aquella misma estación de marzo, las mieses y ganados de Extremadura, recompensan los afanes del agricultor, colmándose los graneros y abasteciéndose las mesas. «El hambre; la perra, rabiosa hambre» como ella llama, fue su espectro atormentador, siempre presente y agrandado en su fantasía, por haberlo experimentado mil veces en América, en su viaje, en las guerras con los indígenas, y aún en el seno de un Concilio en la ciudad de Lima.

Atenidos los españoles a los víveres que arrancan violentamente a los naturales, y en la imposibilidad de cultivar la tierra, no manejando otros instrumentos que el mosquete y la espada, [240] estaban condenados a mantener la vida con los vegetales espontáneos del terreno que pisaban, conquistado a precio de sangrientos combates. Los conquistadores de la expedición de Zárate llegaron a comer carne humana. Centenera habituó el paladar a los manjares más repugnantes, como lagartijas y gusanos, que llegó a saborear cual si fuera carne de cabrito tierno o mantequilla de leche de vaca.

«Es hambre enfermedad la más rabiosa
que puede imaginar ningún cristiano» (136).

Tuvo razón Virgilio al colocarla a la del infierno como inspiradora de malos consejos, (malesuada Fames). El mismo Centenera nos da una prueba del despotismo que ejerce el estomago hasta sobre las conciencias de los capellanes y misioneros. Una vez, una mujer llamada Marina, perteneciente a la gente de Zárate, había robado un perro para echarlo en la olla; pero contenida por los remordimientos, acudió a su capellán y compadre consultándole el caso. La contestación que éste la dio solo puede justificarse por la necesidad mancomunada de dos estómagos vacíos: «asad señora el perro y comeremos» (137). [241] El señor Angelis, copia este pasaje en su discurso preliminar para «dar una idea del genio festivo del poeta», y en esto no tiene razón, porque si algunas veces provoca a risa el poeta no es por agudo ni decidor sino por sencillote y cándido.

Era a la vez capellán castrense y misionero («catequista»), y como tal hallose expuesto con frecuencia a todos los peligros de la tierra y del desierto. Su presencia era indispensable en medio de las batallas, para auxiliar a bien morir a los cristianos, que caían al golpe de las flechas o de las macanas de los indómitos indígenas del Río de la Plata. Las balas de sus mismos compatriotas pusiéronle la vida en peligro, silbándole a la altura de la cabeza. Los «furiosos» payaguás le hicieron prisionero; y en una ocasión, luchando en una balsa contra la corriente del Uruguay, estuvo en eminente peligro de ahogarse porque no sabía nadar, y «creyó que en aquel día había llegado su fin». Centenera habla de estos serios conflictos, [242] sin jactancia ni extremada timidez, cuidando de tener limpia la conciencia, como confortativo para arrostrar con entereza los riesgos y aun la muerte. «Cuando la tenía al ojo, entonces medía la conciencia más que nunca», dice en el Canto XVII, y ya hemos visto las filosóficas consideraciones que en ese mismo lugar de su poema le sugiere la eterna despedida de este mundo, rivalizando por casualidad con el más profundo de los poetas ingleses.

Como misionero catequista fue desgraciado, o no quiso hacer gala de esas conquistas espirituales con que los de su oficio en América han llenado las crónicas escritas en los claustros. Parece que no se empeñó mucho por derramar el agua del bautismo sobre cabezas idólatras, sin duda por estar convencido de que esta ceremonia es de mera forma para los que continúan en la vida salvaje, puesto que la verdadera redención del alma se obtiene practicando los preceptos de la doctrina de Cristo, que sólo imperan en el hombre civilizado. El error de los conquistadores españoles, y de sus reyes, consistió en querer hacer de los indios seres creyentes en los dogmas de la religión católica, antes de traerlos a la vida regular y social por medio de los goces y ventajas de la civilización. Comenzar por la predicación de los dogmas, es lo mismo para los desgraciados indígenas que distribuirles sombreros, dejándoles el cuerpo sin camisa. Las irreverencias del sagaz Oberá, [243] narradas con tan cómica seriedad por el ilustre deán Funes, y con suma sencillez por Centenera, dan la medida de lo que produce en la inteligencia del hijo de la naturaleza la predicación de unos dogmas elaborados por la ciencia refinada de los Padres y de los grandes teólogos de la Iglesia. Oberá, se declaró el Cristo de los guaranís, hizo a su hijo Papa, y dejó atrás en materia de portentos y milagros a los más eximios taumaturgos: tomó un cometa y lo guardó en una calabaza para aprovecharlo en ocasión favorable. Los guaranís diéronle crédito, seducidos por su elocuencia, se alzaron, le siguieron, y sin la habilidad y arrojo de don Juan de Garay, hubiera fracasado para siempre la conquista en estas regiones. Yamandú, cacique también de prestigio entre las tribus del Río de la Plata, y «muy hablador», tampoco quiso aprovechar de la doctrina que con fervor le explicaba Centenera, porque según éste, era aquel «pagano un malvado» indómito e incorregible.

Si nuestro misionero y poeta, no nadaba como un pez, montaba a caballo como el mejor de los guerreros españoles, y «entraba a la jineta» en lo más crudo de las refriegas. En estas ocasiones, «vestía de blanco», defendíase de la intemperie con un gran «sombrero de paja» y de los indios con «su escopeta». Si una vez tuvo la desgracia de «romperse las quijadas», cayendo de su montura, no fue por poca destreza en cabalgar, sino [244] por el carácter medroso de su mula, que asustada al sentir repentinamente un temblor de tierra, echó a correr estando descuidado el jinete. Es de admirar la buena estrella de este hombre que, por espacio de veinte y tantos años, en país desierto, rodeado de los peligros inherentes a su situación, no sólo conserva la vida, sino una salud robusta hasta la edad de 60 años.

Recorrió una vasta extensión de la América meridional. Remontó los ríos Paraná y Paraguay, hasta quinientas leguas por las aguas de este último, por entre tribus belicosas y hostiles, sin poder hallar sus fuentes, que se escaparon a su anhelo (138), como se escapaban a los antiguos los orígenes del Nilo. Visitó gran parte del litoral brasilero, y devorando tantas o más leguas como navegó en el Paraguay, llegó a la Capital de Los Reyes, acompañando al obispo de la Asunción Alonzo Guerra, llamado al tercer concilio limense por el arzobispo del Perú, Mogrobejo. Con este motivo, como ha podido verse en el presente estudio, el ojo curioso y escudriñador de Centenera, «de cosas admirables codicioso», penetra en el fondo de las costumbres públicas y privadas del Perú, de Chuquisaca, de su capital, y con la traviesa veracidad de un niño, desnuda al famoso Concilio, remedo en América del Tridentino, de todo el barnizado aparato con que [245] nos lo presentaba la historia, arreglada a posteriori, mostrándonos, con la autoridad de testigo presencial, como las tapadas de Lima burlaron los cánones disciplinarios de aquella reunión de obispos devorados por pasiones e intereses que no pudo inspirarles el Espíritu Santo.

Este nuestro cronista, desempeña, para con la historia convencional y mentirosa, el mismo papel que hace desempeñar Cervantes al escudero de su héroe, visionario, iluso. Centenera es el Sancho de Lozano, de Guevara, de Funes y de otros menos anticuados, que, siguiendo a aquellos, a Xarque y a Montoya, propalan errores garrafales. Los miramientos desfiguraran la historia, ha dicho un célebre historiador idólatra de lo verdadero. Centenera no los tiene con nadie.

Llama salteador a don Pedro Mendoza, enriquecido «con dinero robado entre romanos», y nombra por su nombre la enfermedad que le obligó a regresar a España: «El morbo que de Galia tiene nombre». Si no fuera por él no conociéramos algunos defectos morales de nuestro fundador don Juan de Garay, puestos en transparencia con su conducta al regresar de Chuquisaca en procuración de los negocios de su pupila; por último, a él debemos también la relación minuciosa de los desastres de la expedición de Zárate de la cual es el único y veraz cronista, haciendo un verdadero retrato de este inepto y desventurado personaje. Para él los molinos de viento [246] no son gigantes, sino molinos de viento; las majadas de ovejas no son ejércitos; ni el bachiller Sansón Carrasco, el Caballero de la Blanca Luna. Santo Toribio Mogrobejo, que debió su canonización al empleo de gran inquisidor y a su valimiento con Felipe II, no es, según Centenera, más que un pobre hombre de carácter débil e indeciso, juguete de un charlatán de mal corazón, en uno de los actos más serios de su alto ministerio.

En su larga peregrinación, tuvo ocasión Centenera de tratar familiarmente a todos los capitanes y mandones del Paraguay y Río de la Plata, desde su llegada a estos países: al Adelantado, de quien era capellán, a don Juan de Garay cuyos méritos reconoce y de quien da preciosos pormenores biográficos. Asistió a la segunda población de Buenos Aires, presenció los últimos momentos de Zárate y casi todos los sucesos notables de la historia del Paraguay en su tiempo. El Perú le presentó nuevo campo a su curiosa actividad, y allí fue testigo del pavor que infundiera en las costas, y aún en las ciudades mediterráneas, la audacia de los famosos piratas ingleses, sobre los cuales suministra detalles desconocidos que recogerá la historia, cuando haya de escribirse animada y no yerta y descarnada, la del período colonial en América, tan fecundo en interés y enseñanzas.

Hemos extractado algunas particularidades de las expediciones de aquellos piratas, especialmente [247] de la de Drake, detenidamente referida en La Argentina. Pero se nos ha quedado en el tintero el jugo de los cantos 26, 27 y 28, donde con no menos prolijidad que en los anteriores, describe el derrotero, aventuras y fin trágico del «mitad caballero, mitad pirata» (139) Tomás Convendish (140). Y como los citados cantos suministran, indirectamente, uno que otro dato sobre la vida del autor, llenaremos aquí el vacío dejado en el cuerpo de este estudio.

El pirata Candisch fue, según Centenera, uno de aquellos enemigos con que la perfidia de la «reina depravada» (Isabel de Inglaterra) cuajó los mares en daño de la prosperidad de la España, gobernada por el «gran Felipe», constante sostenedor y propagador de la fe católica. Creyó la mal intencionada, que había de repetirse la buena fortuna de Drake para con las naves de Candisch, y despachándolas desde las costas británicas, del puerto de Pilmouth, las señaló el derrotero del Pacífico, entrando a él por el estrecho de Magallanes. El imán de la riqueza del Perú las atraía con tal fuerza que no acortaron vela hasta entrar en el puerto de Arica. Indefensa, sin cañones, sin guarnición, debió su salud esta ciudad de la costa peruana, a la astucia y sangre fría de sus mujeres, las cuales haciendo banderas y gallardetes [248] de sus «tocas y paños», alzándolos en alto, y trasladándose de un punto a otro, como soldados que maniobran, lograron hacer creer a los ingleses, fondeados a distancia, que la población contaba con numerosos y aguerridos defensores. Bajo esta ilusión, tomaron las naves del pirata rumbo hacia el Callao.

La noticia de la invasión había cundido ya no sólo por el litoral hasta Guayaquil, sino hasta las ciudades de la Sierra, pues el autor la supo en Chuquisaca, en donde a la sazón se encontraba. El Virrey, Conde de Villar don Pardo, esperó al enemigo con una escuadrilla al mando de Pedro de Arana; y esta escuadrilla, y algunas fuerzas de tierra, pusieron a los ingleses en la necesidad de abandonar las costas peruanas sin satisfacer su codicia.

Las naves de Candisch pusieron la proa hacia los mares de la China, y a poco navegar tuvieron la fortuna de dar caza a una nave que venía de Filipinas cargada de objetos preciosos y de dinero, a cuyo bordo se hallaba un clérigo muy rico de cuyos tesoros se apoderaron los «luteranos». El pobre sacerdote, deseoso de recobrar lo perdido, entró en el empeño de amotinar la tripulación española de la nave, y habiéndose sentido sus maquinaciones, le colgaron los ingleses en lo más alto de un mástil.

Cebado Candisch con tan buena presa, emprendió nuevo viaje a esta parte de América, comenzando [249] por espumar las costas del Brasil. En esta correría apresó varios buques, entre ellos uno cargado de plata traído desde Potosí por un tal Marquina, saqueó los puertos de Santos y San Vicente, cometiendo mil sacrilegios con las imágenes de los templos y con los sacerdotes. Construyó en el espacio de tres meses, una embarcación de poco calado, y veinte remos por banda, con el designio de penetrar en el río de la Plata. El gobernador de Río Janeiro, Saa Correa, informado de las malas intenciones del pirata, despachó un expreso al de Buenos Aires poniendo en su conocimiento el peligro que amenazaba a esta Colonia. A esta nueva, la naciente población del río de la Plata se llenó de espanto, a juzgar por las octavas siguientes que reproducirnos íntegras por ser páginas de nuestra crónica casera:

Veréis en Buenos Aires discernirse
el caso con diversos pareceres,
procura cada cual escabullirse,
llevándose consigo sus haberes.
Al fin han convenido convenirse
en que salgan los viejos y mujeres,
y frailes y muchachos de poblado
y que a la mira quede allí el soldado.
La mísera hacienda recogida
aprisa, de tropel y sin concierto,
en carros y carretas fue metida,
que huir, todos dicen, es lo cierto. [250]
La tierra adentro salen de corrida
dejando los soldados en el puerto,
de centinela están de noche y día
y cada cual igual temor tenía (141).

El autor traza este cuadro teniendo los sucesos a la vista, pues según él mismo dice, llegó a esa sazón a Buenos Aires desde el Paraguay, «con su navío», de lo que mucho se holgaron los porteños cobrando bríos y regresando a sus casas (142). Razón tenían para tranquilizarse. Las naves del Pirata pasaron de largo en busca del Estrecho; maltratadas a punto por los pamperos a la altura del río de la Plata, que dos de ellas se sumergieron en el mar, y las que salvaron tomaron la vuelta y arribaron a Santos contando con ser bien recibidas: se engañaron. El primer contraste que allí sufrieron fue la pérdida de la tripulación de un bote que atracó a tierra para hacer aguada: asaltadas por los indios, (charrúas, según Centenera pero de otra mita que los del Río de la Plata), perecieron a macanazos veinticinco hombres de la tripulación, salvándose apenas dos, uno de los cuales era «cirujano, grandísimo filósofo y latino», a quien trató Centenera con mucha frecuencia, porque a más del su instrucción «era muy cristiano en sus obras». Esta expedición tuvo que dar vela mar afuera, lastimosamente [251] maltratada por las tempestades y por la resistencia que les opusieron los indígenas y los cristianos, con grande mortificación de su jefe, en cuya boca pone Centenera palabras semejantes a las de Job en los momentos de su desesperación.

«Maldito sea aquel día en que nacido
Yo triste fuí...
«¿Qué tengo de hacer, triste, mezquino,
cómo podré soldar yo quiebra tanta?
Si allá a Inglaterra yo camino,
habralo de pagar esta garganta:
pues ¿do podré tomar otro camino?
Que tierra, mar y cielo ya me espanta:
¿Por qué no vienes muerte cruda ingrata?
Si darme quieres vida, aquí me mata.

Resulta de esta narración, punto por punto copiada de La Argentina, que durante las expediciones de Convendish, hallose el autor en Chuquisaca, en la Asunción del Paraguay, en el Río de la Plata y en las costas del Brasil (143); de manera que nuestro poeta o poseía el don de ubicuidad, o alas de pájaro para acelerar sus correrías verdaderamente prodigiosas.

Las aventuras marítimas de las naciones rivales de la España, en los mares y costas de América, forman un episodio curiosísimo de la historia de las colonias. Muchos escritores se han ocupado [252] de materia tan interesante, con mayores luces y más dotes intelectuales que Centenera. Sin embargo, la circunstancia de testigo ocular de puertas adentro, y su despreocupada veracidad, dan un interés especial y un sabor apetitoso a las narraciones que nos hace de los hechos de Drake, y otros piratas ingleses, en relación con su influencia sobre las poblaciones amagadas o sorprendidas por ellos. En su doble carácter de poeta y de cronista, dado a pormenores y a curiosear en los escondrijos sociales, derrama muchas veces, con su mala linterna, más luz que muchos soles literarios, sobre las lobregueces de esa selva oscura dentro de la cual dormita frívola y perezosa la vida colonial. Sólo su pluma, poco aprensiva del qué dirán, servil copista de los hechos desnudos, ha podido trazar y legar, para recreo de la posteridad, aquella escena tan verdadera como cómica y grotesca, enmedio de un gran conflicto, escena en la cual aparecen los negros y mulatos esclavos de Lima, conspirando contra sus amos a favor del pirata luterano, escondiendo el freno y brida de las monturas, dejando a pie y lanza en ristre a los valientes vecinos que ansiaban por presentarse en las costas donde el enemigo amenazaba.

Sabemos por él, que no sólo los esclavos, sino también los indios, conspiraron en aquella ocasión apurada, contra sus encomenderos, aspirando a sacudir el yugo del trabajo forzado bajo los auspicios del extranjero. Al anunciarse la aparición [253] de Candisch, dice Centenera al comenzar el canto XXVI, y antepenúltimo de su poema, «fraguó el demonio un enredo entre la gente indiana», induciéndola a dirigir «una carta» a los piratas, concebida en estos términos: «Ilustres señores luteranos: daos prisa a venir porque os estamos esperando; os recibiremos, serviremos y sustentaremos como a hermanos». Sólo pensar en esta diabólica maldad, añade, me confunde y enajena la razón; prueba de la autenticidad del hecho que debió agravar la situación cuyos peligros amenazaban personalmente a quien lo refiere. Pasado el susto fueron castigados en público los corresponsales de los «Ilustres Señores luteranos». Esto era de esperarse; aunque no se nos diga con qué pena, probablemente la de garrote vil, que era la guillotina española de aquellos tiempos. Estos pujos de independencia mozambique y quichua, han pasado desapercibidos para algunos que han rastreado en las tradiciones del Perú los conatos más remotos de la revolución contra el poder de la metrópoli.

También a nuestro autor se le pasó por alto una circunstancia digna de la variada minuciosidad de su poema. Al comparar cronológicamente su relato con el de otros historiadores de crédito, hallamos, que en el mismo año (1586) en que Candisch emprendía su correría, comenzaba a sentirse en Lima la fragancia de aquella Rosa que llegó a ser Santa, y patrona de América con [254] el tiempo. Muy en capullo debía hallarse entonces, cuando no husmearon el místico perfume de aquella flor del paraíso, las excelentes narices de Centenera. Ni una palabra dice en todo su poema de tan selecta criatura, a pesar de haber consagrado numerosas octavas en glorificación del bello sexo limeño.

Los primeros cantos de La Argentina están consagrados a la geografía e historia natural, del vasto país que se extiende desde los orígenes del río Paraguay hasta las orillas del Plata. No sabemos que en la fecha en que escribía Centenera, al abrir del siglo XVII, (1602), existiese descripción alguna expresa, gráfica o escrita, del curso de los ríos, de las plantas, de los animales que pueblan tan dilatadas y fértiles comarcas. En cuanto a la geografía, podemos decir que en general y en su conjunto, es tan intachable el texto de La Argentina como puede serlo el de D'Orbigny por ejemplo, aun que con frecuencia se le vaya la pluma, en la pintura de los objetos de la naturaleza animada. Válgale de disculpa la confesión, que él mismo hace, de su mucha «rudeza» para tratar de materia tan inexplorada. Me he atrevido a escribir sobre ella, dice, no por deliberación, sino irresistiblemente llevado por el éxtasis que me embarga al solo recuerdo de las maravillas de la naturaleza que he contemplado con mis ojos: ahora mismo, «me tiembla la pluma en la mano». [255]

La ciencia, la crítica, el sentido común, escasean con frecuencia en este naturalista improvisado, cuya credulidad y amor a lo maravilloso raya en el absurdo. Podríamos amontonar pruebas de este defecto; pero nos contentaremos con recordar, aquellos perros que morían bailando, arrojándose voluntariamente en el fango ardiente de una laguna, y aquel portentoso animalito llamado «carbunclo», dotado de un espejo brillante en la mitad de la frente. Más de una vez dice, «le he visto con mis propios ojos»: es un animalejo pequeño con un espejo en la frente «reluciente como la brasa ignita en recio leño». Días enteros empleó en la caza de este objeto zoológico de las Mil y una noches, fatigándose en vano, sin alcanzar a ser tan dichoso como Ruiz Díaz Melgarejo, quien cogió uno vivo y lo conservaba destinado para obsequiarlo al rey Felipe. Pero en el naufragio de una canoa, se hundió para siempre tamaña maravilla en las aguas agitadas del río Paraguay.

Más acertado anda Centenera en la botánica. Las plantas eran para él objeto de predilección y de contemplativo examen, aun «yendo a la guerra». La misteriosa flor de la granadilla de indias, la pasionaria, que tanto embellecía los cercados de tuna de la antigua Buenos Aires, le merece una octava entera: en esa flor se ven al vivo los tres clavos y la corona de espinas de la pasión de Jesús. La sensitiva paraguaya, la [256] caaicobe (144) de los guaranís, llámale especialmente la atención, inspirándole versos que encierran en su misma pueril estructura, un sentimiento verdadero de amor hacia las delicadas criaturas de los dominios de Flora. Es tan púdica esta yerba viviente que al contacto de las manos del hombre se encoge y entristece:

«Un árbol hay pequeño de la tierra
que tiene rama y hoja menudita;
en tocando la hoja ella se cierra,
y en el punto se pone muy marchita».

El canto 2º, escrito con visible complacencia, le consagra el autor de La Argentina a la descripción del Río de la Plata y de sus principales tributarios, comenzando por enumerarle entre las mayores maravillas de la creación que atestiguan la omnipotencia divina. Si el Nilo, dice el poeta, fuera tan grande y caudaloso como el Argentino, mayor fuera la admiración que causa aquel río. En el nuestro se forman hermosas y extensas islas.

«Pobladas de mil rosas y de flores»

ocupadas por la nación guaraní.

Sería fastidioso acompañarle en el itinerario fluvial que sigue Centenera, contra el curso del Paraná hasta las «Siete corrientes». Desde allí [257] remonta hasta el alto Paraguay, describiendo, a su modo los ríos que en él desaguan y las tribus que habitan a sus márgenes.

Todo lo ha andado, todo lo pinta; ha pasado una noche «toledana», al pie del Salto Grande del Paraná, yendo para la provincia del Guayra, y traza un cuadro animado de este Niágara sudamericano.

En estas descripciones no olvida la estadística, y se muestra muy prendado de la ciudad de la Asunción, «ciudad regalada, que con propiedad ha sido llamada por algunos, paraíso de Mahoma, tan abundante es de mujeres, sólo doncellas»,

«De cuatro mil ya pasan como estrellas». [258]



- X -
Las fechas y datos cronológicos son sumamente escasos en la obra de Centenera; sin embargo se deduce de ella, haberse comenzado a escribir poco antes del regreso del autor para Europa, y cuando éste rayaba en los 57 años de su edad. Publicola en Lisboa en 1602, datando la dedicatoria en la misma ciudad a 10 de mayo del año 1601. Fue su Mecenas el Marqués de Castel Rodrigo, Gobernador de Portugal, de quien se declara siervo y capellán en la dedicatoria, manifestándole allí mismo, que ha procurado poner por escrito algo de lo que vio durante 24 anos, en las vastas provincias del Río de la Plata, cuyas gentes son belicosas, bravas las fieras, muchas y variadas las aves, y todas las cosas tan «exquisitas» (extraordinarias) que hay en ellas, víboras y serpientes que han tenido con hombres conflicto y pelea...».

La Argentina se imprimió en 4º con 230 folios, en casa de Pedro Crasbeeck, con el título La Argentina y conquista del Río de la Plata con otros acontecimientos del reino del Perú, Tucumán [259] y Estados del Brasil. Esta edición es escasa y pocas veces se encuentra anunciada en venta en los catálogos de los libreros americanistas de Historia. El único ejemplar de ella que hemos tenido alguna vez a la vista, pertenece en el día al conocido bibliófico (sic), don Gregorio Becche, vecino de Valparaíso.

La Argentina fue reimpresa por Barcia en su colección de «Historiadores primitivos de Indias occidentales», de donde la tomó don Pedro de Angelis, en el 2º volumen de sus Obras y documentos relativos a la historia antigua y moderna de las Provincias del Río de la Plata -Buenos Aires, año 1836. En el de 1854, la «imprenta de la Revista» hizo una reimpresión en 8º mayor de parte de estos documentos, y entre ellos de La Argentina en verso, impresión tan poco esmerada, que sin pasar de la primera octava del canto 1º pueden contarse en ella tres feos yerros tipográficos. No son de menos gravedad los que se notan en la edición de Angelis, como por ejemplo -para por pura; brazas por brazos; artes por aves; mohído por mohíno; meatrevo por me atrevo, etc., etc. Otros yerros más substanciales, cometidos por ignorancia en las reglas y libertades de la versificación castellana, desfiguran los versos, de suyo no muy gallardos del poeta extremeño, como sucede con éste:

«Que aquel que convenía poner la rienda» [260]

y con este otro:

«Que cierne, hiñe y masa aquesta mesa»,

que debe escribirse así:

Que cierne, hiñe, amasa aquesta masa.

Resulta, pues que existen cuatro ediciones de La Argentina; la de Lisboa, la de Madrid, y dos muy incorrectas de Buenos Aires, las cuales por su formato estas últimas, y las otras por escasas, no pueden vulgarizarse entre nosotros como lo merece un libro que tantos sucesos curiosos encierra sobre la historia que más nos interesa conocer, relatados por un testigo ocular.

Hagamos algunas consideraciones sobre los alcances literarios y estudios de don Martín del Barco Centenera.

Debió conocer de la lengua latina, nada más que lo muy necesario para manejar su breviario, pues en todo su poema no se advierte la más mínima influencia de los poetas clásicos latinos, ni en la concepción, ni en las imágenes, ni en las expresiones. La locución misma del poema, escasa de nobleza y elegancia, prueba no haber frecuentado su autor ni la buena sociedad ni los buenos poetas de su nación, aunque en uno de los pasajes del poema, manifieste sumo respeto por el autor de La Araucana. En el canto XXIV, tratando muy de ligera de la desgraciada población del Estrecho por Pedro Sarmiento de Gamboa, recoge el vuelo de su pluma, observando que [261] todo cuanto atañe a Chile, como la historia de Sotomayor, debe ser exclusivamente tratado por Arcila:

«Y pues que a Chile cupo tal belleza
de pluma, de valor, de cortesía,
no es justo que se atreva mi rudeza,
decir de Chile cosa, que sería
muy poca presunción y gran simpleza
meter hoz en la mies, no siendo mía».

El autor favorito de Centenera, si alguno tuvo, parece haber sido Juan de Mena, a quien cita varias veces, refiriéndose a las trescientas coplas de su Laberinto, a quien imita, como se nota en la octava primera del canto V, en donde se le ocurre hacer el elogio de la pobreza. Juan de Mena, anterior a la época de la introducción del endecasílabo en la versificación castellana y muy anticuado en el idioma, poco servicio podía prestar a Centenera como modelo en lo concerniente a las formas eternas de su composición.

Sin embargo de lo que queda dicho, y en descargo de nuestra conciencia de críticos, debemos confesar, que al menos por dos ocasiones, hemos traslucido en nuestro autor como la sombra de mejores modelos que el citado. En la dedicatoria de La Argentina, se lee esta frase: «por su variedad es la naturaleza bella», la cual es traducción literal de un verso muy conocido del Tasso: en el episodio de Liropeya, en el canto [262] XII, esta expresión: «...aunque muerta estaba bella», es una reminiscencia del Petrarca, cuando atribuye a Laura una hermosura que triunfa de la muerte misma:

Morte bella parea nel suo bel viso (145). [263]



- XI -
El primer editor bonaerense de La Argentina adornó su edición con un erudito «discurso preliminar», en el que se afana por convencer a los lectores, que el autor de este poema usa de un estilo fácil y natural cuando describe los lances ordinarios de la vida, sin carecer de vigor para elevarse cuando siente el alma profundamente conmovida. Nada de esto es cierto. Describir menudamente los lances anecdóticos que abundan en La Argentina, con facilidad y con gracia, era empresa superior al talento de Centenera a quien servía de rémora para conseguirlo, su incapacidad para agilizar la sintaxis, para dar giros airosos al período, y reducir a cera dócil la medida y la rima de los endecasílabos. Cada una de las octavas de Centenera es una parrilla de tormento que martiriza el gusto y el oído; es una reunión de ocho barrotillos de hierro, inflexibles en su monótono paralismo (sic). Sus versos son invertebrados, sin hemistiquio, sin cesura; caminan de una pieza, sin mover los mover los miembros, como autómatas de resorte, o como [264] enfermo envarado a quien coge el reumatismo desde el occipucio hasta la rabadilla.

Con semejantes elementos, tan duros y empedernidos, es imposible al artífice formar cuadros graciosos ni patéticos, ni sublimes como quiere el citado «discurso preliminar». Justamente la octava que en él se transcribe, como comprobante de juicio tan aventurado y apologético, servirá de descargo a la severidad del nuestro, porque es una de las más tiesas y defectuosas y menos fáciles entre las mil y quinientas fraguadas a martillo por el poeta extremeño: he aquí esa octava, descriptiva de los efectos del hambre entre los compañeros de don Pedro Mendoza:

«Comienzan a morir todos rabiando,
los rostros y los ojos consumidos.
A los niños que mueren sollozando
las madres les responden con gemidos:
el pueblo sin ventura lamentando,
a Dios envía suspiros doloridos:
gritan viejos y mozos, damas bellas,
perturban con clamores las estrellas.

Éste, no es un cuadro, es cuando más una paleta de colores, de la cual podrían tomarse las más convenientes para formar la imagen verdaderamente patética de aquella escena terrible. El oído del crítico ¿no sintió el zumbido desapacible de aquellos tres gerundios en ando, redondos [265] como bolas de querandí? El antepenúltímo verso es malo, y cojea en la voz envía, cuya prosodia sería necesario alterar bárbaramente para reducir el endecasílabo a la dimensión de sus sílabas de ordenanza. ¿Adónde está, pues, la facilidad, el natural, el vigor, el arte de semejante versificación?

El «estilo fácil y natural» es un don precioso, que rara vez viene directamente de la generosidad caprichosa de la naturaleza, pues consiste en escribir como se habla y conversa entre gente bien educada y culta. ¿En dónde pudo adquirirle Centenera? Es de presumir que jamás tomó parte en las tertulias de los ingenios y nobles de Madrid, centro intelectual de la cultura española, y que de Logrosán, en Extremadura, saliese directamente para donde se embarcó en el puerto de San Lúcar, en Andalucía, en la nave de don Juan Ortiz de Zárate (146). Durante 24 años vivió en los campamentos de los soldados, en las chozas de gente menesterosa y aldeana, rodeado de indios desnudos y bravíos. En semejante sociedad, y en un período tan largo de tiempo, el hombre más culto entorpece su lenguaje, se vulgariza, e incapacita para expresarse con propiedad, que es lo que, en definitiva, constituye el estilo natural y fácil, tal, al menos, como nosotros lo entendemos. [266]

El mismo Centenera no aspiraba al honor que le dispensa don Pedro Angelis, pues con toda verdad y modestia declara a su Mecenas haber escrito La Argentina con «estilo poco pulido y menos limado». Y como si le corriera prisa el probarlo, comienza su poema por estos dos versos merecedores de horca por delincuentes contra todas las pragmáticas del Parnaso:

«Del indio chiriguano encarnizado
en carne humana, origen canto solo...»

Sin embargo, en este montón de escorias poéticas, reluce una que otra pepita de oro, como dijimos al comenzar este escrito, y las sacaremos a lucir según se vayan presentando. Desde luego, estamos de acuerdo con don Pedro Angelis, en hallar sentimiento y harmonía, relativa, en las octavas en que lamenta Centenera la pérdida de su hermosa paisana doña Ana de Valverde:

Llore mi musa y verso con ternura
la muerte de esta dama generosa
y llórela mi tierra Extremadura,
y Castilla la Vieja perdidosa;
y llore Logrosán la hermosura,
de aquesta dama bella tan hermosa
cual entre espina, rosa y azucena
de honra y de virtudes también llena.
«Las argentinas ninfas conociendo
de aquesta Ana Valverde la belleza, [267]
sus dorados cabellos descogiendo
envueltas en dolor y gran tristeza,
están a la Fortuna maldiciendo,
las flechas y los dardos, la crueza
del indio Mañúa, que así ha robado
al mundo de virtudes un dechado...»

El elogio que hace del carácter y dotes de mando del fundador del orden regular de la sociedad paraguaya, Domingo Martínez de Irala, en el canto VI, es de grata lectura por la claridad y soltura con que está escrito:

Tan sabio era, astuto y cauteloso
en su trato y viviendo nuestro Irala,
que no tiene algún hombre de él quejoso,
que a todos en amor parece iguala.
Con esto y con su pecho valeroso,
contrasta cualquier mal y suerte mala,
y a su dirección y mando muy rendidos
a sus contrarios tiene sometidos.

La aventura de Liropeya y de Caraballo, relatada en el canto XII, es uno de los episodios más notables de todo el poema. La candorosa expresión de la octava siguiente desarma la crítica, como ablandaría al más huraño conquistador la súbita aparición de una mujer del bosque, sin más atavío que su natural hermosura:

Aquesta Liropeya en hermosura
en toda aquella tierra era extremada: [268]
al vivo retratada su figura
de pluma vide yo muy apropiada:
y vide lamentar su desventura
conclusa Caraballo, su jornada
diciendo, que aunque muerta estaba bella
y tal como un lucero y clara estrella.

¿Qué no daríamos hoy por aquel retrato al vivo, hecho a pluma, por algún artista discípulo de su propio talento? Lo repetimos; el episodio de Liropeya es el lujo de La Argentina, el único titulo que presenta el autor para reclamar algunas hojas del laurel poético: es una creación, una bellísima figura de mujer constante en su amor, que iluminará eternamente la crónica de la conquista, tan abundante en cuadros sombríos y caracteres repugnantes. [269]




- XII -
Centenera (él mismo lo ha dicho), no tuvo la intención de hacer un poema, ni una obra de arte y de poesía al escribir La Argentina. Se propuso únicamente relatar los hechos inauditos, y las cosas extraordinarias de regiones vastas y desconocidas, ya tomándolas en la tradición, ya presenciadas por él mismo.

Adoptó desgraciadamente la forma métrica, que tan rebelde le era; y esta es la única circunstancia por la cual ha sido incluida La Argentina en el catálogo de los poemas hijos de La Araucana. Ninguno de los méritos que recomiendan la epopeya, aun en aquellas más libres y menos ajustadas a las reglas clásicas, asiste a la obra de nuestro cronista: su mérito indisputable consiste en la franca sinceridad con que comunica lo que vio y lo que sintió, suministrando, de este modo, preciosos elementos para la historia, de esos que buscan con razón los modernos, para formar una verdadera y animada, en la cual se vea al hombre y se trasluzcan sin hipocresía sus pasiones, ya sea al través de la sotana o a través de la armadura. [270]

El novelista y el historiador se inspirarán en las octavas de Centenera (147) y su nombre se rejuvenecerá, muchas veces, al soplo del genio de nuestras generaciones venideras. Presentará el fenómeno significativo de contarse a un tiempo entre los muertos olvidados de la literatura de su patria nativa, y entre los escritores inmortales y siempre presentes a la memoria en las regiones del Río de la Plata. Mortui vivunt.

J. M. G.